Capítulo XIV
De cómo Link trata de poner fin a su viaje, pero este se resiste a terminar
Los jardines del castillo eran magníficos y relajantes de día, pero por la noche, desprendían un aura especial, casi mágica. Además, era raro encontrar a alguien a esas horas. La suave y refrescante brisa que corría propiciaba todavía más un paseo. Si uno miraba a conciencia, podía distinguir una silueta de una persona en las sombras, entre los árboles y arbustos. Su indumentaria verde se confundía con el color de las hojas, aunque en realidad hubiese dado igual cómo hubiera ido vestido, pues la penumbra de la noche no permitía percibir tanto. Caminaba despacio, dando pasos largos, mientras inconscientemente enredaba con uno de sus mechones rubios que sobresalían de su gorro. Su expresión denotaba serenidad, pero llevaba la tristeza por dentro.
Link creía ser medianamente hábil adivinando los sentimientos de la gente basándose en sus gestos y reacciones, pero sin duda hasta la persona más torpe en ese aspecto habría averiguado que la princesa detestaba de parte a parte la idea de casarse con él. Casi se había mareado sentada en el trono, se había puesto blanca como la pared. Aquella señal era totalmente inconfundible.
En cualquier caso, el guardián había descubierto la triste verdad, estaba satisfecho con ello, y era consciente de que no había mucho más que pudiera hacer. Trató de evitar pensar que la razón de su rechazo tuviese que ver con su procedencia, pues la princesa no reparaba en exceso en el estatus social de sus pretendientes. En realidad, desconocía dicho motivo, y una parte de él anhelaba saberlo. Pero la razón le decía que era mejor así. Fuese cual fuese la causa, la respuesta era la misma. Pensó que al menos el acertijo había cumplido su propósito.
Era extraño. Creía que disfrutaría viendo a la princesa en apuros. Y en cierto sentido, así había sido. Tenía la certeza de que, como esperaba, había estado preguntando a todos los soldados del castillo, uno por uno. Claro está, ninguno sabía su nombre. Resultaba curioso cómo, casi sin haberlo planeado, había conseguido urdir la venganza perfecta. Aquella mujer, que disfrutaba planteando imposibles acertijos a sus pretendientes, había sido derrotada por alguien que combatía con su misma estrategia, y al final, no tendría más remedio que casarse con el vencedor.
Pero Link no era una persona vengativa. Ni siquiera deseaba ningún mal a la princesa. Todo lo contrario. Tanto era así que aquella venganza ni siquiera iba a llevarse a cabo. En realidad, volvería a saltar desde lo más alto del castillo si tuviera que salvarla de cualquier peligro, y lucharía contra cientos de nobles impertinentes por ella. En cualquier caso, nada de eso importaba ya. Zelda no resolvería el acertijo, pues nadie en el castillo tenía posibilidades de comunicarle su nombre. Así que al amanecer, le comunicaría que no se casaría con ella. De esta forma, cumpliría su promesa con Impa, aunque en realidad, si Zelda no le amaba, no creía que estuviese realizando sacrificio alguno.
Cuando estuvo satisfecho con el paseo, y hubo decidido que ya le había dado las vueltas suficientes al asunto de la dichosa princesa, se retiró a dormir. Le habían comunicado que la habitación que ocupó con anterioridad ya había sido arreglada, y que podía regresar. Sin embargo, él había decidido permanecer en la nueva, tratando de causar la menor molestia posible, en compensación por haber destrozado aquella puerta.
No le costó mucho trabajo conciliar el sueño. Al fin y al cabo, él tenía la conciencia tranquila. Salvo el combate contra lord Aiden, nada le retenía en el castillo ya. Su vida en la Ciudadela estaba a punto de terminar.
Tiempo después, unos suaves golpes en su puerta le despertaron.
—Guardián— dijo una voz desde el exterior de su habitación—, la Princesa desea veros en la sala del trono cuanto antes.
Link emitió varios murmullos incomprensibles, tras los cuales consiguió articular una frase con pleno sentido:
—Muy bien… Dadme un momento.
Aquello sí que le había sorprendido. Convencido de que la princesa seguía tan lejos de la respuesta como al principio, se preguntó qué podría querer de él. Lo más probable es que intentara negociar con él un acuerdo que satisficiera a ambas partes. Sería interesante por varios motivos, pues por una vez, era ella quien estaba en un aprieto, y además, porque no existía tal acuerdo. Pero poco sabía Link que la situación que encontraría en la sala del trono sería radicalmente distinta a cualquiera que se hubiera imaginado. Y, lo que era aún peor, totalmente desfavorable para él.
Cuando se mostró ante la princesa, percibió una arrogante sonrisa de victoria en su rostro. A su lado, Impa, con un semblante más serio que de costumbre, sujetaba una daga peligrosamente cerca del cuello de un hombre, el cual estaba atado de pies y manos, y amordazado.
Link reconoció al instante a ese hombre.
Era Moy.
Varias horas antes, en la sala del trono, una cada vez más desesperada Zelda luchaba por encontrar una forma de conocer el nombre del muchacho. Se levantaba, andaba en círculos y se volvía a sentar en el trono, y pasados unos minutos, repetía el patrón. Las puertas de la sala se abrieron y dejaron paso a Impa, que no traía buenas noticias.
—Impa, he preguntado a cada uno de los soldados del castillo. Ninguno de ellos sabe su nombre.
—Vaya… En los archivos del castillo tampoco hay nada.
—¿Estás segura?
—Sí, los he revisado tres veces.
—¡Maldita sea! Nos estamos quedando sin opciones…— respondió, más para sí misma que para Impa.
—¿Estás totalmente segura de que no quieres casarte con el Guardián?
—Lo estoy, y menos después de esto— repuso Zelda, molesta.
—¿Te refieres al acertijo? Bueno, ten en cuenta que tú le planteaste tres, y uno de ellos tuvo que responderlo en menos de cinco minutos.
Aquello era verdad, pero si había algo que la princesa no necesitaba en ese momento, era justamente que su fiel consejera se pusiese de parte del guardián
—Vale, eso es cierto. Pero necesito que me apoyes en este momento, Impa.
—Zelda, ¿acaso no te has dado cuenta aún de por qué vino al castillo?
En ese mismo instante, la mente de la princesa dio con una solución al conflicto. No era elegante en absoluto, más bien todo lo contrario. Pero era una solución.
—¡Eso es!— exclamó. —Su acompañante. Impa, ¿crees que podrás traerme a su acompañante antes de que se haga de día?
—Es posible. ¿Qué pretendes?
—Quiero preguntarle su nombre.
—No te lo dirá, si sabe que la vida del chico podría estar en juego.
—Ya sé que no me lo dirá. Obligaré al Guardián a decidir qué prefiere, si la vida de su amigo, o un matrimonio conmigo.
—Pero Zelda, eso es…
—¿¡Y qué otra cosa puedo hacer, Impa?! ¡No deseo casarme! Solo la idea del matrimonio me produce escalofríos y me quita el sueño —explicó Zelda. —No quiero que ningún hombre me diga lo que tengo que hacer con mi vida, no quiero que nadie tome el control del reino por el que tanto he luchado, y por encima de todo no quiero servir como una máquina de hacer herederos. Soy la princesa Zelda, pronto seré reina, y no quiero a ningún hombre a mi lado. Y el guardián no es una excepción. Si tengo que amenazar a este hombre para que me diga su nombre, así lo haré. No es una decisión que me enorgullezca, pero se trata de mi vida, Impa. Y no pienso dejar que se me escape de las manos. Sé que es cruel y ruin. Pero no tengo otra opción.
Impa se quedó mirándola, durante un momento, meditando aquellas palabras.
—¿Esa es toda la verdad, Zelda?
—Así es.
—¿No sientes nada por el Guardián?
—N-nada.
—Zelda, no me mientas.
—Impa, por favor…— imploró Zelda una vez más.
La princesa había tomado su decisión.
—Muy bien. Si salgo ya mismo, estaré de vuelta antes de que amanezca. Te avisaré cuando llegue. Intenta descansar.
—Así lo haré. Gracias por entenderlo.
Impa salió corriendo de la sala. Mientras tanto, Zelda volvió a sentarse en el trono, por enésima vez en lo que llevaba de noche. Estaba completamente hecha un lío, y pese a que había tomado la decisión correcta, no le había dejado buen sabor de boca. A cada minuto que pasaba, lamentaba haber enviado a su consejera en busca de aquel hombre, mientras trataba de tranquilizarse a sí misma, recordándose que no había tenido elección. Y vuelta a empezar. Por un momento, nació en su cabeza el triste consuelo de que, en realidad, era cosa del guardián, pues él era quien en el fondo, decidiría si su amigo sufriese daños o no. Pero aquella era una excusa ridícula, y ella no solía amenazar a punta de cuchillo a los seres queridos de uno de sus pretendientes para quitárselo de en medio. Era tremendamente frustrante. Parecía que, de un momento a otro, sus pensamientos comenzarían a devorarla desde dentro. No sabía qué hacer. Estaba segura de que no conseguiría dormir en ese estado. Necesitaba hablar con alguien, y las únicas dos personas del castillo con las que alguna vez había compartido un problema eran Impa y el guardián. Pero su querida consejera acababa de marcharse, y no estaba segura de poder controlar sus ganas de estrangular al muchacho si volvía a estar con él a solas.
Por desgracia, aquella situación no le resultaba extraña. Gran parte de su juventud la vivió con el único apoyo de su amiga y consejera, y muchas fueron las noches en las que creía que no podría dormir sin un abrazo de su madre o de su padre. Y sin embargo, ahí estaba, toda de una pieza. Así que, una vez más, hizo de tripas corazón. Inspiró hondo, y soltó el aire despacio. No iba a cuestionar más su decisión, pues por mucho que lo hiciera, sabía que no la cambiaría. Se levantó y con paso lento, pero firme, abandonó la sala del trono. De camino a su ya restaurada habitación, bloqueó todo pensamiento relativo a cualquier acontecimiento relacionado con el guardián, y se tumbó en la cama, deseando que las Diosas le concedieran algunas horas de descanso.
Pocos minutos pasaban de la medianoche. La débil luz que emitían las estrellas se reflejaba en las aguas cristalinas del riachuelo, y junto con las lámparas de las casas, iluminaban ligeramente el pueblo. La noche en Ordon era más fresca de lo habitual en aquella época del año. Moy se encontraba sentado a la orilla, con la mirada perdida, sin pensar en nada en concreto. A lo lejos, divisó la silueta de un caballo, y se puso en pie. Unos segundos más tarde, distinguió a una persona junto a este. No era frecuente que Ordon recibiera visitas, y menos aún a horas intempestivas, lo cual le permitió deducir la identidad de aquella persona.
—Buenas noches, Moy.
—Buenas noches. ¿A qué debo el placer, Impa?
—Necesito que vengas conmigo al castillo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
—Muy bien —repuso Moy, con una sonrisa—, dame un minuto.
Poco después, Impa y Moy iniciaron el camino de vuelta al castillo. En la cabeza de ella persistía un difícil dilema, pues sabía que existía la posibilidad de que acatar las órdenes de la princesa implicaban herir a su amigo y compañero de batallas. Claro está, podía acabar con todo aquello si le comunicaba el dichoso nombre a Zelda, pero si tenía que elegir entre fiarse del guardián y dejar suelto a aquel impresentable de lord Aiden, la decisión estaba más que clara. Aunque, ahora que lo pensaba, era muy poco probable que el guardián permitiera que Moy sufriera daños, después de que se presentara en el castillo pidiendo ayuda para él, a sabiendas de que fallar tan solo uno de los acertijos podría suponerle la muerte. Impa sonrió, bastante más relajada. Al final, Zelda había jugado sus cartas mucho mejor de lo que creía.
La mencionada princesa yacía en la cama, despeinada, con los ojos abiertos de par en par, mirando al techo y dejando pasar las horas. En ocasiones, aciagos recuerdos de la noche anterior invadían su mente, pero ya tenía la suficiente tensión en aquel momento como para pensar en lord Aiden. Apenas había conseguido pegar ojo, y había terminado por dar dicha tarea por imposible, tal y como indicaban las lámparas encendidas de su estancia. Oyó los pasos de alguien acercándose con urgencia hacia el cuarto, y asumiendo que se trataría de Impa, se levantó.
—Zelda, ¿estás despierta?
—Sí. ¿Le has traído? —Impa asintió.
—He ordenado que le aten las manos y le amordacen.
—Muy bien. Que lo lleven a la sala del trono. Y al Guardián también.
—Así lo haré.
Aliviada, la princesa se cepilló el pelo y, sin más dilación, abandonó su habitación. Al fin parecía que la balanza comenzaba a inclinarse a su favor.
[NdA] Mejor no digo nada, vamos directamente a los comentarios:
soda570: no se me había ocurrido lo de hacer un adelanto, la verdad. Gracias por la sugerencia, pero casi que prefiero que no sepáis lo que se os viene en el siguiente capítulo, teniendo en cuenta que no son demasiado largos.
Nyel2: entre tú y yo, yo también me los imagino teniendo un rollete en el pasado (?) Has calado bastante bien a Zelda, la verdad. Y qué bonito lo que has dicho sobre la amistad, me emocioné un poco y todo. Pero Zelda (aún) no está enamorada de Link, o tal vez sí, y no sabe que lo está...
Vainyl-chan: sí que lo tiene difícil Zelda, pero ya verás que no se va a rendir fácilmente.
