CAPITULO 13
"Hay un punto en el camino en el que tienes que detenerte a pensar y decidir si debes seguirlo hasta el final o tomar otra vía alterna.
El problema está en cuando sabes que debes optar por la segunda opción, pero no lo haces, porque aunque estas al tanto de que terminarás en un precipicio, lo que puedes encontrar en el trayecto es más tentador"
No sabía por qué estaba tan nerviosa cuando miré a Carlisle. Por un momento él también fijó su mirada en mí, luciendo claramente sorprendido de verme allí, pero luego apretó sus labios en una dura línea. Aún estaba enojado. Me encogí ante su mirada helada.
Pude darme cuenta que no era la única que lo notaba, porque a mi lado, Alice enroscó su mano en mi brazo y le dio un leve apretón. Esme, por su parte, se lanzó a los brazos de su esposo, mientras le decía con una voz cariñosa que removió mis entrañas:
– No te oí entrar cariño –estampó un beso en sus labios- ¿Qué tal te ha ido?
– Bien –su rostro se suavizó mientras la miraba, una punzada de celos atravesó mi pecho.- ¿Estaré de acuerdo con qué? –repitió.
– Invité a Bella a quedarse. Su madre saldrá de la cuidad y me parece que sería mejor que ella no estuviese sola. Espero que no te importe –le dijo con voz embaucadora, sus manos iban en un vaivén, de arriba abajo contra su pecho, acariciándolo.
– Está bien –la besó en la frente, y se encaminó escaleras arriba.
Eso era lo último que pensé que diría. Cuando Esme dijo que sabía cómo controlarlo, quería con todas mis fuerzas que sólo se tratara de un mal chiste, pero una parte de mi estaba aliviada de que Carlisle no se hubiese reusado a la idea, ni soltado algún reproche. Lo último que quería era causar problemas.
Alice dejó escapar el aire contenido en sus pulmones, de forma audible, cuando ya lo habíamos perdido de vista.
– ¿Crees que se haya molestado? –cuchicheó Alice acercándose a su tía. – Digo, se supone que estoy castigada.
– ¡Bah! –la aludida hizo un gesto despectivo con la mano- Ya se le pasará.
– ¡Oh, Esme! Eres la mejor –chilló Alice abrazándola.
Ambas rieron. Ya sabía yo que su actitud hacía mí no tenía que ver nada con Alice, o, no enteramente.
La cena había trascurrido en absoluto silencio, algo poco habitual; pero tomando en cuenta que era Alice quien encabezaba la mayoría de las conversaciones, era algo de esperarse.
Luego de un largo debate entre Alice y yo acordamos en que dormiríamos juntas en su habitación, pero yo estaba tan incómoda removiéndome en esa cama de colchón ortopédico y extrañando la mía propia, que estaba dudando de si debía escaparme por la ventana y volver a casa. Descarté la idea al recordar que nos encontrábamos en un segundo piso y ciertamente mi agilidad era pésima, no me apetecía romperme un brazo o una pierna, además no quería quedar como una desagradecida.
Le eché un ojo al reloj de mi teléfono, las 2:17 a.m. Rodé sobre mi costado y me incorporé, cobija en mano. Abrí la puerta tratando de hacer el menor ruido posible, no quería que Alice despertara y ser bombardeada por sus preguntas, pero sabía que esa opción era remotamente posible, mi amiga era de un sueño tan pesado que aún se hubiese llevado a una banda de rock a tocar en su habitación, ella no despertaría.
La habitación de en frente era la que compartían Carlisle y Esme. Ignorando aquella punzada de celos tan familiar, me encaminé por el oscuro pasillo con suelo alfombrado, hacia el balcón que daba al patio.
Una fría brisa golpeó mi piel colándose a través de la fina tela de la pijama azul que Alice me había prestado (y que para ser honestos me quedaba muy chica), hice acopio de la cobija que llevaba en mi mano y me enrollé en ella como si mi vida dependiera de ello.
El balcón era amplio, resguardado con pilares hasta la mitad y el resto enrejado con aquellas hermosas y blancas verjas pecho paloma. Recodé lo mucho que nos gustaba a Alice y a mí sentarnos en la curva de las rejas y mirar al vacío, cuando éramos niñas. Sin pensarlo dos veces me encaramé en ellas, y aunque a duras penas cabía la mitad de mi cuerpo, a diferencia de cuando era niña, encontré que se estaba bien cómodo en ellas.
Ya había dejado de llover y el cielo estaba estrellado, se podía distinguir cada detalle ya que no había ningún tipo de luz artificial que estropeara la vista. A pesar de que la única iluminación era la que provenía de la luna y por consiguiente todo a mí alrededor estaba sumido en las sombras, no tenía miedo. Todo lo contrario, encontraba algo reconfortante en la forma en que las escasas nubes se movían lentamente a través del cielo.
Divisé por el rabillo del ojo el movimiento de una figura alta, y me entró el pánico ¿Habría entrado un ladrón? ¿Era acaso un fantasma? Casi me caigo, por suerte alancé a afianzar mis manos a las rejas. La figura se acercaba a mí, quise gritar fuertemente, pero lo que salió de mi garganta sonó más bien como un grito ahogado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para distinguirlo a través de la escasa luz de la luna, me di cuenta de que se trataba de Carlisle.
Suspiré aliviada y destensé mis hombros.
Carlisle tenía el ceño fruncido, no sabía si era de curiosidad o enfado, al mirarme. Pensé que daría media vuelta y se iría; sin embargo se mantuvo apacible, mientras continuaba su andar hacia mí, situándose a mi lado, pero no lo suficiente como para que nuestros cuerpos se rozaran si alguno de los dos se movía. Yo seguía con la mirada cada uno de sus movimientos, embebiéndome de él y su belleza innata.
Llevaba unos pantalones negros de pijama que colgaban peligrosamente de sus caderas, y una guardacamisa blanca que dejaba al descubierto sus brazos torneados y que se adhería a su torso como si fuese una segunda piel. ¡Oh, su piel! Su piel era otro deguste para los ojos, a la luz de la luna se veía plateada y las sombras marcaban sus rasgos, haciéndolo parecer la fiel imagen de un ángel. Mi ángel Carlisle.
– ¿Qué haces aquí a esta hora? –me preguntó, mientras se apoyaba en las rejas sobre sus antebrazos, mirando a la lejanía.
– No podía dormir ¿y tú?
– Tampoco. Llevo aquí un rato, te vi llegar.
– ¿Y hasta ahora me lo dices? –proferí un bufido- ¿Es que acaso querías asustarme adrede?
Él soltó una suave risa.
– No, lo siento. Esa no era mi intención –hizo una pausa- ¿Por qué no podías dormir?
– Es difícil para mí dormir en otra cama que no sea la mía. –luego de una pausa le pregunté: -¿Tú por qué no podías?
– ¿Conoces ese chiste acerca de que la mente espera a que llegue la hora de dormir para recordar cada decisión que has tomado en tu vida? –cuando negué, él continuó- Bueno, eso es lo que me ha ocurrido últimamente.
– ¿En qué piensas? –y luego agregué apenada por mi curiosidad:- Si te parece bien que lo sepa.
– ¿Crees que hice bien en castigar a Alice?
– Creo que ustedes tienen muchas cosas sobre las que hablar y sincerarse. –cuando él me dirigió una mirada significativa, supe lo que rondaba por su mente. Nosotros. Inmediatamente agregué mientras el calor inundaba mis mejillas: -Y no, no me refería a eso.
– ¿Estabas al tanto?
– ¿De qué?
– De lo que Alice iba a hacer, irse a ese pub sin mi permiso.
– La verdad es que no ¿Es por eso que me mirabas con odio aquella noche? ¿Creías que me había puesto en complot con ella?
– Yo no te miraba con odio –su frente se surcó en arrugas, como si no pudiera concebir esa idea.
– Claro que sí, el odio estaba reflejado en tus ojos. –le acusé, estuve a punto de hacer un puchero involuntario, pero me contuve.
– Estaba molesto porque pensaba que habías planeado esto con Alice, pero no podría odiarte por eso. Pero cuando te vi con ese chico, como te sujetaba de la cintura y luego dijo que era tu novio… –sacudió su cabeza, como si quisiera quitarse esos recuerdos de la mente.
– Entonces… me odias por lo de Edward. Carlisle, pero yo no… -el comenzó a negar con la cabeza, interrumpiendo lo que estaba por decirle.
– Yo no te odio, Bella. Admito que no me agrada la idea de que estés con otro chico…
– Yo no estoy… -comencé a decir, pero él me detuvo con un gesto.
– Déjame terminar, por favor. –yo asentí, instándolo a continuar- No me agrada la idea de que estés con alguien más. No deseo compartirte con nadie, pero tú no eres de mi propiedad. No eres un objeto cuyo destino yo pueda decidir. Estoy enojado con la vida por habernos unido tan tarde, con la sociedad porque no acepta que entre dos personas de diferente edad pueda haber una relación y, sobre todo, enojado conmigo; por no poder estar contigo tanto como me gustaría, porque ya estoy ocupado, porque soy un maldito egoísta que no puede dejarte ir y alegrarme de que seas feliz con alguien más que no sea yo. Pero no estoy enojado contigo, jamás podría estarlo.
Estaba aturdida, ciertamente sorprendida. Eso era lo último que imaginé que iba a decirme, ni siquiera estaba preocupada porque en su arrebato, Carlisle había subido el tono de voz, lo suficientemente fuerte como para ser escuchado allá donde Alice; y peor, Esme, dormían.
– Edward y yo no somos nada. –fue lo único que se me ocurrió decirle, él soltó una risita nerviosa-No siento nada por él –continué, ésta vez él me miraba atentamente- y tampoco puedo permitirme hacerlo. Por la simple razón de que… no quiero estar con más nadie que no seas tú, Carlisle.
Él se acercó, abarcando la distancia que nos separaba, y acunó mi mejilla en su mano. Yo me dejé envolver en su tacto, en su mano firme y delicada, en el calor que irradiaba, en su olor embriagador.
No me había dado cuenta de que había cerrado mis ojos, hasta que la voz de Carlisle hizo que volviera a la realidad.
– Desearía que no lo hicieras, que no me amaras. Todo sería más fácil. De esa forma no saldrías lastimada –su expresión era de tristeza, creo que nunca lo había visto tan afectado.
– Pero lo hago y no hay nada humanamente posible que puedas hacer para cambiarlo.
Pero… ¿estaba cien por ciento segura?
El dudó, sus labios a centímetros de los míos, tan cerca que podía sentir su aliento cálido entremezclarse con el mío. Deseaba poder rosar sus labios junto con los míos, sentir que nuestras almas y cuerpos se conectaban sólo con ese gesto. Por un momento creí que mi deseo se haría realidad, pero no fue así, Carlisle se separó de mí bruscamente, como si de pronto mi piel estuviese envuelta en llamas, apagándolas, alejándome de la calidez que me proporcionaba su piel, haciendo que me sumergiera en el frío…nuevamente.
Ocupó su lugar anterior, pero esta vez, mirándome a los ojos.
– ¿Por qué precisamente yo? –me preguntó.
– ¿Uhmm? ¿A qué te refieres? –aún estaba aturdida.
– ¿Por qué te enamoraste de mí? –pronunció el "enamoraste" como si fuese un error, un insulto.
– No lo sé Carlisle ¿Por qué se enamoran las personas? –respondí exasperada.
– ¿Porque tienen cosas en común?
– Eso es conveniencia, y la verdad es que no somos tan parecidos.
– ¿Porque soy guapo? –no lo dijo de la manera presumida en que, ciertamente, tenía todo su derecho, sino más bien haciéndolo sonar como una broma. Eso logró dibujar una sonrisa en mi rostro.
– Admito que es una de las cosas que me atraen de ti, pero no es por eso, si lo fuera sería una superficial.
– ¿Por qué soy tu profesor?
– Te he querido mucho antes de que lo fueras, y no soy una interesada, no me atraes ni por tu dinero ni por lo que haces.
– Entonces… ¿por qué?
– No lo sé, tal vez me guste tu forma de ser… no lo sé.
– ¿Y desde cuándo te gusta mi "forma de ser no lo sé"?
Solté una risita por lo bajo, ante su ocurrencia, luego me detuve abruptamente, esa no era una pregunta que estuviera preparada para responder. No quería que pensara que me faltaba un tornillo.
– No lo sé.
– ¡Oh, vamos! –esta vez él era el exasperado. Tomó asiento en una silla frente a mí, mirándome atentamente a la espera de una respuesta.
– No veo por qué esto sea importante. –mis dedos jugaban con el dobladillo de la camisa de mi pijama; bueno, la de Alice, en un gesto nervioso.
– Curiosidad –dijo encogiéndose de hombros.
– Entonces respóndeme tu primero, -erguí mi espalda y lo miré fijamente, resuelta -¿Cuándo te diste cuenta de que te gustaba?
– Supongo que fue cuando me besaste aquella vez en el sótano del colegio, cuando nos quedamos encerrados. –lo dijo de una manera tan natural, como si hubiese confesado que le gustaba el helado de fresa ¿Por qué yo no podía hacer lo mismo?
– ¡Oh! –exclamé, entre avergonzada y decepcionada. Es decir, si yo jamás lo hubiese besado… ¿él nunca se habría fijado en mí?- Yo no te besé, tú lo hiciste.
– Bueno, los dos lo hicimos. –convino- Pero creo que esa vez fue cuando me convencí a mí mismo de mis sentimientos por ti. Cuando me permití admitirlos.
– Entonces… ¿Qué habría pasado si lo del sótano jamás hubiese ocurrido? ¿Me habrías dicho lo que sentías?
Él se quedó en silencio por un momento, imagino que analizando las posibilidades.
– Supongo que sí, tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz; y no me imagino llevando algo así dentro por mucho tiempo, sin demostrarlo, sin siquiera dar un indicio. Creo que algo así terminaría por volverme loco.
Bufé para mis adentros "Ni que lo digas, sé muy bien cómo es".
– Pero, es lo mismo, quiero decir que es verdad que yo lo sé, tú lo sabes… pero nadie más. Porque esto está mal, esto que sentimos el uno por el otro no puede ser, ya me lo has dicho antes. Entonces, ¿cómo es que luchas contra algo así? ¿No terminaría por volverte loco, también, esto?
El me dedicó una expresión abatida. Sin duda sacudido ante esta perspectiva de la situación, de mis pensamientos acertados. Y pude darme cuenta que anteriormente no se había detenido a pensar en ello.
De pronto se acercó a mí, tomó mi mano y la colocó sobre su pecho. Pude sentir el fuerte y rápido latido de su corazón, repiqueteando en un ritmo acompasado a través de su camiseta, recorriendo la palma de mi mano y uniéndose con el mío propio.
– ¿Sientes eso? –yo asentí, mirando mi mano sobre su pecho. – Pues olvida todas y cada una de las estupideces que te he dicho sobre que esto es un error, porque no hay nada más humano, puro y verdadero que lo que yo siento por ti, Bella. No hay nada de erróneo en el motivo que hace que mi corazón se acelere cuando estoy contigo, y ese no es más que el hecho de que estoy enamorado de ti. Y no hay nada de malo en ello, no puede haberlo.
Creo que si en ese momento hubiese llegado la hora de mi muerte… moriría feliz. Y es que jamás pensé que Carlisle hiciera a un lado sus remordimientos y aceptara sus sentimientos por mí de buena manera; y lo mejor, que yo también lo haría.
El resplandor del sol sobre mi rostro hizo que me despertara, y perezosamente fui abriendo los ojos hasta que estos se adaptaron a la luz del día. Por una fracción de segundo me encontraba desorientada. Aquella sensación que te embarga cuando estas mentalmente predispuesta a despertar en tu cama, rodeada de las paredes tan familiares de tu cuarto; pero luego caes en la realidad de que estas en otro sitio y no puedes recordar cuál es, hasta que la resolución llega a tu mente, rememorando la noche anterior y aquellos acontecimientos que te llevaron a donde ahora mismo te encuentras.
Pegué un brinco, sobresaltada, que hizo que diera a parar al suelo con mis piernas aún enrolladas en la cobija. El dolor de la caída no fue tanto y no porque ésta no hubiese sido lo suficientemente aparatosa, sino que la distancia entre el lugar donde dormía y el suelo no sobrepasaba los veinte centímetros.
Mi otra sorpresa. Aún me encontraba en el balcón de la casa de los Cullen, y para mi tragidicha, Carlisle se encontraba conmigoacostado en una de las sillas de extensión, de la cual yo, hace unos cinco segundos, había caído.
Su sueño se vio interrumpido por mi caída, y tras comprender la situación un poco más rápidamente de lo que me tomó a mí hacerlo, su rostro adquirió la misma expresión que el mío, cual si fuera mi propio reflejo.
Carlisle se incorporó, soltando un improperio por lo bajo, lo que me dejó aún más sonbresaltada. Él no solía decir ese tipo de palabrotas. Me ayudó a levantarme del suelo, si hubiese sido otra la situación yo estaría roja como un tomate de la vergüenza.
– ¿Qué fue lo que… -comencé a decir.
– … pasó? –concluyó él por mí. –Pues que nos quedamos dormidos Bella, eso pasó.
– ¿Ups? –fue lo único que se me ocurrió decir encogiéndome de hombros. É sto le arrancó una sonrisa a Carlisle de los labios, que inmediatamente borró, para volver a su expresión preocupada.
– Sólo espero que Esme y Alice no se hayan levantado todavía. –dijo mirando a su muñeca, para luego descubrir que no había reloj en ella -¿No tendrás por allí algún reloj dónde podamos ver la hora, verdad?
Yo busque desesperadamente en mis bolsillos pero ¡ja! Tampoco tenía. Obvio, es una pijama Bella, ¡Por todos los santos!
– No –respondí con una mueca de disculpa.
– Ni modo, tendremos que arriesgarnos. –mumuró, como si estuviera aun sopesando sus opciones.
Ambos comenzamos a encaminarnos hacia el pasillo cuando él se detuvo en seco, y me detuvo a su vez tomándome de la muñeca.
– Creo que es mejor que uno de los dos vaya primero, ya sabes, para no levantar sospechas si alguien nos ve. –dijo en un tono de voz mucho más bajo, tanto que tuve que esforzarme por entender lo que quería decirme.
– De acuerdo –articulé con mis labios.- Ve tu primero –y lo despedí con un gesto. Él se acercó para darme un beso en la frente y se fue con pies sigilosos hacia su habitación.
Yo puse los ojos en blanco, parecía una de esas caricaturas de sábado por la mañana. Casi pude escuchar en mi mente el ritmo de la música que acompañaría semejante acción.
Di media vuelta y mi mirada fue directamente hacia la silla, donde aún descansaba -en parte, la otra se encontraba en el suelo- la cobija que anoche había traído conmigo, agachándome la recogí. Menos mal que uno de los dos se había quedado para limpiar la escena del crimen. Sonreí para mis adentros.
No sé muy bien cómo paso todo, pero imagino que entre una conversación tras otra, ambos nos rendimos ante los brazos de Morfeo, recuerdo vagamente acurrucarme al pecho de Carlisle y aferrarme a este como si mi vida dependiera de ello.
Cuando consideré que ya había pasado el tiempo suficiente para darle ventaja a Carlisle, me dirigí a la habitación de Alice, rogando porque aún se encontrara dormida. Casi me da el segundo infarto de la mañana –con muy pocas horas de distancia el uno del otro- cuando vi a mi amiga acostada en la cama, despierta.
– ¿Dónde estabas? –me preguntó con un tono de voz indiferente mientras jugueteaba con uno de los cojines que había encima de la cama.
Titubeé un poco al responderle: – En el baño – mentí, mientras me dirigía hacia el closet para buscar mi ropa y cambiarme la pijama super ajustada de Alice.
– ¿Con una cobija? –me miró con una ceja alzada.
– Tenía mucho frío –resolví decirle, encogiendo mis hombros para restarle importancia. Ella pareció creer mi pequeña mentira, y al parecer no se había percatado de que no había pasado la noche en la habitación.
– Quería despertarme primero para ser yo la que te despertara con un susto, pero me has arruinado toda la diversión.
– Y no sabes cuánto me alegra saberlo. –balbuceé lo suficientemente alto para que ella me escuchara, aún sin atreverme a mirarla directamente.
– Aguafiestas. –me sacó la lengua, lanzándome el cojín –Bueno, iré al baño yo también –concluyó levantándose de la cama, aún con la pijama puesta.
Cuando Alice se fue, sentí en mi cuerpo todos los estragos de la noche anterior. Mi cuello dolía, al igual que mi espalda; pero aunque por fuera estuviese dolorida, por dentro no podía estar mejor.
Bajé con Alice a desayunar, Esme y Carlisle ya se encontraban allí preparando el desayuno juntos. Intenté que esa punzada de dolor no atravesara mi pecho, y casi lo logro. Esme no lucía enojada, así que supuse que no se había dado cuenta de nada, escudriñé el rostro de Carlisle en busca de una mirada que me diese una respuesta, pero él estaba tan absorto en lo que hacía que no levantó la mirada cuando Alice y yo entramos a la cocina. Me ofrecí a ayudar y la tía de Alice declinó mi oferta, alegando que yo era la invitada y como tal no debía hacer nada.
Todos nos sentamos juntos en la mesa del comedor, el ambiente era el mismo que la noche anterior. Si acaso, un poco menos tenso.
– ¿Has hablado con tu madre? ¿Logró resolver sus problemas en la compañía? – me preguntó Esme cordialmente.
– Sí, -mentí- Me dijo que llegará de Denver ésta misma tarde. Así que creo que es mejor que me vaya, hay algunas cosas que necesito hacer.
– ¿En serio no puedes quedarte? Por lo menos hasta que tu mamá llegue –suplicó mi amiga con sus mirada de cordero a punto de ser degollado.
– No, Al. No puedo. –mordí mi labio, tratando que mi rostro no delatara la mentira- Llamaré un taxi para que venga por mí.
– No seas tonta, Bella. Mi tío puede llevarte. –intervino Alice inmediatamente.
– Sí, creo que Carlisle no tendrá ningún problema en hacerlo. –convino Esme, mientras le propinaba un leve codazo en las costillas a su esposo para que estuviera de acuerdo.
– No, para nada. –respondió Carlisle, mirándome por una fracción de segundo, para fijar nuevamente la mirada en su plato. Sin una sonrisa o algún gesto de simpatía de su parte.
Esme y Alice cruzaron sus miradas, curiosas, pero no hicieron ningún comentario.
Carlisle soltó un muy atípico suspiro y sus ojos me atravesaron, escudriñándome por, lo que me pareció, una eternidad. Yo le devolví la mirada solo por un momento, repentinamente intimidada.
– En realidad no has hablado con tu mamá ¿Cierto? –me preguntó Carlisle. Estábamos en su auto, camino a mi casa.
– No ¿Cómo lo sabes? –le contesté un poco atónita ¿Lee la mente o qué?
– Sé cuándo mientes Bella. Por lo general jugueteas con tu cabello, muerdes tu labio o pestañeas mucho cuando lo haces.
– ¿Desde cuándo te has vuelto un experto en mis expresiones corporales?
Carlisle no respondió. En su lugar me contesto con otra pregunta: – ¿Por qué no quieres quedarte?
– No he dicho que no lo quiera.
– Pero sé que no quieres, por algo el apuro en irte.
– No es nada. –respondí, repentinamente entretenida con las ondas de mi cabello ¡Rayos! Carlisle tiene razón.
– Bella, si no puedes ser honesta con las demás personas, te pido que por lo menos lo seas conmigo. Yo no voy a juzgarte. –dijo el pacientemente, aunque creo que tras de esa tranquilidad se escondía un deje de regaño.
Lo miré por un momento, sopesando si debía hacerlo o no. A la final opté por decirle la verdad, como una bomba que explota luego de contener mucho aire en su interior, hasta que ya no puede más.
– Es demasiado ¿de acuerdo? Antes podía, pero por alguna razón ahora me es imposible soportarlo. Simplemente… no puedo.
– ¿Qué es lo que no puedes soportar? –sospecho que ya sabía la respuesta antes de preguntar, pero necesitaba una confirmación.
– Tú y Esme. Verlos a ambos ser la pareja perfecta. Eso me hiere, me desgarra por dentro.
– Lo siento. –se veía que en realidad lo sentía, y creo que el saber cómo me sentía le hería a él también.
Suspiré abatida.
– No tienes por qué disculparte Carlisle. Esto no es tu culpa. Es mi culpa.
– ¿Por qué dices eso? –preguntó, un tanto cauto de saber la respuesta.
– Por enamorarme de un hombre casado. –dije muy seriamente- Así que tengo que vivir con mi karma. –mi voz se rompió un poco al decir esto último, y me odié por ello.
El no dijo nada, simplemente tomó mi mano y le dio un beso tranquilizador, y la mantuvo entrelazada con la suya, mientras conducía con la otra.
– Y… ¿Esme se dio cuenta de que no dormiste con ella anoche? –le pregunté luego un largo silencio.
– Sí, lo hizo.
– ¿Qué te dijo? –estaba entre aterrada y fascinada de conocer su respuesta.
– Nada –respondió secamente.
– ¿Nada? –inquirí yo- No lo creo
– Le dije que estuve revisando unos exámenes en la oficina hasta tarde y me quedé dormido allí.
– ¿Y te creyó? –le cuestioné, no muy convencida de que fuese
– Supongo, aunque no estoy seguro, sé que le molestó un poco –llámenme mala persona, pero una oscura parte de mí se regocijó ante esa posibilidad.
– Pero yo la vi normal ésta mañana. Es más, creo que nunca la he visto molesta –acoté yo.
– Bueno, pues que eso no te engañe. La conozco muy bien, y sé cuando algo no es un punto y aparte con ella sino más bien un punto y seguido.
– Se les veía muy bien juntos esta mañana. Como una pareja feliz que nunca ha tenido alguna pelea en sus vidas -lo dije sonando más picada de lo que pretendía. ¿Por qué me encontraba tan a la defensiva ésta mañana?
– A veces detrás de tanta perfección, se esconde algo de imperfección. Todas las parejas tienen problemas Bella, la cuestión está en si dejas que el mundo entero se entere de ellos o no. Y créeme, Esme es toda una experta en guardar las apariencias.
– ¿Te conoce ella tan bien como tú a ella? –no pude evitar que mi pregunta sonara a reproche.
– No quiero seguir hablando del tema, Bella. –lo dijo con un deje de advertencia en su voz.
– Ok. –convine mientras soltaba mi mano de entre la suya y me enfurruñaba en mi asiento.
Te felicito Bella, tu primera pelea con Carlisle. Y todo luego de una noche tan mágica. ¡Eres brillante!
Finalmente llegamos a mi casa, más ponto de lo que me hubiese gustado. Estuve tentada de decirle a Carlisle que diese media vuelta y emprendiera el viaje nuevamente, pero no lo hice.
Una idea estuvo carcomiendo mi mente durante todo el trayecto, y yo solo quería una cosa. De modo que antes de salir del auto, me llené de valor y volviéndome precipitadamente, estampé mis labios junto a los de Carlisle, y sin decir nada salí rápidamente del auto y cerré la puerta tras de mí. Pude ver la sonrisa que se formó en los labios de él antes de que arrancara el motor del auto y se marchara.
Un riesgo es aquello que sabemos que existe una gran posibilidad de que salga mal y que arruinará todo a su paso, pero sin embargo lo llevamos a cabo. Por lo que, podría considerarse algo ilógico, poco racional… estúpido por nuestra parte realizarlo, entonces ¿Por qué tomamos riesgos en la vida? ¿Será por esa sensación de adrenalina que el acto provoca? ¿La sensación de superioridad que sobreviene al hacer algo que nadie más, o pocas personas, se atreverían a hacer? ¿O es simplemente el hecho de que estás tan concentrado en lograr un objetivo que no te importan las consecuencias que esto pueda traerte?
Pero la pregunta más importante sería ¿estás dispuesto a vivir con las consecuencias de ese riesgo?
Sabía que Carlisle tenía más cosas que arriesgar que yo, su familia, su trabajo en Forks High, su reputación en la sociedad. ¿Sería una egoísta si no me importase en nada esto? No me malentiendan, lo amo y se que algo así lo arruinaría, pero no me sentía dispuesta a renunciar al él luego de tenerlo ¿quién renunciaría al cielo una vez que ha estado en el?
Una vez leí una cita celebre que decía que De cobardes aún no se ha escrito nada en la historia, y yo me aferro a ella. Después de todo… ¿Qué emoción tendría la vida si nunca asumimos algún riesgo?
Sólo debes saber cuándo detenerte.
Hola! Disculpen la demora, estaba un poco corta de tiempo e inspiración.
Aquí les dejo otro capítulo que espero que cumpla con todas sus expectativas.
Disfrútenlo... Hasta pronto ;)
