Bleach le pertenece a Tite Kubo (esa cosa que no quiere a sus personajes).

Notas: Voy a comenzar la despedida de una vez porque no quiero ninguna interrupción al final del fic. Antes de que pregunten: no hay epílogo, están por leer el capítulo final de "Ella hollow", así que les recomiendo que se preparen mentalmente. A pesar de que solo iban a ser drabbles IchiRuki, se convirtió en un long-fic gracias a su apoyo, muchas gracias. Por sus reviews, por sus favs, follows, opiniones, consejos, por su paciencia, por leer este fic, por apoyarme, ¡gracias infinitas!

Personas bonitas que comentaron el capítulo anterior:

GuestJun15

shinny26

GuestJun15

Frany Fanny Tsuki

Uin

Inverse L. Reena

Noctelocusta 650

Kei

Andre

Yuki05

fer Diaz

Yoari Dank

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Los dejo con el final c:

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Ella hollow

XIV. Game over

"No hay nadie esperándome allá arriba,

Porque no hay un cielo al cual ir…"

.†.


The Black-sun and the White Moon. Tercer libro.

Atravesamos por entre una cosa que abría el cielo, una "garganta", me dijo Starrk. Él casi no hablaba, por lo regular se le veía callado y con aspecto somnoliento. Me dijo que iba a cargarme. Al principio gruñí y le di de patadas porque no me gusta que me toquen sin mi permiso, pero después comprendí que el camino era largo. Él podía caminar por horas y horas sobre la arena blanca del paisaje, yo no, me detenía a cada rato y moría por un sorbo de agua. Me insistió en que me cargaba, que de un buen salto podría llevarme al palacio de los Hollows.

Mi alrededor era funesto, oscuro y deprimente. Todo el lugar estaba cubierto por esa arena blanca resbaladiza, había rocas salientes en algunas partes y eran negras y de aspecto añejo, también sobresalían de vez en cuando árboles secos, como si los hubieran quemado hasta la raíz. Siempre estaba el cielo en una noche eterna. Los ruidos de animales sufriendo de vez en cuando llegaban a mis oídos pero nunca me dejé amedrentar. No fue sino hasta que mis pies llenos de yagas dolieron como el infierno que permití a Starrk echarme una mano.

Llegamos a Las Noches en un santiamén. Eran unas torres blancas que protegían el recinto céntrico, era enorme y parecía tener un brillo único. Por dentro todo lucía anormal. No había ningún adorno, solo paredes negras y grises, el suelo era de cuadros negros que relucían a quienes se reflejaban en él. El techo estaba alto como un cielo, o eso me pareció a mí. Al cruzar por una esquina lancé un grito de miedo y caí sobre el suelo, incluso ahí tirada gateé hacia atrás desesperada por alejarme de ese engendro.

Se trataba de una calavera.

Sí, no miento. Era una calavera con ropajes púrpuras de rey. No tenía ni piel ni carne. Sus dedos huesudos estaban al descubierto y su cráneo blanco parecía que sonreía maléficamente. Sobre su cabeza descansaba elegantemente una corona de oro con muchos picos de aspecto peligroso.

―¿Quién es ella, Starrk? ―inquirió la calavera con voz hosca.

―Fade Kuchiru. ―exclamó el castaño en mi lugar.

―Fade, que proviene de "desvanecer" y Kuchiru que significa "decaer" y "pudrir". Que nombre tan singular. ―Objetó la muerte. O lo que sea que fuera esa cosa ―. Mi nombre es Barragan Luisenbarn ―Me ofreció su mano cadavérica. Yo le tenía miedo, le tenía muchísimo miedo. Vestido entre ropajes pomposos, tan alto como el mismo techo del recinto, su rostro lleno de muerte. No pude, no pude estrecharle la mano y él se molestó ―. Tenía que ser una asquerosa humana.

―Relájate, Barri. Es solo su primer día en Las Noches.

―Su primer día ―musitó para después dar una risotada que hizo vibrar el suelo ―, ¡y pensar en la infinidad de monstruos que le falta por conocer!

Starrk solo sonrió con burla moderada y la muerte andando se carcajeó hasta que desapareció al doblar la esquina y se alejó. Fue entonces que de pronto apareció una niña rubia corriendo por el pasillo, sus botas picudas hacían un eco rítmico. Para ser solo un cría lucía bastante desprovista de ropa. Únicamente llevaba puesto un chaleco abierto y unas bragas, aparte de unas botas altas que le cubrían hasta la mitad de las piernas.

―¡Es tarde, es tarde! ¡La reunión ha empezado, estúpido Starrk! ¡¿Por qué me dejaste sola?! ―Lo aporreó con sus puños sobre el pecho del castaño somnoliento ―… ¿uh? ¿y ella?

―Es Fade Kuchiru. ―Volvió a presentarme. Ella me miró un par de segundos, frunció el ceño y luego de que pensé que me daría con el puño cerrado finalmente me abrazó.

―¡Gracias, Starrk! ¡Me has traído un juguete! ―Sonrió feliz.

―No es un juguete ―Starrk la apartó de mí con un buen jalón pero sin lastimarla ―, es una compañera. Sabe de shinigamis, ha estado en la Sociedad de Almas. Está dispuesta a dibujarnos un mapa y a darnos más información de los que se autoproclaman "dioses de la muerte".

―¡Nosotros somos los únicos dioses de la muerte! ―Ladró la niña semi desnuda.

A los pocos días supe que su nombre era Lilynette Gingerback. Esa misma noche me llevaron hacia un lugar oscuro en el que solamente había una mesa donde a su alrededor estaban sentados unos hombres bastante raros, también había una mujer rubia y voluptuosa. Creo que me odió en cuanto me vio.

―¿Coyote Starrk? ―Un castaño que encabezaba el puesto de líder en la mesa larga lo observó con una ceja enarcada ―. Eso es una humana.

―No por mucho tiempo. ―Me observó Starrk ―. Está de nuestro lado. Y ha entrado a la Sociedad de Almas, la conoce de palmo a palmo. Nos dirá cómo entrar. Será el ataque definitivo, Aizen-sama.

―¿El ataque definitivo? ―Sonrió sombríamente y se levantó de su sitio. En seguida ya estaba frente a mí, observándome fijamente con sus ojos llenos de tinieblas.

―Su nombre es…

―Mi nombre es Fade Kuchiru. ―interrumpí a Starrk antes de que me volviera a presentar por tercera ocasión. Fruncí el ceño y mis ojos violetas se llenaron de determinación. No iban a amedrentarme más, no se los permitiría. Vi tipos raros en la Soul Society y éstos monstruos llamados Hollows no iban a asustarme más ―. Voy a ayudarlos a invadir el territorio de los shinigamis con una sola y única condición.

―La chica tiene agallas ―Les dijo a los presentes y éstos se rieron de mí, después Aizen fijó su vista hacia mi persona ―, ¿y cuál es esa condición, señorita Kuchiru?

―Kurosaki. Es un capitán de una división, no recuerdo cuál. Pero lo quiero ante mí y lo quiero vivo.

―¿Puedo saber el motivo?

―No. ―respondí tajantemente.

―¿Y qué tal si mejor te torturo hasta morir para que me digas la información? ¿Qué tal si me adueño de tus recuerdos y solo te asesino? ¿Habías pensado en eso, cariño?

―Por supuesto ―sonreí de medio lado, observándolo fijamente ―, mi vida no es algo que me importe. La única manera de cumplir mi último objetivo es recibir ayuda de ustedes. Si me ayudan muy bien, de lo contrario al menos obtendré la muerte.

―Aquí no se muere, mi querida Fade, aquí solo se transforma el cuerpo. ¿En qué se transforma?

No le respondí por casi diez segundos, solo lo miraba fijamente.

―En Hollow.

―Y necesitas ser un hollow para formar parte de mis filas, Kuchiru. ―No dije una palabra y en vista de eso él solo se carcajeó hasta que le salieron lagrimillas, al parecer lo entendía, me entendía. El señor Aizen podía comprender mis límites ―, Szayel ―Lo llamó y en seguida un sujeto de cabello rosado se levantó de su asiento ―, que empiece la "hollowificación".

―Así lo haré, Aizen-sama. ―El aludido se acomodó los lentes y me sonrió con diversión maléfica.

¿Hollowificarme? ¿En verdad iba a pudrir mi alma para ser un hollow?

No me importa el mundo real. No tengo nada por lo cual pelear. Nadie me quiere. Estoy sola.

[…]

Con el tiempo empecé a olvidar mi objetivo. Las estrategias y el dibujo de mapas nublaron mi mente. Lilynette fue lastimada en una batalla y no pude soportar su muerte, mucho menos la depresión en la que se sumió Starrk. Mi furia llenó mi pobre alma podrida y ese agujero que me habían hecho no podía ser llenado con nada, ni siquiera con la venganza. No podía parar de llorar al no poder hacer nada por mí misma hasta que Nnoitra empezó a entrenarme en el arte de la guerra.

Hacer que un arma naciera de mi cuerpo fue un proceso doloroso, algo así como mil partos al mismo tiempo. Salió desde el centro de mi cuello. No pude hablar como por una semana entera, me había rasgado la garganta. Nnoitra insistió en que le pusiera un nombre, a mí no se me ocurría ninguno hasta que observé su naturaleza de hielo. Su nombre fue Sode no Shirayuki.

"No debemos matarlo", me susurraba Kia de vez en cuando. Empecé a ir a las batallas junto a mi capitán. Nunca obedecí a Kia. La mandaba callarse y luego ella sola iba a sentarse en un rincón oscuro de mi mente, prometiendo regresar algún momento y gobernarlo todo. Yo solo me reía. Me sentía más fuerte que nunca, poderosa.

[…]

Empuñé la guadaña cortando cabezas.

Yo solo peleo por mis camaradas.

¿Mi patria? Hueco Mundo.

¿Mi alma mater? El palacio de Las Noches.

¿Mi líder? Aizen Sosuke, por supuesto.

¿Mis hermanos? Todos los hollows, habitantes de Hueco Mundo, fueran Menos grandes, Espadas, Privaron Espadas y todos.

La última transformación en Hollow me hizo el cabello gris, la piel pálida, los ojos de gato. Mi guadaña de la muerte bailaba en torno a los cuellos de los shinigamis. Sangre, sangre, sangre. Yo me bañaba en sangre roja. Mi guadaña blanca se teñía del líquido rojo. No fue sino hasta que vi a ese sujeto de cabello negro y largo. Tenía la boca tapada con unas vendas azules y el ropaje negro, casi desecho, lo tenía ceñido por la cintura.

Observé sus ojos. Había algo familiar en ellos. Algo del pasado que no puedo recordar. Era como si nos hubiéramos visto alguna vez en otra vida. Me vi a mí misma vestida de shinigami, de súcubo, enfermera, estudiante, de muchos disfraces locos y estúpidos. Sus ojos refulgían en esos recuerdos. Fruncí el ceño y escudriñé a la criatura que tenía en frente. Di un paso hacia él y enseguida me atacó con una especie de energía oscura con filamentos rojos. Apenas pude esquivarlo, pero logró hacerme una rasgadura profunda en una mejilla. Volteé hacia atrás y observé que de tajo había matado a diez de mis camaradas.

Así que era él.

Ese shinigami.

Lo llamaban "Muerte".

Había matado a cientos de hollows.

―Voy a matarte. ―le dije pero sabía que con mi nivel de poder no podría ni en mil años. ¿Cómo iba a vencerlo?

―F… F… Fa… de… Fa…de ―Me llamó alguien por detrás y fue entonces que me percaté de uno de los heridos.

―¡STARRK! ―Corrí preocupada hacia él y me llené de horror al verlo cortado por la mitad. Completamente cortado.

―Co..rre de… esta… guerra sin sent… tido… ―La sangre manaba profusamente de su boca y su nariz. Le habían destazado por el área de los pulmones seguramente.

―Tiene sentido para mí. ―Lloré a su lado, lamentando su próxima muerte. No podía hacer nada por él.

―Dímelo… dímelo… Fade… Kuchiru ―Sus ojos castaños se quedaron quietos y de pronto su pecho no volvió a moverse. Solo se quedó quieto, como si de repente alguien le hubiera robado el aliento. Coyote Starrk y Lilynette tenían la última transformación hollow, ahora podían morir y no volverían a reencarnar. Mi único consuelo era que Lily murió acompañada por Starrk, y él murió acompañado por mí.

No pude contestarle. No pude responderte qué sentido tenía esta guerra para mí. No lo sabía. Tenía años actuando por inercia. Por costumbre.

―¡VOY A MATARTE, MONSTRUO INHUMANO! ―Grité tan fuerte y alto que me dolió la garganta, mis lágrimas resbalaban por mis mejillas y de pronto, sin saber por qué, mis lágrimas empezaron a congelarse. De mi piel salía una especie de vapor brilloso, como plata. Tenía mucho frío.

La "muerte" lanzó otro ataque hacia mi lugar y todo a mi rededor se convirtió en polvo y cenizas. Una gran nube cubrió el lugar hasta que poco a poco fue desvaneciéndose. El sujeto observó todo con tranquilidad e interés. Había allí alguien.

Era yo.

Y a la vez no.

Era Kia.

Blanca. Hielo. Fría.

La guadaña mortal se había convertido en una espada blanca muy larga y fina, hermosa. Mis vestiduras de harapos se habían convertido en un traje blanco muy estilizado. Había un adorno por detrás de mí oreja, estaba hecho de hielo.

―Te conozco. ―Dictaminó el monstruo de cabello largo, mirándome con sus ojos rojo quemado. Su voz me era familiar. ¿Dónde la había escuchado antes? ―. No sé de donde, pero te conozco.

Él parecía un sol oscuro; poderoso y desgarrador. Yo era como una luna blanca; brillante y serena. Sol oscuro y luna blanca. Él era oscuridad, yo era luz.

―Yo jamás podría conocer a un sucio shinigami. ―Gruñí mientras apretaba mi espada.

―Ella dice la verdad. ―Una mano se colocó sobre mi hombro y fue entonces que observé a mi capitán en su última transformación. Aizen-sama era ya un ser perfecto, por encima de todos los shinigamis, por encima incluso del primer comandante Shigekuni Yamamoto ―. Aléjate, Fade. No quiero que salgas lastimada de este encuentro. La "Muerte" es para mí. ―Mi capitán ya no tenía rostro, había una especie de máscara negra con dientes en su cara, sus alas de mariposa habían sido reemplazadas por unas cabezas que expulsaban zeros que podían destruir ciudades enteras. Estaba orgullosa de mi capitán.

[…]

Mi capitán ha… caído.

Mi mente no puede procesarlo.

La "Muerte" pronunció "Mugetsu" y entonces mi capitán fue regresado a sus transformaciones iniciales. Fue desprovisto de su poder y atrapado en un hechizo de un shinigami.

―¡Capitán! ―grité corriendo hacia él y entonces encontré al sujeto de cabello negro. Estaba descarándose. Las vendas azules que tenía en el rostro y en su pecho comenzaron a resquebrajarse como si fuera yeso seco. Entonces su cabello oscuro se fue, dejando paso a un color naranja brillante. Ese color… me recuerda a alguien vagamente.

―Un híbrido. ―El sujeto rubio que había apresado a mi capitán me observó con sumo interés ―. Nunca había visto algo así. Aparte de ti, Kurosaki.

―¿De mí? ―dijo el chico, volteando a verme.

―Ella es un Hollow y un Shinigami… al mismo tiempo.

Sus palabras me hicieron detener mi ataque.

―¿Qué está diciendo? ―dije aprehensiva.

―Que eres un Hollow y un Shinigami. ¿Cómo es que llegaste al ejército de Aizen? ¿Cuál es tu nombre, pequeña dulzura?

―No-Me-Llames-Así ―musité furiosa, mirándolo con odio y enseguida levanté mi espada. El hielo comenzó a fluir bajo mis pies, congelando en cuestión de segundos todo nuestro alrededor, incluso los pies de los dos shinigamis.

―Eso que utilizas, belleza de hielo, es un bankai, ¿sabías eso? ―Me dijo el rubio.

―¡Deja de hablar!

―Oh, por Dios, ya sé quién eres. ―El anaranjado abrió sus ojos como si hubiera visto la cosa más sorprendente del mundo. Se levantó del suelo y me observó anonadado ―. Tantos años, Fade.

―¡No digas mi nombre o te mataré! ―rugí fastidiada.

―Soy yo, Kurosaki. ―Me miró afablemente. No podía soportarlo. Me estaba inestabilizando. Mi mano sobre la espada comenzó a agrietarse.

―¿Qué? ―Observé las grietas formadas en mis manos, estaba partiéndome como hielo. Era obvio que iba a desvanecerme, Kia no me prestaría su poder por mucho tiempo. Todavía no éramos muy fuertes para aguantarlo por más de unos minutos. Lentamente Kia fue desapareciendo, dejándome nuevamente vestida con mis harapos de Hollow. Mi cabello volvió a ser grisáceo, quedándose así.

―¿Eres un hollow? ―El muchacho se acercó a mí, contemplándome con suma incredulidad ―. No, no, no, ¿qué te han hecho? ¡¿qué te hicieron esos malditos?! ¡¿Cómo?! Te dejé a salvo en el mundo humano… ―Sus manos temblaban y sus ojos lucían atormentados. Yo solo estaba estática, él parecía conocerme.

―Kurosaki… ―pronuncié. Lo recordaba. Sí. El shinigami, la razón por la que me uní a los hollows. Cuando tomé la mano de Coyote Starrk fue por él; por Kurosaki ―. ¿Tú? Ku… Kurosaki… ―Abrí la boca sin poder decir algo más.

―Sí, soy yo, Fade… mi pequeña Fade ―Una lágrima surcó su rostro y en seguida se inclinó para abrazarme, me alzó hacia él, levantándome del suelo. Lo escuchaba sollozar levemente. Me apretaba con fuerza. Y yo…

Yo tenía ganas de llorar.

Pude rodear su cuello con mis brazos delgados, pude sentirlo, el sonido que provocaba cuando la mitad de un alma finalmente encontraba su parte restante. Kurosaki era mi mitad, y yo era la mitad de Kurosaki. Cuando nos separamos fue que miramos a nuestro alrededor. Un funesto campo de batalla con muertos y malheridos. Lo supimos en ese instante.

La guerra había terminado.


.†.


Presente.

Isshin contempló a la chica. El doctor tenía el ceño adusto y, tomando una pequeña lamparilla, alzó el párpado de Rukia para comprobar sus signos vitales. Al otro lado Ichigo lucía desesperado. Había encontrado a Rukia empapada y tirada en la banqueta, la lluvia afuera arrecía con violencia. Tuvo qué cargarla hasta llevarla dentro del consultorio y recostarla en la camilla. Enseguida encontró la causa del problema. La pelinegra tenía el tacón desecho así que supuso que se había caído o resbalado, su cabeza había impactado contra el asfalto y de esa manera perdió el conocimiento. Intentó hacerla regresar en sí de muchas maneras pero no lo logró. Fue entonces que en mitad de la madrugada subió al cuarto de sus padres para despertar a Isshin.

―Parece estar simplemente dormida. ―Dictaminó el Kurosaki mayor ―. De cualquier manera llevémosla al hospital. Tiene una contusión fuerte y hay que hacerle un estudio para salir de dudas.

Masaki y Karin se encargaron de llamar a la ambulancia. Fue Masaki quien viajó con la Kuchiki inconsciente. La tormenta eléctrica no hizo más que intensificarse por el resto de la madrugada. Ichigo bajó corriendo del auto de su padre, sus pasos eran rápidos y se metía entre los charcos de agua, chapoteando furiosamente. Por culpa del asfalto resbaloso tropezó dos veces pero no le importó, se levantó en seguida y llegó hasta el lugar donde estaban bajando la camilla de Rukia. Arriba los protegía un techo de vidrio. Un fuerte trueno se escuchó en cuanto Rukia entró al hospital. De inmediato fue trasladada a urgencias.

―Usted no puede pasar, señor. ―Lo detuvo una enfermera fornida.

―¡Pero soy médico! ―vociferó el Kurosaki.

―He dicho que no puede pasar, ¡por favor!

―Tranquilo, muchacho, déjalos hacer su trabajo. ―Isshin tuvo que sujetarlo de los brazos para que no interrumpiera el trabajo del personal.

"Rukia no está bien.

Al menos eso es lo que dice su hermano. Se la ha pasado llamándome por teléfono para que vaya a verla, dice que está todo mal. Yo maniobro lo mejor posible el auto para seguir a una velocidad de rayo y no estrellarme con algo en el proceso. Todavía me faltan muchos kilómetros para llegar a Karakura, el pueblo de mi infancia, donde nos conocimos Rukia y yo desde que nos sentaron juntos en el jardín de niños."

Su padre lo obligó a sentarse en la sala de espera y Masaki le hizo beber un café para que se calmara. Karin seguía en la misma posición estoica desde que entró al hospital, sentada a un espacio lejos de su familia, mirando las paredes blancas sin algun sentimiento o emoción. Solo estaba ahí como algo superfluo.

Ichigo estuvo sentado un rato, luego se paró a caminar por los pasillos, volvió a sentarse en la silla y luego se colocó con las rodillas cruzadas, bajó de la silla y se recostó en el suelo con la espalda recargada contra la pared, cambió de posición cientos de veces. Masaki les trajo algo de comida sencilla desde la cafetería del hospital. Isshin tuvo que irse a atender los pacientes de la clínica que estaban llamando, Karin fue con él para ayudarle. Al final ya solo quedaban Masaki e Ichigo.

―Estará bien, tranquilo, Ichigo. ―decía de vez en cuando con su vocecita suave y alegre, llena de esperanza. Aún quedaban ojeras pronunciadas de sus noches de desvelo ante la muerte de Yuzu, pero definitivamente se veía fuerte mientras estaba ahí con su hijo mayor.

"Se agolpan imágenes en mi mente de cuando ella y yo éramos como uña y mugre. No quería irme de Karakura, pero tuve que hacerlo.

―Diablos, Rukia. ―Me escucho vociferar a mí mismo contra ella. Prometió que estaría bien y no lo cumplió.

―Ichigo, yo soy una shinigami…

Todavía recuerdo la seriedad con lo que me dijo eso. Pensé que solo era un juego de patio de colegio. Siempre jugábamos a que éramos segadores de almas, usábamos palos de escoba como espadas y creábamos nuestros propios hechizos, nos divertíamos explorando "casas embrujadas" para encontrar fantasmas enemigos y acabar con ellos. Ese tonto juego siguió a lo largo de varios años hasta que poco a poco fue desapareciendo. Sin embargo, una parte de mí siempre supo que Rukia de verdad lo creía, que ella era un shinigami."

Pasó una hora y media para cuando llegó el médico. Ichigo se apresuró a realizar muchas preguntas, "¿Cómo está Rukia? ¿Ya despertó? ¿Cuándo va a despertar? ¿Qué le pasó? ¿Es una contusión grave? ¿Tendría amnesia?". El médico que en realidad era un viejito visiblemente paciente levantó la mano en señal de que se detuviera.

―Relájese, relájese. La señorita Kuchiki no tiene nada grave, solo una contusión. Despertará al cabo de una hora, algo así. Ahora hay que dejarla descansar.

―¿Pero no hay nada malo con su cerebro, verdad? ―Ichigo preguntó con desesperación, con los ojos bien abiertos como de loco.

―Nada de eso.

Pero Rukia no despertó ese día.

"―Estoy jugando a ser shinigami. ¿Juegas?

―Está bien ―Ichigo se encogió de hombros y se animó a ir con ella.

―Escucha, los shinigamis son seres de otro mundo que se dedican a recolectar las almas de los recién fallecidos. Entre más almas recolectes y las envíes a la Soul Society, mejor shinigami serás.

―¿Entonces solo tenemos que juntar las almas de las personas recién muertas? ―Aquél juego no le agradó al pequeño, pero no dejó transmitir su miedo.

―¡Sí! Pero tenemos que tener cuidado de los Hollows. Las almas que no son recolectadas a tiempo, se convierten en almas vengativas llamadas Hollows. ¿Y sabes qué les gusta comer? ―dijo lo último en un tono bajito y misterioso.

―¿Qu…é? ―El niño se abrazó a sí mismo, temiendo la respuesta.

―¡Shinigamis!"

No pasó nada al segundo día, por lo que los estudios mentales retornaron. Un electroencefalograma más, una tomografía axial para verificar las áreas del cerebro. No hubo resultados. Todo estaba bien con el cerebro de la Kuchiki. Al tercer día la paciente tampoco despertó e Ichigo sintió la impotencia aflorando en su pecho. Su madre trataba de tranquilizarlo pero no lo lograba. Los doctores no se lo explicaban, el cerebro de Rukia Kuchiki estaba bien, la herida de la cabeza era larga pero no profunda, debería haber despertado la misma madrugada en que ingresó al hospital de Tokio.

Comenzaron a realizar una tomografía del cerebro más especializada que medía la actividad cerebral. Todo estaba normal. Angiograma, resonancias magnéticas, el resultado era lo mismo, no había nada fuera del lugar. Parecía ser que la paciente simplemente estaba dormida.

"―Mi mamá quiere que te pregunte de qué color será tu vestido porque, ya sabes, quiere que vayamos combinados. ―Ichigo se rascaba la cabeza un tanto despreocupado mientras caminaba rumbo al instituto. A su alrededor habían más chicos que iban en su mismo camino, con los uniformes grises y los zapatos lustrados.

―¿Usarías un traje rosa si mi vestido fuera de ese color? ―preguntó con una sonrisita burlona. Como siempre, Ichigo frunció el ceño y contestó.

―Tarada. Es por la cosa esa que va en el bolsillo del saco.

―Dile que es color azul rey."

Al tercer día le permitieron entrar a verla. Ichigo caminó con cuidado, como si estuviera a punto de entrar a un castillo de cristal, frágil como una ligera capa de hielo. Rukia tenía la mitad de su cuerpo tapada con una sábana blanca, sus ojos cerrados, su cabeza hacia arriba. Sus manos reposaban entrelazadas a la altura de su estómago. En seguida Ichigo le cambió la posición de las manos, parecía como si la hubieran arreglado para morir. Se arrodilló a un lado de la cama y gracias a su altura tenía una mejor visión.

―Hey, Rukia, ―Empezó a hablar quedito ―, si me escuchas… vuelve. Sé que tus inventos, tu mundo imaginario es muchísimo mejor que tu realidad pero… si tú vuelves ―sollozó, sujetando su mano inmóvil ―, te juro que haré que tu realidad valga la pena. Esta vez lo haré. Iremos a Karakura, viviremos allá, buscaré alguna vacante en el hospital local, verás a tu madre, a tu abuelo y a tu padrastro. Iremos al cementerio a dejarle flores a tu padre, te compraré muchos peluches de Chappy, de los que tanto te gustan… haré lo que tú me pidas pero por favor, por lo que más quieras… vuelve, ¡vuelve! ¡vuelve, Rukia! ―Lloró, apretando los dientes para no ser escuchado. Le escocían los ojos con fuerza, las lágrimas le picaban ―. Llevas una semana dormida. Temo pensar que te quedes así dormida igual que Yuzu, que una semana se alargue a meses, a años ―Acercó la mano de Rukia hacia sus labios, dándole un beso cerrando los ojos ―. No te vayas… yo te amo ―Se levantó y colocó su cabeza sobre el abdomen de la paciente, abrazándola posesivamente ―. Sé que tal vez no sea suficiente para ti, Rukia. Me gustaría darte más razones para que te quedes pero de momento no se me ocurren más… estoy asustado. Debí estar contigo aquella noche… discúlpame… discúlpame, por favor.

El pecho de Rukia seguía subiendo y bajando con suavidad, su boca se mantenía estática, sus ojos como si nunca se hubieran abierto, el largo y negro cabello peinado grácilmente sobre sus hombros, su rostro de ángel sereno, parecía una princesa dormida, presa de un sueño inacabable… o una pesadilla.

Sin saberlo Rukia ahora vivía en el mundo violeta, un mundo perfecto lleno de aventuras todos los días, rodeada de sus creaciones, jugando entre shinigamis, hollows y quincies. El juego definitivo, el juego sin fin, encerrada por siempre en su propia mente.


.†.


Mundo violeta.

El viento meció sus largos cabellos con fragilidad. No recordaba que lo tuviera tan largo, le llegaba hasta el término de su espalda. Había un frío innegable en aquél paisaje, aunque Rukia no sabía si era el lugar o era Kia con su frialdad de hielo, pues ella era hielo.

―Es ese lugar. ―Señaló con sus finos dedos enguantados hacia una construcción lejana ―. Es el castillo conocido como Las Noches. Fade debe estar ahí, la conozco, es su refugio.

―¿Por qué querría un refugio tan feo y tétrico? ―Se quejó Rukia, echando a andar.

―Porque tu así lo decidiste. ―explicó Kia con simplicidad. Rukia siguió caminando pensativa, ¿por qué crear un mundo oscuro y frío donde vivieran sus personajes? ¿Por qué no algo cálido? "Porque solo es lo que reflejo", se contestó a sí misma.

Pareció durar una eternidad el camino hacia el castillo. Le ardían los pies como nunca, sin embargo Kia parecía no haber dado más de tres pasos, se observaba en forma y con esa cara fría e inexpresiva de siempre. Pronto llegaron a su destino. Era un lugar blanco y desolado, a Rukia le recordó sus días sola en la preparatoria, cuando su único amigo se había ido lejos. "Ya recuerdo, Las Noches fue creado en mis peores días", pensó.

Fueron silenciosas al entrar. Rukia pudo conocer todos los recovecos del palacio, pues ella misma lo había creado hace años. Sabía cómo moverse, cuándo girar, cuantas escaleras bajar. El suelo negro le devolvía su reflejo y éste era firme, decidido. Encontraría a Fade como diera lugar.

―¿Estás segura por dónde caminas?

―Yo cree este mundo, yo creé a Aizen, sé como piensa, sé donde buscar.

Fue de ese modo en que llegaron frente a una puerta de apariencia de hierro. Era plateada como la luna. No fue impedimento alguno para Kia, ésta congeló la puerta y después la hizo pedazos, cuidando de ser silenciosa. A sus costados había pequeñas cárceles con esqueletos inmóviles. Rukia corrió sin voltear a verlos, todos y cada uno de esos cadáveres no eran más que sus recuerdos muertos. Llegaron hasta el final donde, en el fondo, había una persona apresada pr gruesos grilletes oxidados, desnuda y crucificada en forma de X. Las manos y pies con varios clavos que perforaban la pared, enormes cadenas le rodeaban el cuerpo que a su vez le servían de vestidura, había sangre chorreando de las extremidades.

―¡Fade! ¡Dios mío! ―gritó Rukia sin poder evitarlo y entonces corrió el resto del trayecto con desesperación ― Oh, no, ¡¿qué hacemos, Kia?! ¡¿Cómo la sacamos?!

―Cálmate, veré qué puedo hacer con mi hielo. ―Kia empezó a soltar una gran cantidad de hielo por todo el lugar hasta cubrir la totalidad del recinto. Las cadenas gruesas empezaron a cristalizarse y finalmente se rompieron, pero los clavos no iban a ser fáciles de sacar, tenía que concentrarse en hacerlo lo más cuidadosa posible o podría dañar la piel de Fade. Congeló los clavos sin tocar la carne de la hollow y poco a poco los fue extrayendo. Entre Kia y Rukia sostuvieron a Fade que cayó sin fuerzas en dirección al suelo, estaba lánguida y la falta de sangre parecía cobrar venganza, estaba inconsciente.

―Fade, responde, Fade. ―Rukia la abrazó contra sí misma cuando la sentaron en el suelo. Mientras tanto Kia se quitó una capa de su traje blanco y se la puso a Fade para cubrirla con algo. Los ojos grises y de apariencia gatuna se empezaron a abrir lentamente, confundidos.

―Ru... kia... ―susurró.

―Fade. ―sonrió la pelinegra con lágrimas en los ojos ―. Vinimos por ti.

―¿Pero... por qué? Yo... no merezco ser salvada. ―dijo con voz débil.

―Fade ―Le habló Rukia mirándola directamente a los ojos ―, mereces ser salvada, merecemos ser salvadas.

La sinceridad expedida de los labios de hielo le hizo sentir algo raro a Fade, algo que juró no sentir nunca más, algo de lo que se deshizo desde hace años. Sentimientos. Emociones.

―Dejen de estar sentimentales y salgamos de este lugar. ―Sugirió Kia.

―Esa es una buena idea. ―Secundó Fade con una sonrisa socarrona pero cansada.

Rápidamente Kia le vendó las heridas lo mejor que pudo, teniendo que rasgar más su vestimenta. Entre las dos tuvieron que cargar a Fade pues ésta se encontraba sin fuerzas. Avanzaron casi la mitad del camino cuando al doblar en una esquina se les cruzó una persona.

―¿A dónde la llevan? ―Un hombre alto y blanco las observó sin ningún atisbo de humor. Sus ojos eran verde esmeralda y su cabello estaba largo, parecía un demonio infernal.

―Es Ulquiorra Ciffer, ¡corre Rukia! ―Las apuró Fade.

―Yo me encargo de él, ustedes sigan. ―Se adelantó Kia mostrando una serenidad de tener todo bajo control.

―Tú sola no podrás. ―le dijo Ulquiorra mirándola despectivamente.

―Si sacamos a Fade de aquí ganamos todo. Este es el lugar de Fade, imagina lo que pasará cuando ella salga de Hueco Mundo.

―No voy a permitir que destruyas este lugar. ―Ulquiorra la miró con fiereza.

―Rukia, Fade. Corran ya. ―indicó Kia empezando a congelar el recinto.

―¿Estás segura de que funciona de esta manera? ―inquirió Rukia, preocupada.

―Tranquila, Rukia. Este mundo no es mío sino de Fade. Nada me pasará, lo importante es sacar a Fade de aquí. Hueco Mundo ya no tendrá su raíz y tus recuerdos más oscuros van a ser superados hasta disolverse. Confía en mí, Rukia.

La pelinegra todavía no se veía muy convencida pero decidió creer. Se colgó bien a Fade del cuello y empezó a abandonar el palacio nuevamente, dejando a la mujer de hielo atrás.

Afuera la noche estaba estrellada. La arena invadió sus pies con molestia. Rukia vio cientos de caminos por tomar, debía elegir uno rápido. Solo pudieron correr como medio kilometro cuando de pronto se hallaron a unos hombres cerrándoles el paso.

―¿A dónde es que vas, Fade Kuchiru? ―preguntó un hombre castaño.

―Aizen-sama, Gin-san. ―pronunció Fade sorprendida.

―¡Déjenos ir! ―exigió Rukia ―. Yo cree este lugar, soy quien decido aquí.

―Nadie se va de aquí. Y menos tú, Fade. ―Proclamó Aizen seriamente.

―¿Por qué quieres a Fade? ―reclamó la Kuchiki con el ceño fruncido.

―Porque ella es... la piedra angular de este lugar. ―Los filos de las espadas de ambos hombres brillaron con la luz lunar. Aizen comenzó a caminar hacia ellas, igual que Gin. Las armas se alzaron y el filo iba a partirlas en dos cuando de pronto, justo un segundo antes una espada negra se atravesó, deteniendo el ataque que éstos iban a arremeter contra Rukia. Saltaron chispas de las tres espadas enfrentadas.

Rukia cerró los ojos, pero Fade no. El viento despeinó el largo cabello de Rukia Kuchiki, al igual que el gris y corto de Fade. Sus ojos gatunos se abrieron a su máxima expresión.

―Kuro... ¿Cómo es que estás... aquí... en este lugar?

El hombre de cabello naranja tenía puesto un uniforme de shinigami. Su espalda ancha protegía a ambas chicas. No tenía que voltear para que Fade Kuchiru lo reconociera.

―Porque todos estos años yo... te he seguido de cerca, Fade. ―musitó y luego hizo fuerza para quitarse las espadas de Aizen y Gin, hasta hacerlos retroceder.

―No entiendo qué haces aquí. ―dijo Fade. Rukia ya había abierto los ojos y ahora los veía a ambos sorprendida. Sus creaciones, sus protagonistas ahora estaban frente a ella, hablándose, protegiéndose. Él con su cabello naranja, ella con su cabello gris azulado. Tan opuestos. Tan diferentes.

―No necesitas entenderlo, mocosa. Solo necesitas escapar para despertar. Las dos, corran, yo les daré una apertura. ―dictaminó Kurosaki tomando su espada negra con las dos manos, observando a sus oponentes fijamente.

―Son palabras muy grandes para un chico como tú, Kurosaki. ―sonrió Aizen.

―No soy un chico, soy un hombre, y voy a protegerlas; a una porque la amo, y a la otra porque ella me creó.

―Tú realmente... me conoces... ―susurró Rukia anonadada, con la boca entreabierta, contemplando la espalda ancha del shinigami que las defendió a Fade y ella.

El pelinaranja volteó hacia atrás regalándole una sonrisa de héroe.

―¿Como no voy a conocerte, Rukia? ―Su sonrisa era idéntica a la de Ichigo. Hey, Ichigo. Rukia parpadeó un par de veces como dándose cuenta de todo el tiempo perdido. Se sentía como si se le hubiera agotado toda la arena del reloj antiguo. El tiempo se había acabado desde hace mucho ―. Ahora dejen de ser idiotas y corran. Fade debe salir de este lugar a toda costa. Cuando eso suceda, la luz las llevará a su destino. Ahora, ¡corran! ―gritó, lanzándose en el último segundo para atacar a Aizen y Gin directamente. Era tal su nivel de poder y velocidad que les brindó la apertura perfecta para escapar.

Fade; un poco más recuperada, corrió por sí misma detrás de Rukia. La arena caliente y pegajosa se entremezclaba entre sus pies. Un viento fuerte recorría aquél lugar y de pronto a sus flancos habían unas cosas altas y negras con máscaras blancas, sus narices eran picudas, eran una especie de parcas gigantes. Eran hollows. Eran Menos Grandes y estaban por todo el lugar.

―¡Son Menos! ―gritó la pelinegra aterrada cuando vio que los monstruos se preparaban para lanzar su ataque conocido como Zero.

―¡Solo sigue corriendo, Rukia! ―La animó Fade haciendo uso de todas sus fuerzas para seguir en el camino.

A ambas les dolían las piernas, sentían que poco a poco iban a caer. Detrás de ellas montones de arena se levantaron ante las explosiones que causaron los zero's de los Menos grandes. Estaban por llegar al límite del mundo oscuro cuando de pronto un enorme zero rojizo se acercó a ellas por milímetros pero éste se vio congelado hasta los cimientos en cuestión de milisegundos. El hielo les recordó a alguien. Voltearon hacia atrás y vieron a Kia siendo transportada de manera elegante y rápida por una ola congelada que la llevaba a todas partes.

―Ya estamos las tres. ―musitó Kia colocandose al lado de ellas ―. La puerta del senkaimon finalmente se abrirá.

―¿Y a donde nos llevará esa puerta? ―inquirió Fade temerosa de abandonar para siempre Hueco Mundo.

Aparecieron un par de puertas japonesas tradicionales, eran de madera y tenían las ventanitas bien forradas con papel de arroz. Al parecer Rukia sabía esa respuesta, siempre la supo.

―Nos sacará del Mundo Violeta, ¿no es cierto? ―Rukia avanzó un paso y las puertas se abrieron de par en par ante ellas ―. Nos llevará a nuestra ansiada realidad. ―sonrió de medio lado, casi imperceptiblemente ―, nos mostrará eso que nunca quisimos ver. Nos dirá la verdad.

Nos dirá la verdad.


.†.


El par de orbes violetas comenzaron a abrirse como pequeñas rendijas ante la funesta luz artificial. Todo era de un blanco tormentoso, casi como si quisieran acuchillar sus ojos. Lastimaba gradualmente. Pudo visualizar un techo blanco, paredes blancas. Viró los ojos hacia abajo y se observó a sí misma con una bata blanca y sabanas blancas, todo era de ese inmaculado color en esa habitación. Todo era tan brillante y molesto.

―¿Ru... Rukia? ―La voz de ese muchacho se oía lejana, como si le llegara un siglo tarde.

Rukia Kuchiki despertó exactamente una semana después de su accidente de cabeza.

―¿Estás bien? ¡Dios! ¡Rukia, nunca más te dejaré dormir! ―Se acercó a ella dándole un beso en la frente, otro en la cien izquierda y finalmente uno sobre sus pequeños labios; sosteniéndole la cara delicadamente.

No volvería a perder el tiempo. Ya no tenía tiempo qué perder. Antes de que algo más pasara debía confesarlo. Debía liberar su corazón ahora que finalmente Fade, Kia y Rukia eran una sola entidad. No más sentimientos de culpabilidad por no sentir nada. Ahora la luz que representaba Kia estaba despierta dentro de su cuerpo y podía recordar a Yuzu con lágrimas en los ojos.

―Tengo que decirte algo. Yo… ―Aun si Ichigo la odiaba le iba a decir la verdad. Ahora que era una sola Rukia en el cuerpo, ahora que su lado bueno y malo estaban unidos era que podía sentir pena y remordimiento ―Es sobre Yuzu. Es sobre... ella.

―¿Qué tienes qué decirme de Yuzu? ―El joven médico se halló desconcertado y con el ceño fruncido.

―Yo... Yo maté a tu hermana, Ichigo. ―Lloró. Observó los ojos expectantes de Ichigo. Iba a odiarla, lo haría llorar, la iba a golpear… pero nada de eso sucedió. Ichigo lucía inmutable ―. ¿No dices nada?

―Rukia, ¿por qué dices que mataste a Yuzu? ―inquirió, extrañado en sobremanera.

―Porque yo lo hice, porque yo la desconecté.

Ichigo se le quedó mirando como si tuviera ocho ojos en la cara, contrariado. La miró fijamente y luego le tomó ambos hombros.

―¿Dónde estabas la noche que murió Yuzu? ―Parecía desesperado por saberlo. Rukia detuvo sus lágrimas, ya no lloraba, algo le decía que la reacción de Ichigo no era la correcta, que no encajaba.

―Estaba en tu casa…

Ichigo negó con la cabeza.

―No, mi amor… ―Sus ojos castaños se empezaron a volver vidriosos ―, tú no mataste a Yuzu.

―¿De qué hablas? ―Rukia empezó a sentir cómo los vellos de su piel se erizaban, de repente sentía frío y la boca seca, sus ojos estaban abiertos como platos, sus labios temblaban levemente ―, la maté con mis propias manos.

―Rukia, el cuerpo de Yuzu ―Una lágrima resbaló por encima de su mejilla, mirando a Rukia con la vista empañada, todavía sujetándola de los hombros ―… el cuerpo de Yuzu ya estaba muy deteriorado, anteriormente ya había tenido tres infartos y un fallo renal severo… desde un principio mi padre y yo le dijimos a mamá que Yuzu no iba a despertar, pero ella no lo aceptó. Siguió vistiéndola y hablándole como si estuviera viva. Se le iba la vida en Yuzu. Fueron poco más de cinco años así. Papá, Karin y yo acordamos desconectarla sin que mamá se diera cuenta. Karin le quitó el oxígeno y papá y yo desconectamos los aparatos ―Había más lágrimas espesas resbalando por sus mejillas, sus ojos castaño claro se veían enrojecidos, las curvaturas de sus labios estaban hacia abajo en una mueca de intensa consternación ―. No quería hacerlo, no queríamos dañarla pero… no tenía caso seguir, Rukia. Sé que no lo entiendes… ―Su voz se quebró y no pudo continuar, cerró los ojos incapaz de seguirla viendo.

Rukia tenía la boca abierta, el rostro crispado de sorpresa y horror, sus manos temblorosas. Se recostó en la cama otra vez; librándose de las manos de Ichigo con recelo, se volteó de lado dándole la espalda al médico pelinaranja.

No era una asesina. Rukia Kuchiki no era una asesina. Ella no, pero ellos sí.

―Rukia… ―La llamó al verla que quedó como en un estado de shock, sin moverse ni hablar, con los ojos fijos en la pared.

―Quiero ir a casa. ―musitó con voz calmada pero distante.

Silencio.

―Aquí están Byakuya y Kisuke, les diré que entren para que te vean.

Se retiró de la habitación más por el semblante de Rukia que porque en realidad quisiera. Ella todo este tiempo se creyó culpable de la muerte de Yuzu. ¿De qué más se habría sentido culpable? ¿Por qué se creyó una asesina? Ichigo lo recordó. El parecido de Rukia y Karin. Seguramente aquella noche lo que Rukia vio fue a Karin con el cabello suelto y se confundió, pensó verse a sí misma desconectando a Yuzu. Recargó la espalda contra la puerta cerrada mirando el techo blanco y de luces artificiales. Sentía que los ojos le ardían y se mordió el labio inferior. En eso Byakuya Kuchiki iba dando la vuelta por el pasillo y observó con una ceja enarcada a Ichigo.

―¿Alguna noticia? ―Le exigió el Kuchiki mayor con su característico tono hosco y frío.

―Sí. Tu hermana despertó. ―Quería sonreír al darle la buena nueva. Pero era imposible. Le había tenido que confesar el secreto que pensó nunca revelar.

Byakuya enseguida entró a la habitación de su hermana menor con la sonrisa más amable del mundo.


.†.


Urahara era el conductor del sedan rojo barroco. Era un buen auto, le había platicado Kisuke en casi la mitad del camino a Byakuya; quien lucía aburrido en el asiento del copiloto dibujando rayaderos en lo que sobró de una bolsa de papas fritas, pues se habían parado a comer unas hamburguesas en un Burger King. Rukia se mantenía callada y seria en el asiento de atrás, recargada cómodamente dejando un brazo sobre el espacio de la ventanilla, con el puño apoyando la mejilla. Observaba el paisaje tan bonito de afuera a través del cristal. Eran los campos dorados de trigo. Eso significaba que estaban a punto de entrar a la sencilla y simple ciudad de Karakura.

"Nunca debí haber ido a Tokio…", escribiría Rukia alguna vez en su diario.

El auto llegó a una casa bonita de dos pisos de color azul y blanco. Afuera ya la esperaban dos mujeres y un anciano. Rukia bajó del auto, los observó con duda, como pensando si realmente estaban ellos ahí, caminó hacia su madre pero Sode se adelantó con lágrimas en los ojos y la abrazó.

"No importa qué tan mal nos llevamos... siempre serás mi mamá", pensó Rukia mientras la abrazaba desde hace años. Sode repetía el nombre de su hija en susurros dulces y cansados. Rukia, Rukia, mi Rukia. Lo siento por todo. Pero Rukia realmente no sabía por qué le pedía disculpas. Estaba bien, Rukia tampoco era un ángel caído del cielo y ciertamente nadie de los Kuchiki lo era. Terminó de abrazarla y Hisana estaba al lado de Sode, y esta vez la miraba a los ojos sin miedo ni preocupación, la miraba como realmente se observa a una hermana menor. Sin previo aviso Hisana también la abrazó mientras lloraba.

Algo raro resbaló de los ojos de Rukia. Se pasó las yemas de los dedos para verificar si realmente ella también estaba llorando. Y sí, realmente también estaba llorando. Sonrió con extrañeza.

―Vamos adentro, lloronas ―Se enterneció Kisuke abrazando a las dos hermanas que ahora estaban separadas ―. No quiero que los vecinos vengan a molestar.

Kisuke, Sode, el abuelo, Byakuya, Hisana y Rukia entraron a la residencia Kuchiki. A su hogar. Eran como una familia entera de nuevo.


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Años después.

Era el festival de primavera en Karakura. Esas cosas alusivas le encantaban a cierta enana pelinegra que siempre quería asistir para comer la mayor cantidad de comida posible y que su acompañante le ganara todos los premios habidos y por haber. Peluches, globos, pecesitos.

―¡Ese quiero! ¡El de fresa!

―Uno de fresa, señor.

Al instante Rukia recibió un algodón rosa. Lo observó con ojos brillosos y le dio una buena mordida. Su acompañante sonrió al verla comportarse como una niña pequeña pero entonces sintió un dolor en el estómago, probablemente ya había comido mucho.

―Demonios, tengo que ir al baño. No te muevas de aquí, princesita.

―Nop.

Estaba dándole la segunda mordida a su algodón cuando no supo qué le dio por voltear hacia la derecha y ahí; parado y observándola con paciencia, se encontró a un chico de cabello naranja que llevaba ropa casual; unos vaqueros azules y una camiseta negra de manga larga. Era Ichigo Kurosaki, su amigo de la infancia y poco más. No lo había vuelto a ver en años luego de que se separaron cuando ella salió del pequeño coma que sufrió. Como por inercia empezó a caminar hacia él hasta ponerse a dos pasos en frente.

―Ichigo. ―dijo asombrada, sin saberlo tenía restos de algodón en las comisuras de sus labios.

―Rukia. ―sonrió muy levemente, colocando sus manos en los bolsillos ―. Te ves bien, ¡quiero decir! Te ves sana.

Rukia sonrió divertida.

―Gracias, tú también te ves sano.

―¿Ese azulino que estaba contigo no es el que te seguía en Tokio? ―Señaló por donde se había ido el sujeto.

―Su nombre es Grimmjow, es mi novio, y no me seguía, solo era amable.

―¿Tu novio? ―inquirió totalmente desprevenido.

―Sí. Llevamos dos años.

―Eso es genial… y confuso a la vez. ―Frunció el ceño, mirándola seriamente.

―¿Por qué confuso?

―Porque que yo sepa nosotros nunca terminamos nuestra relación, y si me preguntas, tú sigues siendo mi novia.

Aquella declaración dejó a la Kuchiki boquiabierta. ¿Había escuchado bien? Le tomó casi diez segundos responderle.

―Ichigo… ―Le tomó la mano ―, eres una persona importante para mí pero no puedo estar contigo porque tú me haces ser inestable. Tú representas el inicio de un juego que no estoy dispuesta a jugar de nuevo. El juego se acabó, para siempre. Y además, no deseo que mis personalidades se vuelvan a separar porque si no lo recuerdas Fade te odia.

―¿Y Kia?

―Kia siempre ve el lado bueno de las cosas.

―¿Y tú? ¿Tú qué quieres, Rukia?

Ella se quedó en silencio un momento.

―Yo soy Fade y Kia a la vez. Yo soy Rukia.

―¿Rukia? ―Apareció un joven de buen parecer entre el gentío notablemente buscando a una pequeñaja entre las personas. Rukia volteó hacia atrás, observando a su novio, después se volvió hacia Ichigo.

―Tengo que irme ―Le dedicó una última mirada violeta, sencilla, dio media vuelta y se fue.

―Ahora estoy viviendo en Karakura. ¿Podríamos vernos en algún momento?

Rukia avanzaba entre la gente del festival hasta que llegó con Grimmjow, caminando junto a él.

El Kurosaki no recibió una respuesta, solo sonrió de medio lado. Ella siempre tan libre, tan difusa, tan inalcanzable, Rukia siempre se movía como quería y cuando quería e Ichigo era el mosquito que la seguía como si fuera la luz, siempre había sido dependiente de ella, siempre dependiendo de ella. Ahora la veía alejarse sin pena, y el sujeto que tomaba su delicada mano no era él.


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La visión se entorpeció, se volvió borrosa y de repente se cortó como si fuera una cinta rayada. Hubo un fallo, un par de flashes cegaron todo de blanco hasta que finalmente toda aquella luz fue tragada por una oscuridad del tamaño del mundo. Del mundo violeta.

Los ojos parpadearon muchas veces, batiendo las pestañas largas como si fueran alas de mariposas, como si fueran alas de ángel... no, como si fueran alas de demonio… de mariposa, de ángel, de demonio, de mariposa, de demonio, de ángel…

¿Cuál era la realidad?

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Era una tarde lluviosa y a pesar de que lucía como un día triste, para Ichigo era el mejor día de su vida. Estaban metidos en una cafetería local, no había muchos clientes por fortuna, así que podían platicar amenamente. Rukia le contaba lo fastidioso que había sido tratar con el editor de sus libros para que no cambiaran detalles y escenas de lo que sería el penúltimo libro de la saga. Ichigo casi no la estaba escuchando. Había planeado que todo fuera más "lindo", pero 1: Afuera había una tormenta eléctrica de las buenas, 2: el auto se había averiado justo antes de meterse a la cafetería, y 3: ya no aguantaba las ganas de decírselo. Además era la cafetería favorita de Rukia, ¿era un buen lugar, no?

―Oye, Rukia, te quiero decir algo importante. ―La interrumpió con una sonrisa y la pelinegra se quedó callada ―, tal vez te suene repentino pero ya han pasado dos años desde que somos simplemente novios, y he pensado en que es el momento de dar el siguiente paso. Tú sabes cuál. ―La Kuchiki dio un respingo y se puso las manos en la boca cuando observó que Ichigo sacaba algo del bolsillo del pantalón. Era una cajita de terciopelo blanco. La puso frente a ella y luego la abrió mostrando el contenido, un hermoso anillo trenzado, una franja dorada y la otra plateada. Había un pequeño diamante circular que parecía una pequeña luna. Sus brillosos ojos miel la miraban fijamente ―, Rukia Kuchiki, ¿quieres ser mi esposa?

Rukia no daba crédito a lo que veía. Ichigo y un anillo para ella. Su esposa, le había pedido que fuera su esposa. La pelinegra empezó a negar con la cabeza.

―No… No quieres ser mi esposo. ―Tartamudeó un tanto triste.

―¿No quiero? ―Elevó una ceja ―. ¿Lees mi mente o qué? Por supuesto que quiero ser tu esposo, Rukia.

―¿Aun sabiendo que yo…

―Aún a costa de todo. ―Interrumpió. Tenía esa maldita sonrisa de héroe que siempre hacía palpitar desesperadamente el corazón de Rukia desde que empezaron la secundaria. Él tomó sacó el anillo del estuche y estiró la mano de Rukia, colocándole el pequeño aro en el dedo anular. Rukia contempló el anillo incrédula y con los ojos vidriosos. Se veía hermoso en su dedo y por ello se permitió sonreír de medio lado.

―No puedo hacerte esto. No puedo atarte a mí. Tú deberías tener la mejor esposa.

―Y esa eres tú.

―Pero estoy loca.

―Está bien ―Se encogió de hombros ―. Harás que el matrimonio sea divertido.

―No sé cocinar.

―Pediremos pizza. O sushi. O lo que sea.

―No sé trapear, el piso me queda horrible.

―Yo te ayudo con eso.

Ella le tomó la mano y lo miró, dejando que saliera una lágrima resbalando por su mejilla.

―No quiero decepcionarte. ―murmuró preocupada, luego se mordió el labio inferior y bajó la mirada hacia la mesa.

―Hey ―Se levantó postrándose frente a ella. Le tomó el rostro, le dio un beso rápido en la frente ―. Tranquila. No vas a decepcionarme porque quiero a la "tú" que eres y que escondes, yo quiero a la "tú" que odias, a esa quiero.

Rukia dejó escapar un sollozo mientras tenía sus manos cubriendo su boca, mirando a Ichigo con suma sorpresa.


.†.


Ella volteó hacia la izquierda. Observó una chica blanca de ojos de hielo, cabello blanco como la luna y vestiduras de igual color, todo en ella resplandecía en color plata brilloso. Ella volteó hacia la derecha. Observó una chica de cabello gris, piel grisácea como enferma, ojos de gato y vestiduras rasgadas. Ella volteó hacia atrás. Una chica vestida de kimono negro le sonrió.

―¿Y tú… quién eres?

―Tú deberías ponerme nombre.

―¿Eres una nueva personalidad? ―La chica no le contestó, solo se le quedó mirando ―De acuerdo, tu nombre es…


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Sonreí al ver a Maki correr hacia su padre. Ichigo se puso de rodillas y la recibió con los brazos abiertos. La amo. Es una parte de mí, es de las pocas cosas buenas que he hecho en la vida aunque Ichigo insista en que todas las cosas que hago son buenas. Sé que no, pero finjo que le creo. Es mejor así, él sonríe y yo por consiguiente también. Me convertí en la señora Kurosaki hace cinco años, cuando terminé mi relación con Grimmjow, no fue nada fácil lidiar con eso pero Ichigo fue paciente, como siempre, y su espera valió la pena, según él, porque me obtuvo como su esposa. He de decir que esperar siete años por la persona que amas no lo hace cualquiera. Me pone feliz que él se haya guardado para mí durante todos esos años, me hace sentir querida, que alguien vela por mí, que estábamos destinados a estar juntos a pesar de las atrocidades del destino.

―¡Papi, mira el dibujo que hice! ¡Me saqué un diez! ―La pequeñaja tiene mi color de cabello; oscuro, lo lleva cortito porque estamos en verano y hace mucho calor. Sus ojos son idénticos a los de su padre; castaño claro. Es muy sonriente, creo que eso lo sacó de sus abuelos porque definitivamente no fue herencia ni de Ichigo ni mía. Es la adoración de Karin, quien siempre la consiente llevándola a las tiendas.

Karin. Nunca volvió a ser la misma después de la muerte de Yuzu. Se instaló en un profundo silencio, en un mutismo agobiante. Se la pasaba encerrada en su habitación y no quiso tomar ninguna terapia a como lo hicieron los demás Kurosaki. Solo cuando nació Maki fue cuando empezó a sonreír un poco, creemos que su sobrina la sacará de la oscuridad en la que se metió. Un chico ha comenzado a visitarla, no estoy segura de que ella sea cordial con él pero estoy segura que el muchacho es del tipo que no se rinde tan fácilmente. Es amigo de Ichigo, su nombre es Chad. Espero que algún día hagan una linda pareja. Me gustaría verla feliz.

En cuanto a la señora Masaki, bueno, ella superó su depresión poco a poco. A veces lloraba solo conmigo recordando momentos de Yuzu. Eso sí, nunca jamás volvió a derramar lágrimas si algún miembro de su familia nuclear estaba presente, era como si tratara de verse como una madre firme, sobre todo por Karin. Jamás descubrió la verdad y no volvió a indagar en ella tampoco. Simplemente aceptó que todo inicio tiene un final y que Yuzu estaría muy contenta en el cielo, donde puede reír, jugar y moverse a su gusto.

Ayer fue un buen día. Fuimos a la boda de unos amigos de Ichigo. Ishida y Orihime. Él; mi antiguo médico, se veía extrañamente feliz, y digo "extrañamente" porque siempre que me atendía en el pasado lucía severo y serio, como si estuviera estreñido de por vida. Me alegra que se haya conseguido una esposa bonita y sonriente como Orihime, aunque siendo sincera, la tipa está más loca que yo.

Es broma.

Maki tiene tres gatitas a las que curiosamente nombró Kia, Shirayuki y Maki; la más pequeña y frágil. Aun nos da ternura que haya bautizado a la gatita con su propio nombre. Una es blanca, la otra gris y la última es negrita. Va a la escuela primaria, está anotada en las clases de kendo que imparte Tatsuki Arisawa.

―Mira, ahí viene abuelito. ―Señaló Ichigo hacia atrás de mí. Efectivamente el sombrerero loco venía muy quitado de la pena, entrando a nuestro jardín.

―¡Abuelito! ―A Maki le brillan los ojos cuando ve a Urahara. En serio, lo ama por sobre todas las cosas.

―Te traigo un regalo, pastelito de fresa. ―La alzó al vuelo con una sonrisa de oreja a oreja.

―¡No señor, no vas a regalarle más gatos! ―Sentenció Ichigo con el ceño fruncido, caminando hacia ellos ―, tú no eres el que tiene qué alimentarlos y limpiar sus necesidades.

―Creo que tu papito está celoso, corazón. ―Se burló mi padrastro. Sonreí. Es un hijo de perra pero todos lo amamos. Es en verdad un gran padre, sobre todo para mí. Durante todos estos años jamás me juzgó, nunca me vio mal ni me maltrató, tampoco me dirigió malas palabras. Siempre me deseó el bien, y ahora creo que su bien me ha alcanzado porque soy feliz.

―¡Que no estoy celoso! Maki, ven, hay que limpiar tu habitación.

―Pero quiero estar con el abuelito Kisuke otro ratito…

Entre los tres empezaron a pelear divertidamente. Ichigo enojado mientras que Maki y Urahara con su buen humor de siempre.

―Dejen de pelear, me van a desconcentrar y entonces sí me las pagarán, pillos. ―Sentencié enojada mientras levantaba la vista del cuaderno donde escribía la parte final de la saga Bleach. Después de tantos años se iba a publicar el libro final, el que cerraba la aventura, el que acababa con el ouróboros, el que finalizaba el juego para siempre.

Gracias Fade por acompañarme en mis momentos más solitarios, cuando lloraba escondida. Gracias por defenderme y echarte la culpa de todo.

Gracias Kia, siempre estuviste dentro de mí, esa parte buena y poderosa, esa parte consciente. Gracias Kia por tu luz.

Gracias a todas; Sode no Shirayuki, Hakka no Togame, Kuchiki, RuRu, Kuchiru, porque todas y cada una de las personalidades que desarrollé no fueron más que mecanismos para protegerme, no fueron más que partes de mí escondidas que se negaban a mostrarse por miedo, que después nacieron para ayudarme y que al final de común acuerdo desaparecieron para integrar el "todo" que hoy se conoce como Rukia Kuchiki.

Pero sobre todo gracias a ti que estás leyendo esto, gracias por estar conmigo a través de la distancia, sentí tu compañía incluso en mis momentos más oscuros. Porque existo, sí, existo. Soy real. Ahora lo sé.

Gracias. Por fin este juego ha terminado.