Capitulo 12

A Isabella le fue difícil recordar los nombres de todos los presentes. La cena resultó ser una fiesta en su honor, y medio pueblo estaba invitado.

El señor Aro en persona la presentó a los invita dos. Su esposa, Tanya, la saludó, y luego la ignoró por comple to con total descortesía. A Aro Vulturi le pareció muy graciosa su actitud.

—Está celosa, pero no se preocupe —dijo a Isabella en voz baja—. Usted le ha quitado el trono, Tanya era la más her mosa del lugar. Debo admitir, señorita Swan, que envidio a Anthony.

Ella se sonrojó; el hombre le pareció agradable. Era muy distinguido, tendría alrededor de cuarenta años; su cabello era castaño claro, y los ojos grises revelaban todo lo que pensaba. Disfrutaba de las buenas cosas de la vida. Su casa era impo nente. Como Anthony se lo había advertido, a Aro Aro le agradaban las mujeres.

Sus miradas apreciativas no disgustaron a Isabella. Es taba muy a gusto con Aro. No le prestó demasiada atención cuando le sugirió que la aguardaría en un lugar apacible si al gún día se cansaba de Anthony.

¡Qué ocurrente! Aro Vulturi podía ser su padre. Estaba bromeando, seguramente. Era obvio que amaba a su esposa, porque la buscaba con la mirada cuando no estaba cerca de él. Fíona era una mujer hermosa de cabello negro y ojos azules. Bastante más joven que su esposo, y no mucho mayor que Isabella en realidad.

La cena fue informal porque había, muchos invitados. La gente se sentaba donde gustaba, y apoyaba el plato sobre la falda. Isabella lo estaba pasando bien. La comida era sencilla y abundante. También se bebía mucho champagne.

Anthony la dejó sola para que conversara con las demás mujeres. Él estaba ocupado: todo el mundo lo felicitaba; una y otra vez tuvo que contar cómo se habían conocido. Ella escu chaba el relato con atención, para no cometer errores si le ha cían las mismas preguntas.

La gente era agradable, y pareció alegrarse realmente de su suerte. Pero lo que la tranquilizó más que nada fue que Anthony siempre estaba cerca. Era difícil explicar por qué se sen tía incómoda cuando estaba a solas con él, y ahora esa presen cia era bienvenida. Sólo tenía que mirar alrededor, y allí estaba siempre. No se dio cuenta de que muchas veces lo buscó con la mirada.

Él sobresalía, y no sólo por su estatura. Lucía la ropa a la perfección; su cuerpo corpulento y robusto no permitía arru gas en la chaqueta ni defectos en el pantalón. A su alrededor había una aureola de fortaleza; era muy varonil. Isabella ad virtió que la gente del pueblo lo trataba con respeto.

—Es el hombre más atractivo que he visto. Isabella estaba mirándolo cuando Jessy Durant le hizo ese comentario.

—¿Quién? —le preguntó.

—Su esposo, por supuesto.

—Ah —Isabella se sorprendió ante la franqueza de la jovencita.

Jessy tenía sólo dieciséis años. Su madre. Rebeca, estaba sentada a su lado, pero el comentario no le llamó la atención. Rebeca estuvo de acuerdo con su hija, al igual que las otras damas.

—Aún no es mi esposo —explicó Isabella para evitar ma los entendidos.

—Querida, es como si ya estuvieras casada —dijo la se ñora Landis—. Antes, cuando el ministro no venía por aquí tan a menudo, las parejas jóvenes no esperaban. Si eran libres y se amaban, bueno, pues vivían juntos y recibían la bendición después. Ahora, casi todos los pueblos tienen un ministro. Aquí teníamos uno, pero murió, y nadie lo ha reemplazado.

—Entiendo —respondió Isabella con tono amable.

—No me avergüenza confesar que esperaba que Thony se fijara en mí —dijo Jessy con toda confianza—. Él o su her mano, Edward. Ambos son tan...

—¡Jessica Durant! —la reprendió Rebeca—. Una cosa es admirar a un hombre respetable como nuestro Thony, pero otra cosa es pensar en un hombre como Edward. Creo que te eduqué para algo, niña.

A Jessy no le afectaron las palabras de su madre.

—¿Conoce a Edward? —preguntó a Isabella.

—No, todavía no —respondió Isabella.

—Entonces, prepárese.

—Para un susto —acotó Rebeca, era obvio que ese hombre no le agradaba.

—Ese muchacho no es tan malo, Rebeca —dijo la señora Landis.

—Sí que lo es —intervino otra señora, quien compartía la idea de Rebeca.

—Bueno, no veo por qué estamos hablando de Edward.

—¿Por qué no habríamos de hacerlo, Rebeca? —Su esposo, Emery, se acercó con John Hadley. —No todos los pueblos pueden jactarse de tener un pistolero tan famoso.

—Sabes muy bien que Edward Cullen no es de Aro —le dijo Rebeca a su esposo.

—No, pero desde que su hermano se afincó aquí, Aro es su hogar más que cualquier otro pueblo.

Isabella miraba a Emery Durant con curiosidad.

—¿Qué es un pistolero?

—Un hombre que es rápido con la pistola.

—¿Trabaja para alguien? —preguntó sin entender muy bien.

—No sé —respondió Emery—. Nunca se comentó que trabajara para alguien. ¿Quiere decir que Thony no le habló de su hermano?

—No mucho —admitió ella.

—¡No me diga! —El rostro de Emery se encendió como el de un niño a punto de confesar un secreto. Vio que Anthony no estaba cerca, y se sentó al lado de su esposa. —Bueno, le con taré lo que ocurrió el día que Edward Cullen vino por primera vez a Aro .

Las mujeres suspiraron al unísono porque habían escu chado esa historia cientos de veces. Isabella no sabía si quería escucharla, en realidad.

—Estaba vestido de indio —dijo John Hadley antes de que Emery abriera la boca para decir algo—. Parecía un indio, tenía el cabello largo hasta los hombros...

—¿Me permites que lo cuente yo, John? —dijo Emery furioso.

—Bueno, yo estaba allí —gruñó John—, tú no.

—¿Qué hizo Edward? —Isabella interrumpió el comienzo de una discusión.

—Mató a James Smith. Smith era un tipo peligroso, un asesino a sueldo.

—¡Smith! —dijo Isabella, quien recordaba el nombre. Miró a Anthony, y se preguntó por qué no se lo había dicho.

Anthony salió del lugar con Aro . Ella miró a Emery Durant con la esperanza de haber malentendido.

—¿Quiere decir que Edward Cullen es un asesino?

—Bueno —respondió Emery—, al único que mató fue a Feral. Eso fue hace siete años, era muy joven, entonces. Sin em bargo, se decía que ya había matado una docena de hombres. No sé si mató a alguien más desde entonces.

—¿Por qué no lo han arrestado? —preguntó Isabella, pálida.

—¿Arrestarlo? —preguntó Emery.

—Usted acaba de decir que mató a un hombre en este pueblo.

—Fue un enfrentamiento justo, señorita Swan. Na die puede decir lo contrario. —Los demás asintieron—. Edward incluso dejó que James disparara primero. Pero, Edward fue más rápido. Nunca vi a nadie tan rápido como él.

¿Sabía esta gente que Smith había matado al padre de Edward? Lo dudaba. Ahora necesitaba beber algo. No quería oír más historias sobre el hermano de Anthony. La oveja negra. Así lo había llamado él. Y no se había equivocado.

En el escritorio de Aro Aro , el tema de conversa ción también era Edward. Fue Aro quien lo nombró.

—¿Has visto a tu hermano últimamente?

—No, hace un tiempo que no lo veo —respondió Anthony serio.

Aro siempre preguntaba por Edward cuando se encontra ban. Le agradaba tener pistoleros rápidos, y ambos sabían que Jacob Black no era tan rápido.

—Bueno, la oferta sigue en pie. Díselo cuando lo veas.

—Lo haré.

—¿Qué es eso tan importante que tenemos que conversar en privado? —preguntó Aro y encendió un cigarro.

—Malas noticias, me temo —dijo Anthony sin rodeos—. Se trata del ferrocarril que estamos financiando. Hay problemas.

—¿Qué quieres decir?

—Hubo un error. Parece que se agotaron los fondos, y sólo se construyeron tres cuartos de la obra. Se detuvo el tra bajo, y no pueden conseguir a nadie que quiera invertir para así poder terminarlo. Yo no tengo más dinero, lo invertí todo. Sólo me queda el rancho. Espero poder saldar mis deudas

pronto. Por suerte te advertí que no invirtieras demasiado. Pa rece que no obtendremos ganancias.

Aro se quedó mudo. Anthony sabía por qué. Cuando le mencionó lo del ferrocarril sabía muy bien que Aro no acepta ría su consejo. Y así había sido. Había invertido mucho dinero para tener una mayor participación, pero no había dicho nada a Anthony. Aro había vendido sus inversiones, pero no en Aro . Hasta había vendido el activo de su banco, con la espe ranza de convertirse en un empresario de ferrocarriles. Sólo había visitado la obra una vez, y aceptaba sin objeciones la rendición de cuentas que sus abogados le enviaban. El dinero no había sido malgastado. Se había destinado bastante al pro yecto original.

—Pero... tiene que haber alguna forma de...

—No, a menos que conozcas a alguien que quiera com prar una parte —respondió Anthony con naturalidad—. Están pi diendo a los inversores originales que aporten el dinero que falta, pero es una suma muy grande. Yo no tengo un centavo. No puedo aportar nada. ¿No recibiste la carta todavía?

—No —dijo Aro.

—Ya la recibirás. Así te enterarás con más detalles de lo que falló. Bueno, voy a buscar a Isabella. Buenas noches, Aro.

Aro sólo asintió. Se sentía mal, mareado. Todo lo que había construido en años se desmoronaría a menos que con siguiera más dinero. Tendría que recurrir a ese abogado de St. Louis, el que había escrito sobre algunos clientes europeos que andaban buscando un rancho en esta zona. Quizás alguno de ellos también querría comprar un hotel. Era una buena so lución. Pero, ¿qué más podía hacer?

Tenía que hacerlo, no había otra solución. Y ya no tenía edad como para volver a empezar. Las épocas habían cambia do. Ya no era sencillo hacer fortunas. La ley había llegado a Arizona.

Se quedó solo, con la mirada perdida. Sabía lo que debía hacer. Sabía que no tenía otra alternativa.

Os deseo a todos una Feliz Navidad y un prospero año nuevo.

Besos y abrazos

Julietix.