Buenas.
¿En serio no mencione antes que me encanta Sieglinde (bueno mi versión para este texto)?. Un gran fallo de mi parte, pero con tanta cosa en la cabeza creo que me pueden perdonar ese pequeñísimo desliz. Bueno sé que quieren leer (no mis divagaciones e informaciones varias sino el capítulo) así que solo me extenderé un poquitín en esta ocasión.
Nara375 creo que ha sido muy obvio todo el asunto de Sielginde drogando a Fate, y me da mucho gusto darte la razón (de paso el pequeñin spoiler me disculpo xD). En efecto lo ha hecho para evitarle la tentación a Fate, pero porque igual la quiere para ella. Sin embargo, me resulta curioso como es que siempre tendemos a trazar líneas para lo que es bueno y malo, como nos cuesta relacionar una mala acción con un fin bueno y viceversa. Así que te comprendo a la perfección que sea complicado hacer que hagan click pero bueno, espero que te guste este capítulo.
Rainhard no te preocupes, si no te gusta mucho el drama tampoco es que me vaya a ir al otro lado y poner a sufrir mares a todo el mundo, en especial a las protagonistas. Aspiro a integrarlo junto al romance cuando apareció al fin y que te resulte al menos cómodo de leer, aunque el drama sea algo incómodo para ti.
Para todos quienes gustan de esta historia. ¿Recuerdan todo el asunto de Micaiah?. Aquella buena y enriquecedora experiencia que me aportaron con sus puntos de vista sobre su reacción. Bueno, he dicho demasiado ¡Que lo disfruten!.
Oh. Cosita de mi corazón (fue lo más cursi que recordé en este momento) gracias por corregir y que no nos sangren los ojos a todos, nada más a ti. Ok no. Espero que eso no pase xD. Y, yo sé que no es el mega dialogo filosófico existencial que tu querías sobre su relación, pero algo es algo, peor es nada.
Capítulo XIII – Tormenta (III)
Sieglinde observó por unos momentos detenidamente el rostro de Fate: sus ojos aunque abiertos estaban por completo perdidos, con las pupilas dilatadas y murmurando monosílabos. Se movía, pero cada acción suya era con extrema lentitud, intentó incorporarse un par de veces solo para caer pesadamente contra la madera. No se hacía mucho daño, pero sus quejidos de frustración eran bastante sonoros, mas al tercer fallo dejó su estrategia y buscó apoyo en lo más cercano a sí misma que resultó ser la joven. A pesar que ella no se movió, ni hizo nada para dificultarle la labor, le costó bastante a Fate incorporarse y adoptar una posición erguida en la silla, cerró los ojos y respiró agitadamente hasta que poco a poco logró calmarse.
La joven de ojos malva la observaba en silencio, aunque muchos pensamientos pasaban por su mente su rostro era impasible.
De verdad hubiere gustado que las cosas fueren diferentes, pero tal como se habían dado los últimos eventos, había no solo tenido que acelerar su planes sino improvisar tal maquinación. E independientemente de sus honestos sentimientos por Fate, había más en juego para ella de lo que la rubia se podía siquiera imaginar.
Tiempo atrás Fate había logrado llamar su atención desde que sus ojos se posaron en ella. Contrario a la gran mayoría de invitados no estaba preocupada por sobresalir, más bien al contrario se limitaba a saludar y pasar desapercibida.
Por ese entonces el buen nombre de su familia se mantenía y podía darse el lujo de desaparecer sin dar explicación alguna, esa noche simplemente se hubo aburrido del bullicio, las conversaciones superficiales y la interesada coquetería de todos los que envalentonados por el licor creían tener un gran encanto. Sieglinde no estaba ni mínimamente dispuesta a soportar sus patéticos avances con ella, así que solo había tomado la primera oportunidad que tuvo para desaparecer entre la multitud. No recordaba con exactitud porque había ido a parar al jardín, pero era un lugar tranquilo y suponía que fue por ello que lo escogió; estaba disfrutando su momento de soledad cuando apareció ella.
A pesar que su interacción fue corta comprobó que su primera impresión de la rubia no había estado equivocada, ya que al igual que ella estaba apartada de todo el bullicio de la fiesta. Además, ahora que se fijaba bien, era una mujer bastante más joven de lo que había imaginado para ser Capitán, y por su formalidad al dirigirse a ella, sumando sus palabras bien escogidas y su expresión corporal, dedujo sin mucho esfuerzo que era también una joven de buena familia. No como algunos de los otros militares, la mayoría eran también nacidos en cuna noble, pero por alguna extraña razón no se diferenciaban mucho de un legionario común. Sieglinde suponía que podían ser las largas temporadas que pasaban alejados de la civilización lo que los devolvía a un estado cercano al primitivo, ella no estaba para nada interesada en los militares. Hasta le disgustaba que su padre estuviere seriamente considerando alguno como potencial esposo.
Pero con Fate fue diferente desde el principio. Desde esa primera conversación su imagen de la soldado fue bastante buena, aunque Sieglinde no era una mujer fácil de impresionar por mucho que durante casi toda su vida hubiere tenido que fingirlo así. Y, si bien la rubia llamó su atención de forma positiva en ese momento, no pensó que podía interesarse en ella de esa forma, pues por esa época, si bien su padre estaba ya intentando arreglar un compromiso para ella, él aún no tenía en mente nada serio. Tenía al menos un par de años para evaluar las ofertas que harían por su preciada hija y decidir el mejor postor, mas ella no pensaba de ninguna forma tener que unir su vida a un desconocido, el cual seguramente (y conociendo a su padre) no tendría el más mínimo atractivo para ella.
La verdad era que Sieglinde no estaba interesada en esos menesteres. Y no había desarrollado inmediato interés romántico en Fate, más bien le causo curiosidad como era que a pesar de pasar más tiempo entre plebeyos que con gente civilizada sus gestos y maneras permanecían intactas. También su forma de hablar era respetuosa y algo distante, pero a la vez tenía una calidez e inspiraba bastante más confianza de la que nadie le hubo transmitido antes. Inclusive le fue fácil aparentarse tal como se esperaría de una señorita con su rango y situación.
Y es que la joven heredera de la casa Jeremiah no era para nada como se mostraba en público, ni siquiera su padre conocía en realidad su naturaleza. Sieglinde aprendió desde muy joven que de poco o nada valía ser diferente a los demás, para obtener lo que deseaba era mejor ser tal y como los demás esperaban, así con una sonrisa y un par de palabras dulces serian pocos los que podrían resistencia. Su padre fue su primer gran experimento. El hombre era orgulloso y testarudo, pero su gran debilidad siempre fue su esposa, y gracias al enorme parecido físico de su hermano con ella él había tenido todo tipo de concesiones y preferencias. Incluso, a pesar de sus advertencias, movió sus influencias para lograr que su hijo fuera nombrado Capitán de algún regimiento y sentirse así orgulloso, pero lo único que logró fue comprar su propia destrucción.
Sieglinde le advirtió con su especial delicadeza, e intentó inútilmente manipularle para que desistiera en su idea, pero bastaba una promesa vacía de su hermano para que su padre cediera a todas sus pretensiones. Al contrario de ella, el joven heredero fue presumido, déspota y arrogante como no había conocido otro hasta el momento, para él estaba bien mostrarse tal cual era pues al parecer no tenían sus acciones consecuencia alguna. Pero sí que las hubo, salvo que no solo fue él quien tuvo que pagarlas. A pesar de no llevarse jamás con él, fue el único que sabía a ciencia cierta cómo era ella en verdad, y si bien muchas veces amenazo con exponerla, ella conocía también varios secretos que a él no le convenía se supieren. De manera que lejos de sentirse como hermanos eran dos acérrimos enemigos compartiendo el mismo apellido.
Después del nefasto incidente, su apellido pasó de ser uno de los más ilustres e importantes de todo el imperio a no ser más distinguido que el de un mercader cualquiera. Ella se vio obligada a cambiar su estrategia, habiendo descubierto como mantener camuflada su personalidad real no debería costarle mucho manipular con maestría a su padre, en especial ahora que era ella su última esperanza. Y alcanzó un éxito parcial al convencerle que venderla por cualquier oferta medianamente buena lejos de mejorar su situación no haría sino acabar por completo con la poca honra que les quedaba. Tenían que ser inteligentes, el primer paso era recuperar su nivel económico ya que algunos de los nobles con mayor influencia en la corte hubieron cortado varios contratos con su familia. Una vez lograren restablecer su fluidez económica y posesionarse de nuevo como antes, el segundo paso sería naturalmente recuperar cierta influencia militar y política. Para ello contaban con dos opciones: la primera era que su padre contrajere nuevas nupcias y la segunda que fuere Sieglinde quien lo hiciera.
Y contrario a lo que cualquier Romano pudiera creer, pese a lo que la misma Sieglinde con falsedad profesaba, no fue su padre quien tomó la decisión sino ella. Lo dejaría pensar que fue su elección, que tenía el control sobre su hija, pero él era solo un títere, un medio para obtener lo que su inocente niña quería. Ahora que su hermano no era más un problema, manipular a su progenitor era tan sencillo que en ocasiones le aburría. Y lo mejor era que él no se daba cuenta alguna que así era, podía ser él la cabeza visible de la familia y todos temerle pero era Sieglinde a quién debían tener verdadero cuidado.
Más ella no pensó en Fate como su primera opción. Aunque era guapa, agradable, y por lo que pudo averiguar una excelente opción, la mujer le había caído en verdadera gracia y no quería utilizarle como un simple instrumento. Con el tiempo, a medida que compartían y la misma Capitán se mostraba tal como era, logró deshacer las barreras que había construido y que en su corazón floreciera verdadero cariño. Y fue cuando Sieglinde decidió que tal vez podía intentar ser como fingía, con esfuerzo podía probar a que la Capitán se enamorare también de ella; y por varios meses se convirtió –al menos en mayor medida – en la dulce, tierna e inocente señorita que siempre aparentó. Mas el tiempo se le agotó. Una semana antes su padre no cayó en su manipulación y anunció que había encontrado ya el perfecto candidato, un hombre rico y poderoso, lo que para Sieglinde significó un duro golpe. No tanto por el matrimonio en sí sino porque sintió su progenitor liberarse de su poder. E independiente del imprevisto que eso suponía Fate no le parecía que pudiera ser fácil de controlar.
Al principio lloró, intentó con todos sus trucos hacerle cambiar de opinión, hasta invocó el nombre de su madre pero él no cedió. Al ver que su estrategia fracasó Sieglinde furiosa abandonó la habitación y se refugió en la soledad de su aposento, nadie salvo Victoria supo la rabieta monumental que tuvo lugar a puerta cerrada. Pero la joven esclava no le preocupaba porque ella le pertenecía en más de una forma, y bastaba con un par de palabras para convencerla igual que a todos de hacer tal como ella gustaba. Claro que Victoria era mucho más fácil de manipular que cualquiera, ni siquiera debía molestarse ocultando su verdadera intención, y la razón no la comprendió nunca hasta que también ella fue víctima del mismo sentimiento. Al final, cuando por fin decidió salir de su encierro, encontró que su padre hubo partido horas atrás a la ciudad, y pasaría una semana ultimando los detalles de su unión volviendo solo con el hombre para que el contrato se celebrare dos días después allí mismo.
Un par de días más tarde llego un halcón con una nota dónde le informaba que estaban listos los puntos más relevantes de su unión, aunque la gran mayoría de sus bienes pasaría a manos de su nuevo esposo, él lograría conservar los viñedos y propiedades de la costa, e incluso una pequeña parte de su gran fortuna quedaría bajo la directa administración de Sieglinde. A cambio, su familia –básicamente su padre- restauraría todo el honor y poder perdido meses atrás, inclusive tendría mejor influencia en el senado y entre los altos militares. Analizando, sin sentimiento alguno, la joven mujer no negaba que era un gran negocio; pero no podía dejar de sentirse iracunda, pues ella para nada deseaba contraer matrimonio con un hombre treinta años mayor que ella. Pero a medida que los días pasaron tuvo que conformarse, ya pensaría en algo después para solucionar el pequeño problema que su esposo podía suponer; como era apenas obvio, intentaría la misma estrategia que con su padre funcionó –en un inicio al menos- pero si fallaba siempre había otras maneras, una especialmente efectiva.
Con un plan a futuro en mente esperó pacientemente que el sol se ocultare cada día.
Esa mañana fue hasta el templo de la provincia, nerviosa por la proximidad del suceso, no era muy religiosa, pero aun sin mucha fe probó pedir al dios que la librare de su arreglado compromiso. Y al parecer sus plegarias fueron escuchadas cuando al salir se topó con la persona que su corazón deseaba ver. No podía ser solo una coincidencia, tenía que ser una señal. Su alegría fue tanta que no le costó trabajo alguno ser la dulce e inocente dama que antes sus ojos siempre fue. Estaba tan feliz de verle allí, que por un momento olvidó su preocupación, y todo lo que importó fue retenerla aunque fuere por unos minutos a su lado. Y la invitación a comer le pareció buena idea, más tarde vino la tormenta que aun persistía a lo lejos y con ella la posibilidad de tenerla por más tiempo a su lado. Cada momento se convencía más que no podía ser solo una coincidencia, tenía que tratarse de una señal.
Y todo fue relativamente bien, hasta tentó su suerte invitando a la rubia a asearse con ella, y si bien no aceptó, como ya lo había pensado Sieglinde, eso no le molestó para nada, de hecho hasta se sintió orgullosa. Y su buen humor permaneció durante la gran parte de la comida, hasta que luego de aprovechar el trueno para abrazarse a Fate durante unos momentos sintió la mirada fulminante de la joven de ojos azules sobre ella. Pero Sieglinde fingió no notarlo y continuó aparentándose ignorante hasta que finalmente estuvieron solas.
Algo le decía en su interior que la rubia la rechazaría, pero aún con esa certeza decidió arriesgarse, y si bien no negaba que le lastimó bastante su rechazo, no se enfureció tanto como cualquiera hubiera pensado. En el fondo, era esa honestidad y tacto lo que la había enamorado de ella, incluso en la peor situación Fate encontraba la forma de hacerla sentir cómoda y segura en su presencia, pero aun así su orgullo ultrajado sumado a la desesperación de saber que su última esperanza se deshacía entre sus dedos la llevó a tomar una decisión arriesgada.
No iba a casarse con ese hombre.
Sieglinde se levantó rodeando apenas la figura semi-consiente de la capitán. Unas horas atrás no hubiere dejado que su naturaleza se apoderare de ella, pero era un momento crítico en su vida y no solo para ella. Salvaría su vida y de paso la de ella, incluso si Fate no lo veía así nunca, ella sabría que lo hizo. El plan podía fallar era verdad, pero además de su fortuna el gran atractivo de ella residía en su cuerpo mismo, por alguna razón que ella ni siquiera estaba mínimamente interesada en comprender los militares (en especial los que pasaban de cierta edad) tenían una fascinación con las doncellas vírgenes.
Fate balbuceaba algo inentendible. Sieglinde le miró sin expresión en su rostro hasta que una sonrisa desprovista de emoción, solo una mueca vacía que reflejaba sus pensamientos.
Rodeo la silla y con un brazo obligo a la Capitán a permanecer totalmente apoyada contra el espaldar, Fate intentó enfocar la vista pero aunque lo logró su cerebro no lograba distinguir quién o qué era lo que sus ojos veían. Sieglinde levantó apenas una de sus pierdas para un movimiento delicado se colocó sobre ella. Con cuidado acarició su rostro, removió un par de mechones de cabello que no le dejaban apreciar su rostro por completo y acortando la poca distancia que las separaba la besó. Fate apenas y reaccionó ante su contacto, un quejido y su cuerpo se tensó por la sorpresa, pero conforme Sieglinde aplicaba mayor presión entre sus labios ella fue cediendo y dejándose llevar en medio de la bruma que eran sus sentidos.
Al poco tiempo Sieglinde sintió las manos de Fate aferrarse a su cadera, el ritmo del beso incrementó y perdió el control, aunque estaba bastante drogada, halló la fuerza para aferrarse a ella y el sutil contacto fue tornándose más deseoso. Sus labios abandonaron su boca y bajaron por su cuello dejando un camino de besos, sus manos subieron por su espalda y llegaron en segundos hasta sus hombros dónde tomando la tela de la túnica bajaron en perfecta sincronía dejando piel expuesta a su paso. Sieglinde gimió contenta al sentir el frío de la noche chocar contra su cuerpo, se aferró al cuerpo de Fate, y se acomodó para quedar por completo expuesta a ella, pero en el momento que se olvidaba de todo para dejarse llevar únicamente por la lujuria escuchó un nombre que no era el suyo ser pronunciado con voz anhelante.
Sieglinde, horrorizada, se apartó en un solo movimiento de la Capitán, que con sus manos intentó inútilmente aferrarse a su cuerpo solo para ir a estrellarse de nuevo contra la fría mesa. Maldijo, pronunció palabras inentendibles y luego de nuevo ese nombre. La joven, aturdida, cubría su desnudo torso respirando agitadamente, con sus ojos fijos en la figura de la Capitán que intentaba de nuevo y con poco éxito levantarse. En segundos en shock de la sorpresa dio paso a un enojo jamás experimentado antes, tomó el jarro olvidado y vertió un poco del líquido en el vaso casi vacío de Fate, tomó a la capitán por los hombros y con un fuerza impropia la levantó violentamente hasta que estuvo sentada. Nuevamente se colocó sobre ella para obligarla a beber el contenido del recipiente, Fate, que no era capaz de hacer mucho, se bebió de un solo gran parte del líquido para evitar ahogarse.
-¡Mi señora, es demasiado!. Va a…
Las palabras de Victoria murieron en sus labios ante la furiosa mirada de su ama.
Sin moverse de su posición encima de Fate la mujer contestó con voz fría y desprovista de toda dulzura.
-¿Te atreves a cuestionarme, Victoria?.
La joven esclava encontró el suelo de sumo interés, pero Sieglinde necesitaba descargar su frustración y no sería la primera o última vez que lo hiciera con la chica.
-Guarda silencio.
Retomando su actividad previa obligó a Fate tomarse el último trago, acto seguido, lanzo el vaso que fue a estrellarse contra una pared cercana haciéndose trizas casi al instante. Victoria apartó la vista del espectáculo tan poco agradable que tenía frente a sí, y no fue testigo como su ama iniciaba un nuevo asalto a una apenas consiente Capitán. Pero los movimientos de Fate eran mucho más lentos y torpes que en un principio, no pasaron más de diez minutos hasta que el efecto de la nueva dosis se hizo presente. Tal como Victoria lo predijo había sido demasiado y Fate estaba completamente desplomada sobre Sieglinde que maldecía con amargura.
Con la sangre hirviendo en sus venas Sieglinde se levantó apenas teniendo cuidado de no dejar que Fate cayere de la silla, dio un par de zancadas en la dirección opuesta y cerró los ojos con fuerza ahogando el grito de ira y frustración que pujaba por salir. Necesitó unos cuantos minutos para calmarse y tener la suficiente capacidad de hilvanar sus pensamientos racionalmente, con Fate prácticamente desmayada todo su plan se desmoronó, y por mucho que odiara admitirlo, parecía que esta vez fue demasiado lejos.
-Victoria, llévala a su habitación. Necesito pensar y no puedo con ella allí – ordenó acercándose a la mesa para desaparecer el licor adulterado.
Entre tanto Victoria, siempre diligente, se apresuró a levantar el peso muerto que era el cuerpo de Fate, aunque le costó un poco logró levantarla y empezó a arrastrarla fuera de la habitación cuando la voz repentinamente alegre de Sieglinde la detuvo.
–Espera… –Con la jarra aún en su mano se acercó hasta quedar frente a ellas–. Fidelis llegará entrada la noche, a la madrugada posiblemente, tal vez su incapacidad para mantener la boca cerrada con mi padre sea útil. Sígueme.
Con esfuerzo Victoria logró arrastrar a la rubia fuera de la habitación siguiendo a su ama, pero era bastante pesada para ella, y aunque Fate estaba apenas consiente para dar pasos torpes dejándose llevar pronto perdería el sentido por completo, Sieglinde exasperada por la extrema lentitud con la que se movían decidió ayudar un poco, tomó el lado opuesto y dejo que Fate recargare parte de su peso en ella. Caminaron hasta que finalmente llegaron a una habitación que servía como recibidor para invitados, dejaron a la Capitán tendida sobre uno de los divanes.
-Apaga todas las antorchas, menos las que lleven aquí. Date prisa.
La joven de ojos esmeralda aunque estaba agotada salió a toda marcha a cumplir el pedido de su ama. Entre tanto Sieglinde se adentró en el jardín para deshacerse del vino. Victoria regresó tan rápido como le fue posible y encontró a Sieglinde esperando por ella con Fate a su lado misteriosamente aun consiente, aunque no había mucha diferencia si terminaba por desmayarse, total esa noche no quedaría en su memoria.
La expresión en el rostro de Sieglinde no era alegre pero tampoco molesta, bien podía tomarse como una expresión neutral. Quitó dos largos mechones de cabello dorado que no le permitían contemplar con total libertad el rostro casi durmiente de Fate, sin variar su expresión facial se acercó para besarle de nuevo solo que en esta ocasión fue apenas un roce leve, y girándose a su fiel doncella le hizo apenas una señal para que se acercare.
No era el mejor plan que había pensado en todos sus años, pero era –a su manera- la mejor opción que tenía. Ya estaba en marcha, no podía ni quería detenerse, de forma que solo le restaba esperar y orar que su maquinación rindiera fruto.
Una vez más le beso con ternura al tiempo que empezó a deshacer los broces de su armadura.
–Algún día –susurró.
En la madrugada la tormenta finalmente cedió, ya no se vio ni un solo haz de luz más en el horizonte, dejo de llover por completo e incluso la temperatura pareció subir un par de grados. Tal como Sieglinde lo supuso el fiel e incorruptible esclavo de su padre llegó a la casa en la madrugada, y sospechando por qué solo una sección de todo el lugar se encontraba iluminada siguió diligente el camino como fue previsto. Ni siquiera tuvo que esforzarse por caminar sin hacer ruido pues era algo que llevaba ya incorporado en su mero ser. Y tal como lo supuso Sieglinde bastaron minutos para que corriere a su corcel de regreso a su amo, tenía que informarle a la mayor brevedad posible lo que sus ojos atestiguaron.
La mañana siguiente llegó pronto y el sol brilló con intensidad desde las primeras horas. Era un amanecer cálido, el roció en las hojas reflejaba los poderosos rayos del sol y el solar se veía lleno de vida. Los siervos que se levantaban antes del alba decoraban los jarrones con flores recién cortadas, limpiaban afanosamente toda la casa, preparaban la primera comida del día exprimiendo fruta fresca y preparaban el horno para tostar el pan.
Fate amaneció acostada sobre su estómago, los rayos de luz que llegaban por la ventana, la hicieron gruñir e intentó moverse pero el penetrante dolor de cabeza apenas y le permitió girar sobre sí misma. Probó abriendo sus ojos, pero el dolor fue insoportable, y torpemente cubrió como pudo su rostro con su brazo girando hasta dar la espalda a la fuente de luz, continuó gruñendo durante varios minutos más hasta que resguardándose logró abrir algo sus párpados, apenas lo suficiente para encontrarse con un panorama desconocido.
Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad repto hasta el borde de la cama, adoptó con gran dificultad una posición sentada y enterró su rostro entre las palmas de sus manos, con cuidado masajeo los costados de su frente trazando pequeños círculos con sus dedos índice y corazón. Además del palpitante dolor de cabeza, su boca se sentía seca, sus brazos y piernas estaban entumecidos e incapaz de enfocar bien la vista dudaba que estuviere en condiciones de caminar derecha.
¿Tanto bebió la noche anterior?. Cerró los ojos para concentrarse únicamente en buscar entre sus recuerdos cualquier pista de la noche anterior, pero lo último que lograba evocar con claridad era Sieglinde hablando, ¿el qué? no pudo distinguir, antes de eso recordó a la joven advirtiéndole que bebiera con moderación pues se trataba de un vino muy especial. Fate frunció el ceño al pensar que sin duda lo había sido, en su vida recordaba tener una resaca de esa categoría con apenas unos tragos, porque, si bien su mente era una laguna, no se creía capaz de excederse en su situación. Aun así, por más que lo intentaba se topó cada vez con la negra barrera del completo olvido. Frustrada, la rubia se dejó caer sobre la blanda cama sin dejar de masajear sus sienes.
Estaba tan concentrada en su labor –además de su pobre estado- que no se percató de la persona que con cautela se adentró en su habitación, no fue hasta que sintió su peso a su lado en la colcha que abrió los ojos intentando incorporarse, más el esfuerzo fue demasiado y con un gemido tuvo que dejarse caer. Pero lo hizo con una sonrisa formándose en sus labios al ver quién era la persona que tenía a su lado, infortunadamente bastaron segundos para que notare la poca alegría que Nanoha reflejaba.
–Luce bastante mal, Capitán –comentó la sacerdotisa con claro enojo.
–Y tu hermosa –contestó Fate incorporándose y apoyándose sobre sus codos quedando peligrosamente cerca.
Nanoha entrecerró los ojos, sin variar el tono de su voz continuó.
–Gracias. Sieglinde mandó preparar la tina para usted. Le dije que no se había despertado aún, e insistió en hacerlo ella misma… - Hizo una pausa para evaluar la reacción en el rostro de Fate, pero su sonrisa no menguó– . ¿Qué es tan divertido?.
Riendo se acercó suficiente para besarle con ternura, Nanoha no se apartó pero tampoco correspondió el gesto y su ceño se frunció en mayor grado ante el fuerte aroma a licor que percibió en el beso. La rubia intentó abrazarla pero la joven esquivó apenas sus manos y le miró severamente.
-Debería salir, realmente le haría bien el baño.
Acto seguido se levantó y emprendió la marcha hacía la puerta, Fate intentó hacer lo mismo pero mareada como estaba terminó en el suelo, al ver que la joven sacerdotisa no se detenía tuvo que incorporarse y con torpeza logró abrazarse a su espalda.
-Lo siento –dijo besando tiernamente su mejilla–. Soy un desastre justo ahora, pero he estado peor, en realidad no es tan grave en un par de horas como máximo estaré bien.
-Que bien. –Seguía con el tono frío y distante, no era que estuviera realmente enojada, menos cuando Fate le besaba con tanta ternura.
-Nanoha… –Como pudo se colocó frente a ella–. Uhm, en verdad lo siento.
Ante el rostro compungido de Fate fue poco lo que pudo hacer, y sin pensarlo más la sacerdotisa se dejó llevar dándole un tierno beso antes de abandonar la habitación con Fate tras ella.
No estaba enojada con Fate realmente, pero no podía evitar sentirse molesta por la presencia de Sieglinde. La forma como insistió en ser ella quién despertare a Fate le incomodaba más allá de lo que podía intentar expresar en palabras, máxime cuando la mujer no se esforzó demasiado en esconder su interés en Fate minutos antes ¿En serio la capitán no se daba cuenta?, pensó Nanoha de nuevo luego de asegurarle que ella misma iría a levantarle. Ese era el verdadero motivo por el cual estaba molesta, no tenía mucho sentido pero así era.
El desayuno transcurrió en paz, con Nanoha en todo momento al lado de Fate. Luego de dar por terminada la comida, los soldados se encargaron de cargar los dos animales con algunas provisiones que Sieglinde se negó a dejar que la Capitán rechazare. En tanto la rubia agradecía a la joven por tenerles en su hogar, Nanoha apenas y le dedicó un escueto agradecimiento en tanto la fulminaba -nuevamente- con la mirada por el efusivo abrazo que le dio al despedirse. Fate rió nerviosa y separándose de Sieglinde caminó hasta el sendero que llevaba fuera de la propiedad, una vez estuvieron frente al camino secundario que les llevaría al principal, Sieglinde tentando su suerte se colocó de punta para darle un beso en la mejilla, reaccionando rápidamente la Capitán sonrió avergonzada en tanto agarraba por el abdomen a Nanoha que no estaba nada contenta. La culpable solo reía cubriendo con su mano su boca, en tanto usaba su otra extremidad para despedirse del grupo.
Fate permaneció en silencio durante un largo rato hasta que se aventuró a mirar de reojo a la sacerdotisa, que aún conservaba una expresión disgustada. Con cuidado la Capitán tomo una de sus manos entre las suyas y deteniéndose unos segundos la levantó al tiempo que se agachaba para darle un tierno beso, si bien le hubiera gustado que fuere en otro lugar, estando rodeadas de gente eso era lo máximo que podían permitirse y era de por si arriesgado. Nanoha, sonrojada ante el inesperado contacto, no supo en que momento la gran mayoría de su molestia se esfumó, barrida por la calidez que trajo a su pecho la mirada llena de cariño que reflejaban los ojos escarlata de Fate.
Aunque aún necesitaban hablar seriamente el resto del día transcurrió tranquilo, en la noche pararon en un pequeño claro que estaba ya atestado con mercaderes y bulliciosos ciudadanos. Buscaron un lugar relativamente seguro para pasar la noche, montaron el campamento y consumieron con gran gusto sus respectivas raciones.
Fate decidió hacer el primer turno de guardia, no fue una tarea difícil, pues a su alrededor las personas no parecían tener prisa alguna por descansar. Por el contrario, muchos tocaban tonadas alegres en burdos instrumentos y varios bailaban animadamente al ritmo de la descoordinada música, un mercader acaudalado que viajaba con sus dos hijos tomó de su carro un par de jarrones enormes de vino y los repartía sin miramientos entre la multitud. Uno de los participantes de la improvisada fiesta se acercó hasta la capitán y con animosidad le ofreció un poco del brebaje a ella, pero la rubia no quería –al menos por el momento- siquiera recordar que tal bebida existía. Nero no queriendo causarle una mala impresión al amable sujeto se ofreció a tomar el vaso extendido, al poco tiempo estaba ya departiendo con sus vecinos, y Fate solo reía al verle transformado en un representante del pequeño grupo.
A medida que el tiempo transcurría la fiesta no parecía que fuere a terminar pronto, mas la Capitán decidió que era tiempo de irse a la cama aún si con todo el alboroto que estaban armando no lograba conciliar el sueño. Cambio su puesto de vigilante con Seluvia y se adentró en la tienda con una última mirada a su alrededor, si bien había ya algunas bajas, la gran mayoría de personas estaba todavía suficiente sobria para que el agasajo durara al menos un par de horas.
Al entrar en la tienda lo primero que notó fue la sacerdotisa sentada con la manta sobre su cabeza mirándola con impaciencia. Fate se acercó a ella quién no se inmutó por su cercanía, en silencio se deshizo de su armadura, y en silencio se recostó a su lado cubriendo su cuerpo parcialmente. Nanoha permaneció un poco más en tal postura antes de imitarla, pero contrario a noches anteriores no se abrazó a su cuerpo sino que permanecieron ambas mirando distraídamente el techo.
-Hacen demasiado ruido –comentó Nanoha–. No creo que nadie pueda dormir con tanto escándalo.
-Hummm.
A pesar de la respuesta Nanoha continuó.
-No entiendo cómo pueden estar fuera con este frío. Y celebrando…
-¿Celebrando? – interrumpió Fate sin apartar la vista del techo.
-Sí. Celebrando.
En ese momento Fate rió y busco a tientas bajo las mantas la mano helada de la joven sacerdotisa.
-No creo que estén precisamente haciéndolo, solo quieren una razón para armar una buena. Pero… -Hizo una pausa por si Nanoha deseaba rebatir su medio argumento –. Supongo que muchos estarán felices por llegar a Roma, otros por dejarla…
-Fate… ¿Qué eso tan arriesgado que tendrá usted qué hacer? –La pregunta fue formulada con voz calmada.
Pero Nanoha pudo sentir a la mujer a su lado sentarse rápidamente para observarla intensamente. Aunque no se atrevió a mirarla, sabía que estaba si no molesta si sorprendida. Probablemente era un cambio muy brusco en el tema de su conversación, pero la joven mujer había esperado ya suficiente, y tras pasar horas pensando en ello no aguantaba más la preocupación. A pesar de las apariencias las palabras de Sieglinde habían hecho profunda mella en ella. Fate observó el rostro impasible de Nanoha y consideró si decir la verdad o solo parte de ella, mas pensó también que la joven notaría de inmediato que algo le ocultaba y muy seguramente se enojaría. Además, Nanoha sería su compañera si todo resultaba bien, tenía que confiar en ella y era una buena ocasión para empezar.
-Tengo que probar que soy digna, que los dioses… -Nanoha continuaba con su atención fija en techo, y eso debió al menos en teoría hacerlo más fácil para Fate–. Solicitaré un vindicetis, durante siete días tendré que luchar para demostrar que mi intención es sincera. Y además, tendré que cumplir una serie de tareas que muy seguramente serán bastante complicadas…
Por fin Nanoha se atrevió a mirarle a los ojos, en los suyos se reflejaba una profunda preocupación. Si bien no se permitió imaginar demasiado supuso que no sería nada sencillo. Pero ahora que lo escuchaba, se oía bastante peligroso.
-¿Alguien lo ha hecho antes? –preguntó con miedo.
Fate besándola con extrema ternura en la frente contestó perdiéndose en sus profundos ojos azul-violeta.
-No voy a morir, Nanoha.
-¿Cómo lo sabe, Capitán? –respondió refugiándose en sus brazos.
-No lo sé, pero no lo haré.
Por unos minutos ninguna dijo nada más, solo el eco de sus latidos llegó a sus oídos. Habían muchas palabras que podían intentar aplacar el desasosiego en el corazón de la sacerdotisa pero Fate prefirió abrazarse a ella, solo dejando que su presencia fuera suficiente para reconfortarle.
Era peligroso, no había garantía alguna que viviera, era cierto. Pero la soldado no pensaba rendirse simplemente porque era complicado, de alguna manera hallaría la forma para completar todo desafío que se le impusiera, y al final de cada día oraría para que llegare pronto el siguiente, porque significaría un amanecer más cerca de su objetivo.
Poco a poco la fiesta fue menguando, algunos porque era bastante tarde ya y convenían una horas de sueño antes de continuar con sus respectivos caminos, otros victimas de su desmedida ingesta de vino y unos pocos porque simplemente estaban ya agotados. Sin embargo, tanto Nanoha como Fate permanecieron despiertas en silencio, pensando cada cual en sus propias y comunes preocupaciones. A la rubia le hubiere gustado no tener que causarle angustia a la sacerdotisa pero era la única forma efectiva que conocía. Honorable por lo menos, así que haría lo que fuera necesario para estar con ella pero tenía que ser una forma en la cual nadie pudiera dudar después que le amaba sinceramente.
Esa noche les costó más que ninguna otra conciliar el sueño. Y el día siguiente por alguna razón estaban ambas calladas y meditabundas, pero ni por un momento la duda nació en sus mentes o corazones. Intercambiaron un par de palabras para decidir finalmente confesarlo todo a sus acompañantes, Nanoha como era natural hablaría con sus asistentes y Fate con sus hombres, claro que la rubia creyó innecesaria la conversación pero de igual manera aceptó hacerlo.
Para la sacerdotisa fue más sencillo de lo que imaginó, pues Prisca y Mesalla que ya sabían más o menos que era eso tan importante que su señora deseaba hablar con ellas, la dejaron hablar sin preguntar absolutamente nada y al final simplemente aceptaron su decisión. Era difícil de entender para ellas, pero Nanoha siempre les infundió especial respeto y si bien no tenían lo que podía clasificarse como amistad, tampoco deseaban mal alguno para ella.
Fate en cambio lo tuvo mucho más sencillo, pero a diferencia de la joven de cabello castaño soportó más de una broma a sus expensas. Ella entendía que era la particular forma de sus soldados para hacerle saber que sin importar que complicaciones trajera el mañana ellos le apoyarían incondicionalmente, así que los dejó ser con una enorme sonrisa en su rostro.
Esa noche a pesar de no ser ya necesario esconder el verdadero estatus de su relación las dos optaron por continuar como hasta el momento, no querían armar demasiado escándalo, y Nanoha al menos estaba extremadamente nerviosa por su arribo a la gran ciudad al día siguiente. No dejaba de dedicarle miradas inquietas a la rubia que por el contrario lucia demasiado calmada, claro que era solo una fachada para no preocupar más a la sacerdotisa. Fate prefirió centrar su atención en la tarea que debería llevar a cabo una vez llegare a Roma, como era apenas normal debería llevar a Nanoha al templo y luego regresar a casa tan pronto como fuera posible, hablar con su madre y hermana para explicar la situación, era que seguro que ambas intentarían persuadirla pero a la final terminarían por apoyarla. Sin embargo, por momentos el desasosiego de saber que estaría separada de Nanoha sumado al miedo que le producía su plan durante los segundos que su sentido común afloraba, le provocaban verdadero pánico fue en extremo buena para ocultarlo.
La noche fue seca y hasta cálida. No hubo demasiado viento, apenas un cuarto de luna brillaba tímidamente en el horizonte y pequeñas estrellas centelleaban tímidamente en el despejado horizonte.
Las dos durmieron apenas unas pocas horas, estuvieron ocupadas en mente y cuerpo, ansiosas, nerviosas pero también felices como jamás en sus vidas.
¿Ven porque amé tanto a Sieglinde?. Espero que si.
Pero saben me gustó mucho también escribir a Nanoha, cuando estaba redactando el primer borrador me daba mucha risa imaginarla (con todo lo orgullosa que es) celosa pero con dignidad y que no se note mucho, aunque claro es muy obvio. Me hizo reír en buen plan. Ah y también me pareció buena idea que Fate se cayera. Creo que es algo común para algunas personas cuando consumen licor.
Ahora, no porque lo escriba yo, ni porque se me haya ido el ego al cielo. Pero el próximo es de mis favoritos, aunque ya creo que todos son mis favoritos. Creo que hay más de una buena razón para que les guste, pero les daré dos: La primera, por fin después de mucho trajín llegan nuestras protagonistas a Roma. La segunda, para quienes opinen que este y otros capítulos están cortos el próximo será más largo. Y tenemos otro personaje que me gustó escribir haciendo su aparición estelar.
Gracias por leer y comentar.
Nos leemos el 7 de noviembre.
