Hola a todos!!
Que tal? Bueno, de regreso con un nuevo capítulo que espero sea de vuestro agrado. Un saludo y mención especial a todos los que me dejasteis reviews en el capítulo anterior, que sois… a ver, que paso lista… Ejem, ejem… aquí esta:
White Snow, beautifly92, Xgirl1, camila, carolagd, pekelittrell, Nimue-Tarrazo, Belin03, Lisky, Ariadna-Andrea, sheyla, Pixie tinkerall, Manuel, Klass2008, Aizea Brooke Onix, CaMy, Terry Moon, lucia, oromalfoy, claudilla92, Kmiriel, Duciell, emotivejoy, Coryna kyzra, bty, sandracvv, Aye0604, Cristhine, alevivvancov, ivtacroa osnaleg, Victory, Fran Ktrin Black, Karenzita, margara, amsp14, Mione3HP, Keikleen
Gracias por vuestro apoyo y palabras, y ahora os dejo con el capítulo… espero que os guste. Un besito para todos, nos leemos abajo!!
Capítulo 12. Recordando apuestas.
Draco suspiró mientras tomaba la redoma de la poción; en su rostro se veía el reflejo del cansancio y de la resignación; cansancio por tener que seguir tomándola, resignación por saber que sólo podía hacer eso si no quería convertirse en quién no era. En más de una ocasión se había encontrado pensando en la muerte de su padre. Su padre… El gran Lucius Adrian Malfoy… ¿Cómo podía cambiar tanto de pensamiento una persona? Él que siempre lo había admirado… Cómo habían cambiado las cosas…
Salió de su despacho; tenía que decirle a Severus que había terminado su última redoma y que iba a empezar a preparar otra partida de treinta pociones. Había sido el mismo Severus quien se había ofrecido a llevar el control de las pociones que tomaba y la cantidad exacta, algo que Draco le había agradecido profundamente; si tuviese que seguir ese control por él mismo, seguramente terminaría por maldecir la poción más de lo que ya lo hacía.
Giró la esquina, subió las escaleras con elegancia, saludó a algunos alumnos de Ravenclaw que le sonrieron al pasar por su lado con un simple gesto de cabeza, bajó otras escaleras, amenazó a Peeves para que dejara de molestar a unos Hufflelpuffs de primero que ya estaban cubiertos de harina y de miel y giró la siguiente esquina.
Una pequeña figura se chocó con él y si no hubiera sido por sus reflejos como ex buscador y por los adquiridos durante la guerra, no hubiera podido detener la figura de la pequeña Gryffindor que había chocado con él por la prisa que parecía llevar.
-¿Se encuentra bien, señorita Dougal?
La niña asintió. Draco la miró. Parecía estar bien, pero estaba un poco nerviosa. Draco enarcó una ceja.
-¿Ocurre algo? –ella le miró-. Creo que siempre va con la señorita Granger… ¿ha pasado algo para que ahora ella no esté junto a usted y además usted vaya corriendo por los pasillos, cosa que, por si no recuerda deje que lo haga yo por usted, está completamente prohibida?
-No señor, bueno, sí señor… bueno, en realidad no lo sé señor… bueno, quiero dec…
-Esto no es un examen, señorita Dougal –le dijo Draco con poca paciencia-. ¿Ha ocurrido algo o no? –preguntó deseando que la niña no titubeara más.
-En realidad no lo sé, profesor Malfoy.
Él entrecerró los ojos.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Íbamos hacia clase cuando hemos ido al baño porque Sarah ha dicho que no se encontraba del todo bien y que le dolía la tripa mucho… y mientras la estaba esperando me ha gritado que me fuera a buscar al profesor Potter o a la profesora Lovegood –contestó la pequeña ligeramente nerviosa y preocupada-. Cuándo le he preguntado qué le pasaba se ha puesto a llorar y no me ha contestado.
-¿Se ha puesto a llorar? –ella asintió-. ¿Sabe si le ha ocurrido algo?
-No que yo sepa, profesor Malfoy -. Ahora si me disculpa, tengo que ir a buscar al profesor Potter antes de que se me haga más tarde… Procuraré no correr.
Draco suspiró.
-No es necesario, señorita Dougal, yo mismo iré a ver qué le ocurre a Granger.
Alex parpadeó ligeramente y Draco frunció el ceño.
-¿Ocurre algo? –la niña negó con la cabeza, ligeramente asustada por la mirada del duro profesor de pociones-. Bien, en ese caso, le sugiero que camine rápidamente hacia su clase si no desea llegar tarde, sea cual quiera Merlín que sea –rodó los ojos y sin dejarle tiempo a la Gryffindor para replicar, contestar o siquiera pensar en hacerlo, añadió una última pregunta-. ¿En qué baño…
-En el del segundo piso, profesor. En el que hay una fantasma, creo que se llama… ¿Mirrel?
Draco rodó los ojos. Genial. Simplemente genial… lo único que le faltaba era eso…
-Mirtel… -corrigió Draco sin darse cuenta-. Gracias, señorita Dougal. Y ahora vaya a su clase.
Draco no se quedó para escucharla protestar, contestar o devolverle la despedida; algo le urgía a ir hacia aquel baño para saber qué le había pasado a Sarah. Era extraño. Desde el primero momento en que había visto a aquella niña había sabido que había algo especial en ella y hasta el momento en que había sabido que Sarah era su hija, no se había siquiera planteado por qué tenía aquella necesidad de protegerla y de animarla a que fuera la mejor… Y ahora lo sabía…
Era su hija… No importaba si había pasado poco tiempo con ella o si apenas la conocía… no importaba… porque no dejaba de ser su hija… Y ese vínculo invisible existente entre los dos era algo que no podía ignorar… algo que no quería ignorar.
Empujó la puerta del baño con la fuerza y arrogancia que caracterizaba no sólo a un Slytherin sino también a un Malfoy.
En cuanto entró dentro, los ojos de Mirtel aparecieron delante de su persona. Draco sonrió a medias, sabiendo lo que iba a venir a continuación.
-¡Malfoy! –lo llamó alegre-¿Has venido a verme? Hacía mucho que no venías… -puso una cara de lástima mientras fruncía el ceño-… Y Harry tampoco viene… ¿os habéis olvidado de mí?
-Hola Mirtel… -saludó algo cansado-. No nos hemos olvidado… pero con el nuevo curso tenemos mucho trabajo, ya lo sabes… por cierto… ¿has visto a una niña por aquí? –preguntó educadamente.
-Claro… todos preguntan por los demás pero a mí… ¡a mí que me atraviese un cruciatus ¿verdad?! –gritó la fantasma enfadada.
-Mirtel, por favor… -casi rogó Draco sabiendo lo fastidiosa que podía llegar a ser la fantasma adolescente.
Paciencia… "debes tener paciencia con ella… es… diferente…" Las palabras de Hermione aún resonaban en su cabeza. Sonrió mientras resoplaba al mismo tiempo.
(flashback)
-Aún no entiendo por qué tengo que hacer esto –protestó Draco quieto delante de la puerta del baño mientras Hermione le arreglaba la corbata del uniforme con manos hábiles sin perder la sonrisa divertida.
-Porque perdiste una apuesta –le recordó ella llevando sus manos hasta el cabello del muchacho peinándolo con perfección-. Y porque Mirtel merece ser feliz aunque sea una sola vez en su vida…
-¿En su vida? –preguntó Draco divertido y exasperado.
-En su muerte… -corrigió Hermione. Draco la miró enarcando una ceja-. Tú ya me entiendes.
-Se supone que si eres mi novia no deberías empujarme hacia los brazos de las demás chicas –protestó de nuevo el chico rubio.
-No te preocupes –le besó suavemente-, confío en ti. Además, Mirtel no es como las demás chicas, es una fantasma –añadió divertida.
Draco rodó los ojos.
-No me lo recuerdes ¿quieres?
-Vamos, Draco… Será divertido –insistió Hermione-. Sólo recuerda que es muy impresionable con los chicos atractivos –le recordó-. Así que tenle paciencia… sé educado, un caballero y paciencia… -repitió-… Esa es la clave… tener paciencia.
-Genial… justo lo que no tengo… -protestó de nuevo Draco.
Ella rodó los ojos divertida.
-La culpa es tuya, nunca debiste apostar contra mí –se encogió de hombros-. Era una apuesta segura.
-¿Cómo diablos iba a saber yo que por una vez Hagrid no nos iba a hacer estudiar una criatura peligrosa?
Ella sonrió.
-Si hicieras lo que te digo y hablaras más con él, obtendrías el temario de la clase casi sin que él se diese cuenta –le contestó ella acercándose y rodeándole el cuello con sus brazos-… y hubieras sabido que íbamos a aprender las costumbres alimenticias de las dríadas… -añadió con cierto tono cantarín que hizo que Draco frunciera el ceño.
-Odio cuando llevas razón –contestó él rodeando la cintura de Hermione con uno de sus brazos-. Me gusta más llevarla a mí…
Ella le sonrió y le besó brevemente.
-Lo sé… Ahora, entra ahí y haz a una fantasma feliz, ¿de acuerdo?
-No sé si voy a poder… -ella le miró-… necesito un incentivo…
Hermione rodó los ojos.
Se puso de puntillas, recargando parte de su peso en el pecho del chico, una costumbre que había adquirido con Draco y le besó.
Suave, lenta, ceremoniosamente. Cada beso con Draco era diferente, era especial… Fuegos artificiales. Eso era lo que pasaba dentro de ella cada vez que se besaban. Cuando ambos alientos se entremezclaban, cuando sus labios reclamaban los otros, cuando el aroma del otro se confundía con el suyo propio.
El calor del cuerpo de él emanando hacia ella; las manos de Draco moviéndose con suavidad y posesividad sobre su cintura y sus caderas, las de ella enredándose en el cabello de la nuca de él o jugando suavemente en su pecho, acariciándole por encima de la camisa, sintiendo el latir del corazón de Draco bajo la palma de su propia mano; caliente, deseoso, rápido.
Y cuando ambos se sentían mutuamente, cuando ambos podían adivinar lo que el otro deseaba… entonces él reclamaba la boca de ella… del mismo modo en que lo estaba haciendo en aquel momento… empujando suavemente su boca contra la de ella, obligándola sin que ella pusiera demasiada resistencia por su parte, a abrir se a él, saboreando los labios de ella, lamiendo, succionando y notando la calidez, el tacto y el sabor de los de la chica, dejando que ella también notara así, los suyos propios.
Le gustaba. En realidad, a ambos les gustaba. A él poder introducirse dentro de la boca de ella, a ella poder sentirle dentro de su boca… Ambas lenguas jugando entre ellas, danzando al mismo ritmo, peleando por controlar un beso en el que ninguno de los dos era nunca perdedor.
Y cuando, estaban satisfechos, del modo en que lo estaban en aquel mismo momento, se separaban despacio, lentamente, aún con los ojos cerrados, queriendo retrasar ese momento todo lo posible, concediéndose mutuamente el tiempo necesario para disfrutar de la sensación y de acallar sus corazones para recuperar la respiración normal…
Hermione puso sus pies en el suelo, Draco inclinó la cabeza sobre la de ella, apoyando su frente en la de la chica, sus manos aún en la cintura de ella, las de ella aún en el cuello del chico.
-¿Suficiente incentivo? –preguntó ella divertida.
Draco rió gravemente.
-Ahora sí que no quiero entrar… -contestó risueño.
Hermione rió antes de soltarle y empujarle dentro del baño. Si no lo hacía así, no iba a dejarle entrar nunca.
(fin flashback)
-Perdona, me distraje, ¿qué me decías? –preguntó el profesor de pociones.
-¡Claro! –dijo con el ceño fruncido claramente disgustada y enfadada a partes iguales la fantasma de gafas- ¡Ignoremos a Mirtel! Después de todo… ¡sólo es un fantasma sin sentimientos!
-Yo no he dicho eso… -protestó Draco-… Sabes que nunca te ignoraría deliberadamente, Mirtel… pero tengo que ayudar a esa alumna… por favor… Le diré a Harry que venga a verte pronto, ¿de acuerdo?
Aún con gesto enfadado, la fantasma le contestó.
-En el tercer cubículo –contestó la fantasma con gesto arrogante-. Y dile que deje de llorar, eso sólo lo puedo hacer yo en este baño –añadió mirando hacia la puerta de dicho cubículo de forma significativa mientras elevaba un poco más la voz.
Draco sonrió a medias mientras veía como la fantasma se metía en uno de los cubículos y desaparecía por las tuberías del inodoro. Sacudió la cabeza. Había visto muchas veces como hacía aquello y aún así, seguía sorprendiéndose como alguien podía preferir vivir en las tuberías de los inodoros en lugar de poder pasearse por el castillo… por muy muerta que ésta estuviese.
Caminó hasta la puerta en concreto y golpeó suavemente con los nudillos. No obtuvo más respuesta que un leve sollozo ahogado. Sonrió casi sin darse cuenta al recordar que eso era precisamente lo que Hermione hacía algunas veces cuando se encontraba en aquellos días propios de la mujer que a ella le afectaban de forma hormonal y que…
Sus pensamientos se detuvieron unos segundos mientras un grito en su cabeza hacía que una alarma se encendiese gritando "¡un momento!" No podía ser… ¿verdad? Miró la puerta cerrada del cubículo y volvió a llamar con suavidad, sin saber si quería que ella contestase o no.
Por suerte o por desgracia, esta vez, Sarah contestó.
-¡Estoy bien, vete! –gritó.
Draco sonrió. Al menos sabía que estaba bien.
-Granger, soy Malfoy –dijo después de pensarlo unos segundos-. Vamos, abre, no puede ser tan malo, ¿no?
-¡He dicho que te vayas! –gritó de nuevo la niña.
-No puedo irme –contestó Draco-. Soy profesor, tú una alumna, tengo que ayudarte, forma parte de mi trabajo. Así que te diré qué haremos. Te voy a esperar aquí, ¿de acuerdo? Junto al lavamanos… -añadió alejándose hacia donde había dicho y sentándose en uno de los banquitos que había-… y cuando estés lista para contarme qué te ocurre, te escucharé.
Cuando Sarah abrió la puerta del cubículo, Draco alzó la cabeza del banco donde se había sentado y la miró. El rostro hinchado, los ojos enrojecidos, el cabello perfectamente peinado, y ambas manos alrededor de su cintura mientras se aferraba la túnica firmemente al cuerpo, como si de alguna manera se sintiera avergonzada, desnuda incluso con toda aquella ropa que llevaba puesta.
El profesor sonrió comprensivo y con un gesto de cabeza le indicó que se sentara a su lado en el banco. Sarah, con el rostro aún compungido, obedeció.
No se miraron. No se dijeron nada.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Draco entonces rompiendo el silencio.
-Pero seguro que no es la primera vez que… -miró a Sarah cuando tuvo el presentimiento, de nuevo, de que no era él quien debía mantener aquella conversación con Sarah precisamente-… ¿verdad?
Sarah casi se echó a reír al ver la cara de frustración y de compasión hacia sí mismo que su padre tenía en aquellos momentos.
-Es la primera vez… -contestó Sarah con el rostro completamente sonrojado y bajando la mirada al suelo.
Draco se quedó callado unos segundos. Dividido entre el pánico por ser él quien tuviera que hablar con ella sobre aquello la primera vez, entre maldecirse por no dejar que Dougal fuera a buscar a Harry o a Lovegood y entre el instintito de padre que tenía ganas de abrazar a la niña para que se tranquilizara mientras le decía que era algo normal, natural y que no debía sentirse avergonzada por ello.
-Ummm supongo que… tu madre te ha… hablado…
Sarah asintió rápidamente aún sin mirarle. Draco suspiró, aliviado por no tener que decir gran cosa. Vio como ella apretaba las manos alrededor de su cintura y sonrió a medias.
-¿Te duele? –ella volvió a asentir-. Está bien, te diré qué haremos –ella le miró, aún con el rostro rojo de vergüenza-. Vamos a ir a la enfermería, Poppy te dará una poción para los malestares –dijo el profesor-, y contestará a tus preguntas si tienes alguna, ¿de acuerdo? Después hablaré con los profesores para que te den el día libre y puedas descansar para que se te pase –ella volvió a asentir aunque por su mirada, Draco dedujo que no estaba demasiado conforme con saltarse las clases-. Y este fin de semana iremos a comprarte un regalo.
-¿Un regalo? –preguntó ella confundida.
-Claro –contestó él-. Ha pasado algo muy importante en tu vida Sarah… no volverá a haber un momento como este… acabas de pasar a ser una adolescente, ya no eres una niña… -añadió el profesor haciendo que ella sonriera ante el cumplido-… y como ya eres una adolescente, necesitas un regalo de adolescente… y quiero ser yo quien te lo compre.
-¿Por qué? –preguntó ella recelosa.
Draco se encogió de hombros diciéndose a sí mismo que esa misma actitud era la que él seguramente hubiese tenido en ese mismo momento.
-Porque decidimos darnos una oportunidad… y quiero comprarte tu primer regalo de adolescente… no como profesor, sino como tu padre… si me dejas, claro –añadió.
Sarah pareció pensarlo levemente y él sonrió. Si no lo pensara, no sería hija de Hermione Granger. Ella le miró con una sonrisa en sus labios mientras asentía.
-De acuerdo… ahora, vamos con Poppy –dijo el profesor levantándose y haciendo que ella también se levantara-. Y mantén la cabeza erguida, nunca, escúchame bien, nunca debes avergonzarte de nada que no hayas hecho y sepas que está mal, ¿entiendes? –Sarah asintió-. Bien. ¿Sabes? –preguntó abriendo la puerta del baño dejándola salir primero a ella y saliendo él detrás mientras empezaban a caminar para ir a la enfermería. Sarah le miró curiosa-. Tengo alguna de esas pociones en mi despacho –apuntó-, por si no quieres ir a la enfermería…
-Odio la enfermería –protestó ella.
-Lo sé, por eso te lo estoy diciendo –contestó él divertido deteniéndose en una intersección-. Podemos ir a mi despacho a que te tomes una poción y luego ir a ver a Lovegood para que le preguntes lo que quieras.
-¿Podemos?
Draco rió.
-Claro princesa, podemos hacer lo que quieras –dijo él sin darse cuenta de que había utilizado aquel apelativo para referirse a ella.
Pero Sarah sí se había dado cuenta. Sarah sí lo había escuchado. Y a Sarah sí le había gustado. Le sonrió.
-Entonces prefiero no ir a la enfermería –dijo con tono solemne.
Draco asintió y tomó el camino de la izquierda hacia su despacho. Sarah caminó junto a él, a su lado, no dijeron nada. No se miraron. Sarah iba sonriendo. No, no le había desagradado en absoluto cómo la había llamado. Anotó mentalmente que tenía que agradecerle a Alex que se topara con Malf…. "Mi padre… se corrigió a sí misma… "con mi padre"
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-No.
Harry gimió. Se frustró. Se exasperó. Escondió la cabeza entre las manos. Se masajeó el puente de la nariz. Cerró los ojos. Se acarició la cicatriz. Pasó una mano por su cabello revuelto ya de por sí. Miró a Severus.
-¿Por qué no?
-Porque no me parece ético que un director engañe a sus profesores y tampoco que un padrino engañe a su ahijado –le miró de forma significativa. Harry le ignoró.
-Dumbledore engañaba a sus profesores… -le recordó el adolescente-…de forma sutil y a través, sobretodo de medias palabras, pero lo hacía… -añadió al ver el modo en que Severus había enarcado una ceja.
-Y nunca me pareció ético que lo hiciera –dijo firmemente Severu con una sonrisa de quien se sabía triunfador aún antes de que hubiese salido de la meta.
Harry se levantó de la silla y dio un par de pasos para luego volver a dar otros dos en la otra dirección. Se detuvo, miró a Severus que ni siquiera le estaba mirando y volvió a intentarlo. Si había algo de lo que estaba seguro era de su cabezonería.
-Tienes que hacerlo –le dijo mirándole de forma significativa.
Esta vez, al menos, Severus elevó sus ojos de los papeles que estaba revisando. Negros. Fríos. Como siempre. Pero ya no le asustaban. Había demostrado que no era sólo frialdad lo que había dentro de él y eso era algo que pocas personas sabían… ninguno de ellos había visto como había luchado en la batalla final, como le había protegido en más de una ocasión contra ataques traicioneros y como le había agradecido con la mirada cuando había sido salvado de alguno. No, definitivamente, pocas personas conocían al verdadero Severus Snape y, aunque era consciente de que no lo conocía plenamente, sabía que él era uno de los pocos que conocía una parte. Volvió a insistir.
-Ambos odiamos esto –le dijo el chico-. Draco está enamorado de Hermione y siempre lo va a estar y Hermione no va a poder amar a nadie que no sea él… ¡Pero si tuvo una cita la semana pasada y no era capaz de dejar de compararlo todo con lo que había pasado con Draco! –protestó. Severus enarcó una ceja, parecía empezar a interesarse por aquello. Harry se humedeció los labios para respirar y para ganar algo de tiempo mientras pensaba en su siguiente argumento-. Y Sarah… has visto a la niña… necesita tener un padre, Severus, tú tuviste uno que te despreció, yo ni siquiera tuve la oportunidad de conocer al mío… ¿no crees que ella sí merece conocerle de verdad?
Severus frunció el ceño. Era cierto. No podría contradecir a Harry en aquello. Era completamente cierto y verdad lo que acababa de decir. Y también estaba el asunto de Draco. Él también había tenido un padre… un padre al que había venerado, alabado y querido… un padre que nunca había actuado como tal y que lo había traicionado… un padre que le había dado la espalda…
No. Sarah no merecía no tener un padre, y Draco no merecía no aprender que podía llegar a ser un buen padre para Sarah, un esposo para Hermione Granger. Suspiró.
Harry sonrió.
Aquel suspiro de Severus era mucho más significativo de lo que se pudiese creer. Lo miró esperanzado. El hombre le devolvió la mirada.
-Un fin de semana –dijo el profesor-. Y tú te encargarás de todo –añadió-. Enviar las cartas, hablar con Lovegood, avisar a los padres, a los profesores, buscar habitaciones para todos… -empezó a enumerar.
-Es más fácil si sacamos a los alumnos de Hogwarts –contestó Harry rodando los ojos. Severus le miró fulminante-. Vamos, es más cómodo y lógico que para hacer el árbol genealógico de su familia vayan un fin de semana a sus casa que no al revés, eso sin tener en cuenta que hay padres muggles que podrían sentirse…
-Vale, vale… entendido… -resopló-. Pero tú te sigues encargando de todo –Harry asintió-. Aún no me creo que hayas podido convencerme de esto… -añadió.
Harry sonrió y se encogió de hombros.
-Terminé con Voldemort, se supone que puedo hacer cualquier cosa –contestó con un deje de orgullo.
Severus le miró burlón.
-Y a pesar de eso, eres incapaz de enfrentarte a los hermanos de Danah –le dijo.
Harry abrió la puerta sin perder la sonrisa y antes de salir de allí, se giró para contestarle.
-Estará todo listo para el próximo fin de semana, tendrás que dar el aviso en el comedor esta noche –Severus asintió-, y por cierto, rectifico… puedo hacer casi cualquier cosa…
Severus no era un hombre que mostrara sus pensamientos o sentimientos en público, pero Harry le vio curvar las comisuras de los labios, elevándolas ligeramente hacia arriba. El director de Hogwarts, Severus Snape había sonreído.
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Hermione se miró en el espejo de cuerpo entero que había en su habitación. Había salido del baño de espuma hacía poco más de quince minutos, un baño que, en un principio, iba a tratarse de una ducha, pero que se había transformado cuando había recibido la lechuza de Harry poco antes de desnudarse. Después de lo que había leído había decidido que necesitaba un baño; un largo y relajante baño de espumas y sales aromáticas mientras escuchaba de fondo cierta música clásica que algunas personas como Ronald no entendía pero que ella adoraba, música compuesta por Beethoven.
El cabello aún lo tenía húmedo, recogido con dos pinzas negras para mantenerlo sin que éste mojara su espalda ni escurriese en el suelo; pero aún así, podía notar las gotas de agua que se escurrían por su nuca y se colaban por el pequeño espacio de su piel y la bata de seda que llevaba en aquel momento.
Ladeó la cabeza para observar como le quedaría aquel vestido de color rojizo, hizo una mueca y cambió el brazo derecho por el izquierdo, sujetando esta vez, delante de ella un vestido blanco. Resopló. Ninguno de los dos. Uno era provocativo, el otro era demasiado serio… Ninguno de los dos era apropiado para ir a verle.
Frunció el ceño ante la imagen que le devolvió el espejo. Dejó los dos vestidos en el armario con las puertas aún abiertas y con un gesto decidido tomó un par de pantalones tejanos con una blusa aterciopelada de color vino. Se colocó de nuevo frente al espejo y se miró… ¡Ni hablar! Esa camisa quedaba horrible con su cabello… Se giró bruscamente dejando la ropa de nuevo colgada pulcra y perfectamente y alargando la mano para tomar otro de los vestidos que colgaban, un pensamiento detuvo su mano en el aire ¿Por qué tenía que preocuparse por lo que iba a ponerse? Sólo era Draco…
(flashback)
Nunca. Nunca. Nunca más volvería a hacerlo. Y todo porque Harry y Ron no eran capaces de mantenerse callados y tenían siempre que responder a todas las bravuconerías.
Claro, ella también tenía la culpa. Debería haber sabido o al menos intuido que Draco haría cualquier cosa para salirse con la suya. ¿Pero cómo iba a imaginar ella que sería capaz incluso de provocarles durante toda la hora de pociones hasta lograr que ambos saltaran amenazándolo haciendo así que perdiesen cincuenta puntos cada uno, regalo del profesor Snape?
Y ella lo había intentado.
De verdad. Había intentado que se mantuvieran quietecitos y atentos a sus pociones, había intentado que ignoraran a Draco porque sabía qué era precisamente lo que el chico estaban intentando: ganar la apuesta.
Pero no, Harry y Draco habían tenido que hacerlo… una vez más. Y luego había tenido otro problema porque estaba enfadada. Pero claro, no podía decirles a sus amigos que estaba más enfadada porque había perdido la apuesta y ahora tendría que aguantar a Draco toda una tarde decidiendo qué ropa debía comprar y que no además de tener que ponérsela en lugar de la ropa que ella utilizaba, que por que hubieran perdido cien puntos, puntos que, por cierto, habían recuperado en la siguiente clase de defensa, ella en la parte teórica y Harry en la parte práctica. Pero claro, eso era algo que no podía decirles… aún.
Y allí estaba. Dentro de aquel probador de aquella tienda a la que Draco la había arrastrado. Rodeada de vestidos de todos los colores, tipos, cortes y tejidos; pantalones de vestir, blusas de seda, zapatos de tacón, botas para el invierno y sandalias para el verano; chaquetas, fulares, bufandas y guantes. Trajes de baño, pareos y complementos como pulseras, collares, pendientes y demás.
-¡Ah, y esto también! –dijo el chico desde fuera del probador haciendo que varios conjuntos de ropa interior apareciesen en el probador.
Hermione se sonrojó.
-¡Si crees que voy a ponerme…
-Perdiste la apuesta –le recordó él divertido desde fuera mientras le hacía un gesto a la dependienta de que no pasaba nada mientras la chica asentía sonriendo alejándose del rubio y la zona de los probadores-. Creía que los Gryffindors tenían palabra…
Hermione frunció el ceño. Refunfuñó mientras se quitaba el sweter blanco, criticó entre dientes las malditas apuestas al tiempo que se deshacía de las zapatillas y se desabrochaba el botón del pantalón que llevaba y maldijo a Ron y Harry mientras se quitaba el pantalón quedando sólo en ropa interior.
Tomó el primer vestido de raso. Azul, largo hasta los tobillos, de tirantes anchos y escote cuadrado que se ajustaba a su pecho y a sus caderas. Y aún sorprendida de que Draco hubiese averiguado su talle de forma tan precisa, llevó sus manos a la espalda para subirse la cremallera, maldiciendo en voz más alta cuando no llegó.
-¿Qué ocurre? –preguntó él desde el otro lado preguntándose si se había equivocado con la talla de la ropa.
-¡No puedo subirme la maldita cremallera del maldito vestido que tú y tu maldito cerebro habéis elegido! –replicó ella.
La voz de Draco le llegó divertida y pudo adivinar que estaba sonriendo.
-Las excusas no van a servirte Hermione –le advirtió él-. Quiero verte con todas y cada una de esas prendas, ¿entiendes?
Hermione resopló.
¿Por qué diablos tenía que ser tan desconfiado?
Prefirió no preguntárselo y cambiar la pregunta por otra.
-¿Por qué elegiste esto como apuesta?
-¿Cómo?
-Esto… comprarme ropa, hacer que me la ponga… -preguntó con cierto tono de tristeza que no pasó inadvertido para el chico al otro lado de la puerta-… ¿tan mal crees que me veo? –él no contestó-… ¿Es eso? –preguntó ella-. ¿Tan horrible soy que tienes que cambiar mi aspecto para poder estar conmigo? Supongo que sí… siempre seré una sangre sucia… nunca estaré a la altura del Príncipe de Slytherin, ¿no?
Nunca antes habría dicho nada de aquello. Pero estaba a punto de bajarle el período, en dos días, exactamente. Estaba cansada, con la autoestima por los suelos, frustrada, adolorida y hormonal.
-Nunca vuelvas a menospreciarte así.
La voz de Draco llegó de nuevo a sus oídos. Esta vez no sonreía. Sonaba dura, como si se estuviera conteniendo y eso era precisamente lo que ocurría.
Draco Malfoy se estaba conteniendo para no gritarle que dejara de decir tonterías, que ella era perfecta tal y como era y que la quería así… gritarle que dejara de insultarse, que dejara de menospreciarse… que si alguien no veía la maravillosa persona que era, esa persona era un completo idiota o una completa imbécil.
Pero en lugar de aquello, él le contestó.
-Porque eres preciosa –le dijo él sinceramente-. Y lo ocultas con esa ropa que siempre llevas… debes de ser la única chica de Hogwarts que no ha acortado su falda. Me gusta mirarte… me gusta verte hermosa… intentar adivinar el color de la ropa interior que llevas ese día, sonreír cuando veo parte de tu piel, e incluso me gusta amenazar a los demás chicos cuando te miran demasiado como si intentaran ver a través de tu ropa –dijo Draco-. Por eso lo hago. Porque quiero seguir mirándote, adivinar el color de tu ropa interior sabiendo que la he comprado yo para ti mientras recuerdo como te queda, porque quiero poder hechizar a esos chicos… Porque quiero que dejes de sentirte inferior a las demás chicas de Hogwarts, porque quiero hacerlo, simplemente –contestó él-. Así que deja de dar excusas. No vas a salir de esta tienda hasta que no te haya visto con todas y cada una de esas prendas.
-No… -carraspeó. Necesitaba recuperar su propia voz después de la declaración de Draco-… no es una excusa… de verdad… no puedo subir la maldita cremallera… -protestó de nuevo con un tono más bajo que el de ante, casi un susurro.
Por toda respuesta, esta vez, escuchó la puerta abrirse. Draco se colocó delante de ella, rodeó la cintura con sus manos tanteando a ciegas para buscar la cremallera y sin apartar los ojos de los de Hermione.
Con deliberada lentitud, subió la cremallera del vestido, disfrutando de la cercanía del cuerpo de ella bajo aquel vestido.
-Preciosa… -susurró cera de su oído girándola para que ella se mirase en el gran espejo del probador-… aunque… -le rodeó la cintura con sus manos y ella se sorprendió, como siempre, de la facilidad con la que sus manos se moldaban a su cintura, como si siempre hubiesen pertenecido allí-… prefiero verte… -acercó su boca al oído de ella, asegurándose de que sus labios rozasen el lóbulo de ella y sin apartar su mirada de la mirada reflejada de la chica en el espejo-…sin ropa… y entre mis sábanas… -la giró para mirarla esta vez directamente-. Aunque con este vestido estás preciosa… -la besó con suavidad.
Hermione supo que cumpliría su apuesta, no por que él pensara que ella necesitaba cambiar de imagen, sino porque quería estar siempre preciosa para él, aunque eso chocara con sus principios de mujer independiente. Pero le gustaba sentirse así… sólo con Draco, por supuesto.
(fin flashback)
Quizá ese era el problema... eso fue lo que pensó Hermione con una media sonrisa… que sólo era Draco. Y con Draco, las cosas nunca eran simples.
Miró el montón de ropa que había sobre la cama y resopló. Definitivamente tenía que hablar con Draco antes de que fuese un fin de semana a su casa o terminaría necesitando tres horas para vestirse cada mañana si él iba a estar en casa.
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Bueno, pues se acabó por hoy.
He estado muy ocupada, por eso os pido que me perdonéis por no actualizar tan seguido como lo hacía antes… pero ya os comenté… se me borraron los capítulos que tenía escritos, perdí el hilo de la historia y de cómo quería desarrollarla… y parece que mis profesores de la Universidad se han puesto de acuerdo para agobiarnos a base de trabajos que suponen un 70 de la nota, es decir, si suspendes el trabajo, suspendes la asignatura…
En fin… mucho trabajo y poco tiempo, así que sed pacientes conmigo ok?
A partir de ahora los encuentros entre Draco y Hermione serán más seguidos y quizá no haya tantos flashbacks, os lo vais a perder??
Bueno, recordándoos que los personajes salvo los míos son de Rowling, os dejo, ok?
Un besito para todos, espero que seais felices y paséis un buen fin de semana. Nos leemos pronto!!!
