Disclaimers: Final Fantasy no me pertenece, así como sus personajes, algo que sus fans probablemente agradecerán aunque no lo sepan.
Comentarios:
—Bla bla bla Diálogo.
«Bla bla bla» Pensamientos.
Bla bla bla Recuerdos, palabras dichas con remarcada ironía y Jenova.
Final Fantasy IIIX
por Ayumi Warui
Capítulo 14. Lo tuyo es mío y lo mío también (II).
Gracias a la inestimable guía de los cuervos eléctricos asesinos, que no dejaron que nuestros protagonistas acabasen perdidos por los montes helados ni víctimas de las trampas mortales de la fauna autóctona, y a los elementos que tan amablemente les proporcionaban, los cuatro días de sufrido viaje por las montañas fueron mucho más llevaderos de lo que Yuffie había calculado. Al menos podían curarse durante los combates, aunque eso no evitó que se helasen de frío durante todo el día, durmiesen sobre el duro suelo, mojados por las lluvias torrenciales y azotados por granizo, o que Barret y Cid tuviesen que arrastrarse a tramos para descansar sus maltratados pies, ya que Redypuchi se había ofrecido para llevar a la pobre Tifa sobre su lomo, Vincent y Aerith tenían botas, y Cloud, después de toda su infancia teniendo zapatos sólo un mes de cada cinco, desde que encontraba unos en el contenedor del pueblo hasta que se desintegraban por el uso, tenía la planta de los pies casi tan dura como su cabeza. El hambre y la sed no contribuyeron a hacer agradable el viaje, así como los cánticos a las tres de la madrugada de los cuervos que los acompañaban y a los que no podían criticar, no fuese que los dejasen tirados allí, sin elementos.
Con todo esto, no es de extrañar que cuando el grupo al fin divisó a lo lejos Wutai, todos menos Vincent dejasen escapar unas lagrimitas de emoción.
—Por fin... Wutai... —logró decir Tifa, pañuelito en mano.
—Creí que nunca llegaríamos —añadió Redypuchi.
—Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar —recitó Vincent y las miradas psicóticas de sus compañeros le hicieron concluir que era mejor dejar los proverbios para otro momento.
—Ahora entiendo por qué se llamaban Montes Mortales Sin Retorno —declaró Barret, con solemnidad—. Nadie en su sano juicio volvería a ellos.
—Dejémonos de celebraciones, aún tenemos algo que hacer —les recordó Aerith, a quien lo único que la había mantenido con ánimos durante aquellos días era pensar en todo lo que le iba a hacer a Yuffie cuando cayese en sus manos.
—A todo esto, ¿qué es eso que sobresale por encima de la ciudad y por qué se oyen tantos gritos? —curioseó Redypuchi.
—Qué poco mundo tienes, tronch. Eso es una ·!&) montaña rusa y la gente grita cuando sube ahí porque nadie los amordaza primero, tronch —explicó, haciéndose un cigarrillo con los restos de los que había ido racionando durante el viaje.
—¡¿Qué hace ahí una montaña rusa?! —exigió saber Aerith.
—Yo oí decir en SOLDIER que, cuando Wutai perdió miserablemente la guerra, acabó convirtiéndose en una ciudad turística para reflotar su economía. Un amigo mío me dijo que habían montado un parque temático que era la leche y que, como Shinra se sacaba una pasta gracias a las máquinas expendedoras que tenía allí repartidas, pues a nadie le molestó el cambio de la ciudad —confesó Cloud.
—¡Claro! —exclamó la cetra—. ¡Por eso Zack siempre se quedaba días de más cuando tenía misiones por esta zona! ¡Será desgraciado! ¡Y a mí ni siquiera me sacaba a pasear al parque de la esquina, se pasaba el día metido en casa haciendo favores a mamá!
—Pero... ahora que el pueblo ha crecido tanto y está lleno de turistas y excursiones escolares, ¿no será muy difícil encontrar a Yuffie? —temió Tifa—. Además, no sé si nos dejarán entrar vestidos así...
—Tranquila, entraremos, caiga quien caiga.
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—No podéis pasar —declaró sin compasión uno de los guardias uniformados y armados con porras que había en la entrada del Parque Temático Wutai.
—¡¿Cómo que no?! —corearon nuestros sufridos protagonistas.
—¡Llevamos más de cinco horas haciendo cola! —se quejó Aerith.
—Nos da igual. No pensamos dejar entrar a exhibicionistas, podría provocar que los padres puritanos dejasen de traer a sus niños al parque, lo cual sería una catástrofe peor que la caída de un meteorito.
—¡¿A quién has llamado exhibicionista?! —saltó Barret—. ¡Si vamos en gallumbos es por un asunto de fuerza mayor!
—¡Eso! ¡Eso! —apoyó Cloud—. ¡No sabéis con quién estáis hablando! ¡Yo estuve en SOLDIER!
—¡Y él en los Turcos! —añadió Tifa, señalando a Vincent.
—¿Has dicho que este tipo es de los Turcos? —se interesó uno, mirando de arriba abajo al moreno—. No me lo creo, no lleva traje chaqueta negro.
—¡Eso es porque va de incógnito! —inventó Aerith.
—No sé, no sé...
—Pero, tío —dijo un guardia al otro—, mira que como sea el Turco ese que decían los otros que faltaba y no lo dejemos entrar... igual los de Shinra se mosquean y dejan de subvencionarnos y elegirnos de destino para las vacaciones de sus soldados. No podemos arriesgarnos a perder tantos clientes de golpe...
—Pero tampoco podemos dejar entrar a esos tres medio desnudos, aunque vayan con el Turco.
—Si el problema es la ropa —intervino Redypuchi—, si nos prestáis una, ellos se la pondrán sin quejas.
—¿Sea lo que sea? —dudó el soldado.
—Sea lo que sea —asintió Aerith—. Yo me ocuparé de ello.
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—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Yo quiero volver a subir sobre el chocobo! —exigía un mocoso malcriado.
—Pero, cariño, si ya has dado treinta vueltas sobre él, doce sobre le leoncito rojo y te has hecho quince fotos con el señor oso y el señor moguri fumador —dijo la madre, mirando con lástima a Redypuchi y a aquellos gigantes peluches que contenían en su interior tres sufridos hombres.
—¡Yo quieeeeeeeeeeero!
—No se preocupe, señora, puede dar una vuelta más si quiere, a mitad de precio —dijo Aerith dedicándole la mejor de sus sonrisas a ambos, mientras sus dedos acariciaban los billetes que habían ganado ya.
—¡Va, pero esta es la última!
Tras unas diez vueltas más y cinco fotos, al fin se marcharon y, antes de que otros niños los asaltaran, se alejaron para hacer una pausa fuera de la vista de los clientes.
—¡Aaargh! ¡No puedo más! —exclamó el chocobo de peluche, tras sacarse la cabeza del disfraz con las patas, ya que las alas no llegaban, lo cual había dejado al descubierto a Cloud—. ¡Ese mocoso casi me desloma! ¡Y aquí dentro me estoy asando como un pollo!
—Nunca mejor dicho —sonrió Aerith.
—¡#&ç#&!¬+#! ¡Deja de quejarte de una #&ç# vez! —exclamó el moguri—. ¡Tú al menos no estás en un #!¬+# peluche rosa #&ç##, tronch!
—Yo no veo los trajes tan malos —opinó Barret, desde el interior del oso de peluche gigante—. ¿Creéis que a Marlene le gustaría?
—Lo dudo —corearon Tifa y Cloud, buenos conocedores de los gustos de la niña, que estaban muy alejados de las muñecas y los peluches.
—La verdad es que nosotros nos llevamos la peor parte —se quejó Redypuchi—. Tú sólo tienes que ocuparte de cobrar, Aerith; Tifa se ocupa de controlar que los niños que esperan su turno no se ansíen demasiado, y Vincent sólo mantiene la comunicación con los cuervos a ver si ya han localizado a Yuffie, pero nosotros no hacemos nada más que cargar con mocosos como si fuéramos mulas.
—Si sólo fuera eso, tronch —replicó Cid, que no pensaba quitarse la cabeza de moguri por temor a que alguien lo reconociese, cosa que a Barret no parecía importarle lo suficiente como para seguir soportando el calor que le daba la cabeza de oso—. ¡Pero lo de las &!¬+# fotos y los globitos me puede, tronch!
—No os quejéis tanto —ordenó la chica de ojos verdes—. Ya sabéis que tenemos que comprar entradas especiales ultracaras para entrar en la zona VIP del parque, la zona de temática oriental, que es donde seguramente se esconderá Yuffie, ya que es donde va la gente con más pelas. Necesitamos cuatrocientos mil gils por cabeza y ya hemos reunido... diecisiete mil —contó.
—¡Podemos pasarnos toda la vida! —se desanimó Tifa—. Tiene que haber otro modo más sencillo.
—He oído comentar a unos padres —dijo Cloud— que tienen una atracción nueva en la zona VIP que hace furor. Se llama la SuperMegaUltraCatapulta y consiste en eso, una catapulta que arroja a la gente contra esa horrible estatua, Da–chao o algo así, que hay grabada en la montaña. ¡Hay colas de hasta siete horas para subir!
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que hablábamos? —murmuró Aerith.
—Nada, pero he sentido la necesidad de contároslo.
—Pues no interrumpas las conversaciones de los adultos para decir estupideces —lo reprendió.
—¡Oye! ¡Porque tengas un año más que yo no tienes por qué darte tantos aires! ¡Porque, te recuerdo —remarcó con una pose supuestamente chulesca, pero que dado su disfraz de chocobo no quedaba demasiado impresionante— YO estuve en SOLDIER y tú, no!
—Oye, ¿no has oído como si alguien por aquí hubiese dicho "SOLDIER"? —les llegó una voz femenina, cercana, que se suponía que les tenía que resultar familiar, pero ninguno de ellos recordaba.
—¿Qué más da eso? —replicó otra, ésta masculina, que ya les iba siendo más conocida.
—¡Investiguémoslo! ¡Tal vez sea...!
De pronto, de detrás de una esquina, aparecieron tres individuos vestidos con trajes chaqueta negros. Uno era un pelirrojo que iba comiendo manzana caramelizada, otro era calvo y con gafas de sol, y la tercera era chica rubia con el pelo corto y los brazos cargados de peluches que habían conseguido en las atracciones de feria. Se hizo un breve silencio, mientras los Turcos intercambiaban una larga mirada con nuestros héroes, antes de que fuese interrumpido por Reno:
—¡JUAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—¡¿De qué te ríes?! —exigió saber Cloud, rojo de rabia y vergüenza.
—¡JUAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —contestó éste.
—¡Es el grupo de Cloud! ¡Es el grupo de Cloud! —repetía Elena, extasiada, al tiempo que estiraba de la manga de la chaqueta de Rude, que no había cambiado de expresión ni un ápice—. ¡Tenemos que atraparlos! ¡Tseng se pondrá tan contento que aceptará a venir también al parque con nosotros de vacaciones!
—¡Ey, ey, ey! —empezó Reno, olvidando su ataque de hilaridad—. ¡No pienso mover ni un dedo en vacaciones! Si quieren pillarlos, que manden soldados.
—¡Pero Tseng dijo...!
—Mira, Elena —la interrumpió el pelirrojo, mientras agitaba la manzana ante su cara—, ¿acaso olvidas que Tseng, inexplicablemente, está por la Vieja ésta de aquí?
—¡Anciana! —corrigió Aerith.
—Pues si se la llevas a Tseng —continuó, ignorándola—, piensa que la tendrá a su merced para hacerle todas las depravaciones que quiera para así poder reproducirla todas las veces que sea necesario para acabar el experimento ese de Hojo que duraba sopocientos años.
—Qué más quisiera... —murmuró Aerith.
—Bueeeeeno... —musitó Elena, menos tentada con la idea de capturarlos—. Tampoco podemos tomar este tipo de iniciativas sin tener órdenes directas de apresarlos, ¿no?
—Sabía que lo entenderías —asintió el pelirrojo y, luego de dar un mordisco a su manzana, volvió a girarse hacia el grupo y añadió—: Por cierto, aparte de para amenazar con matar a la gente de un ataque de risa, y bajar mi libido para varias semanas —añadió observando a Barret en el traje de oso—, ¿para qué diablos os disfrazáis de peluches?
—Oh, vaya, no esperaba que te interesase —confesó Cloud.
—En realidad no me interesa, pero es que a este paso tendré menos frases en la historia que nuestro difunto ex–presidente.
—O que Vincent, que es aun peor —añadió Barret.
—¿Vincent?... —repitió lentamente el Turco, dirigiendo la mirada en la misma dirección que Barret, con lo que se encontró con el oscuro personaje—. No puede ser... Pero ese color de ojos... ese aire pasota... ¡¿eres Vincent Valentine, antiguo miembro de los Turcos?!
—Afirmativo —respondió este, sin pestañear.
—¡Wow! —exclamó Reno, lanzando la manzana hacia atrás. Ésta, sin embargo, no tocó el suelo, ya que todos los del grupo, excepto Vincent, se abalanzaron sobre ella para disputársela y así llevarse algo de comida a la boca después de cuatro días de ayuno—. ¡No me lo puedo creer! ¡El legendario Turco, Vincent Valentine! ¡Que jamás cuestionó una orden, ni fracasó en una misión, ni desperdició una bala! ¡Eres mi héroe desde que era niño! ¡Si me metí en los Turcos fue para ser como tú!
—Pues tú siempre cuestionas las órdenes, nunca das golpe y no usas armas de fuego —se extrañó Elena.
—Detalles sin importancia.
—Yo creía —participó Rude por primera vez—, que dijiste que te metiste en los Turcos porque había muchos tipos macizorros.
—Sí, bueno, por eso también —aceptó sin problemas—. ¿Me firmas un autógrafo en mi porra eléctrica? —pidió a Vincent.
—Vale...
Después de la firma y de que Elena invitase a los miembros del grupo a unos perritos calientes para que dejasen de pelearse, vinieron las explicaciones.
—Ya veo... —dijo la rubia cuando acabaron de contar su historia—. De modo que vuestra compañera os robó todo y os dejó tirados al otro lado de la isla y vino aquí... Qué historia tan terrible.
—Sí, terrible —asintió Reno como si no le importase un comino—. Bueno, nosotros ya hemos cumplido. Nos largamos a seguir disfrutando de nuestras vacaciones.
—¡Ey, un momento! ¡¿No vais a ayudarnos?! —se indignaron Cloud, Barret y Aerith.
—¿Antes de largaros podéis invitarme a un paquete de puros, tronch?
—¡Por favor, tenéis que ayudarnos! —suplicaban Tifa y Redypuchi.
—¿Por qué deberíamos? —quiso saber Reno.
—Pu–pues...
—¡Porque —empezó Aerith—, si nos ayudáis, os regalaremos una copia firmada del disco en concierto del grupo favorito del nuevo presidente, Rufus: B–tal!
—¡¿Qué?! —corearon todos los del grupo menos Vincent y Cid, que no sabían qué grupo era aquel.
—¿Cuándo grabaste eso? —quiso saber Cloud, hablando en susurros.
—¿Cuándo va a ser? ¡Durante el concierto en el barco! —respondió de igual modo—. He mandado hacer varias copias para sacarme un extra vendiéndolos en Junon cuando regresemos.
—No me acaba de convencer vuestra oferta —señaló Reno.
—Por favor, por favor... —suplicó Tifa, deslumbrándolos con esa mirada.
—¡Argh! ¡Vale, de acuerdo, os ayudaremos a partirle las piernas a esa mocosa!
—Basta con capturarla —objetó Tifa.
—Sí, eso —apoyó Cloud—. No la dañéis, que la queremos toda para nosotros.
—Necesitaremos refuerzos —supuso Rude, sacando un PHS de su bolsillo.
—Y un plan —añadió Elena.
—¿Y saber dónde está? —agregó Redypuchi.
—Ya la han localizado —anunció Vincent tras interpretar unos graznidos en la lejanía—. Está en la zona VIP, en algo llamado La Pagoda.
—Es mejor que no la ataquemos en su terreno, es demasiado astuta y hábil para dejarse vencer ahí —dedujo Aerith.
—¡Usemos un señuelo para atraerla a una trampa! —sugirió Cloud—. ¡En SOLDIER nos enseñaron a cazar todo tipo de terribles enemigos con señuelos de todo tipo, como gominolas, gusanos, chocobos, compañeros de escuadrón...!
—¿Quién sabe? Tal vez esa estupidez podría funcionar...
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Ignorante de lo que se urdía contra ella, la joven Yuffie intentaba respirar pese al kimono que su madre le había obligado a ponerse para participar en una ceremonia del té familiar.
—¿Hacía falta disfrazarme de esta manera? —se quejó la chica—. ¡Con esto hasta me cuesta robar!
—¡Deja de rezongar, hija! —reprendió Godo—. ¡Tienes que estar muy guapa y elegante para causar una buena impresión a tu tatarabuela!
—¡Pero si la tatarabuela ya me conoce!
—Pero, hija, tenías diez años cuando te marcharse de Wutai —le recordó con dulzura su madre, Máteria Kisaragi, mientras le clavaba sin contemplaciones una horquilla en el peinado postizo—, la bisabuela ya casi ni te recuerda.
—¡Pero ¿qué más da la impresión que le cause?! —se quejó, aguantando las lágrimas, y no de pena precisamente—. ¡Ya nos dejó muy claro hace seis años que si no le conseguíamos el regalo que siempre pedía por Navidad a Santa Claus y nunca recibió, nos desheredará y dejará toda la fortuna y el parque temático a su nuevo novio! ¡Es por eso que, después de sufrir vuestros durísimos entrenamientos para ser capaz de captar materia a kilómetros de distancia, me fui para conseguirle toda la materia del Planeta, ¿no?!
—Bueno, sí, niña, pero eso no quita que pueda retractarse y si no le pareces digna te desherede directamente —señaló Máteria.
—La verdad es que lo estás haciendo muy bien, hija —felicitó Godo—. Según el detector de materia que robaste a Shinra, ya sólo quedan materias por robar en el Gold Saucer, el continente del norte y un par de islas perdidas de la mano de Dios. ¡Un esfuerzo más y lo lograremos antes de que la vieja estire la pata!
—¡Muhahahaha! —oyeron una voz.
—¡¿Quién está ahí?! —corearon los tres.
—Soy y... ¡aaargh! —exclamó un joven de veintipocos años, piel muy morena y aspecto de chulo de playa, cuando más de veinte kunais casi se clavan en su cuerpo (suerte que su tabla de surf lo salvó)—. ¡¿Acaso intentáis matarme?!
—Uy, disculpa, Bobby, ha sido la costumbre —pidió Máteria, con una sonrisa encantadora, guardando las armas bajo su kimono—. Deberías llamar antes de entrar. Por cierto, ¿qué querías?
—¡Ah, sí! —recordó sus motivaciones. Luego, con pose de chulo, empezó—: ¡Muhahaha! ¡Tus esfuerzos son inútiles, Yuffie! ¡Nunca conseguirás toda la materia del mundo, y la fortuna de tu tatarabuela pronto será mía! ¡Muhahahaha!
—¡Maldito chulo de playa! —saltó Yuffie, aunque no literalmente porque al intentarlo tropezó con sus zuecos y cayó de cara al suelo. Luego de incorporarse tras tan patética escena, añadió—: ¡Te crees muy listo por haberte ligado a mi tatarabuela en esas vacaciones que hizo a Costa del Sol y haber conseguido que te quiera hacer heredero por encima de su familia!
—No me negarás que he dado el braguetazo de mi vida —declaró con descaro.
—¡Bueno, sí, pero yo no permitiré que te salgas con la tuya! ¡Como que me llamo Yuffie Kisaragi que esa fortuna será mía!
—¡Señora Máteria! —entró una sirvienta, de pronto, en la sala e, instantes después, se encontró empotrada en la pared con las mangas y la falda del traje clavadas ahí con shurikens.
—¡Ay, perdona, es que me has pillado por sorpresa! —se disculpó Máteria, acercándose a ella—. ¿Qué querías?
—Señora Máteria, ¡ha llegado un hombre extraño diciendo que es un sabio ermitaño que conoce la localización de una materia legendaria!
—¿Una materia legendaria? —corearon los cuatro, con interés.
—Hazlo pasar.
De un grito desde la pared en la que aún permanecía inmovilizada, la sirvienta llamó al ermitaño, quien entró renqueante. Era un anciano encorvado y dueño de una barba que casi barría el suelo, vestido con túnica amarillo chillón y collares tan largos que le tropezaban con las rodillas. En su mano derecha portaba un largo báculo.
—Bienvenido a la Pagoda de Wutai, señor ermitaño —saludó la madre de Yuffie, con su sonrisa de no haber roto un plato en su vida—. Soy Máteria Kisaragi, bisnieta de la actual jefa de Wutai y dueña del parque temático. Me han dicho que ha venido con la intención de informarnos del paradero de cierta materia, imagino que atraído por el anuncio que pusimos en el Gold Saucer de que coleccionábamos materias con fines benéficos...
—¿Ni siquiera vais a ofrecerle asiento y unas pastitas a un pobre y sabio anciano? —se hizo la víctima el recién llegado.
—¡Oh, qué descuido tan imperdonable! ¡Siéntese, por favor! —ofreció la mujer y luego se giró hacia su hija y añadió—: Yuffie, querida, pide que le traigan unos dulces a nuestro invitado...
—¡Túuuuu! —exclamó el ermitaño, al tiempo que agitaba su báculo a escasos centímetros de la nariz de Yuffie.
—¡Le juro que yo no fui quien le robó la materia! —aseguró ella, por costumbre.
—¡Tú eres la chica de la que hablan los antiguos escritos! —reveló el viejo.
—¿Eh? —corearon los otros cuatro.
—¿Antiguos escritos? —repitió Bobby, que se había autoinvitado a participar en aquella reunión improvisada—. ¿Hablas del Apocalipsis? Porque no se me ocurre dónde más pueden nombrarla...
—¡Tú calla! —ordenó Yuffie lanzándole un zueco a la cabeza. Después del intento de homicidio que no llegó a asesinato gracias a que Bobby interceptó el proyectil con su tabla de surf, Yuffie se giró hacia el ermitaño—: ¿De qué hablas y qué tiene que ver la materia con esto?
—Ahora soy un ermitaño, pero en el pasado fui un investigador de Shinra que trabajaba en la sombra para los proyectos más ultrasecretos. Es por eso que, para que no me matasen para silenciarme, tuve que huir a las montañas. Allí continué por mi cuenta con la que ha sido la investigación de toda mi vida, la cual empezó cuando encontramos unos escritos de los Ancianos que hablaban de una materia legendaria creada por el Planeta para poder reunir todo su poder cuando lo desease en un solo lugar: ¡la Atrae–Materias! —reveló con sumo misticismo y un trueno salido de la nada enfatizó sus palabras.
—¡¿A–a–atrae–Materias?!
—Un... un momento... —pidió Yuffie, temblando de la emoción—. ¡¿Estás diciendo que existe una materia que puede atraer todas las demás?!
—Eso mismo —asintió el ermitaño—. Y esa materia... ¡está aquí, en Wutai!
—¡Imposible! —corearon Máteria, Bobby y Godo, quien añadió—: ¡Si hubiese otra materia, aparte de las que ya tenemos, saldría en el detector de materias que consiguió mi hija!
—No, papá, no es imposible —reveló Yuffie, recordando que el detector no le había revelado la localización de la protomateria que Vincent llevaba en su cuerpo—. Entonces, viejo, ¿cómo estás tan seguro de que está aquí?
—Es lo que decían los escritos —aseguró el ermitaño—. Cuando supe esto y llegó a oídos de Shinra, decidieron iniciar una guerra con Wutai para buscarla, pero por más que reventaron rocas y saquearon, no la hallaron...
—Yo creía que la guerra con Wutai había empezado porque un niño de aquí le pegó un chicle en el pelo al antiguo presidente de Shinra en una visita diplomática —recordó Máteria.
—Bueno... —empezó el ermitaño, secándose el sudor de la calva con la cortina de seda—, esa fue la excusa que se dio al ejército y al pueblo —inventó—. Pero, aunque no encontraron la materia, no se rindieron y, mientras yo continuaba investigando y me fugaba con toda la documentación, ellos aún mandan a Wutai a sus soldados y sus Turcos, según ellos para que pasen las vacaciones, con la intención de que sigan buscando.
—¡Claro, por eso siempre vienen a Wutai en vez de ir al Gold Saucer! —exclamó Godo.
—Yo creía que era porque aquí tenían entrada y consumiciones gratis —admitió Máteria.
—¿Y qué tiene que ver Yuffie con todo eso? —quiso saber Bobby.
—Los de Shinra no pueden encontrar la materia legendaria porque, según los Ancianos, esta materia especial sólo se muestra ante los elegidos y... ¡tú, Yuffie, eres una elegida! —sentenció con tanta emoción que casi se le sale la dentadura postiza.
—¡Oh, mi hijita es una elegida! —aplaudió Máteria.
—¡Sabía desde que, de bebé, se me cayó a la atracción de los rápidos con pirañas y llegó entera al final del recorrido, que era una niña con suerte! —declaró Godo.
—Pero he vivido durante diez años en esta ciudad y nunca he visto esa materia —le señaló la joven ninja.
—Eso es porque no has buscado en el lugar correcto, ni en el momento correcto —le aseguró el ermitaño—. Yo te llevaré.
—¡De acuerdo, vayamos ahora! —decidió, impaciente.
—Pero, Yuffie, hija, ¿y la ceremonia del té con tu tatarabuela? —le recordó Máteria cuando su hija se arrancó el tocado.
—Volveré antes de que ella acabe su sesión de chocolaterapia —aseguró decidida, lanzando el kimono sobre Bobby, con lo que dejó al descubierto que bajo éste (no se sabe cómo) vestía su atuendo de ladrona de siempre, con el guante incluido.
—Si eso, niña, mientras te preparas yo iré a hacer pipí —anunció el ermitaño—. Ya sé por dónde es —se adelantó al ofrecimiento de la sirvienta empotrada en la pared—, he ido cinco veces desde que llegué a la Pagoda.
Y, sin esperar respuesta, abandonó la sala, renqueante y, en cuanto llegó a la primera zona segura, sacó un PHS de su barba y musitó junto al aparato:
—Misión cumplida. La hiena sale de su guarida...
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—¿Estás seguro de que está AHÍ? —preguntó con disgusto Yuffie, contemplando la entrada de la atracción ante la que llevaban tres horas haciendo cola: el Laberinto de los Molboles, atracción en la que te armabas con una máscara de gas y tenías que atravesar un laberinto de espejos con musgo, casi a oscuras, hasta el final, sin que ninguno de los molboles salvajes que paseaban por dentro te convirtiese en su merienda. Para darle un plus de emoción, los grupos eran de una persona y se entraba sin elementos, materias de invocación, ni PHS.
—Sí, segurísimo —aseguró el falso ermitaño—. Está en algún rincón de ese laberinto y SÓLO TÚ puedes encontrarla. Yo te esperaré fuera tomando el solecito.
—Grr... De acuerdo, no puede ser tan difícil —se dijo Yuffie—. Además, he traído conmigo algo de materia a ver si hay suerte y me lleva hasta la Atrae–Materias.
—Tome, su máscara de gas —le ofreció sonriente la trabajadora—. No se la quite en todo el trayecto si no quiere coger estados alterados por el aliento de los molboles, y nunca vuelva atrás.
—¡No tengo miedo de unos pocos molboles! —aseguro, sin embargo cogió con fuerza la máscara—. ¡La gran cazadora de materias Yuffie nunca falla! ¡Muahahahaha!
Nada más la chica atravesó la puerta, el falso ermitaño le dio un fajo de billetes a la contenta trabajadora, quien a continuación colocó un cordón en la entrada y se dispuso a informar a la clientela que hacía cola que la atracción iba a estar cerrada hasta dentro de un par de horas.
Ignorando que acababan de cortarle la retirada, Yuffie caminaba con sigilo por el laberinto, mientras esquivaba las enredaderas venenosas del suelo y se acariciaba la cara tras clavarse la máscara en el último morrazo contra su propia imagen en un espejo. De momento no había visto ningún molbol, aunque no es que pudiese ver muchas más cosas ahí dentro, pero usar la materia fuego o la fulminar para hacer luz sólo serviría para que las decenas de molboles que oía respirar y arrastrarse por la zona la localizasen. Lo peor de todo era que aún no había ni rastro de la Atrae–Materias.
«¿Al final he revisado el camino de la izquierda en la trigésima quinta bifurcación o aún estoy en el de la derecha?... —hacía memoria la muchacha cuando, para su sorpresa, llegó a un punto del laberinto donde el camino se ramificaba en siete, sin contar por el que venía—. Genial... ¿Ahora por dónde se supone que tengo que ir? ¿Doy marcha atrás?».
Yuffie dejó su debate interno para otro momento cuando oyó el ruido producido por algo que se aproximaba por uno de los caminos de la derecha. Luego de otro. En uno de la izquierda también... Estaba claro que algo se acercaba por todos lados y temía que fuera un molbol o incluso un gran molbol, pero lo primero que su vista captó, justo delante de ella, fue mucho más terrorífico y mortal.
—Por... fin... —le llegó una voz iracunda que arrastraba las palabras al tiempo que las pesadas botas de su dueña aplastaban hierba—, te... ¡encontramos! —bramó con los ojos brillando de pura ira.
—¡A–a–a–aerith! —exclamó, horrorizada, Yuffie, sin preocuparse porque la pudiesen oír los monstruos, que ahora se le antojaban tiernas criaturas en comparación con el demonio vestido de rosa que tenía ante sí—. ¡¿Cómo has logrado llegar a Wutai?!
Pero, antes de que la cetra dijese nada, Redypuchi, apareciendo por otro de los caminos, dijo:
—¡Hemos llegado tras sufrir mucho por tu culpa!
—¡Maldita! —se oyó la voz de Barret, mientras éste aparecía por otro pasillo, todavía vestido con el disfraz de oso, pero Yuffie estaba demasiado asustada como para que eso le resultase gracioso—. ¡¿Cómo te atreves a intentar robar al Planeta su materia?!
—¡Chicos, todo esto tiene una explicación!
—¡Claro que sí! —afirmó Cloud, que apareció vestido con un traje de soldado raso de Shinra, que le habían prestado, y armado con una espada reglamentaria del ejército—. ¡Que eres una ladrona y has creído que podías burlarte de mí, que estuve en SOLDIER!
—¡¿Yooooooooo?!
—No te hagas la inocente, tronch —intervino Cid, que había regresado a su atuendo inicial, es decir, a su taparrabos diseño de campeón de sumo—. ¡Devuélveme mi #&ç#& tabaco, so #&ç#&!¬+#!
—¡¿Cómo has podido hacernos esto?! —quiso saber Tifa, haciendo acto de presencia por el único camino libre—. ¡Eres nuestra compañera! ¡Nosotros te considerábamos una amiga y tú nos has traicionado!
—Chicos... chicos... No os exaltéis... —pidió Yuffie, retrocediendo mientras los otros avanzaban. Viendo que lo más inteligente era huir, se dio la vuelta dispuesta a volver por donde vino, pero entonces se encontró con Vincent, rodeado por cuervos—. ¡Iiiih! ¡¿Cuándo te has colocado ahí?!
—Será mejor que te rindas —aconsejó.
Yuffie no estaba de acuerdo con la lógica de Vincent, sabía que Aerith, Barret, Cloud y Cid no iban a tener compasión con ella aunque se entregase sin ofrecer resistencia. El único modo de salvarse era escapar cuanto antes, así que, tras un rápido estudio de sus posibilidades, decidió que escogería el camino en el que estaba el rival más débil. Con su agilidad ninja, potenciada por materia súper velocidad, corrió como un rayo en dirección a Cloud, dio un espectacular salto con doble tirabuzón tras el que aterrizó sobre la rubia y puntiaguda cabeza del ex–SOLDIER e, impulsándose en ésta, regresó al camino, superado el obstáculo, y continuó corriendo sin mirar atrás.
—¡Cloud, estúpido, la has dejado pasar! —reprochó Barret.
—¡Tras ella, que no escape! —ordenó Aerith, y todos salieron en su persecución.
En su loca carrera, Yuffie se percató pronto que de las bifurcaciones a los lados de su camino aparecían soldados de Shinra y hombres con traje chaqueta que intentaban convertirla en un colador pero que, haciendo gala de una puntería propia de los malos de las películas del oeste, sólo lograban abatir a los suyos. Pronto se sumaron a la amenaza molboles que, arrastrándose a una velocidad que cualquiera habría dicho que volaban, perseguían a la joven ninja, o al menos lo hacían hasta que encontraban algún soldado rezagado al que hincarle los tentáculos. Yuffie, sin embargo, ni se había percatado de que aparte de amenazarla balas, le pasaban por el lado escupitajos de molbol y le llovían cristales de los espejos, ya que la manada de cuervos que volaban sobre su cabeza dejando caer granadas tenían toda su atención monopolizada.
—¡A por ella! ¡Que no huya! —le llegaba, lejana, la voz de sus antiguos compañeros de grupo, acompañada por el sonido de las explosiones.
«¡Fuerza, Yuffie! ¡Ya casi lo has conseguido!», se dijo, usando sus últimos puntos de magia en un cura total, sin dejar de correr por ello ni apartar su mirada del cartel con el rótulo "SALIDA" que había al final del corredor.
—¡Nooooo! ¡Ha encontrado la salida!
—¡Por fin libreeeeeee! —exclamó la ninja en cuanto sus pasos la llevaron al exterior del laberinto. Sin embargo, su alegría fue muy breve, puesto que la total ausencia de turistas en aquella zona hizo saltar una alarma en su cabeza. Bueno, eso, el ruido de los helicópteros y los focos de estos que la iluminaban mientras, desde uno de ellos, Elena gritaba con un altavoz:
—¡Yuffie Kisaragi, estás rodeada! ¡Entrégate sin ofrecer resistencia!
—¡Y UN CUERNO! —respondió ella, dispuesta a correr hasta el fin del mundo, sentimiento que se vio reforzado cuando sus ex–compañeros de grupo salieron también de la atracción, junto a los cuervos, dispuestos a capturarla. No había ni rastro de los soldados y turcos que la habían seguido o de los molboles, probablemente porque estaban muy entretenidos los unos con los otros, dentro de la atracción—. ¡JERONIMOOOOO! —gritó ella mientras, perseguida por ráfagas de disparos de los helicópteros, y por Cloud y compañía, intentaba crear un plan de emergencia para salvar la vida y conservar la materia, aún no había decidido en qué orden de importancia.
Sin embargo, su loca carrera se vio bruscamente interrumpida cuando, esperando para recuperar el shuriken que había lanzado contra sus perseguidores, le cayó del cielo una red que la capturó. El helicóptero que al fin la había apresado, ganó altura de modo que dejó a la ninja colgando en el aire, en una postura imposible que había adoptado dentro de la red.
Los cuervos, viendo que era su oportunidad, fueron a picotearla un poco.
—¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Malditos pajarracos! —Cuatro de ellos se cansaron de hacerlo, lograron lo que buscaban y se separaron de Yuffie, en dirección a nuestros "héroes"—. ¡Devolvedme eso!
Las aves negras llevaban en sus garras unos objetos redondos que dejaron caer. En manos de Aerith aterrizaron dos de esos objetos, uno azulado y otro verde, y en las de Cid y Cloud cayó uno amarillo.
—¿Una materia fuego y una materia cuadrimagia? —reconoció la cetra.
—¿Materia gesto? —corearon Cid y Cloud.
Se hizo un breve silencio mientras se miraban entre ellos, antes de que una sonrisa diabólica se dibujase en sus labios mientras colocaban las materias en las ranuras de sus "armas". Yuffie sintió un escalofrío, y eso que no los había visto, y de pronto todos los cuervos se alejaron de ella, justo segundos antes de que la voz de Aerith sonase con fuerza, alzándose sobre el escándalo:
—¡FUEGO 3!
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
—¡Jo! ¡Sois unos desalmados! —refunfuñaba Yuffie, o lo que quedaba de ella tras recibir una cadena de fuegos 3, multiplicados por cuatro por la materia cuadrimagia y gesticulados por Cloud y Cid hasta que a la cetra se le acabaron los puntos de magia. Ahora la muchacha parecía recién salida de un baño de hollín, y debido a la cadena que le ataba los brazos al tronco y cuyo extremo sostenía una implacable Aerith, cualquier opción de fuga había sido eliminada—. ¡Mira que aliaros con nuestros enemigos para atraparme!
—Entre ellos y tú, está claro quién es el mal mayor —declaró Cloud, sin piedad.
—Tal vez nos hemos pasado un poco... —opinó Tifa.
—No te ablandes, recuerda los días que hemos pasado en las montañas —le señaló Barret.
—¿Habéis pensado ya qué haremos con ella cuando recuperemos nuestras cosas, tronch? —se interesó Cid.
—Por mucho que nos pese, tendremos que llevárnosla con nosotros —dijo Redypuchi—. Una vez aceptada en el grupo de protagonistas, no podemos quitárnosla de encima mientras el argumento no nos dé la oportunidad.
—Os chincháis —canturreó por lo bajo Yuffie.
—¿Decías algo? —murmuró Aerith, amenazadoramente.
—Que ya hemos llegado a mi guarida —se corrigió cuando llegó ante una campana gigante que había no muy lejos de la Pagoda, en una especie de tarima. Dado que sus compañeros no parecían dispuestos a prestarle ayuda, tuvo que dar cabezazos a la campana para hacerla sonar entonando la melodía del tema principal del juego, que era la contraseña para que se materializase, como de la nada, una puerta en la pared de roca del altar.
—¡Qué ingenioso! —se admiró Tifa—. Pero ¿es necesario hacerlo con la cabeza? —se preguntó, limpiando la sangre de la frente de la muchacha.
—Si os hubiese dicho que golpearais la campana, ¿lo habríais hecho?
—No —corearon todos, incluyendo a Cait Sith, menos Vincent.
—Lo imaginaba...
—Bajemos a tu guarida —dijo Cloud—. Y espero por tu bien que no sea una trampa.
«Ya me gustaría —pensó—, pero la trampa de la jaula de mi segunda guarida, que es la única que tenía, la desactivó la tatarabuela cuando dejé "accidentalmente" tres días a Bobby encerrado allí, hace seis años...».
El grupo bajó a lo que parecía una especie de almacén, completamente desordenado y lleno de cajas, en el que sólo destacaban unas escaleras que llevaban a un pasadizo secreto que daba a la casa familiar de Yuffie, pero no sería ella quien les enseñase cómo hacer que la hortera estatua de oro de su padre se apartase dejando al descubierto el camino. Suficiente era que les había tenido que enseñar lo de la campana.
—Vuestras materias están en las cajas clasificadas con la pegatina "Del grupo de pringados" —reconoció a regañadientes—. ¡Pero el resto son mías!
—No nos tientes —aconsejó Aerith—. ¡Chicos, comprobadlo!
Haciendo palanca con la espada que habían prestado los Turcos a Cloud, lograron abrir las cajas y vieron, con alivio, que era verdad que allí estaban sus materias.
—¡Sí, aquí están todas! ¡Mis materias hielo y rayo! —exclamó Cloud con lágrimas en los ojos.
—¡Mira, Aerith, tu materia Sagrado! —le señaló Tifa, mostrándosela.
—Sniff... —La cetra se secó una lagrimita—. Menos mal... Llegué a creer que la había perdido para siempre...
—Vaya, sí que es importante para ti la canica esa, ¿no, tronch? —observó Cid, que había pasado de largo de las materias y había ido directamente al lugar donde reposaba la bolsa de elementos, para recuperar su tabaco y la foto de su familia.
—¿Y dónde están nuestras armas? —se interesó Redypuchi, buscándolas—. Sólo veo la espada enorme de Cloud allí, contra la pared.
—¡Cuánto tiempo sin vernos! —exclamó Cloud, sin poder contener la emoción, antes de abrazar su espada y cortarse con ella, como un estúpido, al hacerlo.
—Eh... vuestras armas... —repitió Yuffie—. ¿Qué os parece si, para compensaros por lo de la materia, os regalo una entrada a la SuperMegaUltraCatapulta? —propuso, a lo que recibió miradas amenazantes—. ¡Ey, ¿qué hay de malo?! ¡La atracción está causando furor!
—¿Y nuestras armas y nuestra ropa? —preguntaron, con dureza.
—Pues... ¡vale, lo confieso! —prometió cuando los vio esgrimir la materia de modo inquietante—. ¡Las vendí en el rastrillo ayer por la tarde, para poder comprarme ropa a mi medida! ¡Entendedlo, hace tanto que no pasaba por aquí que necesitaba hacerme un nuevo fondo de armario!
—¡¿QUÉ?!
—¡¿Has vendido nuestras armas y nuestra ropa?! —repitieron.
—¡¿Mi chaqueta roja también?! —chilló Aerith.
—¡¿Y mis peines?! —se indignó Redypuchi.
—¡¿Incluso mis implantes?!
—¡¿Y mis gafas de aviador, tronch?!
—¡¿Hasta mi cinta roja del pelo?! —añadió Tifa, con lágrimas en los ojos—. ¡Era un regalo de mamá!
—Bueno, las gafas de aviador y la espada de Cloud no me las quiso comprar nadie, pero el resto sí que lo he vendido, todo a turistas que se iban, para que no me pudiesen reclamar nada —contó sin remordimientos.
—¡¿Entonces has vendido mi traje sin posibilidad de recuperarlo?! —gritó Cloud, reaccionando al fin—. ¡¿Tienes idea de la historia que tiene ese traje?! ¡Zack me matará cuando se entere!
—¿Zack? —coreó el resto, a lo que Tifa y Aerith añadieron—: Pero ¿tú no dijiste en Gongaga que no lo conocías?
—¿Zack? —repitió Cloud, parpadeando—. ¿Quién ha dicho Zack? Yo no conozco a nadie llamado así —aseguró, recibiendo miradas de lástima por lo que consideraban delirios.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —se lamentó Tifa—. ¡No podemos seguir vestidos así y desarmados!
—Tranquilos, chicos —pidió Yuffie, a Cid y Barret sobre todo—. Aquí hay muchas tiendas ¡os compraré equipo nuevo con mi propio dinero!
—Está claro que será con el tuyo, porque el nuestro se lo van a llevar todo los cuervos —señaló Cloud.
—Están dispuestos a cobrarnos a plazos con un interés del cinco por cien —informó Vincent.
—A todo esto... ¿qué tienen los cuervos contra ti, Yuffie? —curioseó Redypuchi.
—Nah, no llevan bien que mi tatarabuela los dejara en el paro después de sustituirlos en la casa del terror por cuervos mecánicos fabricados por Shinra.
—Es cierto... los Turcos nos han contado que el parque pertenece a tu familia y que eres hija única —recordó Tifa—. ¡Y tú nos dijiste que eras de origen humilde y la mayor de muchos hermanos!
—¡Y muy humilde que seré si no logro hacerme con todas las materias del mundo, porque me desheredarán! —reveló.
—Qué peeeeeena... —se burló Aerith—. Anda, deja de quejarte y arreando, que tienes muchas cosas que regalarnos.
Aún encadenada para evitar posibles fugas antes de pagar las facturas, aunque esta vez dirigida por Vincent, Yuffie los guió hasta la zona comercial. En la tienda de armas pudieron encontrar armas nuevas para todos, curiosamente más poderosas, y aros en los que poder poner las materias. Luego hicieron un tour por la calle de moda, buscando algo que se ajustase a su estilo y, tras las súplicas de Yuffie que también quería comprarse ropa nueva para sustituir su quemado traje, decidieron soltarla lo suficiente para que se probase los conjuntos. Adelantándose dos años en el tiempo, nuestros héroes escogieron unos trajes que los diseñadores del juego pensaban ponerles en una película futura. Tifa, para desconsuelo del género masculino, sustituyó su antigua minifalda y camiseta ajustada blanca por un corpiño negro sin mangas y con cremallera sobre una camiseta blanca que casi dejaba al descubierto su ombligo, y unos pantalones cortos, también negros, de los que delante y detrás colgaban dos telas, la posterior bastante más larga y ambas innecesarias. Barret se decantó por unos pantalones largos y anchos, color verde militar, atuendo que podría haber sido normal de no ser por el chaleco blanco sin mangas, tres tallas pequeño, que mostraba su "camiseta" o como él quisiese llamar esa redecilla que tenía sobre el pecho. Redypuchi se compró muñequeras nuevas, pero, como nadie las miraba nunca, no notaron la diferencia. Yuffie, viendo su oportunidad de deshacerse al fin de esa cosa que llevaba siempre en el brazo y sólo le molestaba para robar, escogió unos pantaloncitos cortos casi idénticos a los de siempre, beige claro, y un chaleco negro sobre una camiseta corta del mismo color, con un estampado de flores blancas que no le pegaban ni con cola, y unas especies de muñequeras hasta casi los codos que ni servían para nada ni se entiende para qué podía quererlas si lo único que hacían era tapar el reloj. Cid, probablemente el más normal a la hora de vestir, lo cual es una verdadera hazaña para un personaje de Final Fantasy, simplemente se hizo con una camiseta de manga corta color azul, unos pantalones verdes y una chaqueta, atada a la cintura (y allí se quedaría aunque nevase), marrón rojizo. Aerith decidió que estaba bien como estaba, sin su chaqueta ni muñequeras, después de contemplar con horror que lo único que podía ponerse ella era un horrible y cursi vestido rojo y blanco sobre una falda rosa, atuendo que, aunque la cetra lo ignoraba, vestía en una dimensión alternativa, llamada Kingdom Hearts II, una Aerith que nada tenía que ver con ella. Y, por último, Cloud se decantó por una camiseta inquietantemente parecida a la de siempre, sólo que con cremallera en el pecho y unos pantalones oscuros, como los zapatos y los guantes. Él había querido añadir una gabardina a su conjunto, pero como el dinero no les llegaba a tanto, sólo se compró media, de modo que cubría uno de sus brazos y una de sus piernas, como un accesorio inútil más.
—¡Qué guapos estáis todos! —exclamó Tifa al verlos.
—Je, je, je... Lo sé —respondió Cloud, con orgullo—. Este atuendo me da un aspecto más oscuro y misterioso, ¿no creéis?
—Si tú lo dices... —musitó Aerith, atándose un nuevo lazo en la trenza—. Por cierto, Barret... ¡¿qué clase de camiseta es esa?!
—Bueno, es que he pensado que así, si nos volvemos a perder en una isla, ¡podremos usarla para pescar!
—¡Qué idea tan :#¬·&/# genial, tronch!
—¿Tú no aprovechas para cambiar de ropa, Vin? —se interesó Yuffie.
—Después de treinta años, le he cogido cariño a ésta.
—Se entiende —asintió Tifa—. Por cierto, toma, tu capa. Gracias por prestármela.
—A mandar —respondió, echándosela por encima.
—Ya que estamos de compras, voy a aprovechar para gastar las propinas que he ganado como moguri para comprar unos regalos que poder enviar a las niñas —decidió Cid, mirando una tienda—. Les compraré un collar a cada una.
—¿Y no se pelearán entre ellas si les gusta el mismo? —preguntó Barret, que había visto muchas veces a Marlene enfadarse porque le gustaba más el recuerdo que le llevaba a Tifa de sus incursiones al alto Midgar que los peluches que le llevaba a ella.
—No problem, tronch. Sólo tengo que comprar uno del color favorito de cada una —resolvió.
—¿Y ninguna coincide? —se sorprendió Cloud.
—Pues no —declaró—. El color favorito de Bujía es el amarillo, el de Clavija el blanco, el de Palanca el rojo, Llave prefiere el gris, Manivela el verde, Batería el naranja y Llanta, indiscutiblemente, el negro, tronch —enumeró.
—Un momento... —pidieron todos menos Vincent y Tifa—. ¡¿Tus hijas se llaman así?!
—¡¿De dónde sacasteis esos nombres?! —añadió Aerith, horrorizada.
—Son preciosos, ¿verdad, tronch? —sentenció, con orgullo—. Shera y yo pasamos varios días en vela para pensarlos todos, nosotros sólo habíamos pensado Bujía si era niña y Chasis si era niño...
Prefirieron no hacer ningún comentario al respecto, por lo que nadie se quejó cuando apareció Tifa con una curiosa sugerencia:
—¡Chicos, he comprado unas cintas rosadas! He pensado que, para reforzar nuestros vínculos de amistad y crear más unión en el equipo para que no vuelvan a haber problemas internos, podríamos atarnos todos una cinta de estas en el brazo para así recalcar que somos compañeros.
—Vale —respondió Vincent, por costumbre.
—Yo puedo llevarla en la izquierda, ¿verdad? —pidió Cloud, con la secreta idea de llevarla siempre tapada por la manga larga, porque le daba vergüenza pasearse con una cinta rosa, más aun cuando Tifa (bueno, y el resto) llevaba una igual.
—Bueno... —meditó Aerith—. ¿Por qué no? Me hace juego con el vestido.
—¡A mí también me hace juego con el pelaje! —indicó Redypuchi, ilusionado.
—Pues nada, sugerencia aceptada —sentenció Barret, al ver que Cid no se quejaba tampoco cuando la morena se la ataba al brazo.
Después de que Cid escogiese los regalos y los enviase por correo urgente a su pueblo, gastaron el tiempo en pasear y comentar temas sin importancia.
—Hay que ver qué rápido se han ido los cuervos cuando les hemos pagado la deuda —decía Cloud.
—No más rápido que los Turcos en cuanto les he dado el disco que les prometí y se han dado cuenta de que no íbamos a dejarles nada de diversión —señaló Aerith.
—Pues a mí el pelirrojo me ha dejado su número de teléfono, por si quería algo —les reveló Barret—. Pero, claro, yo jamás me aliaría con un miembro de Shinra. Esta ha sido una excepción, porque la situación lo requería.
—¿Seguro que no queréis probar la SuperMegaUltraCatapulta? —insistía Yuffie, con la secreta esperanza de que se rompiesen todos los huesos y así ella pudiese recuperar SUS materias.
—Qué pesadita te pones cuando quieres...
—¡Yuffie! —oyeron una voz a sus espaldas y, cuando se giraron, vieron que los saludaba una mujer vestida con kimono que había en la puerta de una enorme mansión. A su lado había un hombre también vestido al estilo japonés—. ¿Dónde te habías metido, hija? ¿Tienes la materia?
—Ah, mamá... —empezó, sin saber cómo contarles la trágica historia de que todo había sido una trampa—. Es que ha surgido un pequeño problemilla de nada y han venido a buscarme mis compañeros de viaje.
—¿Compañeros de viaje? —se extrañó Máteria, mirándolos—. No me contaste que tuvieses ninguno, si no les habríamos habilitado habitaciones en casa...
—Gracias, señora, es que no íbamos a estar mucho tiempo, así que no queríamos molestar —mintió Aerith con su careta de chica adorable.
—Gracias por cuidar de nuestra hija —tomó el relevo Godo—, sé que puede ser un poco inaguantable y que cuesta cogerle cariño por culpa de su cleptomanía, así que si aún no la habéis tirado por un barranco debéis de apreciarla de verdad.
—¡¿Qué clase de padre eres tú?! —se quejó Yuffie.
—Cariño... —susurró Máteria a su hija—. ¿No nos vas a presentar formalmente?
—Ah, sí... —murmuró con desgana—. Chicos, ellos son mis padres, Godo y Máteria Kisaragi. Papás, ellos son los protas: Cloud Strife...
—¡Ex–SOLDIER Cloud Strife! —remarcó.
—Tifa Lockhart —continuó, ignorando al rubio—, Redypuchi, Barret Wallace, Cid Highwind, Aerith Gainsborough y Vincent Valentine —finalizó, aunque se oyó un quedo "¡y Cait Sith!"—. Ah, por cierto, ahora que lo recuerdo... Nos os había contado que me casé hace poco.
—¡¿Qué?! —coreó la pareja, estupefacta.
—Mi maridito querido es Vin —señaló—. ¿A que tengo buen gusto? Y eso que tú, papá, siempre decías que nunca me casaría.
—¡Ni siquiera nos has invitado a la boda! —se quejó él.
—¡La bisabuela pondrá el grito en el cielo!
—¡Bah! ¿Qué más da¡aaaaargh!? —exclamó cuando un bastón volador se estrelló contra sus dientes. Entonces todos vieron salir de la mansión a una bajita y arrugadísima anciana de cabellos canos, peinados al estilo geisha, que, pese a su avanzada edad, se movía con una agilidad envidiable. Era la matriarca de la familia Kisaragi y dueña absoluta de Wutai, y a su lado iba Bobby, el moreno surfista.
—¡Descarada tataranieta pródiga! —acusó—. ¡Te fugas de casa sin avisar y vuelves con un marido para que lo mantengamos! ¡Seguro que también te ha hecho un bombo!
—¡A mí nadie me ha hecho ningún bombo!
—... —Vincent prefirió quedarse al margen, sabiamente.
—¡Te voy a desheredar!
—¡Total, pensabas hacerlo igualmente para darle dinero a ese chulo de playa!
—¡Respeta a mi novio que yo no me meto con ese macizo que tienes por marido!
—¡Normal, porque Vin no tiene nada que criticar!
Mientras Yuffie y su tatarabuela disfrutaban del reencuentro emotivo tras seis años sin verse, otra conversación surgió paralelamente.
—¿Mi hija ha dicho que te llamabas Gainsborough de apellido? —preguntó Godo a la cetra—. No me digas que tienes algo que ver con una criatura azul, de monstruosos rasgos y sobrepeso llamada Elmyra...
—¿Conoces a mamá? —se sorprendió Aerith.
—¡¿Bromeas?! ¡¿Cómo iba a nacer una muchacha tan bonita como tú de semejante engendro?!
—Oh, gracias, sé que soy tan bella que cuesta creerlo —respondió, con orgullo, hasta que, de pronto, cayó en la cuenta de algo—. Un momento... ¡Yuffie ha dicho que te llamas Godo Kisaragi! ¡Tú eres el ex marido de mamá, el que la abandonó para ir a la guerra de Wutai y allí se fue con otra!
—Cariño... —empezó Máteria, sacando unos kunais de la nada—. Creía que me dijiste que era tu mujer la que te había abandonado a ti, hacía mucho muuuucho tiempo...
—¡Y hace mucho tiempo! —empezó a excusarse cuando un bramido ensordecedor sobresaltó a todos y captó su atención.
El origen del monstruoso sonido era Vincent a quien, mientras estaba distraído mirando la nada, Yuffie había aprovechado para robarle la protomateria de un modo limpio y humanamente imposible. Ahora el joven estaba experimentando una especie de mutación bastante escalofriante que incluía colmillos afilados, alas negras y muchos rugidos. Aunque el resto lo ignoraba, Vincent se estaba convirtiendo en CAOS.
—¡¿Qué le pasa a este?! —gritó Aerith cuando Vincent, completamente transformado, salió volando con intenciones poco claras hacia la noria más cercana—. ¡¿Es que estaba pasada la sangre de su ultimo almuerzo o qué?!
—¡Yuffie, ¿qué le has hecho?! —exigió saber Cloud, que había reconocido en la chica su mirada de "yo no he roto un plato en mi vida".
—Yo sólo tomé prestada su protomateria —se defendió—. Para verla un momento, ¡nada más! ¡¿Cómo iba a saber yo que si se la sacaba del pecho iba a convertirse en monstruo?!
—¡Oh, tu marido tenía una materia dentro! —exclamó Máteria, mientras ella y su bisabuela asentían, dando el visto bueno al nuevo esposo de Yuffie.
—¡Tenemos que hacer algo, chicos! —gritó Tifa—. ¡Vincent está arrancando las cabinas de la noria y las lanza a las montañas!
—Pues yo juraría —intervino Cid, con tranquilidad— que la gente que hay dentro saluda desde la cabina y grita "wiiii!" de puro placer, tronch.
—¡Tíos, acaba de coger uno de los vagones de la montaña rusa! —informó Barret y, tal como decía el piloto, los turistas parecían encantados con lo que consideraban parte de un nuevo evento del parque temático.
—Si a los clientes les gusta, que haga lo que quiera —sentenció la tatarabuela.
—¡Pero puede hacer daño a alguien! —hizo ver Redypuchi.
—Como en el noventa por cien de nuestras atracciones —admitió Yuffie—. Va, si no molesta podemos dejarlo hasta que se canse, ¿no? —propuso, con una sonrisa.
—Bueno... ¡Trae! —ordenó Aerith, arrebatándole la protomateria antes de que la escondiese—. Se la devolveremos... cuando esté más pacífico.
—Buena idea —apoyaron todos, sin deseos de acercarse a la bestia que ahora lanzaba rayos negros a diestro y siniestro, para placer de los turistas.
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
Mientras, muy lejos de allí, montado sobre un chocobo dorado, en medio del océano, estaba el Gran Sephiroth intentando en vano descifrar el mapa que tenía entre las manos. Sobre su hombro, la cabeza de Jenova no dejaba de reír de modo estridente.
—¡Vale, lo confieso! ¡Me he perdido! —reconoció al fin, derrotado—. ¡Ahora dime por qué aún no hemos conseguido llegar a ningún lado!
—¡Jijijijiji! ¡Hace días que coges el mapa al revés! ¡Jijijiji!
—¡¿Eso no podrías habérmelo dicho antes?!
—¡Jijijiji! ¡¿Y perderme lo que me he reído viendo a los clones en moto acuática tras nosotros?!
—¡Calla, calla! Crucemos dedos para que no nos vuelvan a encontrar —deseó—. Ejem... Bueno, tú cruza tentáculos —se corrigió—. La verdad... —empezó, cambiando de tema— es que hace mucho que no recibo una llamada de Aerith y empiezo a preocuparme. No habrá cambiado de planes y habrá decidido olvidarse de Cloud sin avisarme, ¿verdad? —quiso creer.
—¡Olvídala y vayamos al Templo de los Ancianos! —exigió más que propuso.
—¿El Templo de los Ancianos? —repitió Sephiroth, extrañado—. ¿Qué se nos ha perdido por ahí?
—Jijijiji , hijito mío, ¿no decías que necesitabas inventar un plan de conquista del mundo para dar credibilidad a tu papel de malo? —le recordó—. Pues tu mami tiene uno para ti: les harás creer que quieres lanzar la legendaria invocación Meteorito sobre la tierra para que el Planeta, medio muerto, reúna energía vital en la zona de impacto y allí estés tú para absorberla y convertirte en dios, jijijiji.
—¡Ey, ese plan es genial! —se admiró—. ¡Suena hasta coherente y todo, seguro que se lo creen! ¿Y cómo se te ha ocurrido?
—Una que lee mucho, jijiji...
—Pero... ¿qué tiene eso que ver con el templo?
—Pues que allí esos capull... ejem, quiero decir, los bondosos y valientes cetras ocultaron la materia negra con la que se invoca a Meteorito —explicó.
—Ya veo... Propones que me haga con la materia para dar credibilidad al papel... Sí, suena lógico —admitió—. Pero veo un problema: si los cetra la escondieron ahí es porque es peligrosa, obviamente lo es si puede invocar algo así. ¿No será muy arriesgado sacarla de allí?
—No suuuuuufras, hijo... La materia negra tiene dos efectos, según su entrenamiento. Antes de tener llenas las siete estrellas de entrenamiento, su efecto es que el que la lleva enlazada no gana experiencia, ph, ni dinero en los combates, y, una vez es maestra, además de lo anterior, tampoco ganas elementos, pero se puede invocar a Meteorito con ella... —El caso es que Jenova no mentía del todo, sólo había un punto falso en su explicación: que la materia funcionaba a la inversa, es decir, que era cuando la materia negra estaba en nivel maestro cuando se convertía en totalmente inútil; lo cual no hablaba mucho del altruismo de los cetra. Ninguno tuvo el ánimo de hacer millones de combates sin ganar dinero, experiencia, ni ph para entrenarla y así hacerla inofensiva, de modo que prefirieron esconderla. Sin embargo, tampoco se los podía culpar de ello, porque, aparte de que cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo, si se pensaba con profundidad uno se percataba de que era imposible hacer maestra la materia negra entrenando, porque con ella no se ganaba el ph necesario para evolucionar materias—. Si te pones guantes para no provocar accidentalmente que la materia negra se vuelva maestra, será inofensiva... —mintió con vileza.
—Ya veo —musitó, meditándolo—. De acuerdo, basta con ser cuidadoso. Y siempre puedo devolverla a su sitio cuando el plan de Aerith concluya... ¡Decidido! ¡Vamos a por la materia negra!
—¡Jijijijiji! ¡A por la materia negra! ¡A por la materia negra! —canturreaba Jenova, feliz, viendo que acababan de dar un paso más hacia la, tan deseada por ella, destrucción del Planeta.
Fin del capítulo 14
Notas de la Autora (versión original): Tee–hee! Admito que he tardado en actualizar, pero al menos lo he hecho con un capítulo doble (en realidad iba a ser uno, pero era tan largo que decidí dividirlo). ¿La razón por la que he tardado? Un poco de todo: vagancia suprema, que he empezado a jugar al flyff y tengo a alguien que me tienta a menudo con entrar al juego (mi amiga Sakae Kaze, la del fic "Fáinal Fántasi Ocho Dírectors Cat", ¿la recordáis? ¡Pues si no la conocéis entrad en su fic, no os arrepentiréis!)... También es que he estado un poco enganchada a Operación Triunfo, incluso veía el canal 24 horas, aunque ahora que ha salido Iván me considero prácticamente desenganchada del reality (esto supongo que lo entenderán los de España y pocos más xD). Tampoco tenía espíritu de comedia, son cosas que pasan, he escrito el capítulo casi a párrafo por día que me animaba a intentarlo (no os extrañe si lo veis algo inconexo, aunque en la revisión he procurado reconectarlo xD), pero, como tenía que continuar, pues lo he hecho. Sinceramente, para mí que todo es porque se me ha ocurrido poner en el profile que el fic es mensual, basta con decir que tienes una periodicidad para incumplirla...
En fin, sobre el capítulo, me disculpo con los que esperaban algo parecido a lo del juego, pero lo de Wutai se me hace cargante y aburrido cada vez que lo juego, así que simplemente me he negado a ponerlo tal cual. Sorry!
Aclaraciones:
Nuevos atuendos del grupo — Por si alguien no conoce lo suficiente la saga FF como para saber de qué hablo (aunque lo veo difícil), los nuevos trajes que llevan los chicos son los que visten en la película Final Fantasy 7 Advent Children. Basta con que busquéis imágenes en cualquier buscador, seguro que os haréis una imagen mucho más clara que con mi simple y pobre descripción de los mismos XD
Pues eso es (ahora sí) todo por hoy para mí. Vosotros ya sabéis lo que os toca, quiero que colapséis el fanfiction con vuestros reviews y que agotéis la memoria del servidor xD Lo de siempre: acepto cualquier tipo de duda, crítica, comentario, amenaza de muerte, abucheo, el envío de donuts bomba, bollos envenenados... ¡Y no olvidéis pasaros por el fic de Sakae Kaze (sigo pensando que merezco un plus por la propaganda)! ¡Nos leemos!
