Queridísimas amigas,
Muchas gracias por visitar mi fic. Y a las que les guste leer con música les sugiero "Uprising" de Muse.
Un gran besote!
Karen
Capítulo XIV
Duelo de poder
Mi mundo dio un enorme vuelco. Cogí un cuaderno y me senté frente a un, ahora, no tan indescifrable materia de cálculo 1. Las clases con mi novio, es decir, Edward, me habían sentado de maravilla, tanto que el profesor Yeveris estaba gratamente sorprendido y no dejaba de adular el trabajo brillante de su alumno y ayudante, Edward Cullen.
El profesor no disimulaba en mostrar el cierto desprecio que sentía hacía mí, académicamente hablando, como si la idea de Cullen conmigo no lo convenciera del todo, quizá, a su modo de ver, era una mente demasiado espectacular para un intelecto tan simple como el mío.
—Veo que el alumno Cullen demostró una vez más su mejor especialidad: misiones imposibles —me quedó mirando de soslayo, tras esos rígidos y sólidos anteojos pasados de moda.
—Por supuesto —exclamé con exagerada alegría— no es fácil enseñarla a un burro a sumar… —repliqué a su comentario sarcástico con él mío, sin embargo, más allá de las fronteras de la cordialidad, sólo se limitó a sostener una risita torcida y me entregó la prueba parcial.
—Si usted lo dice señorita Swan…
¡Arggggg!, ¿qué se creía este viejo idiota?, ¡ya estaba aburrida de que se sintiera superior por sólo saber un poco más de números!. La sangre me hirvió y sentí como se me entibiaba la carne bajo la piel. Me mordí la lengua para no responderle una pesadez de inmediato, pero se estaba sobrepasando en los comentarios densos. De pronto el entorno púrpura de la sala de clases, provocado por mi ira, fue eclipsado por una blanca y maravillosa luz calmante, emergida por la bella sonrisa de Edward.
—Profesor… no se preocupe, yo tomo la prueba, tal como habíamos quedado —me guiñó un ojo.
—Nada de ayuda a la señorita Swan, estimado alumno —advirtió el viejo con una risita de confianza absoluta en su destacado alumno.
—Ni lo mencione profesor Yeveris, ¡me ofende! —un Edward histriónico salió al espectáculo y él, le dio una palmadita en la espalda.
—Imposible desconfiar de tan intachable alumno —extendió la mano para sellar su trato y Yeveris por fin salió de la sala.
Ahora quedaba Edward a cargo y, era primera vez que lo hacía desde que yo estaba en la universidad. Curiosamente siempre había respetado nuestra "tregua" muy diplomáticamente y no sé con qué excusa, porque siempre se las arregló para no aparecer en la clases que tenía yo, a pesar de que era el ayudante indiscutido en casi todos los ramos de ingeniería.
Bajé el rostro y me enderecé con la mirada fija sobre la prueba. Di un primer vistazo y el estómago se me contrajo: ¡no entendía nada!, no obstante, respiré hondo y volví a observar la prueba. Poco a poco se me empezó a abrir la mente, como si se tratara de una inmensa escalera que tenía que subir paso a paso y muy lento para lograr alcanzar la meta.
Comencé a trabajar a mi máxima y penosa capacidad, pero no podía obviar que mis compañeros de aulas se iban colocando de pie uno a uno y les pasaban las pruebas a Edward. Volví la vista y sólo quedaba un compañero al final de la clase. Comencé a transpirar helado, porque aún me quedaba un ejercicio completo por resolver y ya se acabaría el tiempo. La mano se me llenó de sudor y apreté el lápiz más de lo común. Inmediatamente un leve susurró pasó por mi oído, tan delicado como una pluma.
—Sabes todo amor, sólo relájate —la suavidad de su voz fue el energizante perfecto para encender las últimas pilas en mi cerebro. Continué con tanta ansiedad que rompí la punta de lápiz y tuve que sacar otro para continuar. De un momento a otro ya estaba de pie, poniendo mi legajo completo de hojas recargadas, sobre las bellas manos de mi novio. El chico continuó.
—Nos vemos afuera —sonreí aliviada y él asintió, sin quitarle la vista de encima a mi compañero, quien parecía estresado y en una actitud un tanto sospechosa, consultando con tanta ansiedad la calculadora.
Cuando salí del aula inspiré profundo y una sonrisa automática se me asomó en los labios. Había un agradable aroma a árboles húmedos. El cielo estaba encapotado y no había rastro de sol. Casi parecía de noche. Caminé por uno de los corredores interiores que bordeaba un pequeño patio, lleno de arbustos, cuando una voz ronca saludó cordialmente, pero no podía desconocer que la tensión propia de aquel tono me hizo distinguir inmediatamente de quién se trataba: Félix.
—Bella Swan, ¿cómo estás? —el chico se acercó, mientas una risita perversa le bañaba los labios.
—¿Qué quieres? —lo desafié con el estómago hecho un nudo, pero no quería que notara el temor que me causaba, eso era entregarle la victoria en bandeja de plata.
—¿Por qué tu descortesía, Bells? —se acercó aún más a mí y sus ojos destellaron malicia.
Mi corazón comenzó a brincar desenfrenado. Miré a mi alrededor y no distinguí la silueta de Edward ni de nadie que pudiese ayudarme. Se acercó más y me cogió el mentón con sarcástica suavidad. Pasó sus asquerosos dedos por la comisura de mis labios. Se inclinó hacia mí, dispuesto a besarme, cuando una voz tensa y potente se hizo oír en medio de la nada.
—¡No te atrevas a tocarla nunca más en tu vida! —una amenaza abierta, en el tono siempre cordial de Edward, dejó en claro de que no era una advertencia sin sentido, por el contrario, estaba dispuesto a todo con tal de defenderme de ese nauseabundo e hipócrita animal. Félix torció una risita y se giró hacia él.
—¿Algún problema con la chica? —el muy desgraciado se dio vuelta, exhibiendo una sonrisa socarrona y estúpida. Edward ya estaba en frente suyo.
—¡Déjala en paz, idiota!. No la vuelvas a hostigar si quieres graduarte de esta universidad, porque un pobre asno como tú no tendrá la fortuna de pasar dos veces por estas aulas —el rostro de Edward estaba a escasos centímetros de su contrincante, esbozando una risita cruel. Él imbécil también sostenía una sonrisa, pero con el comentario de Edward, poco a poco se le fue apagando.
—¿Me amenazas, Alfita?, defiéndete como un hombre en vez de escudarte tras tus profesores…
—¡Eres un triste retardado mental! —Edward negó con la cabeza, aún extendiendo una sonrisa maliciosa.
—¿Qué pasa ahí, chicos? —la voz del profesor Yeveris nunca la oí tan hermosa.
—Nada profesor Yeveris. No se moleste —respondió Edward de inmediato, bajándole el perfil a la situación y el otro chico, elevó una ceja.
—No parece… —el profesor caminó hacia nosotros, seguro y dispuesto a dar su vida en esta riña juvenil.
El ambiente se tornó un poco más distendido. Ambos parecían dispuestos a terminar con los contradichos, al menos por ahora. El señor Yeveris cogió su teléfono y un par de guardias no tardaron en llegar.
—Otra vez te salva la campana, Cullen —continuó Félix con tono amenazante sin importar la presencia de una "autoridad".
—¡Compórtese! —lo reprendió el profesor de cálculo— o quizá no desee que su estadía en esta universidad tenga un final feliz —junto el entrecejo y el chico, soltó una carcajada socarrona.
—No será usted el que se vaya a arrepentir… —continuó Félix con desenfado.
—¿Me amenaza? —continuó Yeveris con toda tranquilidad.
—Tómelo como quiera —bufó el muy idiota, dio media vuelta y desapareció de nuestra vista, fundiéndose en la densa niebla del bosque más lejano.
Temblaba. Las piernas se me debilitaron con este desagradable encuentro y las manos me sudaban frío. Edward me rodeó por la cintura y me besó la frente, en afán de tranquilizarme. No obstante, su cuerpo se mantenía tenso y erguido y unas miradas cómplices con el profesor me dejaron en claro que este espectáculo no le había parecido bien a nadie.
—¿Cómo se encuentra señorita Swan? —preguntó Yeveris, amble. Asentí, aún podía sentir temblarme el mentón. Luego fijó sus ojos castaños en Edward— más tarde hablamos, Edward. Lo llamaré cuando acabe la jornada.
—Por supuesto, señor —respondió Edward, con tranquilidad calculadora.
Los guardias acompañaron a Yeveris y desaparecieron tras nosotros. Edward me cobijó en sus brazos. Era reconfortante el calor que emanaba de su piel tibia con aroma a hierbas, madera y testosterona. Olía a la más sensual naturaleza humana. Entrelazó sus dedos con los míos y me llevó hacia la cafetería.
—Si quieres te llevo a tu casa —ofreció amablemente.
—¿Dónde irás tú? —su repentino ofrecimiento era extraño.
—Tengo que terminar de ayudar a Campbell en otra clase —mentía, podía verlo en sus ojos, no obstante no tenía razón lógica para rebatirle, él era el estudiante más brillante de la facultad.
—¿Es cierto? —sonrió.
—Estaré bien mi vida —besó mis labios dulcemente y me llevó a casa. Quería detenerlo, pero después del encuentro con Félix a penas me podía el cuerpo, era igual a no haber dormido en tres días. Me bebí un tazón grande de leche tibia y me dormí como un bebé.
Cuando desperté ya estaba oscuro. El reloj mostraba que eran más de las siete y media y la lluvia no cesaba en el exterior. Cogí mi móvil y llamé a Edward. No contestó y mi llamado rebotó en un buzón de voz. Fui al baño y volví a insistir, pero ¡nada!. Envié un mensaje.
En cuanto oigas mi llamado, devuélvemelo por favor.
Besos,
Bells
Encendí las noticias y fui en busca de mi laptop. Entré a la página de la universidad para ver si iba al día con las notas, pero no alcancé a llegar a mi destino, porque una noticia en la portada me llamó particularmente la atención.
De pronto saltó una ventana emergente con la fotografía de una hermosa pelirroja: Tanya Denali. Bajo su rostro decía: se encuentra desaparecida hace una semana. La última vez fue vista en la facultad de ingeniería. Sus padres están desesperados. Si sabes de ella por favor comunícate al o simplemente déjanos un mensaje aquí. Mostraba un link que al pasar sobre éste, cambiaba de color.
La finura de sus rasgos me llamaron especialmente la atención, ¡la conocía!, era la amiga de los Alfa. Era la misma muchacha que había salido con Emmett en la última fiesta de la fraternidad y también con Edward en su curiosa fiesta en "El sarcófago". Se me erizó la piel hasta dolerme con el roce de la ropa. Tuve un mal presentimiento.
Cogí mi móvil dispuesta a insistir con Edward, pero cuando toqué el teclado y puse el auricular en el oído una familiar voz femenina se oyó al otro lado.
—¿Bella? —se oía alarmada.
—¿Alice?
—Ajá —asintió
—¿Qué pasó?, yo estaba por llamar a Edward.
—¿Viste la chica perdida?
—Sí —respondí intrigada de lo que me diría Alice.
—¿Es la amiga de los Alfa, no? —dudé en contestar de inmediato, pero no tenía más opción que asentir. Ella hablaba rápidamente, escupiendo una palabra tras otra sin ningún control— sabes… todo esto me parece muy extraño.
—¿Hay algo más? —insistí sin muchas ganas de encontrarme con cosas ocultas.
—Me acaba de llamar Withlock —aseguró un poco sofocada.
—¿En serio? —vaya, ¡sí, esto era extraño!. Ellos no hablaban hace al menos un par de meses o quizás más. Sólo había pasado uno desde que el rubio sofisticado y Rose habían dejado de verse— ¿qué quería?
—No lo tengo muy claro, pero creo que esperaba a que nos juntáramos. Según él necesitaba que "habláramos", ¿lo puedes creer?, es un cara de raja —musitó molesta y probablemente, si no la conociera de verdad, hubiese jurado que lo sentía de verdad, pero la cuestión era que, en verdad, estaba contenta.
—¿Y Dimitri?
—No lo veo hace poco más de una semana…
—¿Están enojados? —se oyó un silencio intencional, pero pronto se animó a contestar.
—En verdad, desde lo que pasó entre tú y Félix, las cosas no han funcionado de mil maravillas precisamente.
—¡Me estás culpando! —la regañé de inmediato.
—En absoluto, amiga. Sólo te digo que primero está mi amistad y luego, bueno…, después, la cosa esa que se parece al amor —soltó una risotada.
De pronto un pitito de fondo me alertó de un segundo llamado. Miré la pantalla y un golpe en el corazón me dio de lleno cuando comprobé que era Edward, sólo el tenía la capacidad de volcarme la sangre en menos de una milésima de segundo. Corté con mi amiga y cogí el llamado.
—Hola, Edward, ¿qué te habías hecho? —era tarde para darme cuenta que mi voz desbordaba ansiedad. Soltó una risita.
—Dejé mi móvil en el dormitorio y bajé a comer. En cuanto volví noté tu llamado. ¿Estás mejor? —dulcificó su voz hasta convertirse en una empalagosa miel para mis oídos.
—¡Súper!, pero te extraño y quiero verte…
—Yo también te echo de menos, sólo que es un poco tarde para vernos —espetó de inmediato y su primera reacción, de no responder con ansias desesperadas como la mías, me desilusionó.
—Bueno si tú no lo deseas —reí forzadamente.
—Mi amor no es eso, en absoluto, amaría tenerte conmigo en este instante, pero me preocupa que tus padres me odien con esto del noviazgo. Tú sabes, a los padres de las novias les agota los novios pegotes —musitó una risita.
—No me importa que piensen Edward… aunque te debo contar, sólo para contradecirte, que aman nuestro noviazgo, así que estás frito —sonreí.
—Entonces te veo en veinte minutos. Sale con paraguas y una chaqueta impermeable a prueba de tormentas, mira que por poco se cae el cielo —advirtió divertido
—¿Dónde iremos?
—Sorpresa, sorpresa —me mandó un beso— ¡te amo, linda! —cortó.
Busqué una ropa sensual o al menos ajustada. Saqué un conjunto íntimo de encaje morado y me puse un poco de gloss en los labios. Quería verme linda para él. Pasó a retirarme puntualmente. Llamé a Reneé hacia un lado y le dije que saldría con Edward.
—¿Tomas precauciones, cierto? —me increpó con sus ojos inquisidores, tan claros como el cielo despejado.
—Hace tiempo que dejé de ser una niña, mamá —balbuceé sin ninguna culpa o vergüenza. Negó con la cabeza y me besó la mejilla.
—Más vale que ese chico valga la pena —arguyó entre dientes, pero la ignoré.
Mi móvil vibró. Él me esperaba. Cogí un paraguas y me cubrí lo máximo la cabeza y el cuerpo, pero era tal el diluvio que fue como si me hubiese metido desnuda bajo la regadera. Él se bajó rápidamente para abrirme la puerta del auto, a pesar de que le pedí que no lo hiciera, no tenía sentido, él se mojaría sin motivo.
En cuarenta minutos estábamos a las afueras de la ciudad. Nos sumergimos por un camino "secreto", hasta alcanzar un túnel tipo baticueva de Batman. Salimos, literalmente, por un tubo hacia otro parque y bien al fondo se veía una casona antigua y lujosa. Entregamos las llaves del auto a un botón y llegamos a una recepción, parecida a la de un hotel tradicional, pero la podría describir como más reservado: luz menos que tenue, iluminada por pequeñas lámparas redondas en el suelo.
Una mujer de mi edad nos pidió la identificación. Edward se limitó a entregar una tarjeta platinium. La chica la aceptó cordialmente e ingresó algunos datos.
—¿Qué habitación escogerán? —dio vuelta su laptop y nos mostró cuatro alternativas. Me gustó la que tenía una chimenea rodeada de velas blancas y sobre ésta, arreglos florales, blancos con rojos. La chica nos acompañó hasta la puerta de la habitación y nos ofreció champaña. Fui la primera en decir que bueno.
—¿De dónde sacaste este lugar tan escondido y lujoso?
—Es el nidito de amor de mis padres. Ni siquiera notan la ausencia de su free pass —mi rostro debió de cambiar de expresión, variando desde extremo entusiasmo a uno de incontrolables celos— sólo he venido por curiosear —aseguró y me besó la frente— no te pongas así… —me susurró al oído y descorchó la champaña, ofreciéndome una copa de este delicioso brebaje con una cereza en medio de la copa.
Dormíamos juntos, abrazados y desnudos frente a una chimenea tibia y romántica. Una duda tonta se me vino a la mente y llegó hasta la punta de mi lengua, sin control.
—Tengo una duda —comencé con un tono suspicaz. Me abalancé sobre él y dejé mi rostro a escasos centímetros del suyo— ¿por qué pasaste de largo y me ignoraste esa vez…, cuando nos encontramos en la cafetería del bosque? —carraspeé— después de que estuvimos juntos.
Mi pregunta lo tomó por sorpresa. Abrió los ojos de par en par y se acomodó un poco sobre la esponjosa almohada blanca que albergaba su exquisito cuerpo. Frunció el ceño y sonrió no muy convencido.
—¿En realidad no sabes o me tomas el pelo? —bufó y enarcó una hermosa y tupida ceja dorada.
—No te lo preguntaría…—le aseguré traviesa—, eres un idiota sabes —agregué, mientras le besaba la base de su varonil quijada definida— estuve al borde de las lágrimas. Me contuve para no pararme y darte una bofetada delante de toda la cafetería —me quedó observando, confundido.
—Porque no me quisiste contestar el teléfono —contestó serio— te vi con Alice cuando, mientras te llamaba, tu ignoraste más de tres veces el teléfono y, ¡peor! —rió picado— le dijiste que era yo y ella rompió a reír.
Quedé de una pieza, ¡no tenía idea de que él lo sabía!, jamás me lo hubiese imaginado. Su cuento no me lo tragaba del todo. Intenté guardarme para mí la sorpresa de sus palabras y continué.
—¿Dónde estabas en ese momento? —espeté desconfiada para ver si me daba una respuesta convincente.
—Detrás del pilar, a espaldas de ustedes —no fui capaz de contestarle, creo que se me deformó el rostro por completo. Edward continuó con tono serio y formal como si se tratase de un careo legal— además, bueno, debo confesar que estaba un poco enojado. Después de lo que pasó entre nosotros, igualmente te enredaste con el idiota ese…
La cara se me cayó a pedazos. Tenía toda la razón, pero ¿cómo se había enterado él?
—¿Cómo s-u-p-i-s-t-e? —casi ya no me atrevía a preguntar, pero ya que estábamos en "esto", era mejor aclarar del todo las cosas entre nosotros. Edward soltó una carcajadita maliciosa.
—Creo que le debías una a Emmett con lo del video en Youtube —sonrió, pero una sombra oscura pasó por sus ojos al recordarlo.
—¡Idiota!, sabía que te lo había dicho —escupí furiosa y me alejé un poco de la sensual y aromática piel de mi novio.
Él me cogió con fuerzas, arrastrándome hacia su cuerpo como si se tratase de acero e imán. Me dejó bajo la cama y se colocó sobre mí, sin darme la posibilidad de escapar.
—Por eso, ahora eres sólo mía —los ojos se le iluminaron de alegría y me besó la base del cuello, succionando lentamente mi piel hasta hacerme perder la cordura.
—Eso quisieras… —le rebatí sólo para fastidiarlo.
—Al menos en este momento es así. Nunca sabremos qué pasará mañana. Mientras, serás mía —me guiñó un ojo y sus labios se fueron directo a los míos, empapándome de sus deliciosos y experimentados besos. Cedió un poco mis brazos y lo capturé con ellos, arremolinándonos alrededor de su cuello blanco, con la base de los cabellos mojados de sudor.
Me fundí en su cuerpo una vez más, desesperada por tenerlo entre mis brazos. Amarlo era lo único bueno que había sacado de toda esta paranoia, aunque esta relativa calma me inquietaba un montón: dudaba sobre manera la pausada actitud que tenía Edward ante los ataques reiterados de los Betas. Sin duda, algo fuerte y denso estaba próximo a desatarse, era un hecho que esta relativa tranquilidad era sólo la calma antes de la pronosticada y temida tormenta, porque en ocasiones Edward, era tan frío y calculador que daba miedo.
