Capítulo XIV
.
Respiré profundamente una vez, dos, tres, justo antes de cruzar la puerta que separaba a los pasajeros del resto de los transeúntes del aeropuerto de Nueva York. Eran más de medio día, a pesar de que había tomado el vuelo muy temprano. Me llevé la mano al cabello instintivamente, dejándolo caer tras mi espalda, mientras tirando de mi maleta, miraba alrededor buscando el rostro de Gerard, que era quien me vendría a buscar.
Me mordí el labio, mientras intentaba distinguir en medio de las personas a ese enorme hombre, hasta que lo vi. Ladeé un poco la cabeza, esperando que me reconociera, como hizo, acercándose hasta mí.
- Buenas tarde – me saludó con algo parecido a su sonrisa, que yo intenté responder.
- Buenas tardes…
- El coche está por aquí – me indicó el camino a su izquierda.
Volvía a respirar profundamente, esperando no hacer demasiado ruido, para que el hombre que iba ligeramente por delante de mí, no lo notara. Estos últimos días estaban pasando, como si en realidad los estuviese soñando. ¿Cuántas veces en la vida se puede conocer al objeto de tu admiración y ser invitada a pasar un día con él además?
Bill me había llamado, y de alguna manera la conversación, a pesar del nerviosismo que yo experimentaba, y que casi podía jurar que experimentaba él también, había fluido y desembocado en aquella extraña invitación. Extraña para mí, pero quizás no tanto para él. Había cosas en el mundo que rodeaba a Bill, que seguramente yo no sabía, y tal vez esta no era la primera vez que él invitaba a una chica al sitio en el que estaba.
Pero no iba a pensar en ello. No me iba a arruinar el momento yo sola.
Continué siguiendo a Gerard, por aquel enorme aeropuerto, más grande que el de Salem, desde luego, y el estómago se me iba apretando cada vez más. Sabía que aún tendría un momento en el coche para calmarme hasta ver a Bill nuevamente, y cuando lo pensaba, cuando venía a mi mente esa realidad, 'volver a ver a Bill', era como si el piso se hiciera inestable, como si todo a mi alrededor se convirtiera en un paisaje dibujado e irreal.
Porque esto tenía que ser un sueño ¿no?
- Aquí – indicó Gerard un coche. Luego tomó el manillar de mi maleta, y yo lo miré algo confusa – la dejaré en el maletero – me indicó al ver que yo no la soltaba.
- Claro… - susurré, sintiéndome torpe.
Él volvió a intentar aquello que yo debía interpretar como una sonrisa, y abrió la puerta del coche negro. Me subí a él y sólo cuando me senté, noté que no estaba sola.
- Hola Amy…
Me dijo Bill, y yo me quedé completamente muda. No habría tiempo para calmarme en el coche.
- ¿Qué tal el viaje? – insistió, preguntándome.
Yo casi no podía mirarlo. El corazón me latía con tanta fuerza.
- Bien…
Fue todo lo que atiné a decir.
- Me alegro… - continuó él, parecía tan tranquilo, tan seguro de sí mismo – ponte el cinturón.
Su voz era amable, delicada como la recordaba, con aquellas notas dulces y suaves al final de cada frase, que me llenaban de una cálida sensación.
Yo obedecí, pero me temblaban tanto las manos, que no era capaz de acertar a cerrar en el seguro del cinturón.
- Permíteme – dijo Bill, acercando sus manos hasta las mías, tomando con un roce suave de sus dedos, la extensión del cinturón, encajándolo en su sitio con un clic – ya está.
En ese momento me miró y todo se borró para mí. Las personas, el lugar, el viaje, las razones… todo.
- Tendrás hambre… - susurró.
Hambre de ti, pensé.
- Mucha… - respondí.
Él se humedeció los labios, con esa lengua juguetona que tantos suspiros me había arrancado.
- Bien… - aceptó él, sonriendo suavemente – Gerard, al hotel.
Dio la orden, mirando hacía el asiento del conductor, momento en el que yo me dediqué a recrearme en la forma perfecta de su nariz, y de sus labios, el cuello estilizado y largo que adornado por un par de cadenas, parecía más desnudo que de costumbre. Y entonces me llevé la mano al pecho. Apretando el corazón que colgaba de mi cuello y que como siempre, estaba oculto bajo mi blusa.
Bill volvió a mirarme.
- ¿Crees que podrás contarme algo por el camino? – me preguntó sonriente, sin permanecer demasiado tiempo en mis ojos.
- ¿Contarte algo? – pregunté, como si sus palabras no hubiesen sido suficientemente claras.
Él asintió suavemente.
Abrí la boca intentando decir algo, pero mi mente estaba en blanco. Así que le conté lo primero que se me vino.
- Mi vecina, Sofía, me va a regalar un gato – hablé como si aquello fuera en realidad del interés de Bill.
- ¿Sí?... ¿qué tiempo tiene? – quiso saber.
Y creo que me sorprendí de lo fácil que parecía hablar con él, claro, cuando no lo miraba demasiado.
- Casi dos meses… es un amor… - dije, recordando al pequeño gatito, que con sus manchas negras, sobre un fondo blanco, me recordaba mucho a uno que había tenido de pequeña.
- Te gusta entonces – advirtió – digo, no es sólo porque te lo regalen ¿no?
- O no… me gusta, además ya casi vive conmigo… - sonreí y lo volví a mirar.
Error fatal.
- ¿Qué nombre le pondrás? – preguntó.
Pero para ese momento yo estaba extraviada en la forma en que sus pestañas enmarcaban sus ojos.
- Amy…
- ¿Ah?...
- Que cómo le piensas llamar… - repitió.
- No lo sé… - me encogí de hombros – aún no he pensado un nombre.
Me sonrió.
- Ya tenemos una tarea para estos dos días – concluyó.
Y yo no me podía creer que estuviera aquí, en el mismo coche con Bill Kaulitz, y que aún me quedaran cerca de treinta y seis horas a su lado.
Suspiré.
- ¿Pasa algo? – Preguntó ante mi suspiro – ¿quieres que abra la ventanilla?
- No, no, no… estoy bien… - le aseguré, notando como se me encendían las mejillas. Iba a tener que cerrar mejor la boca.
- ¿Ahora cuéntame algo tú? – le pedí, atreviéndome un poco más. Si sentía que la conversación la manejaba yo, quizás podía comportarme como una mujer y no como una chiquilla.
- No hay mucho que contar… cuando tú vuelvas a Salem, yo partiré a México – habló.
- Ya lo sé… - acepté.
Él me miró y sonrió amablemente, yo sólo lo miré un segundo.
- Se me olvidaba que mi vida esta primero en internet, que en mi propia agenda – habló, no sin cierta ironía.
- No seas tan cruel… - me atreví a decir.
- ¿Yo soy el cruel? – preguntó.
E inmediatamente noté el tono de desafío en su voz. Y por extraño que pareciera no me amedrentó, al contrario, encendió mi defensa.
- Claro… las fans sólo queremos estar ahí para acompañarte – objeté.
- Pero en muchas ocasiones cruzan la línea, entre lo profesional y lo personal – se defendió él.
Para ese momento ambos nos estábamos mirando y analizando, como si se tratara de dos contrincantes en un ring.
- Si entraras a internet, en lugar de querer ponerle una bomba, sabrías que son pocos los sitios de fans, que invaden tu espacio personal – ataqué.
- Me estás replicando… -´abrió los ojos, divertido.
- Creo que sí… - reí mientras me mordía el labio. Ocasión que él aprovechó para mirar mi boca.
Y como si lo hubiese sabido, mis defensas cayeron, pero que si mi espada fuese de madera, frente a un arma automática.
En ese momento dejó de mirarme, y por el casi imperceptible gesto de ansiedad que noté en sus ojos, comprendí, que al parecer, ambos blandíamos espadas de madera.
Llegamos al hotel y Gerard nos acompañó en todo momento. Detrás, cuando caminamos hasta el ascensos. En frente, cuando estábamos dentro y subíamos a la plata siete. Y cuando las puertas del ascensor se abrieron, nos dejó pasar adelante nuevamente, lo miré de reojo y le susurré a Bill.
- ¿Hasta dónde va a seguirnos?
- Terminas acostumbrándote – respondió casi resignado.
- Ya… eso de no poder estar nunca a solas ¿no? – recordé lo que él mismo había dicho, a más de un medio de comunicación.
- Tanto como nunca… no… - sonrió justo antes de detenerse y mirarme, permitiéndome ver su rostro y su sonrisa plenamente.
En ese momento recordé los minutos que compartimos en aquella firma de autógrafos de Salem, y junto con ello, el beso que le robé. Bajé la mirada y contuve un suspiro.
- Esta es tu habitación - me indicó la puerta que estaba tras de mí, mientras sacaba algo de su bolsillo – y aquí está la tarjeta.
- Gracias – le susurré, sin mirarlo directamente, recibiendo lo que me ofrecía.
- Mi habitación es aquella – me mostró la puerta contigua, unos metros más allá, por el pasillo. No sabía si estarían conectadas internamente.
Aquella idea me vino de golpe, trayendo consigo un montón de comentarios que habíamos hecho las chicas y yo, sobre una habitación con conexiones para que Bill nos visitara.
Nuevamente aguanté un suspiro.
No podía definir lo que pensaba de todo esto. Una parte de mí sabía que se estaba arriesgando, pero la otra asumía ese riesgo incierto, como si se lanzara en una tumba abierta.
- ¿Cuánto tiempo necesitas para instalarte? – preguntó con amabilidad.
Volví a mirarlo.
- Diez minutos – dije sin más, no quería perderme ni un momento de estar a su lado.
- Pasaré por ti entonces – me avisó.
- Bien… - me quedé mirándolo, él sonrió de esa forma dulce que solía tener.
- Abre la puerta… - me indicó con un gesto.
Y me sentí tan torpe, que cerré los ojos mientras lo pensaba.
- No te preocupes – me alivió, tomando la tarjeta de entre mis manos, y pasando tan cerca de mí, que el aroma de su perfume me llenó la nariz, abriendo la puerta – listo.
¿Cómo podía ser tan considerado? Y ¿cómo podía estar yo aquí pensando en una posibilidad con él?
"Los imposibles sólo están en nuestra mente"
Había dicho, y quizás fuese justamente esa frase, la que me tenía ahora mismo aquí, frente a él.
- Espero que estés cómoda… - habló – ya me contarás.
- Seguro lo estaré… - atiné a decir.
- Nos vemos en diez minutos – me volvió a avisar.
- Sí…
Gerard se acercó y me extendió el manillar de mi maleta, que era pequeña, para todo lo que traía en el interior. Entre en la habitación, muy a mi pesar, cerrando la puerta, mientras Bill aún estaba de pie en el pasillo.
En cuanto encontré un sitio en el que sentarme lo hice. Se trataba del borde de la cama. Cerré los ojos respirando profundamente para no ahogarme. Me dejé caer atrás, en la mullida cama, que me recibió como si se tratara de un amasijo de nubes.
Antes de emprender éste viaje, había hablado con Miry, y lo primero que ella me preguntó cuando se lo conté.
- ¿Te dijo por qué quiere que vayas?
- Bueno… no exactamente… - le respondí – dijo que había leído mis cuadernos.
- Le habrás impresionado – se rió amablemente.
- ¿Con los cuadernos o con el beso? – me reí ironizando mis propios pasos.
- Quizás con ambos…
Sabía que Miry, Lily, Solange, Luna, todas. Se alegraban de lo que me estaba sucediendo, aunque sólo había hablado con Miry sobre el viaje. Era increíble la forma, en que personas, completamente ajenas, terminaban convirtiéndose en parte de nuestras vidas. Quizás, y después de todo, estábamos destinados a nacer en una familia, pero encontrar la propia en el transcurso de vida.
- Llévate mi número de teléfono, por lo que sea – me pidió Miry.
- Lo tengo, sí… gracias.
Abrí los ojos, luego de ese recuerdo, y me decidí a sacar algunas cosas de mi bolso, para que pesara menos. Miré mi aspecto en el espejo, pero ya no tenía demasiado tiempo para cambiarlo, de todo modos entré al baño, que me pareció enorme comparado con el que tenía en el segundo pido del café. En el mueble que había bajo el enorme espejo que cubría una de las paredes por completo, había toda clase de productos de baño. Desde cepillos de dientes, hasta jabones, y al abrir una pequeña y discreta cajita de madera, me encontré hasta con preservativos, lo que me sorprendió realmente. Si que pensaban en los clientes a cabalidad. Humedecí un algodón que saqué de una algodonera de cristal, y me toqué ligeramente las mejillas, para refrescarme. A continuación solté mi cabello, lo revolví un poco, dejando que las ondas del pelo se abrieran ligeramente, y volví a tomarlo, sólo un poco, algo más arriba de la nuca. Saqué mi labial del neceser que traía conmigo y comencé a aplicarlo en el momento justo en que dos golpes sonaron en la puerta de mi habitación. Uní los labios, de esa forma que lograba exasperar a los maquillistas, y salí del baño.
- ¡Un momento! – pedí, mientras me quitaba los zapatos de medio tacón que había llevado durante el viaje, y me subía a unos, que me habían un par de centímetros más alta.
Caminé hasta la puerta, repasando en un segundo, el pelo, la chaqueta, el maquillaje, el bolso, los zapatos. Y abrí.
- ¿He llegado demasiado pronto? – preguntó Bill, de nuevo con aquella amabilidad que me derretía.
- No… - alcancé a decir, mientras que mis ojos se recreaban en la nueva camisa que traía puesta. Y que para mi deleite, me permitía ver un poco más de su pecho.
Me sostuve de la manilla de la puerta, conteniendo el mareo que me estaba produciendo ese hombre, de pie frente a mí, en todo su esplendor.
Continuará…
AHHHH…. Ya está en Nueva York… y Bill con ella… Deoz… me voy a morir de la ansiedad… a ver qué pasa luego. Esto es como conocerse de nuevo ¿no?...
Espero que el capítulo les vaya gustando, y que me cuenten que opinan.
Besos y gracias por leer.
Siempre en amor
Anyara
