Hugo Weasley
1 de septiembre de 2019
–Por Merlín, Rose, ¿quieres terminar de una vez?
–Eftoy defayunando –se quejó la pelirroja, con la boca llena de tortitas–. ¡Défame!
–Mamá, dile a Rose que se dé prisa o perderemos el tren.
–No vais a perder el tren, tranquilos. –Hermione suspiró y le dio un pequeño apretón en el hombro a su hijo pequeño–. Todavía os queda mucho tiempo, cariño.
–No tanto, mamá, y Rose es una lenta.
–Necesito energía para este curso, Hugo. ¡Tengo muchas asignaturas optativas!
–¿Dónde habré escuchado eso antes? –Comentó Ron, mirando a su mujer.
–Hugo, cariño, ¿por qué no echas un último vistazo mientras yo le meto prisa a Rose?
–Pero tardaré solo dos minutos.
–Suficiente.
El pelirrojo salió de la cocina y subió a su dormitorio para comprobar, por decimoquinta vez, que no se había dejado nada y no pudo evitar sorprenderse al ver un paquete envuelto sobre la cama.
–¿Pero qué…?
Muerto de curiosidad, se acercó y lo abrió. Y no pudo evitar sonreír al ver un ejemplar del último libro del anterior Ministro de Magia, que se dedicaba a explicar la política de forma simple para que todos los magos pudieran entenderla con facilidad y que no se repitieran los tiempos oscuros. Lo abrió y amplió su sonrisa al ver la dedicatoria de su madre, que le decía que estudiara mucho y se divirtiera. «Solo sé tú mismo y no dejes que te comparen con nadie. Eres único y eso vale más que nada».
Bajó rápidamente y, tras guardar el libro, salió al coche donde ya lo esperaban y abrazó a su madre con fuerza. Siempre se había sentido distinto y su madre era quien mejor entendía sus silencios.
–Seré siempre yo mismo, mamá. No te preocupes.
Se montó en el coche y suspiró.
Comenzaba su aventura.
