CAPÍTULO 14: CONVERSIÓN.
(Rumanía, año 1615 dc.)
"¡Señorita Isabella!" Gritó una señora mayor vestida con ropas de criada de una casa señorial. "¡Señorita Isabella!"
"Tranquila Valia." Le dijo una señora morena con un rostro juvenil y angelical sonriéndole ampliamente. "Seguro que mi hija está correteando por los jardines."
"Claro, señora." Le dijo la mujer. "Pero no es una actividad propia de pequeñas damas que se precien."
"Tranquila." Le dijo la señora riéndose divertida. "La pequeña solo tiene 4 años. Ya tendrá tiempo de aprender modales cuando crezca un poco."
"La señora Victoria es demasiado considerada con su hija." Dijo la señora. "Claro que yo solo soy una pobre ama de cría, mi opinión no vale nada." Afirmó haciendo una reverencia sutil.
"Ay, Valia." Le dijo la señora suspirando divertida. "Me temo que no recuerdas que mi hija es una cría aún. Sus modales en la mesa son dignos de una princesa y su carácter es afable y dulce."
"Y demasiado consentida, si se me permite la observación." Dijo la mujer. "¡Ah, Pavel!. ¡Pavel por dios, dime que sabes dónde está la señorita Isabella!"
"Pues verás, señora." Le dijo él haciendo una reverencia burlesca a la criada y una respetuosa a la señora Victoria. "Resulta que estaba encargándome del jardín, ya saben que con este frío los pobres árboles están un poco... secos. Cuando de pronto... apareció un hada."
"¡Oh, no te preguntamos por hadas, pedazo animal!" Le dijo la criada. "¡Te preguntamos por la señorita!"
Entonces la señora Victoria se dio cuenta de que detrás del apuesto criado había un pequeño bulto del que salían unas zapatillas pequeñas.
"¿Es más o menos así de grande... con unos preciosos ojos verdes... y el pelo negro y largo y ligeramente ondulado sujeto por atrás con un par de trenzas laterales?"
"¡Sabes perfectamente que sí!" Le dijo la criada mientras la señora sonreía y aguantaba la risa.
"Entonces no la he visto." Afirmó el hombre.
"Vamos, Valia." Le dijo la señora de la casa. "Será mejor que vayamos a buscarla por dentro. Igual está en la biblioteca."
El bulto tembló suavemente y la señora sonrió.
"Vamos, pequeña." Le dijo Pavel cuando ambas señoras se habían ido. "Ya puedes salir."
"Gracias Pavel." Le dijo la pequeña saliendo de su espalda con una sonrisa amplia.
"Oye, no deberías andar escondiéndote así de tu madre ¿sabes?" Me dijo suavemente y cogiéndome en un brazo. "Además, tienes que ir a casa de la condesa. ¿Qué dirá si te ve con esta cara de duende tuya y con la mejilla manchada por andar jugando en el jardín?"
"Me limpiaré antes de ir." Afirmó ella mientras entraban a la casa.
"Eso espero, jovencita." Dijo una voz tras ellos. "O te meterás en líos muy gordos. ¿Vas a ir a prepararte?"
"Sí, mamá..." Le dijo mientras Pavel le depositaba en el suelo.
"Además, hoy vas a conocer a unos primos ¿no quieres estar guapa?" Le dijo la señora sonriéndole. "Mira que si no tus primos pensarán que eres una de las criadas. Y dirán... 'Mira que niña más fea, y que sucia está... no queremos ser amigos de ella.' ¿Quieres que digan eso?"
"¡No!" Dijo la niña asustada. "Ya verás, voy a ser amiga de todos mis primos y primas. Y todos me querrán mucho, y dirán que soy la más guapa y..."
"Y antes tienes que lavarte esta cara, peinarte y ponerte tu mejor vestido ¿verdad?" Le dijo la mujer frotándole suavemente la mejilla manchada.
(Salto espacio-temporal)
"Y ahora pórtate bien." Me dijo mi madre suavemente mientras me ponía bien mi mechón rebelde. "Tus primos han pasado mucho tiempo en Francia y son unos caballeros. No queremos que se piensen que somos unas pequeñas salvajes pueblerinas ¿verdad?"
"Los chicos son tontos..." Le dijo la chica medio quejándose.
"Ya, pero son tus primos... ¿no tienes ganas de tener amigos en la familia?" Le dijo la mujer sonriendo.
"Vaaaleee." Acabo diciendo la niña. "Pero si se echan a llorar no me digas nada."
"Vale." Le dijo la señora mientras le cogía la mano para entrar a una sala.
"¡Victoria!" Le saludó una mujer.
"¡Amelie, querida!" Le dijo la mujer sonriendo y abrazándola.
La verdad es que no conocía a esa mujer, sin embargo, era evidente que mi madre sí lo hacía.
"¡Vaya, vaya!" Me dijo la señora que tenía el pelo rubio. "¡Así que esta es la famosa Isabella Alexandrine!"
"Isabella, esta es tía Amelie." Me dijo mi madre.
"Encantada." Le contesté haciéndola la reverencia de mujer y haciéndola reir.
"Estoy segura que te vas a llevar bien con tus primos." Me dijo cogiéndome en brazos para darme un gran beso.
"Amelie…" Le dijo me madre. "Mi hija es aún muy pequeña para…"
"Lo sé, tengo dos hijos de su edad más o menos." Le dijo ella. "Aunque Pierre hace ya unos años que es de los nuestros, y Jagger está también en sus primeros años de control… Pero Lucien, Louie y Sorien aún son muy jóvenes."
"¿Quienes?" Pregunté suavemente.
"Tus primos." Me dijo mi madre sonriendo. "Venimos a conocerles ¿recuerdas?"
"Estoy segura que te llevarás bien con ellos." Me dijo tía Amelie sonriéndome.
La verdad es que no era tan malo, yo solo quería ver a la abuelita Arianna, que nada más verme me cogió en brazos sonriendo.
La verdad es que la abuelita daba un poco de miedo. Parecía una señora de mediana edad, pero su pelo tenía canas ya. Era raro, porque el resto de gente de la casa eran todo jóvenes como mi mamá, y la mayoría más jóvenes.
(Salto espacio-temporal)
La primera vez que vi a mis primos los Dubois fue un poco rara.
El padre estaba sentado en una de las sillas que me parecían tronos y tenía a un niño a cada lado. El de su izquierda era mayor, debía tener unos 15 años o así, mientras que el otro, el de su derecha, era más joven y debía rondar por mi edad. También había una chica, pero parecía mantenerse un poco al margen de los hombres.
"Chicos, os presento a Isabella Alexandrine Valerius, es una prima vuestra." Les dijo tía Amelie. "Su mamá y yo somos grandes amigas, así que espero que la tratéis bien."
"Estoy seguro que nuestros hijos sabrán muy bien cómo tratar a su prima." Le dijo el hombre. "Señorita... yo soy Enriqu Dubois."
"Enchantez." Le dije suavemente haciendo la reverencia que me habían enseñado de siempre.
"Tres bien!" Me dijo el hombre. "¡Vaya, vaya... veo que tengo una sobrina muy inteligente y bien educada! Estos son nuestros hijos, Lucien..."
"Encantez." Me dijo el que parecía mayor cogiéndome la mano y besándola suavemente.
"Y él es Loiue, debéis tener... la misma edad." Me dijo su padre mientras el aludido me hacía un gesto de cabeza e intentaba copiar el saludo de su hermano.
"¡Amelie!" Dijo un joven de pelo blanco y puntas rojas entrando. "Dis Sorien d'arrêter de me suivre! (¡Dile a Sorien que deje de seguirme!)"
"Enfants!" Les dijo la tía Amelie.
"Señor... esos chicos siempre dando problemas." Se quejó tío Enriqu. "Amelie! Faites la faveur de la maîtrise de ces enfants! (¡Haz el favor de controlar a esos críos!)
Ils sont une nuisance continue! (¡Son una molestia contínua!) Je ne comprends pas pourquoi vous avez eu à les traduire! (¡ No entiendo por qué tenías que traerlos.!)"
"¿Quiénes son?" Pregunté yo suavemente.
"Son Jagger y Sorien." Me dijo Lucien. "Son solo un par de problemas constantes."
La verdad es que fue curioso, porque el mayor, el que supuse que era Jagger, se me quedó mirando con curiosidad mientras tía Amelie les reñía en francés y luego le dijo algo antes de que llegase un chico rubio y se les llevase.
"Cariño." Me dijo mi madre. "Nosotros vamos a hablar aquí. ¿Por qué no te llevas a tus primos y les enseñas la casa?"
"Vale." Le dije.
Fue curioso, porque esos dos chicos, parecían más callados que el resto de mis familiares.
Les paseé por toda la mansión enseñándoles todos los rincones que conocía; hasta que fuimos a un salón donde la abuela tenía un montón de cuadros para enseñarles los cuadros de la familia. Entonces fue cuando por primera vez les vi.
Allí dentro estaba el primo Corven, uno de los más mayores, estaba inclinado sobre alguien y cuando nos vio levantó la cabeza y al ver su boca manchada de sangre me asusté y grité.
"Oh, no, no, no, no..." Dijo el primo. "¡No, no gritéis, por favor!. ¿Veis? No es nada, tranquilos. Soy yo, Corven..."
"Oh, Corven..." Le dijo Jacqes. "¿No podías haberte ido a otro sitio?"
"Vamos, vamos..." Nos dijo James cogiéndome en brazos mientras sollozaba y haciéndome enterrar la cara en sus ropas.
"¡Corven!" Rugió mi abuela apareciendo tras los primos de la puerta. "¡Maldito maleducado y desagradecido chico!"
"Abuela, nosotros nos llevamos a los niños." Dijo Alastar cogiendo a Louie y Lucien de las manos.
"Pobrecita..." Me dijo James acariciándome la cara con el pulgar mientras me llevaba en brazos. "Ese tonto de Corven... que susto te ha metido..."
La verdad es que mis primos y primas parecían tener me cariño; al menos los chicos lo tenían sincero. Había 4 primos que hacían las veces de protectores, eran Alastar, Badr Al-din, Jacqes y Lorenzo. James era también buen guerrero, claro, que entonces, la mayoría de hombres sabían pelear.
"¿Por qué se ha asustado tanto?" Preguntó Lucien al primo que les llevaba de la mano cuando me sentaron en las rodillas de James y Alexander vino a hacerme carantoñas también.
"Es que a ella no le han contado aún el secreto de la familia." Les dijo Alastar. "Tenemos prohibido alimentarnos en zonas visibles de la casa, por si acaso alguno de los pequeños nos ve."
"Pero si es normal." Le dijo Lucien. "Nuestros padres se alimentan así..."
"Jagger." Oímos una voz tras nosotros que le llamaba. "Haz el favor."
"Hola, niñita." Me dijo el chico de pelo blanco y puntas rojas mirándome con una sonrisa irónica. "¿Te da miedo ese hombre?"
"Eh, Jagger." Le dijo James. "Aléjate de ella."
"No." Le dije yo. "Jagger es otro primo..."
"Pero peque..." Me dijo James enterrando su boca en mi pelo sobre mi oreja. "Esos tres no son de fiar..."
Entonces yo le aparté la cara y me solté para ir a acercarme a mi primo que me miró con ironía antes de que el chico rubio mayor que iba con ellos me diese un empujoncito que me tiró de culo al suelo.
"Vamos Jagger." Le dijo el chico mientras mis primos mayores se preparaban para mostrarle que nadie me tocaba. "No te juntes con ellos."
"Pierre es un borde." Me dijo Lucien ayudándome a levantar mientras Alexander me levantaba con un par de dedos sin esfuerzo.
"Isabella, no te juntes con esos frikis." Me dijo Alastar. "No son sangre limpia."
((Por cierto, lo de 'sangre limpia' no tiene que ve con Harry Potter; sería 'trigo límpio', pero como son vampiros cambian 'trigo' por 'sangre'. Puntillitas de vampiro. Perdón por el inciso.))
"Eh, Alex." Me dijo James. "¿Y si te dejo mi juguete y jugamos un poco?"
"Pero no se lo decimos a la abuela..." Le dije sonriendo y haciendo el signo de silencio.
"Secreto de primos." Me dijo él.
"James..." Le avisaron. "Recuerda lo que dicen..."
"Aquí nadie se va a chivar ¿a que no?" Le dijo James.
(Salto espacio-temporal)
"A la derecha..." Me dijo James. "¡Eh, has mejorado un montón!"
Ese tipo de cosas me hacían feliz. Solo era jugar con espaditas de madera, pero era divertido igualmente.
Pronto se nos había unido Alastar y Lucien que peleaban con nosotros, dos a dos.
Alastar y yo contra James y Lucien. Sobra decir que los dos mayores nos ganaron limpiamente.
"Eh, vosotros dos." Les llamó Ben Al-din. "Dejar de jugar y vamos, hay que castigar a Corven. ¿Cuántas veces hay que deciros que no podemos hacer eso con la señorita?" Añadió dándoles un golpe en la espalda a cada uno.
"Vamos, Al." Le dijo Alastar. "Es solo una niña."
"Además, no podrás negar que hemos conseguido calmarla." Le dijo James.
Fue curioso, porque Lucien pronto fue recogido por un grupo de primas que vieron en él a un muñequito. Así que me quedé yo con un monigote en un tocón.
"Hola Louie." Le dije suavemente viendo que estaba a unos metros de mí mirándome con timidez.
Él solo me saludó con un gesto y se acercó un poco.
La verdad es que parecía un poco tímido, y debía ser más o menos de mi edad. Sin embargo, me daba la impresión que no le caía yo bien.
"Ah, no... no es... eso." Murmuró suavemente. "Es que... eres..."
Ahora era cuando venía que sus padres le habían dicho que no me hiciese llorar o algo así. Siempre era igual, todo el mundo me trataba como si fuese una muñequita de cristal, algo débil y frágil que hay que tratar con delicadeza por si se rompe de un momento a otro.
"Eres... genial." Me dijo.
"Que va... aún soy mala." Afirmé dejándome caer junto a él. "Y encima es todo... Isabella, no hagas esto; Isabella, no hagas lo otro; Isabella, las señoritas no hacen eso... Estoy harta."
"A mí me habían dicho que las chicas no sabían pelear." Me dijo él.
"¿Quieres probar?" Le dije sonriendo y cogiendo la otra espada de madera que había.
"Mi hermano no sabe." Me dijo Lucien que parecía haberse escapado de las otras primas. "Pero si quieres yo podría ser tu oponente."
"No... no sé... muy bien." Le dije.
"No importa, yo os enseño." Nos dijo. "¿Lou? Vaya, es la primera vez que coges un palo."
La verdad es que pulir mi esgrima nos costó un poco, años incluso; cualquiera era mejor que yo, hasta que...
"¡Vale, vale, me rindo!" Me dijo Alastar riéndose cuando le derribé junto a Louie mientras mantenía mi espada contra el primero y la del segundo contra este. "Nos rendimos."
"Es humillante que una chica os gane." Dijo Lucien.
"¿Por qué no lo intentas tú?" Le dije ayudando a ambos primos a levantarse.
Era curioso, yo ya tenía 15 años y en cambio Alastar como el resto no habían envejecido lo más mínimo.
"Yo sé lo que me conviene." Afirmó Lucien sonriendo a medias.
"Creo que Lucien es un cagón." Afirmó el primo Sorien que ahora tenía los 18 o así y los ojos rojos.
"Sorien, nosotros no nos insultamos." Le reñí.
"Bueno... pues yo me voy a ir ya." Nos dijo Alastar. "Creo que Ben vuelve a estar que muerde. Será mejor que no nos pille haciendo esto o se pensará cualquier cosa."
"¿Louie?" Le dije.
Entonces asintió y volvimos a ponernos en posición.
"Pret..." Dijimos.
"En garde." Me dijo mientras ambos nos poníamos en posición.
Las peleas eran divertidas, nunca nos hacíamos verdadero daño, pero a veces pasaba como ese día.
"¡Isabella Alexandrine Valerius!" Me gritaron.
"Oh, mierda..." Murmuré yo.
"¡Isabella Alexandrine Valerius!" Me dijo la 'abuelita' Arianna que en realidad era mi supuesta tatarabuela. "¡¿Cuántas veces tendré que decirte que las damas no deben pelear como si fuese muchachos?!"
"Sí, abuelita..." Le dijimos los dos.
La verdad es que siempre nos caía una bronca de campeonato si nos pillaba la abuela; aquella fue la última vez que vi a Louie y a su hermano. Poco después me enteré que su hermana había muerto atravesada por una estaca, justo cuando me enteré de qué era lo que había visto hacer al primo Corven aquel día que me asusté.
(Salto espacio-temporal)
"Tu vigésimo cumpleaños, Isa." Me dijo mi primo Kai sonriéndome y dándome un beso. "¿Qué tal lo llevas?"
"Estoy un poco asustada." Afirmé. "Alira dice que duele mucho... y las otras chicas..."
"Bah, no te dejes asustar." Me dijo Lorenzo.
"Tú eres nuestra princesita." Afirmó Alastar dándome un beso enorme en la mejilla. "Y siempre lo vas a ser."
"¿Y si no funciona?" Les dije. "¿Y si algo sale mal?. ¿Y si me convierto en una máquina asesina y...?"
"Shhh.... shhh, shhh, shh." Me dijo James sonriéndome. "Todo va a salir bien. La abuela es la mejor."
"Pensaba que lo haría mi madre." Les dije asustada.
"¿Victoria?" Me dijeron.
"Eh... Isa." Me dijo Shawn poniéndose sobre una rodilla y cogiéndome la mano. "Tu madre no... bueno, no puede ser la que lo haga, tiene que ser la matriarca..."
"Pero vosotros..." Les dije. "Las primas..."
"Nosotros no somos Valerius puros." Me contestó Ben Al-din. "Las sucesoras deben ser mordidas por la condesa. Y el día que ella muera, por su sucesora que pronto serás tú."
"Isabella." Me llamó mi abuela.
Me costó dejarme ir, sin darme cuenta, me había agarrado con fuerza a las manos más cercanas, las de James y la de Alexander. Y precisamente fue este último el que me acompañó hasta que me solté.
Todo iba a ser rápido, tendría lugar en un dormitorio y allí yo moriría y luego... luego renacería siendo un monstruo.
No, no todos los vampiros eran monstruos; mis primos no eran monstruos, les quería un montón y ellos a mí...
"Isabella, primero debes despejar tu cabeza de dudas." Me dijo la condesa tendiéndome una copa llena de sangre y con la mirada fija en mí.
"Lo siento." Le dije. "Es que..."
"Sí, yo también tenía dudas." Me dijo. "Pero te aseguro, que esto es necesario. Ya sabes que mi deber es ser la cabeza de este enorme cuerpo, yo reino, yo controlo... yo protejo a nuestra familia; y cuando yo muera, si no tienes hijas, mi deber recaerá en ti."
"Es solo que... yo no soy un gobernante." Le dije dudando. "No soy fuerte, no sé de política..."
"¿Acaso no quieres proteger a tu familia?" Me dijo como si de verdad fuese mi abuela, esa figura afable y cariñosa que son las abuelitas de los cuentos. "Piensa en tu familia." Me dijo rozándome la mejilla con los dedos mientras yo miraba a la copa fijamente y con dudas aún. "¿No deseas protegerla?"
Todas las dudas se despejaron de pronto. Mi familia; los chicos, ellos habían estado allí cuando mi madre murió. Mi familia, todos ellos, me habían arropado durante esos 4 años; habían vengado su muerte por mí, me habían protegido siempre... Y ahora yo iba a protegerles. Claro que deseaba protegerles, yo les cuidaría.
Bebí la copa entera, no paré ni un segundo de tragar hasta vaciarla; sentí el sabor metálico de la sangre rica en hierro, y cuando la acabé, se me cayó de las manos.
Entonces sentí el aguijonazo de los colmillos de mi tatarabuela clavándose en mi yugular, el ardor de la ponzoña que estaba ya corriendo por mis venas a los segundos del dolor, era una tortura y me intenté retorcer convulsivamente mientras mi antepasada me mantenía con fuerza abajo para que no me moviese.
Las imágenes entrando en mi mente, el miedo, el horror... la ira de miles de personas antes que yo.
Era terrorífico.
Entonces fue como si no tuviese yo fuerza, todo se hizo borroso y acabó por oscurecerse mientras mis párpados caían. Todo el dolor paró de pronto.
Era como flotar, volé por nubes en la oscuridad, vi un agujero de luz, me acercaba a él, pero de pronto, sentí como si me cogiesen del tobillo con una cuerda sin presión e invisible que tiraba de mí para alejarme de la luz.
Parpadeé suavemente, a mi alrededor había luz. No, no era luz, tan solo era algún rayo de luna que se colaba por una persiana.
No había luz, era yo la que veía en la oscuridad.
Estaba un poco confusa, pero lo curioso es que no me sentía mal, solo parecía tener sed. Sí, tenía sed, como si hubiese pasado días sin probar el agua.
Era raro, pensé que me dolería todo cuando despertase, en cambio estaba genial. Me senté y me levanté de la cama.
No estaba cansada, no necesitaba dormir; necesitaba beber algo.
Entonces pasé ante un espejo y di dos pasos atrás para ponerme frente a él tras pasarlo de largo.
Observé que el reflejo me mostraba la imagen de una criatura extraña.
Mi primera reacción fue un placer impensable.
La criatura extraña en el espejo era increíblemente bella, cada pequeño detalle era precioso, tanto como el de un ángel.
Era fluida incluso en la inmovilidad, y su rostro inmaculado era pálido como la luna contra el marco de su pelo oscuro y sedoso.
Sus costillas eran suaves y fuertes, la piel relucía suavemente, luminosa como una perla.
Mi segunda reacción fue el horror.
¿Quién era esa chica?
Entonces vi los ojos rojos y con sed de sangre y la realidad me golpeó.
Esa chica que me devolvía la mirada era yo.
Me había convertido en un monstruo.
Ahí comenzaba mi infierno personal, mi pesadilla… me habían matado, y alguien me había devuelto a la vida. Una vida eterna que me condenaba a ser un monstruo asesino sediento de sangre.
Belleza letal y soledad, durante una eternidad.
De pronto, la eternidad cobraba otro sentido.
(Salto espacio-temporal)
"¡Que guapa estás!" Me dijeron algunos primos cuando salí por la puerta vestida solo con una especie de camisola medio transparente a la luz de la poca iluminación que había allí.
"Pero mírala." Afirmó Alastar haciéndome girar sobre mi misma.
"¿Veis?" Afirmó Ben Al-din sonriendo. "Sabía que iba a mantener un poco de color."
"Parece una perla." Afirmó Alexander. "Estás preciosa."
De pronto, todos estaban rodeándome, como si fuese algo nuevo.
"¿Qué tal te encuentras?" Me dijo Nina, una prima de rizos azabache tirando a morados preocupada junto a su hermana Kimberly y a su hermano adoptivo Corven.
"Me siento... rara." Afirmé aún un poco confusa y suavemente. "Es... no sé, no siento nada... y a la vez, tengo sed."
"¡Que alguien le traiga su regalo!" Dijo alguien.
"Prima, ten." Me dijo Sun-yi, una tía-prima con la que nunca había hablado. "Bebe."
"No seas tonta, Sun-yi." Le dijo Dalma. "Es una mujer, debería tomar su primera sangre de un hombre."
Al momento tenía los brazos de todos mis primos delante.
Fue algo de lo que más tarde, cuando me regresase mi cordura, me sentiría abochornada, porque mis ojos se pusieron oscuros de pronto y olí el aire con gula y éxtasis para coger el brazo de Alastar y morderle.
Uno a uno fui probando la sangre de todos mis primos, bastante de cada uno y aún así, parecía no saciar mi sed nunca.
"Se te pasará pronto." Me dijo James. "Sabes que esto no va como siempre te ha funcionado."
"James." Le dijo Katrinna, una de mis supuestas tías, antes de girarse a mí. "Ahora nunca tendrás hambre, ni sed... no sentirás cansancio, ni dolor hasta que no te unas a tu compañero del alma y alguien lo mate. Lo único que sentirás será un deseo irrefrenable de sangre; nunca debes negarlo, pues de hacerlo, sería peligroso ya que enloquecerías."
"No quiero matar a nadie." Afirmé mirándola.
"Mira tus ojos, están llenos de la sangre que de ahora en adelante vas a buscar." Me dijo. "Ya la has tomado ahora, pronto necesitarás más. Por eso... ahí tienes tu regalo de iniciación." Afirmó mientras me traían un muchacho joven atado y con los ojos vendados que hizo que todas las mujeres pusiesen ojos de deseo, de un animal al que le han puesto su presa en bandeja justo ante sus ojos.
Entonces le quitaron la venda y me vio; nuestros ojos son como un hechizo para los humanos, hacen que se enganchen a nosotros como si fuésemos una marca de heroína super-potente.
No pude controlarlo, su sangre era demasiado atrayente para alguien tan inexperto y sediento como yo. Con un solo movimiento le quitaron las esposas mientras entre todos taponaban las posibles salidas, el pobre no tuvo escapatoria; aunque me entretuve un rato jugando con él como el gato que juega con el ratón antes de matarlo y devorarlo, no pude evitar saltarle al cuello en contra de mi voluntad y mi mente; le sequé hasta la última gota de sangre.
Remordimientos. Tendría que aprender a vivir con ellos ya que pasé una temporada siendo carnívora.
No es algo de lo que me enorgulleciese, nunca lo hice.
De hecho, ahora sé que todo lo malo que me ha pasado me lo gané yo. Por eso no puedo quejarme cada vez que alguien al que quiero y que es importante para mí desaparece...
Soy una asesina, nací siéndolo y moriré siéndolo.
