Equilibrio

por Karoru Metallium


Disclaimer: Yu-Gi-Oh pertenece a Kazuki Takahashi y Konami, sólo lo uso para divertirme y sin fines de lucro. Las situaciones presentadas en este fic que no pertenezcan a los ya mencionados, son propiedad intelectual de "Karoru Metallium". Si no respetas eso, serás pateado.


Capítulo XIV

Escuchando a las sombras

Seto Kaiba no estaba acostumbrado a sentirse preocupado por otra persona que no fuera Mokuba Kaiba. Era una regla no escrita y sin discusión, porque Mokuba era su único hermano y la persona que ocupaba gran parte de sus pensamientos. Pero la súbita inquietud que le había asaltado al ver el rostro preocupado y contrito del faraón, aquellos deseos casi irreprimibles de abrazarlo, de ayudarlo, de decirle que todo estaría bien... además de extraños y ridículos, sí que eran como para preocuparse.

Cubrió su confusión y sus anhelos con uno de aquellos resoplidos desdeñosos que constituían una de sus especialidades, y de los que Mokuba se había mofado en más de una ocasión, diciendo que su hermano había perfeccionado el lenguaje de la respiración en lugar de las señas comunes y corrientes.

"Qué te ocurre, faraón? No es como si pudieras hacer algo para remediar la situación de tus amigos. Yo estoy haciendo todo lo que puedo."

"Cómo que no puedo?" - la indignación devolvió la chispa de la vida a los ojos rojizos del faraón, y Kaiba se sorprendió por el estremecimiento de deleite que lo recorrió.

"Lo siento, Majestad, pero es cierto. Quería explicárselo, pero por supuesto Kaiba es incapaz de expresarse con sutileza." - intervino Ishizu, lanzándole una mirada rencorosa al empresario, quien se limitó a encogerse de hombros - "Shadi ha tratado de averiguar qué es lo que le impide usar sus poderes oscuros..."

"Lo que me impide...? Pero si ni siquiera he intentado usarlos!"

"Es muy probable que si lo intenta no logre hacer mucho. Shadi y yo podemos verlo en su aura: los poderes para controlar las sombras están allí, pero no están activos... algo así como lo que le ocurría a Kaiba antes de que usted encarnara. No sabemos qué hacer para devolverle el control sobre ellos, y hasta que no nos figuremos cómo lograrlo, no podrá usarlos. Y sin ese control, poco es lo que puede hacer," -su expresión se había tornado aún más contrita que la del propio faraón momentos antes - "no está tan indefenso como nosotros, sus poderes son un poco más amplios que los de Seth... ejem, perdón, los de Kaiba... pero eso no es suficiente ni siquiera para contener a Merit."

"Por Ra, esto es intolerable!" - Yami había pasado de la preocupación a la ira en cuestión de segundos, y los cambios en aquella hermosa y expresiva faz tenían por completo cautiva la atención de Seto Kaiba.

"¿Qué sabes acerca de Tea?" - intervino Yugi luego de unos momentos de incómodo silencio, sacándole del estado de absoluta estupidez en el que lo sumía la contemplación del faraón, y recordándole que Marik y su amigo no eran los únicos que se encontraban en un predicamento gracias a la condenada bruja.

"Su estado no ha variado y sus signos vitales continúan estables; lo cual, bien mirado, parece que es una suerte. Según Shadi, Merit es capaz de drenar la energía vital de las personas a las cuales utiliza como batería."

"Pobre Tea." - murmuró el enano con tristeza. La cara de Yami sólo reflejaba culpa al mirar a su hikari, lo cual provocó que un ramalazo de ira estremeciera al joven empresario. No quería ver triste ni deprimido al faraón, por nada ni por nadie. Oh, esto era grave. MUY grave.

"Ah," - de pronto recordó otro detalle que aún no había tenido ocasión de compartir con los presentes - "Yugi, espero que no te moleste ni ofenda a tu madre, pero la única forma de crearle una identidad creíble al faraón fue haciéndolo el hijo natural de tu padre con una mujer egipcia."

"Umm... supongo que era la única manera de explicar el parecido;" - un leve rubor asomó a las mejillas del enano - "de todos modos tiemblo sólo de pensar en explicarle todo acerca de Yami a mi madre cuando regrese. Te lo agradezco, Kaiba-kun."

"No tienes nada que agradecerme. Fue divertido." - repuso, como si lo que había hecho fuera algo trivial.

De pronto se dio cuenta de que todos los demás estaban contemplándolo en silencio, con la boca abierta; a buen seguro asombrados ante el gesto de delicadeza hacia Yugi, tan poco característico de su persona. Tuvo que contenerse para no dejar escapar otro resoplido desdeñoso. ¿Porqué todos se figuraban que no respetaba ni apreciaba al enano? Rayos, habían pasado años desde la última vez que se enfrentaron, y ni eso... porque su duelo había sido contra Yami.

Era él quien tenía que agradecerle a Yugi muchas cosas, entre ellas el haberle brindado a Mokuba una verdadera amistad y el sentido de una vida "normal" que él no podía darle porque simplemente no la había tenido.

"Me alegra que te hayas divertido." - la sonrisa del joven ex duelista era contagiosa, y casi acaba respondiéndole; se contuvo con un gran esfuerzo y recordó que aún le faltaban detalles que ofrecer al respecto.

"Es posible que hoy mismo tenga en mis manos los papeles de identificación, en los que aparecerá adoptando el apellido de tu familia... necesitaremos una fotografía para el pasaporte y demás historias, pero no creo que haya problemas. Yo te avisaré."

"¿Lo ves, Yami? Siempre has sido parte de mi familia, desde el momento en el que apareciste... pero ahora será oficial... eres mi hermano." - los ojazos violeta de Yugi brillaron más que nunca, con la humedad de alguna lágrima reprimida, y una respuesta similar apareció en los ojos color granate del faraón.

"Bienvenido a la familia, faraón." - dijo Solomon, que a todas éstas se había limitado a permanecer en silencio observando el intercambio, y que de pronto parecía estar muy conmovido.

"Te lo agradezco. En el pasado fuiste parte de mi familia... hoy sólo puedo sentirme muy honrado de que me consideres parte de la tuya. Y espero que me permitas llamarte abuelo."

"No te lo permito... te lo exijo."

El viejo a estas alturas estaba a punto de soltar el llanto, con mocos y todo. Kaiba, sintiéndose incómodo, prefirió mirar al techo, murmurando algo acerca de "montón de tonterías sentimentales". Ishizu también parecía estar al borde de las lágrimas cuando Yami se dirigió de nuevo a Yugi.

"Gracias, aibou. Por esto y por todo." - dijo en voz baja y profunda, antes de volverse hacia Kaiba y hablarle con seriedad y parsimonia - "Y gracias a ti, Kaiba. Sin tu ayuda nada de esto hubiera sido posible."

El aludido tuvo que tragar con fuerza, porque el nudo que se había formado de pronto en su garganta le hacía difícil hasta respirar. Delicioso, fascinante faraón... de pronto todo el asunto ya no le parecía tan estúpido ni tan sentimental. Mejor dicho, sí le parecía; pero dirigido a él se sentía... distinto.

Apartó la mirada y sacudió un poco la cabeza, indicando que no había sido nada. No podía distraerse de sus prioridades, que por el momento incluían encargarse de organizar la seguridad del joven.

"Recomiendo que Shadi y tú se alternen para permanecer al lado del faraón," - le señaló de pronto a Ishizu, sobresaltando a todos - "no debe estar sin protección en ningún momento. He traído a dos de mis guardaespaldas para reforzar la seguridad de la casa, y supongo que tú has traído parte de tu gente, Ishizu. Con eso será suficiente por el momento, espero."

"¿Guardaespaldas?" - Yugi lo miraba con la boca abierta, lo que provocó en él un resoplido impaciente.

"Eso dije. Después del ataque que han sufrido tus amigos, es lógico suponer que la bruja está preparándose para el evento principal... que por supuesto será atacar al faraón. Ella misma me lo dijo anoche..."

"No me digas que ahora conversas con Merit..." - Ishizu le lanzó una mirada de estupefacción.

"No tengo la culpa de que la bruja se sienta tan a gusto invadiendo mi cabeza. Me encontraba débil después de haber materializado mi ka, así que no pude sacar su voz de mi mente tan rápido como hubiera deseado. De cualquier manera su intrusión no resultó del todo inútil, porque algunas de las cosas que dijo sirvieron para llenar los vacíos de información que dejan los condenados recuerdos."

"¿Puedes decirme qué recordaste esta vez?" - preguntó Yami, atrayendo de nuevo su atención. Su ceño continuaba fruncido.

"Puedo, pero no quiero." - una corriente de satisfacción y excitación lo recorrió al ver que el faraón le lanzaba una mirada decididamente vitriólica - "Además, tengo que irme. Hay asuntos urgentes que reclaman mi presencia en Kaiba Corp; sólo vine a informarles de la situación."

"Pues pudiste haber llamado, así te ahorrabas el viaje." - insinuó Ishizu, con aire juguetón y una leve sonrisa a pesar de sus ojos enrojecidos por el llanto.

Kaiba le lanzó una mirada desdeñosa. Oh, por supuesto que pudo haberse limitado a llamar... pero así no hubiera tenido oportunidad de ver de nuevo a su némesis.

Su necesidad de ver, de sentir, de escuchar, de tocar al faraón estaba alcanzando niveles alarmantes, sobre todo después del beso que habían compartido. Cuando Ishizu lo buscó en aquella fiesta tuvo el presentimiento de que su orgullo iba a ser pisoteado muchas veces, y luego de haber visto al faraón por primera vez supo que las cosas sólo podían empeorar. Las chispas que habían saltado entre ellos incluso cuando el espíritu ocupaba aún el cuerpo de Yugi habían sido una indicación más que clara.

Pero no era el momento de pensar en ello, así que entretuvo unos segundos construyendo una buena respuesta a la recta que la egipcia acababa de lanzarle.

"Y yo que pensaba que sería una atención para contigo, después de que Shadi me informó que estabas aquí. Vengo para verte y me sales con eso..." - le dijo a la mujer, en un tono inusualmente ofendido, teñido con sólo un poquito de sarcasmo. Tono que hizo que el faraón lo mirara con asombro.

"Oh, viniste entonces por mí? Qué dulce eres, Kaiba, no sabía que te importara tanto..." - zumbó Ishizu con ironía, algo más animada, con una chispita de diversión danzando en sus ojos - "Y pensar que cuando te abordé en aquella fiesta y me advertiste de que los diarios podían publicar que estábamos saliendo, o algo así, pensé que la idea no te gustaba ni un poquito..." - había humor en sus palabras.

"Quizás esté reconsiderando el asunto." - repuso con soltura. ¿Qué era eso, por todos los cielos? Ahora le había dado por coquetear... y él nunca flirteaba ni bromeaba con nadie. El faraón lo estaba poniendo tan nervioso que se salía de carácter casi sin darse cuenta.

"Vaya, pues qué suerte tengo... al fin tendré la oportunidad de pescar a un soltero codiciado." - metida por completo en el juego, olvidando por un momento sus preocupaciones, Ishizu sonreía abiertamente. Por un momento, Kaiba no pudo evitar que la extraña sensación de estar haciendo una buena obra lo hiciera sonreír, aunque eso implicara poner en movimiento algunos músculos del rostro que rara vez usaba.

... hasta que por casualidad sus ojos volvieron a tropezar con los de Yami. Lo que vio en ellos casi lo hizo ahogar del asombro, y lo disimuló a duras penas simulando un repentino ataque de tos y cubriéndose la boca con una mano.

Celos. Celos tan violentos como los que él mismo experimentaba cada vez que alguien se acercaba o se atrevía a tocar al faraón. El intercambio ligero y coqueto entre Ishizu y la reencarnación de su sacerdote le causaba enojo, y no se molestaba en ocultarlo, mirando a Kaiba con sus ojos flamígeros revueltos por la ira.

¡Yami estaba celoso!

Y verlo en ese estado resultaba increíble, devastadoramente sensual.

Una corriente de absurdo júbilo -entre otras sensaciones- le recorrió el cuerpo como un rayo... para ser aplastada de inmediato por la rudeza del sentido común que siempre había poseído, y la lógica que Gozaburo Kaiba le había inculcado a base de latigazos y otros castigos menos corporales pero igual de dolorosos.

¿Qué diablos estaba pensando? Por supuesto que el faraón tenía que sentirse celoso! Él era la reencarnación de su sacerdote, de alguien que le había pertenecido, que había sido de su propiedad en muchos más sentidos de los que podía abarcar esa simple palabra. A los ojos de Yami, él era Seth; y si él y Seth habían sido amantes, entonces era lógico pensar que...

Un temblor lo agitó de sólo pensar en ello, en la posibilidad de que esa relación de extraña dependencia emocional entre el sacerdote y su faraón -de la cual sin duda estaba padeciendo los efectos- hubiera progresado en el terreno mental y físico mucho más de lo que le habían mostrado los recuerdos de esa vida pasada.

Yami no estaba celoso de él, Seto Kaiba, sino de su Seth; era estúpido pensar en otra cosa, cuando un par de días atrás le había confirmado que pensaba que él era Seth. Probablemente el faraón pensaba en su querido sacerdote el día anterior, cuando se besaron... la sola idea hizo que sus dientes rechinaran por la fuerza de la pura e intensa rabia que de pronto lo invadía. ¿Era posible sentirse celoso de sí mismo?

No, no era posible; porque él, definitivamente, NO era Seth. No lo era, aunque estuviera sintiendo lo mismo que el jodido sacerdote había experimentado, aunque quisiera igual al faraón, aunque deseara evitarle cualquier peligro, preocupación o tristeza... hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él si era necesario. Y todo eso ocurría por lo que sentía por él, no por los recuerdos de Seth, ni por los de Christian, ni por ninguna de las malditas cosas que habían sucedido en los últimos días. Porque desde el momento en el que se había mirado en aquellos ojos rojizos, había renacido con fuerza todo lo que había experimentado al enfrentarse y también al luchar lado a lado con "el otro Yugi".

Siempre lo había admirado, siempre se había sentido orgulloso de ser su rival y de ser respetado por él, a pesar de todo; siempre había sabido que era alguien más, que no era Yugi. Siempre había sentido aquel tirón gravitacional... aquel presentimiento de que los ojos rojos como los rubíes que lo miraban en sus sueños, acechaban detrás de los ojos violeta del pequeño y valeroso duelista.

En suma, siempre había estado enamorado de Yami.

Enamorado. Dios. Ra en los cielos.

Tragó en seco, sintiéndose repentinamente mareado y a punto de vomitar hasta las vísceras en la colorida alfombra tejida que cubría el piso de la cocina de los Moto. El encontrarse de pronto en la piel de la protagonista de una mala novela dramática podía causar desastres en cualquier hombre, incluso en el más sensato y lógico; y él, por lo visto, no era la excepción a la regla.

"Te sucede algo, Kaiba?" - preguntó Ishizu, sobresaltándole. Sólo entonces se dio cuenta de que había transcurrido un buen rato desde que abriera la boca, y de que Yugi le había preguntado algo ya dos veces sin obtener reacción alguna de su parte - "De pronto te pusiste pálido..." - comentó la mujer, mirándole con una expresión harto suspicaz.

"Tengo que irme." - alarmado, se dio cuenta de que la voz le había salido vacilante, casi en un balbuceo. Tenía que largarse de allí de inmediato, no podía estar ni un minuto más en la presencia del faraón después de haber hecho semejante descubrimiento, o podía perder los papeles en cualquier momento.

Como no le diera por arrodillarse y declararle su amor eterno...

Rayos, eso ya lo había hecho Seth, seguro. Seto Kaiba no tendría necesidad de humillarse de esa manera.

"Estás bien?" - esta vez la voz del faraón casi lo hizo saltar. Tenía el ceño fruncido, pero ya no mostraba irritación, sólo preocupación... y seguía pareciéndole irresistible.

"Sí. Cuando me informen de la llegada de tu hermano y su amigo te lo haré saber, Ishizu." - sin mirarlo ni una vez más, salió de la cocina y de la tienda como una exhalación, abordando su auto y encaminándose a Kaiba Corp como una bala. Por el camino iba tragándose luces rojas como un loco, y estuvo a punto de causar más de un accidente.

Oh. El gran Seto Kaiba, enamorado de un faraón de tres mil años de edad, que a su vez estaba enamorado de su sacerdote muerto, del cual Kaiba era la reencarnación o algo así... ¿podía este asunto ser más confuso?


Después de la abrupta partida de Kaiba, Ishizu permaneció sólo unos minutos más en la tienda. Yami, luego de enfrentarse al violento ataque de celos que lo había abrumado ante el pequeño y coqueto diálogo entre el empresario y la sacerdotisa, tuvo la suficiente presencia de ánimo para mantenerse aparentemente sereno y no gritarle. Requirió de mucho esfuerzo, porque no recordaba haberse sentido tan traicionado y amenazado como en el momento en el que el joven millonario le sonrió a Ishizu.

Seto Kaiba le había sonreído a una mujer inteligente y atractiva, y había sido una sonrisa de verdad; nada que ver con sus habituales muecas sarcásticas. Ver de pronto a su sacerdotisa como una rival en potencia había hecho tambalear los cimientos de la seguridad de Yami, y le costó mucho mantener bajo control su voz y la expresión de su rostro al pedirle que cuando Kaiba le avisara de la llegada de Marik y Odion viniera a buscarle.

Ishizu asintió, sin parecer sorprendida ante el tono que había usado para dirigirse a ella -quizás demasiado duro para lo que acostumbraba a estas alturas-, e incluso creyó ver brillar una chispita de divertida suspicacia en sus ojos.

Pero sólo pudo sentarse a pensar en los acontecimientos de esa mañana una vez que Yugi hubo salido de la casa rumbo a la universidad, después de que el abuelo lo hiciera quedarse en la tienda buena parte de la mañana para tenerlo a la vista... y de que prácticamente lo hubiera alimentado con cuchara a mediodía, como a un bebé.

No sabía qué pensar luego de haber visto a Kaiba por primera vez desde el beso que habían compartido. El empresario se había comportado igual de estirado y necio que siempre, pero había, sin lugar a dudas, algo extraño en su actitud; algo que no encajaba con su usual proceder. Primero había parecido ligeramente celoso, luego enfadado, y finalmente sus maravillosos ojos habían mostrado claramente asombro y temor, emociones nada fáciles de asociar con el estoico joven.

Por momentos había temido que Merit estuviera atacando su mente, sobre todo después de oírle decir que la bruja prácticamente se comunicaba con él a voluntad; pero no era eso, estaba seguro. Kaiba se veía, al final de su visita, como alguien que estaba a punto de caer víctima de un infarto después de haber hecho un descubrimiento desagradable... o más bien aterrador.

¿Qué habría descubierto Kaiba? Tenía que ser algo terrible para dejarlo en tal estado de nervios.

Estaba preocupado por él. Aún podía sentir, a pesar de las horas transcurridas, una profunda agitación en el espíritu del joven.

Se acurrucó en el banco junto a la ventana de la habitación, que compartía con Yugi,deseando poder saber más del enigma que era su antiguo rival, deseando poder ayudarlo. Si tan sólo él lo permitiera... si no fuera tan terco, tan desconfiado, tan amargo...

Sus párpados se cerraron lentamente, vencidos por el extraño sopor que se apoderaba de su cuerpo, y supo que otro recuerdo lo asaltaría pronto.


Era casi de noche, pero el faraón no estaba en sus habitaciones. Al contrario, vagaba como un alma en pena por los pasillos desiertos, aunque no solo: un par de guardias lo seguía a una distancia prudencial, y dos más caminaban unos cuantos pasos delante de él. Los acontecimientos de los días pasados habían dejado a toda la gente de palacio en un estado de alerta permanente, y a la alarma provocada por el ataque de Bakura se sumaba ahora la tristeza por la desaparición de Mahado y el asombro ante su devoto sacrificio.

Mahado... de sólo pensar en él, el faraón sentía que el corazón se le encogía dentro del pecho y un nudo de lágrimas obstruía su garganta.

El joven sacerdote había sudo su amigo fiel, su consejero, su compañero desde niño; el que le había ayudado a aceptar su vida como el príncipe de Egipto, y sus deberes como faraón una vez que ascendió al trono, a la muerte de su padre. Así como Shimon era la figura del abuelo sobreprotector y cariñoso, Mahado era más que un amigo: prácticamente había ocupado el lugar del hermano que el joven príncipe nunca tuvo.

Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo pronto, antes de que lo más querido que tenía en la vida desapareciera. No podía permitir que su pueblo sufriera la invasión de las sombras, cuando él tenía en sus manos el arma para impedirlo. Tenía que hacerlo, aunque eso significara su desaparición de este mundo.

Aunque significara no volver a ver a Seth.

Se detuvo. Sus pasos errantes lo habían conducido exactamente a la habitación del más recalcitrante de sus sacerdotes; hizo señas a los guardias de que esperaran fuera, y aunque éstos pusieron cara de duda, obedecieron.

Entró sin anunciarse y encontró al joven sentado ante una tosca mesa, leyendo unos rollos a la luz de los hachones adosados a la pared y tomando notas en un trozo sucio de papiro. Estaba tan concentrado en su tarea que no advirtió la llegada del soberano; y éste, durante unos momentos que parecieron interminables, pudo recorrer a su antojo con ojos doloridos y hambrientos la figura musculosa y bronceada, cubierta sólo con un kilt blanco anudado a sus estrechas caderas.

Algo lo estaba frustrando, porque aquellas manos de dedos largos y sensibles desordenaban frecuentemente su cabello, algo más claro y rojizo que el de Mahado, y su perfil mostraba una expresión preocupada, casi desesperada. El faraón sabía, aunque Seth no se lo había dicho, que el joven se había dedicado con fervor a la búsqueda de un ka superior, uno que pudiera utilizar para enfrentarse a Bakura y vencerlo.

Seth estaba tratando con todas sus fuerzas de salvarlo, pero era inútil. Sabía tan bien como él que la única manera de vencer definitivamente a Bakura y a los poderes de las sombras que amenazaban con apoderarse del reino y destruirlo, era sellarlos en una tableta -o en algún artículo del Milenio- con su propio sacrificio. Nadie más podía hacerlo, sólo él, el faraón, el hijo de los dioses.

"No sigas buscando, Seth. No hay otra alternativa."

El joven se volvió tan bruscamente que varios de los rollos de papiro que estaban sobre la mesa cayeron al suelo. Se levantó y de inmediato cayó de rodillas ante el faraón, inclinando su cabeza en señal de respeto.

El soberano, lleno de tristeza, acarició levemente el cabello largo y sedoso de su sacerdote, elevándole luego el rostro para perderse en las profundidades de los intensos ojos azules. Seth correspondía a sus sentimientos, de eso no había duda, aunque nunca hubieran hablado ni una palabra al respecto. Para el joven sacerdote, un pensamiento así era prohibido, y con el carácter amargado y negativo que se gastaba era probable que pensara también que cualquier señal de que el soberano le correspondía era sólo una ilusión.

Pero no lo era, nunca lo había sido. El faraón lo amaba desde el momento en el que lo había visto de nuevo, el día de su unción como el portador del cetro del Milenio; sabía que lo había querido antes, en esos días de los que nadie hablaba, cuando vivía en el palacio y él era poco más que un bebé. Lo había amado toda la vida. ¿Cómo dejarlo? Cómo perder para siempre la dicha de verlo día tras día, aunque no pudieran amarse libremente?

"Seguiré buscando. Sé que tiene que haber una forma en la que no tenga que sacrificarse lo más preciado que tiene Egipto..."

"Lo más preciado de Egipto no soy yo, Seth. Es su gente, mi gente. Es la paz y la felicidad de esa gente, y si para lograrlo tengo que sacrificar mi vida, no dudaré en hacerlo. No puedo darme el lujo de ser egoísta, es mi deber como faraón proteger a mi pueblo."

"No voy a aceptarlo. No sin luchar." -dijo el joven con terquedad.

"No comprendes lo que estás buscando, y tampoco yo. Puedes encontrar algo que haga más daño que bien, Seth. Déjalo ya."

"¡No puedo!" - exclamó, sus ojos lanzando chispas. Seth tenía un carácter que rivalizaba e incluso superaba al suyo en apasionamiento y agresividad - "No comprende que NO puedo permitir que me deje? Qué voy a hacer sin usted?"

"Vivir, como todos los demás. No estás dispuesto a aceptar mi partida, pero yo tampoco estoy dispuesto a aceptar ni un sacrificio más por mí. Con Mahado ha sido más que suficiente... ha sido un sacrificio innecesario, algo que permití que ocurriera y de lo que soy el único responsable." - murmuró amargamente.

"Él no pensaba que fuera inútil," - repuso Seth, calmándose de pronto, como si la tormenta en su interior se aquietara un poco - "él sólo pensaba en su seguridad. Como yo." - las últimas palabras salieron casi como un susurro.

"Sé que era fiel y leal, y lo quise como al hermano varón que nunca tuve; estoy sufriendo por su pérdida, como muchas otras personas en este palacio. Pero tú... tú eres diferente para mí. No podría soportar perderte."

"Y piensa que será mucho más fácil para mí soportar su pérdida?"

"No. Sé que dolerá, pero vivirás si yo te lo pido."

"Y dicen que yo soy cruel."

"No es crueldad, es necesidad. Necesito que estés aquí, que te encargues de que mi pueblo esté a salvo de las sombras cuando yo ya no pueda protegerlo."

"Entonces... soy una herramienta?" - de pronto había ira en los ojos azules, pero también dolor.

"¡No! No es así y lo sabes..."

"No tengo un carácter agradable, ni soy tan obediente y dócil como Mahado, y quizás por eso usted lo prefería a él. Pero sabe que mi lealtad es inquebrantable," - insistió el joven con firmeza, sin darle importancia al hecho de que acababa de interrumpir a su soberano - "y que no exijo nada a cambio de ella, sólo su seguridad."

"Lo sé. Pero no me gusta que hables así de Mahado."

"Quizás me he expresado mal. Nunca tuve nada en contra de Mahado, aunque no éramos amigos; al contrario, lo respetaba y admiraba su sabiduría y la fuerza de sus convicciones. Lamento su muerte, tal vez no con la intensidad con que usted lo hace, pero en verdad lo siento. Y cuando dije que era dócil me refería a que casi nunca discutía sus decisiones..."

"Como tú lo has hecho cada vez que puedes." - susurró, acariciando con aire casi ausente las mejillas tersas del joven, cuya respiración se agitaba por momentos aunque la expresión de su rostro permanecía inalterable.

"Alguien tiene que atreverse a hacerlo, aún a riesgo de enfrentar su real ira. Hay cosas que no pueden hacerse sin reflexionar antes."

"¿Por eso me evitaste después de que nos besamos?" - la pregunta, directa y brutal, hizo que los ojos azules se agrandaran de una manera extrema e inusual en el estoico sacerdote. Si la situación no hubiera sido tan seria, el faraón hubiera podido estallar en risas. Claro que su momentánea diversión fue aplastada de inmediato por las palabras que salieron a continuación de aquellos labios tan sensuales y a la vez tan reprimidos.

"Eso no debió suceder. No niego que hubo flaqueza de mi parte en el asunto, pero usted retiene la mayor parte de culpa." - la expresión en el rostro de Seth era dura, y mostraba que se censuraba y lo censuraba a él sin pensar en la jerarquía.

"¿Yo?" - lo miró de hito en hito, atónito.

"Puede seducir y tener a quien desee en el palacio, en todo Egipto y quizás en muchos reinos vecinos, y sin embargo de pronto le da por intentarlo conmigo y casi lo echa todo a perder. Mi trabajo es protegerlo y para ello debo estar en completo control; no sé qué pueda estar pasando por su real cabeza para arriesgar la sanidad mental de uno de sus guardianes por un deseo repentino y pasajero, pero es mi deber evitar que eso suceda."

"Por el todopoderoso Ra, qué tonterías estás diciendo?"

El faraón sintió que algo se retorcía dentro de él, y de pronto se quedó sin palabras, dividido entre el asombro, la angustia y la ira. Había pensado que Seth, siempre tan rígido y amargado, podía reprimirse por el hecho de que una relación así era algo prohibido... sobre todo considerando que el soberano no había engendrado ningún heredero, ni tan siquiera una niña; lo cual, a pesar de ser querido por todos, lo ponía en una situación delicada a los ojos de sus súbditos.

Revelar dónde reposaban sus preferencias y sus verdaderos sentimientos en un momento en el que Egipto se encontraba en peligro podía provocar su caída, y marcar el comienzo del fin para su pueblo. Lo comprendía perfectamente, y sabía que Seth pensaba igual; pero nunca, ni en sus peores pesadillas, había podido imaginar que el objeto de su afecto pensara que sus sentimientos eran pasajeros... superficiales. Eso lo hería profundamente.

"Es la verdad. ¿O no?" - la pregunta en los labios de Seth era meramente retórica, porque sus ojos duros y opacos y la boca torcida en un gesto de desdén hacia sí mismo revelaban que estaba convencido de ello.

Al rey le costó recuperar el habla, pero cuando al fin lo logró, su voz era firme.

"No lo es, y muy dentro de ti lo sabes; pero si tengo que decir lo que siento, lo haré de una vez. Eres la persona más importante en mi vida, Seth. Nunca he amado a nadie en la vida como te amo a ti, desde el momento en el que entraste a mi vida de nuevo. Ni a mi padre, ni a la madre que perdí siendo muy pequeño, ni a Shimon, ni a ninguna de mis hermanas; ni siquiera a Mahado."

"No diga eso. ¡No lo diga!" - suplicó Seth, terriblemente tenso, las pupilas dilatadas.

"¿Porqué no decirlo? Necesito que me creas, necesito que me entiendas; y necesito que tú también me digas lo que sientes."

"Mis sentimientos son irrelevantes." - dijo el joven después de unos momentos de silencio, evadiendo su mirada y tratando de recuperar el control.

"No lo son. Nunca lo han sido."

"¿Porqué me dice eso ahora? Porqué lo hace?"

"Porque es lo que siento." - murmuró tristemente el faraón.

"Majestad..." - comenzó Seth de nuevo, moviéndose de su posición con una rodilla apoyada en el suelo, tratando de poner distancia entre ellos. El soberano no se lo permitió, aferrando con ambas manos su rostro.

"No me llames así. Quiero escucharte decir mi nombre, Seth."

"No."

"Dilo."

"No lo haré. Sería como admitir que vas a morir," - dijo el joven mirando al techo, aparentemente sin advertir el desliz de su lengua - "por eso es que estás diciéndome esto. No lo haré."

"No admitirlo no evitará que suceda. Está escrito; es mi destino, así como el tuyo es sobrevivirme para gobernar a mi pueblo."

"Ahora sí estás diciendo tonterías. ¿Cómo podría hacerlo? No soy faraón."

"Lo serás." - dijo, decidido, sin prestar mucha atención a la mirada incrédula y nada respetuosa que le dirigía el otro.

Había tenido visiones de Seth como faraón y sabía que, de alguna manera, por las venas del joven sacerdote corría sangre real. Eso explicaba su presencia en el palacio cuando era niño, aunque no explicaba porqué se había marchado ni los motivos que habían tenido para ocultar su origen. Por la expresión entre confusa y desdeñosa que lucía su cara en ese momento, supo que el joven no tenía tampoco ni la más mínima idea al respecto.

De pronto, y no por primera vez en su vida, deseó ser un hombre común... deseó que él y Seth no fueran un rey y su súbdito, sino dos personas que se amaban, dos seres creados para estar juntos y ser felices. ¡Si tan sólo pudieran ser libres, sin las responsabilidades que los separaban, sin el orgullo y los prejuicios!

"No quiero ese poder."

"Siempre has querido tener poder..."

"No a expensas de la vida de nadie, y mucho menos de la tuya. Hay una muchacha... la encontré hoy en el pueblo, y la traje al palacio; un ka muy poderoso está encerrado en su mente, y podría ayudarnos a ganar esta guerra...a evitar tu sacrificio. Pero no podría tomar su poder sin antes acabar con su vida."

"Seth... ¿serías capaz de matar por mí?" - murmuró el faraón, mirándole con los ojos muy abiertos y horrorizados.

"Si me lo pidieras, lo haría," - dijo con firmeza - "aún en contra de todo lo que creo y pienso. Pero sé que no lo harás, porque eres como yo... y yo no tomaré la vida de nadie para tener poder." - gruñó el joven, sin mirarle.

"Y porque sabes que sería inútil. Nadie puede detener al destino."

"Ésa es otra razón por la cual no lo haré. Primero, porque no quiero. Y segundo, porque no quiero ningún poder si voy a estar sin ti."

"Mi Seth... mi querido, terco y honorable Seth." - muy a su pesar, una sonrisa curvó sus labios. Sin más, se inclinó hacia adelante, cerrando los ojos, y lo besó.

Demandante. Exigente.

La sorprendida rigidez del otro joven duró muy poco, antes de que respondiera por completo al beso, una lengua ágil se deslizara dentro de su boca y unos brazos como bandas de acero rodearan su cintura. El faraón se deleitó en las sensaciones durante unos instantes que le parecieron eternos: el calor, la humedad y el exquisito placer que rugía a través de su cuerpo como un fuego salvaje. Sólo apartó un poco su boca en el momento en el que sintió que podría estallar por la falta de aire.

Y entonces abrió los ojos y se encontró centrado en el rostro de Seth, tan cerca del suyo que lo veía casi borroso; y escuchó aquella voz profunda más ronca que nunca...

"Atem..."

Su cuerpo se estremeció casi convulsivamente contra el de Seth, sus dedos curvándose sobre los fuertes hombros desnudos y descendiendo luego por la espalda musculosa, como buscando desesperadamente algo que lo anclara a él, que le dijera que esto era real. Que no era más un sueño, uno de esos sueños imposibles de los que despertaba sudoroso, frustrado y entristecido.

De pronto todo desapareció.

La habitación, Seth, el calor de su cuerpo y del aire, se desvanecieron. Se encontraba de pronto al aire libre, y una brisa fría le azotaba las mejillas; su cabello, en lugar de elevarse, caía pesadamente sobre sus hombros y rozaba sus mejillas. Al bajar la mirada hacia sus brazos vacíos descubrió que estaban cubiertos por largas mangas negras, y guantes igualmente negros cubrían sus manos; sus botas negras pisaban un sendero de piedra bordeado por arbustos secos, y el mundo a su alrededor se había tornado blanco...

¡Nieve!

No estaba ya en Egipto. No era ya el faraón, y se dio cuenta de que esta vez navegaba en los recuerdos de Henry.

Lenta y metódicamente, Henry se despojó de los guantes. Sus manos no eran las de un joven, aparecían demasiado delgadas y pálidas; y podía sentir el peso de los años en cada hueso de su cuerpo, tan pesados como su corazón. Su mano derecha se elevó y buscó dentro de su chaqueta, sacando una cadena de oro de la cual pendía un grueso medallón; tocando un pequeño resorte, el medallón se abrió.

Sólo contenía un mechón de cabellos del color de las hojas de otoño, atado con una cinta; pero la sola vista de tan simple objeto lo paralizó por momentos, invadido por el sufrimiento. El pecho de pronto le dolía intensamente... era casi como si una enorme y pesada piedra ocupara el lugar de su corazón, impidiéndole respirar, y las lágrimas inundaron sus ojos como un torrente.

"Christian." - murmuró, sacando del medallón el pequeño recuerdo que había atesorado durante tantos años, apretándolo contra su pecho.

Ningún acontecimiento en su vida había podido igualar la felicidad de los escasos momentos pasados junto al joven. Ni el nacimiento de sus hijos, a quienes adoraba, ni la paz que había alcanzado junto a Elizabeth, por quien había llegado a sentir un gran cariño y a quien siempre le había sido fiel.

Ningún dolor había sido tan profundo como el de la pérdida de su gran amor... con excepción de la muerte de su hijo mayor, que lo sacudió como un cataclismo porque había sido como perderlo de nuevo. A ese bebé, el primogénito, le había puesto por nombre Arthur, en honor a la memoria del hombre que había amado.

Christian le confesó en una ocasión que su padre, antes de morir, le había revelado que ése era el nombre con el que le bautizaron. Por ello había querido mucho a su primogénito, a pesar de que pronto vio que sus esperanzas de que le sucediera eran meras ilusiones; el niño había crecido para convertirse en un joven enfermizo que murió cuando su vida apenas comenzaba.

El dolor en su pecho aumentó y cayó de rodillas en el sendero empedrado. Había vivido todo lo que tenía que vivir, había consolidado la monarquía, y su hijo Henry estaba más que capacitado para continuar con su obra; era, si cabía, aún más ambicioso que él, si bien su exacerbada sensualidad era un punto por el que habían discutido muchas veces, uno que podía traer problemas al reino.

Sentía a la muerte rondando; el frío quemaba su piel y el dolor se extendía en ráfagas dentro de su cuerpo, irradiando desde su pecho, pero no tenía miedo. Quizás en la muerte podría reunirse de nuevo con Christian... no importaba si era en el cielo o en el infierno.

"Christian." - sintiéndose cada vez más débil, pronunció una y otra vez el nombre con voz entrecortada hasta que al fin su garganta se negó a funcionar y la oscuridad lo cubrió como un manto piadoso.


Yami despertó jadeante y asustado, con el rostro bañado en lágrimas. Era la primera vez que tenía un recuerdo de su vida como Henry, y precisamente había sido el de los momentos previos a su muerte. Aún le dolía el pecho, y las intensas emociones que acababa de experimentar le ahogaban, a tal punto que necesitó varios minutos para calmarse.

Bajó a la tienda con la intención de entretenerse en algo y no pensar más en lo que había recordado, no sin antes lavarse la cara. Lo cual no impidió que el viejo, que en ese momento atendía a un cliente, le dirigiera una mirada de extrañeza.

Apenas el cliente se fue, Solomon Moto se acercó a él con la evidente intención de preguntarle qué le ocurría; a Yami no se le ocurrió ni por un momento negarlo, sobre todo porque necesitaba desahogarse.

"Tuve un recuerdo. Dos, para ser precisos." - hizo una pausa y examinó al anciano con ojos pensativos - "¿Recuerdas muchas cosas de tu vida como Shimon, o de tu vida cuando yo era Henry? Estabas allí también, te vi en los recuerdos de Christian."

El sólo pronunciar ese nombre le dolía. Ra, cuánto sufrimiento habían tenido que soportar.

"Algunas, no muchas." - el viejo le miró con ojos suspicaces - "Recordaste algo sobre Seth, cierto?"

"Así es. Tú no le tenías mucho cariño en ninguna de esas dos vidas, según creo."

"Eso no es del todo cierto," - repuso, sorprendiéndole - "yo apreciaba y respetaba a Seth, a pesar lo difícil que era como persona; su lealtad y su bondad eran indudables. Pero de Christian desconfiaba, y con justa razón... era un mercenario, un asesino, y sentía que con él cerca estabas en peligro. No aprobaba su... amistad."

"¿Sabes cómo murió?" - preguntó Yami después de unos segundos, prefiriendo ignorar el comentario.

"Fui yo quien retiró su cuerpo del campo de batalla en Bosworth, así que lo recuerdo muy bien. Una flecha lanzada por una mujer acabó con su vida, después de que la batalla había terminado... tú llorabas tanto que tuve que cubrirte con mi capa para que los soldados no vieran tu debilidad. Estuviste muy enfermo después de eso."

"Sé que lo amaba, abuelo. Sentía su muerte, y jamás lo olvidé... hasta mi último aliento en esa vida, como en la anterior." - confesó, con aire ausente.

"Y hoy, con Kaiba... ¿sientes lo mismo?" - realmente había que premiar al anciano por su admirable compostura, aunque su boca se torcía un poco en una mueca que revelaba que no estaba contento con la idea.

"No lo sé... creo que sí. Estoy muy confundido, pero sé que es mucho más que simple atracción, el destino o lo que sea."

"Kaiba no es Seth. Tampoco es Christian. Es... el mismo, y a la vez tan diferente que no sé qué decirte. Sólo que tengas cuidado... nuestras experiencias con él rara vez han sido buenas."

"Gracias a él estoy aquí, abuelo."

"Sólo por eso estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda..."

¿Porqué todos pensaban que Kaiba podía hacerle daño? De alguna manera, Yami estaba convencido de que no sólo no le haría daño, sino que simplemente no era capaz. No porque creyera que los sentimientos de Kaiba eran iguales a los suyos, sino porque lo sabía un hombre honorable; sólo la influencia maligna, la desesperación o la ira sin control podían llevarlo a extremos, y no era ése el caso.

A través del nexo que compartían había intuido que era muy probable que Kaiba fuese incapaz de enfrentarse a él, al menos seriamente; no después de haber descubierto tantas cosas de su pasado... no después de aquel beso. La desconfianza casi patológica del anciano era algo que había arrastrado durante todas esas vidas, por eso no lo censuraba.

Suspiró. Al igual que lo había hecho en sus recuerdos de Egipto, deseaba que ahora las cosas fueran más simples y no hubiera prejuicios entre los dos.

Algunas cosas, y algunos sentimientos, nunca cambiaban.


Ishizu llegó a buscarle casi al anochecer, en el elegante auto negro en el que siempre se desplazaban ella y Shadi. Estaba muy nerviosa; aún no había visto a su hermano ni a Odion, estaba en el museo cuando Kaiba le había llamado informándole que los tenía y le había propuesto llevarlos a la casona en la que residían.

Yami estaba casi tan nervioso como ella, por variadas razones. La perspectiva de encararse con la obra de Merit en sus sirvientes más cercanos le asustaba un poco, para ser sincero. Y luego, estaba decidido a interrogar a Kaiba de una vez por todas acerca de sus recuerdos... así tuviera que fastidiarle hasta vencerle por cansancio.

Se dio cuenta de que habían llegado a su destino cuando el conductor del auto se detuvo frente a la casona; el auto plateado de Kaiba y una van negra, blindada, estaban aparcados cerca. Shadi y el joven empresario los esperaban en la salita; el primero lucía tan imperturbable como siempre, y el segundo parecía supremamente aburrido cuando se levantó al verlos llegar.

Yami se sintió ridículamente herido al notar que Kaiba procuraba esquivar su mirada, pero los siguió por el pasillo hasta el sótano sin decir palabra. Allí se encontraban Marik y Odion tendidos en sendas camillas, conectados a diversos equipos médicos y luciendo bastante mal. Marik estaba pálido bajoel perenne bronceado que contrastaba con sus pálidos cabellos de color arena, y sus brazos descubiertos mostraban señales de golpes y maltrato.

Ishizu corrió al lado de su hermano y acarició sus cabellos, hablándole en voz baja mientras ríos de lágrimas corrían por sus mejillas. Era una escena conmovedora, y Yami estaba tan concentrado en ella que se sobresaltó cuando la voz de Kaiba sonó justo detrás de él. Se volvió a mirarlo, pero la mirada azul estaba clavada en un rincón de la habitación.

"A ver qué logras," - su voz era seca y desprovista de inflexión alguna - "ni los hombres que los trajeron, ni yo, hemos podido sacarles nada."

Allí se encontraban, sentados en el suelo, seis hombres morenos vestidos con ropas raídas y custodiados por tres tipos vestidos con trajes negros y armados hasta los dientes. Los sujetos tenían los ojos abiertos, pero fijos en un punto indeterminado del espacio; y ese gesto, aunado a sus mandíbulas ligeramente desencajadas, los hacía parecer como si estuvieran en trance.

Yami avanzó hacia ellos y les habló en su lengua materna, manteniendo su voz suave y persuasiva.

"¿Quién los envió? Porqué hacen esto, qué le han hecho a mis seguidores?"

No hubo respuesta inmediata, pero uno de los hombres cerró los ojos y empezó a mecerse rítmicamente de atrás hacia adelante. Cuando sus ojos oscuros se abrieron de nuevo, una chispa verde danzaba en ellos y una expresión ligeramente maliciosa se insinuaba en su rostro tostado.

"Es inútil, Atem. No lograrás hacerlos volver, porque están sirviendo a mis propósitos... para destruirte al fin."

Al escuchar la voz de su hermana-esposa brotar de los labios de aquel desconocido, Yami se tambaleó peligrosamente y estuvo a punto de caer; pero unas manos fuertes lo sostuvieron por los hombros y permanecieron allí, brindándole apoyo.

Eran las manos de Seto Kaiba.


N.A.: Gomen otra vez... he tenido supervisión en el trabajo y nada de tiempo para escribir, llego a casa muerta de cansancio y debo estudiar los fines de semana (BTW, estoy contenta porque aprobé excelente todas mis asignaturas); pero en fin, aquí tienen otro cap. Sé que los acontecimientos de Egipto aquí son ligeramente diferentes a lo que pasa en el anime y el manga, pero les advertí que iba a torcer un poco las cosas para acomodarlas al fic y eso es lo que hago, aunque sólo estoy desplazando un par de eventos XD. Los últimos años de la vida de Henry VII estuvieron marcados por una profunda melancolía, que ya arrastraba antes de la muerte de su primogénito Arthur; murió a los 52 años, en el invierno de 1509; el detalle del relicario con el mechón de cabello me pareció adecuado a su historia por ser horriblemente romántico XDDD.

Gracias a mis reviewers: Anny Pervert Snape (jaja, otra fan de tipos fríos, yo también los colecciono: Seto, Ru, Aya, Zechs, Enzan XD. Gracias!), Yaired (excelente BSO para esa escena, sí. Gracias mil, y te aseguro que el pobre Solomon va a recibir más de un shock XD), Shiroi Tsuki (ya verás, ya verás), Yasha Yagami (pues bienvenida y gracias, me alegra que te guste), Hisaki Raiden (así es el Kaiba que todos conocemos y amamos. Gracias por tus comentarios, y aquí sigo echándole ganas XD), Luna Lovegood du Black (Yami sufre las consecuencias de tener un hikari curioso XD. Y bueno... todos sabemos que así se las gasta Kaiba, por su confusión y orgullo. Ya vendrá, ya vendrá XDD), Black Tsuki (vi el dibu en mi foro y sólo puedo decir: gracias! Es muy hermoso... pero quiero ver los lemon, y si me los mandas al correo no me voy a poner brava XDD. No he tenido tiempo ni de pasarme por el foro ni de subir la nueva versión de mi page, me da mucha pena pero me ha sido imposible), Lena Hiyasaki (Seto es, de por sí, una persona bastante compleja y confundida... yo sólo trato de reflejar cómo pienso que se sentiría y reaccionaría ante una situación como ésta. Ojalá que, por una vez, las cosas le salgan bien), Mordecay (bruja! Pero sí, creo que tienes razón y Merit lo que necesita es un buen revolcón. Tranquila que mi pobre K todavía tiene que pasar por unos cuantos tragos amargos), Xin Tamao (Seto es babeable, muy babeable. Pues sí, es demasiado interesante... yo quería estudiar historia ;;), Pysche (Bienvenida! Y no te preocupes, entiendo muy bien tu español, no sabía que lo leías. Yo he leído tus fics, aunque no dejo revs por falta de tiempo. Thanks!), Akire777 (bienvenida a la caja de grillos de las revs XD. Bueno, no me gusta cuando cambian el carácter de los personajes porque dejan de ser ellos, los que conocemos y amamos. Y ya escribí tanto lemon que quería hacer algo como mis fics actuales, en los que construyo una historia que en algún punto puede tener lemon, en lugar de hacer un lemon con un poquito de historia XD. Gracias por tu rev!), Kida Luna (ya conocemos las "gracias" que hace ffnet. Jaja, como ven, hay quien odia los flashbacks... y pobre caballo, lo que me he reído leyéndolos XDD. Quieres cuidar a Malik, eh? Bandiiiiida XD), Escila (tiempo sin verte por aquí XD. Me alegra verte de vuelta y espero que estos caps te hayan gustado), Serena (bienvenida, siempre es bueno encontrar gente a la que le gusta la historia tanto como a mí; también me alegra que aquí hayas encontrado gente que te comprenda. Pues bueno, a mí me gusta más el S/Y, me parece muy posible y hasta lógico; aunque he escrito S/J, me parece que es una pareja más irreal, le veo más posibilidades en el campo de las cochinaditas o en el de las novelitas de adolescentes, es considerablemente menos seria. Gracias por tu comentario!).