Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo XIII: ¡Soluciones!

Finales de julio de 1999

Draco cumple su palabra y viaja a través de la red Flu a Grimmauld Place a media tarde. Harry está dormitando en el salón cuando esto ocurre, y el estruendo que produce la llegada del rubio hace que dé tal respingo que acaba cayendo del sofá, su cabeza estrellándose contra el suelo. Draco no había reído tan sinceramente en su vida como al contemplar esta escena.

Al principio les resulta raro, porque no están muy seguros de cómo saludarse. Cuando Harry se ha levantado ya, los amigos se acercan el uno al otro y se miran dubitativamente a los ojos. Finalmente, se aproximan lo suficiente como para darse un ligero beso en los labios, y este gesto aligera hasta límites insospechados la carga emocional del ambiente.

Al final pasan la tarde como otra cualquiera; intercambian experiencias y hablan del futuro. La diferencia está en que durante este encuentro ninguno tiene que reprimir las ganas de tocar y besar al otro, con lo que todo se vuelve mucho mejor para ambos. Menos forzado, más próximo; más real.

En realidad, contando que su relación comenzó hace menos de veinticuatro horas, todo se siente demasiado cotidiano, como si llevaran haciéndolo toda la vida. Al principio a Draco le preocupa estar acostumbrándose demasiado a todo, pero el sentir los labios de Harry sobre su cuello le obliga a olvidar todo. Al fin y al cabo tiene mucho tiempo para pensar cuando esté solo en su casa, ¿por qué va a desperdiciar el valioso rato que puede permitirse pasar con Harry?

A Harry no le preocupa la naturalidad con la que se imprimen sus acciones; recuerda que cuando estaba con Ginny en sexto todo ocurrió de una forma similar; después de su primer beso comenzó a nacer un instinto en él que lo guiaba en sus acciones y que lo ayudaba a sentirse bien con su relación sentimental incluso cuando ésta apenas estaba establecida.

Así que los chicos pasan una de las mejores tarde de su vida; ríen, hablan y se besan en los labios, las mejillas y el cuello. Harry incluso se atreve a colar una mano traviesa por debajo de la camiseta de Draco y ese simple contacto se siente tan bien que no puede evitar estremecerse imaginando cómo sería poder poner ahí sus labios.

Pero aunque los dos son ya hombres adultos que han mantenido relaciones que han pasado sobradamente de los besos y las caricias por debajo de la ropa, Harry se reprime y se limita a dejar la mano aventurera ahí, estática sobre la pálida piel del estómago de Draco.

A pesar de lo cercano que se siente todo, es demasiado pronto para hacer nada más, se dice mientras lo besa. No se lo reconocería nunca, pero no son sólo las ganas que tiene de ir despacio esta vez –que también -, sino el miedo a lo desconocido –porque, Merlín, podrá desear mucho, muchísimo, a Draco, pero es un hombre y él no está acostumbrado a hacer disfrutar a otro hombre- y a hacer algo mal por culpa de las prisas.

Mas está bien. Está bien, porque sospecha –espera - que Draco tenga sus mismos miedos y, en fin, simplemente necesitan la suficiente paciencia y entusiasmo para descubrir todo lo que desconocen juntos. Y, definitivamente, eso puede ser algo tan positivo y divertido como la experiencia si saben manejarlo correctamente.

Harry no quiere dejar ir a Draco cuando pasada la medianoche este anuncia que tiene que volver a casa. No quiere, sin embargo, lo hace; están acostumbrándose aún a la nueva situación y no quiere, por nada del mundo, hacer que Draco piense que va demasiado rápido.

No sabe que Draco desea tanto quedarse como él pedírselo. Porque, demonios, es tan horrible volver a su frío hogar, rodeado de las miradas hostiles de su padre y el alma rota de su madre, después de pasar la tarde en la casa de Harry, donde se siente tan amado y todo es tan colorido y cálido.

Le duele tanto tener que salir de entre sus brazos y enfrentarse a la realidad que se siente tentado a pedirle que le deje dormir en su casa esta noche. Pero no lo hace, porque teme tanto que Harry se espante y se vaya de su lado, que prefiere seguir asegurándose de tener al día siguiente su ratito de color que no arriesgarse a perderlo para siempre.

Dos días después se celebra la fiesta de cumpleaños de Harry. La casa de Ron y Hermione se llena de serpentinas, carteles de colores brillantes y dos docenas de personas que ríen y le desean al cumpleañero una larga y feliz vida.

A pesar de la ausencia de Draco, Harry disfruta; charla con Luna y Neville como en los viejos tiempos y sonríe como un niño cuando el imponente Hagrid aparece con un pastel hecho a mano. Incluso, después de un par de vasos de bebidas alcohólicas, tanto muggles como del mundo mágico, se atreve a bailar en medio del salón con un par de compañeros de la escuela de aurores.

Todo marcha bien, y Harry está disfrutando tanto que no se da cuenta de la llegada de Ginny hasta que ésta le toca levemente la espalda para llamar su atención.

Él se gira, sonriendo. Su expresión cambia al verla.

— ¡Ho…! ¡Hola! No sabía que ibas a venir.

— No iba a hacerlo — responde ella, mirándolo a los ojos.

Quizá ya no la quiera, pero a pesar de ello la tristeza de su mirada le dan ganas de estrecharla entre sus brazos y decirle que todo va a salir bien.

— Oye, ya sé que no es buen momento, pero me gustaría hablar contigo a solas. Cinco minutos — lo suelta así, directamente y sin rodeos. Tal como siempre ha hecho.

— Está bien.

La cocina de la casa está a dos metros a su izquierda. Los chicos se deslizan discretamente hasta ella y Harry cierra la puerta cuidadosamente cuando están dentro.

— Lo siento — dice Ginny en cuanto la puerta está cerrada —. Lo hice todo mal… yo… hice algo horrible y encima te lo dije de la peor manera posible. Lo siento.

Harry sonríe a pesar de lo penoso de la situación. No esperaba una disculpa a estas alturas de la película y el recibirla le provoca un sentimiento cálido en el pecho.

Sabe que no debería de reaccionar así; que la mayoría de la gente le diría que en un momento así lo que tendría que hacer es irse indignado de la habitación, o gritar y recriminarle una vez más todo el daño que le ha hecho. Pero Harry nunca ha sido una persona rencorosa y está demasiado agotado como para empezar a serlo.

— Está bien.

— Sé que nuestra relación no puede volver a ser la misma, Harry.

— No.

— Sé que te he hecho sufrir mucho.

— ¡Eh! Más o menos.

— Pero quiero que estemos bien. Que podemos estar en la misma habitación y mirarnos a los ojos —. Harry vuelve a sonreír. La mira a los ojos castaños.

— Eso a mí también me gustaría.