Capítulo 14

Situaciones desesperadas


Las imágenes que mostraban las pantallas no hacían sino desconcertar a Muru Muru. Diez en total y cada una le dejaba ver un desastre ocurrido en Sakurami, sucedidos exactamente al mismo tiempo. El humo saliendo de edificios altos, autos estallando por los aires, calles reventadas, bombas de agua empapando a personas tratando de escapar de incendios masivos. Heridos, muertos, en coma, agonizantes... Y sin embargo nada parecía estar mal.

Las leyes de causa y efecto deberían estar pendiendo de un hilo. El balance se vería irremediablemente afectado, destruido, sacudido hasta su base misma si semejantes hechos daban lugar. Pero las cadenas permanecían intactas, sólidas, mientras la gente chillaba sin control. Sólo una vez se había sabido de algo así y fue porque eran atentados de la Novena en el Segundo Mundo, es decir, hechos que de todos modos iban a ocurrir. El guión de una obra ya presentada antes. Pero ese era el Tercer Mundo, el destino escrito para él había sido borrado y cada día se creaba uno nuevo, todavía imposible de predecir con certeza. ¿Acaso todas esas personas debían estar así? Que fueran una o dos las que fueran totalmente insignificantes no le extrañaría, pero no tantas. ¿Y en qué libro estaba escrito que debería ser así? ¡A ella no le habían informado de ninguno!

Deus tosió a sus espaldas. El deber de una sirviente era servir a su dios. La Muru Muru del Primer Mundo puede que le hubiera dado igual el destino de Deus, puesto que su lealtad en realidad le pertenecía a la Segunda, pero con ella era otra historia. Ayudarle o siquiera intentarlo era algo que formaba parte de su estructura mental. La Muru Muru del Primer Mundo encerró a su doble sólo para cumplir los propósitos de la Segunda, porque ninguna de ellas podía evitar su destino.

Así que sí, le inquietada el estado de su jefe. Parecía que la muerte le llegaría lentamente. Debía estar vinculada con los sucesos en Sakurami, estaba segura, sólo que no tenía idea de cómo o por qué.

No quería hacerlo, pero quizá se acercaba el momento de pedir ayuda.

¡

Las mismas imágenes que llenaron los ojos de Muru Muru pasaban por la mirada de Aru, sentado en la sala de su casa vacía. Los noticieros de televisión apenas alcanzaban a dar abasto, igual que la policía; cuatro podían manejar, incluso cinco, con suerte, pero diez llamadas urgentes sobrepasaban por mucho la capacidad para controlarlo e informar de todo.

Cada canal transmitía distintas imágenes, especulando sin tener realmente una base lógica sobre la cual sostenerse. Lo único cierto y verdadero era que un grupo de personas se coordinaban para destruir varios puntos de la ciudad, causando varios inconvenientes a los afectados, por decir lo menos. Ninguna razón aparente, ningún mensaje de protesta, ningún blanco de género específico.

La policía no sabía qué hacer. La gente tenía miedo de salir de sus casas. Incluso sus padres, a los cuales por lo general les daba igual lo que hiciera, habían visto activado su instinto paterno y le habían prohibido salir a menos que fuera a la escuela, donde padre lo dejaba cada mañana. En realidad no le afectaba, ya que en esos días no había recibido llamadas de nuevos clientes. El único misterio pendiente naturalmente era quién andaba detrás de esos atentados, pero Nishijima ya le había informado que no tenían el menor indicio en las escenas del crimen. A pesar de haber traído equipos forenses de otras jurisdicciones.

Mientras tanto, en alguna parte el creador de ese Mundo agonizaba. No creía que fuera sólo una coincidencia el tiempo elegido. Miró el celular sobre la mesita del centro, de donde colgaba la figura en miniatura del fantasma oscuro. No había tenido noticias de Shuei desde ayer, después de haber pasado todo el día juntos. Sea lo que sea que fuera a pasar con ellos (el Tercer Mundo, quién lo diría), por lo menos tenía el consuelo de que no iba a afectarle. Estaría seguro de cualquier consecuencia en su propia dimensión.

Resultaba un alivio saber que eso era lo que más le importaba. Era gracioso, de hecho, pensar que antes de haber conocido al chico del dibujo personalmente sus pensamientos estarían con las víctimas y los delincuentes todavía por descubrir. Aunque si bien se preocupaba por el asunto, la seguridad de Shuei le servía de escudo y fortaleza. En tanto él estuviera bien y a salvo, le daba igual lo que sucediera después.

Un gesto de amarga revelación cruzó por su rostro. Se estaba mintiendo a sí mismo. Desde el principio había sido así de egoísta. ¿O no fue por egoísmo que decidió mantener una libreta para sí mismo, que nunca se decidió a averiguar sobre el caso preguntándole a Deus, lo que podría haberle aclarado sus dudas mucho más rápido que sólo esperando? Suponiendo que Deus realmente llegara a abrirse a con él, lo más probable puesto que el dios nunca le negó respuestas antes, hubiera resuelto el misterio pero al precio de no ver nunca a Shuei o verse forzado a cortar sus relaciones en algún punto. Se habría ahorrado una buena cantidad de emociones, muchas de ellas negativas para una investigación, si hubiera aceptado ese hecho. No lo hizo.

Preguntarse por qué sería una necedad a esas alturas. Él mismo lo había hecho durante dos años enteros, a veces por frustración, otras porque realmente no lo sabía, antes de conocer en persona a la aparición en sus sueños. Entonces le pareció la cosa más clara del universo hacer lo que estuviera en sus manos para garantizar el bienestar de Shuei. Desde morderse la lengua para no dejar salir su curiosidad a guardar silencio frente a Deus, cualquier acción que persiguiera ese fin sería la correcta para él. No importaba que Shuei no le creyera cuando decía que el costo era lo de menos.

El mundo podía acabarse mañana, por lo que le concernía. Se sentía mal por todas las cosas que no vería, los conocimientos que no llegaría a rozar, pero estaba bien. Ni siquiera la total contradicción con los ideales de sus héroes le molestaba, no realmente. Entendía que ni uno de ellos dejara de ser soltero. No se trataba de sólo libertad de movimientos y tiempo ahorrado. La perspectivas respecto a lo que era de verdad valioso y lo que no diferían inevitablemente.

En su interior había tomado la decisión sin querer considerarla un segundo más, era posible que desde el mismo momento en que lo vio. Lo único de lo que se iba a preocupar era por Shuei. El resto carecía de importancia.

Lo que Aru no sabía (no tenía forma de saber) era que Yukiteru no se sentía bien. Desde el momento en que su primer día juntos estaba a punto de volverse un día y medio, un mareo le había estado rondando como una libélula a una lámpara. Al principio no se molestó en considerarla, creyendo que se le pasaría en cuestión de minutos, pero aquel temblor en su cabeza no hizo sino aumentar con el tiempo. Se volvió tan persistente que si fuera un humano normal y corriente ya estaría hasta la coronilla con las náuseas. Su cuerpo divino no contaba con esos medios de defensa para librarse de semejante malestar. Ni siquiera se suponía que debía padecer alguno.

Para cuando le dijo a Aru que debía retornar a su espacio imaginario "para recuperar energías divinas y vigilar que Muru Muru 2 no causara problemas", Yukiteru estaba seguro de que acabaría desmayándose si seguía ahí. Quizá la fuente del reflejo mortal anduviera cerca, en cuyo caso su efecto se hacía de forma lenta y constante, en lugar de llevarse su consciencia de un solo golpe. No quería ver al detective preocupado ni involucrarlo en el asunto, de modo que prefirió irse antes de que fuera demasiado tarde.

Volver a su dimensión original debería haberle traído alivio. Era su Mundo correspondiente, ¿no? Lógico que quedarse ahí le dejara como nuevo. Sin embargo, se sentía peor.

Muru Muru flotó en frente suyo y una mirada le bastó para saber que el jefe no estaba para saber su opinión acerca de su última cita. La cual por supuesto había seguido desde el momento en que compartieron un adorable almuerzo, la escuela totalmente olvidada. En su lugar, el instinto de asistente atada místicamente surgió.

-Recuéstate -le dijo, empujándole contra la nada.

En un espacio sin gravedad como aquel daba lo mismo la posición, en realidad, pero ninguno quiso hacerlo notar. Yukiteru se dejó mover, quedando acostado de forma vertical respecto a la pantalla. Esta estaba enfocada en un noticiero donde la cámara de un testigo mostraba una explosión reciente en el centro. La imagen era de mala calidad y los gritos se oían demasiado agudos para su gusto, como puñetazos dados contra su cerebro. La apagó con gesto impaciente.

La demonio le posó su pequeña mano sobre la frente. La mantuvo ahí unos segundos y luego la apartó, agitándola con asco. Gotas de sudor salieron disparadas. Yukiteru se hubiera sentido ofendido de no pensar que su cabeza quería estallar con bombas de rocas.

-Tienes fiebre -informó, sacando un pañuelo de su brazalete. Se limpió a sí misma antes de secarle el rostro, quitándole el cabello de encima-. Cielos, Yukiteru, sé que son adolescentes, o por lo menos tienes el cuerpo de uno, pero ¿en serio no pudiste controlarte un poco? Tanto exceso de amor no debe ser sano para nadie.

Yukiteru intentó sonreír, pero de inmediato le dio otra punzada y sólo pudo emitir un gruñido entre dientes. No, no estaba para bromas, pero le hubiera espantado todavía más que Muru Muru se abstuviera de las suyas.

-Shuei -dijo, en cuanto el dolor le dejó hacerlo-. Mi nombre es Tenshi Shuei. Lo cambio... No más Yukiteru.

-Finalmente asumes la nueva identidad que te dio tu amor. Ya era hora -Muru Muru tenía una expresión demasiado seria mientras lo decía. Le cambió el pañuelo por otro nuevo-. Ahora falta ver cuándo será la boda. Estuve investigándolo, ¿sabes? En algunos países es perfectamente válido el matrimonio entre hombres. Lo único es que tendrían que aparentar algo más de edad o forzar a los padres de Akise a darles su permiso. Con tus poderes debería ser sencillo.

Esta vez la sonrisa le salió más natural.

-¿Ah, sí? Entonces se lo comentaré la próxima que lo vea.

-Yo me encargaré del banquete -afirmó Muru Muru, mirándole directamente. No, quiso ordenarle Yukiteru. Sigue diciendo estupideces sin sentido, no te detengas. Como siempre, a la demonio le dejaba indiferente lo que él quisiera-. Yuki... Digo, Shuei, ¿hace cuánto que te sientes así?

Maldita sea.

-No lo sé -respondió, rendido-. Desde hace una hora o dos. Me fui antes de que Aru se diera cuenta -Y para porque disimular estaba fuera de discusión, agregó-: ¿Qué diablos es, Muru Muru? ¿No se supone que como dios no deberían darme jaquecas? O por lo menos yo no recuerdo a Deus quejándose de una. He intentado quitármela solo, pero no ha servido de nada.

-Deus ha tenido fiebre sólo una vez, que yo sepa -Muru Muru estaba excepcionalmente seria al hablar. No le gustaba esa Muru Muru, en lo absoluto-. Al final de su vida. Lo que quedaba de su cuerpo mortal reaccionaba de esa forma.

-¿Y qué es esto? -preguntó-. ¿Me estoy muriendo?

Sintió los ojos inundársele al pronunciar esas palabras. Hacía no mucho tiempo no le importaría esa posibilidad. No tenía nada por lo que vivir. Las cosas habían cambiado desde entonces y todo en lo que pudo pensar fue en que todavía no averiguaba una buena película de Sherlock Holmes para ver con Aru. El parpadeo de un ojo rojo le pasó por la mente, como una idea involuntaria. Y eso le atrajo a la memoria aquel gesto del muerto. ¿Se refería a él? ¿Era su tiempo el que veía acabarse en su reloj?

Muru Muru todavía no le contestaba. Luego de un largo silencio, en el que ya ni siquiera era necesaria una respuesta, dijo, casi como para sí misma:

-Tal vez... dos dimensiones en serio no deberían combinarse. El Tercer Mundo está a punto de acabarse. Es posible que por pasar tanto tiempo en él te hayas contagiado -La demonio se tocó el mentón, pensativa-. Es la única explicación lógica. En los Registros Akáshicos no hay nada sobre dos dioses viviendo en el mismo Mundo por un largo tiempo, aunque sean visitas espaciadas. Y Deus es quien te dio tus poderes, así que...

Se encogió de hombros. No había nada más por decir.

Yukiteru (Shuei de ahora en más) se pasó la mano por el rostro en tanto las lágrimas comenzaban a caérsele. No quería morir y su única razón para ello era la forma en que el detective le abrazó después de aquel primer reflejo mortal. Aunque sólo había pasado unos minutos desde que lo viera, extrañó su presencia como nunca antes. La cabeza le envió una nueva punzada.

Al día siguiente no se sintió mejor, sino todo lo contrario. La leve capa de sudor se había vuelto en gotas que caían directamente de su rostro. Le recordaba a un resfriado particularmente fuerte que le dio un invierno a los 8 años. Papá lo despertaba cada tanto sólo para preguntarle si notaba alguna mejoría, ignorando todos sus signos de irritación, y mamá le hacía guisados calientes capaces de dejarle el paladar quemado si se los comía demasiado aprisa.

En esos momentos no le hubiera importado en lo absoluto pasar por cualquiera de las dos cosas, sólo para saber que estaba en camino de recuperarse. Esa oportunidad parecía cada vez más lejana. Muru Muru le traía vasos de soda y helado para que se sintiera algo más resfrescado, y funcionaba, pero sólo de forma temporal. El dolor de cabeza no había quién lo quitara. Su sensación general de debilitamiento la convertía en un peso insoportable.

Alrededor de las 13:05, unos minutos después de que Akise acordara que lo único verdaderamente importante para él era el bienestar del joven dios, Shuei se estiró para tomar un nuevo helado de parte de su asistente y no pudo hacerlo.

El brazo se le desprendió antes de llegar a tocarlo. El miembro nunca tocó el suelo; se deshizo en el aire en pequeñas partes que luego desaparecieron. La manga continuó flotando en dirección a la demonio como si hacia ella la llevara la corriente del viento, nada que la llenara. Shuei sólo consiguió verla, demasiado estupefacto para sumar la idea "mi brazo no está" con "mis dedos no aparecen en ningún lado." Incluso intentó mover su palma para que saliera, pero, desde luego, eso no sucedió.

Fue Muru Muru la que lanzó el grito.

¡

La sala de leyes de la casualidad pocas veces había sido tan ruidosa. En la parte superior, en una zona llena de pantallas de imagen en alta resolución, seguía apareciendo la cadenas de los eventos de forma ininterrumpida. La lucecita de arriba, roja cuando las cosas estaban mal, brillaba en un inconmovible tono verde. Muru Muru comía de una bolsa de bombones de forma casi compulsiva, mientras Deus y Akise observaban en silencio el desenlace de lo que sucedía por toda la ciudad.

En otras circunstancias Deus habría sido capaz de arreglar todos los edificios destrozados, curar a los heridos y borrar semejante desastre de la mente de todos. Apenas un movimiento de su mano gigante y todo estaría solucionado. Pero no tenía fuerzas para eso. Continuamente caían pequeños trozos de su trono aéreo y el mismo dios exhalaba con demasiada profundidad, cual anciano agotado por la carrera.

Al detective le hubiera gustado ahorrarse el espectáculo.

-Todo esto fue orquestado -dijo Deus. Le salía un ligero silbido al respirar, igual que una persona con un hueco en los pulmones-. Debe serlo.

-Sí -confirmó el joven, quien pensó que era evidente sin que tuviera que decir nada.

-No deberíamos estar perdiendo el tiempo así -reprochó Muru Muru, mirándoles a ambos son reproche y deteniéndose en su jefe-. ¡Deus, haz la maldita oferta antes de que sea demasiado tarde!

-Ya es demasiado tarde -replicó exactamente la misma voz, sin que la pronunciara el mismo emisor.

Muru Muru 3, Akise e incluso Deus observaron sorprendidos la repentina aparición de un par de figuras a un lado de las imágenes. Una era Muru Muru 2, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, mientras el otro parecía un fantasma pasando por una mala resaca. Akise tuvo un acceso de miedo porque ahora no podía evitar que se supiera su secreto (lo tenían en frente, demonios), que se volvió en pánico cuando vio lo que Shuei intentaba ocultarle.

Una manga, completamente vacía. Y el rostro del joven dios no invitaba al optimismo. ¿Qué rayos significaba eso?

-¿Qué se supone que están haciendo ustedes aquí? -reclamó Muru Muru 3 inmediatamente, dejando caer la bolsa de bombones-. ¡Esto no tiene nada que ver con ustedes! ¡Vuelvan por donde vinieron!

Shuei esbozó una sonrisa de pura amargura.

-Maldita sea, cuántas veces tengo que escuchar lo mismo... -Entonces, más alto, elevando la vista-. Es bueno verte de nuevo, Deus. Lamento que no te sientas bien pero si te sirve de algo -Levantó lo que quedaba de su brazo. La tela oscura caía desde el punto en que comenzaba el codo-, yo tampoco estoy en mi mejor momento. También lamento que te enteres así, Aru. Creí que podría controlarlo -Se pasó una única mano por el frente, apartando el cabello húmedo. Algunas lágrimas también fueron desplazadas-. Soy un terrible novio.

Akise no supo cómo responder a eso. Su corazón sólo estaba en el brazo perdido y lo mal que se veía Shuei, apenas manteniéndose en pie. De nuevo quería ayudarle y le desesperaba no saber la manera de hacerlo. Por lo pronto corrió hacia él y le rodeó la cintura para enderezarlo, sin importarle que tanto su Creador como Muru Muru 3 contemplaran absolutamente estupefactos.

No le gustó sentir su cuerpo febril de esa forma.

-Lo siento -repitió Shuei, intentando mantener el gesto anterior.

Su mirada parecía opaca, falta del brillo usual.

-No te preocupes por eso -dijo sin pensarlo, afirmándolo contra sí.

Le acarició la cabeza mojada y quiso enojarse, ponerse furioso contra lo que fuera que hubiera causado ese estado en él. Pero en su lugar sólo había consternación. Ni en un millón de años podría haber imaginado que lo sentiría tan débil en sus brazos. No después de haberlo visto realizar actos con los que él únicamente podía imaginar.

Muru Muru 3 tenía cara de haber visto un volcán de queso estallar frente a sus ojos. Así de incomprensible y sin sentido le resultaba la escena.

-¿Alguien me puede explicar qué diablos sucede aquí? -exclamó, bastante molesta.

-Deja de chillar tanto, Muru Muru 3 -dijo su doble, haciendo un gesto de irritación-. Ahora eso no es lo más importante.

-¿Y a ti quién te preguntó? -espetó de vuelta y señaló a Akise, vehemente-. ¡Tú, mentiroso! ¡Tu tarea es ser el Observador de Deus en la Tierra! ¡Para eso fuiste creado!

-¿Así es? -preguntó Akise inocentemente, abrazando con más fuerza a Shuei. Ya todo el pastel había sido descubierto, disimular era inútil. Se concedió incluso el capricho de sonreír descaradamente, sin pena-. Vaya, se me habrá olvidado.

Lo cual no dejaba de ser verdad hasta cierto punto. Muru Muru 3 se puso roja de la ira.

-¡Serás un...!

-Bien, bien, veo que ya todos están aquí finalmente aquí -dijo alguien detrás de ellos.

Ese acento de ese perezosa hizo helar la sangre de Shuei.

No, pensó. No él ahora. Todos acabaron volviéndose, el joven dios a regañadientes, mientras Sirf se adelantaba de forma confiada. Iba con sus ropas de colores chillones de siempre y las manos a la espalda, como si caminara por su propia casa. Y así parecía, a juzgar por la reacción de las dos Muru Muru.

-¿Qué haces aquí? -preguntaron ambas al unísono.

La perteneciente a ese Mundo más estupefacta que la otra. Y fue la que volvió a hablar.

-¡Regresa a tu trabajo! -ordenó con fiereza-. Justo en este momento no podemos permitirnos el ocio.

-Tranquila, Muru Muru -dijo Sirf con tranquilidad, alzando su brazo izquierdo. Shuei no supo qué sentir al ver que era el mismo que le faltaba a él. Pero en lugar de mostrar un hueco oscuro, bajo la tela arremangada de su ropa se veía un muñón metálico y brillante, ligeramente abombado-. Dejé a mi brazo ahí abajo, encargándose de todo. No tardaré mucho de todos modos -Miró al joven dios directamente-. Tal parece que no hemos tenido suerte en eso de no vernos de nuevo, Yukiteru.

Shuei nada más consiguió observarle, incrédulo de que realmente estuviera ahí y en ese tiempo. Todavía le quedaba suficiente capacidad para el asombro para que su mente se detuviera sólo ahí y no asimilara otra cosa. Ni siquiera la mirada sorprendida de su asistente.

-¿Ya lo conocías?

Shuei cabeceó. Pasado unos segundos consiguió fruncir el ceño, aguantándose una nueva punzada.

-Sí, me ha estado siguiendo en el Tercer Mundo. No tenía idea de que... -Se volvió a ella, cayendo en cuenta de la familiaridad fuera de lugar desde su perspectiva-. ¿Qué hace él aquí?

-Es el Mecánico -respondió la demonio con simpleza, ignorando que no le aclaraba nada.

-Sirf se encarga de la parte técnica del universo -le explicó Muru Muru 3, mirando a este con recelo-. Una vez las leyes de causa y efecto comienzan a ser creadas, él es quien las regula y conecta adonde debe.

-Soy algo así como la computadora de los dioses o el encargado de las calderas en el funcionamiento del universo -aportó Sirf, con una nota de indiscutible orgullo-. Los dioses mandan, yo hago. Sobretodo cosas del tiempo o nuevos artefactos. ¿Quién crees que es el responsable de haber traído elefantes a este espacio imaginario? Un recuerdo de mi antigua cultura. También creé a Meca Muru Muru*.

Shuei apenas recordaba haberlos visto antes y jamás se había puesto a pensar de dónde salían. A lo sumo asumía que eran un capricho de Muru Muru. De lo último directamente no tenía idea a qué se refería. Al ver las caras de confusión, el Mecánico se dio un golpe a la frente con su solitaria mano.

-Cierto, ustedes no llegaron a verla. Bueno, sepan que es increíble.

-Disculpa -dijo Aru-. Antes mencionaste que finalmente estábamos aquí. ¿Nos estabas esperando?

Sirf volvió a animarse.

-Así es. Desde hace algún tiempo creía que sería inevitable que todos nos reuniéramos aquí -Se adelantó para ponerse adelante de todos, apenas cubriendo las imágenes recibidas desde Sakurami-. Las buenas noticias son que todo esto tiene un sólo culpable y sé exactamente quién es.

-Habla -exigió Muru Muru 3, ahora más interesada.

Todos lo miraron, esperando. Sirf disfrutó un momento del efecto conseguido y alzó su dedo.

-El culpable -dijo, cual actor en escena, señalándolo- eres tú, Amano Yukiteru.


* Meca Muru Muru: Sólo los que vieron Mirai Nikki Paradox van a entenderlo.