Hola espero sten bien jeje

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 13

Bella había asumido un compromiso consigo misma. Tenía muchas tareas que hacer y apenas energías suficientes para estar de pie. Para cumplir con las primeras sin agotar las segundas, se llevó el papeleo pendiente a la cama. Lo menos que podía hacer era pagar las cuentas y poner la contabilidad al día.

Como la casa estaba en silencio, encendió la radio que tenía al lado de la cama antes de empezar. Aunque hacía ya tiempo que había asumido que aquello sería un ciclo sin fin, continuaba sintiendo satisfacción pagando facturas y viendo cómo disminuían las deudas.

La casa era lo primero, siempre lo sería. Era una garantía de seguridad para sus hijos e, innegablemente, para sí misma. Catorce años y dos meses tardaría en pagarla, pensó mientras cerraba un sobre.

Catorce años, volvió a pensar. Los niños serían hombres para entonces. Ella quería que la casa en la que iban a crecer estuviera llena de buenos recuerdos, de amor y de risas. Y también de sentido de la responsabilidad. Eso era algo que no podía darles firmando un cheque. Y quería que llegaran a comprenderlo cuando crecieran. Lo que una persona tenía no era ni de lejos tan importante como lo que era. Pero había personas, ella lo sabía, que nunca encontraban la serenidad suficiente para entenderlo.

Bella firmó su cheque mensual para Grover Stanholz con una mezcla de gratitud y resentimiento, gratitud hacia él por haberle concedido aquel crédito. Y resentimiento por haber necesitado aquel préstamo. Pero el resentimiento no iba a servirle de nada. Sabía que cumpliría su compromiso. Los potros la ayudarían a salir adelante. Si le pagaban el precio adecuado, pronto podría saldar una de sus deudas. Se recostó contra la almohada y escribió la nota que siempre añadía al cheque.

Querido Grover:

Espero que cuando recibas esta carta te encuentres bien y seas feliz. Los niños están muy bien y deseando, al igual que yo, que termine el invierno. El tiempo está empezando a mejorar, aunque todavía queda nieve y hielo en los pastos. Quiero darte las gracias una vez más por habernos invitado a Florida. Sé que los niños lo habrían pasado estupendamente, pero es imposible dejar la granja o que los niños dejen de ir al colegio.

Dos de nuestras yeguas están a punto de parir. La primavera promete ser excitante. Si estás pensando en viajar hacia el norte, no dejes de venir, por favor. Me gustaría que vieras lo que me has ayudado a conseguir.

Como siempre, Bella.

Nunca sería suficiente. Bella dobló la carta y suspiró. Era tan poco lo que podía decir. Podía haberle mencionado a Edward. Habían hablando de su respectiva contribución al libro y sabía que Edward ya lo había entrevistado. De alguna manera, pensó, quizá fuera mejor para ambos que evitaran el tema hasta que el libro estuviera terminado. Stanholz quería a Jacob como si fuera su hijo y había sufrido como un padre por su muerte. Bella tenía la sensación de que no podía hacer por él mucho más que enviarle de vez en cuando las fotografías de los niños y una cartita añadida al cheque mensual.

Intentó sacudirse la tristeza y continuó revisando facturas. Primero las que tenía que pagar y después las que podían esperar algo más. Cuando terminó, le quedaba un total de veintisiete dólares y cuarenta centavos.

Decidió reservarlos para el fondo de emergencia. Era el único dinero que tenía de reserva. Los niños iban a necesitar zapatos nuevos en menos de un mes y veintisiete dólares no iban a ser suficientes. Eso le demostraba que había hecho bien al aceptar participar en el libro. Cuando le pagaran ese dinero, podrían mantenerse a flote. Y cuando nacieran los potros...

Tenía que parar. Bella cerró el libro con firmeza y ordenó los papeles. No iba a caer en la trampa de pasarse todo el día pensando en el dinero. Ya era suficiente. De momento, ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Se tumbó en la cama y miró hacia el techo con el ceño fruncido. Quisiera o no, no creía que tuviera fuerzas suficientes para atacar el suelo de la cocina o cualquiera de las tareas de la casa que estaban todavía pendientes. Pero tampoco se iba a quedar la tarde vegetando. ¿Cuándo había sido la última vez que había tenido un sábado libre? Al pensar en ello se echó a reír. ¿Y cuántas veces había deseado tener un sábado para no hacer nada en absoluto? Bueno, pues acababa de cumplirse su deseo y no lo soportaba.

Volvió la cabeza y vio el termómetro. Se negaba a tocarlo. Pero además estaba el teléfono. Bella vaciló y alargó la mano. Acababa de pagar la mayoría de las cuentas pendientes, ¿no? ¿Qué mejor momento para permitirse un pequeño lujo?

Bella marcó el dial y esperó pacientemente hasta el tercer timbrazo.

-Hola.

Le bastó oír aquella palabra para sonreír.

-Alice.

-¡Bella! -el resto fue un torrente de palabras, como si Alice necesitara hablar muy rápidamente para poder contarle todo lo que le había pasado desde la última vez que habían hablado-. Estaba pensando en ti. Esto debe ser otra muestra de la telepatía entre las trillizas. ¿Qué pasa?

-Estoy con gripe y estaba empezando a compadecerme.

-Ahora ya puedes dejar de hacerlo. Seré yo la que te compadezca. ¿Estás descansando lo suficiente y bebiendo mucho líquido? Apuesto a que no te has tomado ni una sola pastilla de esas megavitaminas que te envié.

-Claro que me las tomé -se había tomado unas cinco, antes de arrinconar el bote en la despensa-. En cualquier caso, hoy ya me encuentro un poco mejor.

Alice quitó una bota de en medio y se sentó sobre un montón de revistas.

-¿Cómo están los monstruos?

-Maravillosamente. Odian el colegio y a menudo también se odian el uno al otro, dejan todo por el medio y me hacen reír por lo menos seis veces al día.

-Eres una mujer afortunada.

-Lo sé. Háblame de Nueva York. Tengo ganas de distraerme un rato.

-La semana pasada nevó, fue maravilloso -Alice rara vez se fijaba en lo rápidamente que la nieve se transformaba en barro-. En mi día libre, fui paseando hasta Central Park. Fue como estar en el país de las hadas. Hasta los atracadores parecían encantadores.

No serviría de nada decirle a Alice que quizá no fuera prudente que se fuera a pasear ella sola por el país de las hadas.

-¿Qué tal van las representaciones?

-Parece que van a durar eternamente. ¿Sabes que mamá y papá estuvieron dándose una vuelta por aquí el mes pasado? Hicieron un par de actuaciones en Catskill y yo los convencí para que se desviaran por Manhattan. Papá tuvo una discusión terrible con el coreógrafo.

-Puedo imaginármelo. ¿Qué tal están?

-Cuanto más envejecemos nosotras, más jóvenes están ellos -se produjo una pausa tan corta que nadie, salvo su hermana, podría haberla detectado-. Bella, ¿has seguido adelante con lo del libro?

-Sí -se esforzó en mantener un tono de naturalidad-. De hecho, el escritor ya está aquí.

-¿Y va todo bien?

-Va todo estupendamente.

-Me habría gustado que esperaras hasta que pudiéramos estar alguna de nosotras contigo.

-Qué tontería. Pero los echo de menos, a ti, a Rose, a papá y a mamá. Y a Garrett.

-He recibido un telegrama suyo.

-¿De Garrett? ¿Dónde está?

-En Marruecos. Quería decirme que le había enseñado una foto mía a un jeque y le había ofrecido doce camellos a cambio. Es emocionante.

-¿Y los ha aceptado?

-No me sorprendería. Bella, estoy pensando en dejar este espectáculo.

-¿Dejarlo? Pero si acabas de decirme que no va a terminar nunca.

-Por eso. Todo está siendo demasiado fácil. Ya llevo cerca de un año con la misma obra -miró en la mesilla que tenía al lado y descubrió un pendiente que creía perdido para siempre. Sin pensarlo dos veces, se lo puso-. Creo que me gustaría tener tiempo para viajar. Si lo hago, ¿te importaría disfrutar de mi compañía durante algunos días?

-Oh, Alice, me encantaría.

-Bueno, pues no pierdas la esperanza. Ahora tengo que irme. La matiné del sábado, ya sabes. Dales recuerdos a los niños.

-Lo haré. Adiós.

Bella se recostó en la cama y se imaginó a su hermana agarrando la mochila, buscando las llaves, saliendo del apartamento a toda velocidad y llegando al teatro diez minutos tarde. Ese era el estilo de Alice. La crítica de Broadway había aclamado el musical en el que actuaba y ella estaba pensando en dejarlo para ver lo que pasaba fuera de Nueva York. También ese era el estilo de Alice.

Y el suyo consistía en hacer la colada todos los días. Con un pequeño suspiro, Bella se levantó de la cama.

Una hora después, estaba satisfecha de haber recuperado el control de al menos una parte de su vida. Vestida con un enorme jersey, llevó la primera carga de ropa limpia y doblada hacia las escaleras. La puerta principal se abrió de repente y entraron dos niños y un perro ladrando.

-¡Sigmund! -hizo una maniobra evasiva antes de que el perro pudiera tirarlas a ella y a las sábanas limpias al suelo.

-¡Mamá, mamá! ¡Tengo un camión nuevo! -emocionado, Chris blandía una reluciente camioneta mientras gritaba con un chicle en la boca.

-Eh, es preciosa.

Dejó el cesto de la ropa limpia para examinar el camión, desde el capó hasta las luces traseras, como sabía que se esperaba de ella.

-Y a mí me han comprado un avión -gritó Ben para llamar su atención-. Un reactor.

-Veamos -Bella tomó el avión y le dedicó el tiempo correspondiente-. Parece muy rápido. ¿Dónde está...?

Edward cruzó la puerta en ese momento, con una bolsa de provisiones en cada brazo.

-Hay más bolsas en el coche, amigos.

-¡De acuerdo!

Salieron corriendo otra vez, con el perro pisándoles los talones.

-Con que una roca, ¿eh? -le sonrió Bella cuando pasó por delante de ella.

-Lo era. Hasta ahora -Bella lo siguió al interior de la cocina-. Edward, has sido muy amable al comprarles unos regalos a los niños, pero no deberías dejar que te presionen.

-Para ti es fácil decirlo -murmuró. No estaba preparado para admitir el placer que le había causado comprarles aquel par de juguetes de plástico-. Y de todas formas, creo que lo he resuelto bastante bien. Ben quería la bomba atómica.

-Sí, lo puso en la lista de regalos de Navidad -echó un vistazo a las bolsas y vio un paquete de galletas rellenas de vainilla-. ¿Galletas de vainilla?

-Sí, me encantan.

-Mmm. Y barritas de chocolate.

-También me gustan las barritas de chocolate, sí -contestó, pasándole unas cuantas.

-¿Y te queda algún diente sano?

-Sigue así y te lo demostraré.

-¿Y sabes otra cosa?

Chris entró en la cocina, tambaleándose por el peso de una de las bolsas. Bella rescató la bolsa, la dejó en el mostrador y levantó al niño en brazos.

-¿Qué?

-Tenemos una sorpresa -Chris le rodeó la cintura con las piernas y soltó una carcajada.

-Se supone que no deberíamos decírselo -Ben entró la cocina, intentando no mostrar el esfuerzo que le estaba costando llevar la última bolsa.

-Ya entiendo. Bueno, a mí me parece que unos chicos que han trabajado tanto deben estar muertos de hambre.

-Ya hemos comido -Ben dejó las bolsas en el suelo y miró la caja de galletas-. Hamburguesas.

-Y patatas fritas -añadió Chris.

-Parece que habéis pasado un gran día.

-Ha sido genial. Ahora quiero poner las pegatinas a mi avión. Vamos, Chris.

Ante aquella imperiosa orden, Chris bajó de los brazos de su madre y salió corriendo detrás de su hermano.

-No se cansan nunca, ¿verdad? -comentó Edward mientras guardaba las compras.

-Imagino que habrás podido comprobarlo por ti mismo en los almacenes -tenía la mirada fija en las bolsas vacías, pero estaba más interesada en Edward-. Estoy un poco sorprendida -comentó-. No tienes aspecto de necesitar un frasco de aspirinas y una siesta.

-¿Debería?

-No sé. En realidad, hasta pareces habértelo pasado bien.

-Y me lo he pasado muy bien -cerró la puerta de la despensa y se volvió-. ¿Sorprendida?

-Sí -Jacob nunca disfrutaba con los niños. Sus hijos lo desconcertaban, lo frustraban y lo enfadaban, jamás los había disfrutado-. La mayoría de los hombres... solteros, no consideran muy divertido pasarse una tarde de sábado de compras con un par de niños.

-Estás generalizando.

Bella se encogió de hombros.

-Creo que nunca te he preguntado si tienes hijos.

-No. Mi ex esposa era modelo. No tenía tiempo para tener hijos.

-Lo siento. Edward se volvió y la miró divertido. -¿Por qué? Aquella pregunta la dejó estupefacta. -El divorcio... normalmente es una experiencia difícil.

-En este caso, lo que fue difícil fue el matrimonio. Solo duró un año y medio.

Qué poco tiempo, pensó. Pero Edward parecía un hombre capaz de asumir y enfrentarse rápidamente a un error.

-Pero aun así, el divorcio nunca es una experiencia agradable.

-El matrimonio rara vez lo es.

Bella abrió la boca para mostrar su desacuerdo, pero descubrió que tenía muy pocos argumentos en contra.

-Pero divorciarte es como admitir que eres un fracasado, ¿verdad?

No estaba hablando de él. Edward sacó una botella de leche y la metió en el frigorífico, preguntándose si Bella seria consciente de lo transparente que era.

-Lo que fue un fracaso fue nuestro matrimonio, no yo.

Bella intentó sacudirse aquel sentimiento. Y, como tantas veces había visto hacer Edward a su propia madre, dobló pulcramente las bolsas.

-Supongo que es más fácil cuando no hay niños por medio.

-Yo no estoy de acuerdo con eso. Yo diría que cuando un matrimonio no funciona, no funciona. Y es absurdo fingir que las cosas son de otra manera.

Bella alzó la mirada y descubrió a Edward mirándola fijamente. Se estaba acercando demasiado a la verdad, pensó Bella, mientras mantenía sus manos ocupadas.

-Bueno, parece que ya está todo bajo control.

-Todavía no, pero casi -se acercó a ella y posó la mano en su frente-. Está bajando la fiebre.

-Ya te he dicho que me encontraba mejor.

-Estupendo. Porque quiero que hayas recuperado completamente las fuerzas antes de que empecemos a trabajar otra vez. Me gusta jugar lo más limpio posible.

-¿Y cuándo no sea posible?

-¿Tú crees en las normas, Bella?

-Por supuesto.

-No hay que dar nada por supuesto. Las personas establecen normas y después las utilizan para ignorarlas. La gente inteligente no se encasilla en ellas. Tengo otra cosa en el coche.

Descontenta con él y con la situación, Bella se volvió y subió a su habitación. Oyó a los niños caminando detrás de Edward y continuó haciendo sus tareas.

¿Cuánto sabría Edward de su matrimonio? Ella no pretendía haberlo mostrado como si hubiera sido la gloria. ¿O sí? Simplemente quería darle una impresión de normalidad, de un matrimonio satisfactorio. Había llegado a ese acuerdo consigo misma. No mencionaría las lágrimas ni las promesas rotas, ni las mentiras, ni las desilusiones. No podría ocultar sus infidelidades, puesto que habían aparecido en todas las revistas, pero pensaba que podría restarles importancia. Y desde luego, no pensaba, por nada del mundo, permitir que descubriera que había rellenado los impresos del divorcio unos meses antes de que Jacob participara en su última carrera.

Seguramente no lo sabía, se dijo a sí misma mientras se asomaba a la ventana. No tenía ningún motivo para haber ido a entrevistar a su abogado. Y aunque lo hubiera hecho, ¿aquella no era acaso una información confidencial? Cuatro años atrás, había pasado una agonía intentando encontrar la mejor manera de decirles a sus hijos que iba a divorciarse de su padre. En vez de hablarles del divorcio, al final había tenido que explicarles que su padre había muerto.

Chris no lo había comprendido. Apenas conocía a su padre y no tenía manera de comprender lo que significaba la muerte. Pero Ben sí. Habían llorado juntos y aquella primera noche habían dormido en la misma cama en la que Bella había pasado tantas y tantas noches sola.

En aquella etapa, estaba intentando darles lo que pensaba podían necesitar para comprender a su padre y para comprenderse a sí mismos. Y tenía que protegerlos. El problema era que ya no estaba segura de cómo iba a poder hacer las dos cosas.

-Mamá -Ben abrió la puerta del dormitorio sin llamar-. Tienes que bajar. La sorpresa ya está lista.

Bella lo miró. Estaba en el marco de la puerta, ansioso y sonrojado con una mezcla de emoción y tristeza.

-Ben -Bella se acercó a él y le dio un fuerte abrazo-. Te quiero.

Complacido y avergonzado al mismo tiempo, el niño se echó a reír. Y como no había nadie que pudiera verlo, le devolvió el abrazo con todas sus fuerzas.

-Te quiero, mamá.

Y como conocía bien a su hijo, Bella le mordisqueó el cuello hasta hacerle reír.

-¿Y cuál es la sorpresa? -le preguntó.

-No te lo voy a decir.

-Sabes que puedo hacerte hablar. Que puedo conseguir que estés más que dispuesto a decirme todo lo que sabes.

-¡Mamá! -gritó Chris con impaciencia desde el final de la escalera-. Baja, dice Edward que no podemos empezar hasta que no estés tú aquí.

«Dice Edward», pensó Bella con un suspiro. Aprovechando aquel momento de distracción, Ben consiguió escabullirse y bajó bailando las escaleras.

-Corre -le ordenó, y continuo bajando.

Divertida, Bella bajó tras él.

-De acuerdo, ¿dónde está todo el mundo? -los encontró en el salón, acurrucados frente a un video.

-¿Qué es eso?

-Lo ha alquilado Edward -Chris, delirando de alegría, se subió al sofá y gritó-: ¡Se pueden poner cintas de películas!

-Ya lo sé -miró a Edward mientras este ponía el aparato en funcionamiento.

-Dice que como no podemos ir al cine, veremos la película en casa. Hemos traído Los Guerreros del Espacio.

Bella levantó a Chris en brazos.

-¿Los Guerreros del Espacio?

-He perdido la votación -le dijo Edward-. Había películas mucho más interesantes.

-Estoy segura.

-Pero he traído esto también -le mostró una segunda cita.

-Sin Ley -murmuró Bella-. El último gran éxito de Rosalie. Estaba realmente maravillosa en esta película.

-Siempre me ha encantado.

-Todavía me acuerdo de estar en el cine y verla salir en la pantalla. Es una sensación increíble -le bastó tener aquella cinta entre las manos para sentir cerca a su hermana y saber que nunca estaría realmente sola-. Es curioso, he hablado con Alice hace un par de horas y ahora...

-¿Podemos ver nosotros a Rosalie? -Ben estaba casi fuera de sí ante la posibilidad de ver a su tía en la televisión. Me gusta ver cuando le dispara a ese tipo en el sombrero.

Bella vaciló, sin saber muy bien qué hacer. Ambos niños la miraban ansiosos. Edward se limitó a arquear una ceja y esperó. Y Bella cedió, más por sí misma que por ellos, comprendió.

-Creo que nos faltan las palomitas.

Edward sonrío de oreja a oreja, comprendiendo perfectamente el proceso que había tenido lugar en el interior de su cabeza.

-¿Las vas a hacer tú?

-Sí, creo que podré arreglármelas sola.

Veinte minutos después, estaban repantingados en el sofá, viendo la primera de una serie de batallas con espadas láser. Ben, como siempre, era partidario de los malos. Chris apretaba con sus deditos el brazo de Bella, y ella se inclinaba hacia él y le susurraba cosas al oído parí hacerle reír.

Parecía todo tan normal. En eso fue en lo que estuvo pensando durante aquella ruidosa película. Ver una película comiendo palomitas durante una fría tarde de sábado. Parecía tan sencillo, tan simple... Pero ella nunca había deseado mucho más. Relajada, apoyó el brazo en el respaldo del sofá. Rozó con la mano la de Edward. Empezó a apartarla, pero después lo miró.

Él la estaba observando por encima de las cabezas de sus hijos. Las preguntas que siempre parecían poblar sus ojos continuaban allí, pero Bella se estaba acostumbrando a ellas. Y a él. Edward estaba haciendo eso por ella, por sus hijos. Y quizá, solo quizá, él también lo estaba haciendo por sí mismo. Quizá fuera lo único que realmente importaba. Con una sonrisa, entrelazó los dedos con los suyos.

Edward no estaba acostumbrado a tanta sencillez en una mujer. Bella se había limitado a sonreírle y a tomar su mano. No había coqueteo en aquel gesto, ni tampoco sutiles promesas. Si hubiera tenido que interpretar aquel gesto, habría dicho que era una forma de darle las gracias.

Edward pensó que en aquello consistía tener una familia. Fines de semana poco tranquilos, con rostros pegajosos, tareas rutinarias y un salón lleno de juguetes. Y cálidas sonrisas de una mujer que parecía feliz de tenerlo a su lado. Docenas de preguntas que contestar a las curiosas mentes infantiles y búsqueda constante de respuestas. Y satisfacción, una satisfacción que no requería de focos ni música rápida.

Él siempre había querido tener una familia. Una vez se había dicho que estaba dispuesto a renunciar a ella por Tanya. tanya, con aquella admirable silueta y sus sensuales y oscuras miradas, había conseguido provocar ciertos sentimientos en su interior... Hacerlos estallar, quizá fuera una mejor forma de decirlo, admitió Edward. Le resultaba mucho más fácil recordarlo en aquel momento, cuando ya todo había terminado. Se habían conocido, habían hecho el amor y se habían casado. Todo ello arrastrados por un torbellino de sensualidad. Le había parecido lo mejor. Ambos vivían al límite y les gustaba. Pero, de alguna manera, había sido el peor de sus errores. Tanya quería más, más dinero, más emociones, más glamour. Y él quería... Maldito fuera si sabía lo que quería.

Pero al menos podía creer que la mujer que estaba sentada a dos niños de distancia de él era real, y podría ser suya.


A poco no sta cada vez mas interesante esto?

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