Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría
ES POR APOYAR
A medio camino entre Seattle y Forks. Viernes, 20 de noviembre de 2009. 15: 23 horas
Bella POV
Llevábamos en el coche más de media hora de camino y Rose aún no me había dicho nada desde que salimos de recoger las maletas. Yo la miraba a ella, sentada en el asiento del copiloto de reojo y ella lo único que hacía era vigilar por el retrovisor a mis pequeñines, los cuales, muy tranquilos y en silencio, comenzaban a dormirse en sus sillitas viendo un DVD de dibujos que venía con el coche de alquiler.
El día había sido demasiado intenso para ellos y estaban exhaustos. Entre el madrugón que se dieron para ir al aeropuerto, la excitación del viaje, las largas horas del mismo y la intensidad de mi reencuentro con ellos los había dejado hecho polvo.
Los dos últimos días habían sido duros, muy duros. Había pasado el día anterior escribiendo y reescribiendo mi discurso a Edward y peleándome con la gente del seguro de Esme y Carlisle para que arreglaran el estropicio de la luz, para luego, cuando me di cuenta de que no iba a poder decirle la verdad antes de que llegaran nuestros bebes, morirme de preocupación imaginando los nuevos planes que iba a tener que organizar. Si el lunes, cuando aterricé en el aeropuerto, las perspectivas eran malas y el miércoles, cuando casi nos comemos a besos, habían descendido unos cuantos puntos, a día de hoy, con la que se avecinaba, debían estar muy pero muy por debajo de índice de congelación.
Al menos, ahora con mis peques aquí, los tenía a ellos, los había abrazado y besado hasta dejarlos en ridículo en medio del aeropuerto. Si la separación nunca me había sentado muy bien… aquellos cuatro días se habían sentido como años. Y saber que en cuestión de horas el mundo que había creado para ellos se iba a resquebrajar me llenaba de miedo ante la posibilidad de que nunca entendieran mis motivaciones y no perdonaran mis errores.
– Menudo hijo de puta cabrón, le voy a sacar los ojos y metérselos por el culo… ¿cómo pudo hacer esto? Todavía tenía algo de esperanza con él… pero te juro que lo mataré lentamente y rodeado de dolor – susurró en voz muy bajita y acerada mi amiga sin quitar su mirada de mis pequeños.
Instintivamente mire hacia atrás para comprobar que ellos ya se encontraban dormidos.
– Tranquila, ya están roques. – señaló poniendo una sonrisa de pena – Que asco me da.
– Pero ¿de quién hablas? – le pregunté algo confusa.
– Del palo escoba ese de mierda, estirado de los cojones. – continuó su diatriba gesticulando como una loca, echando fuego por la boca y miradas heladas por los ojos– ¿Quién coño se cree que es?. Solo hizo bien una cosa en la vida. – Añadió dando una leve cabezada hacia el asiento de atrás.
– No te sigo. – confesé realmente intrigada por conocer la causa de su enfado.
– ¿No estás enfadada…? Desde luego que tienes corcho en las venas… yo estaría que trino. Que coño estoy que trino.
– Pero es que no se de qué hablas.
– Del donante de semen
– ¿De Edward? – pregunté
– Ahora es Edward… – marcó con voz de niña tonta– Juro que pensé que iba a estar en el aeropuerto. No me lo puedo creer. Todavía tenía algo de esperanza depositada en él, pero ahora no. – continuó con voz triste y apagada– Hijo de puta.
– Rose, creo que… –quise interrumpirla cuando por fin entendí que la causa de su enfado radicaba en que pensaba que él ya sabía lo de los niños y no había querido conocerlos.
– No, Bella, no. Ni se te ocurra disculparlo. ¿Le dices que tienes dos bellezas y no corre a conocerlos?
– Rose, creo que te equivocas. Edward todavía no lo sabe – Le dije apartando un segundo la vista de la carretera al ver por el rabillo del ojo la cara de asombro que puso.
– Para el coche –ordenó tras unos instantes .
– ¿Por qué? Estás bien. ¿pasa algo? – inquirí preocupada.
– Sal en esa gasolinera – dijo señalando una de las salidas de la autopista.
– ¿Qué pasa? – insistí mirando hacia todos lados por si había pasado de lo que no era consciente.
– Nada. – dijo muy tranquila – Es que te voy a gritar y no quiero hacerlo con ellos presentes. – confesó con una sonrisa maligna en su boca.
Conocía el carácter de aquí mi amiga Dra. Jekyll y Miss Hale y sabía que lo mejor y más eficaz que podía hacer era seguirle la corriente. Así que haciendo caso a sus indicaciones aparqué el coche en uno de los espacios habilitados y procurando hacer el menos ruido posible salí del mismo. Ninguna de las dos quería alejarse demasiado así que nos encontramos en la parte del capo.
– Estas tardando en explicármelo – exigió tras dar tres paseos de ida y vuelta entre un lateral del coche y el otro.
– ¿Qué no entiendes? – le pregunté cansada y muerta de frio.
– Todo, o nada… ayer cuando hablamos quedamos en que se lo dirías. ¿Qué paso?
– No pudimos quedar. – le empecé a explicar.
– Mierda. Y ¿quién se acojonó esta vez? ¿Tú o él?
– Nadie Rose… fue una emergencia. – Dándome la espalda y volviendo a meterme en el coche.
– Y ahora. – preguntó sentándose a mi lado.
– Ni puta idea. – Le dije sin emitir sonido alguno en la palabra malsonante, mientras incorporaba el coche a la carretera. Era muy mal hablada y no me importaba serlo. Era la mejor forma de expresar mis sentimientos, pero mi penitencia y mi esperanza para crear un mundo mejor era no decir nada más allá de caca, culo y pedo delante de mis pequeñines.
– ¿Qué vas a hacer?
– No lo se… tengo cuatro planes diferentes y ninguno me convence con lo que supongo que lo mejor será dejar que todo fluya.
– ¿Qué todo fluya? – pregunto con sorna– Pero… Ok, dejarlo fluir. – continuó poniendo una voz ñoña y nasal. ¿Y cómo se supone que lo vas a dejar fluir? ¿Y por dónde va a fluir?
– No lo se Rose no me agobies más. – le contesté irritada y harta de tener una voz de la conciencia en ella
– Vale, vale. Vayamos por partes. – claudicó intentado traer un poco de tranquilidad al coche. – ¿Qué vamos a hace cuando lleguemos a Forks, lo sabes o lo dejamos fluir? – preguntó ganándose un gesto bastante feo por parte de mi dedo corazón.
– Vamos a ir a casa de mis padres. Los niños están cansados y yo quiero estar con ellos.
– ¿Y los fluidos Cullen? –añadió sacándome una mirada de asco bastante grande.
– Eso sonó muy mal.
– Lo se, todavía me estoy estremeciendo. – se rio exagerando un escalofrío y sacándome una sonrisa– se me fue la coña de las manos.
– En Forks ya están los padres y Alice con su pareja… – le expliqué sabiendo que en realidad ella preguntaba lo que iba a hacer con ellos – iré a verlos por la noche… sola.
– No lo vas a poder posponer eternamente.
– Lo se, pero prefiero que se enteren estando yo sola.
– Pero ¿tampoco lo saben?
– Esme lo sabe, y me imagino que Carlisle también – al menos eso me había dicho Esme esa mañana cuando había hablado con ella. – Pero Alice y Jasper seguro que no.
– ¿Cómo estás tan segura?
– Créeme, lo se. Cuando conozcas a Alice sabrás porque lo digo.
– ¿Y después? ¿Y Edward?
– No se qué hacer con él, ni cómo decírselo.
– Por qué no se lo dijiste el miércoles.
– No pude
– Te lo tenías que haber follado.
– Rose
– ¿Qué? Ya sabes que la liberación de endorfinas genera estados de estupor… podías haber aprovechado esa circunstancia.
– Claro, cómo no se me ocurrió
– Ese si que era un buen plan. Lo dejas tonto y después lo rematas.
– Boba
– ¿Qué tal con él?
– Fue raro.
– ¿Raro?
– Si, por un lado fue cómo lo normal, como si fuera ayer la última vez que comimos pizza juntos y por otro… es jodid… caca, es caca. – corregí mi desliz lo mejor que pude.
– ¿Pero os besasteis?
– Si y fue…
– ¿Delicioso?
– Raro
– ¿Raro de maravilloso?
– Raro
– Tú eres rara – me dijo sacándome la lengua.
– Boba.
– Creo que él es tonto – dijo de repente y sin venir a cuento.
– Y ahora ¿por qué?
– Eso que me contaste de las notitas…
– Es tierno.
– Es de imbéciles.
– Yo creo que…
– Si, si, yo creo que estas como una cabra. Lo odias, lo quieres, lo odias, lo amas, lo odias, lo defiendes… Bueno, y cómo fue entonces lo de suspender la cita, ¿te llamó?
– Me envió varios mensajes. Está en mi bolso. – le dije refiriéndome al móvil que se encontraba en el bolso a sus pies sabiendo de antemano que me iba a pedir leerlos. Dicho y hecho. En dos segundos tenía el móvil en sus manos
– 16:51 horas. Cirugía de urgencia, transplante de riñón, 12 años. Lo siento. – leyó en voz alta– Oh, vaya pues si que fue una emergencia. ¿Qué tal le fue?
– Sigue leyendo, me lo dice más adelante. Al principio hubo ciertas complicaciones pero luego mejoró.
– ¿Qué le contestaste?
– Vete a enviados y lo lees.
– No te preocupes, espero que todo salga bien, guiño con carita sonriente y avísame si sales pronto. – leyó imitando mi voz, justo antes de cambiarla por una voz mucho más sugerente– ¿Le has mandado un guiño?
– Si qué pasa –conteste a sabiendas de que me estaba poniendo a la defensiva.
– Estabas coqueteando – canturreo.
– Era una manera de decirle que no se preocupara por mí, que lo entendía. – le expliqué rezando porque mi voz sonara real
– No, eso se lo decías antes y de palabra. Un guiño es un guiño.
– Sigues leyendo o te lo quito – gruñí extendiendo mi mano para que me lo devolviera.
– Sigo, sigo.
– A ver, 21:25 horas. Blablabla… – leyó en voz bajita y rápida– Si, te dice que hubo complicaciones y 1b, ¿que es 1b? –preguntó intrigada.
– Un beso– conteste sin apartar la mirada del espejo retrovisor vigilando un coche que venía a gran distancia. No se trataba de ser prudente al volante, si no de mantenerme alerta ante cualquier ataque de vergüenza.
– Te manda un beso con 1 y una b. – dijo en un mal intentó de ahogar su risa– ¿Cuántos años tiene? ¿15? Ahora me dirás que te parece tierno… – comentó llena de sarcasmo. Pues si me había parecido tierno y no me apetecía nada que me jodiera la experiencia. Así que la mire de soslayo. – joder, y a mí. Tierno como un oso de peluche y empalagoso como un algodón de azúcar. ¿Qué le contestaste: 1p? – siguió riéndose de mí.
– 1p, ¿que es 1p?
– 1 pico –aclaró encogiéndose de hombros como si hubiera sido lo más normal y coherente del mundo.
– No le contesté
– Haciéndote la dura, eh! – exclamo alegre.
– Me dormí – confesé avergonzada.
– Aha… después te envía otros dos mensajes con otros dos besos y tú le contestaste con un… – continuó pasando revista– con un punto. ¿No le mandaste nada más personal?
– No.
– Serás desagradecida– se rió.
– Le hice canelones – me defendí. Es cierto que el día anterior me había dormido, pero también es cierto que hoy todavía no le había contestado. Más que nada porque no sabía que decirle.
– Eh, canelones, –repitió sorprendido– ¿qué tiene que ver? ¿Y cómo si estabas con un generador eléctrico pudiste cocinar?
– Fui a casa de Alice – aclaré.
– Demasiadas molestias.
– No creo que le importe.
– Digo las que te tomas tú. – comentó indiferente antes de volver a prestar su atención al teléfono – Tienes otros tres mensajes, sigo leyendo. Blablablá… te pregunta si quedáis hoy y te manda 1 beso con las cuatro letras. ¿Qué piensa que eres idiota y no sabes lo que significa 1 b?
– Tú no lo sabías.
– ¿Que le contestate?
– Nada.
– ¿Nada?¿Por?
– No sabía que decirle y luego se me complico la mañana…
Pipipi pipipi
Nos sorprendió a ambas el aviso de un nuevo mensaje.
– Oh dios mio… es cómo magia. – exageró haciendo el idiota mientras yo comprobaba que no había despertado a mis chicos. – Es un mensaje de Edward
– ¿Qué dice?
– ¿quieres que lo lea yo?
– total, ya lo estás haciendo.
– Cierto – afirmó volviendo a encender el móvil – ¿Estas ansiosa? – preguntó mientras tanto.
– Me lo lees o no.
– Si, si, si – dijo ausente mientras lo leía ella. – ¡Ay! Pobre. –concluyó su lectura de manera lastimera.
– ¿Qué dice?
– Está muerto de amor, dice que te quiere y que no deja de pensar en hacerte el amor.
– ¿Qué? –pregunté histéricamente con un hilillo de voz.
– Naaa, es trola. – se rió con ganas– Qué donde estás y qué le llames cuando puedas.
– Le deje una nota. – Le dije intentando llamar a la paciencia para no parar el coche y dejarla tirada en el medio de la nada. Estaba en plan graciosillo e idiota, estaba inaguantable.
– ¿Solo una? – continuó en su socarronería. Sabía que me iba a arrepentir de contarle nada.
– Si.
– Y qué esperas… yo. Le hubiera dejado como diez o doce. En la almohada, en la tapa de wáter, en la puerta de la entrada y en la de detrás, en el buzón de correos, en las zapatillas, en el cajón de los gayumbos, en todos los grifos de la casa y en el congelador.
– Eres ridícula, ¿lo sabías? – le dije intentado esconder mi sonrisa. Estaba muy subidita y no había necesidad de darle alas.
– Adonde fueres haz lo que vieres. – dijo seriamente– Es un gran consejo que cumplo a rajatabla. Si os veo a vosotros hacer el tonto, yo también lo hago. Empiezo a sospechar que es una costumbre local y no quiero romper tradiciones. En estos pueblos alejados de la mano de Dios suele ser delito.
– Eres más tonta…
– Pero me quieres. – me cortó dándome un beso en la mejilla.
– Te adoro. – le respondí con mi mejor sonrisa.
– Y yo a ti cielo… estoy aquí por ti. –continuó inclinándose en su sitio y acomodándose un poco como para dormir. Ella también estaba cansada y la dejaría dormitar un poco, pero antes tendría que contestar una duda urgente.
– Lo se… ¿en el congelador? ¿Por qué en el congelador? Los demás lo pillo, pero ahí me pierdo.
– Yo cuando vuelvo a casa tras un día así de duro siempre me pongo unas rodajas de pepino en los ojos. Y lo guardo en el congelador. – contesto un poco ausente y ya con los ojos cerrados.
– Ya… si, estoy segura de que esa sería la primera nota que iba a ver. – me reí para mi imaginándome esa escena.
– ¿Qué hago? Le contestó. – preguntó de repente y balanceando el móvil ante mí.
– No, deja, llegaremos en poco tiempo. Ya lo llamo yo.
– Mmmm tengo una gana de llegar y ponerme a limpiar mientras tú te escaqueas.
– No te preocupes, le pedi a una vieja amiga de mi madre que contratara a alguien para que limpiara y llenara la nevera para el finde.
– Que detalle… me muero de sueño.
– Siento todo este trajín.
– Ehhh, ahora si que eres tonta. Solo es cansancio. Y me vas a recompensar mañana con tus maravillosas tortitas– añadió ya con voz ausente.
– Sin problema alguno.
Llegamos a Forks una hora después. Mis compañeros de viaje seguían durmiendo como troncos cuando atravesamos el cartel de bienvenida del pueblo. Hacía muchos años que no aparecía por allí pero pocas cosas habían cambiado. Una pastelería nueva, un toldo nuevo en la heladería y una mano de pintura en la fachada de principios de siglo del bar local. Lo demás todo igual.
Encendí la radio y puse una cadena de música a medio tono, quería que se fueran despertando pero poco a poco, sin brusquedad.
– ¿Mami? – preguntó mi niño guapo siendo el primero en despertar.
– Si cariño. – le contesté girando en la calle donde estaba la casa.
– Hemo llegado ya.
– Si mi cielo, ¿ves aquella casa blanca? – le pregunté a través del retrovisor. –¿me ayudas a despertar a las chicas?
– Ness, gose – las llamó, sentándose nervioso en su sillita a pesar de que estaba con el cinturón de seguridad– hemo llegado ya.
Nos costó un poco más despertar a las dormilonas, pero con la ayuda de mi hombrecito lo conseguimos. El resto de la tarde pasó muy rápidamente. Dejamos las maletas aparcadas en una de las habitaciones a la espera de encontrar un mejor momento para deshacerlas. No era una prioridad. Así que entre Rose y yo preparamos una cena ligera a base de sándwiches de jamón y queso y un vaso de leche para cada uno, y así nos tumbamos todos juntos en la antigua habitación de mis padres a ver una película infantil. No tardaron mucho más en dormirse nuevamente, momento que aproveché para deslizarme de la cama y, tras un asentimiento de Rose que aún levantaba ligeramente sus párpados, dirigirme a la casa Cullen.
Eran las 7 y media de la tarde en Forks, pero teniendo en cuenta el desfase horario de mis pequeños para ellos es como si fueran las 10 de la noche, así que no me extrañó nada que hubieran caído rendidos tan pronto.
Decidí ir caminando las dos manzanas que me separaban de la casona familiar, apenas 10 minutos que quería utilizar para llamar a Edward y calmar los nervios.
20:05 horas.
Edward no me cogía el teléfono y supuse que estaría durmiendo pues si me había llegado un mensaje agradeciéndome la comida que le había dejado. Me percaté de que esta vez no me enviaba un beso, y extrañamente me dio un pinchazo en el estómago. Aun así y en referencia a la llamada, el hecho de que no me lo cogiera me alegro tristemente pues eso significaba volver a retrasar un poco más la hora D. En cambio lo que me iba a ser imposible retrasar más era la hora de Esme, Carlisle, Alice y Jasper. Llevaba más de 20 minutos sentada en el porche siendo incapaz de avanzar o retroceder, pero ahora Jasper había salido a tirar la basura y me había visto. Ya no había vuelta atrás.
– Pensábamos que llegarías antes. – Dijo acercándose a mí – ¿Cenaste?
– Si
– ¿No tienes hambre?
– No, estoy bien tranquilo
– Un café o te, – negué todas sus ofertas– una tila entonces. – exclamó sorprendiéndome por su audacia– Están todos en el salón por qué no te acercas mientras yo lo preparo todo. –acabó dándome un leve empujón hacia la habitación. A veces parecía que Jasper sabía más de lo que debía y esta era una de esas ocasiones.
– Gracias Jasper –le contesté con un poco más de ironía de lo buscaba.
Me acerque lo más despacio que pude a la salita de la casa para encontrarme con un escena muy familiar, demasiado. Esme y Carlisle se encontraban abrazados en el sofá grande. Carlisle con las gafas puestas y un crucigrama en la mano. Esme a su lado sonriendo y chivándole todas las respuestas. Y Alice en el otro sofá con el mando a distancia en la mano.
– Bella, llegaste. Ibámos a ver una pelí. Te quedas ¿no? ¿Dónde están las maletas? – escupió todo mientras se leventaba de su sitio y venía a darme un abrazo.
– ¿Vienes sola? – preguntó Esme desde el sofá con una nota bastante grave de tristeza
– ¿Con quien quieres que venga? – preguntó Alice inquieta.
– Con…
– Mañana– la corté haciéndole un gesto cansado para que comprendiera las circunstancias
– Mañana, si supongo que será lo mejor. –aceptó con desgana.
– ¿Quién viene mañana?, ya sabéis si Edward viene mañana. –continuó Alice mientras volvía a sentarse en su sitio.
– Eh no, no se cuándo viene tu hermano – le contestó su madre mientras le daba una mirada llena de sentido a su marido que observaba toda la escena en silencio. – Bella, yo tenía tantas ganas.
– Lo se Esme, pero estaban muy cansados con el cambio horario y la excitación del día – le expliqué sentándome a su lado en voz bajita. Le cogí suavemente una de sus manos y la apreté cariñosamente. Tenía buen aspecto, algo cansado pero estaba radiante.
– Tienes razón– concedió finalmente.
– Lo siento
– Mañana entonces. Lo prometes – insistió.
– Lo prometo
– Se puede saber de qué coño habláis– exclamo Alice al otro lado de la habitación. Nos había escuchado la conversación y sorprendentemente se había mantenido en silencio hasta ahora.
– Alice– la llamó la atención su padre.
– Es que no me entero– lloriqueó.
– Tengo que hablar con vosotros. – Dije mirando alternativamente a Carslile y a Alice- contigo entonces – le dije a ella después de que Carlisle negara la cabeza con una dulce sonrisa dibujada en ella. Lo sabía, Esme se lo tenía que haber dicho a lo largo del día..
– Conmigo… hay un secreto que yo no sepa. – gruñó la aludida ofendida.
– Dios mío. – esclamó Jasper en el mismo momento que entraba en la habitación y escuchaba la última parte de la conversación.
– Jasper, ven. Por lo visto Bella tiene algo que contarnos
– Okey. –dijo él alargarndo suavemente las dos últimas letras.
Espere a que Jasper colocara la bandeja con los café, tes y mi tila, para comenzar a confesarme.
– Yo…
– De quienes hablabais. A quien tenemos que conocer. – interrumpió ella.
– Alice no la agobies y dejala hablar– le pidió su marido, quitándole la taza de café negro que ella balanceaba en su mano y dejándola sobre la mesa nuevamente
– Tú…, tú ¿sabes de quién está hablando? – preguntó ella girándose hacia su pareja antes de que yo volviera a iniciar mi discurso, cogiéndonos a todos por sorpresa por el cambio en el rumbo de la conversación.
– Si– confirmo dirigiendo hacia una mirada arrepentida.
– ¿Cómo lo sabes? – le pregunté en voz baja y muerta de miedo, ante todas las posibilidades que se cernían sobre mí
– Emmett. – contstó el rápidamente. Dándome una respuesta que aún no se me había pasado por la cabeza. Chivato metepatas.
– Bueno basta ya – gritó Alice levantándose del sofadándo un ligero golpe en la alfombra.
– Alice, por favor tranquilízate. – volvió a pedir su padre que sentado sobre el sofá había perdido la pose tranquila que albergaba a mi llegada y ahora frotaba ansioso la pierna de su mujer.
– Que que… aquí está ocurriendo algo y yo soy la última en enterarme. ¿Qué pasa?
– Edward tampoco lo sabe. – exclamé sin pensar en un intento de aligerar la tensión con mi peazo boca-chancla que tenía.
– ¿Qué? Bella cómo…– corrió a preguntar su madre.
– No pude, quedé con él para decírselo pero tuvo una emergencia – le expliqué lo mejor que pude antes de que un incómodo silencio se instalara entre nosotros, hasta que un "oh menuda mierda" por parte de Jasper lo rompiera.
– Bella, aquí, – llamó Alice colocándose delante de mi y chascando los dedos para llamar mi atención– ¿qué pasa?
– Alice yo.. yo…
– Tú… tú… ¿qué?
– Edward y yo, tenemos… – Alice estaba delante mío moviéndose ansiosamente y me estaba poniendo histérica al saber que otros tres pares de ojos nos observaban a ambas como si estuviéramos en un acuario o en un circo. Si, ,ejor es la metáfora de un circo.
– Alice, cariño, ven… – la llamó Jasper adivinando que su histeria se me estaba colando entre los huesos y que no iba a ser capaz de abrir la boca.– Cuando Bella se fue, estaba embarazada
– Qué, cómo… ¿de Edward? – exclamó ella girando su cabeza hacia mi haciendo una muy buena interpretación de la niña del exorcista.
– Si – asentí incapaz de decir nada más.
– Vosotros dos, tú y él… ¿tenéis un hijo?
– Dos– me sinceré con ella sin atreverme a lo contrario.
– ¿Dos?
– Gemelos– contesté arrepentida.
– Ay dios… necesito sentarme. –pidió volviendo a sentarse al lado de Jasper – Pero, por qué nunca me lo dijo. – se preguntó a sí misma en voz alta y buscando en cada uno de nuestros rostros la respuestas – Cómo, él no es así. – le dijo a su padre que seguía callado y con cara impertérrita, que coño estaría pensando. – Él nunca les hubiera dejado de lado – le dijo a su madre, buscando en ella un poco de apoyo y comprensión– Te quiere, te adora. –me dijo llorosa.
– Él no lo sabe. – le respondí sin entrar a valorar sus palabras y evitando que se me escaparan las lágrimas. No era el mejor momento de llorar, no podía llorar.
– Perdona. – chilló cambiando totalmente – Tienes dos hijos de mi hermano y él no lo sabe.
– No
– Por qué coño no lo sabe –siguió gritando– por qué lo sabemos todos nosotros y él no. –continuó haciendo una defensa a ultranza de su hermano y emocionándome en el transcurso.
– Alice, yo… eso es…–quise explicarle algo, todo… pero mis palabras se ahogaban antes de salir de mi boca.
– Alice, – le volvió a llamar la atención su padre – eso es cosa de ellos. No te debe ninguna explicación. –así que esa iba a ser su postura
– Pero papá. Tienes dos nietos que no conoces. – le lloriqueó– Oh dios mío, tengo dos sobrinos que no conozco. ¿Cómo son, cómo se llaman, dónde están?
– Alice– la llamó en esta ocasión Jasper poniéndose a su lado y sujetándole las manos que movía ansiosamente de un sitio a otro.
– Tú lo sabías, lo sabías. – le chilló esta vez a él apartándose de su lado de muy mala manera. Estaba enfadada y no le faltaba razón pero era muy injusto que ellos pagaran unas culpas que solo tenía yo. ¿ Desde cuando? Y no me lo dijiste.
– No podía.
– No podías, en serio. – le devolvió sarcásticamente. Estaba dolida y se notaba. – Por eso estabas así de raro el martes.
– Alice.
– Ni te me acerques, esto no te lo perdono. – le dijo con desdén.
– Alice, para ya. Hay cosas más importantes. – exclamó esta vez su madre que con un gesto preocupado y amoroso le tendía una mano a su hija.
– lo siento mamá – le dijo acercándose a darle un beso en lamejilla. – Se lo vas a decir. – volvió a dirigir su atención hacia mí.
– Claro.
– ¿Cuándo?
– Cuando pueda.
– Si no se lo dices tú, se lo diré yo – me dijo amenazándome con un dedo.
– Ni se te ocurra.
– ¿Que no se me ocurra? eres una..
– Alice. – la cortó su madre dándole un fuerte tirón a su mano.
– No mamá, le abrí los brazos, te fuiste sin decirme nada, estabas embarazada de mi hermano y te fuiste, nos ocultaste eso durante años y lo sabemos gracias a que mi ma… eres una egoísta.
– Alice esto no es asunto tuyo. – volvió a insistir su padre.
– Qué no qué… Bella, algo que decir. – insitió con desidia.
– Alice, sé que tienes razón. – se la concedí porque la tenía pero no iba a dejar que pasara por encima de mí. – Y ya me siento lo suficientemente culpable y mal conmigo misma como para añadir la mierda que tú me quieras tirar encima.
– Pero es que…
– Estoy intentando arreglarlo – le confesé sinceramente
– Es mi hermano. – me contestó con un suspiro.
– Alice.
– Qué? – contestó ella violentamente a su pareja.
– Nosotros nos vamos – añadió empujándola hacia el pasillo.
– No, quiero conocerlos, quiero conocer a mis sobrinos – le susurró revolviéndose en sus brazos
– Ya oíste a Bella, mañana los traerá.
– No te los llevaras. – Se despidió ella amenazadoramente
– Son mis hijos. – le contesté a la defensiva.
– Y de mi hermano.
– Alice vámonos – le pidió nuevamente Jasper.
– Contigo, ni de coña. – se volvió a revolver.
– Alice, cielo. Todos estamos un poco confusos por la situación. Intenta descansar mañana lo verás diferente. – intentó suavizar la situación haciendo caso omiso a sus desdeñosas palabras.
– Como no los traigas mañana, te vas a…
– Bella, ¿cómo se llaman? – interrumpió Jasper la nueva amenaza de su novia.
– ¿Eh?
– ¿Qué cómo se llaman?
– Edward y Rennesmé – Le contesté mirando a los ojos a Alice y viendo como el entendimiento de mis palabras la hacía silenciarse. Tranquilamente aunque todavía un poco llorosa se dejó arrastrar por Jasper fuera de la habitación, dejando tras de sí una habitación en silencio y llena de tensión.
– Bella, lo siento – me despertó Esme de mi ensimismamiento.
– No os preocupéis, sabía que esto iba a pasar. – les dije comprensivamente levantándome y dispuesta a irme.
– Hablaré con ella. De verdad, hablaré con ella. – me dijo su madre ante mi cara de preocupación. – Sabes que no es rencorosa, se le pasará enseguida.
– No me importa lo que me diga. Solo espero que no diga nada delante de ellos. – era lo único que me podía preocupar que les dijera algo a mis niños que les pudiera hacer daño.
– No lo hara, tranquila.
– Yo nunca les he dicho nada malo a ellos, más bien al revés y os adoran aunque no os conocen.
– ¿Les has hablado de nosotros? –preguntó Carlisle desde la puerta donde me esparaba para acompañarme.
– Por supuesto – le dije mirándolo a los ojos.
– ¿Y de su padre?
– También, les he enseñado fotos.
– Oh Bella… muero de ganas de conocerlos – gimió Esme desde el sofá.
– ¿Quieres que te lleve en coche? – preguntó Carlisle después de de que yo le diera un beso a Esme y me despidiera de ella
– No te preocupes, quiero caminar un poco y despejar. Le expliqué dándole a él también un beso de despedida.
– Hasta mañana.
LleguÉ a la casa de mis padres un rato después para encontrarme a todos los inquilinos durmiendo a pierna suelta tal y como los había dejado y con la tele puesta. La dejé encendida solo un rato más mientras me cambiaba y me ponía el pijama. Sabía que no debía meterme en la cama, sino bajar al salón y pensar, pensar, pensar en una solución. Pero estaba tan cansada de todo y realmente las palabras de Alice no me habían sorprendido en absoluto, pero me había dejado tocada con lo que ir al salón para seguir pensando me conduciría directamente a las lágrimas… así que sin agobiarme más, me metí en la cama, al lado de mi niño y me moví lo menos posible para darle un beso en la cabeza y extender una caricia a la niña que dormía a su lado. Los quería con toda mi alma y mi ser, los protegería ante todo y todos, por eso me fui, y aunque sabía que Alice no les haría ningún daño a sabiendas, al igual que su hermano tenía la lengua larga y afilada y no iba a consentir que por un descuido mío les dañara.
Forks, sábado, 21 de noviembre de 2009. 8:38 horas.
Apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Mil imágenes, mil conversaciones y mil situaciones pasaban por mi cabeza como películas de serie B algunas comedias, pocas, bastantes dramas, muchos, y uno o dos thrillers.
Me levante casi con la salida del sol para dirigirme al baño y la cocina. No me molesté demasiado en observar la casa ni en rememorar ningún recuerdo mío en ella. No había recuerdos positivos, tampoco negativos… no había nada digno de rememorar. No había nada personal en ella, ni siquiera mío que hubiera quedado atrás cuando me fui a Seattle. Los muebles justos para vivir y listo. No fotografías, no trastos inútiles, no cuadros, no nada. Comparada con mi casa actual, llena de imágenes de mis pequeños, con juguetes y libros tirados o apilados por las esquinas, sin un objeto en su sitio, aquella casa, mi casa, estaba llena de vida mientras que esta era un yermo muerto que solo te invitaba a salir corriendo. Tal y como hice cada vez que podía.
Perdida en mis no recuerdos, en mi madre siempre ausente, en mi padre nunca presente, recordando a mi madre siempre en su mundo sentada en la silla verde de la cocina muerta del asco por su inerte vida y con una sonrisa perenne y demasiada ligera que me obligaba a creer en una vieja y ya olvidada promesa de que todo iba a cambiar. Olvidando los desprecios y carencias de mi padre. Nunca pensaba en él, nunca había llorado por él, se quitó de en medio después de anular a mi madre y destrozar mi infancia y preadolescencia. Aquellos años habían quedado muy atrás, ahora tenía un relación sencilla con mi madre, ella me llamaba yo le contestaba, ella se esforzaba y yo la dejaba entrar. Ambas habíamos encontrado un punto en nuestra relación en la que nos encontrábamos cordialmente cómodas. Y el resto había sido superado hace mucho tiempo, gracias a un chico de ojos verdes que siempre tuvo un hombro sobre el que llorar y una mano para tirar de mí.
– Mamá – gritó mi niña bajando por las escaleras con una alegría encima que despejó todas mis sombras.
Me sequé rápidamente la lágrima que se me había escapado y empuje las tortitas recién hechas sobre la mesa de la cocina. Cuando Nessie entró en la cocina yo ya estaba agachada y con los brazos abiertos dispuesta a recibirla.
– Miga – señaló mostrándome un dólar sobre la mano. Me lo ha taido el gatoncito peguez esta noche. Me compo el dente por un dolag. – explicó mientras se sentaba en el sitio más cercano a las tortitas. Ya tengo cuato dolages y Edard dos. – Ayer con el último trozo de sándwich que se comió le había caído el último paletal que le quedaba, se le movía muchísimo y sabía que era cuestión de horas. Lo bueno es que frente al primer disgusto que tuvo cuando se le cayó el primero ahora estaba encantada con las visitas nocturnas del ratoncito Pérez. Además secretamente sabía que estaba todavía más contenta de que a ella se le hubieran caído más dientes que a su hermano.
– Edward, ¿Sigue durmiendo? – Le pregunté interrumpiendo su discurso y echándole un poco de leche caliente en su vaso.
– Esta en el baño con goss.
– No ya estamos aquí. – Dijo mi amiga entrando en la cocina por delante de mi hijo y con un sonrisa gatuna en su rostro.
– Comidaaaaa. – gritó mi niño esquivándola y sentándose al lado de su hermana.
– ¿Qué le has hecho a mi hijo? – le pregunte en voz baja cuando por fin pude recuperar la voz al ver el peinado que Edward traía.
– Esta guapo eh? – contestó ella en voz alta mientras se sentaba en la mesa y le guiñaba un ojo a mi bebe que la miraba con adoración.
– Mamá, ¿toy guapo? – Me preguntó él con ilusión.
– ¿Eh? – Le contesté para ganar algo de tiempo ya que me había pillado totalmente desprevenida. – Claro que sí, estas guapísimo–. Le contesté sinceramente dándole un besazo muy sonoro en su mejilla. Su peinado me había pillado por sorpresa y de ahí mi comportamiento de lela, pero al segundo vistazo me volvió a parecer el mismo niño adorable de siempre. Y guapo a rabiar.
– Yo tamien quiego una questa– Me pidió mi niña tras darle el mismo beso que a su hermano. Raro que su hermano tuviera algo que ella no quisiera. Pero en este caso la que lo había liado todo había sido Rose haciéndole una cresta muy engominada a mi hijo. Jugando con él a los punkis, y ahora iba a ser ella la que tendría con lidiar con Nessie. Y así se lo hice saber cuando la mire.
– No cielo, - respondió mi amiga del alma con una sonrisa de madrastra mala, en la que no solo veía mi apuesta sino que la subía– tú no puedes llevar cresta. Pero si quieres te puedo hacer un montón de trencitas hippies con esa melena preciosa que tienes.
– Mmmm vale. – le contestó ella tras pensárselo brevemente.
– Rose– llamé su atención en voz bajita mientras los peques habiendo terminado de desayunar llevaban el vaso al fregadero.
– Bella– respondió en el mismo tono irónico.
– ¿Cómo me haces esto? – Hoy iba a ser el día que iban a conocer a la familia de su padre, era un día importante para mí, y aunque no quería reconocerlo en el fondo quería causarles buena impresión. Ella lo sabía y lo había hecho aposta… bonita forma de reafirmar mi identidad y mi independencia.
–¿Tú también quieres trencitas… o prefieres unos tucos?
– Te voy a matar. – le dije con una sonrisa, aprobando en el fondo su conato rebelde.
– Estuve a punto de raparle el pelo y dibujarle una iguana en la cabeza, pero me pareció – excesivo.
– Gracias a dios.
– Aburrida.
– Con la paciencia que te tengo no lo creo.
Recogí la cocina lo más rápido que pude, y cuando llegué al salón mi niña ya tenía la cabeza llena de trencitas, tal y como su tía postiza le había prometido.
– Niños, venir a la cocina un minuto. – les pedí mientras apagaba la televisión para llamar la atención.
– Te acompaño. – exclamó también Rose levantándose de un salto del viejo sofá.
– Para cotillear
– Para apoyar
– Lo que tu digas. – Le contesté negando sus palabras y dándole la espalda para llegar a la cocina.
– Peques, – les dije sin detenerme a pensar acuclillada entre sus asientos y cogiéndoles a cada uno de ellos una de sus manos. – Hoy vamos a ir a un sitio especial. Os acordáis de las historias que os conté de los abuelitos Esme y Carlisle. Y de la tía Alice… pues están aquí cerquita y… ¿os gustaría conocerlos?
– Si– contestó Edward con voz queda y un poco tímida.
– Mmmmmmm– asintió en cambio Nessie dudosa.
– Nessie, cielo, que te parece. – le pregunté un poco preocupada sobre todo al ver que su hermano se levantaba de su sitio y se acercaba a ella para abrazarla.
– ¿Ben?
– Estas segura cariño. Ellos tienen mucha gana de conocerte pero si vosotros no queréis…– les dije a los dos, dándoles la oportunidad de decidir.
– No, no… si quieo peo. Tu nos haz diho ellos eztaban con papa y ahoa no haz diho que eztá papá. – exclamó ella un poco llorosa
– Ness, nana, no llores. – la llamó su hermano con cariño por su sobrenombre.
– Mi cielo, papá también os quiere conocer. Ya te expliqué otras veces porque no podía estar con nosotros, pero ahora si puede, y está de camino. – les dije a ambos abrazándolos fuertemente en mi pecho.
– ¿Si? – preguntó ahora mi chico también curioso. Increíblemente él también tenía los mismos miedos que su hermana pero por algún motivo le costaba un poco más expresarlos.
– ¿De veda? – secundó ella.
– Si, él está loco por vosotros y os… enseguida va a estar aquí. – les prometí lanzándome al vacío, tenía confianza en que fuera así, de que Edward haya cambiado, madurado y ya no fuera tan reacio a tener niños. Con todo, mejor o peor él ya los tenía, con lo que pocas opciones le quedaban. ¿Entonces vamos? – les pregunté intentado infundir mucha más alegría en mis palabras de la que tenía.
– Siiiiii– contestaron bastante más ansiosos de los esparaba.
– Sabes que esto te puede explotar en las manos en cualquier momento – me preguntó mi amiga que hasta el momento había permanecido al margen.
– Si, lo sé
– Porque si no lo sabes, me veo obligada a decirte que estás jugando con fuego y te puede estallar.
– Ya lo habías dicho, y ya lo sabía. – le dijé dándole un sentido apretón en el brazo.
– ¿Vamos entonces? – preguntó dirigiéndose hacia el armario donde habíamos colgado los abrigos.
– ¿Vienes?
– ¿Crees que me lo iba a perder? – contestó socarrona.
– Cotilla
– Es por apoyar.
Bueno, ahora ya lo saben todos menos el más interesado... solo queda él y después de ver la reacción de Alice a ver quién se lo dice, cómo y cuándo...
Disculpad el retraso pero se me juntaron varios proyectos que tenía que cerrar y sumado a la lesión en el hombro acabo conmigo… más o menos a partir de ahora recuperaré la normalidad. Además, luego tardo un montón en editar... lo cual hare más adelante para no esperar más. Creo que voy a buscar a una Beta que me ayude.
En el timeline de la historia ahora nos encontramos en el sábado por la mañana. En princio este capítulo iba a llegar hasta el domingo por la tarde, y así narrar el encuentro de Edward con su hija, pero iba a ser una escena muy larga y todavía queda por narrar el encuentro con los cullen, y ya el capítulo es bastante largo de por sí, de hecho es el más largo de todos… total que decidí cortarlo aquí. Y dejar el resto para el siguiente que se titulara: La E es de Elefante ¿alguna idea?
Muchísimas gracias a todas por seguir ahí.
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