Aclaración:

Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación.


Capitulo 14


El coche del correo paraba diariamente en la suave y ondulada campiña del condado de Leicester, a la altura del pintoresco mercado de Melton Mowbray. Un robusto muchacho a cargo de una importante responsabilidad saludaba al tranquilo conductor del coche del correo todos los días y recogía los envíos del gobierno que habían sido franqueados para su patrón, junto con el ejemplar diario del London Times del señor.
El muchacho emprendía entonces el trayecto de una hora de duración por la verde y agradable campiña, agradeciendo los caminos con sombra, pues el sol brillante calentaba con fuerza. Al final, el tejado de pizarra de cuatro aguas de la majestuosa casa solariega se elevaba por encima de la cuesta que tenía ante él. Al llegar a lo alto de la cuesta el muchacho se detuvo para recobrar el aliento.

La brisa ensortijaba su cabello despeinado mientras contemplaba la casa solariega de ladrillo rojo abrigada por las colinas onduladas, con su estanque brillante bajo el cielo azul veraniego. Sin embargo, no se detuvo demasiado ya que el conde Otsutsuki estaría esperando el Times. Colgándose en el hombro la cartera de piel con el correo y el periódico, entornó los ojos para protegerse de la luz del sol. Podía ver a lo lejos a los albañiles y carpinteros subidos en los andamios, arreglando el ala este de la casa que se había incendiado antes de que la pobre y guapa condesa pelirroja se ahogase.
«Pobre señor», pensó el muchacho, mientras divisaba cómo su señoría salía cojeando apoyado en su bastón para inspeccionar los progresos de los trabajadores.

El muchacho realizó el resto del trayecto hasta su destino andando a trote corto, portando su preciosa carga. Cuando se acercó a él, el amable conde le revolvió los cabellos con una sonrisa y cogió el periódico.

Ashura se metió en su estudio con el ejemplar del día del Times bajo el brazo, cerró la puerta tras él y apoyó su bastón contra la pared. Con la boca contraída de ansiedad, se puso el monóculo y examinó el diario en busca de alguna noticia sobre la muerte de Toneri. Tras varios minutos de búsqueda concienzuda, los ojos de Ashura se entornaron.

Nada.

Se puso en pie con el ceño fruncido y el monóculo se le cayó del ojo.

-Maldita sea, Uzumaki, ¿Qué estás esperando?

Naruto había prometido que vengaría la muerte de Fûka y que destruiría a Toneri, pero desde que él se había marchado a la campiña, el duque no había hecho más que pasear por Londres del brazo de su joven y deslumbrante acompañante. Podía entender perfectamente que Uzumaki fuera un hombre viril y que tal vez necesitara el consuelo de una mujer después de la muerte de Fûka. Sin embargo, no le agradaba la idea. Estaba claro que el duque necesitaba que le recordasen cuál era su misión. Ashura pensaba regresar a la ciudad al cabo de unos días para asistir a la velada conservadora que iba a celebrar la anfitriona de Uzumaki en nombre de su protector. Entonces vería por sí mismo qué demonios había entre aquella cortesana y el hombre destinado a ser su yerno.

...

A medida que avanzaba el verano, Toneri Otsutsuki se vio inundado por un abatimiento y una tristeza absolutos cuya existencia desconocía hasta entonces. Solo tenía ganas de sentarse en el mirador del club y contemplar con amargura el desfile de la Victoria, que parecía burlarse de su derrota. «Ya no querrá ser mi esposa».
Se bebió de un trago su vaso de cerveza y se marchó, e intentó eludir la inquietud que anidaba en su pecho conduciendo un rato. Redujo la velocidad para mirar lascivamente por la ventana de la tienda donde había visto a Hinata probarse sus bonitos vestidos. «La odio. La quiero. La necesito.» Maldita sea, ¿a qué clase de intercambio se refería Uzumaki aquella noche en Vauxhall?. Lanzó la colilla de su puro a la calle e hizo restallar nuevamente las riendas de su carruaje con una sonrisa desdeñosa. Avanzó a toda velocidad por las calles de Londres como si quisiera dejar atrás su obsesión. ¿Por qué no podía olvidarla? No entendía por qué ella lo atormentaba de ese modo y hacía que se enfadase tanto. O bien era el destino, o mucho se temía que había algo que no funcionaba bien en su cabeza.

Fue a todos los lugares donde solía encontrarla vendiendo naranjas y al piso sombrío en una de cuyas habitaciones de alquiler se había alojado. Abandonó los alrededores de la ciudad y se dirigió hacia el norte en dirección a Islington, hasta que llegó al sombreado camino bordeado de árboles que conducía a la Academia para Jóvenes Damas de la señora Ayame, el lugar donde había trabajado Hinata, ya que había dado con una forma de vengarse de Uzumaki, si finalmente se atrevía.

La academia se alzaba en la vecindad de un pequeño y pintoresco pueblo, aunque apartada y distante como una soltera adinerada a la hora del té. Después de haber ido a ver a Hinata todos los días durante un mes, Toneri conocía el horario diario de la escuela, al igual que la distribución de los jardines. La imponente academia de ladrillo estaba separada del grupo de tiendas y del pub por una extensión de campo verde, unos antiguos campos comunales en los que se habían plantado flores y habían acabado convertidos en un parquecillo. En medio del césped había un estanque perfectamente cuidado con una bandada de gansos, algunos patos y un espléndido cisne que contemplaba vanidosamente su reflejo. A las estudiantes les gustaba dar de comer a las aves acuáticas.

Toneri detuvo su carroza al lado del camino, saltó del carruaje y dejó el vehículo al cuidado de su temeroso mozo de cuadra. Miró su reloj de bolsillo mientras cruzaba la calle despreocupadamente en dirección a la panadería. Allí compró una barra de pan y a continuación salió de nuevo al exterior, bajo el sol cegador, y caminó hacia el estanque para dar de comer a los patos con el aire de un hombre que no se metía donde no lo llamaban.

Al inclinarse para lanzar unas migas a las aves oyó, justo a tiempo, el sonido de la campana de la academia a sus espaldas. Una tenue sonrisa asomó a sus labios. Ese día iba a atraer a su presa lo suficiente para que se acercase a hablar con él. Lo intuía. Oyó a su espalda cómo reían entre dientes y charlaban las alumnas mientras salían en fila de la exclusiva academia, de dos en dos, para disfrutar de su paseo diario. Miró lentamente por encima del hombro en dirección a las muchachas.

Caminando con elegante decoro y vestidas de blanco virginal, las estudiantes avanzaban por el camino que conducía hacia los campos comunales donde solían entretenerse. Había unas treinta en total. Toneri las recorrió con sus ojos expertos, pero su mirada se posó en una joven belleza que permanecía apartada del grupo como el cisne entre los patos.

Lady Ino Uzumaki: la querida hermana pequeña del conde.

Ella constituía el medio perfecto para enseñarle a Uzumaki que no se jugaba con Toneri Otsutsuki. Mientras que las otras chicas lucían sombreros o llevaban el pelo recogido en trenzas o rizado, Ino tenía una melena de cabello color rubio que flotaba como una nube alrededor de su cara con mejillas de manzana. Era una joven traviesa, descarada, atrevida y precoz con los pómulos elevados, y brillantes ojos azules con una sensual forma de almendra, se reía más a menudo y de forma más sonora que cualquiera de las demás chicas, estaba siempre en movimiento, y parecía bailar cuando andaba. Tenía al menos dieciséis años, diecisiete como mucho, y su cuerpo poseía una elegancia grácil digna de una ninfa que se adecuaba perfectamente a su conducta animada y traviesa.

Era lo que Toneri necesitaba. Y, mientras aguardaba a que se acercase con la experta paciencia de un cazador, sintió algo más que el despertar del deseo. La excitación palpitaba en su interior. La brisa llevó hasta él unas risitas nerviosas, y percibió la emoción de la muchacha al descubrir que había vuelto su admirador. Pero ¿cómo iban a hablar el uno con el otro? Él esperaba aprovecharse de su ingenuidad juvenil, pero sabía que ella tenía prohibido dirigirse a un hombre sin que antes le hubiera sido presentado formalmente. Él tampoco podía dirigirle la palabra sin infringir las normas del decoro.

Lady Ino se acercó por el sendero con su compañera, una chica insulsa con el pelo rosa extraño recogido en un moño. Ino llevaba una sombrilla llena de volantes y andaba con la delicadeza de una potrilla vanidosa en una plaza de armas ante la proximidad de un semental, mientras su anodina amiga leía un libro en voz alta.

En vista de las seductoras y coquetas miradas que la joven le lanzaba, Toneri consideró que estaba más que ansiosa por ser seducida. Podía imaginar perfectamente lo mucho que debía de atormentar a los muchachos de su edad, pero seguramente no había recibido antes semejantes atenciones por parte de un hombre, un hombre que sabía cómo satisfacer los florecientes deseos que sin duda invadían su cuerpo adolescente. Todo apuntaba a que la joven tenía una naturaleza lujuriosa. Cuando Ino le lanzó otra mirada furtiva, él se mojó los labios y le sonrió.

Ella agitó su cabello y apartó la vista al tiempo que se sonrojaba. Su amiga siguió su mirada e inmediatamente frunció el entrecejo, con el rostro demacrado y reprobatorio de una institutriz. Hablaron en voz baja. Toneri sonrió para sus adentros. Se le ocurrió que cuando consiguiera estar a solas con ella a Ino tal vez le apeteciera echar una ojeada a sus cicatrices. A las mujeres les encantaban.

Partió unos pedazos de pan y se los tiró a los patos, sintiendo las miradas de las muchachas posadas sobre él. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, lady Ino demostró que había heredado el don de su madre para el flirteo. Ya fuese debido al ingenio femenino o a la intervención de una hembra todavía más coqueta que ella, la madre naturaleza, la ligera sombrilla de seda de Ino resbaló de su mano enguantada, fue arrastrada por una ráfaga de aire igual que una cometa, y aterrizó en medio del estanque.

Toneri se dio la vuelta justo cuando ella echaba a correr en dirección a la orilla del estanque, en medio de los ruidosos patos. Ino patinó y se detuvo junto a él.

-¡Oh, no! -gritó la joven, llevándose las manos a las mejillas como Sarah Siddons en el escenario del Covent Garden. Toneri estuvo a punto de caer rendido a sus pies ante aquel gesto.

-Señorita -dijo con una humilde reverencia, conteniendo la risa-, permítame.

-Señor, no puedo abusar de su amabilidad...

Pero Toneri se quitó la chaqueta con una media sonrisa galante y empezó a meterse en el agua para recuperar el caro articulo. Con el cuerpo sumergido en el agua fría hasta los muslos, alargó la mano y agarró el objeto, ocultando su irritación por haber estropeado unas botas que le habían costado setenta guineas. Vengarse de Uzumaki merecería la pena, se dijo. Regresó a la orilla, donde su pequeña presa lo esperaba radiante y sonrojada, mientras el viento agitaba sus cabellos dorados.

-Me temo que ha quedado inservible -dijo, saliendo del lodo y tendiéndole la sombrilla. Una cascada de risas entrecortadas brotó de los labios de ella.

-Gracias, señor...

-Sir Toneri Otsutsuki, a su servicio, mademoiselle.

-Hola, yo soy Ino -susurró, echando una ojeada por encima del hombro. Su amiga permanecía apartada con el entrecejo fruncido. Una maestra con delantal avanzaba hacia ellas.

-Es usted preciosa -susurró él-. ¿Puedo escribirle? Ino abrió los ojos como platos, radiante de emoción.

-¡Creo que no es lo correcto!

-Tampoco lo es que las señoritas tiren sus sombrillas a los estanques- se burló Toneri sutilmente-. ¿Tanto le agrada la corrección?

-Ino -le avisó su compañera-, viene la señorita Alverston!

-Entretenla, Sakura -replicó ella por encima del hombro. -¿Le gusta pasear en coche? Venga a dar una vuelta conmigo.

-¡Sir Toneri! -exclamó ella, mostrándose escandalizada e increíblemente anhelante al mismo tiempo.

-Le enseñaré a conducir mi carruaje. ¿No le gustaría? Se lo enseñaré todo -susurró, mirando sus labios rosados.

-¡Lady Ino! ¡Deja de molestar a ese caballero ahora mismo! -chilló la monitora al llegar junto a ellas.

-Se le cayó la sombrilla, señorita Alverston -intentó explicar la compañera. Ino no prestó atención a ninguna de las dos y se quedó mirando a Toneri, embelesada ante las seductoras palabras que había pronunciado, con sus grandes y aterciopelados ojos azules muy abiertos. La mujer se acercó y la agarró de la muñeca.

-Buenos días, señor, esto es una propiedad privada. Tendrá que leer el periódico en otra parte.

-Oh, no lo sabía, lo siento -dijo él con suavidad, mirando a la mujer despectivamente.

-Gracias por recuperar mi sombrilla -afirmó Ino mientras la maestra le tiraba de la muñeca, y a continuación la joven belleza se dio la vuelta y empezó a moverse para no quedarse atrás.

Sin embargo, su prudente compañera, a la que ella había llamado Sakura, se detuvo y miró a Toneri con los brazos en jarras.

-Me acuerdo de usted -le advirtió Sakura-. Es el hombre cruel que hizo que despidieran a nuestra profesora favorita. ¡Será mejor que no vuelva por aquí!

-¿Y qué vas a hacer tú para evitarlo?

-¡Lo delatare!

-Dios mío, tendré que soportar el regaño de la directora.

-No es a ella a quien se lo contaré... grosero. Se lo diré a los hermanos de lady Ino... ¡A los cinco! ¡Y lo harán picadillo! -Sakura -gritó alguien.

-¡Ya voy!

-Más vale que tengas la boca cerrada -refunfuñó Toneri.

-Y más vale que usted no se acerque a mi mejor amiga -dijo ella en tono malhumorado, y se dio media vuelta y volvió corriendo a la escuela.

Toneri se burló de ella mientras veía cómo se marchaba, consciente de que sus planes probablemente se iban a ver frustrados.

Por muy dulce que aquella venganza pudiese resultar, perseguir a Ino Uzumaki era un acto suicida. El conde Uzumaki solo ya era un enemigo lo suficientemente importante, no quería ni pensar lo que sería ponerse a mal con el bandido de Nagato o con Gaara, el héroe de guerra que seguramente regresaría pronto.

Escupió sobre la hierba de color esmeralda y volvió al carruaje con paso airado.

...

Tal vez no fuera imparcial, pensó Naruto, pero mientras la música de la orquesta vibraba a través del salón Argyle la noche del baile de las cortesanas, decidió con considerable orgullo que su anfitriona era de lejos la mujer más hermosa del lugar. Un deslumbrante vestido azul claro cubría sus esbeltas curvas y dejaba a la vista una porción tan generosa de escote que hacía que a Naruto se le hiciese la boca agua. Le habría gustado verla sin nada a excepción de aquella gargantilla de diamantes y lapislázulis que brillaba en su cuello.

Había vuelto a gastarse un dineral en ella y la había sorprendido con aquel regalo justo antes de la fiesta. Cuando Naruto se dio cuenta de que estaba sumiéndose rápidamente en aquella locura y de que ni siquiera le importaba, dejó escapar un suspiro de arrepentimiento. Solo con verla se le levantaron los ánimos.

Hinata estaba charlando con tres de las Cuatro Estupendas, animando la fiesta para diversión de Naruto, y encandilando a todo el que se cruzaba con ella. Parecía que tuviera un fulgor dorado a su alrededor que hiciera que todo el mundo se dirigiera hacia ella y se marchara sonriendo... sobre todo si esas personas eran hombres, pensó Naruto, que empezaba a impacientarse con el círculo social de Hinata. Quería que volviese a su lado, que era donde ella debía estar. Que Dios lo perdonase, pero estaba loco por ella.

Agitó su brandy con el entrecejo fruncido y dejó la copita en el bar, preguntándose si acabaría tan obsesionado con aquella mujer como Toneri. Con la mirada clavada en ella, avanzó resueltamente entre la multitud respondiendo mecánicamente a los saludos de sus conocidos. No hizo el menor caso a la vistosa fiesta que tenía lugar a su alrededor; toda su atención estaba centrada en ella. Historias picantes, carcajadas roncas, brincos, besos y arrumacos descarados se sucedían por todas partes. Las cortesanas daban permiso a los hombres para que se portasen mal.

Hinata vio que él se acercaba y sus ojos resplandecieron de tal forma que su brillo oscureció el lustre de las joyas. Una sonrisa cautivadora asomó a sus labios. Naruto estaba hipnotizado.

Ella le sostuvo la mirada mientras él atravesaba el grupo de hombres que la rodeaban. El corazón de Naruto se encendió en cuanto la tocó. La tomó de la mano mirándola con embeleso y la condujo hacia la pista de baile, ajeno a las protestas de los jóvenes que habían estado pidiéndole un baile. La persuadió con una mirada leve e íntima y la introdujo en el minué. Ninguno de los dos alteró su mirada desafiante durante el baile. Naruto estuvo pendiente de todos los movimientos de Hinata, aspirando la fragancia de su perfume cada vez que ella pasaba junto a él siguiendo los pasos del baile. Ella bajó la barbilla y le lanzó una mirada cautivadora por encima del hombro al pasar a su lado. Naruto extendió el brazo y la detuvo poniéndole una mano en la cintura. Hinata lo miró en actitud dubitativa.

Dejaron de bailar, aunque el minué continuó a su alrededor. Se miraron el uno al otro a escasos centímetros de distancia, inmóviles, sin ni siquiera besarse, como las figurillas de porcelana de una pareja de amantes. Naruto podía oír el pulso de la sangre en sus oídos. Y entonces, bajo los alegres sones de la orquesta, oyó otra melodía en el interior de su corazón, libre, salvaje y dulce como el canto de un ruiseñor.

Hinata lo miró fijamente con los labios ligeramente entreabiertos y los ojos brillantes de asombro, como si ella también lo oyera.
Entonces él lo supo. Le cogió la mano, temblando por dentro con un temor reverencial. Era inútil. Lo imposible había sucedido. Estaba enamorado de ella, Hinata no sabía qué estaba pasando. Su protector la miraba fijamente como si hubiese sido alcanzado por un cometa llameante. Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien, cuando Tsunade se acercó a ellos y enlazó alegremente su brazo en el de Hinata.

-Excelencia, lo siento mucho pero tengo que llevármela. Se la traeré en un momento. Hinata, si eres tan amable, hay alguien que quiere verte...

-No -dijo Naruto con voz áspera, agarrando a Hinata con fuerza de la muñeca. Tsunade y Hinata se giraron sorprendidas. Él pareció percatarse entonces de lo descortés de su conducta. Tsunade se echó a reír y lo golpeó suavemente en el brazo con el abanico.

-Pórtese bien, Uzumaki. Hinata está aquí para entretener al personal, ya lo sabe. Naruto soltó la mano de Hinata y la miró de forma implorante.

-Ella puede hacer lo que le parezca correcto, de eso estoy seguro. Hinata frunció el entrecejo.

-¿Te encuentras bien?

-Estoy perfectamente -susurró él.

-Date prisa, niña. Es urgente. -Tsunade empezó a tirar de ella. Hinata la siguió con paso ligero, pero miró por encima del hombro en dirección a Naruto mientras Tsunade tiraba de ella. Él seguía mirándola, con sus ojos azules brillando intensamente.

-¡Vamos, deprisa! No te imaginas quién quiere verte. Me muero de envidia.

-¿Quién es?

-El zar Alejandro. Hinata se quedó boquiabierta, se paró y soltó su mano.

-Estás bromeando.

-No mires ahora, está en la tribuna con su séquito. Te ha visto entre la gente -dijo Tsunade chillando de alegría. Hinata alzó la vista en dirección a la tribuna y advirtió movimiento, pero la gente situada ante la barandilla estaba dispersándose.

-¿Qué... qué quiere?

-¿Tú qué crees, querida? Le has llamado la atención. Espero que seas servicial.

-¡No!

-¿No? -Tsunade la llevó a un lado, se giró hacia ella y se colocó los brazos en la cintura de forma agresiva-. ¿Cómo que no?

-He venido con el conde Uzumaki.

-Pero ¿qué te pasa?

-Nada...

-Hinata, insensata, ¿cuántas veces te lo he advertido?

-No sé de qué me estás hablando.

-Estás enamorada de él.

-No, no lo estoy -replicó Hinata, aunque podía sentir cómo se le encendían las mejillas.

-Sí que lo estás. Has perdido el juego.

-¡No!

-¿De verdad? Vaya, me alegro de oírlo, porque ahora mismo el zar de todas las Rusias está esperando para llevarte a la cama. Vamos. No quiero que lo ofendas y me pongas en evidencia. -Tsunade la agarró de la muñeca y empezó a tirar de ella en dirección a la escalera, pero Hinata afirmó los pies en el suelo y se negó a ceder lo más mínimo.

-¡No!

-No puedes decir que no, eres una cortesana -exclamó Tsunade.

-Yo elijo a mis amantes. No lo quiero.

-¡No seas estúpida! ¡Es el zar! No es alguien repugnante. Es muy guapo. ¿No lo has visto?

-Sí, lo he visto, pero no voy a dejar a Naruto solo toda la noche.

-Mandaré a alguien para que lo entretenga...

-Ni se te ocurra -le advirtió ella.

-Hinata Hyuga, no puedes rechazar al zar de Rusia. Hazlo por Inglaterra.

-¡Por favor! Si es un caballero como todo el mundo dice, lo entenderá.

-No puedo creerlo. ¡Estás desperdiciando una oportunidad única en la vida! Si lo tratas bien, quién sabe hasta dónde puedes llegar. Es un emperador, Hinata. ¡No seas estúpida!

-¡Si tanto te impresiona, llévatelo tú a la cama, Tsunade! -Se soltó, se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas sobre sus piernas temblorosas.

-¡Puta desagradecida y arrogante! ¿Cómo te atreves a ponerme en este compromiso después de todo lo que he hecho por ti?

-Te he pagado el veinte por ciento a cambio de todo lo que has hecho por mí, Tsunade, así que discúlpame si me niego a arrastrarme.

-¿Y qué se supone que le voy a decir al zar?

-Dile que me siento halagada, pero que le debo lealtad al conde Uzumaki. Me marcho a casa.

-La mansión Uzumaki no es tu casa, estúpida. Vas a tener que aprenderlo a base de batacazos. Allí no eres más que una sirvienta.

Hinata se apresuró entre la multitud mientras la advertencia de Tsunade resonaba todavía en sus oídos. Estaba desesperada por ver a Naruto. Rezó para que no estuviera enfadado por haber permitido que Tsunade se la llevase a la fuerza. ¿Qué significaba la mirada que le había lanzado? Se abrió paso entre la gente y de repente se encontró cara a cara con él.

Sus ojos azules brillaban de rabia y de dolor. Hinata se acercó a él y le tocó el pecho en una silenciosa súplica. Él le cogió la barbilla, le inclinó bruscamente la cabeza hacia atrás y buscó sus ojos.

-¿Qué ocurre? ¿Has cambiado de opinión? -dijo con un gruñido. Sin dejar de temblar, Hinata le rodeó el cuello con los brazos, lo atrajo hacia ella y lo besó en plena boca. Él la abrazó por la cintura y la besó con un ardiente y lujurioso desenfreno en medio del salón de baile, reclamándola con una pasión casi violenta.

Permanecieron ajenos a los gritos roncos y los silbidos de la gente que los rodeaba.

Nadie reparó en su furiosa desesperación, y todos se tomaron aquello en broma, pero cuando Hinata deslizó los dedos entre el cabello de Naruto sentía un deseo agónico, mientras abría cada vez más la boca para recibir un beso encendido y avasallador. Podía intuir su verdadera intención: enseñarle una lección, enseñarle que le pertenecía a él por entero. Ella solo quería rendirse.

Deseó con atrevimiento que el zar y su séquito y Tsunade estuviesen mirando. Dejó de besarlo, pero sostuvo el rostro de Naruto entre sus temblorosas manos y apretó su antebrazo contra el de él.

-Llévame a casa -dijo Hinata en voz baja. No hizo falta que se lo repitiera. Naruto la condujo hacia el exterior del salón Argyle, en dirección a su carruaje.

Ella apenas reparó en la rapidez con que el cochero y los mozos de cuadra se colocaron en sus puestos. Cuando Naruto y ella estuvieron dentro, bajaron las persianas y se fundieron en un abrazo mientras el coche los llevaba suavemente por la ciudad oscura en dirección a Green Park.

Él se recostó contra el asiento de piel color marfil. Se palparon y acariciaron el uno al otro, saboreándose y tocándose, manoseándose y arropándose, y no dejaron de besarse durante todo el rato como si no se cansasen de ello. Cuando Naruto se enderezó y sentó a Hinata a horcajadas sobre él con sus manos ardientes y trémulas, el coche se inundó del sonido de sus jadeos y del crujido de los asientos de piel.

-Llevo toda la noche deseando hacer esto. Dame esos deliciosos... -Abrió la parte delantera de su corpiño desgarrándolo, dejó los pechos de Hinata al descubierto y hundió su cabeza entre ellos-. Mmm. Dios, podría devorarte -gimió, mientras su boca caliente y húmeda atrapaba un pezón. Hinata jadeó y a continuación soltó una carcajada grave y entrecortada de placer. Mientras le chupaba el pecho, le bajó el escote rasgado del vestido acariciándola por todas partes.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás y deslizó los dedos por el pelo rubio de Naruto, mientras él se movía para degustar su otro pecho. Bajo la falda, las manos de Naruto ascendieron por sus muslos, separados en una lasciva invitación sobre su regazo.

-Mmm, no llevas enaguas -dijo él jadeando.

Hinata cerró los ojos y sonrió embriagada, cuando Naruto deslizó los dedos entre sus piernas. La acarició sin dejar de besarla en el cuello, hasta que ella pensó que iba a enloquecer de deseo. Pero cuando la llevó al límite de la pasión se detuvo. Hinata abrió los ojos lentamente cuando él la levantó y la posó sobre el asiento de enfrente. Mirándola fijamente con una media sonrisa oscura y maliciosa, Naruto la empujó suavemente contra la piel lujosa y se puso de rodillas.

-Naruto...

-Disfruta -susurró-. Yo sé que voy a disfrutar. Y, con un suave gemido, Hinata cerró los ojos y se entregó a aquel sensual regalo, enroscando los dedos en su sedoso pelo.

Al poco rato tenía los pies apoyados contra el asiento de enfrente y el vestido recogido alrededor de las caderas, aferrada a las correas de piel como si le fuera la vida en ello, mientras Naruto la tomaba con los dedos y la devoraba con la lengua. Hinata alzó las caderas y comenzó a moverse con él, todas sus inhibiciones se evaporaron con el calor húmedo de aquella noche de verano. Naruto aumentó el ritmo adaptándolo al deseo de ella y la elevó a nuevas cotas de éxtasis sensual.

De pronto se detuvo, agitado, y se llevó la mano a los pantalones, mientras su barbilla afeitada relucía en la oscuridad iluminada por la luna.

-Tengo que hacerte mía. Ahora.

Hinata sintió inmediatamente que un escalofrío de pánico recorría todo su ser. Aquello no. No estaba preparada. Posó su mano en el pecho de Naruto con la intención de refrenarlo. Se estremeció al rechazarlo, pero rezó para que no se enfadase.

-Cariño, en el coche no. No nuestra primera vez, por favor.

Él echó atrás la cabeza y dejó escapar un gemido de frustración agónica.

-Oh, mi cielo -susurró Hinata, rodeándolo con las piernas mientras deslizaba una mano por su cuerpo y acariciaba la dura protuberancia que se marcaba en sus pantalones ceñidos-.¿Puedo, excelencia? -preguntó con una mirada coqueta. Al oír el gruñido grave y lúbrico de deseo del duque, lo empujó contra el asiento y se hizo cargo de la situación.

Cuando el carruaje se detuvo enfrente de la mansión, Naruto y ella salieron tratando de recuperar un mínimo de dignidad. En el momento en que el lacayo abrió la puerta del coche, un olor a sexo emanó de su interior. Se habían dado placer el uno al otro de forma apasionada, y el clímax de Naruto había sido explosivo.

Ruborizada y conteniendo la risa nerviosa, Hinata no pudo mirar a los sirvientes de camino hacia la casa. Estaba segura de que los mozos de cuadra e incluso los caballos sabían lo que habían estado haciendo durante el trayecto.

Con los zapatos en una mano y el bolso en la otra, logró entrar en la casa con la cabeza en alto, perfectamente consciente de que se encontraba en un estado de desaliño absoluto, con un rasgón en medio del escote, ya de por sí bajo, y las mejillas arreboladas. Sin embargo, experimentaba una sensación maravillosa por todo el cuerpo, y se moría de ganas de irse a dormir.

Naruto se encontraba en un estado algo peor. Con el pañuelo suelto y la camisa abierta a la altura del torso, tenía un aspecto desaliñado y satisfecho, un tanto salvaje y bastante tosco. Permaneció en silencio mientras subía junto a ella la escalera en forma de curva. Los escalones de mármol tenían un tacto frío bajo los pies enfundados en medias de Hinata.

Al llegar arriba se detuvieron y se miraron el uno al otro con aire indeciso.

Hinata le dedicó una sonrisa y él le respondió con una risita de arrepentimiento, pasándose la mano por el cabello despeinado. Bajó la vista y por un instante hubo un silencio cargado de avidez y vacilación.

-Nunca había ido a un baile de las cortesanas -dijo él.

-Yo tampoco.

Otra pausa embarazosa.

Él le lanzó una mirada inquisitiva.

-Lo he pasado muy bien.

La sonrisa de Hinata se hizo más grande.

-De eso se trataba. -Dio un paso hacia él y se puso de puntillas para darle un delicado beso en la mejilla-. Buenas noches, Naruto.

Cuando Hinata se retiró, él buscó sus ojos y le dirigió una mirada ardiente.

-¿Cuándo, Hinata? -susurró.

Ella le alisó la solapa de satén negro del frac con una caricia.

-Pronto. -Súbitamente desconcertada, Hinata forzó una sonrisa de despreocupación, se dio la vuelta y se echó el pañuelo por encima del hombro, mientras se dirigía hacia su habitación con paso resuelto como si no le preocupara nada en absoluto.

-Buenas noches, señorita Hyuga -respondió él, y permaneció allí con las manos en los bolsillos, observando cómo ella se alejaba.

.

.

Continuará...

Bueno ya estamos en la mitad de la historia, ¿será que por fin Hinata se entregará a Naruto? ¿Naruto dejará todo a un lado por amor a ella?, ¿que pasará con Toneri?, ¿es él realmente el culpable de la muerte de Fûka? y ¿quien era Fûka? ¿interferirá el duque Otsutsuki?... Esto y mucho mas tendrán respuestas a partir de el capitulo que sigue... :D

Capitulo doble...

Saluditos :3