Cuando la TARDIS llega a algún lugar, no aparece instantáneamente; más bien es como si una imagen fuera perdiendo su transparencia de manera paulatina, hasta que se vuelve completamente opaca. En esta ocasión no fue así; lo que el Doctor vio es como si alguien hubiera retirado una sábana que cubriera la TARDIS.
Era como la suya; al fin y al cabo, era su TARDIS, aunque su aspecto era aún más desgastado. Al verla, el Doctor pensó que si el aspecto exterior de la TARDIS se adapta a su propietario, esta encarnación suya había debido sufrir mucho.
Tal y como la vio aparecer, se puso manos a la obra. Retiró los tornillos de la rejilla de ventilación y la dejó en el interior del conducto para evitar que su caída alertara a los Toclafane. Descendió al suelo y se encaminó con paso decidido hacia la TARDIS, usando su llave para abrir la puerta.
Una vez dentro, echó una rápida ojeada a aquella nave. La sala de control de su TARDIS era de formas redondeadas, con columnas que ascendían hacia la cúpula como ramas de árboles, y con el color marrón predominando sobre todo. En ésta, en cambio, predominaban los tonos metalizados, potenciados por unas luces muy blancas, en una estructura angulosa y sin columnas. Aunque en el fondo, ambas eran la misma nave, la frialdad de esta sala le hizo sentirse muy incómodo, y con más ganas que nunca de finalizar esta aventura y volver a la calidez de su hogar.
– Doctor, ya estoy en tu TARDIS – anunció por el comunicador.
– Ahora conéctate con la tuya y prepárala para la explosión. Yo sólo tengo que pulsar un botón y la secuencia de auto destrucción se iniciará.
– ¿Diez minutos?
– Diez minutos.
– ¿Hay manera de revertir el proceso?
– No, Doctor. Si algo sale mal, puedes dejar una nota para las futuras encarnaciones explicando con todo lujo de detalles cuándo y cómo acabará todo.
– Confiemos en que no sea así… Os veo en un rato.
Cortó la comunicación y se puso a manipular los controles de aquella nave. No fue difícil conectar ambas TARDIS y activar el modo de asedio en la suya. En el compartimento de carga de babor, lo que hasta entonces había sido una cabina de policía inglesa de los años 60 se transformó en una caja cúbica del tamaño de la palma de una mano, con aspecto metálico y adornada en su exterior con símbolos escritos en Gallifreyan Circular en cada una de sus caras.
Por su parte, el Último Doctor hizo una última revisión a los mapas de la nave antes de ponerse en marcha. Clara notó su expresión de disgusto, por lo que se acercó a él.
– ¿Problemas?
– Mira… – dijo, señalando en el mapa el punto donde se encontraba la TARDIS del Doctor – Se están moviendo. Y el grupo de caza también.
– ¿Qué crees que ha pasado?
– Cuando una TARDIS se pone en modo de asedio, su tamaño se reduce ostensiblemente; esto debe haber alertado a los que montaban guardia.
– ¿Y los otros?
– Quizás han recibido un aviso del otro grupo, o quizás han detectado un cambio en el campo cuántico cuando he retirado la capa de invisibilidad de mi TARDIS. Sea como sea, tendremos que darnos prisa.
No se detuvieron en ningún momento, pero esta vez era Clara quién iba delante, marcando el camino en función de las indicaciones del Último Doctor, el cual hacía rápidas ojeadas al mapa ocasionalmente para trazar una ruta segura. En ocasiones volvían las interferencias que había observado en la sala de control central, lo que los obligaba a ir a ciegas, y sin conocer la posición exacta de los Toclafane.
Cuando llegaron al compartimento de carga de estribor ya era demasiado tarde. Los Toclafane habían sido más rápidos. Afortunadamente los vieron por la mirilla de la puerta justo antes de abrirla para cruzarla, lo que evitó que fueran detectados. El Último Doctor estuvo a punto de dejarse llevar por la rabia y ponerse a golpear las paredes del pasillo, pero pudo reprimirse y acabó cayendo abatido.
– Tan cerca… Estábamos tan cerca… – dijo amagando un sollozo.
– Doctor… No has fracasado – dijo Clara acercándose a él para consolarlo –. Él va a salir, el Amo ya se ha ido, la historia seguirá el curso que tenía que seguir. Eso es lo que verdaderamente importa.
– ¿La historia? ¿Y qué hay de tu historia, Clara?
– Todas las historias tienen que acabar algún día, Doctor – dijo mientras sus ojos comenzaban a humedecerse y su boca dibujaba la sonrisa más dulce que era capaz de mostrar –. Pero la tuya aún no.
Lo que sucedió a continuación fue demasiado rápido para que el Último Doctor fuera consciente de las cosas. En unos instantes, Clara introdujo la mano en el interior de su levita para quitarle el destornillador sónico, se levantó, y cruzó la puerta para bloquearla después. Cuando el Último Doctor se dio cuenta, Clara y él ya estaban irremediablemente separados.
– Clara… ¿Qué estás haciendo?
– Lo que tiene que hacerse, Doctor – contestó ella sin dejar de sonreír, mientras comenzaban a brotar lágrimas de sus ojos –. Lo que sabías que iba a suceder.
– ¡Clara! ¡Siempre hay alternativas! – gritó el Último Doctor mientras aporreaba la puerta, ignorando que eso podría alertar a los Toclafane.
– Lo has dicho antes, yo soy la llave. Lo has sabido desde el primer momento aunque no lo quieras admitir. Ahora escúchame bien, Doctor. Vais a salir de ésta y vais a seguir vuestros caminos, pero antes has de prometerme una cosa.
– Clara…
– Doctor, no vuelvas a abandonarte nunca más – dijo ella en tono autoritario –. Busca la fuerza necesaria allá donde creas, busca nuevos compañeros, y nunca más pienses en sus pérdidas sino en el tiempo compartido. No nos dejes, Doctor; el universo siempre te necesitará.
A lado y lado de la puerta, las lágrimas brotaban de los ojos de ambos. El Último Doctor no dijo nada, pero su boca dibujó una sonrisa, aunque cargada de una profunda tristeza.
– Ahora, corre. Corre, chico listo, y recuérdame – dijo ella como despedida.
– Nunca te he olvidado, Clara – respondió el Último Doctor.
Los Toclafane no habían permanecido ajenos a la escena y se estaban acercando lenta y sigilosamente a Clara. Extendieron sus cuchillas y comenzaron a hacerlas girar a toda velocidad, aunque ella los ignoró por completo. Sin dejar de mirar a la puerta, extendió su brazo y apuntó el destornillador sónico hacia la sala de control anexa para manipular los controles.
Todo sucedió muy deprisa. Los contenedores de materia oscura expulsaron su carga al espacio, al tiempo que se abrían las compuertas del compartimento de carga. La súbita descompresión de la sala, unida a la fuerza gravitatoria de la materia oscura liberada, hizo que tanto Clara como los Toclafane y la TARDIS fueran expulsados de la nave. Al cabo de unos instantes, las compuertas se cerraron de nuevo, con lo que la sala recuperó su normalidad.
El Último Doctor no llegó a ver nada de lo que sucedía. Intuyendo lo que Clara iba a hacer y siguiendo sus últimas palabras, corrió hacia una habitación lateral para protegerse, quedando agazapado en un rincón. Estaba ensimismado en sus pensamientos, hasta que la voz del Doctor lo volvió a la realidad.
– ¿Doctor? ¿Sigues ahí? He notado un temblor brusco en la TARDIS y un cambio súbito de presión en el exterior. ¿Estáis bien?
– Estoy bien y tú estás fuera… – dijo en un tono completamente despersonalizado.
– ¿Fuera? Eso explica algunas cosas. Ahora mismo vengo a recogerte y… Espera. ¿Y Clara? Oh… Lo siento – dijo al comprender la silenciosa respuesta del Último Doctor –. Bien, ahora hay que darse prisa; la secuencia de autodestrucción está a punto de finalizar.
El Último Doctor reaccionó de golpe y se levantó como impulsado por un resorte, para dirigirse rápidamente hacia la puerta. Cuando se la encontró bloqueada recordó que Clara le había quitado el destornillador sónico.
– ¡Doctor! – gritó por el comunicador – ¡La puerta está bloqueada y no puedo abrirla! Tendrás que hacerlo tú desde la TARDIS.
Instintivamente comenzó a aporrear la puerta, confiando en que esta acabara abriéndose. Bien por el efecto de sus golpes, bien por la manipulación externa del Doctor, ésta se abrió mientras la TARDIS comenzaba a materializarse. El Último Doctor corrió hacia ella, chasqueó los dedos cuando se encontraba a medio camino para abrir sus puertas, y se lanzó al interior.
Unos instantes después, la nave detonaba.
