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De Aves y Lobos
Tres pares de ojos observaban sin parpadear el nudo de hojas que se movía sin fuerza, revuelto por una diminuta forma de vida bajo la naturaleza.
Hermione, más preocupada que intrigada, levantó la mirada detallando el rostro anguloso de Draco apenas iluminado por el candor de un par de lámparas de gas.
Él, mantenía su mano aferrada a la cintura de la castaña con un suave contacto, indicando que seguía allí, con ella. Su rostro tenía un gesto travieso y cierto toque de alegría infantil que le hizo recordar a Hermione la felicidad de Hagrid al adquirir una nueva y espeluznante criatura. Se sentía viviendo un deja vú con la persona equivocada.
Con una evidente ausencia de voluntad, Draco, deslizó su mano rozando con las yemas de los dedos el costado de Hermione para liberarla. Ella, percibió bajo la ropa una sesión de escalofríos al paso de su movimiento lento y marcado resignandose a la cruel soledad ante la ausencia de su roce. Se reprendió por el rumbo que tomaba su cuerpo y su mente ante la proximidad de Draco, mientras observaba la delicadeza del joven, quien con la precisión de un cirujano y sin hacer demasiada presión, removió la maleza entre la caja para acunar entre sus manos una pequeña ave blanca.
Las cabezas se juntaron para detallar al débil polluelo que abría un largo pico en suplicantes silbidos, demandando comida.
—Que bello —suspiró Hagrid, llamando la atención de los azules ojos del ave—, es un cuervo.
El gesto interrogante se marcó enfático en la cara de Hermione, desconcertada por la imagen mental de un cuervo relacionando inicialmente su plumaje oscuro y aunque no sabía mucho de aves, tenía la clara certeza que ellos no transformaban su color de una forma tan desmedidamente radical.
Draco, reparando en el rostro confuso de Hermione y previniendo que ella no demostraría ignorancia en ningún tipo de tema, le hizo un gesto con la cabeza sugiriendo que lo siguiera, entretanto cruzaba la estancia de camino al sofá.
—No sé cómo alimentarlo —lamentó Draco buscando un lugar despejado en el sillón, dirigiéndose a Hagrid
—Eso no es problema muchacho —sereno el gigante, caminando pesadamente hacia la salida en compañía de Fang—, he alimentado muchos animales en mi vida y las aves en general comen insectos—, abriendo la puerta y guiñando un ojo a Malfoy, finalizó—, voy a buscar algo para ese pequeño.
Cerrada la puerta, los jóvenes se sentaron en el sofá, acomodaron sus piernas perceptiblemente cercanas y juntaron sus rostros con la excusa de observar al animal.
—Es un cuervo albino —explicó Malfoy, clavando sus pupilas en la mirada evasiva de Hermione—, son criaturas muy extrañas de encontrar ya que no logran sobrevivir mucho tiempo. La madre los expulsa del nido al ver su apariencia diferente. A éste lo hallé bajo un montón de hojas en el bosque.
—¿Estuviste en el bosque? —indagó Hermione, con un toque de alarma en su voz. Angustiada por la idea que alguien en Hogwarts lo hubiera visto.
—Sí —respondió él, inclinando su cabeza para verla de lleno—, estuvimos con Hagrid un rato por ahí, buscando mi varita.
—¿Los vio alguien? —cuestionó preocupada, acercándose un grado más al rostro de Malfoy.
—Sí —respondió malicioso, notando la angustia acrecentarse en Hermione—, cómo cien libélulas, mil pájaros y un montón de mariposas. ¿Crees que soy estúpido Granger? Obviamente no me iba a dejar ver.
Hermione dejó caer los hombros aliviada y frunció el ceño ante la imprudencia de permitirse engañar por Malfoy. Deseosa de cambiar la conversación destinó sus ojos al pájaro que los miraba de vez en vez.
—¿Cómo sabes que es un cuervo y no otro tipo de ave? —interpeló, buscando superarlo.
—No eres la única que lo sabe todo, Granger —respondió, esperando provocarla, al detallar su entrecejo firmemente unido.
Ignorando la sonrisa socarrona de Malfoy que acrecentaba la tormenta en sus ojos grises y desataba un remolino de pulsaciones en su corazón, esquivó su mirada enfocándose en la liviana ave.
—¿Qué vas a hacer con él o ella? —preguntó, apuntando con sus labios al pequeño animal que batía sus alas, preso en las manos de Malfoy.
—Cuidarlo —determinó, detallando la sonrisa de Hermione. La primera sonrisa que le dedicaba.
Sus orbes de litio detallaron la perfecta curvatura de los delicados labios de Hermione acompañados de un hoyuelo, que de no estar tan cerca a ella no lo hubiera notado. Sin desearlo, su garganta se secó arrasando con la humedad en su boca, haciendo imposible la tarea de tragar. Se revolvió incómodo ante la mirada intimidada de Hermione, quien, al sentir los ojos de Draco clavados sobre sus labios los remojo de manera inconsciente.
—Tengo que alimentarme…digo alimentarlo —se corrigió Draco, con voz rasposa—, hasta que sea lo suficientemente grande. Nunca podría sobrevivir solo. Los otros, los cuervos negros, se encargarían de matarlo, incluso su propia madre, por el simple hecho de ser diferente. La naturaleza puede ser brutal.
Las últimas palabras cayeron con tristeza hasta el suelo al igual que los labios de Malfoy. Su figura se estremeció hundiéndose paulatinamente en el sofá, descansando sus manos sobre el regazo sin desprenderse de la blancuzca criatura emplumada, que picoteaba débilmente sus dedos.
Hermione, comprendió al vuelo que Draco, ayudaba al ave en un intento de ayudarse a sí mismo. Su naturaleza desprotegida lo hacía pensar en él, en todas las oportunidades que estaba perdiendo en su vida al sentirse abrumado por una comunidad mágica, de la cual en tiempos mejores, él estaba en la cumbre de la pirámide y ahora se hallaba alrededor de sus cimientos al alcance de cualquiera que deseara devorarlo. Tal como el cuervo.
Lo acogió entre su pecho inundándose de su particular tibieza, con suavidad cruzó un brazo sobre su encogida espalda y descansando el rostro sobre la cabeza de Draco, lo ayudó a soportar el peso de su angustia.
Él, se removió aplastando el cabello de Hermione, estaba siendo débil y completamente opuesto a lo que era un Malfoy, pero por más que trataba de recomponer su altivez no lograba mantenerse con la dulzura que acompañaba cada gesto de Hermione, quien percibía la lucha bajo su brazo, lograba sentir la espalda tensarse y la cabeza revolverse bajo su mejilla en una constante contradicción entre lo que debía y lo que necesitaba hacer. Sin liberarlo, recordó una historia parte del viejo libro de criaturas mágicas que tanto disfrutaba en su infancia.
—Se va a llamar Benten —dictaminó Hermione, con la voz plagada en autoritarismo, haciéndole un cariño al ave con su mano libre.
Draco levantó su cabeza inspeccionando la orden, intrigado y turbado por el aliento de Hermione a una corta distancia de sus labios. Un aliento a nada que él hubiera percibido previamente, una fragancia adictiva. Ella, sin soltarlo ni apartarse, continuó su explicación.
—Benten, es la diosa del conocimiento y la belleza —explicó con ese aire superior aplicado en las clases de Hogwarts—, ella únicamente puede visitar la tierra convertida en un cuervo blanco para presentarse a las personas de buen corazón, con el fin de escucharlos y hacer realidad sus sueños.
Los músculos del rostro de Draco batallaron para no enseñar una sonrisa, perdiendo al final. Era una maravillosa coincidencia que precisamente ese tipo de ave, apareciera en el peor momento de su vida, como insistía en llamar a esos días de lluvia los cuales paulatinamente se iluminaban por un tenue arcoíris. Si lo pensaba de una manera detenida, habían sido días de bastante confrontación consigo mismo, con sus preocupaciones y con la manera de aprender a vivir con todo ese amor hacia sus padres, que se había quedado sin dueño.
Observó a Hermione, con ese dominio de vida que no reconocía en ninguna otra persona digna de su atención, la envidiaba y eso lo hacía necesitarla más. Cada vez estaba más de acuerdo con Hagrid, ella siempre tenía la razón.
—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó, observándola desconfiado, esperando una argumentada justificación de sus vastos conocimientos.
—No eres el único que lo sabe todo, Malfoy —dijo divertida, lanzando una mirada picara, al responder a Draco con la misma moneda.
—Pero es nombre de mujer —debatió sin fuerza, debilitado por la cercanía y ablandado por los movimientos circulares con los que Hermione acariciaba su espalda.
—No sabemos si Benten es hembra o macho —justificó, encogiéndose de hombros, calandole nuevamente el nombre.
Draco, negó rindiéndose, plenamente convencido que se embarcaría en una guerra perdida si le llevaba la contraria a Hermione.
—Al final da igual el género, nunca tendrá pareja y…morirá solo —concluyó, con un deje de frustración demasiado claro para ser ignorado por Hermione—. La naturaleza es cruel y selectiva Granger, las hembras siempre buscan el macho más apto para procrear y el albinismo es un error de esa malvada naturaleza que se paga con un precio demasiado alto: la muerte o incluso peor la soledad a muerte.
Malfoy de repente, encontró su boca demasiado aguada al igual que sus preocupaciones, las cuales esperaban escabullirse en forma de lágrimas a través de los apagados ojos grises. Inevitablemente su final sería el mismo del ave, el temor más grande en su vida se iba haciendo más claro con cada día que pasaba. No deseaba vivir y mucho menos morir solo, sin nadie que atendiera sus reclamos, cuidara sus enfermedades o lo protegiera de hacerle daño a otros en su forma animal; tal vez, inconscientemente había rescatado a Benten esperando un poco de compañía en su forzosa soledad.
—Piénsalo Granger —continuó, clavando los ojos en Hermione y advirtiendo su incapacidad de hallar las palabras para alivianar la situación—, ¿qué hembra querría estar con un cuervo arruinado?
—Una lo suficiente lista para comprender su singularidad —susurró ella.
Sus palabras se deslizaron de una manera tan física que Malfoy las advirtió como una caricia. Una chispa eléctrica pareció atravesar la inmensa pero diminuta distancia entre el par de jóvenes, manteniendo sus ojos conectados entre sí; desafiándose, evaluándose, retándose, cada uno más empecinado que el otro en permanecer en la contienda, permitiéndose sentir la sangre bullir en el centro del pecho y conducirse apresurada a diferentes partes del cuerpo; al brazo de Hermione que continuaba sobre la espalda de Draco, a sus piernas tan cerca el uno del otro que prácticamente se hallaban fusionadas, a su costado placenteramente unido, y por último, a sus labios incómodamente separados.
«Acaso la santurrona, ¿me está coqueteando?» pensó, mirándola de una manera difícil de determinar, entre intrigado y confuso.
«¿Por qué diablos haces esto?» se reprendió Hermione, sonrojada hasta la planta de los pies agradeciendo la escasa luz del recinto.
—Aquí están las lombrices —dijo Hagrid, irrumpiendo con la fuerza de un vendaval en la cabaña.
Hermione, terminó el abrazo sobresaltada dirigiendo sus ojos al intruso, siendo la perdedora en su duelo y privando a Malfoy de su dulce aliento. Con la seguridad de no poder desprenderse del recuerdo de su aroma y esa enigmática mirada jamás.
Sin embargo, a pesar de romper el contacto visual, Hermione no se levantó del sillón. Aunque un miedo sordo le aconsejaba alejarse de Malfoy, otra parte rebelde de su cabeza le exigía permanecer allí, junto a la calidez de su toque que liberaba una ansiedad deliciosa en los límites del pecho y el estómago y la impelía a actuar libre de toda racionalidad y sensatez.
—Ven muchacho —ordenó Hagrid, enseñando un frasco de cobre—, te voy a enseñar a alimentar esa pobre ave.
Con reticencia, Malfoy se revolvió alargando con el mayor esfuerzo sus movimientos para no separarse de Hermione antes de encaminarse al comedor. Su dependencia iba en aumento, y eso, en vez de asustarlo lo animaba a continuar cerca de ella, como si fuera el único estímulo capaz de brindarle bienestar.
Escuchó, sin prestar demasiada atención las instrucciones de Hagrid pendiente de los esfuerzos de Hermione por realizar algunos deberes y preparar sus clases para el siguiente día, todo a la vez y sin descanso. Después de una hora que le pareció una infinitud, había alimentado a Benten salpicando con lombrices maceradas parte de su blanco plumaje y ahora ésta, descansaba en la cocina dentro de una jaula enorme, propiedad del gigante, que le serviría como hogar al nuevo integrante de la cabaña.
Cuando terminó, se dirigió disparado junto a Hermione, que se hallaba sentada en un extremo de la mesa, para apoyarla en cualquier labor que necesitara. Ahora que la tenía cerca, no era ajeno al cansancio de su mirada, los hombros tensionados que ella giraba en ocasiones para relajarlos y de sus manos agotadas de tanto escribir. Eran demasiadas labores para una persona que no sabía recibir algo de ayuda.
—Vengo a hacer mi parte —ofreció Malfoy, recogiendo los puños de sus mangas.
—No te necesito —expresó ella, sin levantar la mirada presa de una nerviosa incomodidad.
Se había alejado de ella para alimentar al animal y ni siquiera tuvo la molestia de invitarla a ayudarlo, a observarlo o lo que fuera que los mantuviera juntos unos minutos más. Estaba siendo caprichosamente insensata y ni siquiera entendía ¿por qué?, no era algo que sintiera con frecuencia y mucho menos por alguien a quien a duras penas conocía.
—Vamos Granger —debatió él, ignorando la indiferencia de ella— ¿o es que te da miedo ver cómo te supero?—cuestionó con voz socarrona y una risa ladeada—. Lo entiendo, no debe ser fácil entender después de años de autoengaño que hay personas más inteligentes que tú.
Levantó el rostro incrédula, notando el aire superior de Malfoy con los brazos cruzados sobre el pecho y ese gesto arrogante, tan suyo. De manera indudable Malfoy estaba a kilómetros luz de su inteligencia. Ella no tenía ningún miedo en demostrarle lo contrario.
—No sé —respondió ella con frialdad, fingiendo leer—pienso que en este momento no eres una persona muy capaz, tu mente está demasiado distraída auto compadeciéndose.
Le dolió decirlo, pero era la manera de sacar parte de su ira. Se estaba dejando llevar por algo instintivo y eso, no era propio de ella. Levantó el rostro para observar el impacto del daño, y si ofendió a Malfoy lo disimuló muy bien, él continuaba con una muestra de aplomo envidiable.
—¿Esa es tu estrategia? —aguzó, desprovisto de emoción—, ¿cubrir tu inseguridad con ofensas?
Hagrid carraspeó desde la cocina consciente que de continuar así los dos jóvenes, terminarían enfrentados nuevamente. Hermione apretó los labios, ceñuda, conteniendo las palabras que deseaba decir. Si seguía cayendo en las provocaciones de Malfoy le daría gusto y si lo dejaba ayudarla, también. En ambos casos él tenía la delantera.
—Está bien —dijo resignada, deslizando con su brazo sobre la mesa algunos pergaminos.
Completamente satisfecho, Malfoy, caminó sin prisa hacia la mesa un tanto ofendido por las palabras de Hermione, le habían calado porque tenía razón, era lastimero verse a sí mismo como un trozo de algodón moldeable y delicado. Necesitaba dejar de lamentarse y encontrar la manera de superar toda esa emocionalidad novedosa que lo abrumaba, lo hacía sentirse excesivamente apegado a ella e incómodamente a gusto al ser objeto de sus expresiones de afecto.
Escuchó atento las indicaciones de Hermione, que evitaba mirarlo, con gesto huraño, molesta por tener que ceder ante él. Lo dejo hacer un par de cálculos en aritmancia que por supuesto ella verificaría posteriormente, mientras ella repasaba las runas y verificaba el horario del día siguiente.
Se sumieron entre pergaminos y tintas, ignorando a Hagrid alimentando en la cocina a Fang, así como él fingía ignorar sus abrazos y su constante baile entre la ira y el afecto. Les llevó algo de comida antes de irse a dormir, pero ellos tan inmersos en la labor apenas probaron algo.
El brillo de la luna avanzaba por el interior de la cabaña marcando con su hilo de plata las horas. Al avance del astro, se sumó el movimiento escurrido de la castaña sobre la mesa terminando tendida sobre varios pergaminos, su respiración alargada y profunda, alertó a Draco de su narcosis.
Negando resignado con la cabeza, detalló la incómoda posición en la cual reposaba la joven. Con toda razón le dolían los hombros y de seguir así su espalda estaría destrozada antes de terminar el semestre. No era justo desde ningún punto de vista.
Se levantó de su lugar, cuidando de no hacer demasiado ruido y acomodó algunas colchas sobre el viejo sofá. Su rostro se endureció imaginando a Hermione durmiendo en ese reducido espacio, sumado al molesto hábito de Fang de saltar en medio de la noche aplastandolo y robándole gran parte de su comodidad.
De entre uno de espacios en los cojines del sofá, extrajo su varita. Desandando sobre sus pasos evaluó la amplitud del lugar y en dos movimientos transformó el sofá en una agradable cama para Hermione. Luego apuntó su varita hacia ella, con la firme intención de elevarla y dejarla descansar en la cama para él tomar su lugar.
Su muñeca se batió en el aire dejando el hechizo inconcluso, no debía elevar a Hermione, honestamente no quería. Ella había regresado contra todo pronóstico, a pesar de su estúpido intento por manipularla, de su mal comportamiento y su testarudez. Ella estaba ahí, partiéndose la espalda en pedazos, desvelándose y prestándole toda la atención del mundo, cuando tenía otros compromisos que cumplir. No merecía ser tratada como un objeto o un enemigo al que no se le desgasta un mínimo esfuerzo.
Evaluó la fortaleza de su hombro, girándolo y moviendo su brazo en varias direcciones verificando que el dolor era mínimo. No pensaba continuar usando el embarazoso vendaje. Se acercó con pies ligeros a Hermione, quien continuaba en inalterable descanso. Con más nervios que fuerza, y poniendo más intención que atención, la rodeo con sus brazos dejando descansar su rostro contra el hueco de su cuello, y la levantó soportando su peso desconcentrado entonces por su aquietada respiración, las emanaciones de ese olor que le abrían una especie de apetito que no desencadenaba precisamente en su estómago y por la agradable sensación de sentirse responsable de alguien más.
Tomándose una gran cantidad de tiempo, esquivó los muebles del comedor en su camino y la llevó hasta la cama viéndola hundirse sobre el mullido colchón, llevándose con ella todo el bienestar que le proporcionaba su cercanía. Alargando el quiebre de la separación, desanudó el par de zapatos para que descansara mejor y los organizó junto a la cama.
Superando una fuerza atrayente que lo obligaba a permanecer con la vista fija en cada detalle de Hermione, se obligó a caminar hasta la mesa, sus dedos se aferraron al espaldar de la silla al tiempo que sus ojos no se despegaban de los labios de Hermione, esos labios que minutos antes habían escupido una palabra que lo describía a perfección y abrió un agujero de zozobra suspirante que no logró apagar en la ocupación de los deberes.
Autocompasión. Cada letra giraba en su cabeza y ahora en la soledad del silencio, gritaba de manera estentórea y sin compasión sobre su cabeza. Levantó la silla apartándola de la mesa y se desplomó sobre el cojín tratando de enfocarse en los libros desplegados sobre la mesa, sin embargo, la quemazón del agujero en su estómago escocia con intensidad obligándolo a concentrarse en él mismo.
No deseaba verse débil, odiaba a las víctimas le producían desagrado y rechazo en exceso y ahora se estaba convirtiendo en algo de lo cual se burlaba, hasta cierto punto tenía derecho a sentirse así, miserable, desmotivado y deprimido, era lógico, sus padres estaban muertos, era un hombre lobo y no contaba con su fortuna. Suspiró y sin percatarse de ello sus dientes mancillaron las uñas compulsivamente con angustia; esas situaciones no iban a cambiar, sus padres no revivirán, él nunca dejaría de ser un licántropo y el hecho de recuperar su fortuna no lo veía en un futuro inmediato; era eso lo que más lo aturdía, la eternidad de sus problemas.
—Malfoy —susurró Hermione, sobresaltando a Draco, quien abandonó las dentelladas en sus uñas y atravesó la habitación, quedamente iluminada, para enfocarse en el rostro de Hermione.
—Malfoy —murmuró nuevamente, con los labios curvados en una tibia sonrisa.
Dormía. Su respiración profunda, su ceño sereno y las pestañas ajustadas entre los párpados le demostraron que hasta en sueños, ella pensaba en él. Se apoyó en la cama para sentarse de rodillas al suelo, dejando el rostro al alcance de su aliento dormido. Inhaló con gusto ese humor indefinible, que se resbaló hasta el incómodo agujero en su pecho llenándolo de pronto como un bálsamo de vida.
Olvidaba una pequeña variante en su círculo de desgracias. Hermione. A pesar de sus inmortales desdichas, contaba con ella, no estaba solo como se obligaba a pensar y su apellido entre los labios de Hermione lo aseguraba. Se lo había demostrado, desde el día que lo encontró en el bosque completamente segura de su condición de licántropo y aun así no dudo en hacerse cargo de él, y se lo repetía en cada oportunidad siendo su paño de lágrimas, su cuidadora y hasta el objeto de sus disgustos. Estaba en la obligación de relegar sus lamentos, hallar la forma de cerrar el ciclo y empezar a construir su destino por cuenta propia.
—Draco —farfulló Hermione.
Una detonación se desencadenó en el corazón del joven, exaltado al escuchar su nombre quebrando las forzosas fronteras de su enemistad. Su mano se elevó vacilante hasta dejarse caer sobre el rostro de Hermione, tan suave que el viento sentiría envidia de la sutileza de su roce. La sonrisa ampliándose en el gesto de ella le indicó el bienestar de su contacto, el mismo que inflaba su pecho de nervios y aceleraba los tramos de su respiración. Le permitió a sus dedos el privilegio de recorrer los contornos del rostro de Hermione, la curva de sus mejillas, la fineza de su quijada, la suavidad en sus cejas y la tibieza de sus labios. Llegado a ese punto, se asustó por la necesidad que fuera su boca y no sus manos los que detallaran los labios de Hermione.
Se retiró, levantándose tortuosamente y preguntándose hasta dónde lo llevaría esa inadmisible dependencia que lo lanzaba a pensar las cosas más inadecuadas en los momentos menos oportunos. Sin hacer ruido, regresó a su lugar a terminar los deberes que aún esperaban ser resueltos.
Una nueva explosión liberó partículas de polvo desde el techo y fraccionó la pintura de las paredes observadas por los ojos verdes de Ronald, rodeados de varias venillas rojas indicio de sus malas noches y sus desesperados días. Sus hermanos llevaban varios días haciendo extraños experimentos en la planta baja, cuyos resultados ocasionalmente eran sonoros estallidos.
Sin poder conciliar el sueño, frustrado, lanzó una almohada a los pies de su cama y se levantó arrastrando las viejas mantas que lo cobijaban sobre los hombros.
Ningún sonido producían sus pies desnudos sobre la polvorienta alfombra que nadie se dignaba a asear mientras caminaba a través de los pasillos y descendía la escalera directo al cuarto de su hermana Ginny.
Detuvo sus pisadas en el lugar exacto donde la luz se colaba a través de la puerta abierta de la habitación, sus ojos bordeados por ojeras violáceas se asomaron apenas rozando con su mejilla el marco de la puerta. En el interior Ginny y George, cubiertos de hollín habían transformado la estancia en un laboratorio, una alargada mesa mediaba el lugar y sobre ella líquidos, polvo y plantas de diversa índole se organizaban para ser cortados, colados, fundidos y mezclados en frascos que burbujeaban en pequeñas estufas.
Los hermanos trabajaban a la par, y aunque Ginny no manejaba ni comprendía la sincronía de los gemelos, se adaptó de forma satisfactoria al trabajo. Ambos lucían aparentemente felices, y no porque su rostro estuviera contraído en una sonrisa permanente, era porque tenían un propósito, los hacía lucir dedicados, entregados y eso les daba un brillo de tranquilidad a su apariencia que Ronald envidiaba.
Con las facciones rígidas, su mandíbula visualmente tensa y la mirada velada, los observó por un par de minutos sintiéndose ignorado, apartado de un grupo familiar del cual nunca se sintió parte. Cabizbajo regresó sobre sus pasos de la misma manera como llegó, como un silencioso fantasma del que todos tenían conocimiento pero ninguno se atrevía a confrontar.
Era consciente del rechazo de George hacia él, los escasos momentos en los que tenían oportunidad de verse dentro de la casa, se convertían en momentos llenos de incomodidad, especialmente por parte de George quien buscaba evitar y evadir su contacto prontamente. Lo asustaba.
Sin embargo no lo perdía de vista. Durante el día, George se mantenía atento al comportamiento de su hermano, aprovechaba los escasos momentos en los cuales Ron salía de su cuarto para revisarlo, buscando alguna pista, cualquier indicio que le permitiera conocer si su hermano mantenía el contacto con Nott. Los únicos rezagos de esa malsana relación que encontró, fueron las notas en las cuales convenían su encuentro para llevar a cabo su plan.
Las guardo. No supo con qué fin, si con la intención de evitarle su propia condena o para delatarlo de ser necesario, su alma alternaba en el descorazonador vaivén de estar en contra de los hechos de Ronald y no querer perderlo, porque tampoco entendía como recuperar a su hermano, no deseaba abandonarlo entre esa oscuridad que parecía arrasarlo día a día, pero tampoco lo sentía parte suya, como si su relación se hubiera fraccionado en una zona tan sensible y difícil de recuperar que la tarea parecía imposible.
Esa noche lo sintió acercarse a su improvisado laboratorio, detalló el recorte de la sombra a contraluz, agazapado en el filo de la puerta, y percibió la acción como un llamado, un grito mudo de ayuda. Ausentandose de las labores con Ginny, lo siguió por las escaleras hasta el dormitorio.
—Ron —avisó con voz serena, clavado en la abertura de la puerta, expectante.
El menor se tensó ante el llamado, de pie junto a su cama, un arco de nostalgia se dibujó en sus cejas y un mohín en sus labios ahogó un sollozo que llevaba días esperando salir.
—Dime —susurró, girándose esquivando las mantas sobre su cuerpo, para observar una fingida jovialidad en George enmascarando su preocupación.
—Quiero que te unas a nosotros —estableció, recostándose contra el marco ocultando las nerviosas manos entre los bolsillos—, llevas mucho tiempo encerrado y es hora que hagas algo de provecho, hermanito.
Ron dirigió la mirada al suelo, inspeccionando los detalles de la alfombra para ocultar su miedo de los ojos de su hermano.
—No creo ser de ayuda —murmuró con voz rasposa—, no tengo lo que se necesita para trabajar con ustedes.
—¿De qué hablas? —refutó George, atreviéndose a adentrarse en la habitación—, eres un mago y además eres un Weasley, la creatividad corre por tus venas hermanito.
Ronald escondiendo sus ojos de la mirada ilusionada de su hermano, se sentó sobre la cama derrotado por un temblor en sus piernas que debilitaban todas sus creencias.
—No soy un buen mago George —habló con un tono infantil, levantando sus ojos cargados del brillo previo al llanto—, tengo algo maligno dentro de mí, lo siento como algo pesado que no me deja respirar justo aquí—balbuceó, conduciendo su mano al centro del pecho.
George, disminuyó la distancia sentándose junto a él. Y aunque hubiera sido un excelente escenario para burlarse de la paranoia de su hermano, no lo hizo. Era testigo de esa materia pesada que se apoderaba de Ron, lo veía huraño, triste, desencantado de la vida, como un condenado que no cuenta los años de vida sino los años que le faltan para morir. Apoyó su mano sobre la rodilla del menor, esperando con ello animarlo a hablar.
—Desde que asesi…desde que le hice eso a los Malfoy, no soy el mismo —expresó con voz ahogada, conduciendo sus ojos inundados en lágrimas de miedo hacia George quien lo observaba con seriedad—. No me siento igual, nada me produce alegría, placer o por lo menos curiosidad. Me da exactamente igual lo que pase en mi vida, no tengo sueños, no espero nada, me siento muerto por dentro. Es como si al asesinarla hubiera matado una parte de mi alma, una muy importante.
Dos hilos de agua se descolgaron de sus ojos, libre de la atadura de pensar en ello tanto tiempo sin tener con quien compartirlo. Sintió un apretón en su rodilla, como efecto de su hermano esperando transmitirle un parte de seguridad.
—Lo entiendo Ron —susurró George, con la garganta estrangulada por el dolor—, yo viví lo mismo cuando Fred murió y lo entiendo. Vivía enojado con el mundo por quitarme a mi hermano, a mi gemelo. Necesitaba descargar mi ira, quería venganza y que todos sintieran un poco lo que yo sentía. Pero cuando estuvimos con Nott, cuando tuve a mi alcance la posibilidad de venganza, entendí que no me iba a ayudar, que necesitaba dejarlo ir, enterrar mi furia con él y seguir viviendo.
Las lágrimas caían sobre la alfombra, y los sollozos del par de hermanos emanaron sin vergüenza desde el fondo de sus rebosantes almas. Estaban cargados de tristeza, frustración y miedo. Extrañaban los días de familia, el cariño de su padre y hasta los gritos de su madre. Precisaban restablecer el orden.
—Necesitas encontrar algo por lo cual vivir —lo animó, dirigiendo unas cuantas palmaditas a su espalda—, tenemos muchas cosas por hacer Ron y nos faltan manos. No es justo los Weasley digamos algo así, somos muchos.
Los labios de Ronald se curvaron en una sonrisa inundada de lágrimas. Su hermano se esforzaba por integrarlo a la familia y aunque no se lo dijera estaba haciendo un intento por perdonarlo: por su distancia, su indiferencia y por ser un asesino.
—Sin embargo Ron, si de verdad quieres librarte de ese malestar, vas a tener que enfrentar tus demonios y asumir las consecuencias por lo que hiciste —sentenció George de manera fría.
Sus ojos inyectados en seriedad enfrentaron a Ron, quien pasmado, borró la sonrisa de su rostro y frunció los labios en una línea de preocupación. La absolución no sería tan sencilla de obtener como lo imaginaba.
—Esto es muy injusto —se quejó Ginny cubierta de un líquido espeso, desde la puerta—, yo sola quemándome las pestañas mientras ustedes se sientan a charlar.
Silenciosamente Ginny se había acercado hasta la habitación. Ronald se asustó con la duda de qué tanto de su conversación había escuchado, sin embargo por su postura relajada y la sonrisa honesta, pudo deducir que no logró enterarse de lo más vergonzoso.
—Entonces Ronald, ¿vamos? —animó George, esfumando toda severidad de su gesto.
Ambos lo miraron ilusionados, no era sólo la urgencia de ayuda para su proyecto, era una súplica para reconstruir la relación de hermanos, habían perdido a uno de los suyos, sin contar la ausencia mental de su madre para añadirle una desgracia más a su apellido malogrando el débil vinculo que aún los mantenía cerca.
Lo alegró sentir que ellos contaban con él, con ese simple gesto de invitarlo a uno de sus locos inventos, le demostraban cuanto deseaban su compañía. Retirándose las mantas que lo hacían lucir como un mendigo, asintió acompañándolos al nuevo laboratorio de los Weasley.
Un retintineo metálico llamó la atención entre sueños a Hermione, sin abrir los ojos se dio vuelta sobre la cama frunciendo el ceño por el incesante repiqueteo. Cubrió su rostro con las mantas para seguir soñando con cuervos blancos, lanzando un bufido al escuchar un ruidoso golpe seco sobre el suelo de madera. Despejó su menuda figura de las mantas, echando su enmarañado cabello hacia atrás, de inmediato se reconoció en la cabaña de Hagrid pero desconoció el lugar donde dormía.
Levantándose del improvisado lecho, se percató de la presencia de Malfoy tendido sobre la mesa. Descalza, sus pies sigilosos la llevaron a los límites del comedor revisando que Draco, no sólo había terminado su trabajo de aritmancia sino también los deberes de runas se hallaban completos, organizándolo todo antes de rendirse ante el sueño.
Su pecho se hinchó de un sentimiento tan grande que luchaba por mantenerse dentro del cuerpo, tuvo que sacarlo en forma de suspiro con una sonrisa resultado de su pensamiento al entender que él transformó el sillón en cama permitiéndole descansar. Era más de lo que cualquier de sus amigos había hecho alguna vez por ella y tuvo el impulso de abrazarlo nuevamente. Al acercarse a él, de soslayo observó un trozo de papel sobresaliente por debajo de uno de los brazos de Malfoy, de manera imperceptible lo arrastró hasta liberarlo del peso del rubio que apenas se movió.
Hermione, desplegó lo que parecía ser un folleto descubriendo así, el trabajo causante de la discusión entre ambos una noche atrás; lo devoró con la mirada, analizando cada letra plasmada, la belleza de los dibujos, la perfecta caligrafía y la sensibilidad con la cual narraba cada detalle del holocausto.
Sus ojos se colmaron de dicha, y el corazón acrecentó un incontrolable afán de estrujar a Malfoy contra su pecho, extendió los brazos inclinándose pero se detuvo a medio camino a simples centímetros de tocarlo, era una acción prohibida que no podía seguir cometiendo, unos límites tan difusos para ella que la asustaba el desconocimiento. Sólo una vez se permitió sentirse así con alguien y ese había sido Ron, sin embargo tan pronto cruzó el lindero que la acercaba más al amor, comprendió desilusionada que no era lo que buscaba y a consecuencia de ello, su amistad estaba arruinada.
Concluyó que lo mejor era mantener la distancia, tenía demasiadas cosas para ocuparse y la desbordaban aquellos sentimientos indescifrables, que de seguro no se resolverían aumentando el contacto físico con Draco.
Se decidió entonces a llamarlo quedamente para despertarlo y cederle su cama para permitirle descansar.
—Malfoy —susurró, viéndolo revolverse en un profundo sueño —Malfoy.
La alusión a su nombre lo extrajo del letargo de sus sueños. Su espalda crujió de golpe al incorporarse sobre la dura silla de madera que soportó su noche. Confundido, observó en derredor por las rendijas de unos ojos grises víctimas de desvelo, buscando aislar el sueño dirigió los brazos sobre su cabeza, arrepintiéndose al instante, una corriente de dolor se ramificó a través de sus hombros que parecían desencajados.
Apabullado, bajo con lentitud sus manos sin disimular el gesto trágico mientras se encontraba con la mirada amable de Hermione y sólo pudo preguntarse cómo resistía ella los estragos de dormir de esa manera sin exclamar si quiera una queja y siempre dispuesta a servirle en lo que le solicitara.
—¿Cómo estás? —preguntó ella con dulzura, consciente de las oleadas de dolor que arremetían en la espalda de Malfoy. Lo vio asentir con la cabeza con los ojos embelesados por el cansancio.
Otro golpe metálico proveniente de la cocina, le hizo recordar su fin principal, arrastrando los pies curiosa, se encontró con Fang estirado a sus largas contra la pared, empujando con golpes certeros de su hocico la jaula donde revoloteaba sin éxito el polluelo.
—Niño malo —regañó Hermione, dirigiéndose a prisa a salvar el ave—, fuera, no seas cruel.
El animal correteó por la cocina, estrellando sus garras contra la madera y gruñendo juguetón, estrellándose contra Hermione quien intentaba alcanzar la elevada jaula empinándose sobre sus pies.
—¿Necesitas ayuda? —cuestionó Malfoy, ocultando el malestar de la voz.
Ignorando la tozudez de Hermione quien continuaba aglutinada a la pared dando ligeros saltitos, se acercó a su espalda pegándose sin querer a su cuerpo y con un simple estirón alcanzó la vivienda del ave y la puso sobre las manos de Hermione, quien de espaldas a él ocultaba el rubor por la cercanía.
Ella sujetó la jaula esperando que Malfoy se moviera para darle espacio, sin embargo nada pasó. Encerrada por un mesón de un lado y del otro por Malfoy, su única opción de salida era un movimiento de Draco, se giró esperando que su respiración mantuviera el ritmo sin embargo ésta se estancó entre su garganta y su pecho al chocar con la plata de sus ojos detallándola al extremo. Todo a su alrededor era quietud, dándole la incómoda sensación que los golpes del corazón retumbaban contra los cristales de la cabaña.
—Permiso —murmuró Hermione, liberando el aire contenido.
—¿Cómo se dice? —indagó Draco, con un tirón en los labios que incomodó a Hermione—, no hay que olvidar los modales Granger.
Rodando los ojos Hermione, se sintió estúpida al olvidar el carácter déspota de Malfoy y empujándolo con la jaula presiono sin frutos para que la dejara pasar.
—No me has contestado, Granger —presionó Malfoy, divertido por las mejillas ruborizadas y el cabello hecho un nudo de Hermione.
—Por favor, permiso —murmuró entre dientes, mirando directo a la jaula.
—Con gusto, es todo un placer —suavizó el rubio enarcando una ceja y despejando el camino de Hermione.
Sin levantar la mirada, la bruja camino en dirección al comedor estrellando sus ojos con un bulto que permanecía junto a la chimenea desde el día anterior.
—Malfoy —llamó al joven que la seguía un paso atrás, extrayendo a Benten del nido en su jaula —, mi padre ha conseguido algo de ropa interior para ti.
Un brillo de plata alumbró los ojos de Draco, sintiéndose en mayor deuda con Hermione. Con pasos torpes se acercó al lugar que Hermione señalaba distraída mientras examinaba al ave. Su sorpresa fue en aumento al hallar no únicamente la ropa interior que tanto extrañaba sino algunas prendas adicionales, que en nada se comparaban con las ostentosas túnicas suyas, pero que le harían mucho bien a su apariencia. Sin mediar palabra, corrió estrepitosamente hacia al baño siendo perseguido por Fang entre ladridos y jugueteos.
La castaña, alimentó a la vivaz ave que abría el pico suplicando por comida. En ello, escuchó la regadera abrirse y algunos jadeos de Malfoy, ante el agua helada de la mañana, una risita se escapó de su boca, llamando la atención de los ojos azules de Benten.
La llevó a la cocina para que le hiciera compañía, mientras revisaba la comida y separaba algunas partes para calentarlas y dejarselas a Draco. De vez en cuando ojeaba el reloj de la cocina, impaciente por regresar a Hogwarts, el escarabajo en su mochila no había emitido ningún sonido así que imaginó que todo había transcurrido con naturalidad y su presencia no fue necesaria.
Los minutos transcurrían, y los sonidos en el baño se habían apagado desde algún tiempo. Hermione, inquieta por la tardanza pero incapaz de irse sin agradecerle a Draco por su ayuda, esperaba sentada en el comedor tamborileando las uñas contra la madera y observando al cuervo nuevamente en la jaula.
Fang, recostado frente a la puerta de baño, saltó inquieto ante la apertura de la hoja del mismo. La visión dejó estática a Hermione: Malfoy, emergía del baño vistiendo una camisa de abotonar blanca, elegantes pantalones negros y zapatos de amarrar, cada prenda parecía estar hecha a la medida. Caminando con las manos entre los bolsillos, había retomado su andar confiado, sus pasos seguros lo acercaban a Hermione y sus ojos grises no liberaban la aturdida mirada chocolate que parecía ver una aparición del pasado.
—Granger, puedes cerrar la boca que ves igual —se burló al ver el gesto impactado en Hermione.
Parpadeando ruborizada, se recriminó el hecho de atontarse de aquella manera ante la apariencia de Malfoy. Recobrando el aliento que llevó consigo la lucidez a su juicio, tomó los pergaminos de la mesa y obligándose a actuar de forma serena le dirigió una mirada a Draco, de pie, junto a la mesa.
—Gracias Malfoy —dijo, apretando los labios para no morderlos como quería—, este trabajo ha sido…Excelente. Tus palabras, las imágene,s todo ha estado mucho mejor de lo que yo hubiera imaginado.
Ver su sonrisa la estremeció más de lo que le gustaba. Se sentía incómoda en su postura inferior, poniéndose de pie esperó equilibrar la distancia y recobrar parte de su dignidad perdida.
—Con gusto, Granger —expresó, fascinado por el impacto de su presencia en Hermione, deseoso de provocarla aún más, se acercó enredando un rizo en torno a sus dedos y deslizando su mano a través de la mejilla lo condujo detrás de su oreja.
Hermione, inspiró todo lo que le daban sus pulmones sintiendo el olor limpio de Malfoy, y se mantuvo estática, el dominio no le alcanzó para evitar que su sangre se agolpara en las mejillas delatando la avalancha de sensaciones nuevas, confusas, atemorizantes y placenteras. Sin embargo, no se movió ni un centímetro bajo la mirada glaciar de Draco que centelleaba en picardía y cuyo brillo se iba apagando al entender que los sentimientos que deseaba camuflar como dependencia, eran algo más que se salía de su entendimiento.
—Bien, me voy —rompió el silencio Hermione, quebrando algo más en el centro de Malfoy.
Organizando los libros en su bolsa, ignoró la frustración de Malfoy al verla partir otra vez. Era necesario, era lo que debía hacer, pero no era agradable. Su único consuelo era saber que ella regresaría. Indeciso, pasó su mano peinando su impoluto cabello y al liberarlo, atrapó con ella la mano diligente de Hermione que guardaba el último de los pergaminos.
Percibiendo una calidez nerviosa en el agarre de Draco, levantó los ojos interrogante hallando la vacilación en la plata de los suyos. Descolgó un poco los hombros al llevar su otra mano a cubrir la muñeca de Malfoy, entendiendo que con ello lograría infundir seguridad.
—Hermione, debo pedirte un favor —solicitó, con un viso de súplica.
—Lo que necesites, yo haré lo que esté en mis manos para hacerlo —respondió sin vacilar, sintiendo la mano de Draco transpirar entre la suya.
Él titubeó por una diminuta fracción de tiempo, pero estaba decidido. Lo tenía resuelto desde la noche anterior, si deseaba empezar desde cero, había una parte de su pasado que se removía de forma persistente, y necesitaba despejarla para continuar. Tragando saliva visiblemente, fijó sus ojos glaciales sobre Hermione enseñándole la urgencia de su petición.
—Necesito que averigües dónde están mis padres, y me lleves a verlos.
Holi Bebés.
¿Cómo están?, espero que todo bien. Yo, vengo a excusarme por tardarme tanto en actualizar, estuve un poco enferma la semana pasada y no tuve mucha energía para escribir, pero ya regresé y como recompensa traje un capitulo un poco más largo de lo normal.
Como se los prometí se empieza a ver un poco más el dramione y la relación entre estos dos que tanto nos gustan. Espero que el capítulo haya sido de su agrado y sigan amando esta historia.
Le doy la bienvenida a las personas que se han unido a Luna de Plata, y un abrazo enorme a las que siguen aún leyendo desde los siglos de los siglos Amén.
Cambiando de tema y haciéndome autopromoción quiero invitarlos a leer dos One Shot que escribí (por si no los han leído) se llaman Cuatro Palabras y La Tormenta Perfecta ambos Dramione ambientados en la fecha de San Valentín, por cierto feliz San Valentín espero que hayan tenido mucho cariño.
Un agradecimiento especial a las personas que me dejaron un review el capítulo anterior, Jane Malfoy G, Shani777, Natdrac, loremmac, Marycielo Felton, Alice1420,krozc, Nitaws, JeAn Tonks BaEs, me alegra mucho leerlos, conocer su opinión de verdad puedo tener el peor de los días y leerlos es como la luz en una masa de oscuridad.
Bueno no siendo más me despido, muchísimas gracias por todo su cariño.
No olviden dejar un amoroso review.
Un abracito
Sta Granger.
