Capítulo 14: Decisión
Según lo oímos, tanto Peeta como yo giramos nuestras cabezas en dirección a la puerta desde la que nos mira aguantándose la risa nuestro mentor. Diría que, gracias al chocolate que cubre mi cara, Haymitch no es capaz de apreciar mi sonrojo, pero Peeta ya se ha encargado bien de que en mi cara no quede ni pizca de él. No sé cómo actuar, estoy muerta de vergüenza. Veo que la cara de Peeta tampoco se ha salvado de las lametadas, detalle que a Haymitch ni por asomo se le pasará por alto.
- Si queréis vuelvo más tarde, ¿eh? ¿Os llega con veinte minutos o necesitáis desfogaros más? – salta Haymitch.
- Hola, Haymitch. Tú siempre tan oportuno… - le contesta Peeta sin un ápice de vergüenza en su cara mientras se separa de mí. Cuando se pone en pié me tiende la mano para ayudarme.
- ¿Verdad que sí? ¡Gracias al cielo que no he llegado cinco minutos más tarde! No quiero tener pesadillas con vosotros dos desnudos durante el resto de mi vida… - dice y se ríe con su propio chiste.
- Haymitch, no seas grosero. – le reprende Peeta que ya nota mi nerviosismo.
- ¿Y tú, preciosa? ¿No piensas explicarme por qué tiene tu amado panadero la cara manchada a trozos, al igual que tú? Ah, espera, ya sé. Mea culpa. No te dejé terminar tu labor…
Lo sabía. A estas alturas lo conozco como si lo hubiese parido. Estoy segura de que tengo la cara más roja de lo que jamás la he tenido. Noto como la rabia empieza a subir poco a poco. Cuando termino de asimilar los comentarios del borracho que tengo por mentor, tengo unas ganas increíbles de soltarle un guantazo, pero sin saber por qué opto por contestarle:
- Mira Haymitch, que tú seas un borracho amargado no te da derecho a destrozar los momentos felices de los demás. Si no tienes otra cosa que hacer a parte de beber por los codos, te dedicas a cuidar gransos, pero no seas lo suficientemente estúpido como para no saber donde no se te necesita.
Mientras se lo digo noto como los ojos se me llenan de lágrimas. Aún así no aparto la mirada ni un instante, quiero que sea consciente de que lo que le digo no es ningún berrinche. Según termino, salgo por la puerta dando un portazo y echo a correr hacia el bosque. Mis pies me llevan por acto reflejo por un camino que conozco demasiado bien. Cuando recobro la noción descubro que estoy en el lago. Este lugar se ha convertido en una especie de santuario para mí durante todos estos años. Desde que murió mi padre hace ya siete años, he venido aquí cada vez que necesitaba pensar y abstraerme de todos mis problemas por un rato. Es como si el espíritu de mi padre estuviera presente y pudiera compartir con él una vez más todo aquello que me preocupa, y esta vez no es una excepción.
He venido llorando a moco tendido todo el camino. Estoy sentada con las rodillas entre mis brazos al borde del lago. El sol ya está llegando a su punto más alto. No me había dado cuenta de lo rápida que se me pasó la mañana con Peeta. Es increíble como la presencia de una sola persona puede hacer que tu vida de un giro de ciento ochenta grados. Hasta hace algo menos de un mes era una joven vieja que deseaba una muerte prematura que acabase con su sentimiento de culpa para siempre. Ahora sin embargo, siento que junto a él soy capaz de vencerlo todo, hasta lo que ya vencimos. Porque los fantasmas del pasado siempre nos perseguirán. En nuestra mente siempre estarán los recuerdos que no seremos capaces de dejar atrás y que nos recordarán todo lo que sufrimos, aunque vivamos en un país libre de la opresión a la que ha estado sometido los últimos setenta y cinco años. Siempre tendremos miedo a que nos arrebaten todo lo que hemos construido. A que nos arrebaten todo lo que amamos, una vez más. Estoy segura que no soportaría perderlo a él también, es lo único que me queda en el mundo.
Pienso en el día de hoy, en cómo hemos pasado rápidamente de un juego inocente a besarnos como nunca antes lo habíamos hecho. Cada roce de sus labios me hacía estremecer deseando con más intensidad su boca, sus labios, su lengua, sus dedos sobre mi piel. Ahora, en la tranquilidad del bosque, todo me parece mucho más surrealista. Nunca pensé que yo, Katniss Everdeen, la fría, seca y grosera chica de La Veta, fuese capaz de desear así a alguien. Hasta eso ha conseguido cambiar Peeta, solo que esta vez ha ido más allá de hacerme parecer deseable, y no solo a sus ojos. Ahora la gente del Distrito, al verme pasar me sonríe y me saluda, me dedican sonrisas desinteresadas agradeciéndome en silencio lo que hicimos por Panem. Él sigue insistiendo en que no soy consciente del efecto que ejerzo sobre los demás. Yo creo que es gracias a él. Cuando está a mi lado soy mejor persona, soy capaz de sonreír incluso a gente ajena a mí sin tener que fingir. Me hace ser consciente de que la vida puede continuar por dolorosas que sean nuestras pérdidas, que puede volver a ser buena. Y eso solo puede dármelo Peeta.
Recapacito sobre lo que le he dicho a Haymitch hace un rato. Es cierto que no actuó bien, que sabe que todas esas insinuaciones me hacen sentir muy mal. Sin embargo, yo me puse a su altura echándole en cara incluso cosas que no siento. Realmente es una de las pocas personas en el mundo que necesito a mi lado. Por muy mal que nos llevemos a veces, se ha convertido en un padre para mí y sus consejos me hicieron salir adelante en dos arenas. He sido mucho peor que él porque le he dicho todo lo que le he dicho sabiendo que lo heriría, aún a pesar de que sé que él solo lo hace por hacerme rabiar. Sin embargo, hay momentos en los que ni la buena influencia de mi Chico del Pan es capaz de borrar al horrible muto que siempre he sido, hiriente, agresiva y desquiciante. He sacado lo peor de mí para hacerlo culpable incluso de cosas de las que no lo culparía nunca en una situación normal. Ahora, en la tranquilidad del bosque, todo cobra sentido y deja de ser surrealista. La estúpida soy yo por tratar así a personas que solo quieren mi bien y tratan de dejar atrás un pasado tan tormentoso como el mío mientras se apoyan en la gente a la que quieren. Y yo soy la tonta que les retira el hombro.
Estoy exhausta. Darme cuenta de lo que realmente soy me ha hecho ser consciente de que ellos no se merecen mis groserías, mis cambios de humor, mi mal genio y mis malas palabras. De hecho, no merezco que nadie esté a mi lado, porque cada vez que alguien me brinda su apoyo termino retorciéndolo y usándolo a mi antojo y cuando ellos necesitan un poco, tan solo un poco de mi comprensión, me retiro de su lado, dejándolos caer de bruces sin dignarme tan siquiera a mirarlos.
Es por eso que he decidido que no quiero usarlos más. No quiero que sean las piezas de mis juegos particulares. Eso es justamente lo que Peeta no quería, ser la pieza de los juegos de nadie, y yo no voy a ser la que destroce su ética. Aún conservo la cordura suficiente para ser consciente de que lo amo y que no quiero que sea un infeliz a mi lado. Que algún día despierte y se arrepienta de haberme dedicado tanto tiempo de su vida cuando yo he sido una egoísta que solo ha mirado por su bien. Y no pienso dejar que eso pase.
Me pongo en pie decidida a ello. He tomado una decisión que sé que no dejará indiferente a nadie. Me marcho del doce.
