Entonces está aquí. Con este capítulo me pasó lo que con muy pocos en el tiempo que llevo escribiendo: comencé y no pude detenerme hasta que concluyó. Los dejo con un nuevo capítulo de esta historia, esperando la disfruten al mismo mórbido nivel al que yo disfruté el escribirla. No dejen de escribir una reseña, estaré esperando sus opiniones.
The Evil Itself II
No era alguien muy malo… era el mal en persona a quien teníamos enfrente. La jaula comenzó a ganar velocidad, presa de la gravedad, y al estar hecha de hierro caía más rápido que nosotros. De seguir así, el impacto sería letal para todos. Samael-Truqué movió las manos y la velocidad disminuyó al mismo tiempo que vi como el gran incendio desaparecía y la tierra se sacudía algunos metros abajo.
El hierro comenzó a rasgarse a cada impacto en la caída, sacudiéndonos violentamente y dándome una pista de cuál era el lugar de nuestro aterrizaje: el centro comercial de Silent Hill, por supuesto, en La Obscuridad. La jaula se detuvo por completo a pocos metros del suelo, en el cual uno a uno fuimos cayendo siendo que la mayor parte de los dos equipos estaba inconsciente. Como pude me las arreglé para aterrizar sobre mis pies y Haruhi hizo otro tanto con Sasaki a cuestas, pero el resto de la compañía no tuvo tanta suerte, y sentí una gran preocupación porque la caída no los hubiera lastimado de más. Me interpuse entre Truqué y mi esposa, con mi sable corto y el arma de fuego encontrada en la estación de policía como único apoyo (el sable largo había caído fuera de mi vista y no sabia donde estaba), y pendiente de que alguno de mis amigos despertara y nos diera cualquier tipo de apoyo.
Truqué pendía de lo que quedaba de la jaula, y bajó de un salto que cimbró el suelo. Aquel pabellón principal del centro comercial de Silent Hill era un espacio circular de unos cuarenta metros de diámetro, al frente de mí había una derruida fuente, ahora parcialmente llena de agua obscura y maloliente, donde se generaban pequeñas ondas causadas por la lluvia que se colaba entre los vidrios rotos de los tragaluces casi cuatro pisos arriba, y más allá un par de escaleras eléctricas inservibles, una incluso no tenía ya peldaños. Cortinas metálicas cerraban la vista de los negocios que rodeaban el pabellón, a excepción de algunos con viejos televisores de cinescopio que nos mostraban sus ahora rotos monitores, y algunos anaqueles vacíos y viejos que caían hacia los pasillos. El híbrido en el que el sacerdote y el demonio se habían tornado caminó con paso decidido hacia mí, mientras que yo pensaba que si bien no me mataba de un golpe, la mínima sorpresa lo haría deteniendo mi corazón, que para ese momento latía frenéticamente, levantó ambos brazos nuevamente en actitud mesiánica, y la tierra se sacudió a nuestro alrededor.
—Este es el final—. Dijo mirando a su alrededor e invitándonos a hacerlo también. —Aquí y ahora es el final de esta obra fallida llamada humanidad, este será el destino de todos y cada uno de sus representantes vivos, una lenta y recalcitrante agonía, hasta que el último de ustedes se extinga.
—Tú eres uno de nosotros—. Dijo Haruhi apuntando al ahora perdido cardenal.
—Así es… y vigilaré hasta mi último aliento que el castigo se cumpla y mi obra esté terminada. Yo me hundiré con ustedes, soy el único con la claridad y la convicción de terminar lo que el padre no pudo desde la creación.
En tanto que esas palabras eran dichas, eché un vistazo a mi alrededor. Un nuevo espectáculo grotesco era exhibido en torno a nosotros, varias paredes cayeron dejándonos ver jaulas altas donde cientos de personas encadenadas eran torturadas con el fuego de los eternos incendios del subsuelo (ahora a nuestro nivel) entre gemidos agónicos y suplicantes. Sabía que eran personas dada su configuración física y sus movimientos, más no pude identificar rostro alguno, las quemaduras habían reducido la piel a delgadas y frágiles películas de carbón donde apenas algún rasgo era visible, no había ojos en las cuencas ni dientes en las bocas, solo balbuceos y llantos sin lágrimas. Mutilaciones, desollamientos, destripamientos y bajezas que sin lugar a dudas herirían mi mente y dejarían una cicatriz que de salir con vida de allí, me tomaría años o quizás nunca superaría.
Raíces corruptas y limosas comenzaban a salir del suelo, fracturando las baldosas lenta, pero firmemente, las raíces salían de todos lados, pero pronto noté que se concentraban en torno a las dos brigadas, haciendo presa lentamente de brazos y piernas inconscientes. Unas cuantas venían a por mí, pero eran torpes y me deshice de ellas con facilidad, igual que pasaba con Haruhi. Pensé que esas plantas serían nuestros verdugos, que finalmente nos llevarían hacia aquello que nuestro demente juez considerara que era nuestro castigo merecido en el tormento que él pensara pertinente. Era cierto y no, y curiosamente no fue Truqué quien aclarara sus intenciones. Al menos no del todo.
—¿Por qué no los sepultó junto con todo ser viviente de acuerdo a lo que creo? Esa es la pregunta que te haces mientas ves mi obra, ¿no es así?— Me pregunta. —Es muy sencillo… es porque…
—Porque tú eres el alcaide… y necesitas carceleros competentes.
La voz vino desde atrás de mí, donde yo aún custodiaba a Haruhi y Sasaki, pero no fue mi esposa quien habló.
Sasaki se recuperaba y cortésmente se desembarazó de la protección de Haruhi y miraba al íncubo con aprehensión, seguramente presenciando algo sobrenatural y extraordinario por primera vez, y racionalizándolo con una facilidad que resultaba sorprendente, aun siendo ella. Ella lo entendió todo antes que nosotros pudiéramos siquiera darnos una idea de qué estaba sucediendo, e ignorando todo el escenario pasó a mi lado y hacia la bestia en una actitud que se me antojo a la de una enamorada en camino al objeto de su afecto. Nunca supe a ciencia cierta que tipo de poder era el que caracterizaba a Sasaki, en realidad ni siquiera he terminado de entender cual es el de mi esposa, pero sé por quienes si lo entienden que son equiparables.
Incrédulo vi como estiraba la derecha hacia la bestia, que en sintonía con ella hizo otro tanto, hasta que los descomunales dedos peludos y de largas y atemorizantes garras alcanzaron los delicados dedos de Sasaki, concretando sin palabras la sincronía de la que hablo.
—Estaba esperándote—. Dijo él, casi románticamente.
—Lo sé.
—Bienvenida.
Sin más, Truqué-Samael abrió los brazos de par en par, mientras que Sasaki, provista de su eterna faz de tranquilidad aburrida se rindió a su abrazo. Sé que dije muchas cosas en ese momento, aunque no recuerdo cuales, sé que Haruhi hacía exclamaciones junto conmigo, pero como mencioné, no sé cuales, lo único claro es que intentábamos disuadirla de ir con él, y era obvio, lo vimos desde el principio de todo, nada bueno podría salir de esa unión, el mismo cardenal fue enfático en las consecuencias de la misma, algo sucio, horrible y potencialmente irreversible ocurriría con el mundo de concretarse el deseo irracional de ese hombre, y la mente no me alcanzaba para entender cómo es que Sasaki había llegado a la conclusión de que lo correcto era ayudarlo.
Ryoko tenía razón, el mal no es el mal en sí mismo… es sólo una herramienta.
Retrocedí hasta quedar junto con Haruhi, y vi su brazo estirado cuan largo era apuntando hacia la cabeza del monstruo, y por un instante, sólo por un fugaz instante apuntó hacia la nuca de Sasaki, pero de inmediato rectificó el blanco, aunque al final no disparó.
Mi vieja amiga se desvaneció como presa de un repentino desmayo, con el cuerpo entero recargado sobre el pecho de la bestia, que nuevamente comenzaba una nueva transición de tamaño mientras se sacudía entre espasmos y profería una nueva tanda de lamentos, todo esto en tanto que Sasaki desaparecía filtrada en su piel.
Samael-Truqué-Sasaki era más grande aún si es que eso era posible. Su tamaño ya era cercano al de dos hombres juntos hablando sólo de su estatura, en esta ocasión si hubo una diferencia más aterradora aún: su hombro izquierdo era mucho más voluminoso que el otro, y el rostro dormido de Sasaki sobresalía de este, sacudiendo su corto cabello castaño claro al capricho de los movimientos de su captor.
No había mucho más que pensar. Mi esposa y yo comenzamos a descargar nuestras armas impactando el pecho y la cabeza del íncubo, pero la piel parecía haber alcanzado tal dureza que las balas no la penetraban, y las ojivas caían aplastadas a sus pies. En tanto que esto pasaba, recordé a mis amigos y colaboradores alrededor, totalmente inconscientes, incapaces de ayudarnos o ayudar a alguien mas, y pensé en las oscuras raíces de las que yo me había deshecho momentos atrás. No tuvo que pasar mucho para que viera a Koizumi crucificado entre un enramado, viendo que su piel resentía el agarre de un nudo demasiado apretado que seguramente dificultaba su circulación y que lo tenía preso hasta el cuello. Uno a uno fueron elevándose e condiciones semejantes, ante una aparente indiferencia de aquel ente múltiple que cada vez más lucia como el némesis definitivo de la Brigada SOS (o de la humanidad misma), y que con desesperante displicencia ignoraba nuestros afanes por abatirlo.
Al fin, luego de que todos los presentes estuvieran a la vista y exhibidos en su derrota, el monstruo reparó en nosotros, comenzando a andar para confrontarnos. Haruhi y yo nos aferrábamos a la idea de que algún disparo afortunado se colara entre la piel ahora aparentemente impenetrable y nos diera el mínimo respiro, pero la realidad era ineludible. Tal vez si Sasaki no hubiera optado por Truqué, la esperanza nos hubiera asistido de alguna manera, pero no era así, el punto sin retorno de dicha esperanza estaba atrás, lejos, donde no podíamos alcanzarla, y todos estábamos condenados.
El ambiente era mas pesado aún, tanto que costaba trabajo respirar, y los enormes cascos de la bestia sacudían el piso bajo nivel estros pies, agrietándolo, sólo dándonos un panorama parco, pero elocuente de lo que nos esperaba a nosotros.
Agotadas las balas de mi arma, la dejé caer a mi lado y tomé el sable que aún tenía y me dispuse a confrontar al destino. Haruhi, sincronizada conmigo como siempre retrocedió unos pasos, a sabiendas de que si el ser la tomaba, todo habría terminado. Di un grito de guerra blandiendo el sable y asestando un poderoso mandoble en el fémur derecho del monstruo, consiguiendo sólo un ejemplo de la paradoja de la fuerza irresistible, pues ni la espada indestructible o la piel invulnerable resintieron el impacto, al menos no tanto como hicieron mis brazos. Las cabrias facciones del ser me miraron con algo semejante a la curiosidad, como se observa a un animal diminuto que da ínfulas de feroz cuando no está en absoluto en sus posibilidades amenazar de verdad a su enemigo.
Su brazo viajó en un parpadeo frente a mí, golpeándome con el dorso de la mano izquierda y haciéndome volar una vez más, dándome la misma importancia que le das a un bicho molesto que zumba cerca de tus oídos, y de inmediato olvidándome, iniciando una lenta pero decidida caminata hacia mi esposa, que uno a uno vaciaba los cargadores que le quedaban.
Fui testigo de lo inevitable, de la inexorable marcha del híbrido hacia el amor de mi vida. Intenté ponerme de pie al mismo tiempo que apreté el sable, pero en lugar de levantarme, sólo pude proferir un lamento. Mi último vuelo había terminado en tan desafortunadas circunstancias que mi rodilla izquierda se había dislocado bajo mi peso. No había tiempo para niñerías, así que en un único y absolutamente irreflexivo movimiento regresé mi pierna a su lugar original, dando lugar a una nueva oleada de aquella sensación de dolor que si bien había sido muy frecuente en estas tierras, yo no podía hacer costumbre, e incapaz me revolví sobre las losas quebradas. Era inútil, me levanté tan rápido como pude y aún así no pude dar un paso, el dolor y la debilidad en la pierna recién restablecida era penetrante e inmisericorde.
Sí. Más de una cosa que he visto aquí, entre las calles de este pueblo y dentro de mi cabeza podría ser calificado como execrable, obsceno y descorazonador hasta el paroxismo, pero lo siguiente que vi también me acompañaría por muchos años de salir vivo de allí.
Recuerdo haber gritado el nombre de mi esposa mientras me iba de bruces, incapaz de correr como quería, viendo que el monstruo estaba a menos de dos metros de ella. Haruhi, sabiendo que no sólo ella, sino todo ser en el mundo estaría condenado si era capturada, tomó la decisión menos dañina ante el panorama, así que atónito la vi apuntar a su propia sien derecha con su arma, dispuesta a terminar con la oportunidad de Truqué de concretar su locura, aún a costo de su propia vida. Algo dentro de mí se rompió cuando escuché la detonación, y no pude mirar por algunos segundos, el escenario que presenciaría al hacerlo sin lugar a dudas se llevaría lo que quedaba de mi alma, y si Truqué fracasaba ante semejante sacrificio, me tenía sin cuidado ya, me abandonaría ahí mismo, lo dejaría todo, no tendría sentido ya.
Pero… no… si ella nos obsequió con tan grandilocuente esfuerzo, yo definitivamente tenía que levantarme, sobreponerme al dolor y la pena y terminar de una vez por todas con toda esa locura… debía volver a casa, debía regresar a Ryoko… no podía arrebatarle sus dos padres por mi debilidad.
Mis reflexiones, no obstante, fueron interrumpidas por un ligero lamento de Haruhi, y de inmediato abrí los ojos y me incorporé tanto como pude. Ella no estaba muerta (en beneficio de la poca salud mental que me quedaba), la bestia había tomado con su gigantesca mano el brazo de ella y había desviado el disparo lo suficiente para evitar el suicidio, y ahora mi esposa pendía de dicho brazo, apenas en contacto con el suelo por la punta de sus pies.
—Aún no es tu momento, hija…— Dijo el monstruo, sereno.
Y como si no se hubiera cansado aún de mostrar su impiedad, tiró sin la menor delicadeza del brazo de la detective, arrancándole un nuevo lamento y una larga letanía de malas palabras, y yo escuché a la distancia que su radio, cúbito, y seguramente varios huesos de su mano se rompieron ante la presión, dejando caer la pistola al fin.
La lucha estaba perdida. Mis intentos por levantarme fueron infructuosos, estaba demasiado cansado y dolorido, a tal grado que los pocos centímetros que separaban mi pecho del suelo hacían temblar mis brazos en un esfuerzo insostenible. Una de las cruces que mostraba a los capturados cedió, dejando caer a su ocupante, era la que había mantenido cautivo a Fujiwara, y por un momento pensé que de alguna manera había logrado liberarse de su prisión, pero verlo detenidamente me regresó a la realidad. Había caído acuclillado, y le tomó sólo un instante ponerse de pie y erguirse… era más alto de lo que recordaba, parecía estar desnudo, aunque no reconocí ni un pliegue o característica de un cuerpo normal, era como si estuviese encapsulado en algún tipo de plástico, los dedos de sus manos eran demasiado largos en proporción a su cuerpo, no había cabello en su cabeza ni rasgo en su rostro, sólo uno: una boca descomunal que literalmente dividía la cabeza por la mitad, dibujando aquella misma sonrisa burlona que tanto me desagradaba. Se quedó inmóvil cual maniquí en donde cayó, tanto que por un momento de verdad pensé que era sólo un objeto inanimado.
—Sólo hasta que tú corazón acepte que esto es lo correcto, tal como este hombre ya lo ha hecho, podrás ser libre de verdad y ver lo desinteresado y legítimo de mi obra—. Nos dijo a mi esposa, aun pasajera de su enorme mano y a mí, notando que miraba al bastardo burlón.
La única conjetura a la que pude llegar por lo que veía era que la anti brigada sería la primera en ser transformada, dado que su líder ya había sido asimilada por Truqué.
La segunda cruz cedió, pero justo antes de dejar caer a su ocupante, una marabunta de varios cientos de creepers se había formado debajo de ella, y se arremolinaban nerviosos y rápidos, haciendo un inquietante zumbido con el frenético movimiento de sus patas y antenas. Una Tachibana de ropa raída, piel macilenta y rostro inexpresivo cayó desde la prisión, pero sus pies no tocaron el suelo, si no que se quedó flotando, aunque entrando en contacto con los bichos, y algunos cuantos treparon por sus piernas y recorrían su cuerpo de arriba a abajo, ante la total indiferencia de la ésper. La tercera, de donde seguramente bajaría Suou bajaría convertida en quien sabe qué cosa, comenzaba a sacudirse cuando sentí que las raíces se enredaban al rededor de mis piernas inservibles. Aun si hubiera intentado luchar, no hubiera habido caso, mis piernas no respondía a mis órdenes, mi respiración era muy dificultosa, y sólo entonces note lo hambriento, dolorido y desesperanzado que me sentía… no me quedaba voluntad ya para luchar…
"No hay sentido ya en pelear"
La voz sonó en mi mente al mismo tiempo que la presión de las raíces se hacía molesta. Mi mente comenzó a nublarse, sentí una gran confusión, no había sentido en nada, era como estar fuertemente narcotizado, incapaz de hilar un pensamiento con otro de manera coherente, y por extraña que resulte la reflexión, el único sosiego parecía venir de aquellas enredaderas que poco a poco me aprisionaban… no me daban ningún tipo de confort o placer, sólo una lejana sensación de tranquilidad, aquella que se experimenta al saber el deber cumplido. A la distancia veo forcejear a la mujer suspendida del brazo, mientas la bestia parece indiferente al dolor que le provoca, ella lucha tanto como puede, pero no hay fuerza ya en sus reclamos, ni siquiera hay auténtica convicción ya, y al dar un puntapié al enorme pecho de su captor, da la pauta para que la unión concluya, se formalice y quede grabada en la roca.
El pie de Haruhi queda adherido a la piel de su verdugo, ella, viendo su error, trata de deshacer la unión, pero no hay caso, el brazo roto no le da un buen punto de apoyo y su voluntad no alcanza ya para más que insultos y gritos cada vez más apagados. Lentamente se hunde en su piel, perdiéndose, volviéndose parte, dejando el mundo como lo conoce para ser parte de la horrible realidad que nos avecina a todos, a la cual nosotros mismos, en este afán por lo nuevo y desconocido, condenamos a todos y todas. Y a medida que se pierde entre la carne maldita, su ímpetu se va apagando, su alguna vez poderosa fuerza de voluntad se pierde en un abismo, la voz decae, el mismísimo Mal gana.
—Nada habría cambiado de cualquier forma. Sabias desde el principio que tarde o temprano esta sería la conclusión, que Haruhi Suzumiya se convertiría de una forma u otra en el artífice de la perdición de su especie.
—No… salvamos… ella salvó al mundo en más de una ocasión, defendió a la humanidad como los grandes héroes de leyenda, nos llevó a hacer grandes cosas y a comprometernos con el mundo y su porvenir…— La defendí ante la letanía que me era susurrada al oído.
—¿Y eso qué importa? ¿De verdad no puedes verlo? Ella sólo era un potencial, una pizca de divinidad que por curiosidad probó la humanidad, pero que no puede hacer nada por ella puesto que la condena de tu especie era anterior a su llegada. Ella no puede curar el pecado tanto como tú, al ser humano, no puedes evadir el castigo por él. Tú estabas condenado antes de nacer.
—¿Qué será de ella cuando todo termine?
—Volverá a casa, a las estrellas a las que pertenece, y los recuerdos sobre este mundo y su impiedad serán olvidados al poco. Ella nunca perteneció a la humanidad, ella nunca te perteneció a ti, y es sólo por el hecho de que ella no es como tú de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia. Tú eres un suspiro en su eternidad, una chispa de luz efímera, el recuerdo vago de un sueño del que no quedará nada apenas ella despierte a La Realidad. La única forma en que algo tan insignificante como tú honre la gracia de haber sido parte de su historia es rindiéndote por completo a su destino de la misma forma como te rendiste a su voluntad. Acéptalo de una buena vez. No hay trascendencia en tu existencia, nada que no sea intrínsecamente eterno puede aspirar a serlo, y tú no eres nada más que un hombre, la banalidad está en la esencia misma de tu ser.
—Yo no quiero trascendencia. No quiero vivir por siempre. Sólo quiero amarla, a ella y todo lo que hemos construido.
—Nada de eso importa ya. El mundo ardía desde que la raza humana puso un pie sobre él, nosotros sólo le mostraremos cuan altas son las llamas, construiste una vida sobre cimientos de papel. Ríndete al destino de Haruhi Suzumiya. Entrégate al destino de tu especie.
Al fin abrí los ojos. No era posible rebatir la lógica de mi interlocutor, yo mismo en algún momento de las vidas que me han tocado vivir pensé que la única cura para las enfermedades de la tierra como planeta, era extirpar al cáncer en que la humanidad se había convertido. La desaparición de todos, el regreso a las estrellas, a la inconsciencia, al vacío… a la calma y la felicidad.
Frente a mí estaba una Tankō (armadura samurái) de negro acero, cuero y papel. El acabado tradicional era como lo había visto en los museos, aunque lucia maltrecha, con muchas quemaduras y cortes, manchada en sangre reseca de viejas matanzas, el casco no tenía, sin embargo, las tradicionales formas que hubiera visto alguna vez, en su lugar, largos cuernos de macho cabrío nacían de la coronilla, junto con una largo, espeso y grasoso pelambre de algún animal indefinido, al frente, en un escudo heráldico se dibujaba la marca del triángulo con los tres círculos, que llamaré "La Marca de Samael". El peto de la armadura respiraba, se contorsionaba y a ratos mostraba alguna leyenda en japonés antiguo, y de entre las deterioradas formas del atavío, que aun a pesar de su deterioro y vejez mostraban una fascinante y exquisita belleza, pude ver un rostro deforme y amenazante que abarcaba la totalidad del abdomen, y que era quien me había hablado todo el tiempo.
—Esto es lo que tu destino puede darte al final de tu vida, la versión última de ti mismo, tu "Yo" definitivo, tu máxima expresión. Que el dolor te convierta en lo mejor de ti mismo y des a la humanidad aquello que merece… sé la espada del destino.
No respondí. Ya no había nada en el universo además de esa armadura y quien esto escribe. El mundo debía terminar, y yo debía ayudar a cristalizar ese propósito. El atuendo flotó mientas sus piezas se separaban lentamente, abriendo las protecciones que poco a poco fueron posicionándose alrededor mío y se mantenían estáticas, como esperando a que yo diera mi aprobación, bastó con que una pequeña parte de mí pensara que aquello era lo correcto para que el cambio comenzará.
Las suneate (espinilleras) y yugake (los puños) fueron los primeros, se aferraron a mis pantorrillas y brazos con fuerza, y el interior de dichas piezas parecía rebosado de espinas que sin reparos se clavaron en mi piel hasta llegar al hueso, no sólo castigándome con el dolor propio, sino también amalgamándolo con el de la armadura misma, que en ese momento no dejaba lugar a dudas de cuan viva estaba. El faldellín y los hombros fueron los siguientes en igualdad de condiciones, haciendo que mi piel desapareciera (al menos yo tuve esa sensación), y que la armadura ocupara su lugar. Y por último, simultáneamente, el kabuto (yelmo) y el peto… las largas espinas interiores entraron hasta mis órganos, entre las costillas, en mis mejillas, en todos lados… y claramente siento que unas, las más largas, gruesas y rugosas se abren paso a través de mi pecho y hacia mi corazón, y otra perforando mi cráneo, yendo directo a mi cerebro, al origen mismo de mi alma, a lo mas profundo e íntimo de mis pensamientos.
Era verdad. Era mi misión y sentido último de una existencia tocada por la divinidad como lo era la mía. Era mi responsabilidad como parte de la creación el servir como verdugo y leal sirviente de los dioses que se reunían para terminarla. Ese era mi verdadero propósito.
Una parte del dolor se fue en el momento que llegué a ese entendido. Las ataduras que me tenían rígido cedieron permitiéndome ponerme nuevamente en pie, con pies de plomo, erguido tanto o más alto de lo que era, enfundado en la armadura viviente del servidor que ayudaría a la humanidad a llegar a su última morada: la muerte y la extinción.
Al abrir nuevamente mis ojos pude ver que era el último en haber sufrido la transformación, en torno al titán, en el cual el ente que contenía a cuatro de los seres más poderosos y trascendentes de esta realidad, estaban los que alguna vez rodearon a Haruhi ya fuera como aliados o antagonistas. Entre los sonidos distinguibles en aquel infierno artificial podía escucharse la incansable perorata de palabras azarosas que Suou manaba sin descanso mientras las facciones de su rostros se difuminaban dada la velocidad a que su cabeza se sacudía, y los lastimeros e incesantes sollozos de la Heroína Ciega. Hablando del titán, ahora su tamaño estaba por encima de los seis o siete metros, las facciones de su rostro de macho cabrío antropomorfo hacia juego perfecto con el rostro de las diosas inconscientes en sus descomunales hombros, y una poderosa necesidad de servirlo hasta el final invadió mi mente y corazón.
Nos barrió con la mirada, admirando su obra, pensando quizás en las tareas que nos asignaría dentro de su plan de exterminio, en su propia versión del Apocalipsis.
—Debemos ser sistemáticos e inteligentes—. Nos dijo con su voz profunda, y de alguna forma sentí la esencia de Sasaki en sus palabras. —La humanidad debe ser condenada, y comenzaremos hoy, aquí. Y luego…— e identifiqué lo que sin lugar a dudas era la actitud de Haruhi… —Y luego buscaremos la justicia más allá de La Tierra. La llevaremos hasta el cielo o donde sea que se oculten aquellos seres que desafiaron los designios de la creación y llevaremos el castigo ellos.
—¿Y dónde comenzaremos?— Preguntó con voz fantasmagórica la Reina de Picas, flotando, ataviada en la decadente desnudez en que la había visto días atrás.
—El buen juez comienza en casa, hija. Yo los he dotado con las herramientas para abatir lo corrupto y pútrido en la naturaleza de hombres y divinidades. Sus armas y habilidades son el remedio y cura contra lo impío. Es hora de que vayan como mis heraldos a todas las naciones y dejen caer la hoja de la guillotina sobre sus cuellos, son libres de impartir la santa justicia como mejor les parezca. Y cuando el Apocalipsis terrenal haya concluido, será la hora de iniciar el Ragnarök en las alturas.
Un poco desorientando escuché su discurso mientras andaba con paso vacilante entre aquellos engendros que alguna vez fueron mis amigos o enemigos, ahora aparentemente inmersos en ese plan que en otras circunstancias hubiese sonado como una auténtica locura, examinando con la mirada amplificada que ahora tenía… buscaba aquello que me hacia falta y que me completaría al fin.
Entre los escombros y la inmundicia, al único resguardo de la decadencia y las brasas del eterno incendio de Silent Hill hallé sepultado el daito, perdido en la última confrontación y que había caído sobre su hoja. Aun clavado en el carbón ardiente y con la hoja al blanco vivo, se mantenía inmutable y majestuoso, dando la impresión de ser ajeno a todo, fiel, rindiéndose a mi voluntad tal como yo me había rendido a la del castigador. Tomé el arma y la retiré del suelo, sintiendo como el mango caliente hace humear la mano que lo atrapaba, y la hoja, sin perder el brillo o ninguna de sus otras propiedades, se infecta, se adecua al nuevo camino que deberá seguir en mis manos, se prepara para la degollina, y la parte del Kyon original dentro de mi cabeza pide perdón.
Sólo a través de la muerte. Sólo a través del castigo. El inocente pagará por el impío. El inocente deberá morir en nombre de los que pecaron. Llevaré eso en mi conciencia hasta el día de mi muerte.
Que es este mismo día.
El primero en caer es Fujiwara. El golpe de espada iba dirigido de tal suerte que debía matarlo en un solo intento, procurándole el menor dolor posible mientras veo lo que queda de él sacudirse mientras la vida se le escapa junto con un gran torrente de sangre negra y las facciones exageradas de su rostro irreconocible se deforman aún más. No hay odio en mi intento, el único odio que siento es contra mí mismo y con Truqué, ni siquiera Samael podría ser depositario de mi desprecio, no es mas que un peón de la mente trastornada del religioso, y a la distancia me encuentro con los ojos desorbitados del titán, que tuerce el gesto, entendiendo lo que sucede. No es el único. La Reina de Picas me mira con esos descomunales e inquietantes ojos negros y veo un dejo de lucidez en ellos, y sin reflexionarlo un poco, levanta con la mente una enorme pila de escombro incandescente que deja caer como tal cosa sobre Suou, inmolándola en el acto, mientras que el brazo que quedó fuera de los ripios se sacude en desesperación y humea.
Algo, la mínima fracción en la mente de los miembros de las brigadas originales sale a la superficie, como el último rayo de luz que precede a la obscuridad absoluta. Todos fuimos convertidos aquí en las armas últimas de la perdición del mundo, pero todos, sin excepción, tenemos algo en el mundo que deseamos proteger, que anhelamos con el alma que se perpetúe, más allá de nosotros, más importante que nosotros.
Un Mikuru Beam obscuro raja el suelo e impacta de lleno la nuca de la Reina de Picas, que con medio cráneo calcinado y roto se va de bruces, Tachibana hace otro tanto abriéndose paso a mano desnuda en el pecho de la Sombra de la Envidia, uno a uno, aquellos hombres y mujeres valientes caen, se abandonan a la muerte y la humillación, y cuando sólo la ésper de la anti brigada y este guerrero quedan, es el titán quien hace el último movimiento. Tachibana se levantaba del lugar donde el cadáver de Koizumi había quedado, pero antes de poder moverse siquiera un poco, uno de los gigantescos cascos del íncubo la aplastó por su mitad inferior, haciéndola agonizar unos segundos y quedando inerte un poco después.
—¿Crees que lograste alguna diferencia?— Me espeta el íncubo sin poder ocultar su ira. —Ustedes son de lo mas ordinario que hay, en especial tú, puedo encontrar ciervos igual o más poderosos que ustedes en un santiamén, tú jamás podrás en todas tus vidas detenerme, ¡No tienes lo que se necesita para eso!
Hago una postura sólo un instante, y al siguiente me arrojo hacia él, aplicando con lujo de perfección un Hiken Tsubame Gaeshi, uno de mis movimientos favoritos, y tres cortes abren su piel en la rodilla, muslo y cadera, el se vuelve incrédulo y dolorido hacia mí, que recupero la guardia de inmediato.
—Y te cito: "Yo los he dotado con las herramientas para abatir lo corrupto y pútrido en la naturaleza de hombres y divinidades. Sus armas y habilidades son el remedio y cura contra lo impío". Me ha arrebatado todo, Cardenal. La vida a la que aspiré ya se me ha escurrido entre las manos. Nada más hay para mí en el mundo… pero no porque no haya nada para mí allá, significa que permitiré que lo destruya.
Modestia aparte, siempre he pensado que lo mío es la retórica. Tenía un largo y meticuloso discurso en mente, pero justo en ese momento no me sentía con ánimos de conversar. ¿Qué importaba de todas formas? Yo ya estaba muerto, y esa pelea representaría el testamento de mi vida.
Perdóname, Ryoko. Papá, mamá y todos los que te amamos debemos forjar tu futuro aquí y ahora, aun cuando eso represente que no te veamos más.
El coloso gritó con furia extendiendo sus gigantescas alas, pero a decir verdad no me asustó ni un poco, ese yo obscuro era capaz de canalizar los sentimientos negativos del oponente y utilizarlos en beneficio propio, así que en cuanto olí su enojo, potenciado por la armadura me encarreré para asestar el primer golpe. Ante el grito de dolor del gigante cobré un corte importante en el pecho que sangró en negro ardiente como brea. Sus monstruos trataron de abrirse paso, pero no tenían posibilidades, no tenía siquiera que darles atención para destruirlos antes de intentar alcanzarme, lo único que era pequeño en mí en ese momento era mi tamaño, y sólo si tomamos como referencia la talla de mi contrincante. Saltando como un felino, el íncubo se abrió paso entre los despojos para alcanzarme, y cada intento por aplastarme o siquiera darme un buen golpe era respondido por un corte profundo y doloroso que manchaba el piso.
No había tenido jamás pelea semejante. La obscuridad simplemente me hizo superior en cada aspecto, aun con tamaño y fuerza superiores, el íncubo no lograba su cometido, y yo podía sentir como su frustración comenzaba a hacerlo flaquear. Vencido al fin, hizo un par de movimientos finales y detuvo el ataque, dando paso a la única alternativa real que tenía: la huida. Escaló como un primate uno de los muros del pabellón donde estábamos, y yo me fui a largos saltos tras él, y habiendo alcanzado el tejado volvió a extender sus enormes alas, dispuesto a emprender el vuelo. El concreto de la azotea crujió bajo el peso de sus pezuñas, y Truqué se elevó un par de metros, comenzando a aletear, y sin pensarlo dos veces hice lo propia, impulsándome con todas mis fuerzas y aterrizando en el lomo del monstruo, y debo admitir que una oleada de placer recorrió mi cuerpo cuando lo escuché mugir de dolor e irá al cortar de cuajo una de sus alas, haciendo que ambos nos precipitáramos sobre una de las construcciones, la cual cedió bajo el inmenso peso de mi víctima. Demasiado distraído en el dolor que le había causado, me descuidé un momento, el cual fue aprovechado de inmediato por la bestia para golpearme y arrojarme lejos, hasta una construcción en la acera contraria a la cual habíamos llegado en nuestra caída y que también colapsó al recibirme. Me recuperé de inmediato y al salir de entre los escombros pude ver que aquella cosa nuevamente trataba de huir, saltando sobre los edificios.
Fue divertido, ¿para qué negarlo? Pero ya había sido suficiente.
Fin del juego.
Siendo incapaz de volar, la única alternativa que Truqué tenía era correr sobre y entre las decadentes edificaciones, lo que no resultó un desafío para las habilidades de las que la obscuridad me había dotado. Por supuesto, aquello que en un primer momento era el principal obstáculo para cualquier visitante, era ahora mi ventaja: el pueblo estaba incomunicado. Nubes de vapor y gases tóxicos se levantaban como muros sólidos, resaltando en grises y amarillos entre la negra noche y los edificios obscuros, producto del incendio que los originaba y que rugía varios cientos de metros abajo, más encendidos y feroces que otras veces, casi pareciendo el torrente vivo de un volcán en erupción, y las eventuales gotas de aquella llovizna eterna se mezclaban con las chispas salidas del incendio abajo y que volaban a merced del viento. La gran calzada a la que habíamos llegado no era otra que aquella que nos había dado acceso al pueblo el día que llegamos, el hierro del suelo terminaba abruptamente a varias decenas de metros de la entrada al túnel que reptaba bajo la montaña y llevaba a la autopista, lejos de esta pesadilla, a la derecha, la montaña nos regalaba con un acantilado vertical cuya cima era imposible de ver desde nuestra ubicación, y a la izquierda las casas y edificios se cimbraban en medio de un zumbido que no había escuchado ni sentido antes, y varias de las chispas del fondo del foso habían entrado a estas construcciones, provocando varios conatos de incendio que en breve convertirían la zona en una auténtica escena de catástrofe. El tablero estaba acomodado. El íncubo miró en todas direcciones, tratando de ver algún posible escape, y aquella parte hasta ahora dormida en mi cerebro, aquella vinculada a la ira y las ganas mórbidas de hacer daño, se sacuden en excitación… no hay escapatoria, para nadie, y seré yo quien aseste el golpe final. Bastante tortura ya he vivido aquí, merezco que al menos al final de todo, sea yo el que ría.
No había más monstruos deformes tratando de alcanzarme, no había miedo en mi corazón, ya todo eso se había ido, Truqué no podía ya usar la habilidad de Samael de convertir las pesadillas en realidad, dado que todo lo malo que podía pasarme me pasó aquí, él lo sabía, y tampoco tenía el poder de quitarme las habilidades a las que me había condenado. Sólo podíamos luchar, y así lo haríamos.
—Sabes lo que pasará si intentas algo contra de nosotros, ¿verdad…? Ella también morirá…— Trata de amenazarme.
—Sí, lo sé… ¿cree de verdad que dudaría en tomar su vida, Cardenal? Con todo respeto, de todos los aquí presentes creo que soy el único digno de hacerlo.
Su respuesta fue un rugido, y se lanzó contra mí sacudiendo el piso bajo sus pies. Me fui a su encuentro espada en alto, cobrando nuevamente sangre por todas las injurias recibidas en mi estancia en este pueblo. No tenía concesiones ya, no tenía nada que perder, y por tanto no había excusa para contenerme.
Vi a la bestia sacudirse y bufar de dolor… y yo me reía.
En un afortunadísimo movimiento, la hoja de mi espada cayó sobre su clavícula, el golpe fue simplemente brutal, y el descomunal brazo (donde Sasaki era cautiva) fue cortado desde el hombro, arrojado hacia los edificios mientras que, presa de un dolor muy humano, la mano que al monstruo aún le quedaba se aferró a la malla de hierro, estrujándola como si fuera papel.
—¡La has asesinado!— Me espetó, supongo que esperando a que surgiera algo de culpa en mí. Su tamaño se redujo sensiblemente mientras intentaba ponerse nuevamente de pie.
—Entonces es eso…— La voz sonó en el interior de mi cerebro, en la voz de Sasaki. —Ya comienzo a entender… creo que estaba demasiado distraída en tratar de hallar la lógica en todo, y no vi que esto no podía medirse… pasé tanto tiempo de racionalizar lo que sentía que desdeñe el sentir mismo… no debes sentir culpa, Kyon, creo que de muchas maneras yo me busqué este final… ojalá hubiera sido capaz de verlo antes de todo esto… tú aún tienes oportunidad. Si nuestras vidas no pueden ser rescatadas, al menos termínalo todo con la conciencia tranquila.
Ignoro si fue mi imaginación, que en medio de mi agonía me daba aliento, pero sentí nuevos bríos, y reemprendí la batalla.
—De ninguna manera debes sentirte culpable por esto. Truqué no te dio elección. Y si este es el resultado al final, me sentiría muy honrada de ser parte del equipo que terminó al final con él. ¡Acábalo! —Tachibana me regaló ese pensamiento con su voz de niña, y el golpe de espada siguiente fue bastante fuerte y certero.
—DESTRUCCIÓN INMINENTE… PRIORIZAR DAÑO COLATERAL AL MÁXIMO. —Con su robótica voz Suou también halló lugar entre mis pensamientos. Y reclamé un nuevo ataque exitoso.
—Mata al imbécil. Se lo merece. —Con su eterna parquedad de palabras, Fujiwara hizo su aparición auditiva.
—No tengo palabras para decir cuan honrado me siento de poder haber concluido mi camino luchando a tu lado. Eres mi mejor amigo, y no podría estar más feliz de que nuestro equipo llegara tan lejos. —Koizumi dejó escuchar claramente su voz de estudiada formalidad.
—Es así como concretas uno de los máximos objetivos en mi existencia, sacrificas todo por la armonía y el equilibrio. Hoy más que nunca te admiro, eres el humano más especial que conocí. —Nagato me regala con ese tono melódico que había adquirido, y mi espada corta con crueldad uno de los muslos del íncubo, y aunque el miembro permaneció en su lugar, su capacidad de andar disminuyó dramáticamente.
—Gracias por estos maravillosos años que Suzumiya y tú me obsequiaron, porque en ellos no solamente crecí, sino que gracias a ustedes conocí a los amores de mi vida y concreté mis más grandes deseos, me realicé y convertí en más de lo que siquiera imaginé. —Y pienso en los grandes amores de los que Asahina habla, por supuesto, Robles y Kenji… y recuerdo que el mundo debe seguir girando para ellos.
La bestia, mutilada y maltrecha, cae finalmente de rodillas a un lado del abismo, pero su actitud pendenciera y dominante no cede. De verdad el tipo tiene un complejo de superioridad bastante difícil de ocultar, y displicente me mira aproximarme. Aun agachado como está tiene mi estatura, y me acerco a él por su costado derecho, viendo de frente el hombro que le queda, y el rostro de mi bien amada luce sereno, en un sueño del que no podré despertarla más. Si me lo pensaba demasiado, terminaría por no hacerlo, y no había ya tiempo que perder. Ella lo querría así.
Proferí un potente grito de guerra, de aquellos que los antiguos samuráis daban ante la imagen del fin del mundo y la caída del honor. Privé del brazo que a Truqué le quedaba, que cayó a algunos metros de nosotros y una vez más se hizo pequeño, siendo ya equiparable conmigo.
El momento era esta vez inapropiado para una charla, pero sentí deseos de hablar. Al parecer el cardenal también tenía algo que decir.
—Alguien más se dará cuenta en el futuro, alguien hará lo necesario y logrará aquello que tú estúpidamente interrumpiste aquí. Es nuestro destino, y tú no puedes contra él.
—No importa ya, Cardenal. Sólo diré que tendrá todo el fuego que desee a partir de ahora. Samael es parte de ese fuego, así que para él sólo será como volver a casa, y en nada volverá a ascender, pues estos son sus dominios… el olvido es todo para usted.
Se inclinó hacia adelante y se impulsó con todas sus fuerzas hacia mí, tratando en el último de sus intentos de embestirme con su gigantesca cornamenta, y como si me hubiera dedicado por años a la tauromaquia lo esquivo, y apenas aparece una vulnerabilidad en su ya casi nula defensa, asesto el golpe final directamente a su abdomen, mientras él abre los ojos al máximo. Retrocede unos pasos, directo hacia el abismo y me dedica una última mirada, repleta de odio, y las fuerzas lo abandonan lentamente… por supuesto, yo no tengo ganas de esperar. Me aproximé y de una patada frontal lo arrojo al vacío. Y entre los vapores iluminados que manaban del foso, veo como se parte por la mitad, como resultado de mi último golpe de espada.
El propósito había sido cumplido. Sabiendo eso siento que también mis fuerzas flaquean y mi visión se nubla en tanto que observo el foso incandescente. El fuego sería al final el que terminaría purificándome y dejándome tal como estaba antes de llegar a este pueblo maldito, ojalá así sea, hay muchas cosas que vi y que hice aquí que definitivamente quiero olvidar. Mis espadas caen de mis manos y mis rodillas tiemblan, el incendio a cientos de metros abajo se difumina y hace más luminoso para mis cansados ojos, e impaciente espero el final, mis piernas pierden fuerza y comienzo a caer de bruces… en sólo segundos estaría en marcha hacia el vacío.
Un par de manos me toman por el tórax evitando mi caída, y con esfuerzos me arrastran lejos del precipicio, tumbándome sobre mi espalda. Abrir los ojos demandó más trabajo del que imaginé, pero lo consigo sólo por algunos segundos. Haruhi y Sasaki están a cada lado de mí, cubiertas de pies a cabeza por el espeso limo negro, ahora frío que fue la sangre del íncubo, y hablan, aunque no logro escucharlas… veo a Haruhi gritarme algo mientras me abofetea y Sasaki trata de consolarla.
Todo valió la pena, según parece… ella ha sobrevivido… sólo debe escapar y nuestra misión habrá sido un éxito. El resto de nosotros, aun en la muerte, estamos a salvo. Mis párpados pesan, aun cuando no estoy cerrando los ojos, mi visión pierde foco y todo a mi alrededor se oscurece, la desesperación de Haruhi aumenta… Sasaki no deja de mostrarse serena, y con calma toma las manos de mi esposa y no soy capaz de ver más.
Adelante de mí están sólo las estrellas y el pacífico silencio del infinito, la obscuridad rebosada de luceros de colores indescriptibles. La paz.
Cuando vuelvo a abrir los ojos es como volver a nacer, y es porque recobré la conciencia unos segundos y no los abrí de inmediato, y hay algunos murmullos a mi alrededor. Pensé, conocedor de lo que me esperaba, estar nuevamente en aquel campo verde que visité un tiempo atrás, y que seguramente sería el siguiente paso, pero no fue así. Estaba recostado sobre un improvisado camastro fabricado rudimentariamente con estanterías, había algunas prendas entre mi cuerpo y el aluminio, haciendo las veces de colchón, y la mirada serena de Haruhi me recibió con una sonrisa sosegada. El cuerpo me dolía a horrores, tanto que casi vuelvo a desmayarme, pero pude tolerarlo. No vestía más la espeluznante Tankō, en su lugar traía encima los harapos con los que llegué al parque de diversiones, y había improvisadas vendas cubriendo innumerables heridas a lo largo de todo mi cuerpo.
—No te levantes. —Me dijo tranquilamente mi esposa, pero poniendo su izquierda sobre mi pecho, deteniendo mi intento por incorporarme, y gracias a eso pude ver que había un primitivo cabestrillo en su derecha, inmovilizando el brazo fracturado.
—Pero… ¿estás bien…?
—Todos estamos bien, Kyon. —Respondió Sasaki llegando por el lado contrario de mi camilla, e instintivamente giré mi cabeza todo cuanto pude en todas direcciones.
Fujiwara estaba sentado en una silla, no traía camisa, o mejor dicho, la prenda había dejado de cumplir esa función y a jirones cubría una gran herida en su costado. A su lado, Tachibana lucía una férula en la pierna derecha que bajaba desde su cadera. Suou no parecía herida en realidad, pero si estaba muy sucia. Unos pasos más lejos, Koizumi descansaba en una camilla parecida a la mía, y dormía con el torso enredado en más vendas improvisadas, bajo la custodia infinitamente afectuosa de Nagato, cuya cabeza había sido remendada también de la frente a la nuca con varias vueltas, sólo escapando algunos mechones de su cabello entre la tela, y junto a ellos, Asahina, con varias curaciones en los brazos y piernas, y un improvisado parche en el ojo izquierdo, me aclararía un poco después que por fortuna, no perdió dicho ojo.
—¿Se terminó entonces?— Pregunté sintiendo como mi corazón se liberaba de un peso insoportable.
—No lo creo. —Respondió mi esposa, aunque no había inquietud o recelo en sus palabras. —Este lugar sigue igual de maldito que al principio, pero no creo que se meta ya con nosotros. Yuki, Itsuki, Kuyo y Tachibana coinciden en que no sienten ya la influencia de Samael, aunque algo me dice que eso no es permanente. Nuestro angelito de la guardia lo dijo, ¿recuerdas? Aquello que castiga este lugar seguirá aquí, hasta siempre y por siempre.
—¿Alguna pista de Truqué?
—Dudo mucho que haya logrado sobrevivir. —Dijo Sasaki en respuesta. —Cayó al incendio partido por la mitad, yo vimos hundirse en el carbón ardiente. Aunque después de haber visto lo que vi hoy, dudo mucho que algo pudiera sorprenderme.
Pasamos unos momentos sin decir nada, en los cuales noté que ese extraño silencio viciado, la cacofonía silente que nos había acompañado en toda nuestra visita al pueblo, se había ido al fin, dando paso a un silencio más natural y tranquilizante.
—¿Por qué lo ayudaste, Sasaki? —Pregunté repentinamente, pero teniendo buen cuidado de que mi tono de voz no fuera de reproche.
La poca actividad del lugar se detuvo por completo, haciendo aún más profundo el silencio, todos nos volvimos hacia ella, incluso Koizumi, a quien había pensado dormido abrió un poco sus cansados ojos. Sin embargo, tal respuesta nunca llegó. Sasaki se quedó mirando por la ventana, ensimismada. De alguna manera creo entender su desasosiego: el extraño poder de Samael consistía básicamente en ir al núcleo mismo de tu ser y extraer lo peor de ti, maximizado, y no sólo lo vuelca contra ti mismo, sino contra aquello que esté cerca de ti. Tomó la mente totalmente racional y lógica de mi vieja amiga y la castigó con ella, sumiéndola en el infierno de lo ordinario, y esa última proposición era el único escape que ella encontró, y no tuvo más opción que verter toda su indiferencia contra nosotros o el mundo. Sé… todos, de hecho, sabemos por lo que acaba de pasar, nosotros mismos fuimos víctimas de un mal semejante y lo peor de nosotros también quedó expuesto. Nadie la juzgará por esto en el futuro, en el mejor panorama, nadie se enterará jamás.
—Eh… detective… mejor dicho, todos… deberían venir a ver esto. —Dijo mucho tiempo después la líder de la anti brigada, y todos, en la medida de nuestras capacidades, la obedecimos y nos fuimos con ella hacia la ventana.
Sólo entonces caí en cuenta de que estaba en alguno de los pisos superiores del centro comercial de Silent Hill, y el lugar en que estábamos en sus mejores épocas debió ser un restaurante de amplios ventanales que tenían una gran vista de una calle principal. Estábamos en el pueblo de la niebla una vez más, sin embargo, no estábamos solos. Rodeando el edificio había al menos un par de miles de personas, hombres, mujeres, niños y ancianos, incluso algunos animales domésticos aquí y allá, y todos nos observaban, inmóviles, inexpresivos…
—¿Quiénes…? —Traté de racionalizar.
—La gente de Silent Hill… —La respuesta de Nagato hizo que más de uno diera un respingo.
Y entonces di cuenta de algunas cosas entre la niebla, como que la ropa de todas esas personas correspondía a la que se acostumbraba a principios de los setentas, cuando todo comenzó; y pude reconocer entre esas personas a un grupo de ancianos… los mismos que confrontamos en la iglesia Balkan a nuestra llegada, pero no estaban sus horribles lesiones ni su comportamiento errático… niños y niñas vestidos en uniformes escolares, y un sinnúmero de personas que por algún motivo sentí que había visto antes, pero sin lugar a dudas disfrazados de criaturas del abismo…
Al unísono todos hicieron un asentimiento y al momento siguiente emprendieron la marcha, perdiéndose entre las calles, con paso lento y tranquilo, y yo interpreté toda la escena como una confirmación de que todo había terminado… quien mereciera ser salvado de ese infierno de casi cuarenta años, había conseguido su libertad… quizás gracias a nosotros… y a medida que aquellas almas antes atormentadas se alejaban del cruce, la neblina comenzó a ceder, junto con la lluvia de cenizas y las nubes en el cielo eternamente plomo… la bóveda celeste mostró en sólo unos instantes un azul límpido, tal vez fuera que era el primero que veía en muchos días, pero me pareció de una belleza única, luego de que la luz del sol me hiriera y pudiera ubicarlo entre el cenit y el horizonte montañés. Contagiado por un extraño sentimiento de alivio, pasé un brazo por encima de los hombros de la detective, que recargó su cabeza sobre mi pecho, mientras mirábamos hacia las montañas, en un cielo que nos daba visibilidad ilimitada.
Sólo diez minutos después un nuevo ruido hizo que nos volviéramos hacia el este, donde aparecieron media docena de helicópteros, uno de ellos militar, gigantesco y de doble hélice que aterrizó justo en la esquina de nuestro edificio.
Bajamos tan rápido como nuestras lesiones nos lo permitían, de hecho, Tachibana bajó en brazos de Fujiwara, y una vez en la calle nos golpeó la turbulencia creada por las enormes hélices del aparato.
Dos hombres saltaron al asfalto, uno en un traje formal azul y el segundo en una larga sotana negra con un enorme crucifijo al cuello, Asahina corrió más rápido que nosotros, me enteraría después de que apenas volvió a tener comunicación con su gente, envió nuestras coordenadas y por ello el equipo de recolección llegó a tal velocidad. Robles abrió los brazos y Asahina se colgó a su pecho entre sollozos, a su lado, el Cardenal Anderson, quien nos había contratado, miraba con aprehensión en todas direcciones, y dedicó largos segundos a examinarnos a la distancia. Una docena de paramédicos llegó a nuestro encuentro y con premura comenzó a tomarnos signos vitales y a transportar en camillas y sillas de ruedas a quienes no estábamos en mejor forma. Al paso de unos minutos, los nueve miembros de los dos equipos habíamos abordado la mayor de las naves junto con Robles y Anderson, que respetuosos habían mantenido silencio. El ensordecedor ruido de los motores de la aeronave sonaban como una hermosa melodía, y lentamente, entre sacudidas y turbulencias, el vehículo despegó en vertical, y yo observaba desde mi camilla como los edificios bajos y los deteriorados cables de corriente se sacudían con el batir de las hélices, para después dar paso a las montañas siempre verdes del condado de Toluca. En pocos minutos observábamos los altos árboles que habían crecido sin intervención humana entre las calles de Silent Hill, que ya sólo era evidenciada por la cúpula de la iglesia, el tejado del edificio del ayuntamiento y del hospital, y un poco más lejos por el faro, a orillas de lago, algunas columnas de humo negro se elevaban indiferentes entre las calles y árboles, pruebas únicas del incendio que seguía, y seguiría ardiendo bajo los cimientos de la ciudad por varios cientos de años.
—¿Falta alguno de ustedes? —Preguntó Anderson después de haber charlado por unos minutos con el equipo médico, y luego de haber confirmado que ninguno de nosotros estaba en peligro de muerte.
—Todos estamos aquí. —Respondió mi esposa con serenidad.
—¿Lograron averiguar algo sobre Truqué?
Nos miramos unos a otros con inquietud… Anderson también era un exorcista, uno de los mejores según contaban, aun así, ¿cómo íbamos a explicarle todo lo que vimos y sucedió entre las calles de ese pueblo infame? ¿Cómo contarle sobre Samael y sus habilidades? ¿Y qué decirle sobre los locos afanes de Truqué? ¿Le contaríamos sobre la última confrontación con el íncubo y el resultado final de dicha contienda? A mí mismo aún me cuesta trabajo creerlo.
—El Cardenal murió. —Dijo Sasaki al fin.
Anderson no se inmutó, de alguna manera era algo que al parecer esperaba.
—¿Fue el responsable de sus heridas? —Preguntó poco después, sorprendiéndonos un tanto.
—¿Por qué piensa eso? —Preguntó Haruhi, mirándolo con suspicacia.
—El Cardenal Truqué estaba bastante afectado la última vez que fue visto. Habló de castigo y muerte para los pecadores, y en su discurso no había lugar para justos o redimidos. Imaginamos que lo hallaríamos muerto tal como ustedes comentan, incluso que podría volverse violento, aun cuando toda su vida fue un modelo de conducta en cada aspecto de su vida, es por eso que los contratamos a ustedes, sabemos que son muy eficientes controlando personas violentas…
—Sí, fue él…
—¿Hay algo en ese pueblo que…?
—Sí, Cardenal. Entre las calles del pueblo habita el Mal Mismo, pero no es algo de lo que usted o nadie más se pueda hacer cargo. Ahora entiendo por qué es que el pueblo estaba aislado del resto del mundo… y lo que está ahí sigue vivo, palpitante, latente, esperando a resurgir. Silent Hill debe ser clausurado para siempre, nadie es capaz de controlar lo que hay en ese lugar.
Por la actitud que mi esposa tomó después de decir esas palabras, Anderson entendió que no debía preguntar nada más. Volvió a la cabina de pilotaje y se colocó los enormes audífonos mientras ocupaba uno de los lugares, dando instrucciones al piloto. Eché un último vistazo al pueblo, ahora iluminado e inocente; pensé por un momento que ese diminuto poblado entre las montañas, que tenía su propio lago y un buen clima bien podría ser un gran lugar para visitar, e incluso para vivir… eso claro, si el infierno no estuviera al abrir de cada puerta, tal como pasaba con Silent Hill.
El Hospital General de Brahms fue nuestra morada por la siguiente semana. Todos nos pusimos en contacto con nuestras familias, aunque ninguno entró en detalles sobre nuestro estado de salud. Nagato fue una de las que terminó en peores condiciones, de tal suerte que sus heridas, y por consecuencia las nuestras, no pudieron ser tratadas por medio de su magia, y nuestra recuperación debió ser lenta y dolorosa. Y no sólo era esperar que nuestros cuerpos sanaran. Varias veces desperté a mitad de la noche, empapado en sudor en medio de alguna pesadilla que involucraba sueños recurrentes sobre mi pasado inmediato en Silent Hill y eventos y personas tan lejanos como la Brigada SOS-Ni, Haruhara o el profesor Langdon. No era el único. Koizumi y Haruhi despertaban igual de turbados, Nagato daba algún respingo breve e intranquila recuperaba el sueño, y Asahina lloraba silenciosamente al despertar, encontrando refugio en el regazo de Robles, que no abandonó su lado todo el tiempo que duró nuestra convalecencia.
Fuimos rescatados de Silent Hill el 22 de junio. Pasamos doce días entre sus calles a merced del infierno personal de cada uno, durante ese tiempo no hubo forma de contactarnos, según Robles, después del tercer día de que el contacto se perdió, hubo equipos peinando el pueblo y sus alrededores todos los días, por supuesto, ninguno de ellos declaró jamás haber estado en medio de alguna neblina y mucho menos en la obscuridad, esos escenarios fueron reservados sólo para nosotros. Los autos alquilados fueron remolcados desde el momento mismo en que fueron encontrados. Lo que sí se perdió, una vez más, fueron nuestras armas y herramientas. Mis espadas se perdieron para siempre, al igual que la Desert Eagle de Haruhi, y no teníamos tiempo ni medios para hacer una búsqueda, muy probablemente se hayan quedado en la obscuridad, y aunque las apreciábamos, no valían como para volver por ellas.
Una delegación del Vaticano acompaño a Anderson al hospital al día siguiente de nuestra reaparición. Los nueve involucrados fuimos interrogados en grupo y por separado, todo esto en cerca de doce horas. Terminadas las investigaciones, Anderson nos agradeció, dijo que su oficina correría con todos nuestros gastos médicos e incluso psicológicos si lo veíamos pertinente, y nuestros honorarios fueron cubiertos ese mismo día. Haruhi hizo hincapié en que no debían intentar ir de nueva cuenta allá, nada bueno podría salir de una nueva visita.
El 28 de junio fui dado finalmente de alta. Era el último que faltaba, y terminado el papeleo, la Brigada SOS volaría hasta Los Ángeles y el día siguiente a Tokio.
Robles se las arregló para conseguir una gran camioneta para llevarnos al aeropuerto más cercano, yo estaba terminando de subir el parco equipaje a la parte trasera de la misma, y a unos cuantos metros Fujiwara hacia lo propio con las maletas de su equipo en el mismo auto de fabricante alemán del principio. Sasaki se disculpó con sus compañeros y caminó hacia mí aprovechando que estaba solo.
—Entonces es esto lo que ustedes hacen. —Comenzó mientras me ayudaba a cerrar la puerta posterior del auto.
—No exactamente esto, no siempre erradicamos demonios o visitamos el infierno en la tierra, pero algo así.
Tomó un momento para sonreír, reflexionando mientras se frotaba las manos.
—¿Puedo ser honesta contigo, Kyon?
—No esperaría menos de ti.
—Creo que esta es la primera vez que he sentido miedo de verdad en toda mi vida.
—Pero ya todo está bien, salimos vivos y victoriosos de allá y…
—¿De verdad? Porque yo no creo que hayamos salido tan victoriosos como crees… —Me interrumpió.
—¿Qué quieres decir?
—Antes de despertar… viví una vida diferente a la mía, una en la que tomé cada decisión que pudo estar equivocada, cometí cada error posible y la vida misma se volvió insostenible.
—Pero al final volviste.
—Sí, pero es otra versión mía no dejó de existir… y algo dentro de mi mente me dice que aún está ahí la Sasaki que optó por ayudar a Truqué, que incluso ese tú en su armadura diabólica existen en algún lugar, ahora mismo, en una realidad que se creó a causa de las decisiones que tomamos… no puedo dejar de pensar en que este es sólo un buen final, pero no necesariamente el único para esta historia… y quizás alguna de esas realidades está condenada por tomar otras decisiones no tan acertadas en el camino. —Me quedé mirándola mientras que ella se concentraba en el bosque y su inescrutable follaje, justo hacia adonde Silent Hill había quedado. —Por favor, agradece a Suzumiya de mi parte. Por todo. Ella sabrá entender… y ahora que sé cuán importante es aquello de lo que por tanto tiempo dudé y desdeñe sobre mí misma, creo que es hora de que tome otra actitud al respecto. Como siempre, ha sido un placer, Kyon, espero nos encontremos con mayor frecuencia en el futuro.
Dicho eso, hizo una educada reverencia y abordó el auto con su brigada, adelantándose hacia el aeropuerto. Haruhi salió del hospital guiando al resto de nuestro equipo.
—¿Y qué quería ella? –Preguntó desafiante plantándose a mi lado y mirando junto a mí como su auto se alejaba entre las montañas.
—Agradecerte. ¿Nos vamos?
Y mientras atravesábamos las colinas, yo buscaba entre los paisajes del estado de Virginia aquel diminuto pueblo fantasma, tan ordinario y tan único, tan inocuo para mentes inocentes como peligroso para los atormentados y virtuosos, pensando en que tal como había dicho Sasaki, probablemente tuve una vida o muerte distinta, y ante cualquier circunstancia, sabía que después de ese día nunca volvería a ser el mismo. Una parte de mí se quedaría cautivo para siempre entre las calles de Silent Hill.
The Evil Itself II
Fin.
Y sí. Lo que sigue de esto es el epílogo y nuestra historia estará concluida al fin. Háganme saber sus conjeturas y opiniones al respecto en un review. ¡Hasta al actualización! (Qué tengo la impresión de que llegará en poco tiempo)
¡Saluos y gracias por seguir leyendo!
