DURANTE TODA LA SEMANA SIGUIENTE. SERENA SE sintió muy aturdida. Enterraron a Rei y to dos se esforzaban por superar las tragedias que habían enturbiado el torneo. Era como si un manto oscuro lo cu briera todo y a todos, y lo que la mayoría de las veces había sido un acontecimiento festivo se vivía en aquellos mo mentos con indiferencia. Los días del torneo se sucedían lentamente, mientras los caballeros y sus pajes seguían practicando para los eventos que se aproximaban.
Serena, por su parte, seguía añorando a su amiga. Seiya y sus hombres, en cambio, estaban más preocu pados que nunca por la seguridad de la joven, hasta tal punto que Seiya dejó a un lado su idea de no verse en cuanto comprendió lo que en realidad había ocurrido con Rei.
Serena sólo encontraba consuelo cuando se reunía con Seiya para enseñarle canciones que él se empeñaba en no aprender. Había terminado por ser algo cotidiano. Después de la cena, Serena acompañaba al conde a su tien da; una vez allí, él se quejaba y hacía muecas de disgusto durante media hora o más antes de sentarse v dejar que Serena le mostrara las notas y la letra de las canciones, que él jamás se esmeraba en reproducir. La lección terminaba con un beso, y el Cisne se las arreglaba para interrumpir los a fin de que Seiya tuviera que llevarla de regreso al castillo. Eso era suficiente para que Serena quisiera par tirle el laúd en la cabeza, pero, como sabía que tenía bue nas intenciones, transigía con aquellas intromisiones.
Durante el día, mientras Seiya practicaba esgri ma y combate, Serena seguía a Diamante dondequiera que fuese, con la intención de descubrirlo en alguna conducta sospechosa que revelara quién y qué era. No le cabía duda de que era el asesino de Rei: el Escorpión.
De hecho, había estado espiándolo hacía unos ins tantes, mientras él se dirigía al salón real de conferencias, donde Artemis había recibido a la corte toda la mañana. ¿Por qué querría Diamante entrar allí cuando el rey no estaba? El único motivo posible era que quisiera conseguir informa ción sobre Artemis para entregársela a sus enemigos.
Serena estaba convencida de que Diamante tramaba algo malo e insidioso. También se lo había parecido dos días antes, cuando lo siguió hasta las profundidades del bos que. Claro que esa vez la conducta sospechosa de Diamante había consistido en encontrarse con un granjero para com prar bayas frescas, pero aun así... Diamante era culpable de traición, y ella iba a probarlo.
Contuvo la respiración al verlo escabullirse en el sa lón con el sigilo de un espectro. Más cautelosa ahora, des pués de que Diamante la descubriera espiando varias veces en los días previos, miró por las rendijas de la puerta para ver qué hacía. No había ni rastro de él. Indecisa, Serena se rascó el mentón: ¿debía entrar también o debía esperar a que Diamante volviera a aparecer?
Seiyale había aconsejado con bastante insistencia que no siguiera a Diamante. Después de todo, si él era el ase sino, tal como ella sospechaba, no tendría miramientos a la hora de matar también a Serena. Sin embargo, al prínci pe parecía agradarle bastante la joven y, si ella aparecía sin vida, Seiya sabría con toda seguridad quién era el res ponsable y sin duda vengaría a Serena y a Rei.
Aún no había movimiento ni sonido alguno en la sa la. «Ahora o nunca...». Respirando hondo y con extrema cautela, Serena abrió un poco la puerta y miró alrede dor de la sala: no había nadie a la vista. ¿Dónde podría ha berse metido Diamante? La puerta era la única forma de salir del salón. Asomó un poco más la cabeza.
-¿Me buscabais?
Serena chilló y dio un respingo al escuchar la hon da voz de Diamante a sus espaldas. Se volvió a toda prisa y lo vio de pie en el umbral, con los brazos cruzados. Cómo odiaba esa capucha que le ocultaba por completo: era su mamente desconcertante hablar con alguien sin poder verle el rostro ni los ojos.
-Yo... Yo... -tartamudeó Serena mientras inten taba inventar una excusa-. Estaba buscando a mi tío.
Diamante inclino la cabeza -o la capucha, mejor di cho- hacia un lado.
-¿Y por qué iba a estar aquí cuando no está el rey?
Serena levantó las manos y gesticuló, tratando de que se le ocurriera una nueva excusa, esta vez razonable y un poco más creíble.
-Porque le gusta sentarse... No, ya sé: se le olvidó algo aquí dentro.
-¿Se le olvidó algo? -preguntó Diamante con ese to no calmado e inalterable que le sugería a Serena la ima gen de las aguas quietas de un lago insondable-. Pues si me decís qué se le olvidó, puedo preguntarle a Artemis o a uno de sus alguaciles si lo han encontrado.
Bueno, el plan no iba a funcionar: en cuanto res pondiera, Diamante sabría que Serena estaba mintiendo. Otra vez.
-No, eh, creo que ya lo encontró.
-Y eso explica por qué buscabas a tu tío aun cuan do no se le ve por aquí.
Serena le lanzó una mirada desafiante v deseó po der ver su rostro, pero luego volvió a tener la clara sensa ción de que Diamante se reía de ella. Quizás fuera mejor no verlo, después de todo.
-En fin, como ha encontrado lo que buscaba -di jo Serena con una reverencia-, volveré al gran salón, con vuestro permiso. -Se alejó a toda prisa, pero a cada paso que daba podía sentir la mirada de Diamante sobre ella: era una sensación tangible, casi letal. Se detuvo en la parte su perior de las escaleras, se volvió para verlo y se dio cuen ta de que estaba exactamente en el mismo lugar-. ¿Espe ráis a alguien, milord?
-Sólo quería comprobar que ibais a daros la vuelta para mirarme. No deberíais ser tan predecible, Serena: podríais meteros en problemas.
Serena tragó saliva al escuchar esas palabras. -¿Es eso una amenaza?
-No, Serena. Yo jamás amenazaría a una mujer tan peculiar como vos. Quizá a otras que no son tan di vertidas.
Serena sintió que se estremecía de miedo. -¿Entonces admitís haber amenazado a otras per sonas?
-Hum... murmuró, como si tuviera que pensar la respuesta-. Sí, lo admito: de hecho, se sabe que he ma tado a unas cuantas, alguna que otra vez.
Dicho esto, Diamante volvió a entrar en la sala Serena se quedó absorta mientras las palabras resonaban en su mente. « -Lo admite!». El corazón se le aceleró cuan do comprendió lo que acababa de hacer Diamante. Corrió escaleras abajo y salió del castillo, con una sola idea en la mente: Seiya.
Tardó varios minutos en encontrarlo. El caballero estaba entrenando en la liza con el Cuervo, que había re gresado el día anterior de su viaje a York con Taiki. Por des gracia, como Kakkyu había predicho, no llegaron a tiem po para salvara su amigo. Desde su regreso, ambos habían estado callados y retraídos. Por lo menos Serena traía bue nas noticias para todos.
-¡Tengo pruebas! -anunció con orgullo ante los hombres que luchaban delante de ella.
Al ver que Serena se acercaba corriendo, Seiya bajó la espada y la dejó allí, hasta que vio un destello me tálico con el rabillo del ojo. No tardó en girarse y a duras penas logró esquivar el ataque del Cuervo, que se replegó al instante.
-Lo siento, Seiya -dijo, casi sin aliento, el menor de sus caballeros-. No me di cuenta de que estabas dis traído. -Miró a Serena, se sonrojó y se retiró.
Seiya se quitó el yelmo mientras Serena saltaba y bailaba a su alrededor como un niño que acabara de re cibir un regalo.
-¡Es culpable! -proclamó por enésima vez. Como habían sido tantas las veces, Seiya no tuvo que pregun tarle a quién se refería. Dejó escapar un suspiro. Pobre Diamante. Era asombroso que no hubiese matado a Serena por su insistencia. El conde la miró con sorna.
Qué dijo ahora?
Serena enumeró sus pruebas utilizando los de dos.
Me amenazó y ademas reconoció que ha matado a unas cuantas personas.
Seiya arqueó una ceja.
-Yo soy culpable de ambos cargos y aun así sigues con vida: sana y salva a pesar de todos los insultos. Serena le lanzó una mirada amenazante.
Pero... Pero...
- Serena, mi amor -dijo Seiya, interrumpien do la diatriba de la joven contra Diamante-, debéis dejar de perseguirlo. Todos se han dado cuenta de que por poco no lo seguís hasta el retrete: ese hombre está jugando con vos.
-Lo admitió -insistió Serena.
Seiya hizo un esfuerzo para no perder la paciencia.
-¿Qué fue lo que dijo exactamente?
-Bueno, dijo que mi curiosidad podría meterme en problemas, y yo le pregunté si me estaba amenazando. Respondió que no, que nunca me amenazaría; entonces yo le pregunté si había amenazado a otros, a lo que contestó que sí, que incluso se sabía que había matado a unos cuan tos. ¿Lo veis? ¡Pruebas!
Seiya meneó la cabeza.
-Sólo son palabras, milady: nada más ni nada me nos. No se puede acusar de asesinato a uno de los hombres más poderosos y con mejores contactos de la cristiandad si no se cuenta con pruebas irrefutables. Y Diamante es de masiado inteligente para dároslas. Creedme, lo conozco.
Frustrada, Serena desvió la mirada.
-No puedo creer que se salga con la suya después de lo que ha hecho -dijo, con la voz cargada de emo ción-. Rei está muerta por su culpa, y quiero que pague por ello.
Seiya se quitó el guantelete y acarició la blanca me jilla de Serena. La suavidad de su piel realmente apaci guaba el enojo que le provocaba la insistencia de la joven. A decir verdad, Seiya sentía admiración y respeto por la temeridad que mostraba.
-No tenemos pruebas que demuestren que él la ha ya matado. Lo único que sabemos es que se ahogó: pudo haber sido un accidente.
Serena lo miró con aquellos ojos verdes y apasio nados que no habían contaminado las tragedias que habían marcado la vida del caballero.
-¿Realmente creéis eso?
-Para ser-os sincero: no -admitió Seiya-, no lo creo, pero nadie nos prestará atención a menos que lo atra pemos con las manos en la masa.
Serena suspiró con exasperación. Seiya pudo ver que las lágrimas le nublaron los ojos durante un instante, antes de que parpadeara para contenerlas.
-Se lo debo a Rei.
-Lo sé, cielo mío -respondió Seiya, acaricián dole la mejilla-. Comprendo que necesitéis darle descan so a su alma, creedme, pero haciendo que os maten no la traeréis de vuelta. Debéis dejar de perseguir a Diamante: si es culpable, nosotros lo atraparemos.
-Muy bien. -Se recogió la falda y le regaló al ca ballero una fascinante perspectiva de sus tobillos antes de encaminarse hacia el castillo. Seiya notó cómo se le en durecía el sexo al contemplar absorto el contoneo de las ca deras de Serena: cómo deseaba sentir el sabor de esos to billos, de esas piernas. Quizá podría sobornar a Val esa noche para que dejara inconsciente al Cisne y él pudiera pasar una noche con Serena sin interrupciones.
Se quitó el otro guantelete, lo lanzó dentro del yelmo junto con su par y se encaminó hacia la tienda. Al llegar, cuál no fue su sorpresa al ver que Diamante estaba allí, esperándolo. De pie en el centro de la tienda, su antiguo amigo lo miró fijamente en cuanto entró.
-Es maravillosa, ¿no es cierto? -preguntó Diamante, y su voz retumbaba como un trueno en la quietud de la tienda.
Seiya no respondió. Si bien él no le guardaba ren cor, comprendía a la perfección por qué lo aborrecía el príncipe.
-¿Qué haces aquí?
Diamante tampoco contestó a la pregunta que le ha cía Seiya.
-Es un gran trofeo para llevarse del torneo. Me han dicho que, desde que Artemis proclamó que el ganador des posaría a Serena, todos los días llegan nuevos contendientes. La mayoría tiene intención de encerrarla en un con vento si logra ganar. Es posible que no aprecien a la mujer ni a su rebelde lengua, pero te aseguro que están enamora dísimos de sus tierras.
Seiya trató de no hacer caso de la ira que le pro ducían las palabras de Diamante: sabía que sólo quería provo carle, y no estaba dispuesto a darle el gusto de saber que lo había logrado.
-¿Por qué me dices eso?
Diamante se encogió de hombros.
-Supuse que te interesaría saberlo.
-Pues no me interesa -dijo Seiya con tono seco y tranquilo-. No hay hombre aquí a quien no haya de rrotado en batalla. De hecho, he derrotado más de una vez a la mayoría.
-¿Estás seguro de lo que dices? -preguntó Diamante.
-Claro que sí.
-Bien: duérmete en los laureles de tu arrogancia. -Diamante se encaminó hacia la entrada, pero se volvió antes de salir-. Casi lo olvido: pretendo participar en la justa y competir por la mano de Serena. Te concedo que ene hayas derrotado con la espada: el combate cuerpo a cuerpo nunca fue mi fuerte. Pero la lanza es otro cantar: no hay nadie, ni siquiera tú, conde de Blackmoor, que pueda desafiarme en ese campo. Y no te preocupes, Seiya: cui daré muy bien de tu dama una vez que nos hayamos casado.
Eso bastó para que Seiya perdiera la paciencia. Cuando habló, lo hizo con los dientes apretados, y su voz llevaba todo el peso de la furia que lo invadía.
-No, no lo harás: gane, pierda o empate, quiero que Serena tenga la libertad de elegir a su esposo.
Diamante estalló en una carcajada siniestra.
-¿Realmente crees que Artemis se lo permitirá? Serena necesita un señor poderoso que se haga cargo de sus tierras: alguien con fuertes vínculos políticos. Gane, pier da o empate, Serena será mía. Ya lo verás.
Dicho esto, Diamante salió de la tienda: su manto de jaba una estela funesta y oscura. Seiya fue tras él.
-¡Nunca se casará contigo! -Seiya no prestó atención a los caballeros que se daban la vuelta para mirarlo mientras Diamante se detenía y se volvía para encararlo. El príncipe le clavó los ojos durante unos segundos.
-A las mujeres como Serena se las puede cortejar fácilmente con canciones y poesía, con cartas de amor del hombre que desean. Dime, ¿alguna vez le has escrito una carta de amor? Ah, se me había olvidado: no eres más que un bufón analfabeto. Lo único que sabes hacer es usar tu fuerza bruta para derribar hombres. ¿Realmente crees que terminará eligiendo a un bárbaro como tú antes que a al guien como yo? le dijo Diamante en tono tranquilo.
Giró sobre sus talones y se alejó bordeando las tien das. Seiya debió recurrir a toda su fuerza de voluntad pa ra no arremeter contra él por lo que había dicho. Diamante había sido muy amigo del conde y conocía la historia de sus padres. El solo hecho de que le hubiera recordado la diferencia que lo separaba a él, un caballero, de una mujer culta como Serena le hacía hervir la sangre. Aunque no le molestaba tanto como la verdad que escondían las palabras de aquel bastardo.
Recordó que la noche anterior Serena se había burlado de la lentitud con que aprendía las canciones y de la torpeza con que formaba los acordes. También le ha bía dicho que siempre sería caballero y nunca trovador. Serena amaba a los trovadores y sus canciones, y se había pasado la vida predicando contra la orden de la caballería. Seiya oyó la risa de su madre que resonaba, lejana, en su mente al recordar cómo criticaba ella la falta de clase de su esposo.
¿Quieres que lo mate mientras duerme?
Seiya miró por encima de su hombro y vio a Taiki, que miraba con ojos de asesino hacia el lugar por donde había desaparecido Diamante.
-¿Has oído la conversación?
-Sí, al igual que varias decenas de caballeros. –Taiki hizo un gesto en dirección al grupo de hombres que seguía con la vista fija en Seiya. El conde les lanzó una mirada furibunda que los hizo huir de inmediato.
-Es una pena que no sea Zafiro el que hace esas pro puestas -dijo Seiya, con hosquedad-. Si fuera así, qui zás aceptaría.
Taiki se rio.
-Mi espada está siempre a tus órdenes: una palabra de tu boca y...
-No, no vale la pena que mueras por él. -Seiya volvió a su tienda, con Taiki a la zaga.
No te tomes tan a pecho lo que dice -le aconse jó Taiki-. No es más que un bravucón engreído v arro gante.
Era cierto, pero también lo era que Diamante sería un excelente contrincante para la justa, muy bien entrenado v en extremo preciso. Al igual que Seiya, Diamante no co nocía la derrota. Seiya nunca se había enfrentado a él en una justa y, a decir verdad, no temía perder contra él. Sin embargo, no tenía tanta confianza para pelear por el co razón de Serena.
Podría perder su amor con la misma facilidad con que su padre había perdido el de su madre? El cambio era inherente a la naturaleza humana y la inconstancia amoro sa, a la de las mujeres. Tampoco había que olvidar que Diamante era un príncipe, culto y, educado: incluso compartía con Serena el amor por las letras v la música.
Haciendo rechinar los dientes, Seiya se obligó a no pensar más en el asunto: lo único que podía hacer era hablar con Serena esa noche, cuando viniera a verlo, y comprobar si había algún atisbo de verdad en las palabras de Diamante.
Serena percibió algo más sombrío de lo habitual en Seiya en cuanto entro en la tienda. Estaba sentado en su es critorio, con un papel delante de él. Varias líneas profun das le estropeaban el apuesto ceño, y el papel ocupaba toda su atención. Aún no había notado la presencia de Serena y, más que el ceño fruncido, fue eso lo que Ie indicó a la joven cuán concentrado estaba en su tarea. Como la jo ven sabía que Seiya era analfabeto y tenía curiosidad por saber qué lo mantenía tan absorto, se acercó con sigilo pa ra espiar por encima del hombro del conde. Sintió que le faltaba el aire al ver lo que estaba haciendo Seiya: copia ba el contenido de una carta en otro papel.
-¿Seiya?
El conde se volvió rápidamente y estrujó el papel en el que estaba escribiendo. El movimiento fue tan rápido que volcó el tintero. Soltó una maldición mientras volvía a ponerlo bien. Por supuesto, era demasiado tarde: la tinta se había derramado por todo el escritorio. Seiya cogió un trapo para limpiarlo, y Serena se acercó para ayudarle.
¿Qué estabais haciendo? -preguntó mientras secaban la tinta derramada.
-Yo... -Dio un suspiro largo y hondo, como si es tuviera demasiado cansado para inventar una mentira-. Es taba tratando de aprender a escribir una carta para alguien.
Serena se sintió extrañamente conmovida por las palabras de Seiya: un hombre como él soportaba la hu millación de aprender a escribir a su edad.
-¿Por qué?
Encogiéndose de hombros, Seiya dejó la pluma en el soporte de madera.
-Quería decir algo y estoy cansado de dictar a los demás lo que quiero escribir. Pensé que ya era hora de que aprendiera a hacerlo: después de todo, Ravenswood me metió una vez. en un buen lío por ser mi escriba.
Serena no sabía quién era ese Ravenswood ni le interesa ba: sólo le importaba Seiya.
-¿Qué tratabais de escribir? Quizás pueda ayu daros...
Seiya parecía un tanto incómodo con la propuesta.
-¿Es una carta de guerra? -insistió Serena -. ¿Necesitáis que alguien escriba las órdenes para tus hom bres o para la Hermandad?
-No, es una carta personal.
Eso explicaba por qué estaba tan nervioso: en oca siones, Seiya podía ser muy reservado con todo el mundo.
-¿Preferís que llame a alguno de vuestros hombres? Seiya resopló con sorna.
-No confiaría en ellos en este caso. -¿Confiaríais en mí?
Seiya la miró a los ojos con cierto aire de ver güenza, pero Serena no podía imaginarse el motivo de tal expresión. El conde se mantuvo en silencio varios minu tos, corno debatiéndose; finalmente, dio un paso atrás y le cedió su silla a Serena, que tomó asiento.
Sacando un nuevo trozo de papel vitela del cajón, lo puso sobre el escritorio, mojó la pluma en el tintero y mi ró a Seiya.
-Cuando estéis listo, milord. ¿A quién debo diri girla?
-Dejad el nombre en blanco. Tengo muchas cosas que decir v, si escribís algunas de ellas, puedo copiarlas pa ra que esta persona sepa que fui yo quien escribió la car ta. Es fundamental que sepa eso.
Era muy extraño, pero como no estaba dispuesta a interrogarlo sobre algo que a todas luces le molestaba, Serena apoyó la pluma sobre el papel.
-Muy bien, decidme qué queréis que escriba.
Frotándose los ojos, Seiya comenzó a pasear del es critorio a la cama v viceversa. Serena esperaba paciente mente mientras el silencio pesaba en el aire. Nunca había viso a Seiya así: se le veía nervioso e inquieto, más parecido a un adolescente inexperto que al bravo caballero que conocía tan bien. Después de caminar un rato, Seiya por fin habló.
-Afectuosos saludos: espero que esta carta os en cuentre bien. - Serena anotó las palabras-. He contado cada minuto desde el día en que nos separamos. -Se le hi zo un nudo en el estómago: ;a quién podría escribirle una carta como ésa?-. Y cada mañana, al despertar, sois vos la dueña de mi primer pensamiento.
Le lanzó tina mirada furibunda, pero Seiya estaba demasiado concentrado en sus pasos para advertirla.
-Nunca en la vida creí que fuera a encontrar a al guien como vos, alguien que me hace reír aun cuando ya no me queda fuerza para la más mínima sonrisa. Con so lo pensar en vos, el corazón se me llena de alegría: de he cho, ahí guardo especialmente cada una de vuestras son risas, ahí y en la memoria. Nunca sabréis cuánto lamento que el destino no quiera vernos juntos, que las cosas no ha yan sido de otra manera. Por desgracia, son muchas las co sas que lamento de mi vida.
Serena sintió que los ojos se le llenaban de lágri mas al darse cuenta de lo que le dictaba Seiya y al pensar en quién recibiría la carta algún día. Sin mirarla siquiera, Seiya tomó aire y siguió.
-Espero que esta nota os encuentre bien y que son riáis al pensar en mí. No estéis triste como yo: no querría ser el motivo de vuestra tristeza, jamás. Por el contrario, espero que consigáis todo lo que deseáis y que algún día, si las cosas cambian, podáis recibirme en vuestros brazos una vez más. Eternamente vuestro, Seiya
El conde se puso al lado de Serena y miró el papel extendido sobre el escritorio.
-¿Pudisteis escribirlo todo?
Enjugándose las lágrimas que le corrían por las me jillas, Serena negó con la cabeza.
-No, milord.
Seiya resopló con fastidio.
-¿Cómo va a enterarse de mis sentimientos hacia ella si no se lo escribo?
-Ella sabe lo que sentís, Seiya. - Serena lo mi ró y vio el mismo dolor que sentía ella reflejado en los ojos azul zafiro del conde.
-Pero si no se lo escribo...
-Para ella es lo mismo que se lo escribáis o no -di jo ella, tomando la mano áspera y curtida de Seiya-, mientras lo sintáis y lo penséis...
Seiya se hincó de rodillas a su lado y la miró a los ojos con expresión melancólica.
-Es que lo siento, Serena: lo siento cada vez que os miro, cada vez que pienso en vos.
Serena se inclinó con toda la suavidad del mundo para posar sus labios sobre los de Seiya Ah, el sabor de este hombre... Le provocaba vértigo y debilidad, la hacía elevarse hasta la cima del mundo. Era su corazón y su al ma: lo era todo. Y Serena quería demostrarle cuánto sig nificaba para ella, pero no con palabras. Él había hecho lo que ella necesitaba que hiciera para llegar hasta ella, y aho ra le daría lo que él deseaba.
Seiya cerró los ojos mientras los labios de Serena dejaban los suyos y se perdían en su cuello. La lengua jugueteaba sobre su piel, haciéndole caricias deliciosas que le repercutían en todo el cuerpo. La joven nunca había sido tan atrevida con él, y Seiya se deleitaba con la for ma en que ella tomaba las riendas del deseo de ambos. Se guía sintiéndose un estúpido por decir lo que había dicho, pero realmente quería que Serena supiera lo que sentía por ella: le debía eso y mucho más por todo lo que le ha bía dado.
-¿Sabéis...? dijo Serena, despegando los labios del cuello de Seiya . Siempre estuve equivocada res pecto a algo.
-¿Respecto a qué?
-Pensaba que no había en el mundo nada más se ductor que un trovador que cantara las bondades de su dama, pero estaba equivocada. -Recorrió con el dedo el brazo de Seiya y sintió corno dejaba una estela de es tremecimiento en el cuerpo del caballero-. La seducción más increíble es aquella que tiene lugar cuando un caba llero conocido por su bravura habla con el corazón: no co rno un rufián que intenta seducir a una mujer sólo por que puede, sino como un hombre que quiere entregarse por completo. -Seiya sintió que la mirada de Serena lo quemaba, y vio en sus ojos que hablaba con toda sin ceridad-. Os amo, Seiya, siempre os amaré.
Deleitándose en aquellas palabras preciosas, Seiya la besó con intensidad y bebió la dulce miel de su boca. Asió el cabello de Serena y dejó que aquellos tibios v se dosos rizos le acariciaran los dedos, llenos de cicatrices, y que su gentil delicadeza le acariciara el corazón, endure cido por la guerra.
Serena le desató el cordón de las calzas mientras él hacía lo mismo con los nudos que ajustaban su vestido ama rillo pálido. Seiya dejó escapar un gemido profundo y gutural cuando la mano de la muchacha se internó en sus calzas v le ciñó el sexo.
-Me gusta que seáis atrevida conmigo, Serena.
-¿De veras? -preguntó ella, las palabras ahogadas entre los jadeos.
-Sí.
Serena pareció coger confianza con la confesión de Seiya. Tiró de la gonela negra, que estaba atorada bajo el peso de las rodillas del conde. Seiya se movió para que pudiera quitársela. La guerrera negra siguió el mismo ca mino inmediatamente después.
-Hum... -jadeó Serena mientras recorría con la mano el torso desnudo de Seiya-. Sois demasiado apuesto para ser humano.
Antes de que Seiya pudiera responderle, Serena inclinó la cabeza y comenzó a morderle el pezón con de licadeza. Seiya creyó ver las estrellas mientras una oleada de placer inesperado le inundaba el cuerpo. Con la respi ración entrecortada, bajó la vista y observó cómo los labios y la lengua de Serena se divertían castigando su carne.
¿Cómo podía renunciar a esta mujer? ¿Cómo podía darle la libertad cuando lo único que quería era tenerla a su lado para siempre? Y, aun así, no podía hacer nada al res pecto, absolutamente nada.
Serena volvió a morderle un pezón, juguetona, an tes de retirarse. Seiya sintió que se endurecía aún más al ver la sonrisa pícara de la joven, que lo empujaba hacia el suelo con delicadeza. Seiya se recostó sobre su manta y dejó que Serena hiciera lo que quisiera con él. Verla así resultaba vivificante: una tigresa que lo deseaba tanto co rno él a ella. Serena le quitó las botas y luego los calzo nes, y aún seguía vestida cuando le quitó las calzas, lo úni co que lo separaba de la desnudez absoluta. Era la primera vez que una mujer estudiaba su cuerpo con tanta atención. Sonriendo, Serena se levantó y volvió al escritorio.
-¿Qué hacéis, Serena? -preguntó Seiya, con un deje de sospecha.
Serena volvió a la manta.
-Os enseñaré a escribir -respondió con picardía. Con el ceño fruncido, Seiya vio cómo Serena
se sentaba a su lado y le escribía algo sobre el abdomen.
Sintió un escalofrío en todo el cuerpo. -¿Qué escribís?
-Amor vincit omnia -dijo ella con una sonrisa-. «El amor todo lo vence».
Seiyase incorporó y, apoyándose sobre sus codos, observó las manchas de tinta sobre su abdomen mientras Serena escribía algo más debajo de esa frase.
-¿Y eso?
Serena se mordió el labio v le dedicó una mirada traviesa.
-«Pertenezco a Serena ».
Seiya arqueó una ceja.
-Así es, ¿no?
Serena asintió, con una sonrisa infantil. Seiya la acercó hacia sí y la puso de espaldas contra el suelo: aho ra -vacía bajo su cuerpo, y le brillaban los ojos. La besó y la volvió a besar antes de quitarle rápidamente el vestido y los zapatos.
-Ahora veamos qué puedo hacer yo. -Tomó la pluma de manos de Serena y, mirando su propio abdo men, intentó copiar las palabras. Serena lo miraba, y el corazón se le aceleraba mientras Seiya intentaba escri bir «pertenezco» pero confundía la orientación de la «p» y la «z»: era lo más hermoso que ella había visto en su vida. Seiya la miró con ansiedad-. ¿Cómo se escribe mi nombre? - Serena tomó la enorme mano de Seiya y le enseñó a escribir su nombre: «S-e-i-y-a-». Seiya se sentó sobre sus talones para inspeccionar su trabajo-. ¿Así está bien?
Los ojos de Serena se nublaron al leer esas palabras escritas con una letra que no era precisamente elegante pe ro que decían que ella le pertenecía a Seiya. Aunque al gunas de las letras estaban deformadas y resultaban difí ciles de leer, era lo más maravilloso que habían contem plado sus ojos.
-Es precioso, milord.
-Sí -musitó él, mirándola de pies a cabeza con los ojos encendidos de pasión-. Ya lo creo.
Serena dejó escapar un suspiro de placer cuando Seiya le acarició los senos con la pluma. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo: ¡nunca había sentido algo así! Seiya tenía los ojos ardientes de pasión y una sonrisa pí cara dibujada en la cara mientras exploraba con la pluma y su boca cada rincón del cuerpo de Serena. ¿Cómo ima ginar que una simple pluma pudiera ser fuente de tanto placer?
Serena se retorcía, presa de la dicha dulce y de sesperada que le causaba el contacto abrasador del conde: era tan cálido y varonil, tan suave. Serena adoraba sentir los músculos de Seiya cuando la rodeaban y el cuerpo ás pero, duro y masculino que se frotaba contra su piel. Lo besó una, dos y tres veces, inhalando su perfume y emborrachándose con su poder. La luz de las velas dibujaba fi guras sobre la piel bronceada del conde y danzaba entre los reflejos de su negra cabellera. Serena le rozó el vello de las mejillas y la mandíbula con el dorso de los dedos: la piel varonil la raspaba suavemente.
-Eres magnífico, Seiya. No me sorprende que las mujeres te persigan.
Seiya inclinó la cabeza para besar el valle que se formaba entre los senos de Serena v la acarició con la na riz, con muchísima ternura.
-Pero no quiero que me persigan, Serena: ningu na tiene lo que yo deseo.
Gemía mientras lamía y estimulaba con la lengua la piel dulce de Serena. Era tierna y delicada, en un mun do donde rara vez se encontraban esas cualidades. Sus ca ricias eran más suaves que el terciopelo, y hacían estragos en todo el cuerpo de Seiya. Serena rodeó la cintura del conde con sus piernas de seda, lo apretó con firmeza y ro dó sobre la manta para quedar encima de él.
Seiya alzó la vista, sonriente, y se encontró con la sonrisa de Serena. La rubia cabellera de su amante, que caía hacia delante y los cubría a ambos, le hacía cosquillas en la piel desnuda y los pezones. Era como si una ninfa sal vaje se hubiera escabullido en su tienda a escondidas: los ojos le brillaban mientras se mordía el labio inferior y re corría con su mirada hambrienta el cuerpo de Seiya.
-¿Puedo hacer lo que quiera con vos, milord?
Seiya jadeó al escuchar la pregunta e imaginar a Serena cuando le prodigara las más placenteras torturas.
-Siempre a vuestra entera disposición, milady.
Serena lo besó. Seiya suspiró ante la pasión des controlada de los labios de Serena, que se escaparon del beso y bajaron despacio hasta el cuello. Seiya sintió que el aliento le quemaba la piel. Serena lo mordía y lamía en su camino a lo largo del torso, el abdomen y los muslos del conde, excitándolo hasta la locura.
Seiya se incorporó y se apoyó sobre los codos pa ra ver cómo le recorría las piernas. El cuerpo se le estre meció de delicioso placer cuando Serena llegó a los pies y le hizo cosquillas. Ella estalló en risas y volvió a la car ga. Seiya sonrió: realmente adoraba ver cómo le hacía el amor. Ninguna mujer lo había hecho sentir tan especial, tan deseado, y no sólo en sentido físico. Todas las mujeres deseaban su cuerpo, pero Serena era diferente: buscaba algo más que sus títulos y su sexo. Con ella podía ser él mismo y a ella podía revelarle los secretos que guardaba con más celo.
Serena cambió la dirección de los besos, y comen zó a subir por las piernas de Seiyahasta llegar al centro de su cuerpo; allí se detuvo y dejó escapar un suspiro cá lido y estremecedor sobre el extremo mismo de la mascu linidad del conde. Seiya hundió los talones en la manta al sentir los escalofríos que lo recorrían y le provocaban es pasmos de placer en todo el cuerpo. Serena dudó por un instante, como si estuviese perdiendo ímpetu, pero final mente ciñó al conde con su boca.
Cerrando los ojos, Seiya se perdió en el placer que le regalaban los labios suaves y húmedos de Serena al acep tar dentro su sexo: la lengua bailaba contra su carne y lo hacía sentir más duro, más pesado. Enterró la mano en la cabellera de Serena mientras miraba cómo le daba placer: la imagen del cabello rubio desparramado sobre su torso estuvo a punto de hacerlo explotar. Sin embargo, no esta ba listo para eso. Todavía no.
Serena se sorprendió al ver que Seiya se incor poraba con rapidez.
-No pares -le dijo él entre jadeos mientras arras traba el cuerpo de su amada hacia sí. Serena no entendía qué intentaba hacer Seiya hasta que él se recostó a su la do y se colocó de manera que ella quedó encinta de él, con las piernas a la altura de la cabeza del conde.
-¿Seiya? -Las manos cálidas del caballero le re corrían la espalda mientras sus senos se apretaban contra los surcos firmes del abdomen masculino.
-¿Sí? -preguntó él mientras le mordía la parte in terna del muslo.
-¿Qué estáis...? -Las palabras de Serena se per dieron en el jadeo que dejó escapar cuando sintió los labios del conde hundidos en el centro de su cuerpo y compren dió finalmente su intención. Se tomó un momento para dis frutar del placer que le provocaban las caricias y la lengua de Seiya, y luego se dispuso a saborearlo a él una vez más, con el mismo deseo que el caballero.
Seiya era tan espléndido. Serena temblaba mien tras ambos daban y recibían. Eso era lo que más amaba de su guerrero. No le bastaba con coger cosas de los de más: siempre deseaba entregarse, considerado y gentil. Seiya representaba la antítesis de todo lo que buscaba Serena en un hombre y, al mismo tiempo, todo lo que había querido y más.
Sólo quería estar con él y tenerlo cerca, pero sabía que Seiya no se quedaría a su lado: siempre sería como el halcón que rompe sus pihuelas y escapa de cuanta jau la le destinan. Ninguna mujer podía retener a un hombre tan orgulloso y comprometido con su causa, y esa certe za le causaba dolor. Pero Serena se negaba a pensar en el final de ese mes, fecha en que se separarían: prefería no pensar más que en los momentos que pasaban juntos, y concentrarse en el hecho de que, al menos por un rato, ha bía domesticado al halcón y logrado que comiera de su mano.
Serena gimió al sentir que el cuerpo le explotaba. Seiya no se apiadó de ella ante ese clímax y continuó la miéndola y provocándola hasta que se hubo calmado el último temblor del cuerpo y la joven pidió clemencia. Riendo, rodó sobre la manta para quedar sobre Serena, avanzó sobre cl cuerpo que ahora tenía debajo, se aco modó entre sus muslos y, mirándola a los ojos, deslizó su sexo dentro de las húmedas y abrasadoras profundidades de Serena.
El cuerpo de la joven se arqueó contra el de Seiya para recibirlo cada vez más adentro. El caballero ya se había saciado de los delicados juegos amorosos y em bestía ahora con fuerza, buscando un alivio pasajero que no le permitiera pensar en lo inevitable. Quería estar así con su amada para no recordar las palabras de Diamante, que amenazaba con llevársela de su lado. No quería dejarla ir y no sabía cómo retenerla. ¿Había alguna solución? No, Seiya sabía que no: en la vida real los sueños rara vez se cumplían.
Seiya aulló al llegar al éxtasis. Serena lo abrazó, viendo el placer que se reflejaba en su expresión y sintien do los temblores que le recorrían el cuerpo. La simiente cá lida del conde se derramaba en su interior, y los unía como no podía hacerlo otra cosa. La joven cogió el rostro de Seiya con las manos y se incorporó para besarlo; luego vol vió a recostarse, mientras él le mordía los labios y le aca riciaba la mejilla. Sentía los latidos del corazón de Seiya contra sus senos. Él recostó la cabeza sobre el hombro de la joven y la abrazó en silencio, mientras ambos volvían flotando a la realidad de sus cuerpos.
-Quedaos conmigo esta noche, Serena -le susu rró-. Quiero dormir con vos en mis brazos.
Serena abrió la boca para decirle que era imposi ble, pero se calló. Había cubierto a sus damas de compañía muchas veces para que fueran a retozar con sus amantes: ya era hora de que le devolvieran el favor. Y su tío no la buscaría en su habitación tan tarde. Nunca lo hacía. Tenía una rutina impecable: después de cenar, se retiraba a los aposentos de Artemis, donde jugaba un rato al ajedrez an tes de volver a su cuarto para acostarse a dormir. Nunca la molestaba. Sólo ella y sus damas sabrían la verdad si se que daba esa noche con el caballero.
-Tendréis que ir donde Lita por la mañana y pe dirle que me traiga otro vestido para que nadie sepa que pasé la noche aquí -dijo ella en voz baja.
Seiya se separó y la miro, incrédulo.
-¿Entonces os quedaréis?
-Sí.
Los ojos de Seiya brillaban de felicidad mientras levantaba a la joven en brazos y la llevaba hasta la cama. Serena se cubrió con la manta y lo observó mientras él recogía las ropas y las guardaba en el cofre que había jun to al enorme catre. Allí, en esa cama, Serena se sentía in vadida por el aroma de Seiya, que impregnaba la almo hada y la manta, pero, sobre todo, la impregnaba a ella y, así, indicaba que, en efecto, le pertenecía a Seiya.
El conde cerró la cortina que separaba la zona don de dormía del resto de la tienda y apagó las velas. Serena sintió un poco de miedo ante la oscuridad repentina, pero se tranquilizó al sentir que la cama se hundía bajo el peso de Seiya. El conde la rodeó con los brazos y la apretó contra su cuerpo desnudo. Suspirando de satisfacción, Serena se acurrucó contra su amado y se limitó a inhalar su perfume cálido y masculino.
-¿Seiya?
El conde se estremeció al oír la voz del Cisne al otro lado de la cortina.
-Estoy durmiendo, Cisne: si aprecias tu vida, no me molestes.
-¿Estás solo?
-Cisne -repitió con voz seca v cortante-. Si no te das la vuelta y sales de la tienda, juro que te daré una mi sión en Tierra Santa.
-Buenas noches, milord -respondió el Cisne con firmeza, y agregó en el mismo tono-: Por su bien, espero que esté solo.
Al oír que el Cisne se alejaba, Seiya resopló con fastidio.
-Dios... Debería trabajar de nodriza.
Serena ahogó la risa en el hombro del caballero.
-Sería una buena nodriza, ¿verdad?
-Sí, siempre y cuando el pobre niño que pongan a su cargo no lo asesine mientras duerme.
Serena volvió a reír, y se acurrucó entre los brazos de Seiya para descansar en silencio. Cerró los ojos, y el sueño no tardó en visitarla. Sin embargo, mientras se en tregaba a los brazos de Morfeo, le rondaba una idea en la cabeza: había estado con Seiya más de lo debido, y esa se mana debía tener su período. ¿Qué pasaría si no le llegaba?
Seiya despertó antes de que amaneciera, en compañía de los suaves ronquidos de Serena. Sonrió al oírla y al verla recostada contra su hombro, con una mano bajo la barbi lla, el cabello largo y rubio desparramado sobre la espal da y el borde del catre. Estaba hermosa bajo la luz tenue del alba. Seiya sintió que le invadía la lujuria pero se con tuvo: parecía cansada, y no cabía duda de que dormir un poco le vendría bien. Le había dicho que tenía problemas para conciliar el sueño desde la muerte de Rei. Sin embargo, en sus brazos parecía estar en paz. Seiya se sin tió reconfortado ante esa imagen.
El conde besó la mano de la joven y se levantó, muy a su pesar, moviéndose con cuidado para no tirarle del ca bello ni despertarla. Había mucho que hacer: debía reunir a sus hombres y pedir al Cisne que enviara un mensajero donde el Escocés para saber cómo habían llegado su her mano y los demás.
Se volvió para mirar a Serena y sonrió: estaba dis puesto a dar todo por despertar así cada mañana... Suspi rando ante esa ilusión innecesaria, se lavó a toda prisa, se vistió y se fue a desayunar.
Serena no sabía qué hora era cuando la despertó una voz fuera de la carpa de Seiya. Al abrir los ojos, tardó un instante en recordar dónde se encontraba, y se son rojó al darse cuenta de que seguía desnuda en la cama del conde. Alguien -con suerte, Seiya- había dejado un vestido azul sobre el cofre. No había rastros del vestido amarillo que había usado la noche anterior. También le habían dejado un aguamanil, toallas y una gran jarra de agua.
Se destapó para lavarse y vestirse, y rio al ver las pa labras de Seiya escritas sobre su abdomen. El recuerdo del tacto del conde aún le quemaba la piel. Posó la mano sobre las letras y sonrió con ternura: tendría cuidado de conservarlas un poco más. Se lavó y se vistió rápidamente, por miedo a que la encontraran desnuda en los aposentos del conde. Por fortuna, Lita le había enviado un vesti do que se ajustaba por el frente y no por la espalda: su ami ga siempre pensaba en esos detalles.
Después de calzarse las medias limpias que le habían traído y los zapatos, se dirigió a la entrada de la tienda. En cuanto comenzó a bajar por la colina, vio a un grupo de caballeros reunidos en círculo y oyó la voz de una vieja que preguntaba en árabe si alguien le entendía. Los caballeros la trataban con prepotencia y hostilidad, insultándola en normando. Si alguno entendía lo que decía la mujer, no es taba dispuesto a ayudarla.
-Yo entiendo árabe -dijo Serena mientras se abría camino entre la multitud. Los hombres se hicieron a un lado para dejarla pasar, con aire furioso, pero Serena estaba acos tumbrada a esas expresiones, así que no les prestó atención y se dispuso a ayudar a la mujer. En el centro del círculo de ca balleros, Serena encontró a una anciana vestida con ropas de sirvienta sarracena, que sostenía la mano flaca y frágil de un niño de no más de ocho años. Él también llevaba un atuen do árabe, pero las facciones y la piel blanca eran claramente europeas: el sombrero dejaba escapar algunos mechones do rados, y los ojos grandes tenían el color de la miel. Parecía aterrado ante los hombres enormes que los rodeaban.
-Milady -dijo la sarracena, haciendo una reve rencia respetuosa-, ¿podríais ayudarnos, por favor?
Serena contestó con una sonrisa.
-¿Qué puedo hacer por vosotros, buena mujer?
La anciana se irguió despacio y puso al niño delan te de ella. Los ojos del pequeño miraban fijamente a Serena, como si ella le provocara más temor que los caba lleros. Aun así, era un niño muy guapo.
-Me pidieron que trajera a Alexander junto a su pa dre. -A Serena le costó distinguir el nombre tal como lo pronunciaba la anciana, en un árabe cerrado-. Me dijeron que estaría aquí con otros caballeros como él.
Tenía sentido: la mayoría de los caballeros europeos de cierto renombre estaban allí, y el niño podía ser hijo de cualquiera de ellos.
-¿Y quién es el padre?
La anciana dio un ligero empujón al niño para que se acercara a Serena.
-Muéstrale tu escudo a la dama, pequeño. -El ni ño sacudió la cabeza v, asustado, se alejó de Serena -. Se hará la voluntad de Alá, Alexander: muéstrale el blasón de tu padre.
Los ojos del niño se llenaron de lágrimas, y parecía a punto de huir. A regañadientes, tiró de la cadena que col gaba del cuello v extrajo un pequeño emblema heráldico, similar a los que usaban muchos caballeros. Serena se acercó para poder ver el escudo de armas. El medallón de Alexander estaba viejo y gastado, y había desaparecido ca si todo el esmalte. Aun así, Serena supo al instante a qué familia representaba. Se le paró el corazón: conocía a su pa dre, y lo conocía muy bien.
-¿Quién es tu madre, Alexander? -preguntó Serena, esforzándose para que su tono siguiera siendo cor tés y comedido.
El niño miró a la anciana.
-Díselo -le instó ella.
-Rei de Cornualles -dijo el niño, y su tono delataba tanto miedo como sus ojos-. Pero me dijeron que murió.
Serena sintió que le faltaba el aire. Era verdad: el pequeño en efecto se parecía a su amiga. Ahora que la ha bía mencionado, veía claramente las facciones que compar tían. Sin embargo, no había ni un solo rasgo que indicara que era hijo de su padre.
-¿Qué dicen, milady? -preguntó uno de los ca balleros mientras la multitud se impacientaba.
-Seguro que son mentiras. Yo digo que los ma temos.
Serena frunció el ceño y miró a los caballeros que los rodeaban.
-¿Os importaría callaros? -dijo en normando, lan zándoles una mirada furibunda-. ¿No veis que están ate rrados?
-Y bien que hacen.
-Yo digo que los ahorquemos como advertencia para los otros de su raza.
Serena se irguió.
-Tendréis que pasar por encima de mi cadáver.
-Eso no será ningún problema.
Uno de los caballeros comenzó a acercarse, pero de pronto se vio arrastrado hacia atrás.
-De hecho, sí será un problema-interrumpió Seiya con furia . Para llegar a la dama, primero tendrás que derrotarme a mí.
Uno de los caballeros escupió al suelo.
-Siempre defendiendo a perros sarracenos. Seiya se volvió para mirar al hombre con un odio tan intenso que Serena sintió un escalofrío de miedo. -¿Me estás desafiando?
El caballero se retiró de inmediato junto con los de más. La respiración de Serena era entrecortada, pero se sentía agradecida, una vez más, por la intromisión de Seiya. El conde miró a Serena y sus facciones no tardaron en relajarse, al menos hasta que advirtió, perplejo, la pre sencia del niño y la anciana.
-¿Qué hacen aquí? -le preguntó a Serena.
-Están buscando al padre del niño.
Seiya asintió, con una inocencia evidente en la mi rada.
-¿Queréis que vaya a buscarlo? -No, no es necesario.
-¿Qué queréis decir? -preguntó, con el ceño frun cido. ¿ Está muerto?
-No, Seiya -respondió Serena, señalando el collar del niño . El padre sois vos.
