Capítulo 13:

Nunca se había sentido tan perdida como en ese momento. Tres horas antes estaba en la mansión de Inuyasha a punto de hacer el amor con el que iba a ser su futuro marido y en ese momento, estaba en otra mansión totalmente diferente con el que se suponía que era su tutor legal y su tío. Al parecer, sus padres murieron cuando ella era niña y se la llevaron a vivir a casa de sus tíos. Por lo que había escuchado hasta el momento, no debió de ser una niña obediente sino que todo lo contrario. Les dio toda clase de problemas y aun así querían acogerla en su hogar. Debían de ser muy buena gente.

Su tío se llamaba Naraku Tatewaki. Él no tenía el apellido Higurashi debido a que lo cambió por el de la familia de su mujer el casarse con ella. Era mucho más alto que ella pero ni con esas alcanzaba la estatura de Inuyasha. Un hombre delgado con poco músculo pero atractivo. Tenía un aire a una estrella de rock y eso gustaba mucho a las mujeres. Llevaba el cabello castaño largo recogido en una coleta alta, la tez muy blanca como la de ella y unos ojos violetas realmente llamativos. ¿Tendrían todos los vampiros unos ojos de esos colores que tanto resaltaban? Ella tenía ojos color chocolate, nada particularmente llamativo.

Cuando conoció a su tía no pudo salir del asombro por la clara diferencia física que había entre su tío y ella. No quería ser mal educada pero su tía tenía un aspecto horroroso. Nunca había visto una mujer más fea y que tuviera una mirada más calculadora que aquella. También era más alta que ella, increíblemente delgada, tenía la piel muy estirada en el rostro, los ojos color rubí, nariz puntiaguda, labios casi inexistentes y unos dientes que daban verdadero asco. Aunque claro, la guinda del pastel la ponía su vestido decimonónico. Ella había vestido de mercadillo y con ropa pasada de moda durante mucho tiempo debido a su economía pero esa mujer estaba forrada. Podría esforzarse un poquito más en parecer mujer.

En último lugar pero no menos importante se encontraba su prima, Kikio. Ella llevaba más de media hora mirándola como si fuera una visión, incapaz de creer que realmente estuviera ante ella. Se empezaba a sentir como un animal de circo. Kikio no era espectacularmente hermosa, ni fea. Claramente, era hija de esas dos personas tan diferentes y había heredado muchas cosas buenas en su físico pero también malas. Era la típica chica del montón pero que sabía cómo vestirse y maquillarse para llamar la atención de los hombres. Felicidades por ella. Como ya parecía ser costumbre, Kikio también era más alta que ella pero en cuanto a su peso, parecía ser de una constitución muy parecida. Igual no tenía la curva de la cintura tan cerrada como la suya o los pechos del mismo tamaño pero era más o menos igual. Su cabello negro y laceo estaba muy bien arreglado con espuma, su tez era tan blanca como la suya propia pero no sus ojos. Tenía los mismos ojos de su madre, la misma mirada. Igual se equivocaba al juzgarla por las apariencias pero parecía fría e incluso mala.

- ¿No decís nada?

Fue su tío quien terminó con aquel incómodo silencio que se estaba cerniendo sobre el grupo.

- ¿De dónde ha salido ella?- preguntó Kikio.

- Ayer fue su comunión- anunció su tío- gracias a ello pude encontrarla.

- ¿Fuiste tú quien realizó el rito?- quiso saber su tía.

Su tío se quedó largos segundos en silencio con los puños apretados a los costados. Por un momento, tuvo la sensación de que le hubiera gustado ser él quien le ofreciera su sangre en aquel día. Pero eso no era posible, ¿no? Inuyasha le explicó y también le enseñó como un mordisco podía aumentar el deseo sexual. Aunque su tío se habría contenido con ella, ¿no? No debía pensar esas cosas de su tío ahora que por fin tenía una familia.

- No- contestó al fin- fue Inuyasha Taisho.

- ¿Cómo?

Su prima se adelantó un paso y dejó que se viera en su expresión la rabia que le inspiraba aquella noticia. ¿Estaría su primera enamorada de Inuyasha? Ojala que no fuera eso porque ella no pensaba renunciar a él.

- ¡Inuyasha nunca ofrece su sangre a nadie!

- Pues ha hecho una excepción- continuó su padre- ahora, me gustaría hablar en privado con Kagome.

Su tía no necesitó que le dijeran nada más: se dio media vuelta sin dirigirle una sola palabra y se marchó. Su prima, en cambio, necesitó que su tío la apremiara a salir del despacho y no sin antes lanzarle una mirada de frustración. Cada vez estaba más segura de que no se había equivocado al pensar que ella estaba enamorada de Inuyasha. En realidad, no le extrañaba y tampoco le extrañaría enterarse de que había un ejército de mujeres detrás de él. Pero Inuyasha la amaba a ella y ella le amaba a él.

Su tío le ofreció asiento en una de las cómodas sillas frente al escritorio y ella se sentó obedientemente. Quería empezar bien con su nueva familia para que ellos le permitieran estar con Inuyasha. Odiaba tener que obedecer a un tutor pero no estaba tan mal que fuera su tío. Así al menos podría descubrir cosas sobre sus padres biológicos, toda su familia y su mundo.

Recorrió con la mirada el despacho de su tío descubriendo que era la mitad de grande que el de Inuyasha y que tenía una decoración mucho más pobre. Se podía ver claramente la diferencia de alcance económico entre uno y el otro.

- Seguro que estás muy confundida, Kagome- comenzó su tío- tengo aquí algo que te hará sentir mejor.

Kagome tomó en sus manos la caja que le ofrecía su tío y la miró con desconfianza. ¿Qué sería? No dudó en abrirla y descubrió que dentro había un libro, no… más bien era un álbum de fotos. En la tapa de cuero estaba escrito con letras de oro: "Higurashi". ¿Sería un álbum de fotos familiar?, ¿salían sus padres allí? Tenía que verlo. Abrió la tapa emocionada y se quedó fascinada ante la primera fotografía. Era una boda y no necesitaba que le dijeran que los que se casaban eran sus padres. Su padre parecía ser tan alto como todos los vampiros que iba conociendo mientras que su madre era una vampiresa menuda, como ella. Él tenía el cabello azabache corto y peinado hacia atrás con gomina. Ella llevaba el pelo castaño recogido en un hermoso tocado. Los dos eran de tez blanca y rasgos delicados. Su padre tenía hermosos ojos color violeta (como los de su tío), su madre tenía ojos castaños sin llegar a su tonalidad chocolate.

- ¡Qué guapos eran!- exclamó fascinada por las fotos de la boda.

- Sí que lo eran- musitó su tío- tu madre tenía muchísimos pretendientes pero ella sólo aceptó a tu padre.

Le pareció escuchar cierto tono de rabia o tal vez resquemor en sus palabras pero no le prestó demasiada atención. En ese momento, estaba demasiado ocupada mirando las fotografías de sus padres. También pudo ver fotos de su viaje de novios y más delante de una mujer ya embarazada y feliz. Poco después, su madre lucía una melena rizada alborotada, el rostro sudoroso, ojeras y bolsas en los ojos pero sonreía mientras sostenía un bebé entre sus brazos. El bebé tenía cabello azabache y ojos color chocolate.

- Ese fue el día en que naciste, Kagome.

No necesitaba la indicación para saber que se trataba de ella. Había montones de fotografías en las que salía ella sola o con sus padres. Se veía una niña siempre menuda que crecía lentamente, vestía carísimos vestidos de marca y sonreía feliz. ¡Claro que era feliz con sus padres!

- ¿Cómo se llamaban?

- Tu padre se llamaba Onigumo por nuestro abuelo. Tu madre se llamaba Sonomi porque nació cuando florecen unas flores con ese nombre.

- ¿Y yo?, ¿por qué me llamo Kagome?

- Es el nombre de una estrella- le explicó- tus padres aseguraban haber visto esa estrella cuando tú naciste.

Siguió pasando hojas pero hubo un momento en que ya no había más fotografías. Aquel debió ser el punto en el que fallecieron sus padres y ella pasó a vivir en casa de sus tíos. Cerró el álbum de nuevo y lo abrazó contra su pecho.

….

- ¿Por qué?- lanzó un juego de té al suelo- ¿por qué tiene que seguir viva?- pataleó una mesa- ¿por qué tiene que seguir siendo hermosa?- empujó un sofá- ¿por qué él se ha tenido que fijar en ella?

La madre de Kikio se mantuvo firme en la entrada del salón mientras observaba el desastre que estaba provocando su hija. No convenía intervenir cuando Kikio tenía una de esas terribles pataletas. Había que esperar a que se tranquilizara para instruirla y enseñarle cómo debía actuar en esa situación. ¡Qué poco sabía su hija!

- ¡Esa maldita mocosa!- exclamó- siempre me lo roba todo… siempre…

Kikio se sentó en uno de los sofás pero no duró ni dos segundos sentada y volvió a levantarse para dar vueltas por la habitación como un perro enjaulado.

- Y como de costumbre, papá se pone de su parte- se mordió el labio- ¿por qué?

Se peinó el cabello hacia atrás y respiró hondo antes de mirar a su madre en busca de su sabiduría. Su madre al fin se movió del sitio y se sentó en el sofá.

- Ahora mismo vas a recoger todo esto para cuando venga tu prima.

- ¿Por qué?- se enojó de nuevo- no pienso sentarme a tomar el té con ella.

- Sí que lo harás- le aseguró- te sentarás siempre junto a ella, le enseñarás la casa, iréis juntas de compras…

¡- No!- gritó- ¡Eso nunca!

Kikio volvió a alterarse y empezó una vez más a golpear todos los muebles mientras repetía una y otra vez lo mucho que odiaba a su prima. Su madre tuvo que esperar durante más de cinco minutos a que Kikio volviera a calmarse y entonces continuó.

- Debes hacerte su amiga.

- ¿Por qué?- se sentó en un sofá frente a ella- la odio…

- ¿Quieres tener a Inuyasha para ti?

- ¡Sí!

- Pues está claro que él la quiere a ella y no va a ceder- colocó sus manos sobre su regazo- por lo tanto, tendremos que hacer que Kagome no quiera estar con él- le explicó- la llave para destruir la resistencia de Inuyasha es esa pequeña perra…

- ¿Me estás proponiendo que la engañe?

- Sí y no- sonrió- hazle creer que eres su amiga pero no hará falta que mientas mucho más. Lo único que tendrás que hacer es enseñarle todos esos periódicos en los que aparece Inuyasha rodeado de mujeres o después de haber asesinado a algún humano.

Su madre se levantó, se acercó hacia los ventanales del pequeño salón del té y abrió la cortina para mirar el cielo nocturno.

- Conozco a Kagome, ella es igual que su madre- se cruzó de brazos- ambas son débiles de espíritu, muy influenciables… - rió- no será nada difícil menguar su espíritu.

Kikio asintió satisfecha y por fin pudo suspirar aliviada. Tenía un plan y parecía que iba a ser el mejor que tendría para conseguir su premio. Sin embargo, no pudo evitar mirar a su madre y preguntarse qué era lo que le estaba ocultando. Siempre había sospechado que la muerte de sus tíos no fue accidental y en esos últimos días, algo le decía que el asesino estaba más cerca de ella de lo que imaginaba.

….

Su tío la estrechaba tan fuertemente entre sus brazos que casi no podía ni respirar. Comprendía que se hubiera emocionado tanto como ella viendo las fotos y que debiera estar deseando hacerlo desde hacía mucho tiempo pero empezaba ahogarla. Su tío estaba resultando ser muy cariñoso y un hombre muy bueno. Seguía sin lograr entender cómo había podido huir de él, de esa casa. Él la quería, deseaba que se sintiera a gusto en su hogar, que tuviera todo lo que nunca había poseído.

Tuvo que realizar un gran trabajo para conseguir separarse de él y dio dos pasos atrás para romper un poco la cercanía. Por regla general, no le gustaba estar tan cerca de ningún hombre que no fuera Inuyasha y sabía que a él tampoco le gustaba. Su tío la miró sorprendido y un poco decepcionado por su reacción. No quiso herirle pero había aprendido con la edad que era mejor mantener ciertas distancias.

- Yo… bueno… estoy algo cansada…

- Claro, no lo pensé- le dio el álbum de fotos para que lo guardara- ¿por qué no vas a tomar el té con tu tía y con tu prima?

¿De verdad era necesario? Estaba cansada de verdad, necesitaba tumbarse un rato para pensar y su tía y su prima no tenían pinta de querer tomar el té con ella. Aun así, se vio siendo empujada hacia el pequeño saloncito de té donde ellas dos se encontraban preparando la cubertería. Su tío le hizo sentarse en uno de los sofás y se sentó junto a ella logrando sorprenderla. Lo lógico hubiera sido sentarse con su mujer, ¿no? Su prima se sentó al otro lado y le hizo sentir un poco acorralada.

Aceptó con unas palabras de agradecimiento su taza de té y le dio un sorbo al caliente líquido. Estaba delicioso y tenía un toque de limón, justo como a ella le gustaba. ¿Lo sabrían ellas? o ¿fue pura casualidad? No pudo evitar preguntarse si cuando era pequeña estuvo tomando té en ese encantador saloncito inglés o si alguna vez fue llevada al despacho de su tío por cometer alguna diablura. A juzgar por lo que dijeron de ella, sí que debió ser arrastrada hasta allí en más de una ocasión. Sus tíos estaban haciendo un gran esfuerzo para que ella se sintiera a gusto en su casa, lo menos que podía hacer era corresponderles y disculparse.

- Yo… - dejó la taza sobre el plato- me gustaría disculparme.

- ¿Disculparte?- su tío le pasó un brazo sobre los hombros-¿por qué?

- Antes, en la casa de Inuyasha comentaste que yo era una niña problemática- se encogió de hombres- quería disculparme por las molestias que causé entonces y ahora al aparecer de esta manera…

- ¡No digas tonterías, prima!

De repente se vio oprimida por los brazos y el cuerpo de su prima. No parecía una chica tan escandalosa e impulsiva. Le estaba apretando tan fuerte como su tío en el despacho y volvía a tener problemas de respiración. Si su tía daba también esa clase de abrazos iba a tener problemas respiratorios. Abrazos… nunca en su vida había recibido tantos abrazos de personas diferentes. Le gustaba aunque dolieran un poquito.

Sonrió por el entusiasmo de su prima y miró a su tío para ver qué pensaba él. Naraku observaba a su hija y no a ella como si no pudiera creerse lo que estaba pasando ante sus propios ojos. Parecía no dar crédito a que su hija la estuviera abrazando y eso le hizo sentirse un poco extraña. ¿Sería teatro? No podía imaginarse que alguien pudiera mostrarse de esa forma a propósito pero su prima tampoco parecía la clase de chica que se comportaba de esa forma. Sacudió la cabeza enojada consigo misma. Sus tíos estaban acogiéndola en su casa sin compromisos y encima le mostraban cariño. Debía dejar de sospechar de ellos de una maldita vez.

- No tienes que disculparte por nada- le aseguró- tú siempre fuiste una buena chica aunque un poco traviesa.

- ¿Ah, sí?

- S-sí… - continuó su tío balbuceando- u-un po-poco traviesa…

Su tía estaba abriendo la boca, a punto de decir algo cuando sonaron unos toques en la puerta.

- ¿Amo Naraku?

- Adelante.

Se abrió la puerta del salón del té y entró un hombre anciano con pinta de ser el mayordomo.

- Tiene visita- miró a todos los asistentes- es para usted y para la señorita Higurashi.

- ¿De quién se trata?

- El señor Taisho con su joven hijo.

Kagome no pudo evitar levantarse del sitio emocionada por las palabras del mayordomo. ¡Inuyasha había ido a buscarla! No es que deseara deshacerse tan pronto de su familia pero prefería vivir con él y ya visitaría a sus tíos de vez en cuando.

- ¿Qué le digo?

- Que pasen por favor- suplicó Kagome.

- Que pasen- ordenó Naraku.

Kagome se llevó las manos al pecho y esperó impaciente a que Inuyasha llegara hasta allí. Curiosamente, podía oler su sangre acercándose.

….

¿Por qué estaba tan nervioso por ver a Kagome? Bueno, a lo mejor el factor tutor era el que alteraba la ecuación que siempre fue tan sencilla. Todo se complicaba cada vez más y más. La verdad es que las cosas parecían mil veces más sencillas cuando ella era una humana y él un vampiro. Primero había venido su comunión y hasta le pareció una ventaja porque así no tendría que convertirla y no se sentiría mal. Ahora bien, la comunión vino acompañada de una vampiresa que había vivido una vida humana y no sabía nada de su mundo por lo que estaba atemorizada. Había pasado un rato horrible intentando que no le tuviera miedo y había tenido que permitir que se hiciera aquella pequeña quemadura para que se percatara de todo y despertara. Después, todo parecía volver a ir bien cuando le pidió el matrimonio y ella aceptó. Pediría ante la Hermandad la tutoría de una vampiresa huérfana y se casaría con ella. El plan parecía perfecto hasta que apareció su padre con Naraku y todo se enredó. ¿Su tío?, ¿único parienta masculino con vida?, ¿Kagome última descendiente del gran linaje Higurashi?

No podía impedirle que se la llevara por más que le tentara la idea, ni siquiera podía reclamar ante la Hermanadad. Acababa de intentarlo una hora atrás y los resultados fueron funestos.

- ¿A qué se debe esta llamada al código de las tutorías?

- Me gustaría denunciar la mala tutoría de un vampiro hacia su pupila.

El juez alzó una ceja ante sus palabras y selló unos documentos antes de volver al caso.

- ¿De quién se trata?

- Naraku Tatewaki.

- Naraku Tatewaki ha reclamado su legítima tutoría esta misma mañana- declaró el juez- apenas hace un par de horas que habrá podido ir a buscarla. No ha tenido tiempo de cometer ninguna de las infracciones estipuladas en el código.

- Las cometió hace quince años, cuando ella era niña.

- Explíquese.

Bien, le daba una oportunidad de defender su teoría. Tenía que aferrarse con uñas y dientes a sus palabras.

- Él permitió que Kagome se escapara de la casa- argumentó- no la buscó lo suficiente, la dieron por muerta en seguida y además, si ella se escapó fue por algo- reflexionó- ella estaba huyendo de algo.

- ¿Tiene pruebas concluyentes de su acusación?

- En todos los periódicos aparece la fecha en la que Kagome desapareció y al día siguiente se le dio por muerta.

Era cierto. Llevaba todo un cargamento de periódicos de la época en los que aparecía una fotografía de una más que encantadora niña. Recordaba haber visto su foto en la fecha y recordaba haber quedado cautivado por la belleza de la pequeña. De hecho, se había propuesto enviar una carta para pedir su mano cuando ocurrió el accidente de los padres. Esa niña le hizo replantearse el matrimonio y esa misma niña convertida en mujer, lo cambió por completo. Kagome estaba destinada a él y nadie podría cambiarlo.

- ¿Y tiene pruebas de que a esa niña se la tratara mal?

- Yo… no…

Mentir no era una opción aunque el premio fuera Kagome.

- Le informaré de que conozco a Naraku Tatewaki desde hace muchísimos años y conocí a esa niña bajo su tutela- se quitó las gafas- en las fiestas había que encerrarla para evitar que armara escándalos, tampoco podían llevársela a otras fiestas porque les dejaba en ridículo y era por norma general una niña problemática con carita de ángel- suspiró- ¡Que no te engañe Taisho! No sé si esa niña ha madurado con la edad y ha modificado su comportamiento pero yo si fuera Naraku no la hubiera vuelto a acoger de esa forma. Hay que alabar a ese buen vampiro.

- ¡No!

¡Maldita sea! Naraku y el juez eran amigos y al aparecer el juez conoció a Kagome de pequeña pero tampoco dijo que la viera comportarse mal directamente. Tenía la sensación de que sus tíos iban contando esas mentiras a la gente mientras que la pobre Kagome se quedaba encerrada en su casa. ¿Por qué?

- Pero, señoría… - intentó apelar.

- ¡Caso cerrado!

El juez dio el martillazo en ese momento y todo quedó en silencio. No tenía nada que hacer contra la palabra de su honorable juez y ya sólo le quedaba una última baza. Aunque su padre parecía muy tranquilo con todo ese asunto y se comportaba como si tuviera un plan maestro que resolvería todo el entuerto.

¡Qué ganas tenía de ver a Kagome! Llevaba cerca de cuatro horas separado de ella pero habían sido las cuatro horas más largas de su vida. Tenía pánico a que su propuesta fuera rechazada y que además le prohibieran volver a verla. Ese tipejo podía hacer prácticamente todo lo que se le antojase con Kagome. Por otra parte, ese hecho le generaba cierto terror. Su tío sabía que Kagome estaba viviendo como humana, había conseguido localizarla y aun así no se la llevó, no reclamó su tutela en ese momento. Esperó pacientemente desde las sombras hasta que ella pasara por su comunión y entonces dio el golpe. ¿Por qué? Era cierto que le prohibió entrar en su coto de caza pero él podría haber ido a reclamar ante un juez que le permitiesen recogerla y él habría tenido que ceder aunque no le gustase. Había muchas cosas que no cuadraban en el puzle y había otra que aún le preocupaba más. Tenía la extraña sensación de que ese hombre deseaba a Kagome. Igual era una tontería o los terribles celos y la rabia que lo consumían los que provocaban aquello, pero ese terror era real en él.

El mayordomo les indicó que podían presentarse ante los amos y les guió hasta una salita de té que le resultó bastante pobre. Lo único que mereciera la pena en ese lugar, lo único verdaderamente valioso, era su pequeña Kagome. Ella llevaba aún esa ropa similar a la de una colegiala e ignorando por completo a su tío corrió hacia él. Le encantaba que fuera tan malditamente espontánea y tan desobediente con su tutor.

La recibió encantado entre sus brazos y no se cortó ni un pelo besándola y estrechándola entre sus brazos ante la mirada atónita de la vieja señora Tatewaki y Kikio. Lo de Kikio le apenó un poco por lo ocurrido anteriormente pero también le aterrorizó. Ojala no le hiciera nada malo a Kagome ahora que había descubierto quién era ella para él. Su tío, sin embargo, le observaba como si fuera un terrible enemigo al que hubiera que aplastar. ¿Cómo debía tomarse esa reacción?

- Inuyasha… ejem…

Su padre fue quien le hizo soltar a Kagome y recordar que debía mantener unos buenos modales para lo que se avecinaba.

- ¿A qué debo el honor de esta inesperada visita?

Directo al grano, justo como a él le gustaba.

- Vengo a hacerle una petición.

Se giró hacia Kagome e hincó una rodilla en el suelo. Sostuvo una de sus manos con su mano izquierda y con la derecha le mostró el anillo de compromiso y las hermosas alianzas, herencia de su familia. Ella volvió a mirar los anillos fascinada y unas gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas.

- Kagome Higurashi, hija de Onigumo Higurashi- recitó- y de Sonomi Nakazomu- sonrió- ¿me concederías el honor de ser mi esposa?

- ¡Ya te dije que sí!

- Pero tenía que pedírtelo con tu nueva identidad…

Le puso el anillo de compromiso y al levantarse le dio un suave beso en los labios antes de volverse hacia su tío y tutor.

- Me gustaría pedirle la mano de Kagome en matrimonio.

No era necesario que lo dijera, era obvio que iba a pedírselo pero aun así lo hizo para dejar bien claras sus intenciones.

- No.

- ¡Tío!- exclamó- por favor, deseo casarme con él…

- He dicho que no- repitió impasible- este hombre no te conviene- extendió una mano hacia ella- ven aquí.

Kagome tuvo que apartarse de su lado sin más remedio y acomodarse junto a su tío. Él le pasó un brazo sobre los hombros y la acercó a él como si fuera su pareja en vez de ser su sobrina. Definitivamente, había algo que no le gustaba en él.

- Le exijo que…

- Basta, Inuyasha.

Su padre otra vez. ¿No estaría pensando en marcharse ya? Todavía tenía que pelear más para conseguir a Kagome. No podía dejarla en esa casa por mucho más tiempo.

- Se le ha olvidado hacer algo señor Naraku Tatewaki- señaló su colgante- Kagome ya es mayor de edad y por tanto debe ocupar su lugar en la Hermandad y usted queda relevado de todas sus funciones.

- Pe- pero… ella no sabe nada…- balbuceó- no es capaz de…

- Dele el colgante y a la próxima asamblea acudirá ella- sentenció Inu No Taisho- los documentos los firmará y sellará ella. A partir de ahora usted no tiene derecho a saber nada de lo que se dictamina en asamblea.

¡Claro, tenía sentido! Onigumo dejó en herencia sus propiedades, sus reliquias, su dinero en el banco y su puesto en la asamblea de la Hermandad como gobernante. Ese puesto pertenecía a Kagome pero lo ejerció su tío porque ella era menor de edad e incapaz por lo tanto de hacerlo. En el nuevo orden, Kagome pasaba a ser uno de los veinte miembros de la Hermandad, el único miembro femenino de toda la historia de su sociedad.

- Bienvenida a la Hermandad, Kagome.

Y esas palabras resonaron en toda la casa.

Continuará…