Notas Iniciales: ¿Quién es más fuerte?


Capitulo 13. "División"

Al abrir la puerta de la sala, Osomatsu se encontró con la imagen de Ichimatsu escondido tras el único sillón verde y a Jyushimatsu corriendo tras el divertido felino que saltaba de un lugar a otro escapando de los amistosos abrazos del quinto hermano. Vio a Ichimatsu salir de su escondite para sorprender al gato quien erizó su grisaseo pelaje para volverse en dirección opuesta. Jyushimatsu reía sin parar imitando en su rostro y voz el comportamiento de un gato mientras Ichimatsu al fin se percataba de la presencia del mayor ahí con ellos.

—Veo que se divierten— comentó Osomatsu con una sonrisa, Ichimatsu desvió la mirada avergonzado, un gesto que hizo al primer hermano sentirse un poco culpable por haber interrumpido la diversión, era la primera vez que veía a Ichimatsu comportarse tan despreocupado después de todo y no era normal verlo sonreír con verdadera felicidad.

—¡Hola, Osomatsu-niisan!— le dio la bienvenida el quinto quien al fin yacía acostado de estomago en el suelo con el felino encima suyo lamiéndose las patas delanteras. —¿Te gustaría jugar con nosotros?

—No, yo paso. Sólo vine a ver cómo estaban.

—Nos quedamos solos, ¿verdad?

—Si— correspondió Osomatsu a la observación asertiva de Ichimatsu. —Choromatsu, Karamatsu y Todomatsu se han ido a sus trabajos. ¿Ustedes no tienen algo que hacer?— cuestionó mientras se sentaba en cualquier lugar disponible del suelo.

—Hoy no tengo horas por cubrir así que estoy libre— Ichimatsu informó sin mostrar algún interés sobre su situación, acercándose al felino para cargarlo y recibir sorpresivas lamidas de comodidad que al instante lo ruborizaron; el gesto Osomatsu no pudo ignorarlo pero no dijo nada al respecto, no quería pensar en nada complicado por ese momento.

—Ya veo. ¿Eso significa que estarán aquí todo el día?

—¿Te incomoda?

—Para nada, me siento feliz de que se queden acompañarme. Con ustedes aquí puedo dar un vistazo al jardín sin preocuparme por lo que diga Pajamatsu sobre el cuidado que pongo en mamá— agregó con una sonrisa juguetona.

—Quién sabe, podría ser todo lo contrario— dijo Ichimatsu en acento sombrío antes de dirigirle una mirada compasiva al menor de los tres. Osomatsu siguió esa mirada hacia donde Jyushimatsu permanecía recostado, perdido en el movimiento de cola -cada vez más rápido- que ejercía el felino frente a él, sin sospechar un instante de cómo era escaneado.

—Acaso, ¿sucedió algo?— quiso saber pero Ichimatsu se limitó en esquivar la obvia curiosidad del primer hermano, pretendiendo ser indiferente.

—No en realidad.— Y se dejó caer con pereza sobre el sillón. —Oye, Jyushimatsu. No lo mires tanto, lo incomodas.

—¿En serio?—. Jyushimatsu al fin dirigió el rostro en dirección a sus hermanos dejando que la mueca risueña se perdiera por un diminuto instante para volver a sonreír de nuevo.

—En serio, así que deja de acosarlo.

—¡Entiendo! ¡Lo siento mucho!

Osomatsu vio al quinto Matsuno inclinarse para dar una marcada reverencia al gato, el cual pareció aceptar la disculpa maullando una sola vez sin descomponer su posición o moverse en dirección opuesta; una coincidencia bastante peculiar.

—Eres bastante intuitivo cuando se trata de gatos, ¿no es cierto, Ichimatsu?

—No es así, si sé algo es solo lo esencial.

—¿Oh? A mi parece más bien al revés.— Ichimatsu puso especial atención al cambio tan brusco que había dado lugar en el acento natural del mayor, al principio, quizás, podría oírse normal pero Ichimatsu sabía en qué momento existía burla en la voz de Osomatsu y rápidamente se encontró poniéndose en guardia bajo su semblante aburrido de costumbre. El aura de Osomatsu había cambiado pero no mostraba signos de agresión, el color carmín de su alma continuaba dominando su silueta mas bastaba una mirada para comprender que el peligro estaba latente. —Anoche Todomatsu dijo que tu manera de actuar con ellos era comprometedora. Bien, a mi no me importa ya que eres mi hermano y te acepto tal cual seas, pero dudo que para el resto sea igual.

—No tengo nada que ocultar si es a lo que te refieres.— Ichimatsu estableció al instante su contraataque, inspirando una sonrisa confiada en el primero cuando la hizo. —Al tratarse de secretos soy quien menos se molesta en ocultar alguno, ¿no lo crees, Osomatsu-niisan?

—Apuesto a que si pero, ahora que lo pienso, soy muy malo apostando. Prefiero esperar que ir contracorriente para no perder más de lo necesario, ni siquiera creyendo en mis propias convicciones.

Tal insinuación fue demasiado directa para Ichimatsu. No comprendía qué era lo que sucedía. ¿Por qué Osomatsu lo estaba retando? La oscuridad que cubría al primogénito continuaba siendo neutral, no se suponía que debiera alterarlo tan fácilmente, mucho menos provocarle tal inquietud. Osomatsu estaba volviendo a romper su redes de control.

—Osomatsu-niisan, tú...

—¡Ichimatsu-niisan!—. La voz siempre animada de Jyushimatsu destrozó la burbuja en que ambos hermanos mayores se encontraban, atrayendo la atención de ambos hacia el quinto hermano que continuaba ajeno a la atmósfera de amenaza que tanto Ichimatsu como Osomatsu mantenían en pie aún en presencia de él. —El gato ya se siente con fuerzas para salir a tomar aire, ¿no crees que deberíamos llevarlo al jardín?—. Jyushimatsu alzó los brazos en señal de entusiasmo pero Ichimatsu se permitió meditarlo profundamente.

—Si, deberíamos— respondió Osomatsu, sorprendiendo al cuarto hermano de sobremanera por lo que no dudó en voltear hacia él. Gesticuló una sonrisa traviesa mientras se frotaba por debajo de la nariz con inocencia. —¿Por qué no? Será divertido.

—¡Yo también lo pienso! Oye, oye, Ichimatsu-niisan, vamos— Jyushimatsu insistió con toda la energía que generaba su anatomía sin pensar en lo tenso que Ichimatsu se había sentido cuando la sonrisa -aparentemente- desinteresada de Osomatsu estiró las comisuras de sus labios, inevitablemente entró en pánico pues si la oscuridad de Osomatsu estaba muy fuera de su entendimiento, entonces no sabría de qué manera enfrentarla; con sólo aquella última conversación se dio cuenta que Osomatsu poseía algo más que una oscuridad neutra.

—Está bien, vamos— aceptó logrando mantener la compostura, se levantó del sillón y siguió a Jyushimatsu de cerca sin mirar atrás donde la figura del primer hermano también se ponía de pie para enseguida imitarlos y salir fuera de la habitación rumbo al patio de la residencia.

.

Las horas se fueron consumiendo en el silencio de sus neuronas cuyas funciones no fueron otras que enfocarse en el trabajo de oficina al que ya se había acostumbrado. La mirada de Karamatsu continuaba sobre el documento que proyectaba la pantalla del computador pero, aunque su cuerpo seguía las ordenes de su cerebro, realmente sus dedos nunca dejaron de temblar mientras presionaba los botones del teclado. El horario terminó sin que pudiese resolver el dilema en el que se encontraba, y por ende, decidió cambiar un poco el camino establecido por sus pasos; aquel que fuera más extenso parecía la mejor elección para pensar cuidadosamente. La suerte había sido echada, no había marcha atrás, o terminaba su labor o enviaría todo al infierno. Por más que lo quisiera aún no estaba dentro del circulo, aún podía retroceder pero no estaba seguro de que hacer eso fuera lo mejor, quizás sería lo mejor para él pero no quería abandonar a sus hermanos. Levantó la mirada y sintió como si la distancia se extendiera mucho más allá de los limites, rompiéndose ante sus ojos en dos caminos envueltos con las penumbras de la noche. Una sensación conocida de malestar se instaló en su pecho y se detuvo de golpe en su andar. Su respiración se descompuso mientras su mayor temor se fusionaba con las memorias que danzaban sobre su cabeza, los mismos recuerdos que atesoraba junto a su familia. Tenía miedo pues no quería perder la cordura enfrentando algo que podría ser más poderoso que él. Temía porque no se creía capaz de cargar con tanto dolor, con tanto poder, por sí solo.

Su amado Osomatsu, su preciado Todomatsu, su querido Choromatsu, su consentido Jyushimatsu, su estimado Ichimatsu; cada uno de ellos pendía de la cuerda floja y no era su elección lastimarlos pero tampoco podía evitar que se destruyan unos a otros. Los seis habían sido cortados con la misma tijera y era inevitable que sus instintos de supervivencia se desarrollaran, los seis eran uno solo pero esa unión se estaba dividiendo, perturbados por sus distintas personalidades, quebrantados por su independencia personal, por el odio que se forjaron al separarse y al permanecer cerca. Karamatsu comprendía que el proceso iría evolucionando mas la distancia afianzaba la profundidad de las heridas, estas jamas fueron curadas y era por eso que emergían como enemigos mientras se enmascaraban con cordialidad, conscientes de las cadenas fraternales con las que podrían fingir ser inocentes.

El mareo que le abordó intensificó a medida que la sensación de pesar se fusionaba con su organismo, esto también lo había sentido antes pues las nauseas eran similares a lo que experimentó la vez que Osomatsu le confesó sus sentimientos, era una culpa tóxica que aclamaba por su muerte, por su cadáver siendo sumergido a las arenas del tiempo. Entonces, tras una serie de espasmos incontrolables deshechos por todo su ser, tomó una decisión y avanzó por una calle muy distinta a la que usualmente surcaba. No iría a la casa de sus padres todavía.

.

Ya llevaban tiempo irrecuperable en el jardín de la vivienda, el viento soplaba una brisa fresca que -aunque fuese ligera- era deliciosa sentir sobre su piel luego de tanto calor. Y mientras observaba a sus hermanos sentado a una distancia prudente de ellos, Osomatsu se preguntaba si esta paz ilusoria sería corrompida al siguiente instante; Jyushimatsu corría despavorido tras el animado felino quien no parecía tener la menor intención de marcharse pronto de ahí y dejar de juguetear con el quinto Matsuno, Ichimatsu permanecía quieto vigilando a ambos con una pequeña sonrisa tirando de sus labios a favor de la calidez que le provocaba verlos tan felices. Todo al primogénito le resultaba tan incierto, tan absurdo, dos de sus hermanos pequeños estaban ahí con él, pasando su presencia por alto como si nunca hubiesen existido encuentros desagradables entre los tres. Lo recuerda, recuerda a Ichimatsu arrinconado sollozando con el rostro lleno de rasguños, a Jyushimatsu desplomado con una expresión confundida plasmada en su rostro siempre sonriente, sujetándose el estomago de forma adolorida; al pensarlo a Osomatsu le duele pero no puede sentirse culpable. Osomatsu también tiene miedo, le aterran las sombras que se dispersan por el terreno cuando quedan ausentes los rayos del sol porque sabe lo que hay más allá de esa quietud tan cómoda, sabe lo que hay oculto entre tantas emociones agrías. Levanta la mirada y puede verlo, en la reja que divide el jardín de las calles, ese sujeto está de pie mirándolo a él y a sus hermanos, viste la misma sudadera negra, sus escleras están teñidas del mismo color carmín que Osomatsu conoce tan bien y su boca no abandona la sonrisa demoníaca que durante todo este tiempo lo caracterizó. Akumatsu aún aguarda una respuesta, sigue esperando por él, por eso no duda en levantarse y acudir a su silencioso llamado, atrayendo cual imán la mirada de los otros dos.

—¿Osomatsu-niisan?—. Jyushimatsu hace un intento por alcanzarle pero es detenido por el brazo de Ichimatsu quien comprende que lo mejor para ellos sería ser simples espectadores en ese instante pues sabe que Akumatsu es más de lo que emerge a la superficie, él pertenece a su mundo después de todo. Cuando formas parte de la muerte, esta se convierte en algo más valioso que una mera extremidad corporal.

Me da gusto verte, Onii-chan.— El saludo de Akumatsu viene cargado de sorna, Osomatsu siente cómo su veneno termina por inyectarse en el aire que revolotea sus cabellos pero no corresponde a sus palabras, no es necesario. —Hoy estás muy callado, ¿no es así? La última vez lucías más accesible, lo recuerdas, ¿cierto?

Las imágenes se cuelan por el cerebro del primer Matsuno, marchando frente a sus ojos igual a el rodaje de una película antigua. Sus dedos tiemblan ante los ingratos recuerdos pero procura estar compuesto frente a ese ser de alma negra; él no debe darse cuenta cuánto le ha afectado su ataque verbal pero, desgraciadamente para Osomatsu, él ya se había percatado de su lamentable estado.

—Sólo recuerdo que, desde el inicio, tu rostro no ha sido algo importante. No me interesa seguir tus condiciones ni me interesa pelear a tu lado contra Kamimatsu. Me temo que tendrás que buscarte a otro.

Si esa es tu decisión final, supongo que ya lo habrás elegido a él.

—Ya te lo dije, no me interesa. Seguiré mis propias convicciones, nada más.

Ya veo.— Akumatsu se alzó de hombros sin mostrarse afectado por la respuesta de Osomatsu, convencido de que él poseía el control de la situación, del más diminuto de sus sentimientos. —Entonces, debo suponer que la seguridad de tus hermanos la dejas a mis pies... y a los pies de Kamimatsu.— Las pupilas del primogénito no temblaron un instante, totalmente seguro de la firmeza en su elección. —Quieres decir que no te importa el camino que cada uno de ellos puede llegar a tomar sin tu guía.

—No te preocupes, ellos son fuertes. Además— Osomatsu cerró un momento los parpados, dejando al mundo real en la oscuridad carmesí; —... son parte de mi, no olvides eso.

Akumatsu retrocedió y la sonrisa en los labios del primer Matsuno se extendió, sus irises adornados por un brillo vívido, libre de aprensión. Aunque las facciones de Akumatsu habían descendido a la indiferencia, no perdió el estimulo burlón que gobernaba cada gesto suyo.

Eso crees— afirmó desviando por primera vez la mirada hacia los dos que yacían cercanos a la conversación que entablaban, enfocando sus pupilas especialmente en el rostro amenazador del cuarto Matsuno quien, sujetándose a los dedos de Jyushimatsu, pactó con las sombras sonrientes que contenía el alma entera de Akumatsu. Osomatsu no tardó en darse cuenta de ello pero mantuvo firme su mirada sobre el Matsu Inverso. —Si estás tan seguro tal vez deberías ponerlos a prueba. El conteo terminó.

Y como si las palabras del Matsu negro hubiese alterado el orden del cosmos, tras su figura, se mostró la silueta blanca y brillante de Kamimatsu cuya sonrisa se mantenía amable pese a la afilada mirada que le dedicó Osomatsu, éste no pudo evitar levantar la guardia al verlos juntos en ese lugar, sobre todo cuando la mirada dorada lucía más peligrosa que las infernales cuencas de Akumatsu. Entonces, simplemente, se giraron y desaparecieron con la distancia igual a dos espectros desintegrándose con el soplar del viento. Osomatsu se quedó ahí, observando el camino que el Matsu negro y el Matsu blanco habían recorrido en su marcha, gesticulando en sus labios una mueca de iracunda. —Acepto el desafío—.