INTERCAMBIO
Capítulo 14
Atacan a Percy en una Escoba
Percy POV
—¡PERCY! —gritó Parvati.
—Umm… ¡Ah! ¿Qué?
Tenía que dejar de hacer eso. Si seguía pensando en la chica no podría cumplir la mierda de misión, no la podría ver, algo contraproducente.
—¿Quién era Ollivander? —preguntó como si estuviera esperando que no respondiera bien.
—El que hace varitas —respondí indignado de que creyera que no lo sabía. Realmente, no era tan despistado.
Parvati paseó su vista por la habitación, y esta chocó con el reloj de pared. Soltó una exclamación ahogada.
—¡Ah, Percy! —Me miró alarmada—. ¡Tú clase de vuelo!
Le devolví la mirada, un poco asustado. Me habían dicho que Madame Hooch era bastante estricta y yo no moría de ganas por probar su lado malo.
—¡Adiós! —me despedí mientras corría al campo cerca del bosque.
Ya en el campo, una mujer de aspecto severo me esperaba. Tenía las manos en sus caderas y las piernas abiertas a la altura de sus hombros, en una posición fuerte.
Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
—Tarde, señor Jackson.
—Lo siento —murmuré.
—Bueno ¿qué estás esperando? —bramó—. A un lado de la escoba. Vamos, rápido.
Miré la escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.
Miré hacia las gradas y encontré a por lo menos veinte personas mirándonos. Y se suponía que la clase privada era justo por esa razón. Para que yo no hiciera el ridículo frente a otras personas.
—Extiende la mano derecha sobre la escoba —indicó la señora Hooch— y di «arriba».
—Arriba —susurré. Perdóname si no me siento cómodo hablándole al aire. Por suerte, la escoba reaccionó de inmediato.
—Bien —dijo Madame Hooch con tono de aprobación—. Cuando haga sonar el silbato, das una patada al suelo. Procura mantenerte a uno o dos metros del suelo.
Me sentí algo tonto montándome en una escoba, pero de igual forma lo hice. Cuando el silbato de Hooch sonó, di una patada al piso. Tan pronto como tuve los pies fuera del piso, el aire se descontroló y tiraba de mi a todos lados. Era tan fuerte el viento que casi no escuché a Hooch hablar.
—¡Abajo, Jackson! ¡Inclínate hacia adelante! —gritó ella.
Por el rabillo del ojo vi como los estudiantes en las gradas se elevaban unos centímetros. Parecía como si hubiera un tornado, pero no se pudiera decidir hacia qué dirección embestir.
Hice lo que dijo Hooch, pero cuando me incliné hacia adelante nada cambió, solo seguí subiendo.
De la nada salió rayo color blanco, que se estrelló conmigo. Sentí como me daba en la espalda. No era el tipo de rayo del cielo, más bien rayo-de-hechizo. El rayo me hizo arquear la espalda por el dolor, y no pude ni siquiera gritar, solo soltar un gruñido.
Me sentí caer, a alta velocidad.
—¡Aresto momentum! —exclamó alguien a quien identifiqué como Hermione.
La caída fue más larga, y el viento ya no sonaba en mis oídos, y en lugar de caer con un estruendo, fui posado en el pasto delicadamente, por magia.
Me levanté precipitadamente cuando se escucharon hojas quebrándose en los límites del bosque, y de ahí salió una chica. Tenía el cabello negro y piel pálida. Un buen cuerpo, era guapa. Tendría unos catorce años y sus ojos eran de un rojo intenso. Y la reconocí.
Raven montaba un león, quien caminaba lentamente hasta quedarse frente a mí, a un metro. Demasiado cerca para mi gusto.
Sus ojos eran de un rojo llameante, pero tenían atisbos de naranja divertido. Su expresión era de una inocencia que gritaba lo contrario. Alrededor de su cuello se enroscaba una serpiente, un águila en su brazo, y un tejón en su regazo. Los reconocí como los animales de las cuatro casas, y eso me puso los pelos de punta.
—Buenas tardes, Hogwarts. Mi nombre es Raven —dijo con una sonrisa que parecía casi sincera—. Estos son mis amigos; Gryffindor —Ella señaló al león sobre el que estaba sentada—. Slytherin, Ravenclaw y Hufflepuff —Serpiente, águila, y tejón, respectivamente—. Tal vez cuando derroquemos los mundos puedan convertirse en las mascotas —añadió.
—¿De qué hablas? —Mi voz sonó más segura de lo que en realidad me sentía.
Sonrió.
—Esperaba que lo preguntaras, Percy.
Me helé. ¿Cómo sabía mi nombre? Me estremecí ante la idea de que antes, en mi otra vida, la conociera. Me reproché al decir "mi otra vida". Sonaba como si ya la hubiera perdido.
—¿Y cómo sabes mi nombre? —pregunté con un rastro de molestia.
—Oí que perdiste la memoria, no creí que fuera cierto, Percy. —Ella me hablaba con familiaridad, y cada vez estaba más asustado. Como si esperara que de un momento a otro la reconociera.
Esperaba con todas mis fuerzas que no fuera así.
—Les han estado ocultando cosas, magos —proclamó Raven al público—. Es hora de preguntar qué.
Entonces el león se dio la vuelta y salió corriendo al bosque, llevándose con él a la chica y a los animales.
Una hora después me hallaba en la oficina del director, Dumbledore, quien me miraba fijamente y sin decir palabra.
—Supe que te llegó la carta de la señorita Hermione —comentó como si nada.
Yo me quedé sin habla.
—Yo… ah… —tartamudeé.
Dumbledore me sonrió tranquilizadoramente.
—No importa —me dijo—, sabía que la carta encontraría el camino a tus manos de una forma u otra.
—¿Me puede decir que es lo que soy? —pregunté abriendo los ojos.
—Me temo que eso está más allá de mi poder, Percy. Jugar con esas fuerzas es peligroso, y no soy quien para hacerlo —dijo con una sonrisa compasiva.
El hombre no podía hablar enserio. Yo pierdo mi memoria y él decide que es malo romper las reglas. Me pareció deprimente que mi falta de recuerdos fuera tan poco importante.
Lo fulminé con la mirada.
Suspiró cansinamente.
—Percy, tú tienes una misión aquí. Eventualmente, cuando cumplas con tu misión, tus recuerdos volverán.
—¿Y cuál es mi misión? —cuestioné.
—No lo sé —admitió—, ella no me dio esa información, pero debes cumplirla.
—Así que es una ella —acusé, como si esa pieza de información me sirviera. No lo hacía.
Dumbledore sonrió, como si él no hubiera cometido un accidente, como si me estuviera dando una pista. Pero luego su expresión se tornó seria.
—Ya he dicho demasiado —reconoció—. Vuelve a tu habitación, Percy. Tus próximos días serán largos.
Y así lo hice. Regresé a mi habitación. Subí el millón de escaleras de Hogwarts hasta la sala común de Gryffindor, y desde la sala común de Gryffindor hasta la habitación. Cogí el pomo con mi mano y lo giré. Abrí la puerta y me tiré a mi cama tan pronto como estuve a menos de un metro de ella, para no caer.
Sentí que algo me calaba en la espalda. Arqueé la espalda y doblé un brazo para sacar un paquete debajo de mí.
El paquete era una caja, maltratada porque estuve sobre ella. Puse uno de los extremos apuntando hacia mí y palpé con los dedos hasta que encontré la tapa. Abrí la caja, y dentro había dos cosas, más un sobre.
Saqué la primera. El objeto era una tela, una capa. Era negra y de terciopelo por dentro, de seda por fuera. Era grande, podría cubrir varias personas fácilmente. El segundo objeto era una hoja de pergamino. Metí el brazo en la caja y saqué el sobre, que quedó en el fondo.
Abrí la carta.
Este es solo un préstamo, el de ambos objetos, del que estoy seguro de que su dueño estará de acuerdo. Agita tu varita contra el pergamino y di «Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas», para abrir el mapa, ver el pergamino. «Travesura realizada» para cerrarlo. Utiliza bien la capa.
Era una nota corta y sin firma. Me pregunté quién era el dueño y quien hizo la nota. ¿Y cómo no iba a utilizar bien la capa? Tal vez quien quiera que fuese esperaba que hiciera algo como ponérmela de delantal.
Lo dejé en el buró y me recosté en la cama. En estos momentos estaba cansado, pero aun así no pude evitar pensar en mi pasado.
No recordaba nada, algo que era muy frustrante. Intenté recordar tan fuertemente que dolía. Me agarré la cabeza con las manos y me aovillé, pero aun intentaba recordar. Llegó un momento en que el dolor se volvió tan intenso que tuve que comenzar a contar. De acuerdo a mis números, pasé trescientos veintitrés segundos contando hasta que el dolor se fue.
No quería levantarme de la cama para alcanzar el paquete, por más cercano que estuviera, así que solo jalé mi almohada y la puse detrás de mi cabeza.
Me dormí en cuestión de segundos.
Ron POV
Me rasqué la nuca al momento de despertarme. Todos seguían dormidos, y me di cuenta de que era de noche, las once de la noche como muy tarde. Todos estaban en sus camas, pero Percy estaba mal acomodado en ella. Noté algo en el buró de Percy. Me acerqué sin hacer ruido y los vi.
Una tela de seda negra estaba mal doblada, y al lado, el Mapa de los Merodeadores, ambos de Harry. Sentí extraño que Percy lo tuviera, y me pregunté cómo llegaron a él.
Y luego vi el sobre.
Si, sé que probablemente no debería haberlo leído. Sé que de alguna manera, Dumbledore se enteraría y se me vendría una buena encima. Pero no me importó.
Silenciosamente cogí el sobre y saqué la hoja doblada por la mitad y la leí.
Este es solo un préstamo, el de ambos objetos, del que estoy seguro de que su dueño estará de acuerdo. Agita tu varita contra el pergamino y di «Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas», para abrir el mapa, ver el pergamino. «Travesura realizada» para cerrarlo. Utiliza bien la capa.
No tenía firma, pero recordé como Dumbledore, en nuestro primer año aquí, le dejó a Harry la capa de invisibilidad de su padre, sin dejar su firma.
Tal vez era de él.
El descubrimiento del paradero de la capa y el mapa me hizo pensar en Hermione y cuanto quería verla para contarle.
De repente, estaba en una habitación. Era parecida a la que estaba antes, mi dormitorio, pero esta era más… ¿femenina? Noté una figura en cada una de las cinco camas. Me acerqué a cada cama, encontré a Hermione en una de ellas.
¡Pero no era posible aparecer en Hogwarts!
Sacudí a Hermione por el hombro, y le tapé la boca para que no gritara.
—Hermione —susurré—, despierta.
Por suerte, Hermione tiene el sueño ligero.
Parpadeó pesadamente.
—¿Qué? —murmuró. Luego me vio—. ¡R-!
Volví a colocar mi mano sobre su boca, para que ella no hiciera ruido.
—¡Shhh!
Me frunció el ceño y con su mano quitó la mía de su boca.
—Quita. ¿Qué haces aquí? —exigió—. ¿¡Cómo llegaste aquí!? —gritó-susurró.
—No lo sé. Pensé en que quería decirte lo que encontré y de repente estaba aquí. Creo que aparecí.
Hermione se puso pálida.
—No es posible aparecer en Hogwarts.
—Lo sé.
—Pero el primer día Dumbledore apareció en los terrenos de Hogwarts.
—Lo… ¿qué? ¡Es verdad, tienes razón! —reconocí sorprendido.
Ella rodó los ojos.
—Usualmente. La otra vez intenté aparecer —confesó—, pero no pude. Tu sí y Dumbledore también. ¿Recuerdas cómo por la mañana, la chica de ojos rojos, dijo que las barreras fallaban? Pienso que es eso. Hay huecos en las barreras. Si estuviéramos luchando contra Quien-tu-sabes en estos momentos él podría entrar fácilmente.
—¿Qué crees que pasa?
La cara de Hermione se oscureció.
—He estado investigando de Percy…
—Hermione, no pienso que eso sea una buena idea…
Ella habló con más fuerza.
—… Y creo que es su magia la que hace flaquear las barreras.
—Pero…
—Ya viste su patronus, Ron. Era una ola gigante, no un animal —agregó quedamente.
—Tienes razón —acepté—. Puede que sea Percy quien causa interferencia en las barreras mágicas. Aunque no creo que lo haga apropósito.
—Claro que no lo hace apropósito. —Hermione rodó los ojos—. Hasta donde he visto, es algo obtuso, pero observador y con capacidad de deducción. Algo modesto. Pero no creo que tenga malas intenciones. Ya leíste la profecía, él era un héroe.
Asentí.
—¿Sabes? —Ella trataba de traer algún tema.
—Hum.
Estaba absorto mirando el cuarto de las chicas. Era… limpio. Muy ordenado. Con más rosa de lo que preferiría.
—Ron.
—Em.
Continué mirando la habitación. Era diferente. De hecho era más grande. ¿Cuán injusto era que las habitaciones de las chicas fueran más grandes? ¡Y había menos personas! Solo Parvati, Lavender y Romilda. ¡Ja!
—¡Ron! —exclamó-susurró.
—¡¿Qué?! —pregunté de la misma forma.
Ella levantó sus brazos con frustración, como si pidiera paciencia al cielo.
—¡No me estás poniendo atención!
—No es verdad.
Hermione alzó las cejas, como si se sorprendiera de que me atreviera siquiera a negarlo.
—Es verdad.
—No es verdad.
Ella abrió la boca, pero se cortó a sí misma.
—Me niego a seguirte el juego. Tú no me estabas poniendo atención, pero ahora lo harás. —Ella se arrepintió—. Mejor no. Si algún día quieres que te lo diga, me lo pedirás. Pero puede tener que ver con el paradero de Harry —canturreó, dejando en el aire la idea.
Ella se sentó en su cama, cogió un libro de su buró y comenzó a leer, ignorándome.
—Hermione —llamé, ligeramente avergonzado. Pasaron algunas páginas antes de que hablara.
—Hum.
Hermione no levantó la vista, la mantuvo clavada en su libro. El cabello desordenado, como de costumbre, le caía por el hombro, e inclinaba ligeramente al tiempo que leía.
—¿Me lo dirás? —le pregunté.
Ella suspiró aliviada, como si estuviera esperando que por fin lo dijera.
—Tengo qué, Ron. Hace dos semanas fui con Parvati a…
—¿Y no me lo dijiste? —inquirí indignado.
Me dirigió una mirada molesta y continuó como si no la hubiera interrumpido.
—…la biblioteca, por la noche. No fui exactamente con ella, mejor dicho, ella me atrapó a hurtadillas… —Lució como si acabara de recordar algo—. ¡Y vimos a alguien espiándonos!
—¿Esa era la valiosa información de la que hablabas? —aventuré decepcionado.
—No. La "valiosa información de la que hablaba" era que, sospecho que, que Percy es —Hizo una pausa dramática— un semidiós.
La miré escépticamente.
—Un semidiós.
—Sí, hijo del dios griego del mar, Poseidón.
—Ya.
Ella jadeó indignada.
—Sí, es lo que yo creo. Y encaja.
De nuevo, lo dejó a medias.
—¿Cómo? —me burlé.
Hermione sonrió con suficiencia, como si fuera justo lo que esperaba que hiciera.
—¿Lo has visto en clase de natación? ¿Por qué habla con los caballos? ¿Quizá porque sale del lago seco? ¿Tal vez es porque entiende griego? Ron, esto encaja. Y la otra vez, ¿recuerdas? En clase de natación…
La miré en blanco.
Ella rodó los ojos.
—Una especie de tentáculo agarró a Malfoy cuando molestaba a Percy.
Vimos como Lavender se removía en su cama.
—Debes irte —ordenó empujándome fuera de la habitación.
Ya afuera, me fui a las escaleras. Me hubiera gustado quedarme otro rato con Hermione.
En las escaleras me acuclillé y puse mis piernas frente a mí, preparándome para cuando las escaleras formaran una rampa, como efectivamente hicieron. Había visto a las escaleras de las chicas reaccionar a los chicos.
Subí mis propias escaleras y, exhausto, me dormí rápidamente.
