Fírnen y Arya llegaron surcando el cielo. El primero aterrizó a una distancia prudente del gigante rojo. La elfa se bajó con agilidad de su montura y tomó varias cosas de las alforjas del dragón. Una de ellas era una silla de montar enorme, casi tan grande como ella misma. También llevaba colgada cruzada una cantimplora. Ni corta ni perezosa, se acercó con paso rápido pero sereno al grupo, sin preocuparse en absoluto por las tensiones que, evidentemente, había.
Seria como Kristine nunca había visto a nadie, dejó en el suelo la silla (que cayó sonoramente demostrando su peso) y los víveres. Se fijó en Kristine y preguntó:
—¿Te encuentras bien?
—Sí, sólo un poco cansada.
Se arrodilló junto a Kristine, cogió la cantimplora y vertió en el tapón una muy pequeña cantidad del líquido que llevaba en su interior.
—Bebe —le ordenó a Kristine.
La chica se incorporó y, cogiendo el tapón preguntó qué era.
—Faelnirv —contestó mientras lo tomaba y observaba su graciosa reacción— Se trata de un licor que elaboramos a partir de bayas de saúco y algunos rayos de luna.
Cuando Kristine terminó, Arya volvió a llenarlo y se lo ofreció a Murtagh. Éste se sorprendió tras haber tardado un poco en entender el gesto; pero lo aceptó con cara de "prefiero arriesgarme a morir envenenado que rechazárselo".
—¿Se escribe así? —preguntó Kristine.
Dibujó las runas que correspondían al felnirv. En cuanto oyó la descripción supuso que se trataba de eso.
Como es de suponer, todos se sorprendieron: una chica de pueblo no habla el idioma antiguo. Ni siquiera la hija de un conde.
"Oh, por favor, en sólo dos días ya he demostrado lo suficiente que no soy una cualquiera inútil. ¿Por qué seguirán sorprendiéndose?"
—¡Creía que no sabías hablar élfico!
—No sé hablarlo. Pero sí lo conozco. Puedo leerlo y escribirlo perfectamente.
—Vaya, sabía que querías convertirte en Jinete de Dragón, pero no que te lo hubieras tomado tan en serio.
—¡Pero qué dices! —rió Kristine—. Sólo le hice porque así tenía acceso a muchos más textos y documentos históricos.
Pero eso sólo era parte de la verdad...
—Entonces —continuó—, se pronuncia "faelnirv"
—Así es —contestó Arya.
Entonces Kristine la miró y se dio cuenta de que tenía los labios componiendo una diminuta pero muy iluminada sonrisa.
Kristine se levantó casi de un salto como para dar a entender que estaba preparada para cualquier cosa.
—¿Nos vamos ya? —preguntó ansiosa por acabar el viaje.
—Sólo una cosa más —dijo Arya.
Sacó de una de las bolsas un espejo del tamaño de dos manos grandes. El marco era de plata con motivos de filigrana. Sujetándolo dijo una palabras en el idioma antiguo, las mismas que había utilizado Ulianea hacía dos días.
La superficie reflectante se volvió negra. Pero, si te fijabas bien, era más bien marrón oscuro e incluso se veía una veta más iluminada.
—¡ERAGON! —llamó Arya.
Un hormigueo recorrió el estómago de Kristine, parecido pero diferente al que le produjo el faelnirv.
La imagen se movió. De repente quedó iluminada y unos dedos aparecieron por el borde. Parecía como si la pantalla que la otra persona hubiera estado usando se encontrara dentro de algún tipo de macuto y lo estuviera sacando. Una vez se estabilizó la imagen, se veía al humano raro... a Eragon, con el viento alborotándole los cabellos y un fondo absolutamente blanco.
—¡Arya! —dijo sonriendo, pero cambió su expresión al fijarse bien en la imagen— ¿Qué ocurre?
—Fírnen y yo estamos con Kristine, Altaïr, Muratgh y Espina al nordeste del Desiero de Hadarac. Han sido atacados y por eso llevamos algunas horas de retraso. Continuaremos sin descanso hasta Ceris y haremos noche allí.
—Vale. Jonathan os estará esperando allí. Déjame ver a Murtahg —Arya movió el espejo de modo que Eragon tuviera mejor vista del grupo—. Murtagh, continuaréis el viaje a partir de Ceris guiados por Jonathan. No hay tiempo para explicar cómo llegar al punto de encuentro. Por nuestra parte, también llevamos media jornada de retraso porque nos hemos encontrado una fuerte tormenta que nos ha obligado a parar. Pero no tenéis de qué preocuparos. —dicho esto, hizo una pausa de unos segundos— ¿Estáis bien?
—Sí. Gracias a Arya estoy perfectamente. Sólo lamento haber perdido a Zar'Roc.
—No te preocupes por eso —contestó Arya—, la vas a recuperar.
A Kristine casi le hacía gracia ver cómo Murtagh, a quien sabía muy gruñón, era sorprendido una y otra vez con el trato amable y la deferencia de la Reina de los Elfos.
—Kristine, ¿y tú y Altaïr?
—Bien —dijo tímidamente la muchacha..
—Pronto todo habrá acabado —le dijo con voz suave y tranquilizadora—. Murtagh, ¿sabrías describir a vuestro agresores?
Murtagh hizo una breve descripción. Cuando Eragon le pidió que le dijera cuáles eran los símbolos que llevaban en el cuerpo, no fue capaz de responder.
—Todo sucedió demasiado deprisa.
—Yo recuerdo algunos —dijo Kristine—. El que parecía el jefe llevaba en el pecho esto:
Kristine empezó a trazar las palabras y dibujos que los bandidos llevaban en el suelo con la ayuda de una ramita. Las del pecho del jefe, eran palabras de protección. Las del brazo, de fuerza y poder. Los del resto eran similares, pero algunos llevaban en la cara y cuellos palabras para las que Kristine no podía dar una traducción en el idioma humano porque eran demasiado ambiguas y hacía referencia a cosas que ella no entendía. Durante su aprendizaje, esas eran las que más le costaba, porque no se le daba bien memorizar de cabeza: sólo conseguía retener aquellas cosas que comprendía. Tuvo que hacer una gran esfuerzo para aprender de memoria esas otras.
—Vale, está bien. Creo que ya sé de quienes se tratan. Ahora debo dejaros. Tengo que hablar con Jonathan.
—Adiós —contestó Arya, y la imagen se desvaneció.
Se puso en pie y le indicó a Kristine que era mejor que ella y Altaïr fueran con Espina, porque la silla era más grande. Murtagh le puso la montura al dragón y guardó las cosas que Arya les había llevado.
—Dentro hay ropa para que os cambiéis, capas, agua, pan y queso. Del resto os aprovisionaréis en Ceris —mientras dijo esto, Fírnen se acercó un poco—. Y además —fue hasta su dragón y cogió algunas cosas de la bolsa: una espada y un carcaj con flechas—, esta espada para ti, Murtahg, y estas flechas para ti, Kristine. Es la más parecida que he encontrado a Zar`roc. Encontrarás que no es de la misma calidad, pero sigue habiendo sido hecha por mi pueblo.
Murtagh sopesó la espada. La forma era como la de Suplicio, pero el color era el del acero. Un acero muy brillante.
Kristine examinó las flechas. La única expresión que se le ocurrió para describirlas fue "perfectas". Aunque Kristine tuviera mucho dinero, todas esas monedas nunca le habían valido más que si fueran piedras, así que le era prácticamente imposible conseguir flechas. Cuando aquél que le enseñara a usar el arco había estado dispuesto a ayudarle, ella le daba el dinero y él conseguía todas las que quisiera y además de buena calidad. Pero desde hacía casi tres años, todo había acabado. Por mucho que las cuidaba, al final siempre se acababan estropeando por el uso o perdiendo por el bosque. Y ahora, tenía en sus manos todas aquellas preciosas flechas. A lado de "perfectas", la otra palabra que le vino a Kristine al verlas fue "irrompibles". Era sombroso. Era genial.
Pero la euforia se vio disminuida por la sospecha. ¿Por qué era tan importante que fueran armados? Los caminos eran seguros. Siempre lo habían sido. No sólo desde que ella podía recordar, sino desde que la Reina Nasuada subió al poder. De hecho, toda Alagäeisa estaba abierta para todo el mundo (excepto, quizá, para Murtagh y Espina). Bueno, la importancia de ir armados era obvia: esa misma mañana habían sido atacados. Pero aquél gesto de Arya indicaba que había posibilidades de que se repitiera. Pero... casi nadie sabía que Murtagh estaba allí, no podían ser atentados contra su persona. Entones... ¿Alagäesia había dejado de ser segura? ¿O sólo había dejado de ser segura para ellos?
"¿Ocurre algo?" preguntó una voz profunda y grave, pero suave, en la mente de Kristine.
Kristine se había abandonado a sus pensamientos, con la vista perdida y eso había llamado la atención de Fírnen.
La pobre chica dio un respingo. Miró al dragón y se sorprendió al darse cuenta de que era muy parecido a como lo había imaginado en sus ensoñaciones. Solo que era aún más magnífico y los dientes no se le salían de la boca en todas direcciones de una forma terrorífica.
—¡No! No, nada. Es sólo... una pregunta —Kristine pensó rápido—: ¿sabríais decirme por qué la marca de mi mano es diferente y qué significa?
Arya se acercó para poder ver mejor. Y debido a esa cercanía, Kristine pudo darse cuenta de cómo se le endurecieron los rasgos de la cara. Se recompuso rápidamente, pero ya era tarde: Kristine lo había advertido.
—Tendrías que haberlo preguntado cuando estábamos hablando con Eragon... Es la "Mano de Diamante"...
¡Tiene nombre! ¡Luego no es algo tan inusual! Kristine sintió un instante de alivio.
—... No es nada común. Apenas unos diez jinetes en toda la historia de la orden han sido Adamianlam y ninguno de ellos o de sus dragones han so...
Ya fuera por la repentina palidez de Kristine o porque ella misma se dio cuenta de lo que estaba a punto de decir, Arya dejó de hablar de pronto. Acto seguido, intentó emendar un poco su error:
—Ahora mismo no estoy en disposición de hablarte sobre este hecho. Deberías habérselo preguntado a Eragon. Seguro que él o Blödhgarm son capaces de contarte más sobre esto.
—Gra-Gracias —contestó Kristine con un nudo en la garganta.
Miró a Altaïr. Y yo que creía que era una especie de "elegida" o algo. Lo siento, tesoro. Altaïr, que notó la preocupación de su compañera, empezó a dar vueltas y saltitos para intentar animarla. Y ella tuvo que sonreír, a pesar de que cada vez que miraba sus "alas" sentía un pinchazo en el pecho.
Mientras habían estado hablando, Murtahg se había cambiado (a Kristine le hizo mucha gracia verlo con las elegantes ropas de los elfos), y una vez lo hizo Kristine (que no podía sentirse más satisfecha con el atuendo que siempre había deseado), se pusieron en marcha.
Kristine estaba aliviada de no tener que viajar con Arya. Es decir, le hacía mucha ilusión, pero imponía demasiado.
Volaban detrás de Fírnen, a unos metros por debajo. Eso debía ser bastante humillante para Espina y Murtagh, que no pertenecían, de hecho, a ninguna jerarquía. Pero parecía haber una especie de acuerdo tácito por el que los recién llegados "se iban a portar bien" a cambio de unos brazos abiertos.
…
Cuando el padre de Kristine murió, ella sólo contaba siete años. Y desde entonces, se había convertido en una niña tímida y callada, porque sentía que no le importaba a nadie y que nadie la quería. Pero muy en el fondo era muy natural, impulsiva, descarada, afable y risueña. Sólo una persona antes había conseguido que se sintiera capaz de sacar su verdadero yo, y ahora sentía lo mismo con Murtagh, por muy gruñón que fuera su tío.
Así que, apretó un poco más el agarre que le tenía en pleno vuelo y lo convirtió en un abrazo.
—Menos mal que estás bien.
Murtagh le cogió una mano.
—Aún no te he dado las gracias. Gracias.
—No tienes por qué dármelas. Tú has hecho mucho más por mí. Pero se me ocurre una forma de que me lo agradezcas.
—¿Cuál?
—Me muero por que me cuentes cómo rescatasteis a Arya del Sombra. ¡O mejor! ¡Desde el principio! Desde que comenzaron tus aventuras.
Murtagh estuvo unos minutos en silencio. Kristine se temió que no fuera a hacerlo. De verdad que ardía en deseos por oír todas esas escenas de la boca de Murtagh. Finalmente, lo hizo: comenzó cuando decidió escapar de Uru'baen.
Era una experiencia sensorial increíble: por un lado, Kristine estaba abrazada a un hombre que era a la vez un niño, un asesino, un Jinete de Dragón, su tío bisabuelo y su amigo; volaba a lomos de un enorme dragón de un rojo intenso; bajo un cielo turquesa que se iba oscureciendo cada vez más y que se extendía en todas direcciones, abarcándolo todo; a la izquierda tenía un mar de algodón verde oscuro sólo interrumpido por un par de montañas rocosas, pero por lo demás, parecía que continuaba hasta el infinito; a la derecha, el Desierto de Hadarac, que comenzaba a sus pies y continuaba a través del horizonte. Kristine no habría visto inconveniente en seguir así toda su vida.
Por otra parte, estaba en las mazmorras de Gil'ead, corriendo delante de incontables soldados, luchando por salvar la vida y encontrar una salida, atravesando Alagaesia de norte a sur y muerta de miedo porque estaba yendo por propio pie hacia una muerte segura con los Vardenos.
Era más de lo que nunca había soñado.
Kristine simplemente estaba alucinando con el relato del jinete; pero aún con todo, estuvo atenta a los cambios en su tono de voz. Pudo notar que el anciano joven aún sentía resquicios de rencor, pero que ya estaba reconciliado con su pasado.
Murtagh narraba tan bien que Kristine no tenía más que una pregunta: si había sido feliz alguna vez. Pero aunque se hubiera atrevido a hacérsela, no habría podido, porque en ese momento, las luces de Ceris aparecían allá abajo.
Fírnen empezó a descender. En ese momento, Arya se giró y alzando la voz para que les llegara sus palabras les dijo:
—¡Sed sigilosos! ¡Aunque esperan nuestra llegada lo mejor será hacernos notar lo menos posible!
Era noche cerrada, pero Kristine dudaba que la inmensa mole que suponía Espina pasara desapercibida. El tamaño del dragón le seguía pareciendo algo imposible.
El dragón verde los guió hasta un edificio de dimensiones colosales: un edificio para albergar dragones. Se veía que era de factura nueva, que había sido hecho, como mucho, treinta años atrás. Kristine pensó que Carvahall entero cabría dentro. Eso sólo en superficie: en altura, era como cinco veces Espina (que medía unos cincuenta metros).
Otro que supiera menos sobre arquitectura pensaría que sus ojos les estaban engañando. Pero la materia había sido una de las de su interés y sabía que uniendo una serie de técnicas con las infinitas virtudes que puede aportar la magia, aquello era posible. No obstante, no pudo dejar de sorprenderse. No había visto algo semejante en su vida.
Entraron por una de las aperturas. De las macroaperturas. Espina tuvo que plegar un poco las alas, pero finalmente entraron. Vieron un pasillo muy, muy ancho que dejaba a sus lados grandes puertas en lo que se suponían eran habitaciones o salas. Todo en piedra clara.
Tres elfos los estaban esperando. Los tres hicieron una pequeña reverencia a Arya y le hicieron ese saludo que implicaba retorcer tan complicadamente la muñeca.
Uno de ellos, de cara dulce pero angulosa y el pelo de un rubio pajizo recogido en una larga trenza le dijo algo en idioma antiguo a Arya. A lo que ella contestó:
—Gracias. Pero en deferencia a Kristine, deberemos hablar en idioma humano en su presencia —dijo seria y clara.
—Por supuesto. Disculpadme —agregó para Kristine.
Ella se sintió turbada.
—Os presentaré. Estos son: Alego—dijo señalando al que había hablado—, Vanira —una elfa bellísima de inmensos ojos color caoba y pelo ondulado y brillante a juego que vestía ropas de tela vaporosa y clara— y Ferhäemn — un elfo verde: piel verde clara, pelo verde alga, ropa verde esmeralda, ojos del mismo color...
Kristine entendía ahora por qué le llamaban "el pueblo bello". Pero nunca había imaginado que podían ser tan variopintos. Es decir: en los libros a los que había tenido acceso casi siempre se les dibujaba igual. Ahora comprobaba que lo que tenían en común eran las orejas puntiagudas, los ojos rasgados y el pelo largo, pero ya está. Había sido un poco ingenua pensando que todos serían iguales.
—Ellos son Espina, Murtagh, Altaïr y Kristine.
Ésta pensó que la presentación sobraba: no podía haber mucha duda sobre quiénes eran si ya los estaban esperando.
Se ve que los elfos no le habían quitado el ojo a Murtagh (a Espina era imposible: ocupaba casi todo el campo de visión) y apenas repararon en Kristine y el bulto dormido que llevaba en brazos. Pero cuando lo hicieron, la máscara de hieratismo se les cayó y eso hizo que Kristine se pusiera nerviosa.
—¡Oh! ¡Es una tragedia! —dijo Alego con una voz grave pero muy suave, como el terciopelo a oscuras.
Kristine estaba perdiendo la paciencia. Había sido un día muy duro. Quiso gritarle "¡No es ninguna tragedia! ¡Se va a poner bien!", pero se sentía cohibida.
—¿Jonathan? —preguntó la reina.
—Llegó hace unas escasas tres horas. Ha estado preparando lo necesario para el viaje. Ahora él y Krish'Mard están en el comedor. ¿Les llamo?
—No. Les veremos cuando nosotros mismos bajemos a cenar. Kristine, en aquella puerta verás tu nombre: serán tus aposentos siempre que vengas a Ceris. Está lleno de comodidades, pero si necesitas cualquier cosa, no tienes más que asomarte al pasillo y llamar a Alego. Murtagh y Espina, al menos en esta ocasión tomaréis la habitación reservada para Eragon y Saphira, ya que ninguna otra está acondicionada para un dragón de tan gran tamaño y no la van a reclamar. El comedor está justo bajo nuestros pies. Pero si lo preferís, os llevarán la comida hasta aquí.
No bien terminó de decir la última frase cuando Murtagh respondió:
—Comeremos aquí.
—Como quieras. Kristine, la oferta también es para ti, pero preferiría que bajases para comer con nosotros.
La chica ni lo tuvo que pensar.
—Vale.
—Estupendo. Alego te guiará hasta allí en cuanto hayas terminado.
Así se dispuso. Murtagh y Espina se dirigieron a la puerta que les quedaba a la derecha, donde ponía los extensos nombres de Eragon y Saphira en idioma antiguo. Arya y Fírnen entraron en la que quedaba justo enfrente. A Kristine le sorprendió lo fácilmente que abrían y cerraban esas colosales puertas dobles. Debía estar modificadas con magia para que fueran ligerísimas.
Entretanto Kristine caminó por el pasillo hasta encontrar una puerta con su nombre. Las de antes iban por orden de nacimiento de los dragones: Eragon, Arya, Nar Harzgan, Kleid, el enano con nombre imposible, Jonathan, Dusan, Dave y por último ella. Abría necesitado un caballo para recorrer esa distancia. Estaba segura que para cuando llegó, la reina ya estaba lista y bajando al comedor. Pero finalmente llegó. No tuvo que abrir las inmensas puertas: bastó con una más pequeña que se encontraba en la gran hoja derecha. Como las pequeñas puertas que se dejan para que entren y salgan las mascotas.
Cuando entró se quedó impresionada. La habitación estaba hecha con la misma piedra clara del exterior. Pero el suelo era de mármol gris oscuro con vetas moradas: como el huevo de Altaïr. El resto de la sala (lo suficientemente ancha para que Espina o Fírnen estiraran completamente una de sus alas) seguía la misma decoración: sillones, una mesa, una inmensa librería por llenar, una estantería para colgar armas también vacía,... Pero lo más impresionante era el techo: de cristal. En la pared de enfrente había en la esquina inferior derecha una puerta pequeña y arriba un gran agujero que se cerraba con una cortina, que se suponía que era el nido para el dragón, pero que aún estaba vacío. Así que Kristine entró por la puerta pequeña y descubrió sus aposentos: una cama inmensa, una bañera con agua humeante y un armario que cuando abrió encontró lleno de ropas a la vez adecuadas para un entrenamiento y para asistir a una comida.
Tardó un rato en salir de su ensimismamiento, pero cuando lo hizo no tardó en dejar a Altaïr sobre el mullido colchón y meterse en el baño. Recibió el calor del agua como lo más maravilloso del mundo. Dejó que le destensara los músculos, dándose cuenta de cómo los había tenido hasta ahora. El faelnirv le había dado energía, pero no evitó que todo el peso de lo que había pasado le cayera encima en ese momento. Con los ojos abiertos o cerrados, Kristine podía ver a aquel bandido mirándola fijamente, podía volver a sentir el miedo de entonces pero multiplicado cien veces y sólo atenuado por la seguridad de una habitación que ya consideraba suya. Sintió dolor en el brazo derecho, con el que había disparado la flecha, y sintió arcadas al imaginar el sonido de los músculos y los tendones del caballo al ser cortados por el proyectil. Y terminó doliéndole la cabeza al pensar el las miles de cosas que podrían haber pasado: ser secuestrada por aquellos bandidos, matada por ese ataque mental, quemados bajo las llamas de Espina,...
Sólo el agua caliente le libró de tiritar y sólo el hambre le hizo salir de aquella estancia.
Se vistió rápidamente con el primer traje que cogió del armario. No le hizo falta despertar a Altaïr, porque su propia hambre ya se había encargado de hacerlo.
—Anda, vamos, comilón —dijo cogiendo al pequeño dragón en brazos—. Espero que haya un buen atajo, porque no sé cómo vamos a llegar antes de que todos se vayan a dormir.
*Adamianlam: "Mano de Diamante"
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Un capítulo largo para compensar todos los cortos anteriores. En realidad le falta un buen trozo, pero como estos días voy a tener poco tiempo para poder terminarlo, he pensado que podría ir subiendo este trozo, que no es poco.
Nuestra pequeña ya tiene habitación propia de jinete. ¿No os emociona? :_)
Y, por cierto, no me odiéis por no haber explicado lo de la marca diamantina todavía y, encima abrir más la curiosidad. La solución es más simple de lo que pensáis.
