Coincidieron en el ascensor.

Hacía varios días que Angela se había reincorporado. Los cuantiosos proyectos y misiones que se le habían acumulado le impidieron disponer de tiempo material para cruzarse con Gabriel, que, por su parte, había viajado tanto en los últimos días que prácticamente no había coincidido en el mismo país que la doctora más de diez minutos. Pero ahí estaban: a solas en un espacio de aproximadamente dos metros cuadrados.

Mercy clavó la vista en el suelo. Podía notar la intensa mirada del ex militar clavada en su nuca… contemplándola como en un sueño; acusándola…, adorándola y odiándola.

Las puertas del ascensor se abrieron. Angela permaneció inmóvil; acababa de escuchar la particular manera que tenía el californiano de tomar aire para hablar. Hubo un golpe seco. Sintió el calor que desprendía el brazo de Gabriel junto a su brazo: había tapado el bloqueo de la puerta para que no se cerrase antes de que se hiciera escuchar. Le tenía justo detrás. Le percibía como en aquellas noches en que tenía calor y dejaba de abrazarla durante algunas horas.

—Dejé tus cosas en la consulta.

—Sí…, gracias.

—No vas a decirme nada —comprendió el californiano con impotencia. Resopló en un amago de risa indignada—. Quería creer que la fuente de todos tus problemas era Moira, que lo que has hecho ha sido por ella. La he traído aquí y sigues sin querer desmentir esa mierda de que no me quieres… Créeme, no lo digo por orgullo; es que te conozco y sé cuándo mientes. —La doctora permaneció en silencio. El líder de Blackwatch apretó la sortija que guardaba en el bolsillo… la había comprado durante su misión en Italia y su intención había sido usarla para pedirle matrimonio a Angela—. No sé qué has hecho, no sé qué ocultas…

Durante unos instantes, Mercy percibió que su ex amante se debatía entre aquellos fuertes impulsos que ella le provocaba. La quería atacar, la quería agarrar por el cuello y encerrarse con ella en aquel ascensor. Destrozarla o besarla. No lo sabía. Quizá llorar a sus pies y suplicar.

—Doctora Ziegler —saludó una voz con dulzura.

—Genji… —La suiza pudo escuchar los huesos de Gabriel al crujir mientras giraba el cuello hacia un lado y luego hacia otro.

—¿Ocurre algo? —Era terriblemente inoportuno. Angela sabía que el japonés sentía un vivo interés por ella… y que no dudaba en manifestarlo.

—Nada de tu incumbencia —sentenció Gabriel en un tono que daba auténtico miedo. De no haber hablado, Genji no se habría percatado de su presencia. A juzgar por el silencio que se hizo, se sentía sobrecogido—. ¿No tienes nada que hacer? —insistió el líder de Blackwatch.

Unas risas femeninas interrumpieron. La hija de Ana Amari y la hija de Torbjörn Lindholm llegaron hasta el ascensor. Si los ex amantes y el cyborg no hubiesen estado sumamente tensos por lo incómodo de su situación, quizá se habrían percatado de que las dos jóvenes llevaban las manos entrelazadas.

—Doctora Ziegler, como eres… amiga de… ¡Pharah…! Yo, eh… Yo te buscaba porque… quería preguntarte… si sabes dónde está.

—Genji, estoy aquí —intervino Fareeha, risueña. Todavía no soltaba la mano de Brigitte: tenía pocas ocasiones de pisar aquella base, y todavía menos de ver a su amiga.

—¡Qué biiieeeeeen! —El japonés estiró mucho las palabras—. Yo… No, McCree… ¡sí, McCree! McCree quiere proponerte una cita.

Varios pares de ojos perplejos se posaron sobre Genji. Los de Angela y Gabriel no.

—¿P-perdón…? ¿McCree, conmigo? —Pharah miraba a Brigitte como suplicando ayuda.

—¿Y por qué no se lo propone él mismo? —gruñó la sueca. A menudo mostraba un carácter tan fuerte como el de su padre.

—Porque… la idea era… ehhh… ¡tener una cita doble! ¿Querrías cenar con nosotros, chicas?

—¿¡Tú y yo!?

Mientras las chicas buscaban la forma de negarse, el líder de Blackwatch se masajeó el ceño con indignación.

—Esto no es un bar, es un centro de trabajo, Genji. Y, además, Brigitte es menor de edad. No vuelvas a acercarte a ella —ordenó antes de lanzarle una última mirada acusatoria a la doctora y marcharse.