Capítulo 14.
Levantó la mirada, ya acostumbrado de nuevo al entorno descubriendo aquellos parajes que conocía tan bien, estaba frente a su segundo hogar, el gran fuerte Grand Line.
No podía ser… Él había caído en la inconsciencia y no pudo verlo con sus propios ojos en su momento más crítico, pero Luffy le dijo que todo ardió, ¿por qué, entonces, lo que ahora tenía ante él estaba en perfecto estado? No lo entendía, no había rastro de flamas, cenizas o destrucción.
Desde fuera los muros protectores de la fortaleza Grand Line se veían tan seguros como fueron construidos, con su propósito aún intacto. Rezumaba fuerza y vida. Shanks se acercó más a ellos, tocándolos con la mano, notando bajo sus dedos el tacto áspero de la madera; los había echado de menos. Apoyó la cabeza en el muro, cerrando los ojos e inspirando hasta llenarse los pulmones del característico olor a madera que tan agradable le parecía. En ese instante sentía como si todo hubiera vuelto al principio, de vuelta a casa, antes de que nada malo pasara. Pero aquello no podía ser real…
Atravesó las puertas como tantas otras veces había hecho, observando atónito que todo siguiera igual que la última vez que lo vio. Sin embargo estaba vacío, ninguno de sus soldados se encontraba allí, ni siquiera los caballos. Nadie en las torretas de vigilancia, nadie en el patio, solo la tierra del suelo se había atrevido a permanecer allí; siquiera el viento ni la brisa soplaban. Aquello extrañó sobremanera al pelirrojo, nunca lo vio así en sus tiempos de capitán. Tal grado de falsedad no podía ser fácilmente obviado por una mente perspicaz como la suya que no había llegado hasta donde estaba por casualidad.
Siguió caminando, atravesando el patio central.
Cienfuegos se detuvo delante de su antiguo despacho, acechado por la duda entre entrar o no hacerlo, optando finalmente por la segunda opción; el estupor inicial de sentimientos contradictorios de que fue presa al descubrirse en Grand Line había desaparecido dando paso a la inquietud y desconfianza de su propio hogar. Ya no era sólo el saber por qué se encontraba allí el problema, o por qué continuaba intacto lo que se supone debía ser pavesa inerte. ¿Cómo confiar en una falsa realidad? Por mucho que quisiera que ésta se convirtiera en la única y verdadera, no podía engañarse a sí mismo durante más tiempo. La credulidad del pelirrojo no era ni mucho menos corta de miras, después de las cosas por las que había tenido que pasar en el recorrido del camino que era su vida, no eran pocas las situaciones poco explicables o desconcertantes a lo que supuestamente se considera habitual u ordinario. Sin embargo, esta se llevaba la palma.
Pasos recelosos de lo imprevisto le condujeron al interior del despacho. La estancia estaba a oscuras aun siendo pleno día en el exterior. De pronto un fulgor inesperado le deslumbró bañando todo cuanto albergaban esas cuatro paredes de luz. Shanks se llevó un brazo a la cara, protegiéndose del resplandor que dañaba sus ojos.
Bienvenido, capitán.
¿Eh?
Una voz femenina, proveniente del fondo, inundó la sala reclamando su atención. Resonando la musicalidad del tono en sus oídos, la voz retumbó en ellos cual eco. Shanks estaba cada vez más convencido de que todo lo que ocurriera en su despacho sería falso, sin sentido y que incluso le perturbaría lo que sea que se dijera en aquel lugar, mas la curiosidad tiraba con fuerza de él. ¿Quién era y de dónde había salido esa mujer?
La chica estaba sentada en la silla del despacho de Cienfuegos, acomodada frente a la mesa. Encima de ésta el tablero de ajedrez con el que estuvo enseñando a jugar a Luffy, con sus piezas negras y blancas enfrentadas, listas para el inicio de un duelo.
De apariencia jovial y despreocupada, era joven, quizá no llegara a los veinte. Sus cabellos castaños caían en cascado por su espalda y costados hasta la cintura. Decorado por una cinta verde que junto a su cabello enmarcaban su rostro. Tenía la viveza de la madre tierra que les daba la vida a todos. De facciones suaves, habría encandilado y robado los sentidos de cualquier hombre, sin embargo el corazón del capitán ya estaba ocupado; por suerte para él.
Si mirabas más allá de los ojos verdes de la mujer se podría ver las malas intenciones encubiertas de quien ejerce su oficio sin contemplaciones y la malicia perpetua de un asesino que no duda en empuñar su arma contra su presa y no deja de gozar con ello. Ella no había elegido ser quien era, pero le daban las órdenes y las cumplía sin más. Era extraño, pese a su trabajo o función, no eran las víctimas elegidas a su juicio.
Su atuendo ligero y austero a la vez que refinado como todo lo que acompañaba a la muchacha, acondicionándose bastante a las necesidades de aquellas latitudes, correspondía a la perfecta mezcla entre la ropa que solían vestir las chicas en los salones y las que llevaban los vaqueros de las llanuras. Estaba compuesto por un vestido medio largo que le llegaba por las rodillas de color marrón claro decorado con franjas anaranjadas, botas oscuras de montar y un chaleco igualmente oscuro.
El pelirrojo no apartaba la mirada de ella, observándola, introduciéndose en su interior, tratando de descubrir todos los misterios ocultos que ese cuerpo perfecto ocultaba y esas esmeraldas no dejaban translucir, sin conseguir discernir nada útil. Estuvieron unos minutos así, mirándose mutuamente. La chica río suavemente, divertida con el análisis de que era presa por parte de Cienfuegos.
¿Vas a seguir mirándome así? ¿Tanto te inquieto?
No realmente, señorita. Pero ocultas algo y no sé bien el qué. ¿Dónde estamos?
En tu despacho- dijo como si la pregunta por demás, fuera obvia e innecesaria, cargada de hastío
Eso ya lo veo. Me refiero de verdad.
Eres listo capitán. ¿Por qué no tomas asiento?- señaló una silla que estaba en la pared contigua, invitándole con un ademán a que la colocara en el extremo opuesto de la mesa, frente a ella. Cuando Shanks tomó asiento, prosiguió:- ¿Sabes jugar al ajedrez, verdad?
Por supuesto.
Entonces juguemos una partida, ¿blancas o negras?- ofreció.
Negras.
La chica movió el tablero, con las piezas blancas frente a sí y dando por empezada la partida, adelantó el peón de rey. Shanks se acomodó mejor en su silla, preparándose para lo que parecía uno de los duelos de mentes más interesantes que había tenido en mucho tiempo, y movió su pieza.
¿Y bien?- preguntó Shanks esperando que su contrincante empezara a contarle lo prometido.
No estamos en Grand Line, al menos no en el verdadero. Como bien sabrás, ardió- el pelirrojo asintió con la cabeza en gesto afirmativo-. Este lugar podríamos decir que es un recuerdo tuyo de él-comentó mientras movía el peón de dama, haciéndose la interesante. Shanks la miró desconcertado. ¿Cómo se podía estar en un recuerdo? ¿Acaso estaba durmiendo o algo similar?
Curioso por el enigma que la chica le proponía desvelar decidió introducirse en su mismo juego. Estaba dispuesto a desvelar toda la verdad, por muy intrincada que estuviera. Mientras hablaban, las piezas del tablero iba moviéndose a su compás, atacando, siendo comidas y reclamando el territorio contrario a la vez que arrinconaban al rey.
¿Estoy muerto?-preguntó sin rodeos. La chica rio jocosa ante sus ocurrencias. De todos los objetivos que había tenido a lo largo de su vida –y habían sido muchos, muchísimos- el pelirrojo estaba resultando el más entretenido de tratar.
Todavía no, capitán. Todavía no.
¿Entonces?-inquirió.
Todo depende de la actuación y la rapidez de ese Lacota… -Shanks dio un respingo en su silla al oírle mencionar a Luffy- No sé si lo recordarás, pero estabas por contarle todo cuando el efecto del veneno que recorre tus venas provocó que te desmayaras.
Era cierto. Ya prácticamente lo había olvidado. Desde que calló del cielo a esa espesura de sueños, que al no sentir dolor alguno, no reparó en la razón por la cual se encontraba en aquel lugar extraño que aparentaba ser Grand Line. En un acto reflejo miró su mano herida, descubriendo con asombro que no había rastro de ninguna picadura ni tejido lacerante en ella. Entonces alzó la vista, clavándola en la mujer a la espera de una explicación por su parte.
No me mires así, querido. En tus recuerdos no tenías esa herida, por lo tanto no aparece- su mirada inquisitiva no dejaba de acusarla-. ¡Está bien, tú ganas! No soporto cuando me miras de ese modo.
Este mundo de sueños que representa tu querido antiguo fuerte es en realidad tu impás, tu… peaje. Tu cuerpo se está debatiendo entre la vida y la muerte por las toxinas que invaden tu torrente sanguíneo. Así pues, mientras estás inconsciente, tu mente permanece aquí en un cuerpo prestado, de tu misma apariencia que en el mundo de los vivos.
Durante todo el relato no apartó la vista de los orbes esmeralda de la mujer. Le parecía tan surrealistas todas las palabras que soltaba que comenzaba a dudar de que realmente no estuviera muerto o que se encontrara en tan mal estado como para delirar hasta esos extremos. Sueños, peajes, veneno, muerte. Toda la información se agolpaba de golpe en su cabeza, no permitiéndole analizar la situación con suficiente claridad. Sin embargo tenía claro un concepto: salir de allí.
¿Cómo salgo?
¿Disculpa?
Me has oído perfectamente. ¡¿Cómo demonios salgo de este sitio?!- espetó perdiendo los nervios. Esa chica le estaba haciendo perder los papeles con toda esa verborrea inútil. No quería permanecer ni un segundo más en ese asqueroso lugar. Quería despertar y ver a Luffy.
No te alteres, capitán. Aunque quisiera, eso no depende de mí. Sólo estoy aquí por si de quien realmente depende eso, falla en su intento.
¿A qué te refieres?
Tu vida, está en manos de ese joven intrépido del que estás prendado.
