Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.


Presencia / Greendoe

Capítulo trece

ATISBO

Edward suspiró aliviado y de paso soltó todo el aire que había estado conteniendo por cerca de una hora y media. Mientras avanzaba a través de la diminuta pero concentrada marea humana que se agolpaba en la puerta, observó con curiosidad sus manos, y las fulminó con la mirada al notar que ya no parecían estar tan inquietas ni sensibles como antes. Aunque claro, pensó con un suspiro, no había que olvidar que antes estaba a cinco centímetros de Bella, y que ahora intentaba no perderla de vista mientras salían de la abarrotada filarmónica.

El concierto de los niños daneses había sido espantoso. No como espectáculo, por cierto, pues cada uno de ellos tenía voz de ángel y en conjunto formaban un coro tan encantador que podría haber conmovido incluso a un insensible como Emmett, pero sí espantoso por la prueba que le presentaba a Edward y su escasa fuerza de voluntad. Tenerla tan cerca le había afectado más de lo que alguna vez se había imaginado, y no recordaba haber experimentado semejante atracción magnética hacia nada, ni nadie, nunca antes. Sus dedos habían intentado moverse solos, pero carecían en el momento de la delicadez y seguridad que tenían cuando tocaba el piano, y avanzaban hacia Bella como si fuera lo primordial tocarla, sin importar la manera.

Para cuando alcanzaron la puerta que conducía a los estacionamientos estaban solos, pero no hablaron. Edward porque buscaba recuperar parte del dominio de sí mismo, y Bella, pensara lo que pensara, mantenía un gesto distraído y casi insomne al caminar. No había que ser un genio para saber que estaba totalmente enfrascada en sus pensamientos.

— Así que… ¿eso estuvo bien, no? – murmuró al cabo de un rato, casi por decir algo e intentar recuperar la atención de la muchacha.

— Sí, imagino que fue lindo – dijo Bella.

No dijo nada más, se limitó a mover sus extremidades. Habló con el tono de voz que uno usaría para dejar en claro que no quería seguir hablando, y sus ojos volvieron a perderse en algún punto lejano entre sus manos y pies mientras lo seguía inertemente a hacia el solitario y pulcro Volvo, estacionado unos pocos metros más allá.

Fue un golpe violento para él. De inmediato, de forma abrupta, trajo a su memoria los recuerdos más amargos de su infancia y gran parte de su adolescencia, pero a diferencia de antes, sintió entonces que debía ser cierto si hasta Bella lo percibía. Repasó las imágenes de la infinidad de veces en que se había sentido despreciado y, hasta cierto punto, humillado por el rechazo. Fue algo estúpido, algo infantil, y aunque ella solo parecía muy distraída, le dolió que pudiera, al fin y al cabo, suscitar la misma indiferencia y desdén en Bella que en el resto y mayoría de la gente.

En cualquiera, pero en ella no. Miró su reloj con recelo.

— ¿Bella? – llamó con cautela.

La muchacha pegó un respingo y lo miró con sus enormes ojos de llenos de atención. Parte del desagradable nudo que se había estado formando en su garganta un solo segundo antes se aflojó al verla.

— ¿A qué hora tienes que estar en tu casa? – preguntó, y Bella soltó una risita divertida. Parecía mucho más animada.

— Charlie dijo que iría a La Push a ver un partido y que estuviera en casa cuando llegara – Hizo como que meditaba – Eso suele ser pasada la medianoche, así que… a eso de las tres de la mañana debería estar ahí.

Edward le sonrió, aunque seguía demasiado receloso como para que la alegría llegara a sus ojos. Además, si bien le divertía imaginar al Jefe de Policía de Forks tomando cerveza y enfrascado en un partido de baseball, no era tan fascinante si no se percataba de que su hija estaba sola. Eso último no le hizo nada de gracia.

— ¿Aceptarías una invitación a cenar? – preguntó con suavidad.

Aquella era una proposición bastante clara, le pareció a él. Cualquiera de las otras situaciones en las que se habían encontrado no daban mucho para pensar, e incluso podían ser tomadas como meros actos de educación, por muy ridículo que a él le sonara. Ahora, sin embargo, se estaba arriesgando. Jugaba a centímetros de las llama en una acción de la que le parecía imposible salir victorioso y a salvo, pero ante todo había que mantenerse alerta, había que mantener la esperanza.

Bella asintió de forma tímida y se sonrojó. Edward sintió un peso menos sobre su cuerpo y la enorme sonrisa de oreja a oreja apoderarse de sus labios.

— Bien – musitó vagamente, sacando el seguro al coche cuando llegaron junto a este. Le sonrió de lado – En ese caso puede entrar, señorita.

— ¿Si te decía que no pensabas dejarme aquí? – preguntó Bella con una sonrisa.

— Por supuesto – corroboró él.

Mucho más acostumbrados a la presencia de cada uno, Edward se concentró en maniobrar para salir del estacionamiento y enraizarse hacia la calle. Meditó por un momento sobre cuál restaurante era el más apropiado para la ocasión, y aunque por un instante vino a su mente la imagen de aquel café que quedaba en las afueras, recordó que habían estado ahí con Alice y que no era sentar un buen precedente. Mientras tanteaba distraídamente en los controles de la radio para que volviera la música, pensó que las mejores opciones eran un italiano o algo un poco más tradicional.

Miró de reojo a Bella preguntándose cuál de las dos opciones le gustaría más. Ella observaba las calles al pasar con expresión ausente, pero de pronto se dio vuelta como si hubiera estado pensando en profundo y tuviera que expresar su inquietud en una cosa de vida o muerte.

Bella se sorprendió al encontrarlo mirándola.

— ¿Qué? – preguntó de forma brusca. Se sonrojó al instante.

— No es nada – dijo Edward, y le sonrió con ojos tiernos – ¿Qué te parece mejor, pasta o algo más americano?

— Las pastas suenan bien – murmuró Bella, pero se apresuró a añadir – Pero está bien lo que tú decidas.

— Pastas entonces.

Ella murmuró algo incomprensible y al final volvió a desviar los ojos hacia el exterior, con los altos y marcados pómulos rojos valientemente visibles. Edward rió entre dientes y volvió a fijarse en su conducción, acortando calles y poniéndose a tararear una canción romántica de los años cincuenta que acababa de comenzar en la radio y que recordaba haber tenido que adaptar al movimiento de los noventa en una clase del conservatorio cuando estaba en Chicago.

— ¿Te gusta la música antigua?

La voz de Bella lo sobresaltó. Le dedicó una mirada rápida y sonrió de forma enigmática, tamborileando con sus dedos sobre el volante al mismo tiempo que la música marcaba el ritmo. Sonrió al darse cuenta que Bella seguía sus dedos fijamente al moverlos con rapidez, casi asombrada de que fuera capaz de conducir y seguir la música en un mismo segundo.

— Decir que me gusta toda la música antigua sería una exageración, porque no la conozco toda – Edward puso los ojos en blanco – Pero muchos de mis artistas y canciones favoritas están de los sesenta hacia abajo. Hay mucha tontería hoy en día.

Bella se acomodó en su asiento, mirándolo con curiosidad. Parecía interesada.

— ¿Cómo conoces tanto? Para mi los únicos referentes de antes son Elvis y los Beatles – Mordió su labio inferior soltando una risita – Ni siquiera sé en qué época aparecen los Rolling.

Edward rió de buena gana, mirando a Bella con una falsa censura que ella pareció creerse hasta que él esbozó una pequeña sonrisita. Apretó los labios intentando no echarse a reír, y ella le siguió el juego.

— No saber el año uno de los Rolling e incluirlos en la música antigua – murmuró con abatimiento, negando con la cabeza y mirándola fijamente – ¡Qué crimen!

— Para que veas – Bella se sonrojó y le sacó la lengua de manera infantil. Luego, miró hacia adelante y profirió un gemido bajito.

— ¿Qué pasa? – preguntó Edward alarmado.

— Mira – La muchacha señaló una enorme nube gris que se acercaba en el horizonte – Va a llover.

Edward alzó una ceja y la miró con incredulidad, como preguntándose si no se habría vuelto loca de un momento a otro. ¿A qué se refería exactamente? Él no le veía ninguna rareza a la lluvia viviendo donde vivían, pero Bella lucía realmente preocupada porque de pronto comenzara a caer agua con la intensidad que caracterizaba a la región.

— Estamos en el estado de Washington, Bella – Habló como si se dirigiera a un bebé – Se supone que eso es lo que pasa.

— Eso ya lo sé – gruñó ella, y le dedicó una mueca disgustada – Solo que hacia tiempo que no veía una nube tan negra. Me figuro que se viene una gran tormenta, le preguntaré a Alice.

— ¿Alice?

— Ajá – Bella lo miró con una misteriosa sabiduría – Alice es rara, ella lo sabe todo.

Edward sonrió, pero no dijo nada.

Tuvo que pasar cerca de media hora para que pudieran llegar al restaurante en que había pensado Edward. El insoportable tránsito de Seattle le estaba pareciendo realmente molesto a cada segundo que pasaba, pero se animó al ver que Bella ni siquiera lucía preocupada de que pasara la hora y tuvieran que irse. La muchacha seguía mirando cada disco que él había abultado en el inestable estuche y preguntándole de vez en cuando sobre canciones, artistas y datos, además de comentarle los peculiares gustos musicales de una madre que parecía tener poco y nada que ver con el maduro y tímido carácter de Bella Swan.

En tanto, mientras ella iba y venía entre frases cortas y sonrisas breves, Edward disfrutaba al darse cuenta del nivel de intimidad al que había llegado con la abstraída muchacha que en ese momento iba a su lado. Ella seguía sonrojándose, seguía siendo tímida por naturaleza, pero de un segundo a otro había comenzado a moverse, a hablar y a mirarle de una manera que denotaba la confianza y soltura que Edward había ansiado casi más que una retroalimentación al amor enfermizo en el que había caído por ella y solo por ella.

Llegaron al restaurante pasadas las ocho de la noche y bajo un peligroso y oscuro cielo que amenazaba con malos augurios. Resultaba impensando que cuando había salido de Forks el día hubiera estado hermoso viendo las condiciones actuales, pero una vez más, intentar anticiparse a las mañas de su estado era algo en lo que solo alguien como Alice podría aventurarse y vencer. A Edward casi le pareció un espejismo ver aparecer el local que buscaba después de varios minutos dándose vueltas para evadir un poco más el atochamiento, por lo que suspiró aliviado y mucho más relajado al verse fuera de la parte concurrida de Seattle.

Bajó del coche con Bella a su lado, que iba miraba el cielo con el ceño fruncido, como si este hubiera cometido un pecado capital y no hubiera recibido su sanción. Edward, siempre observándola, colocó con todo el dominio de sí mismo que pudo recolectar una aventurera mano en la parte baja de la espalda de la muchacha, y aunque esta lo miró de nuevo con curiosidad, se dejó guiar hacia el interior del cálido local que les esperaba sin decir palabra.

Así, cinco minutos después, una mirada rara de Bella hacia la exótica y joven camarera, una risita a su costa de Edward y varios ceños fruncidos, se encontraron sentados en una mesa en el rincón del pequeño y acogedor restaurante que él había conocido varios meses atrás.

En una cita de verdad. Lo quisiera Bella o no, él la había atrapado.

— ¿Qué pasa? – preguntó Edward, una vez que ordenaron su comida y la parlanchina camarera se fue.

Bella mantuvo los ojos entrecerrados y lo miró como una pequeña felina desconfiada. Puede que ella se sintiera capaz de intimidar a alguien, pero a Edward le parecía que ella era más bien una pequeña y regalona minina que no quería dejar ir a su amo.

— ¿De verdad esperas que crea que nunca has tenido novia? – preguntó la muchacha con tono cortante – ¿O una relación parecida, al menos?

Edward se sorprendió. De todas las cosas que ella parecía haber estado pensando antes, no se esperaba que fuera esa precisamente la que despertara su interés.

— No tengo por qué mentirte – dijo con paciencia – ¿Qué tiene de raro?

— Nada – respondió ella, dejando filtrar un tono evidente de sarcasmo – Digo, cualquiera que te ve diría que tienes problema para conseguir novia.

A Edward le hizo sentido su frase mucho más tarde de lo que él pensaba, hiriendo su propio ego acerca de su inteligencia. Una vez que lo hizo, la sangre se agolpó en su rostro y de pronto la conversación se le antojó vergonzosa. Desordenó su cabello mientras evitaba ver a los ojos a Bella, y esperó a que el rubor de sus mejillas desapareciera. Que Alice y su madre le dijeran que era guapo era algo que podía esperarse, casi como ese cumplido que uno sabe que es mentira y que se dice por educación y reconforta. Solo podría haber creído a un juez más imparcial e interesado en el tema, alguien con sentimientos menos puros que los fraternales y maternales de las dos anteriores, como Tanya. Podría haberlo creído aunque no le interesara, pero justo como lo sintió en ese momento, que Bella se lo dijera superaba con creces al cumplido de cualquier persona.

Su usual sonrisa ladina apareció en la comisura de sus labios y notó que ella no estaba sonrojada por lo que había dicho. Por el contrario, un brillo de seguridad, casi petulante, adornaba su rostro.

— Supongo que soy muy aburrido – contestó con sinceridad. Era lo que creía, lo que intentaba evitar con ella y en lo que había fracasado miserablemente siempre.

Bella le devolvió una sonrisa dulce. Luego, se sonrojó y bajo la vista, poniéndose a juguetear con un frasquito de pimienta.

— A mí no me lo parece – musitó.

El largo cabello oscuro había caído a ambos lados de su rostro y solo podía ver su blanca y tersa frente, mientras el resto de su cara quedaba oculta entre las sombras. El pulso de Edward saltó un momento y echó a correr con rapidez, atento, curioso, lleno de intenciones prohibidas que estaban atadas a cada parte de su cuerpo, a cada célula. Como esa mano vacilante pero llena de tacto, firme, que se acercó a su rostro y tomó un mechón de cabello tan suave y consistente como él lo había imaginado, y lo colocó detrás de su oreja, acariciando cada parte de su piel que rozaba con la suya.

Sin saber cómo, ambos se habían inclinado hacia delante de tal manera que, si Bella alzaba el rostro, sus narices estarían a punto de tocarse. A Edward le pareció que su respiración, o quizás fuera la de ella, se había acelerado, y ningún músculo le respondió cuando ella levantó su cara y sus ojos se toparon casi directamente, excepto por esa pequeña diferencia, al menos cuando estaban sentados, que lo hacía a él más alto y a ella menudita.

Pronto se dio cuenta de que su mano seguía tocándola por detrás de la oreja, casi posesivamente, y que para cualquiera que los viera en ese momento la siguiente acción debía estar más que clara.

Bella observó sus labios, y si era posible, se sonrojó aun más, esta vez perceptible para Edward solo a través del tacto bajo su piel. Él también observó los de ella, una vez ahí, otra vez a sus ojos, incapaz de moverse un centímetro de esa situación que había sido creada para atormentarlo.

Ella contempló una vez más sus labios y entreabrió los suyos, mojando el inferior de una manera que lo volvió loco e hizo que por tres segundos dejara de respirar. Al final, clavó sus ojos en los de él como una estaca incapaz de debilitarse, y él se acercó un poco más, deslizando su mano hacia la suave piel del cuello de la chica…

Pero la camarera había regresado con sus bebidas, y no parecía ni un poco arrepentida de haber interrumpido.

— Acá tienen – exclamó con voz jovial.

De la misma manera en que se habían acercado, sin darse cuenta, Edward y Bella saltaron de vuelta a sus asientos. Ella se había puesto a mirar sus manos de frente, sin temor a que se notara demasiado que estaba avergonzada, y él se tuvo que recordar que sus padres lo habían criado para ser cortés y caballero en toda ocasión y con cualquier persona, sin importar si el sujeto en cuestión se trataba de un inoportuna y desesperante camarera.

Que había arruinado el mejor minuto de su vida, además.

— Gracias – respondió, con una voz ronca que no logró amedrentar a la muchacha.

— De nada – dijo ella, casi riéndose de su gesto oscuro – En seguida les traigo sus platillos.

Edward sabía perfectamente que "en seguida" sería, quizás, en unos veinte o treinta minutos, pero le pareció que la chica lo había dicho como para advertirles que volvería a interrumpirlos si los pillaba en esas otra vez, con o sin la patética excusa de estar haciendo su trabajo.

Le sonrió educadamente y asintió con la cabeza, desganado, pero suspiró aliviado cuando la vio desaparecer con dirección al otro sector del restaurante, donde ni ella ni él podían verse, por fortuna. Entonces se giró a mirar a Bella y se angustió al ver que ella fruncía el ceño como si intentara abrir un agujero negro con el poder de la mente, manteniendo fuertemente cerrados los ojos. Justo ahí, recién, Edward cayó en la cuenta de que habían estado a un paso de besarse.

Por poco y había besado a Bella, su Bella.

Aclaró su garganta intentando ganar de nuevo su atención, pero realmente no estaba muy seguro de cómo proceder. Acababan de pasar la frontera de las cosas incómodas, y ya era más que obvio que ella sabía lo que le provocaba. Tenía que saberlo, sin duda alguna, y, aunque le resultara increíble solo pensarlo, supo entonces que él no le era indiferente a Bella. Saberlo le produjo un leve cosquilleo cálido en el estómago, nada muy fuerte ni radical, pues quería y necesitaba más.

Y porque, además, no sabía el nivel de interés de Bella. Edward solo podía hablar por sí mismo.

— Bella – llamó entonces.

Ella lo miró a través de sus oscuras y abundantes pestañas, con sus grandes ojos cafés escarbando en lo más profundo de sí mismo. Además de la evidente turbación y el gran bochorno que estaba pasando Bella, había una pequeña nota de frustración, casi enojo, en sus expresivos ojos, y Edward se maravilló al comprenderlo.

Bella había deseado besarlo, con sinceridad.

— ¿Estás… bien? – No supo qué más preguntar, aun estaba demasiado consternado por la manera en que se habían dado las cosas.

— Sí, claro – Bella bizqueó desorientada – ¿En qué estábamos?

Edward la contempló un rato, una fracción de segundo, y luego echó a reír alegremente. Bella, sorprendida en un principio y después avergonzada, captó el sentido de sus palabras y se ruborizó al mismo tiempo que empezaba a reír junto a él. Al menos, pensó Edward, habían roto el incómodo silencio en que los había dejado la desubicada mesera, y aunque probablemente volverían a sentirse extraños cuando dejaran de divertirse a su propia costa, el asunto ya no parecía tan grave como podía pensarse. Él, no obstante, y entre medio de aquellas risas claras y nerviosas, se preguntó sorprendido cómo y cuándo habían dado aquel enorme paso entre lo que era ser desconocidos y estar a punto de besarse.

Tendría que moverse con cuidado, pero jugaría con astucia.


¡Hola! Aquí GreenDoe, reportándose. Santiago de Chile parece por fin estar congelándose y estoy pegada a mi estufa a parafina viendo como mi gigantesco trabajo de múscia debería hacerse solo. Aparte de eso, en la tele estoy presenciando una hermosa imagen de la National en donde un grillo hembra se está comiendo al macho después de aparearse, ¡es de lo más cool! Pero bueno, luego de este raro saludo paso a ver mis anónimos (hoy no les reclamaré por ser anónimos): Nanako (tú que nunca escarmientas), ya ves que estos dos están dando pasos bastante agigantados, ¿no? Gracias por leer, siempre; Y a Violent Hill, que no estoy segura que haya pasado antes, pero como sea: Ah, sí, acabo de ver que me has dicho que es la primera vez, soy tonta... jajaja. Pues, me dijiste muchas cosas buenas y dentro de todo me sorprendí que dijeras que este Edward te guste incluso más que el original, eso me dejó k.o. Gracias además por apoyarme en mi negación hacia el Bella pov, y por leer, obviamente.

Eso sería, iré a ver cómo va ese trabajo. Prometo que me he comido toda mi comida y que le he hecho caso a mami. Déjenme un review, ¿si? Un besito, GreenDoe (que es tan mala que no ha comprado el regalo del día de la madre y quedan como ocho horas).