Todo el mundo sabía qué debía hacer en el caso de que atacara un akuma. Había sucedido ya tantas veces que en el colegio habían acabado por elaborar un protocolo de actuación. Los estudiantes debían correr de vuelta a sus clases, cerrar la puerta (a ser posible, con llave) y ocultarse bajo las mesas en absoluto silencio. Por lo general los akumas buscaban a alguien en concreto e ignoraban a todo aquel que no se cruzara en su camino. Volcaban su ira en aquella persona que los había enfurecido o decepcionado y buscaban a Ladybug y Cat Noir porque era lo que debían hacer a cambio de sus nuevos poderes. De modo que lo mejor que podía hacer un ciudadano corriente era mantenerse lejos de la vista de cualquier villano akumatizado.

Adrián, por tanto, siguió a sus compañeros hasta el aula, pero se quedó el último a propósito para poder escaparse después de que cerraran la puerta. Cuando Alya y Nino entraron, sin embargo, se dio cuenta de que faltaba Marinette.

El corazón le dio un vuelco. Recorrió el aula con la mirada y no la vio por ningun parte. Sintió que el terror lo inundaba por dentro. Sabía que a veces podía ser un poco torpe. ¿Y si se había caído y la habían dejado atrás?

Dio media vuelta para marcharse.

–¡Espera, Adrián! –chilló Chloé a su espalda–. ¿A dónde vas?

–¡A buscar a Marinette! –respondió él sin volverse.

Se asomó de nuevo al patio, pero no la vio. Quedaba ya muy poca gente fuera de sus clases; detuvo a algunos a la carrera para preguntarles por Marinette; nadie sabía nada de ella, y la angustia de Adrián aumentó todavía más.

Por fortuna, el akuma no parecía tener intención de entrar en el colegio por el momento. Adrián se detuvo un instante en la ventana y miró al exterior. Se echó hacia atrás enseguida, alarmado, cuando una enorme araña pasó por delante de él, al otro lado del cristal, dejando tras de sí un rastro de hilo de seda. No era un villano akumatizado, sin embargo. Solo una araña monstruosamente grande.

Se estremeció. Tenía que encontrar a Marinette cuanto antes.

–Oye, ¿no deberías transformarte ya? –preguntó Plagg desde el bolsillo interior de su camisa.

Adrián no respondió, porque acababa de ver una centella escarlata surcando el aire a toda velocidad hacia la entrada del colegio.

–Ladybug –susurró, y corrió a su encuentro.

La alcanzó ya en la puerta principal.

–¡Ladybug! –la llamó.

–Cat... –empezó ella, pero se detuvo al volverse y verlo allí–. Adrián –dijo sorprendida–. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no te has puesto a cubierto todavía?

Él se maldijo a sí mismo por no haberse transformado antes. Había estado tan preocupado por Marinette que no se había detenido a pensar en ello.

–No encuentro a Marinette –respondió sin embargo, sin poder evitar que la angustia y la preocupación afloraran a su voz–. No sé dónde está.

Ladybug le dirigió una extraña mirada. Pareció quedarse sin palabras un instante, pero por fin respondió:

–Yo... la he visto, está en un lugar seguro.

–¿Sí? ¿Dónde?

–E-en una de las clases, no recuerdo cuál. Tropezó y se cayó y la ayudé a llegar al aula más cercana, aunque creo que no era la suya... –Adrián frunció el ceño, inquieto, y ella colocó una mano sobre su hombro para tranquilizarlo–. De verdad, está bien. Confía en mí.

Él le devolvió la mirada. Por supuesto que confiaba en ella. Era Ladybug, su dama, su compañera. Por mucho que amara a Marinette, aquello nunca cambiaría entre los dos.

Ella se volvió hacia el exterior, rompiendo el contacto visual. A Adrián le pareció que se había ruborizado un poco, pero había girado la cabeza tan deprisa que no podía estar seguro.

–Además –estaba diciendo–, puede que ella esté más segura que tú ahora mismo, dadas las circunstancias.

Adrián abrió la boca para agradecerle su atención y despedirse de ella; pero algo en el tono de Ladybug despertó la curiosidad del gato que había en él.

–¿A qué te refieres? –preguntó, adelantándose para situarse junto a ella.

–Mira. ¿Notas algo raro?

Adrián se asomó al exterior e inspiró hondo, alarmado.

Había arañas por todas partes. Pequeñas, grandes, enormes. Lo estaban cubriendo todo de telarañas y algunas arrastraban extraños cúmulos de seda que recordaban a crisálidas.

–Nos... invaden las arañas, supongo –fue capaz de decir.

Pero Ladybug negó con la cabeza.

–Mira a la gente. ¿Qué ves?

Adrián se fijó en las pocas personas que quedaban por la calle: una mujer que chillaba aterrorizada en el interior de su coche. Una madre que corría con su hija en brazos. Una anciana que pedía socorro desde su balcón.

–Son todo... mujeres –advirtió–. ¿Dónde están los hombres?

Ladybug señaló los fardos que acarreaban las arañas más grandes.

–Atrapados allí dentro. Los capturan, los envuelven en seda y se los llevan... hacia allí –añadió, señalando la sombra majestuosa de la catredral de Notre Dame que se alzaba al otro lado del río. Así que imagino que nuestro villano estará... –se detuvo de pronto y se volvió para mirarlo, desconcertada–. ¿Por qué te estoy contando todo esto a ti? –se preguntó en voz alta.

Adrián esbozó una sonrisa culpable e incómoda.

–Su-supongo que porque Cat Noir no ha llegado todavía. Yo... en fin, me voy a... esconderme con Marinette. ¡Gracias, Ladybug!

Ella sonrió.

–No hay de qué. Por favor, ten cuidado; no salgáis de vuestro escondite hasta que Cat Noir y yo... ¡cuidado! –exclamó de pronto, justo en el momento en que una araña se arrojaba sobre ellos.

Hizo girar el yoyó y lo utilizó como escudo para mantenerla a raya. Después lo lanzó contra el arácnido, enrolló la cuerda en torno a las patas y la arrojó lejos de allí.

–¡Cerremos las puertas! –gritó Adrián.

Entre los dos empujaron las pesadas puertas para bloquear el paso a la araña, que ya volvía a cargar contra ellos. Cuando lo lograron, Ladybug se apoyó en la hoja con un suspiro de alivio.

–Y ahora vete y busca un lugar seguro para esconderte.

Adrián asintió y se alejó corriendo. Ladybug comprobó que la puerta estaba bien cerrada y lanzó su yoyó para impulsarse hasta el piso superior. Buscó una ventana para salir al exterior y le costó abrirla, porque ya estaba cubierta de tela de araña casi por completo. Logró por fin trepar hasta el tejado y se acuclilló para observar la situación desde allí mientras esperaba a Cat Noir.

Él se presentó apenas cinco minutos después y se dejó caer sin ruido a su lado.

–Ya era hora, gatito –murmuró ella sin atreverse a mirarlo. La última vez que lo había visto, Cat Noir salía de su cuarto tras haber pasado la noche junto a ella, y el simple recuerdo del cuerpo del chico abrazado al suyo la invitaba a suspirar de pura felicidad.

–Esas telarañas tan pegajosas están por todas partes –respondió él como disculpa–. No he visto al akuma, ¿sabes dónde está?

Ladybug señaló de nuevo la catedral. Cat Noir aguzó la vista; Notre Dame estaba también cubierta de telarañas, pero desde allí fue capaz de detectar una enorme sombra con muchas patas que se desplazaba sobre ella con lentitud.

–Ya veo –murmuró Cat, inquieto.

Ladybug observaba el puente, por el que desfilaba una larga fila de arañas que arrastraban las cápsulas de seda en las que habían encerrado a sus víctimas.

–¿Para qué se los llevan? –se preguntó.

–Cuando las arañas de verdad hacen eso, normalmente lo que pretenden es comerse al bicho que han atrapado dentro, o como mínimo reservarlo para la cena.

Ella se estremeció.

–Pero solo elige a los hombres –observó–. ¿No eran las mantis religiosas las que se comían a los machos después de aparearse, o algo así?

–También algunas arañas como las viudas negras. Por eso se llaman así.

–Tenemos que derrotarlo antes de que haga daño a alguien, Cat. ¿Estás listo?

–Por supuesto –respondió él, poniéndose en pie y mostrando las garras–. Nadie araña mejor que un gato. ¿Lo pillas? «Araña».

Ladybug puso los ojos en blanco, pero sonrió. Con la elegancia y la agilidad que los caracterizaba, el superdúo aterrizó en la calle, dispuestos a cruzar el puente en dirección a la catedral. Un grupo de arañas los atacó, pero se deshicieron de ellas sin apenas dificultad. Ladybug comprobó que, en efecto, se precipitaron sobre Cat Noir, prácticamente ignorando a su compañera. Cuando el camino quedó despejado, ella echó a correr hacia su destino... pero se detuvo al darse cuenta de que Cat no la seguía. Se volvió hacia él y lo descubrió contemplando el colegio horrorizado: el edificio estaba completamente envuelto en telas de araña.

–Han... quedado atrapados dentro –susurró con los ojos muy abiertos.

–Lo arreglaremos, Cat Noir. Pero para eso tenemos que purificar el akuma.

Pero él sacudió la cabeza.

–Puedo liberarlos ahora mismo con mi Cataclysm.

–¿Qué? ¿Estás loco? No creo que podamos acabar con el villano después en cinco minutos y, además, necesitarás tu poder contra él.

Cat Noir vaciló. Miró a Ladybug y después se volvió de nuevo hacia el colegio, angustiado.

–Pero ellos... están dentro. No puedo... no podemos dejarlos allí. ¿Y si han entrado las arañas?

La superheroína lo contempló sin comprender su actitud. Por supuesto que ella también estaba preocupada. En el colegio estaban también sus amigos, Alya, Nino... y Adrián. Pero sabía por experiencia que la mejor manera de ayudarlos era derrotar al villano cuanto antes para que todo volviera a la normalidad.

Y entonces, de pronto, lo entendió: Cat Noir estaba preocupado por Marinette. Por ella.

Sintió que se derretía por dentro. Agradeció que la mirada de su compañero estuviese clavada en el edificio envuelto en telarañas, porque no pudo evitar que se reflejara en su rostro lo conmovida y enamorada que estaba. Se volvió hacia la catedral, y sus ojos se detuvieron en una araña que acarreaba afanosamente una presa envuelta en hilos de seda.

«Cuando las arañas de verdad hacen eso, normalmente lo que pretenden es comerse al bicho que han atrapado dentro, o como mínimo reservarlo para la cena», había dicho Cat Noir.

Y tomó una decisión.

–¿Sabes qué? Quédate a rescatar a los estudiantes, ya me adelanto yo para echar un vistazo y elaborar un plan. Tómate el tiempo que necesites.

Cat asintió, distraído, y Ladybug echó a correr antes de que él se diera cuenta de lo que estaba haciendo.

Sabía que probablemente estaba cometiendo un grave error; pero la simple idea de que Cat terminara devorado por una araña era sencillamente algo que no podía soportar. Aunque todo volviera a la normalidad después, de ningún modo deseaba que sufriera aquella experiencia. «No es tan grave», se dijo a sí misma. «Otras veces me he enfrentado yo sola a los villanos akumatizados y he conseguido vencer sin él, o incluso contra él». Sabía que su compañero tenía tendencia a recibir todos los golpes, bien intencionadamente para protegerla a ella, bien de forma casual o por pura mala suerte. Pero aquel día Ladybug no estaba dispuesta a permitir que se enfrentara a una araña gigante que lo atacaría con mayor saña por el hecho de ser un hombre.

Llegó hasta la catedral, enganchó el yoyó en una gárgola y se impulsó hasta el tejado. Aterrizó en uno de los pocos lugares que no estaban cubiertos todavía por telarañas y miró a su alrededor. Las arañas más pequeñas la observaron un momento y después la ignoraron.

Ladybug vio entonces al akuma. Era una mujer de largo cabello negro y piel pálida como la de un fantasma. De cintura para abajo tenía cuerpo arácnido; sus patas se desplazaban sin dificultad sobre la tela que había tendido, amontonando contra la pared las presas que le iban entregando sus esbirros. Ladybug se estremeció. Había hecho bien manteniendo a Cat lejos de ella, pensó. La estudió con atención y vio un collar con forma de araña prendido en su cuello. «El akuma debe de estar ahí», pensó. Estudió la situación y calculó el movimiento. Solo necesitaba que la araña corriera hacia ella; entonces saltaría por encima de su cuerpo, aterrizaría en su espalda y le arrebataría el collar. Lo había hecho otras veces.

–¡Suelta a esa pobre gente, insecto repugnante! –la provocó.

Ella se dio la vuelta. Sus ojos se estrecharon al verla.

–Ladybug. eres un insecto. Yo soy un arácnido.

–Oh. Cierto –reconoció la heroína–. Entonces...

Se calló de repente, porque la araña corría hacia ella... y tenía ocho patas... y era mucho más rápida de lo que había calculado en un principio.

Ni siquiera le dio tiempo a saltar. Cuando quiso darse cuenta la mujer akumatizada estaba ya sobre ella, envolviéndola en hilos de seda. Pataleó, intentando liberarse, pero era inútil. La araña la pegó a la pared y acercó su rostro al de Ladybug para mirarla a los ojos.

–Soy Viuda Negra –anunció–. Y voy a acabar con todos los hombres, porque las mujeres merecen heredar el mundo tras milenios de opresión patriarcal.

Ladybug se quedó mirándola.

–¿En serio? ¿No haces esto porque un chico te ha roto el corazón o algo así?

–No necesitamos a los chicos. Y pensaba que tú tampoco, pero vaya... resulta que vienes sin tu gatito y caes en mi trampa a la primera de cambio. Me esperaba bastante más de ti, Ladybug.

Ella tuvo que reconocer que la mujer araña tenía razón. ¿Cómo era posible que la hubiese capturado con tanta facilidad? En otras ocasiones...

...En otras ocasiones, comprendió de pronto, Cat Noir había estado allí, distrayendo al villano para ganar tiempo, entorpeciendo sus pasos, retrasándolo. Y Ladybug se había acostumbrado a contar con aquellos segundos extra. Había dado por supuesto que los tenía y aquello había sido su perdición.

–Cat Noir y yo somos un equipo; trabajamos juntos, nos ayudamos el uno al otro y nos salvamos cuando estamos en apuros –trató de explicarle.

Viuda Negra torció el gesto, claramente disgustada.

–Pero yo soy una chica... como tú –siguió argumentando Ladybug, aún tratando de liberarse de la trampa de seda–. Suéltame y quizá podamos ser amigas –dijo con una sonrisa.

–Quizá lo haga. Pero primero te quitaré esos pendientes –añadió, alargando la mano hacia el rostro de la heroína.

Ella apartó la cara, tratando de evitar su contacto. Pero estaba atrapada y no podía escapar.

–No tan rápido, ochopatas –se oyó entonces una voz conocida–. ¿No quieres jugar un poco primero?

Y hubo un relámpago plateado y un grito, y de pronto Viuda Negra había retrocedido y entre ella y Ladybug estaba Cat Noir, enarbolando su bastón.

–¡Cat! –exclamó ella, encantada.

Él se volvió un momento para guiñarle un ojo.

–Ahora mismo te saco de ahí, milady. ¡Cataclysm! –gritó, y una espiral de destrucción bailó entre sus dedos.

Colocó la mano sobre el envoltorio de seda que aprisionaba a Ladybug y lo redujo a cenizas. Su poder deshizo también los hilos que lo mantenían unido a la red principal, y esta se tambaleó.

–¿Lista para la acción, LB? –dijo él, dedicándole una larga sonrisa.

Ladybug se apresuró a deshacerse de los restos de seda. Se disponía a responder, pero entonces vio que una legión de arañas se precipitaba sobre ellos.

–¡Cat Noir, retirada!

Los dos saltaron hacia atrás y se encaramaron al pináculo más alto de la catedral. Desde allí contemplaron a las arañas que trepaban hacia ellos.

–El akuma está en su collar –indicó Ladybug–. Pero no sé cómo podemos acercarnos a ella. Hay demasiadas arañas y esa tela es pegajosa y está por todas partes.

Cat sacudió la cabeza.

–Usa tu magia, milady. No se me ocurre una cosa.

–¡Lucky Charm! –gritó entonces ella, y unas enormes tijeras de podar aparecieron en sus manos.

–¿Te vas a dedicar a la jardinería? –preguntó él con una sonrisa.

Ladybug se encogió de hombros, desconcertada. Y entonces lo comprendió. Estudió con atención la tela de araña sobre la que se balanceaba Viuda Negra y señaló un punto.

–Necesito llegar hasta allí, Cat. ¿Puedes conducir a las arañas en sentido contrario?

–¡Dalo por hecho!

Y sin hacer más preguntas ni cuestionar sus instrucciones, Cat Noir se lanzó al ataque de nuevo.

Ladybug aguardó a que las arañas despejasen la zona y, cuando se aseguró de que Viuda Negra estaba distraída con las acrobacias y bravuconadas de su compañero, lanzó el yoyó y se impulsó hacia su destino.

Utilizó las tijeras de podar para cortar el grueso filamento de seda, y la tela se balanceó peligrosamente. Viuda Negra se volvió hacia ella con ojos relampagueantes.

–¿Qué estás haciendo? –bramó.

«Necesito cortar otra cuerda», pensó la heroína. Miró a su alrededor frenéticamente hasta que localizó otro punto de apoyo. La mujer araña corrió hacia ella y, esta vez sí, Ladybug saltó a tiempo y se apartó de su trayectoria.

Segundos después se encontraba junto al segundo hilo.

–¡Ladybuuug, date prisa! –oyó que suplicaba Cat.

No miró hacia él para no distraerse, pero por el rabillo del ojo percibió que tenía a las arañas encima y lo estaban envolviendo en un capullo de hilo de seda.

Cortó el filamento.

Y toda la telaraña se vino abajo. Viuda Negra trató de mantener el equilibrio, pero cayó también, y sus patas se enredaron en los restos de la seda. Ladybug saltó sobre ella y le arrebató el colgante.

Instantes después, todo volvía a la normalidad: todas las telarañas desaparecieron, todos los hombres fueron liberados y una mariposa blanca se elevó hacia el cielo inocentemente, como si nunca hubiese hecho otra cosa que revolotear entre las flores.

La mujer araña volvía a ser una muchacha corriente y muy despistada, pero Ladybug apenas le prestó atención. Corrió a socorrer a su compañero, que se incorporaba sobre el tejado de la catedral, muy aliviado de verse libre otra vez.

Ladybug reprimió el impulso de abrazarlo. Le ofreció el puño en su lugar, rogando para que él no se diera cuenta de que temblaba ligeramente. Cat Noir se lo chocó con una sonrisa.

–¡Bien hecho! –exclamaron los dos.

–¿Estás... bien? –le preguntó entonces ella con cierta timidez.

Él sonrió, pero parecía avergonzado.

–Siento haberte dejado sola. He sido un inconsciente.

–No, yo he comenzado la misión sin ti. Debería haberte esperado, pero es que... –Se detuvo de pronto; no podía confesarle lo mucho que había temido por él–. ¿Rescataste a los estudiantes?

Cat negó con la cabeza, y una sombra de angustia atravesó su expresión.

–No llegué a hacerlo porque de pronto comprendí que tenías razón. Si malgastaba mi Cataclysm con ellos lo retrasaría todo mucho más. Si lo hubiese hecho no habría llegado a tiempo de rescatarte.

Su anillo parpadeó. Dos minutos para la transformación.

–Escucha, Cat –dijo entonces ella, inspirando hondo–, tenemos que hablar.

Él la miró sorprendido.

–¿Cómo? Pero...

–No ahora. –Vaciló un momento antes de añadir–. ¿Quedamos esta noche después de cenar, donde siempre? Hay algo muy importante que tengo que decirte.

–Claro, milady. Nos vemos esta noche, entonces.

Su anillo parpadeó otra vez, y él se despidió con una reverencia y se alejó de allí, saltando de tejado en tejado.

Ladybug lo vio marchar, inquieta.


Unos minutos después volvía a entrar en clase, de nuevo como Marinette. Llegó a oír la voz de Chloé quejándose de lo desagradable que había sido ver arañas por todas partes antes de que alguien se abalanzara sobre ella para abrazarla.

–¡Marinette!

La chica parpadeó desconcertada y se ruborizó al darse cuenta de que la persona que la estrechaba entre sus brazos era nada menos que Adrián. Inspiró hondo, tratando de decir algo, pero no le salían las palabras.

Él se separó de ella para mirarla a los ojos.

–¿Dónde estabas? ¡Estaba muy preocupado por ti!

Ella le devolvió la mirada, absolutamente perpleja.

–¿En serio?

De pronto, Adrián pareció darse cuenta de que Marinette no era la única que lo observaba con asombro. Enrojeció levemente, la soltó y se frotó la nuca con una sonrisa de disculpa.

–Bueno, todos estábamos preocupados por ti, por supuesto...

–Sí, claro que lo estábamos –intervino Alya–, pero por lo visto no tanto como tú, ¿eh?

–Salió corriendo del aula para buscarte mientras los demás nos escondíamos debajo de las mesas –añadió Nino.

Marinette no sabía qué decir. Adrián no sabía a dónde mirar.

–Bueno, yo... lo siento –pudo farfullar ella por fin; se devanó los sesos para recordar qué excusa le había ofrecido cuando había hablado con él como Ladybug–. Tropecé y me quedé atrás, y Ladybug me ayudó a buscar un refugio...

–¿Estuviste con Ladybug? –saltó Alya emocionada–. ¡Cuéntame! ¿Qué te dijo?

Para alivio de la pareja, sus compañeros parecieron olvidarse por el momento del extraño arrebato de Adrián y pasaron a comentar la actuación del superdúo. Kim relató horrorizado que las arañas lo habían sorprendido por la calle, lo habían envuelto en un capullo de seda y lo habían colgado del tejado de Notre Dame. Marinette escuchó, sonriendo para sí misma, aliviada por haber dejado de ser por fin el centro de atención.

Adrián permanecía a su lado, incapaz de separarse de ella. En su mente, sin embargo, resonaban las palabras que había pronunciado Ladybug poco antes de despedirse: «Tenemos que hablar».


NOTA: Bueno, bueno, pues ya tenemos a los tortolitos juntos y enfrentándose a sus primeras dificultades, jiji. En este capítulo ha habido por fin algo de acción y un poco de Ladrien, pero ellos (y sobre todo la autora) son cabezotas y se han empeñado en seguir adelante con su relación Marichat. ¿Es posible sin revelar su verdadera identidad? Ya lo veremos... ;)

Muchísimas gracias por seguir leyendo este fic y por vuestros comentarios :).