POST GUARDIA
CAPÍTULO 14
El servicio de Urgencias parecía un hervidero, la gente iba y venía siempre por alguna razón que no era de verdad urgente y llegaba el punto en que saturaba la atención y frustraba a los médicos. Esos días no me daban ganas de ir a trabajar, hubiera querido perderme en las profundidades de mi cama y jamás emerger de ahí. Aunque claro, esos días, con las temperaturas invernales bajando cada vez más, había días que teníamos varios fallecimientos en una sola guardia. Y hacía que cierta persona, que compartía el departamento conmigo, estuviera encantado con la posibilidad.
Por fortuna habían quedado atrás las fiestas, había sido una experiencia diferente, esta vez, al lado de Sherlock. Algo que difícilmente olvidaré.
-Doctor Watson –dijo la siempre presente voz de Mary. Al mirarla me sorprendí, se había cortado el cabello y lucía diez años más joven. Sonreía, ahora siempre sonreía, no se le veía triste y ni siquiera el cansancio de más de 8 horas podía con ella.- Tenemos cuatro pacientes con dolor abdominal esperando estudios de laboratorio, cinco diabéticos descompensados esperando ser admitidos a medicina interna, uno con sangrado de tubo digestivo alto, uno con fiebre de origen desconocido y veinticuatro consultas esperando desde el turno anterior.
-¿Y puedes decir todo eso sin perder la sonrisa? –pregunté porque obviamente todo aquello significaba mucho trabajo para nosotros, sin embargo, había algo en el tono de Mary que parecía mostrar que nada, ni la peor de las guardias, podría hundir su felicidad.
-Claro, será una noche de lo más entretenida –respondió y me guiñó el ojo antes de dar la media vuelta y regresar a su estación. Iba tarareando, se volvía contagioso, a su alrededor las demás enfermeras sonrieron y comenzaron a hablar animadas. Sentía que me estaba perdiendo de algo.
Aunque claro, esa sensación de que había algo más que no entendía parecía no abandonarme. Me sucedió durante todo diciembre, entre fiestas y reuniones, los amigos parecían ir y venir, regalos, cenas formales pero lo que verdaderamente me sorprendió fue ver aparecer a Mary el día de Navidad en la casa de mi familia.
Sherlock simplemente sonrió, me dijo que estaba obviando lo evidente. Mis padres lo tomaron con normalidad, pero creo a mí me tomó un poco desprevenido el hecho de Mary hubiera sido invitada por Harry. Ambas intercambiaban miradas, susurros y risas, definitivamente había algo más ahí.
Debo decir que todo aquello se me olvidó, deje de prestarles atención a ambas, cuando a Sherlock se le ocurrió matar el tiempo deduciendo las fotografías que mi madre había colocado cuidadosamente en las paredes.
-Tu tío tenía un severo problema de enfermedad hemorroidal –dijo y por supuesto que tuve que notar la extraña manera en que se sentaba en varias de las fotografías, aunque claro, cuando yo era niño no me fijaba en detalles médicos de los que me rodeaban.- Y tu tía tenía un amorío con el mejor amigo de tu padre.
Mi madre pasó detrás de nosotros cuando Sherlock decía esto, comenzó a toser con nerviosismo.
-Esas cosas no se dicen queridos, tu padre no lo sabe –dijo y no pudimos evitar reírnos, aunque intentando que nadie nos oyera. Claro, mi madre la guardiana de secretos, sabía que la hermana de mi padre había tenido un amorío, por supuesto.
La cena había estado lista desde las 6 pero parecía que no nos sentaríamos aun por lo que yo rondaba por la cocina tratando de no observar con demasiada ansiedad lo que había preparado mi madre. Así que cuando tocaron a la puerta, corrí a abrirla, lo que fuera que me distrajera del hambre que estaba sintiendo.
Encontrar afuera a de la casa de mis padres a dos personas, un hombre y una mujer, probablemente mayores a los setenta años, de piel muy blanca y cabellos grises y grandes sonrisas, fue lo último que esperaba. A punto estuve de preguntar qué era lo que querían porque estaba seguro de que no los conocía pero la mujer se adelantó a mi pregunta y dijo:
-Somos los padres de Sherlock.
No podía ser. Ese matrimonio, era normal. Como cualquiera que encontrarías en el supermercado, en el banco, sentados en la banca de un parque. No había visto una sola fotografías de ellos, lo cual no me sorprendía en lo más mínimo, pero siempre los imaginé, diferentes.
Tal vez como dos aristócratas encerrados en una gran mansión que sólo se hablaban durante la cena y exclusivamente sobre trivialidades. Sin embargo, las dos personas frente a mí exudaban calidez, parecían cariñosos y amables y me dieron unas ganas tremendas de abrazarlos y agradecerles su mera existencia.
Y así la cena se convirtió en algo familiar y acogedor y hermoso. Mis padres, sus padres, mi hermana y Mary. Era casi digno de una fotografía, que por supuesto fue tomada cortesía de mi padre y su tripie, estaba seguro de que mi madre la colocaría sobre la repisa en la chimenea.
-¿Convirtieron tu habitación en un cuarto para la televisión o algo parecido? –preguntó repentinamente Sherlock aunque yo sabía que la respuesta era más que fácil de deducir. Mi madre tenía una cronología fotográfica colocada en las paredes de la casa, guardaba los dibujos que le hice cuidadosamente en fundas plásticas en carpetas al lado del mueble de la televisión. Era imposible que ella convirtiera mi habitación en ninguna otra cosa.
-Sabes muy bien que mi madre sería incapaz –dije y recibí una sonrisa a cambio.
Cuando la cena terminó y nuestras madres intercambiaban recetas y nuestros padres hablaban de la selección inglesa de futbol, tuvimos el momento perfecto para desaparecer. Entrar en mi habitación, un lugar detenido en el tiempo, con la evidencia de que durante mi adolescencia me gustaba grupos comunes y corrientes, veía televisión de peor calidad de la que veo ahora y que leía libros sobre vampiros no era como lo que hubiera querido hacer.
Sherlock tomó uno de mis libros que estaban acomodados en un librero que en mis tiempos jamás tuvo orden ni sentido, pero que ahora los mostraba todos arreglados por autor. Era Entrevista con el Vampiro, Sherlock me miró con algo parecido a una expresión de burla pero me importó muy poco. Tenía catorce años cuando lo leí y no era en sí, un mal libro.
Y la cama, bueno, eso era punto y parte, definitivamente el cobertor rosa con flores no era mío. Aunque a Sherlock le pareció de lo más divertido. Se sentó inocentemente en la orilla y me invitó a acompañarlo. Por supuesto que era una mala idea, entrar a mi habitación era mala idea y sentarme en la cama con él era la peor de las ideas. Porque él y yo nunca tendríamos una idea inocente con una cama entre los dos y las paredes de la casa no era lo que se dice, gruesas.
Sin embargo, todos estaban en el piso de abajo y si eran de verdad silenciosos nadie tenía porqué enterarse de nada. Aunque aquello podía ser más fácil de decir que de hacer. Peor aun cuando mi mente me daba la falsa ilusión o la fantasía, no lo sé bien, de que había colado a mi habitación a mi novio y en vez de hacer la tarea no entretendríamos en otras cosas.
Recordaba mis sueños, tan excesivamente vívidos que los había anotado, todos y cada unos en la libreta que cuidadosamente guardaba fuera del alcance de Sherlock. Esos sueños muchas veces trataban sobre esto, sobre Sherlock como parte de mi vida mucho tiempo antes de que lo conociera de verdad. Él en mi vida desde la adolescencia, pensamiento que debo confesar, era sumamente excitante.
-Dr. Watson –dijo uno de las enfermeras, Eli si mal no recordaba, una de las mejores amigas de Mary. La miré con reticencia, me había sacado de un buen recuerdo.- Llevamos siete casos de heridas por mordedura de perro, creí que debía avisarle.
-¿Siete? –pregunté un poco incrédulo, no era algo frecuente, la verdad, en una ciudad como Londres, la agresión canina. Y teníamos siete casos.- ¿Están relacionados?
-Al parecer sólo en dos de los casos, el mismo perro mordió a unos hermanos –respondió. Tomé los expedientes de sus manos y le dije que me encargaría. Terminé de ver los sietes pacientes 90 minutos después, repetí las historias clínicas y las exploraciones físicas. Habían sido mordidos entre 15 a 30 días antes de haber acudido al servicio de urgencias y habían sido atendidos en clínicas y consultorios particulares con la atención regular.
En los antecedentes se podía encontrar agresividad por parte de los perros pero en ningún momento se investigó a los animales. El cuadro clínico me hacía dudar, pero seguramente si le decía alguien mis dudas, las desecharían sin más.
Creo que podríamos estar al borde de una crisis nacional. JW
La respuesta a mi mensaje sólo tardó un minuto.
¿Qué tipo de crisis nacional? SH
No estaba muy seguro de lo que iba a escribir, pero acababa de revisar a nueve pacientes que presentaban diversos estados de una enfermedad que se mencionaban como anecdótica, propia de países del tercer mundo y ni siquiera haí era algo común. Rigidez, salivación, fotofobia, agresividad.
Me parece que tengo siete casos de rabia. JW
Pensé que me respondería por mensaje pero en vez de eso lo vi entrar corriendo a urgencias, volteando para todos lados hasta que consiguió encontrarme. La luz en sus ojos podría ser molesta, uno no pensaba que alguien se pudiera alegrar con semejante posibilidad, pero claro, estamos hablando de Sherlock.
-¿Cuánto tiempo crees que pase para que pueda estudiar sus cerebros?
-Oh Sherlock, esto va a ser una pesadilla.
En mis fantasías, o sueños, Sherlock entraba a mi habitación, mis padres estaban dormidos desde hacia horas, sin embargo se deslizaba silenciosamente con pasos lentos amortiguados por la alfombra. Después me encontraba cubierto por la sábanas, la cual retiraba muy lentamente, la luz de la luna se colaba por la ventaba y se reflejaba en su pálido rostro.
Tal vez lo adivinó, tal vez, aunque quería pensar que no podía ser cierto, había leído algo de lo que había escrito, de los sueños que había tenido. No lo sé, pero levantó el cobertor y lo dejo caer por uno de los lados del cama, después sacó la sábana permitiendo que yo pudiera acostarme.
Me quite previamente el suéter, uno de tantos que me había regalado mi madre, la camisa y el pantalón. Así que oficialmente estaba en ropa interior, lo cual era bastante acertado, durante los años de adolescencia no solía dormir con pijama. Colapsaba en la cama, casi siempre muerto de cansancio por el estudio.
Me metí con rapidez y me cubrí como si de verdad fuera a dormir, Sherlock apagó la luz y se quedo en silencio por 22 segundos. Después de eso sentí su peso en el colchón y como si pudiera sumergirme en la fantasía, mi corazón comenzó a latir con rapidez. Sentí sus manos recorriendo mis piernas de manera ligera, casi como caricias, gateaba con ligereza para quedar a mi altura y abrazarme, sus labios depositaban suaves besos en mi cara y en mi cuello.
Eso me habría despertado de haber estado verdaderamente dormido y hubiera sido un despertar perfecto y hermoso, su pequeña sonrisa en su rostro, sus ojos brillando y poco a poco, sutilmente, sus pupilas empezaban a dilatarse.
-¿Qué estás imaginando? –pregunté con voz adormilada, estaba por completo sumergido en la fantasía.
-A ti, con 22 años menos, sin las arrugas ni las cicatrices, con tu rostro completamente rojo, tu cabello rubio y corto y claro, completamente desnudo.
-¿Qué has estado leyendo? –pregunté, aunque no quería escuchar la respuesta, era tiempo de cambiar de lugar mi libreta. Sherlock no respondió, simplemente ocupó sus manos en la importante tarea de deshacerse de lo que quedaba de mi ropa. Con rapidez mi playera y mis boxers salieron volando y fueron a caer sobre la televisión y el librero.
Su boca, siempre se concentraba en mi cuello, dejando tras de sí marcas rojas. Yo, tapando mi boca con la palma de mi mano, producía sonidos desesperados. Era increíble la manera en que sus besos, sus mordidas y la manera en que usaba su lengua, provocaban en mi las mejores sensaciones que se pudiera tener. En cierta manera eso explicaba las fantasías adolescentes que solía tener con él, porque era casi como sentirlo por primera vez cada que acabábamos en esta posición.
La oscuridad, la luz de la luna, sus manos recorriendo cada centímetro de su cuerpo que pugnaba por ser calentado, el contraste de la temperatura fría de la habitación y del calor del cuerpo de Sherlock era por demás agradable.
-John, deberías tratar de ser más silencioso –dijo y sabía que su tono burlón era porque lo menos que quería él era que fuera silencioso. Por él, podría estar ahora gritando y jadeando y asustando a nuestros familiares en el piso de abajo. Casi como si fuera para probar la capacidad que tenía yo para mantener el silencio, comenzó a lamerme, su lengua para experta para encontrar el camino hacia mi erección.
Y no fue nada paciente, no fue sutil o discreto, puso su lengua en la punta de miembro y sin darme tiempo de pensarlo, lo había deslizado con rapidez dentro de su boca. Gemí y gemí, de verdad no sabía si era silencioso o lo estaba haciendo a todo volumen, la verdad no me importaba. Me sentía como únicamente Sherlock Holmes podía hacerme sentir, en un lugar donde no importaba el tiempo ni absolutamente nada más.
Mis manos lo habían sujetado por la cabeza, enredados mis dedos en sus rizos. Sus dedos, clavados en mis caderas para después viajar a mis glúteos. Sus uñas siempre perfectas y cuidadas, se dedicaron a arañarme, cosa me hacía gritar con más fuerza.
-El Dr. Moriarty se niega a recibir a los pacientes en terapia intensiva –dijo Mary, nuevamente estaba soñando despierto, con las cosas que habían sucedido en la cena de Navidad. Lo que ella me decía era algo que ya sabía, no necesitaba que subiera a preguntarle, sin embargo, al obtener la respuesta oficial garabateada en la hoja interconsulta, la archivé con gusto en el expediente.
-Probablemente esta vez tenga razón, no hay mucho más que hacer –dije. La progresión de los síntomas había sido rápida y teníamos ya el primer fallecimiento. Sherlock parecía niño en juguetería y había obtenido el permiso casi inmediato para hacer la autopsia y sobretodo, encargarse del cerebro. La parte desagradable del asunto, sin tomar en cuenta que el hospital había sido sitiado como si de película de Hollywood se tratara, era que el infectólogo a cargo, Victor Trevor, se había apropiado de mi servicio.
Me repetía que después de todo era el Director del hospital pero eso no evitaba que se me revolviera el estómago. Era un poco la realidad, su pasado con Sherlock y un poco el efecto de mis sueños, donde imaginaba que me lo podía arrebatar con la mano en la cintura.
-John –dijo Mary poniendo su mano sobre mi brazo.
-Deberías descansar –dije. Llevabamos aproximadamente 53 horas en el hospital. Las autoridades de salud pública de la ciudad nos habían prohibido irnos, todos los que habíamos tenido contacto con los pacientes estábamos literalmente en observación. Habían trasladado a los demás pacientes, excepto los de urgencias y habían traído expertos internacionales en el tema, patólogos que habían escrito libros e infectólogos que daban conferencias alrededor del mundo.
A Sherlock no le había hecho ninguna gracia aquello, los había sacado a empujones de su servicio y se había atrincherado en el laboratorio. Era media noche, saqué el celular aunque hubiera preferido poder decir aquello en persona, pero no había manera de entrar a Patología.
Feliz cumpleaños Sherlock. JW
¿Cumpleaños? ¿Es hoy? John, tengo la confirmación del diagnóstico. SH
¿Teníamos razón? JW
Por supuesto, deberíamos sacrificar a los otros infectados. SH
No estamos en una película de zombies, amor. JW
¿Zombies? SH
Olvídalo. JW
Bajamos exactamente 42 minutos después. Previamente habíamos tenido que limpiar los rastros de nuestras actividades en el edredón de mi madre, lo cual había sido casi imposible por lo cual decidimos mejor darle la vuelta. Al entrar a la sala estaba vacía, igual que la cocina y el comedor. Me pareció de lo más extraño y lo miré con desconcierto. Sherlock sonrió ligeramente y se sentó en el sofá, cerró los ojos y se dedicó a analizar en su mente los momentos que pasamos en mi habitación.
Pero, ¿dónde estaba todo mundo? Fue cuando vi el pequeño recuadro de papel amarillo bajo el teléfono.
Querido John, era demasiado ruido para nosotros. Tu hermana nos dio una buena noticia, salimos a comprar algo para celebrar.
Quise gritar pero me quede sin voz. No era posible, que horror, que tremenda vergüenza, no sólo frente a mis padres sino frente a los de él. ¡A quiénes acababa de conocer!
-Sherlock, nos vamos –dije mientras recogía a todo prisa mi chamarra y su abrigo.
-John, tus padres y los míos regresaran en aproximadamente 20 minutos –dijo pero yo ya estaba en la puerta principal esperándolo. Me miró cansadamente, pero se levantó al fin y al cabo y me siguió tras permitir que le colocara el abrigo.- Exageras, aunque debes aceptar que te dije que debías ser más silencioso.
-Cállate Sherlock –dije.
MARY
-¿Harry?
-Mary, ¿qué pasa? –preguntó con voz adormilada.
-¿Recuerdas que te dije que quería una boda en mayo? –dijo la enfermera. Se había logrado escapar por unos minutos del servicio donde había estado acompañando a John mientras parecían que sólo podían mirar a los pacientes deteriorarse con rapidez.
-Sí –respondió Harry- ¿cambiaste de parecer? ¿Ya le dijiste a John?
-No, no le he dicho, esto es una locura –respondió Mary.- Pero, ¿recuerdas que nos dijeron en aquel lugar, el de grandes ventanales y pájaros en las paredes?
-Sí, claro que lo recuerdo, ¿el que tenía fecha disponible sólo en febrero?
-¿La tomamos? –dijo Mary pensando que Harry seguramente creería que era una locura. Era demasiado poco tiempo, se habían conocido y habían comenzado una relación y en cuestión de semanas estaban comprometidas, aunque sólo lo sabían los padres de Harry y por alguna razón extraña, los de Sherlock también.
-Me parece perfecto –respondió Harry.- Haré unas llamadas, cambiaré las invitaciones, los vestidos serán todo un reto pero no te preocupes, seis semanas es mucho tiempo.
-¿Ya decidiste sobre el color del vestido? –preguntó Mary
-Morado –dijo sin dudar Harry. Mary sólo pudo reír.- ¿Y tú dama de honor?
-John por supuesto –ahora tocó a Mary responder sin dejar lugar a dudas. Harry soltó una carcajada del otro lado de la línea.- Tú puedes elegir a Sherlock como padrino y así todo será más divertido.
-Tendré que valorar eso querida.
Gracias por la larga espera. Perdón, no tengo manera de disculparme. Actualicé en noviembre, se me hace tan increíble haber dejado colgada mi historia.
Si alguien le interesa el diagnóstico de los pacientes, es rabia, enfermedad muy rara en el ser humano pero mortal. Ejem y la rabia ha sido teorizada como el virus que podría causar una epidemia de infectados (ejem, 28 días, ejem). OK, también me gustan las películas de zombies e infectados.
Y bueno, creo que ya vieron cuál es mi teoría para lograr que Mary Morstan se convierta en Mary Watson.
Ahora, mañana se transmite His Last Vow, los espero en Fuck Yeah Sherlock (Facebook) para enloquecer, llorar, patalear, gritar, etc.
Comentarios bienvenidos, y si alguien me leyó en "A time to love", saben lo mucho que los comentarios pueden llegar a influirme.
Gracias de nuevo por su paciencia.
