Los personajes no me pertenecen, son creaciones del mangaka japonés Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación del libro "Desnuda en sus brazos" de Sandra Marlon.

Capítulo 12.

Shikamaru y Sasuke estaban sentados a su mesa favorita de su bar favorito dos viernes después, preparándose para lo que ninguno de los dos era capaz de llamar una intervención.

—Es una intervención —dijo Sasuke, estremeciéndose al oír la palabra—. Será mejor que lo reconozcamos.

—Llámalo como quieras —dijo Shikamaru con pesar—. Pero no me importa, tenemos que hacer algo.

—Sí, lo sé. No podemos dejar que siga así.

—Temari cree que es por Hinata por lo que Naruto está así…

Sasuke asintió.

—Sakura dice lo mismo.

—Bueno, a las mujeres se les dan bien estas cosas. Además, es algo razonable. Cuando Naruto salió de aquí hace dos semanas, iba a pedirle matrimonio. Pero cuando volvimos a verlo…

—Dos días después.

—Eso, dos días después; le preguntó que cómo le había ido. «¿Cómo me ha ido el qué?», me dice él. Y yo le digo: «pues lo de pedirle a Hinata que se casara contigo». Entonces me miró con esa mirada que…

—Ya sé qué mirada. Yo le pregunté y me hizo lo mismo.

—A mí me dijo que debía de haberle entendido mal, que nunca había sido su intención pedirle nada salvo que se largara.

—Y debió de hacerlo.

—Sakura dice que no ha hablado con ella en toda la semana.

Shikamaru asintió.

—Temari tampoco.

—¿Y te lo creíste? —miró a Sasuke con gesto sombrío. —No. Es una trola que se está inventando.

—Es hora de que interven… es hora de que hablemos con él.

—Lo sé. No podemos dejar que esto continúe. Está como un zombi.

—Sí, ah… cuidado… aquí viene. No digas ni una palabra más.

—De acuerdo. Ni una palabra más hasta que llegue el momento adecuado.

Los hermanos levantaron la cabeza cuando Naruto llegó a la mesa.

—Hola —dijo Sasuke alegremente.

—Hola —dijo Shikamaru del mismo modo.

—¿Qué pasa? —dijo Naruto sin más; se retiró la manga y se miró el reloj—. Dijisteis que era importante.

—Bueno, como todos los viernes. Ya sabes. Queríamos tomar una cerveza y comer algo y…

—Y preguntarte qué demonios ha ido mal entre Hinata y tú.

Shikamaru miró a Sasuke, que volteó los ojos para disculparse.

—Bueno, no has esperado al momento adecuado. Pero da lo mismo. Es una buena pregunta. Somos tus hermanos y, maldita sea, merecemos una respuesta.

Naruto miró a su alrededor, se echó a reír, se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta. Shikamaru y Sasuke se pusieron de pie de un salto, le hicieron un gesto al camarero y fueron detrás de él.

—Dejadme tranquilo —dijo Naruto sin perder el paso.

—No hasta que no respondas a la pregunta.

Estaban en la calle. Naruto estaba muy tenso.

—Dejadlo ahora, que no ha pasado nada.

—¿Qué es eso? ¿Una amenaza? —Shikamaru se cruzó de brazos—. No hay problema, chico. ¿Quieres pegarnos? Adelante.

—¿Qué diablos queréis? —dijo Naruto.

—Lo que queremos —dijo Sasuke en voz baja— es ayudarte a pasar lo que sea que te está matando.

—¿Quién dice que haya algo que me está matando?

Shikamaru suspiró.

—Si hay que pegarte para que hables, bueno, lo haremos; pero tiene que haber una manera mejor.

Naruto miró a sus dos hermanos. Lo que vio en sus ojos le atenazó la garganta de la emoción.

—Están locos.

—Di más bien preocupados. Por mucho que me cueste reconocerlo, te queremos. Si crees que vamos a dejarte que vayas por ahí como si estuvieras solo en un planeta, eres tú quien está loco. ¿Lo has entendido?

Naruto tragó saliva.

—¿Es ese el aspecto que tengo?

—Peor.

Naruto no dijo nada. Entonces, se derrumbó.

—Ella me dejó —dijo en voz baja—. Hinata me dejó.

Sasuke y Shikamaru se miraron. Entonces se pusieron cada uno a un lado de Naruto y volvieron a entrar con él en el bar. Una hora después, con una botella de Jack Daniel's casi vacía, seguían dándole vueltas a la historia.

—Estaba tan seguro de que la conocía —dijo Naruto en voz baja—. Tan seguro de que sabía lo que sentía. Habría puesto la mano en el fuego para demostrar que ella no era la amante de Gennaro —soltó una risa amarga—. Y luego aparece ese tipo con los diamantes y la lleva de vuelta con su jefe.

—¿Estás seguro de que todo lo que dices? ¿No puede ser que entendieras mal? —le preguntó Sasuke. —Es muy difícil entender a una mujer que mira un collar, te mira a ti y te dice: «Adiós, Naruto, me lo he pasado muy bien».

—No te dijo eso.

Naruto suspiró y dio otro sorbo de café.

—No, claro que no —apretó los labios—. Me dijo que me lo podría explicar.

—¿Y?

—¿Y creéis que me interesaban sus mentiras? —negó con la cabeza—. Me arrepiento de no haberlo hecho de otra manera.

—¿Como por ejemplo?

—Pues debería haberle partido la cara al tipo ése, para empezar —apretó los dientes—. Mejor aún, debería haber ido a ver a Gennaro para obligarlo a comerse el maldito collar, cada diamante, de uno en uno, mientras Hinata lo miraba.

—Es del todo comprensible —dijo Shikamaru. Naruto se recostó en el asiento y entrecerró los ojos, como fijándolos en algo que sólo pudiera ver él.

—La casa de Gennaro está a las afueras de Nueva York. En la Costa Dorada de Long Island. Seguramente será como un fuerte.

Sasuke asintió.

—Como la finca de Hamilton, en Colombia.

—Sí —dijo Shikamaru—. Pero siempre hay algún resquicio.

Los tres hermanos se quedaron en silencio. El ruido y las risas del bar se desvanecieron.

—Sólo necesito quince minutos —dijo Naruto en voz baja—. Tal vez veinte. Cinco para Gennaro —miró a Sasuke y a Shikamaru—. El resto para Hinata.

Sus hermanos no le hicieron ninguna pregunta. Cada uno había sentido anteriormente lo que él sentía en ese momento; cada uno había hecho siempre lo necesario para sobrevivir.

—No hay problema —dijo Sasuke. —No necesitaríamos mucho equipamiento — Naruto se inclinó hacia delante y habló con emoción—. Lo habitual. Ropa oscura, pasamontañas, cuerda, un par de dispositivos electrónicos… bueno, todo eso lo tenemos en la oficina.

Shikamaru asintió.

—¿Cuándo?

Naruto sonrió.

—¿Qué os parece mañana por la noche? La finca de Tony Gennaro estaba en una carretera lateral flanqueada de árboles que rodeaba la bahía de Long Island. Los árboles ocultaban los altos muros que rodeaban el terreno y la mansión de piedra gótica.

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Los tres se lo habían imaginado. El sitio estaba repleto de dispositivos de seguridad. Pero nada que no hubieran visto antes. A los tres les encantaba aquello: el desafío, la emoción, el peligro, la subida de adrenalina…

Pero para Naruto era mucho mejor. Sólo podía pensar en Hinata. Quería verla en el marco que ella había elegido; la amante de un espía en su elemento. Esa mujer a la que había creído amar. Esa mujer que había dormido entre sus brazos, que le había sonreído y que le había susurrado tantas mentiras. Pero no pensaba permitir que saliera airosa de aquello. Le había mentido, y pagaría por ello.

Veinte minutos después estaban dentro de la mansión. Estaba oscura, silenciosa como una tumba. Naruto encontró la alarma interior, y a los dos minutos estaba desconectada. Los hermanos se separaron y se reunieron después en el mismo sitio.

Habían encontrado a dos ocupantes en sendas habitaciones detrás de la cocina. Un ama de llaves y un jardinero. Los dos dormirían bien esa noche y se preguntarían por qué tenían esas pequeñas marcas rojas en el brazo.

Naruto señaló las escaleras. Shikamaru y Sasuke asintieron. Sin hacer ruido, subieron al segundo piso y se separaron de nuevo. A los pocos minutos, Sasuke y Shikamaru volvieron al sitio donde se habían separado. Ninguno de los dos había encontrado nada. Naruto fue el último en presentarse.

Sus hermanos lo miraron a la cara y se dieron cuenta enseguida. Había encontrado a Hinata. Señaló hacia las escaleras, para que sus hermanos entendieran que se tenían que marchar. Sus hermanos sacudieron la cabeza, sabiendo el peligro que podría correr, sobre todo si Tony Gennaro estaba con ella, pero Naruto no cedió.

Tenía la intención de llevar a cabo esa parte él solo. Pasado un momento sus hermanos asintieron con la cabeza. Lo abrazaron rápidamente y se marcharon. Naruto esperó un par de minutos. Entonces, volvió muy despacio al dormitorio de Hinata, abrió la puerta y se metió sigilosamente. ¿Estaría Gennaro allí? Se puso tenso y se le aceleró el pulso. Si lo estaba, el muy asqueroso moriría. No dudaría, ni se lo pensaría dos veces.

En ese momento Naruto no tenía nada de civilizado. Esa noche, el ardor guerrero de los antepasados de su madre le corría con fuerza por las venas. Estaba de pie en medio de una habitación donde la oscuridad quedaba interrumpida por la luz lechosa de la luna. Las sombras huían a los rincones, otorgándole al espacio una frialdad funesta; y el susurrar del viento entre los árboles en el exterior de la casa se añadía a la sensación de desasosiego.

Los inquietos movimientos de la mujer que dormía en la gran cama con dosel eran fruto de todo ello. Estaba sola, la mujer a la que él había creído amar. Esa mujer a la que conocía. A la que conocía íntimamente. La delicadeza de su aroma, como un susurro de lilas en primavera, estaba impresa en su mente, así como su cabello azulado, deslizándose sobre su piel, y el sabor de sus pezones, calientes y dulces en su lengua. Apretó la mandíbula.

Ah, sí. La conocía. Al menos, eso era lo que había pensado. Pasó un rato. La mujer murmuró algo en sueños y movió la cabeza con agitación de un lado al otro. ¿Estaría soñando con él? ¿Con cómo se había burlado de él? Razón de más para ir allí esa noche. Superación del conflicto. La palabrería de los psiquiatras del siglo XXI que no tenían ni la más remota idea de lo que en realidad significaba. Naruto sí. Y cerraría aquel capítulo cuando hiciera suya a la mujer que estaba en esa cama una última vez.

Quería tomarla, sabiendo lo que era; sabiendo que lo había utilizado; que todo lo que habían compartido había sido una mentira. La despertaría de su sueño. La desnudaría. Le sujetaría las manos sobre la cabeza, y se aseguraría de que lo mirara a los ojos mientras la tomaba, para que viera que no significaba nada para él, que practicar el sexo con ella era una liberación física y nada más. Había habido docenas de mujeres antes que ella y habría docenas más. Nada de ella, o lo que habían hecho el uno en brazos del otro, era memorable. Él lo entendía bien. Pero tenía que estar seguro de que ella también lo entendía.

Naruto se inclinó sobre la cama. Agarró el borde del edredón que la cubría y lo retiró. Ella llevaba puesto un camisón, seguramente de seda. A ella le gustaba la seda. Y también a él. Le gustaba el tacto de la seda, y cómo se había deslizado sobre su piel todas esas veces en las que ella le había hecho el amor con su cuerpo, con sus manos y su boca. La miró. No podía negar que era preciosa. Tenía un cuerpo magnífico. Un cuerpo largo y formado. Concebido para el sexo. Adivinó la forma de sus pechos bajo la tela fina, redondeados como manzanas, coronados con pezones pálidos y tan sensibles al tacto que sabía que, si agachaba la cabeza y pasaba suavemente la punta de la lengua por su delicada consistencia, arrancaría de su garganta un gemido gutural.

Bajó la vista un poco más, hasta su monte de venus, una oscura sombra visible a través del camisón; del color de la miel oscura. Los gemidos que ella había emitido cuando él se lo había acariciado, cuando había separado sus labios con la punta de los dedos, cuando había pegado allí su boca, buscando la yema escondida que lo esperaba. La había lamido, lo había succionado con la boca mientras ella se arqueaba hacia él y sollozaba su nombre. Mentiras todo ello. No se sorprendía.

Era una mujer a quien le encantaban los libros y las fantasías que encerraban. Pero él era un guerrero, y su supervivencia se basaba en la realidad. ¿Cómo había podido olvidarse de eso? ¿Y cómo era posible que sólo con mirarla se excitara? El hecho de que aún la deseara le fastidiaba mucho. Se dijo que era normal; que era sencillamente natural. Y tal vez fuera por eso mismo por lo que tenía que hacerlo.

Sería un último encuentro, sobre todo en esa cama. Una última vez para saborearla; para hundirse entre sus muslos de seda. Sin duda eso calmaría un poco su rabia. Había llegado el momento, se decía mientras le rozaba suavemente los pezones.

—Hinata.

Su voz era tensa. Ella se quejó en sueños, pero no se despertó. El repitió su nombre, la tocó otra vez. Ella abrió los ojos, y él vio el pánico repentino en su mirada. Justo antes de que pudiera gritar, él se quitó el pasamontañas negro para que ella pudiera verle la cara. Su expresión de pánico dio paso a algo que él no logró identificar.

—¿Naruto? —susurró ella.

—Sí, cariño.

—¿Pero… cómo has entrado?

Su sonrisa fue pausada y escalofriante.

—¿De verdad crees que este sistema de seguridad me impediría entrar?

Ella pareció darse cuenta en ese momento de que estaba casi desnuda. Fue a taparse con el edredón, pero él negó con la cabeza.

—No vas a necesitarlo.

—Naruto. Sé que estás enfadado.

—¿Es así como crees que estoy? —sonrió con el mismo gesto que había aterrorizado a algunas personas mucho tiempo atrás—. Quítate ese camisón.

—¡No! ¡Naruto, por favor! No puedes…

Se inclinó, posó sus labios sobre los de ella y la besó salvajemente, aunque ella forcejeara. Entonces agarró del escote del fino camisón y se lo arrancó.

—Estás equivocada —dijo él—. Esta noche puedo hacer lo que quiera, Hinata. Y te prometo que lo haré.

La besó de nuevo y ella empezó a llorar. Sintió el calor de sus lágrimas en sus labios. Que llorara. Que gritara, pensaba con frialdad. Nada de eso lo detendría. Se llevaría lo que había ido a buscar, lo que ella le debía. Si alguien iba a poner fin a esa relación, sería él. Salvo que… caramba, había dejado de forcejear. En lugar de eso temblaba entre sus brazos, y sollozaba su nombre, como si fuera un lema que la protegiera.

—Maldita seas —rugió mientras le tomaba las manos y se las subía por encima de la cabeza—. ¿Crees que tus lágrimas me van a enternecer? ¿Crees que soy lo bastante tonto como para creerme todas tus mentiras?

Hinata tenía el rostro lleno de lágrimas.

—Yo nunca te mentí —dijo medio llorando.

—¡Cómo que no! Me dejaste creer que… me dejaste creer que tú…

—¿Que te amaba? —se le casco la voz—. Sí, te amaba. Te amaba con todo mi corazón.

Era la primera vez que le había dicho esas palabras. Incluso en esos momentos, sabiendo que diría cualquier cosa para salvarse, fueron como un cuchillo que se retorcía en su pecho.

—Sí, claro —la empujó sobre las almohadas, lleno de rabia—. Me amabas tanto que volviste a él. Te compró con una baratija.

—¡No!

—¿Qué te he dicho, Hinata? ¡No más mentiras!

Le apretó las muñecas para no apretarle el cuello. La detestaba por todo lo que le había hecho; por lo que le había hecho sentir. Por cómo había jugado con él, hasta hacerle creer que estaba enamorado de ella… Pero sí había pasado. Era cierto. Él la había amado. Y ella… ella le había roto el corazón. Sin previo aviso, toda su rabia desapareció. En su lugar estaba un abismo negro y él, un hombre que jamás había temido nada, se asomó a sus profundidades y temió perder su alma.

—¿Por qué lo hiciste? —le dijo con un suspiro ronco.

—Traté de explicártelo, Naruto. Pero no me quisiste escuchar.

—¿Querías joyas? Yo te habría comprado las joyas. Te habría comprado la luna.

—¿De verdad crees que eso es lo que quería de ti?

Él no respondió. ¿Qué más podía dejar al descubierto? ¿Cómo decirle que había creído que lo que quería de él era amor? ¿Que, a pesar de todo, todavía la amaba? Y siempre la amaría, fuera lo que fuera. Maldijo entre dientes, le soltó las muñecas y subió la colcha. No debería haber ido allí esa noche. La rabia era una emoción mucho más satisfactoria que aquella amarga mezcla de dolor y desesperación.

—Naruto—susurró Hinata—. ¡Oh, Naruto, si por lo menos me hubieras escuchado!

Tenía los ojos llenos de lágrimas, los labios temblorosos. El corazón le dio un vuelco. Un beso, pensaba él. Se inclinó y la besó en los labios. Ella suspiró y separó los labios; pronunció su nombre una y otra vez mientras le echaba los brazos al cuello. ¡No! Pero era demasiado tarde. Estaba perdido. La abrazó muy despacio y la besó apasionadamente, deleitándose con su dulce sabor.

—¿Por qué? —dijo con voz ronca—. ¿Por qué me dejaste, cariño? ¿Por qué volviste con Gennaro? ¡No pudo ser por el maldito collar!

Hinata pegó la cara al cuello de Naruto. Su secreto se había convertido en una carga muy pesada que quería arrastrarla hasta un mar de aguas turbulentas donde temía ahogarse. Aspiró hondo, se retiró y miró a los ojos de su amante.

—El collar… el collar era de mi madre —dijo—. Y Anthony Gennaro es, hasta que murió ayer, era mi padre.

Le contó el resto de la historia mientras tomaban un vuelo de vuelta a Dallas. Estaban en un compartimiento privado de un jet más grande que pertenecía a Especialistas en Situaciones de Riesgo. Los Knight lo utilizaban para trasportar a clientes importantes, y Shikamaru y Sasuke dijeron que nunca habían tenido alguien tan importante a bordo como su hermano y la mujer a la que amaba.

Cuando estuvieron a solas, Hinata le contó todo a Naruto. Un día un hombre había entrado en la biblioteca donde trabajaba. Se presentó como Anthony Gennaro. Le explicó que había comprado un lote muy valioso de primeras ediciones en una subasta. Necesitaba a alguien para que se los catalogara. Había preguntado, y le habían recomendado a ella como experta en el periodo del que databan los libros.

Le preguntó a Hinata si le interesaría el trabajo. ¿Interesarle? Estaba emocionada. Comprobó con Sotheby's lo que le había dicho Gennaro, y vio que era verdad. En aquel entonces, su nombre no significaba nada para ella. No leía los periódicos sensacionalistas y aunque lo hubiera hecho, jamás habría relacionado al hombre educado y bien vestido que le ofrecía una oportunidad que sólo se presentaba una vez en la vida con el rufián que retrataba la prensa amarilla.

Vivir en la casa de un coleccionista rico mientras se catalogaba una colección de libros o de pinturas no era algo raro, y ella se mudó a una suite que él le ofreció para ello. Gennaro la invitaba a comer o cenar con él, pero ella no se sentía cómoda haciéndolo. De modo que, la mayor parte de las veces comía en sus habitaciones. Pero eso no quería decir que no lo viera. Él se pasaba por la biblioteca a charlar. Y como vivía donde estaba la colección de libros, eso quería decir que podía trabajar a cualquier hora. Había veces en las que sus caminos se cruzaban.

Él era, como decía él, un ave nocturna. Ella también lo era. Fue una de esas noches cuando Gennaro le dijo la razón por la que la había buscado. Ella estaba en la biblioteca cuando él llamó a la puerta, diciéndole que deseaba hablar con ella de un tema personal. Enseguida Gennaro fue directamente al grano. Era, le dijo, su padre. Hinata no le creyó.

—Mi padre murió cuando yo era un bebé —le había dicho ella. Él tenía pruebas. Una licencia de matrimonio para Anna y Anthony Gennaro. Una copia de la partida de nacimiento de Hinata. Fotos de ella cuando era bebé, incluida una copia de una foto que también tenía ella, donde aparecía su madre con ella de bebé en brazos. Le contó que su madre se había casado con él con dieciocho años. Entonces él tenía treinta años, era guapo, tenía éxito y dinero. Le había dicho que estaba en el negocio de los coches y ella lo creyó. Pero su madre se había enterado de la verdad. Aunque seguía amando a su marido, le dio un ultimátum tras el nacimiento de Hinata. —Trabaja en algo legal —le dijo ella—, o te dejaré.

Gennaro se había echado a reír y le había dicho que eso no era posible. Anna cumplió su palabra. Huyó con Hinata, tomó un nombre nuevo y desapareció de su vista. Gennaro no había dejado de buscar a la esposa a la que había amado y a la hija que apenas había conocido. No había encontrado a Anna, pero sí a Hinata dos años atrás.

La había observado a distancia, se había sentido tremendamente orgulloso de ella… y había esperado hasta el momento preciso para decirle que él era su padre. Hinata había escuchado su historia, pero no la había conmovido. Sabía lo dura que había sido la vida de su madre. Y cuando ella había buscado al día siguiente el nombre de Anthony Gennaro, se había quedado horrorizada al ver que era uno de los diez criminales más conocidos del país. Entonces hizo la maleta, pero Gennaro le rogó que se quedara.

—Adoraba a tu madre —dijo él—. Te amaba a ti. Debería haber hecho lo que me pedía tu madre.

—Sí —contestó Hinata—. Deberías haber hecho eso.

Gennaro le rogó que comprendiera. No estaba bien, le había dicho; su vida pasaba delante de él a toda prisa, como una hoja que baja por un torrente. Le dijo que era demasiado tarde, y le dejó. Fue entonces cuando los agentes del FBI habían ido a verla.

—Los tipos que decían ser del FBI —dijo Naruto con pesar.

Hinata asintió.

—Sí —sonrió—. Y entonces apareciste tú y me volviste la vida del revés. Me sentí tan feliz contigo, Naruto, estaba tan loca por ti… —su sonrisa vaciló—. Hasta la otra noche, cuando mi padre envió a uno de sus hombres para que hablara conmigo. Me trajo una carta de mi padre. Me decía que se estaba muriendo. Me rogó que fuera a verlo una última vez —su voz se apagó—. Le dijo que mi madre habría querido que hiciéramos las paces, y por eso me envió los diamantes que ella había llevado el día de su boda; para que recordara que era hija de ella y de él. Naruto le tomó las manos a Hinata.

—Y entonces aparecí yo —dijo Naruto en tono brusco—, y te eché de mi vida.

—No fue culpa tuya. Si te hubiera dicho la verdad… —aspiró hondo—. Quise decírtelo, pero sabía cuánto odiabas a Anthony Gennaro y a hombres como él. Tenía miedo de decírtelo…

—Hinata— Naruto se llevó sus manos a los labios—. Te amo con todo mi corazón, cariño. Siempre te querré. Eso no va a variar jamás. Ella tenía los ojos brillantes.

—Bueno —dijo ella con una risa ronca—, me alegro mucho, Naruto. Quiero decir, que me ames. Porque yo te adoro a ti. Él sonrió.

—¿Ah, sí?

—Y te diré otra cosa más, señor Knight —tenía la cara sonrojada—. Vas a tener que hacer de mí una mujer honesta.

—Dios mío, me encantan las chicas lanzadas. Quiero decir, pedirle a un hombre que se case contigo antes de que él… — Naruto dejó de sonreír cuando se dio cuenta de lo que le estaba diciendo ella—. ¿Una mujer honesta? ¿Hinata? ¿Quieres decir que…?

—¿Te acuerdas la primera vez que hicimos el amor? No utilizamos nada y… — lo miró a los ojos—. Y…

—¿Estás embarazada? Hinata asintió.

—Sí —vaciló—. No sé qué te parece, Naruto, pero…

Naruto abrió la puerta del compartimiento.

—Eh —gritó. Sus hermanos, que estaban sentados delante, se volvieron a mirarlos.

—¡Voy a tener un bebé! Shikamaru y Sasuke sonrieron.

—Va a tener un bebé —dijo Sasuke.

—Él sólito —añadió Shikamaru.

—Vamos. Reíos. Vamos a casarnos, a tener un bebé, a comprar ese terreno al lado del vuestro y a construir una casa. ¿Qué os parece la noticia?

—Estupenda —dijo Sasuke—. Ven aquí y vamos a celebrarlo.

Naruto sonrió a Hinata.

—Dentro de un rato —dijo en voz baja—. Dentro de un buen rato.

Entonces cerró la puerta, abrazó a su querida Hinata y le demostró cuánto la amaba y cuánto la amaría siempre; y la vida tan maravillosa que les esperaba.

Fin.

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¡Hola! Si, lo sé, debo una disculpa por no actualizar la historia hace casi un mes, pero ya saben como llega a ser la vida en la universidad :'v

Pues como se ve, este es el final, de antemano gracias por el apoyo de favoritos y quienes siguen la historia, gracias por leer la historia.

Bueno, nos estaremos viendo, bye.