XIII

Jellal

Y se encontraba entre dos caminos en los que uno tenía que decidir. El primero mostraba la paz infinita, un camino lleno de luz y de satisfacción. El otro era la otra cara de la moneda, lleno de dolor. Estaba cansado de sentir tanto dolor, desesperación y desesperanza. Pero una voz le decía que no tomara el camino fácil, y es que esa voz decía incontables veces que Erza estaba viva, que no estaba en donde pensaba dirigirse.

No podía creerlo pero sentía un enorme vacío al estar entre la línea de la vida y la muerte. Si estaba muerta, no imaginaba un mundo sin ella, en donde todos sus esfuerzos fueron en vano. Pero, el dolor volvió a aparecer, ¿no estaba siendo egoísta por dejar sola a su hija? No podía permitirse ese lujo, mas sabiendo que esa pequeña era el fruto de las veces que pudo estar junto a su amada. El hijo que había soñado tener con la única persona con la que le interesaba estar.

Y estaba siendo egoísta porque se estaba dejando arrastrar por el camino fácil, aquel que conducía a donde las almas descansarían por toda la eternidad. Donde no había dolor ni hambre. Sonrió a sí mismo y pensó que una eternidad así era aburrida, sobre todo para Jellal, que le gustaban los retos.

¿Y cuándo fue que se propuso el reto que le haría llegar a tanto, incluso de ignorar las reglas del ejército y enamorarse de Erza? Recordó por qué había tomado esa decisión, para ese entonces no tenía planes de enamorarse, ni mucho menos la idea que conocería a la mujer que lo haría temblar.

Y en aquel tiempo lo llevó a recordar su infancia, cuando era un chico enfermizo. Era un día de otoño cuando cayó enfermo de una enfermedad respiratoria. No fue a la escuela porque necesitaba reposo absoluto. Era bochornoso pero al mismo tiempo, era el pretexto para que un viejo amigo de su padre los visitara, el médico asignado a la familia de eruditos, George Kavalé.

George era un tipo agradable. Cada vez que enfermaba y él llegaba, platicaba anécdotas de su niñez y de por qué decidió entrar a la milicia. Había veces que mencionaba a una niña y el rostro se le ensombrecía. Quería comprender por qué ocurría eso cada vez que narrando, llegaba el punto en que tenía que mencionarla, como si fuera inevitable. Ese aire de misterio le daba curiosidad, como si no le contara toda la verdad, y Jellal siempre fue curioso desde niño.

Ese día su madre había ido a comprar lo indispensable de la casa, fue entonces que se quedó solo con su padre. Creyendo que estaba durmiendo, llegó el marino y fue entonces que Siegrain, su padre, lo recibió y lo invitó a tomar un café. Jellal salió de la cama sin hacer ruido para escuchar lo que hablarían los adultos.

—Juliana salió por la comida —dijo Siegrain y se sentó después de poner agua a calentar—. Jellal está durmiendo. En estos casos una plática como en los viejos tiempos es buena.

—Creo que no hay nadie que escuche lo que tengamos que decirnos —dijo George sonriente—. Es inevitable decir esto, pero creo que poco a poco me voy convenciendo de muchas cosas.

La mirada de George se centró en la de su amigo, Siegrain entendió a lo que se refería.

—Te estás metiendo en la boca de lobos amigo, deberías de alejarte y dejar que pasen las cosas. No me gustaría que te pasara algo por estar infiltrando información de la marina.

George tomó un sorbo a su café, lo saboreó y lo tragó. Jellal no entendía en lo absoluto lo que estaban hablando, pero la curiosidad que poseía, no permitía que fuera a la cama. Débil o no, quería saber más.

—Si me pasa algo es porque me lo busqué —dijo con voz ronca—. ¿Te gustaría que invadieran tu propio país solo para aprovecharse de él? Me pongo en el lugar de los habitantes de Fiore y por eso hago lo posible para buscar quienes están tras sus tierras. Por lo visto esa orden viene desde los de arriba —Jellal entendió quienes era, puesto así les decía a los almirantes.

—Me gustaría ayudarte, pero mi posición de investigador me impide hacerlo, ¿sabes lo que significaría para mí que me encuentren como testigo? Eso lleva de la mano a mi esposa y mi hijo. En mi caso no tengo nada más que callar. Pero —dijo cambiando el tono de su voz— tú tienes más posibilidades. Tienes todo en tus manos, es cuestión que corras con suerte y encuentres los archivos correctos. Pero ponte a pensar, ¿esto no generaría un golpe de estado y por consecuente, una guerra civil? He pensado eso. Harás que mueran más personas de las que intentas salvar. No es que este a favor que invada Fiore, estoy en desacuerdo, pero tú George, tú eres el único amigo que tengo. Mi única familia aparte de Juliana y Jellal.

Jellal siempre supo que su padre quería al capitán como su hermano. Ellos habían crecido juntos y a temprana edad, Siegrain perdió todo en un incendio. Fue así que con sus habilidades en la ciencia, pudo internarse en la mejor escuela y universidad del país. Era de esperarse que le dijera eso a George, pero lo que no comprendía era lo demás.

—Tú lo has dicho, ya tienes una familia… pero yo…

El silencio se hizo extenso. Fue ahí cuando Siegrain se dio cuenta que George ocultaba algo.

—Kavalé, ¿tienes algo que decirme? —le dijo arqueando una ceja.

—¿De que hablas? Todo está dicho. Voy a seguir investigando aunque me cueste la vida.

—No, lo otro. Con tus expresiones puedo deducir que ocultas algo. Podrás ser el mejor mentiroso del mundo pero yo soy la única persona que jamás engañarías, ¿hiciste algo?

—Nada fuera de lo común —dijo nervioso. Jellal se dio cuenta que su padre tenía razón, cuando estaban los dos juntos, despejados de la gente, podrían ser una libro abierto y saber todo con la mirada.

—Lo juro. No he hecho nada.

—Actúas como cuando hacías alguna travesura. Pero sabes, te conozco tan bien que terminaras diciéndomelo tarde o temprano. Por tu bien será que sueltes todo.

—¿Y si no quiero? —dijo en tono de berrinche. Jellal jamás había conocido esa parte de Georges.

—George…

Y se dio por vencido.

—Lo admito. Hice algo imperdonable —dijo bajando la cabeza y apoyándosela con sus dos manos. Era algo tan grave que se veía frustrado—. Aparte de infiltrar información, rompí otro de mis votos.

—¿Más grave que ser un espía de la milicia?

—No es fácil decirlo, Sieg…—se mordió el labio de desesperación—me vas a matar pero…

—¡Ya habla maldita sea!

—Voy a ser padre.

Y Siegrain, el científico que mostraba parecer sobrio, se mostró impresionado. Jellal no entendió porque tanto misterio que George fuera padre. Al contrario, su madre siempre le decía que ser madre era la mejor bendición y el mejor regalo recibido de su esposo. ¿Estaba mal ser padre? Jellal, a su corta edad lo veía como algo natural, ya sabía cómo se concebía y daba a luz uno. Era incomodo recordar como su madre le explicaba cómo debía tomarse a una mujer para procrear a otra vida. Pero, ¿estaba mal que George fuera padre? Siguió esperando la respuesta, hasta que su padre pudo recuperar el habla.

—Esperé todo menos eso… George, ¿en serio no aguantaste tus deseos carnales?

—Los haría, pero en serio deseaba ser padre… ella… ella lo deseaba. Por verla feliz rompí mis votos.

—¿Quién es la madre?

—La conoces —dijo sonrojado—, es Brenda.

—¿Brenda? —Dijo en un siseo—, ¿la misma Brenda que conocemos?

—Sí, ella —contestó en un hilo de voz—. Sabes que siempre la quise. Ella se fue y fue que supe que no podía vivir sin ella, por eso fue que decidí meterme a la marina. Pero apenas hace un año ella me buscó y me contó que huyo porque su padrastro intentó abusar de ella muchas veces, y que se lamentaba que por su culpa me convirtiera en marino. Sieg… no lo soporte, no pude controlarme y la hice mía… no una… muchas veces. Ella deseaba tener un hijo mío y no le importa perder su vida por eso. Le pedí que se fuera lo más lejos y así lo hizo. Hace dos meses que no la veo y ya debería de tener siete meses se embarazo. Me duele que esté sola. Ella se echó la responsabilidad de mantenerlo y cuidarlo.

—¿Cómo pudiste? —Le dijo su amigo con desprecio—. Esperé todo menos eso. Sabes que estimo mucho a Brenda y la marcaste, ¿sabes que ningún hombre se fijaría en ella por tener un hijo?

—Lo sé. Le dije que se encontrara otro hombre. No quiso. O era yo o no era nadie y ella ya estaba harta que muchos hombres que intentaran abusar de ella por su belleza. Brenda se convirtió en una mujer hermosa, Su cabello no es común en este país, lo sabes. Dice que su cabello lo heredó de una abuela que es proveniente de Fiore. Digna para que cualquier burgués la saque de la miseria, ¿por qué tuvo de escogerme a mí, que no puedo ofrecerle nada? No sabes lo frustrado que estoy, me siento mal porque la abandoné a su suerte y no puedo darle nada porque eso implica que se den cuenta y nos descubran la verdad —George estaba cada vez al borde del llanto—. Sieg, tu que todo lo sabes y buscas alternativas de solución, ¿Qué hago?

—Si la quieres, huye —dijo en definitiva—. Si haces algo que haga que sospechen los de arriba, eres hombre muerto. No solo tú, sino también Brenda y el bebé que espera. Es que no encuentro explicación para que tú hayas hecho eso. Sé que la amas, está bien, fue tu primer amor pero te aferraste mucho en ella. Cuando se fue te deprimiste. Muchas chicas intentaron convencerte que no entraras a la marina, hasta yo te dije que no lo hicieras porque te arrepentirías.

—Y tenías razón. No sé qué hacer. La echo de menos pero igual no debo de estar con ella. Le hice prometer que no me buscaría.

—Es lo mejor. George, estoy decepcionado de ti. Siempre supe que te arrepentirías de lo que hiciste. Desde ignorar a las mujeres hasta meterte con Brenda, ¿por qué siempre haces las cosas mal?

—Porque siempre he roto las reglas, todas y cada una —dijo con sonrisa forzada.

Al poco tiempo, llegó Juliana. Para ese entonces, los dos adultos ya estaban tranquilos y decidieron cambiar de tema y dejarlo para otra ocasión. Podría ser que alguien los escuchara, pero lo que no supieron es que Jellal se enteró de todo por curioso.

George siguió llegando a la casa. Poco a poco fue asimilando todo lo que su padre y él platicaban. La milicia estaba intentando romper el tratado entre naciones que prohibía la invasión de uno, y ese era Fiore. Como ese país carecía de fuerza militar, sería una ventaja para que los demás países no notaran la diferencia. También se fue enterando cada vez más de su concubina. De como era su trato cuando eran niños y las razones por las que escapó de su casa. También se condolió en la depresión que cayó el capitán por su ausencia y su reencuentro. Había detalles que no deseaba saber.

Jellal creció hasta tener doce años. Era una tarde de otoño. Regresó a su casa con la energía de adolescente. Estaba feliz porque estaba yéndole bien. Las enfermedades se habían ido pero los cambios en su cuerpo eran cada vez más notorios. Estaba en la etapa que se convertiría en niño a hombre, esa etapa en donde hay atracción al sexo opuesto. Jellal se avergonzaba cada vez que por descuido, posaba los ojos en los pechos de sus compañeras. Creía que era un pervertido, pero su padre le dijo que era normal, lo único que tenía que cuidar era no faltarles al respeto. Pero lo que no comprendía como fue que George se aferró tanto a una sola mujer al extremo de romper sus votos.

Pero esa misma tarde, recibió una noticia jamás esperada. Se sentó en la mesa para esperar el almuerzo. Su padre estaba leyendo un artículo científico cuando de pronto tocaron la puerta. Jellal fue a abrirla y fue la sorpresa que eran dos marino.

—Disculpe, ¿se encuentra el señor Siegrain Fernández? —dijo uno de ellos.

Jellal tembló y llamó a su padre. Los marinos le pidieron que necesitara hablar a solas con él. Jellal regresó al comedor, donde su madre estaba sirviendo la comida.

—Madre, tengo un mal presentimiento.

—Es normal que los marinos vengan a visitar a tu padre, ¿no entiendo tu paranoia?

Jellal no dijo nada, esperó que su padre llegara y les dijera que había sido una visita rutinaria de los avances que tenía en sus investigaciones. Pero no fue así. La puerta principal se cerró y Siegrain regresó con la cara pálida. Tembló. Juliana trató de tranquilizarlo para que les confesara de lo que le habían dicho los marinos.

—George… lo van a ejecutar —dijo en un hilo de voz, estaba al borde del llanto—mi hermano y camarada… esta muerto.

—No… eso no puede ser… ¿por qué lo ejecutaron? —dijo ocultando que sabía la verdad, presentía que los marinos seguían afuera.

—por conspiración. Quieren que valle a testiguar porque fue mi médico familiar y quieren investigarme por si no lo apoyé. No tardo —dijo tomando su sobretodo que estaba colgado en un clavo—. Perdónenme por no almorzar con ustedes.

Jellal quiso acompañarlo pero su padre no se lo permitió. El almuerzo fue silencioso. Anhelaba ir, su madre se dio cuenta y trató de consolarlo.

—Mamá… es que George no merece ir a la orca, ¿tiene algo de malo hacer cosas buenas que parezcan malas?

—Hijo, lo que se acusa a George es delito que se castiga con pena de muerte, no podemos hacer nada, siquiera defenderlo. Temo que tu padre tenga que ver con todo esto. Tengo miedo que también lo culpen.

Jellal se mordió la lengua para no soltar algo comprometedor para que su padre no fuera afectado. Estaba siendo egoísta lavándose las manos, pero tenía que hacerlo, con el bien de sus padres, para protegerlos.

El día llegó. Se enteró que la ejecución fue en presencia de pocas personas. Sólo los altos mandos estuvieron presentes. Pero cuando supo donde descansaba el cuerpo acribillado de George, Jellal no dudó en visitarlo.

Tuvo suerte que el cementerio estaba despejado. Llovía y por eso no había nadie en sus alrededores. Cuando llegó a la lápida de George Kavalé, se quedó quieto y rezó por su alma.

Y sus lágrimas se mezclaron con la de la lluvia porque no se dio cuenta cuando soltó el paraguas. No podía ocultar más que estaba triste y decepcionado por lo que le había pasado. Maldijo a cada uno de los que decidieron acabar con su vida. Fue esa vez que visitó por primera y última vez a Georges, porque juró que cuando regresaría a visitarlo sería para decirle que todos sus esfuerzos no fueron en vano. Que él descubriría a los que querían invadir Fiore.

Los próximos días decayó. No quería ir a la escuela porque estaba formulando una nueva decisión. Su madre siempre trataba de darle aliento, puesto que ella vio la relación que tenía su hijo con el marino. Jellal siempre fingía que estaba bien, que en unos días se le pasaría, pero estaba seguro que así no era.

Llegó el décimo día y fue cuando tomó la decisión que alertó a sus padres.

—¡No permitiré que te vayas a la escuela militar! —Le dijo su madre—. Todo menos eso. Eres mi único hijo y no quiero que me abandones solo por un capricho.

Juliana lloró sin cesar. Jellal estaba decidido y con voz llena de autoridad le dijo que no le importaba lo que ella creía correcto o no, él estaba dispuesto a arriesgar su vida para servirle a la nación, cuando en realidad quería averiguar lo que George estaba a punto de lograr. Pero su padre se mostraba sobrio, como siempre.

—Siegrain, dile algo. Dile que está loco… ¿o quieres que valla a matarse por una locura?

—Madre, esto no es una locura.

—Ponte en tu lugar, Jellal. Tú eres el hijo de dos investigadores. Vas a tener una vida placentera gracias a lo que hemos descubierto. ¿Para qué quieres ser militar? Sabes que vas a tener muchas limitaciones.

—Sabes que eso no es cierto —le dijo molesto—, no voy a tener todo lo que quiero. Sabes que soy ambicioso y no me conformo con lo que están obteniendo. Quiero tener grandeza por mí mismo, no ser la sombra de sus investigaciones, ¡quiero tener un nombre y que me reconozcan por Jellal Fernández, no como el hijo de dos investigadores importantes del país!

Jellal había sido duro, su madre brotó el llanto en sus ojos. Le rogó a su esposo que le dijera algo, que estaba mal, que no se fuera. Jellal se le partió el corazón, su mamá era su adoración y la estaba lastimando como jamás había imaginado. Pero también tenían que entender que él era el forjador de sus decisiones y tenían que apoyarlo.

—Dile que está mal… ¡di algo Sieg… dile que es una locura! Ayúdame… por favor.

Siegrain tomó las manos de su esposa para que dejara de golpearle el pecho. Igual le dolía que su único hijo tomara el mismo camino que su difunto amigo, a que quería como hermano. Su mirada era lastimosa y al mismo tiempo cortante. Jellal sabía que era la prueba definitiva de su padre. Tenía una mirada que haría que flaquearía hasta el más valiente. Pero por primera vez, se mostró firme a sus escasos doce años.

—Vete y no vuelvas a vernos —dijo—. Lo siento Juliana, pero él no es nuestro hijo.

—Pero Sieg…

—Lo exilio de todo. Él quiere fama, que la tenga. ¿No viste que dijo que no quería vivir bajo nuestras sombras? A partir de hoy no eres nadie para nosotros. Lo que obtengamos de nuestras investigaciones lo donaremos a la caridad, ellos lo merecen más que tú, malagradecido.

Jellal se sintió desfallecer pero la promesa que le hizo a George en su tumba le motivaba a soportar el desprecio que su padre le daba. Supo que era lo mejor, hasta logró a acertar que su padre sabía que él escuchaba las conversaciones que tuvo con el difunto marino. Después de todo era un investigador y ningún detalle debía dejar escapar.

Se fue de su casa y lo primero que hizo fue dirigirse a las oficinas de la escuela militar. Se preinscribió para hacer el examen. Antes de presentarlo, estuvo viviendo en los barrios bajos del puerto. Trabajaba para ganarse el pan y cuando fue el día, lo presento y lo pasó sin problemas. Cuando los nuevos estudiantes se reunieron en una plaza para darles su nueva localización, uno de los marinos llegó y se presentó como Iván Dreyar.

—Hemos cambiado una regla indispensable en la milicia. A partir de este año se sorteara quienes estudiarán en la marina o en el ejército. El objetivo de esto es para probar si sus habilidades son lo suficientes para destacarse sin problemas en la zona que se les asigne. Por lo general, siempre escogen ser uno o lo otro por gusto.

Jellal maldijo a Iván. Le estaban quitando el cincuenta por ciento de la probabilidad de llegar a donde había llegado George, ¿y si queda en el ejército? No se veía llevando el traje de los militares.

Llegó su turno y sacó una bola de la tómbola. Palideció cuando le toco azul, el color del ejército. Después sacó otra bola de otra tómbola, esa le diría que zona lo acomodarían.

—Centro —dijo el militar que abrió la esfera.

A partir de ese día, Jellal maldijo a su suerte. Se sentía un desconocido en la capital del país. El acento, las costumbres y la ciudad de dificultaban su estancia. En si la disciplina no fue difícil, él se había criado con principios estrictos, lo que se le dificultó fueron las pruebas físicas, pues en su infancia se la pasaba enfermo.

Pasaron cuatro años y estaba a punto de graduarse. Para eso se tenía que hacer una prueba final o una misión. Ese era otro golpe de suerte o no, igual se sortearía. Escuchó rumores que la misión era ir a Fiore para establecer contacto amistoso con ese país. Él sabía que no era así gracias a lo que había escuchado de George.

Se acercó a la tómbola. Deseó que esta vez la suerte lo besara. Esta vez no fue necesaria maldecirla.

Y recordó ese día cuando conoció a Erza. Llevaba un sencillo vestido blanco y una lanza de cobre, aquella que usaba para cazar.

Fue hacia ella con las intenciones de averiguar si era cierto que había lo que los militares estaban buscando. Fue entonces que sus ojos y cabello de Erza no se borraron de su mente.

Y vio la luz y un grito de súplica que le decía que ella está viva.

—¡Erza! —gritó y despertó de golpe.

Jellal empezó a moverse con desesperación. Las personas que estaban a sus espaldas se alarmaron y lo tomaron de las extremidades para tranquilizarlo. Apenas podía distinguir sus rostros, pero por la ropa que llevaban eran enfermeros del ejército. Al poco tiempo apareció Laxus por el alboroto que estaba ocasionando.

—¿Qué hacemos, capitán? —preguntó uno de los que sostenían a Jellal—. ¿Lo dormimos?

—Sólo un tranquilizante, les dije que ya era hora de despertarlo. Lo necesito en sus cinco sentidos porque dentro de una semana entraremos a la Capital para consumar la guerra.

Uno de los enfermeros suministró sedante vía intravenosa. Pasaron unos minutos para que Jellal dejara de moverse y recuperara la tranquilidad. Al instante, escuchó la voz de su hija recriminando de por qué no podía entrar a verlo.

—Aún no, señorita —le dijo uno de los enfermeros.

—Ya puede pasar, acaban de sedarlo para que esté tranquilo. Natalie, será mejor que hables con tu padre antes que lleguemos a la Capital.

Jellal detuvo su respiración, ¿vería a su hija de nuevo, a la pequeña que tanto temió perder de nuevo? Y de nuevo la vio, con su rostro idéntico al de su madre. Pero no solo las facciones de Erza reinaban en su carita, sino que conforme crecía se iba pareciendo más a él o más bien a los Fernández.

Natalie se sentó en su regazo y tomó su mano para apretarla, necesitaba ser fuerte ante su padre, él lo supo porque ella estaba temblando. A veces la vista le fallaba porque veía borroso, pero lo poco que podría ver lograba distinguir que estaba en una pequeña habitación blanca, mal iluminada, suponía que para guardar discreciones. Volteó a ver a su hija que parecía estar feliz.

—¿Tiemblas porque me tienes miedo? —apenas dijo.

—Tiemblo de felicidad, papá.

¿Había dicho lo que había creído escuchar? ¿Le llamó papá? Y en ese momento quiso derramar las lágrimas que no habían salido para sobre guardar su orgullo y protegerla, derramar aquellas en noches de soledad, recordaba a Erza con lágrimas fantasma que solo creía recorrer en sus mejillas. Tenían tanto que decirse pero tenía el presentimiento que no le daría el tiempo para demostrarlo lo mucho que la quería. De hacerle saber que desde el momento que la vio temió que Erza la hubiera engañado con otro y ella no fuera su hija. Que sus incontrolables formas de tenerla a su lado eran porque con solo verla le traía paz, en contraste que ambos discutían a menudo, pero era por el que una vez su madre le dijo que ocurría cuando se encontraban dos parientes, el llamado de sangre. Él desde el fondo de su ser, su intuición de padre le decía que ella era su hija, de él y nadie más, no le cabía que su amada estuviera loca para cambiarlo por otro, puesto que ambos estaban locos de amor y se necesitaban del uno al otro.

Y ella volvió a apretar su mano para sacarlo de sus pensamientos. Se acercó para acomodar su almohada, agradeció que lo hiciera pues no estaba lo suficiente cómoda. Arregló los mechones que tenía pegados en la frente por el sudor y le dio un beso en la frente, como aquel que le dio hace mucho tiempo.

—El tío Laxus me dijo que iban a despertarte. Llevas cuatro meses dormido. Ha sido pesado, ¿no crees? Temo decirte por qué se decidió hacerte esto, pero primero me dijo que me hablaras de ti, ¿se puede, papá?

—Después hablaré con ese bastardo, ¿algún hombre te miró con lujuria o alguno te puso la mano encima?

Natalie rio con voz cantarina. Jellal pensó que estar rodeada por hombres la pondría en peligro. Su hija era una belleza que pronto florecería, y valla que estaba empezando y apostaba a ser una de las mujeres más hermosas.

—No. Aquí todos te respetan. Nadie sería capaz de faltarle el respeto a uno de los héroes del país. Al contrario, me miran con temor, como si algún día despertaras y les dijera algo malo de ellos a ti. Me tratan como una reina, a veces me halaga —su mirada se hizo triste—. Pero prefería tu carácter gruñón, ese que me demostrabas todos los días. Siempre supe que era para protegerme, para guiarme que era una caprichosa y hacerme una mujer de principios. Lamento no haberte hecho caso desde un principio. Pero es que, ¿Cómo saber que eras mi padre de sangre?

—La historia es larga, Nat. Larga que no te podría contar detalles en un solo día.

—Sólo cuéntame lo que es debido hoy, que tendremos tiempo de sobra para que me cuentes lo demás.

Jellal estaba dispuesto a contarle la historia de su madre, cuando de pronto recordó a Erza y no pudo evitar preguntar dónde estaba.

—En la cueva —dijo desviando la mirada. A Jellal le dio una punzada, puesto que Mirajane le había dicho que ahí la habían sepultado.

—Entiendo —dijo él triste, perdiendo esperanzas de verla otra vez—. Bien hija, es hora de decirte todo. Desde el principio, ¿o solo te digo como conocí y me enamore de tu madre? ¿O también deseas saber la razón por la que no renuncie a la milicia y no huí con ella? Porque pude haber fingido una muerte, jamás subestimes a Jellal Fernández, él siempre buscará una idea que la hará realidad tan perfectamente que todos los de su alrededor lo creerán.

—¿Cómo fue que te enamoraste de ella? —preguntó de golpe—. Es lo que siempre me he preguntado. Siempre trataba de ver a mi padre en sueños, pero siempre terminaba en ver el rostro de Simón, pues él había sido lo más cercano a uno. Me preguntaba quien había sido el hombre que usó sus encantos masculinos para enamorarla e hiciera que se entregara en cuerpo y alma aun fuera del matrimonio. Tengo entendido que no se casaron.

—Así es —dijo—. Porque en verdad, jamás se me pasó a la cabeza dejarla embarazada, y eso que estaba seguro de estudiar medicina en la escuela militar.

Los dos se quedaron callados. Tanto que decir y no sabían por dónde empezar. Pero entonces debía responder la pregunta que le había hecho su hija.

—¿Cómo me enamore de ella? No se cómo responder esa pregunta, Nat. Solo sé que la primera vez que vi a tu madre, lo hice con el afán de investigar qué era lo que había en Fiore que ambicionaba a los superiores. Pero cuando la vi pareciera que el chiquillo de diecisiete años que era se había convertido en un viejo que se sabía todas. Como si las respuestas a todos mis enigmas estaban en sus ojos. Si Natalie, vi reflejada toda mi vida en sus ojos, los ojos preciosos que heredaste de ella, todo menos el color de tus iris, el verde lo sacaste de mi —dijo orgulloso—. Pero después volví a ser el chiquillo de ocho años, enfermizo y tímido. Me puse nervioso pero los calmé. Le hablé y pregunté donde había conseguido el cobre de su lanza. Ella me contestó sonriente y al mismo tiempo me evitó.

»Así fue como empezó esa historia donde no creí ser protagonista. Era absurdo que un cadete se fuera a enamorar fácilmente de una doncella extranjera. O al menos uno como yo, que decían que tenía un carácter como el de un león, indomable y fuerte. Decían que era el mejor de mi división y que pasaría de puesto en puesto hasta llegar a ser general de brigada a tan corta edad. Pero tu madre tenía algo que me tranquilizaba, encontraba paz. Pero al mismo tiempo, era una droga peligrosa que me enviciaba cada vez más. Pero yo era listo, lo suficiente para convencer a mis superiores que solo la frecuentaba para averiguar más cosas de la vida cotidiana de Fiore. Les daba información falsa y tu madre me ayudó en qué les podía decir. El tiempo para estar con ella lo aprovechaba para contemplarla. Si Natalie, estaba locamente enamorado de ella sin saberlo, sin darme una pista yo mismo de lo que sentía por ella y poco a poco me arrastraba más a sus ojos y su cuerpo. La primera vez que tuve contacto físico con tu madre fue una vez que se cayó de un tronco y se lastimó la rodilla. La abracé y la cargue hasta sentarla y curarle la herida para que no se infectara. Pero ese abrazo me embriagó más, despertó esa parte de mí, una íntima parte que no creí despertar.

—¿Y entonces…? ¿Ocurrió lo que tenía que ocurrir? —interrumpió sonrojada, ¿vas a contarme como me hicieron? Pues no quiero saber esa parte desagradable, por mi te puedes quedar con eso… ¡pervertido!

—¡Mira que la pervertida eres tú! —Le contestó, sus orejas estaban rojas—. Yo jamás le diría cosas tan intimas a mi hija, ¿en que estabas pensando, Natalie?

La pequeña se avergonzó y esquivó su mirada. Es que lo último que había dicho lo había malinterpretado.

—Es que el tío Simón siempre me trató de convencer que mi padre se había aprovechado de la amabilidad de mi madre, por eso siempre creí que tu habías abusado de ella, ¿lo hiciste alguna vez?

Jellal lo negó con la cabeza.

—Fue a voluntad de los dos. ¿Quieres saber cómo fueron las circunstancias, en las cuales tu madre se convirtió en mujer y yo en hombre?

—Siempre he querido saber…

—Pues no te diré —dijo cambiando de opinión, se acostó y le dio la espalda—, me lo quedaré yo solito. Sigue creyendo en ese mequetrefe de Simón.

Natalie infló los cachetes y fue a mover a su padre para que siguiera contándole. Jellal solo cerró los ojos, aguantándose la risa para que ella siguiera insistiendo.

—¡Vamos! No me dejes con la duda —dijo rogándole.

—Lo diré si dices que soy el mejor papá del mundo, mucho mejor que ese orangután de Simón.

—Eres mejor que él. Muchos te respetan, y tú eres mi papá, él sólo fue el postizo. Ya no te enojes y sígueme contando, di que sí.

Jellal se dio la media vuelta, satisfecho porque su hija lo alabara. A veces creía que era necesario, puesto que perdió los mejores años sin su hija.

—¿En qué me quedé? —Dijo pensativo, después de recordar prosiguió —. Esa noche no supe lo que había sentido. El contacto que tuve con tu madre fue como una avalancha de sentimientos, como necesidad de mirar juntos el atardecer mientras acariciaba sus cabellos escarlatas, ¡si Natalie! Era un romántico reprimido, me negaba a aceptar que estaba enamorado de ella, puesto que pronto sería soldado y tenía que olvidarme de la idea de tener una mujer conmigo. Pero ella era un imán que me atraía cada vez más. No podía dejar de verla, pero sabía que era peligroso… no pude evitarlo y seguí frecuentándola.

»Pero me gané su confianza, tanto que me llevó a la cueva que está al norte de la aldea. Para ser preciso, la entrada esta debajo de una gran ceiba. Ese día me pidió que me cambiara de ropa, pues para entrar a ese lugar se tenía que llevar ropas blancas. Ella me condujo a la cueva con los ojos cegados y cuando por fin lo vi todo mi corazón se detuvo. Era hermoso Natalie, todo era hermoso, pero no tanto como tu madre. Era todo lo que estaba buscando el ejército, todo en un solo lugar. Erza después me dijo que debajo de la cueva había un lago subterráneo donde había todo el oro que una nación ambicionaría. Dudé en seguir callando, no te lo negaré. Pero también estaba la confianza que tu madre me había puesto para demostrarle que si existía lo que tanto buscábamos.

»Pero fue entonces que ella me dijo que sacrificó todo para llevarme, pues para entrar a ese lugar sagrado solo pueden hacerlo una pareja de enamorados. Pero como el destino apuntaba que ella no estaría con ningún hombre, decidió llevarme ahí sin importar el precio que cargaría. Me insinuó que después de eso sería maldecida por sus dioses, ¿iba a permitir que ella se sacrificara solo para que viera lo que estaba viendo en ese momento? No podía ser egoísta pero tampoco podía negar que estaba empezando a amar a tu madre, no solo por lo bella y lo carismática, sino porque confió ciegamente en mí y se estaba sacrificando aun sabiendo que estaba rompiendo reglas, ¿y porque no romper reglas también? la quería pero no sabía cómo demostrárselo pues sólo era un trozo de hielo para ella. Siempre me comporté tan serio debido a mi formación, pero también me daba miedo demostrar lo agradable que podría llegar a ser, lo que era antes de entrar a la escuela militar.

—Entonces, ¿fue ahí? —Volvió a interrumpir—. En ese lugar, del que tanto hablan los adultos, ¿ahí pasó lo inevitable?

—Si —contestó serio—. Al principio fue una locura pero terminé confesándole que yo era el hombre que debía ser su alma gemela, pues Cana le había dicho que estaba por pasar una vida de solterona. Nunca creí en el destino o que las personas pudieran adivinar el futuro. La convencí y fue entonces donde los dos caímos hechizados en la mirada mutua que nos lanzamos. Nos entregamos sin medida, en aquel lugar donde nadie nos juzgaría.

»Pero después, volví a ser el mismo chico tímido que era. Me avergoncé de lo que había pasado esa tarde. Me sentí sucio porque falté a uno de los votos que estaba por cumplir. No es que ya era un soldado y había pronunciado los votos, sino que estaba a punto de lograrlo y si llegaban a descubrir que cortejaba a una mujer, definitivamente me correrían de la escuela. Un mes después volví a hablarla, me disculpé de mi distanciamiento y volvimos a frecuentarnos, como en los viejos tiempos, pero con el cambio que ahora éramos amantes. Natalie, fueron los mejores momentos de mi vida, sin contar los meses que conviví contigo y cuando supe que eras mi hija. Supe eso el día en que ese loco te disparó y vi el lunar como el que tengo —le dijo y se levantó la camisa para enseñárselo—. Los dos estamos unidos por esta marca. Tu abuelo también la tiene.

Natalie se acercó para verla. Entonces ella también se levantó su blusa y se la enseño, era idéntica. No cabía duda que los dos estaban marcados por un mismo lunar que atestiguaba que eran padre e hija.

—Tenemos los mismos ojos. ¿Jamás sospechaste eso?

—Siempre me negué esa posibilidad. Cuando te vi por primera vez, eras igual a tu madre, pero veo pasar los días y vas pareciéndote más a tu abuela. Si te hubiera visto por primera vez como te ves ahora, lo hubiera sospechado.

Natalie bajó la cabeza, como si sus dudas aun no terminaban de salir.

—Pero… pero cuando me conociste me trataste mal, ¿me odiabas?

—No lo hacía —dijo y entonces recupero la suficiente fuerza para tocar su mentón y levantar su mirada—, mi orgullo de hombre estaba herido porque creí que Erza había conseguido a un hombre mejor que yo. Te traté mal por eso. Pero juro que estoy arrepentido y haré lo posible para ganarme tu cariño.

Natalie le sonrió y no evitar llorar, se aferró a su padre y dijo algo que jamás pensó decir tan rápido.

—Te amo, papá. Gracias por traerme a este mundo, sin importar los problemas que traería como consecuencia.

Ese día ya no siguió contando nada. Se quedaron juntos en su cama, abrazados, dándose el amor que no se dieron en todos estos años. Ella terminó dormida en su regazo, así aprovechó para verla con el rostro relajado, dormida se parecía más a él.

Al día siguiente, Laxus entró a su habitación antes que Natalie lo hiciera, entendió su urgencia al ver que cerró la puerta bajo llave. Antes que lo hiciera, había notado a dos soldados custodiando la puerta.

—Veo que quieres tener a mi hija alejada de la plática que tendremos —dijo sin guardarse nada.

—Así tendría la libertad de contarte todo sin contenerme. Hay veces que un militar debe de recordar la sutileza y demostrarla frente a una jovencita como Natalie.

Jellal arqueó la ceja y agradeció en cuidar las preocupaciones de Natalie.

—¿Necesito hacerte la pregunta o me la contestaras sin hacértela?

Laxus no parpadeó en lo absoluto, los dos se habían sincronizado y la transparencia de sus ojos lo decía todo. Después ambos rieron.

—La primera es, ¿por qué te mantuvimos dormido por tanto tiempo? —Jellal asistió con la cabeza—. La respuesta es simple, para protegerlos a ti y a tu hija.

—Eso no me llena, cuéntame toda la verdad, ¿no dijiste que la dirías sin consideración? Vamos, tengo todo el tiempo del mundo para oír tu respuesta que espero sea convincente.

Laxus tenía el afán de contarle con lujo de detalle el plan que había trazado Lyon para su causa. Para eso, tenía que explicarle primero quien era Lyon. Jellal se impresionó cuando escuchó que él era el niño que tanto hablaba el difunto amigo de su padre, pero tenían un ligero parecido, según los pocos recuerdos que tenía del teniente, solo lo había visto pocas veces. Prosiguió hasta llegar al punto donde Lyon lo acorraló en una situación comprometedora, donde Laxus estaba dispuesto a traicionar a la marina y unirse a la causa de ayudar a Fiore, pero fue donde el teniente dijo ser parte suya y le contó sus planes.

—¿Dices que sabía parte de lo que yo había investigado?

—Lyon me dijo que tu sabías cosas que él no y tu negabas cosas que él te las podía demostrar. Por ejemplo, sabía que uno de tus subordinados te traicionó y dijo que estabas cortejando a una aldeana de Fiore. No lo dijo al instante, sino años después. Supiste manejar tu relación con el ejército y Erza, eso hace que te respete mucho.

—Creí que esos bastardos me seguían desde siempre —dijo bajando la cabeza—. ¿Quién fue ese traidor? ¿Fue Gray?

—Él jamás haría algo que te afectara, es tu perro más fiel. No vale la pena que sepas quien fue, Lyon se deshizo de él cuando lo tuvo frente a frente. Le dio la peor de las muertes por traicionarte. Por si no sabías nadie sospechó nada de ti, te brindaron tanta confianza que ya imagino la cara de mi padre cuando se enteró que le viste la cara —dijo con sonrisa ladina—. También te respeto por eso.

Siguió contándole hasta llegar al día en que se enteraron que a Jellal lo citaron para ascenderlo de puesto. De inmediato se dieron cuenta que fue una trampa, para eso tuvieron que apresurar sus planes. Hicieron lo posible para que el golpe de estado fuera el mismo día en que Jellal pisaría las oficinas del ejército y presentarse frente a los jefes. Jellal no podía creer la habilidad bélica que poseía Lyon, sin contar la influencia que podía llegar a tener. Cuando los sacaron de la capital para llevarlos a las montañas del norte, Laxus agregó que usaron sus estrategias también.

—¿Mis estrategias? Pero si estaba sedado todo el tiempo.

—Estabas dormido pero tus ideas las teníamos en tus manos —le explicó—. Husmeamos en tus pertenencias y encontramos una novela interesante que estabas escribiendo, ¿o diría una gran estrategia de guerra? Gray la tradujo pues él nos enseñó la clave que ambos usaban y descubrimos que eres un genio, tanto para escribir ciencia ficción como para planear sin fallos una guerra contra el gobierno.

Laxus se mostró satisfecho mientas que Jellal no podía creer que ese manuscrito fuera a dar a manos correctas, ¿no siempre soñó en usar lo que había plasmado en esa obra de arte? Estaba orgulloso de sí mismo que su aportación se haya usado con provecho. Laxus notó ese brillo especial en sus ojos y lo alagó. Pero aún quedaba mucho que tenía que explicarle, era lo que debía ocurrir ahora. Como tenía que actuar ahora que ya sabía que le hicieron creer al país que Jellal había sido secuestrado por los traidores a la patria. Lo hicieron con el afán de protegerlo por si ellos fracasaban. Ahí fue donde Jellal quiso aportar su ayuda.

—En dado caso, diré en público que me hicieron cambiar de opinión y los ayudé en las sombras, porque eso fue lo que realmente hice.

—Algo así tenía pensado —confesó—, ¿estás seguro que podrás hacerlo?

—En cuestiones de engañar con tal de proteger todo lo referente a mi reputación, lo hago tan bien que por eso oculté a una hija por dieciséis años. A no ser de un soplón que fue a decirles a los de arriba.

Con eso estuvo más que claro, no había inconveniente o rozadura de ideales. Ambos bandos estaban de acuerdo por proseguir en la consumación de la guerra. Faltaba medio camino para llegar a la Capital y costaba de cinco días para no ir a prisas. En ese tiempo siguió contándole a Natalie más sobre la vida que llevó con su madre mientras la tuvo a su lado y también le contaba de sus padres y de cómo fue su infancia. Natalie aun no creía que su padre, galante y fuerte haya sido un niño enfermizo lleno de mocos. Jellal rio cuando ella mostró una mueca de asco al imaginárselo en ese estado, ella se disculpó y también le dijo que se lo imaginaba adorable.

Cuando llegaron a la Capital, para ser exacto en el palacio del Rey, la plaza del lugar estaba llena de gente. Jamás imaginó que se encontrara en una situación así. Fue a la sala principal y por fin se encontró con Lyon. Se saludaron y se disculpó por haber mandado a dormirlo por tantos meses.

Lyon le explicó la situación, Jellal le respondió que ya tenía como arreglar todo esto, le expuso su solución y todos quedaron fascinados. Su forma precisa de buscar palabras adecuadas al instante era lo que lo definía tanto que los burgueses que apoyaron a favor de ellos nunca se arrepintieron de hacerlo. Uno de ellos le saludó y le confesó que era su eterno admirador desde que lo vio bailar en la ceremonia del puerto Grihe.

Pero lo que menos se esperaba pasó, uno de los soldados fue a avisar que había un enfrentamiento afuera, y que la causa era porque los líderes de la revuelta estaban juntos.

—Será mejor que nos vallamos de aquí —sugirió Gray que estaba entrando a la sala—, las cosas afueras están graves.

Después de mucho tiempo, Jellal no había visto al coronel. Se saludaron como si no hubiera pasado nada en el pasado.

—Con que les hablaste de mi novela, ¿eh? —le dijo un poco irritado.

—Siempre la tuvo lejos de mis ojos, y eso me dio la sospecha que era recopilación de información que estaba extrayendo de los archivos secretos—le dijo sonriente—. Nos sirvió de mucho todo lo ahí escrito. Me llevó tres días tenerlo todo listo. Jamás creí que tuviera tanto talento para enlazar ideas y maquillarlas tan bien.

—Más maquilladas que el rostro de una burguesa fea —dijo en burla.

Pero el momento de serenidad se escapó. Muchos de los burgueses sugirieron que los altos mandos de la revuelta se fueran del lugar, si fuera posible del país. Estaban en el momento crítico y podría ser que sus vidas aun no estaban aseguradas. Lyon insistió en quedarse.

—El joven Robert insiste en que salgan del país, que él estará en la cabeza de las tropas. Ahora mismo están haciendo lo posible para detener al enemigo. Quieren sus cabezas a toda costa, y se tiene sospechas que si entra la liga de naciones, acabaran con todos los líderes de ambos bandos e impondrán un nuevo gobierno según lo escojan ellos.

Lyon se quedó callado por un rato. Apretó los puños y después de pensarlo, tuvo que ceder.

—Tu padre no creerá que eres un cobarde por huir para proteger tu propia vida, ya has hecho lo suficiente —le dijo Jellal, esas palabras acertaron al sentir de Lyon.

Todos ellos fueron al sótano para salir por las alcantarillas, estas estaban llenas de roedores y peste. Jellal no quiso que su pequeña tocara el agua puerca, la llevó cargando en su espalda para que saliera intacta. Muchos quisieron ayudar al general pero él se negó porque siempre sermoneaba que nunca hacía algo por su hija y por primera vez quería hacer algo por ella. Tardaron dos horas para llegar a una salida solitaria, lejos de la revuelta.

Después caminaron tres cuadras para llegar a una tienda de ropa donde se cambiaron. Jellal escogió un sobretodo negro. Un chaleco miel y una camisa y corbata azul. Zapatos cafés y un sombrero del color del sobretodo. Laxus un saco y pantalón azul cobalto con una camisa gris con adornos de rombos verdes. Lyon era el más discreto yendo de negro y Gray escogió un chaleco, pantalón y sombrero negro, una camisa color vino y una corbata gris.

Natalie contempló a los caballeros, era la primera vez que los veía sin ropa de los militares. Para cambiarla a ella, pidieron al dueño del local que si le pedían el favor de traerles vestidos de otro local hasta ese lugar.

—¿Seguro que no nos traicionaran?

—Los conozco desde siempre —le dijo Gray—, no te preocupes.

Pronto llegó una modista con un baúl lleno de vestidos. Natalie tenía por donde escoger. Jellal le dijo que llevara solo uno y que en el puerto en donde zarparían rumbo a Magnolia, le compraría más ropa.

—¿Están seguros que son solo un juego de ropa nos alcanzara hasta llegar al puerto? Tengo entendido que con la discreción que necesitamos, nos llevará cerca de cinco días en llegar —dijo Laxus.

—Pero no tenemos el lujo de llevar mucho equipaje. Apenas nosotros podemos entrar en un auto. Si quieres llevamos otra más y a Natalie por ser una dama, que lleve tres vestidos, ¿no te parece bien?

Natalie escogió los que menos espacio ocupaba en la maleta y después salieron de la ciudad para dirigirse al puerto Grihe, en donde le traía tantos recuerdos a Natalie de su primer baile formal. Jellal también recordó que esa noche fue que Ultear lo besó. No es que fuera un beso apasionado pero el simple hecho de recordar que ocurrió le revolvía el estómago. Su cuerpo se tensó y Gray lo notó. Quiso interpretar lo que le estaba ocurriendo pero sabía que no acertaría a que era por el beso de una mujer. Recordó que era otra anécdota que tenía que contarle.

Pasaron los días para salir del país por vía marítima. Ya en el barco fue más seguro, estaban custodiados por sus mejores subordinados y tenían uno de los mejores barcos que fue hurtado de la marina. Laxus se sentía orgulloso porque sus hombres fueron los que pudieron robarlo de la misma base del enemigo.

Cuando llegaron a las costas de Fiore, decidieron quedarse ahí por si el enemigo los venía siguiendo y seria el lugar indicado para empezar una batalla. El lugar también ofrecía la posibilidad de recibir noticias del avance de la guerra. Pasaron los días y la ansiedad aumentaba. Natalie estaba agobiada porque los vestidos del país del Norte no eran indicados para llevarlos puesto en un lugar caluroso como Fiore. Cada día que pasaba tenía ganas de estar en ropa interior pero su padre le hacía prometer que no lo haría con tantos hombres mirándola.

—Al menos que estés en tu camarote bajo llave, pero aun así no me confió de ellos —le dijo.

—Papá, pero si ellos te respetan.

—A mí sí, pero sus instintos de hombres pueden más que el honor.

—¿Lo dices por lo que le hiciste a mamá? —era lo mismo que siempre le decía en cada discusión.

—Vamos con lo mismo —dijo rodando los ojos—. La única diferencia es que a ella la amo.

—Ya entendí.

Natalie tenía que soportar el calor y las protestas de su padre. Lo quería y solo por eso le hacía caso. Jellal a veces creía que se estaba pasando pero no podía soportar el calor que estaba haciendo. Pero también pensó que debía ser más considerado y entonces recordó que no sabía que día era su cumpleaños.

—Lo fue hace dos meses, cuando estabas dormido —dijo triste.

—Te prometo que cuando todo esto se tranquilice, te festejaré todos los cumpleaños que no te festeje, ¿Qué dices? ¿Verdad que cumpliste dieciséis?

—Si papá, y no es necesario que hagas mucho por mí, comprendo que estabas sedado por tu bien y ya tendremos el tiempo para recuperar el perdido.

El día llegó. Una pequeña embarcación ancló cerca del barco donde estaban instalados con la noticia que la guerra había acabado y ellos habían sido los ganadores. También les mencionaron que aún no era prudente que retornaran porque podrían causar inestabilidad en los acuerdos que se estaban logrando. Lyon agradeció por haber viajado tanto para avisar. Pero aun no acababa todo, los burgueses que habían sido beneficiados les mandaron algunos tributos, como comida, bebidas alcohólicas, ropas cómodas para el calor de Fiore y otros lujos. Esto con el afán de que celebraran el triunfo.

—Este de Larry tan considerado —dijo Gray impresionado de ver todos esos regalos—, eso quiere decir que les está yendo bien.

—Detesto no ser el centro de atención, me siento un pajarito en una jaula estando aquí, quiero ir a solucionar esto yo mismo —se quejó Lyon.

—Ya nos dijeron que no es recomendable —respondió Jellal—. Por lo que dice este oficio, no nos concierne estar ahí. Nosotros no peleábamos para cambiar la estructura de gobierno del país, sino por las reglas absurdas del ejército.

—Pues eso también contó como pretexto para que los burgueses en contra de la corona nos apoyaran. Dejen que esos ogros se peleen por cómo se va a manejar el país ahora. Nosotros nos comprometeremos a mejorar la administración de la fuerza armada —ahora participó Laxus.

Tardaron horas discutiendo las posibilidades de lo que podrían ocurrir en los congresos que se estaban organizando para estabilizar al país. Jellal también tenía la habilidad en temas de política, gracias por ser hijo de unos padres que se dedicaban a la investigación. Al final decidieron que día regresar a Magnolia. Gray propuso que amaneciendo partieran, pues era necesario descansar en techo seguro y no en un barco que se movía con el movimiento de las olas.

«Quieres dormir en cama segura a lado de una bella mujer de Magnolia, pillo —pensó Jellal mientras notaba los gestos traicioneros de Gray»

Para llegar al pueblo donde nació Natalie, les costaron casi dos semanas. El avance fue lento porque tenían que arrastrar consigo los regalos que les habían traído desde el Norte, sin contar la maleza y los animales salvajes que dificultaban su retorno. Estuvieron agradecidos porque les obsequiaran ropas de algodón que sin frescas para un lugar tan caluroso. Rogue, uno de los alumnos y subordinados de Jellal, platicaba con Natalie. Le parecía una persona interesante porque estaba aprendiendo temas de medicina. No es que su padre no pudiera enseñarle, sino que con él prefería saber más de su vida que platicar temas triviales. Rogue era muy paciente al responderle acerca de terminología que no lograba entender. Jellal los veía en la lejanía y supo que no había que preocuparse, tal vez su hija tenía razón respecto a que a ella le tenían mucho respeto y no le pondrían un dedo encima o le insinuarían algo inapropiado.

Llegaron a Magnolia pero primero fueron a la base que habían instalado hace casi un año. Creyó que no había nadie pero si había unos cuantos soldados, Laxus le explicó que se quedaron para cuidar a los aldeanos y para vigilar por si algún enemigo llegaba a invadir. Natalie saludó al cocinero y a Sting. Después Lyon presentó a algunos subordinados suyos que estaban ahí.

Para mala suerte de Natalie, que estaba ansiosa de reencontrarse con sus seres queridos, la noche cayó y fueron a la cama temprano. Jellal soñó que Erza estaba con él y cuando despertó se dio cuenta que era lo que siempre había añorado.

«Perdí a Erza. Sin embargo, gané una hija».

Al día siguiente y a primera hora fueron hacia Magnolia. Natalie saludó con alegría a sus primas Lucy, Levi, Juvia y Wendy. Mirajane se acercó después para hacerles compañía, después ambas miradas chocaron. Jellal permaneció serio y la de ojos azules parecía tensa, como si presintiera que Natalie ya sabía la verdad.

—¿Y la tía Cana? —preguntó

—Con resaca como siempre —dijo tratando de sonar dulce pero estaba molesta, no sabía si era por el estado de Cana o por el desafío visual que se habían lanzado con anterioridad—. Entremos a la casa —las cinco jóvenes entraron. Mirajane dio vuelta sobre sus talones y miró hacia Jellal—. Si gustan, ustedes también son bienvenidos.

Jellal se sintió satisfecho porque era la primera vez que Mirajane había sido hospitalaria. A lado suyo estaba Lyon y Laxus, tal vez quería parecer amable con ellos. Si era eso, estaba agradecido por haberlos traído consigo.

Cuando se sentaron en lo sofás de mimbre que apostaba que Simón los había hecho, Natalie fue con sus primas al otro lado de la casa. Recordó que en el patio trasero había otros sillones parecidos al que estaba sentado, a diferencia que estaba al aire libre y un gran árbol de tamarindo les daba sombra. Mirajane les ofreció agua de una fruta que jamás había probado y partió una piña para que la comieran como botana. Al poco tiempo, Natalie regresó para jalar a Lyon, pues decía que quería presentárselos a sus primas.

—Eres el único a quien no temen, lo siento capitán Laxus, pero dicen que tiene una cara aterradora y les creo.

Natalie se llevó de la mano a Lyon y cuando cerró la puerta trasera, Mirajane no evitó reírse de lo que le había dicho a Laxus.

—Pero creo suponer que a ti no te da miedo su cara, ¿no, Mirajane? —le dijo porque desde hace rato observaba que se miraban con disimulo, pero Jellal era inteligente y sabía esos trucos.

—¿De qué hablas, general? —le dijo en cinismo—. No creo que hayas tomado un largo camino solo para lanzarme indirectas que no te servirán de nada, ¿ya sabe la verdad?

—Toda. Mi niña es tan madura que la ha aceptado y me quiere más que ese estúpido de Simón —dijo con orgullo.

—¿El que creía que era su padre? —dijo Laxus—. Natalie me hablaba mucho de él. Me contó que hasta llegó a pensar que era el mejor partido para su mama, trató de convencerla que se casaran y nunca pudo. Una vez él la besó frente a ella.

—¿Qué Simón besó a Erza? —dijo Jellal levantándose de golpe, encelado y rabiado por lo que estaba diciendo Laxus.

—Pero esa vez, Erza lo corrió de la casa y tardo un año en regresar —dijo Mirajane.

Jellal se serenó, pues se estaba dando cuenta que había actuado bajo sus celos sin controlarlos, además que ya no había nada que reclamar, Erza había partido al más allá.

—Que idiota soy, enojándome con ella cuando ya ni puedo ni verla —dijo y se volvió a sentar—. Perdonen este acto de impulso innecesario.

«Aún no sabe nada…».

Mirajane y Laxus se miraron con complicidad. Jellal tenía la mirada en el suelo.

—Oye viejo, lamento haber dicho semejante barbaridad —se disculpó Laxus—. En serio no creí que fueras tan impulsivo.

—No pasa nada, me enojé con algo del pasado que realmente no tiene importancia

Mirajane fue a sentarse a lado suyo para darle ánimos y lo consiguió. Le contó muchas cosas que él desconocía. Por ejemplo, las dificultades que sufrió cuando Natalie era una bebé. Los desvelos, las enfermedades y los momentos de felicidad que le dio su pequeño retoño. Sus primeras palabras, sus primeros pasos. El día en que descubrieron que tenía talento en la pintura y la vez que la encontraron cantando en el baño.

—Y ni te imaginas la voz preciosa que tiene Natalie para el canto. Ella no se atrevería a cantarte porque solo lo hace cuando estamos las mujeres en la casa. Nadie de afuera sabe que tiene ese talento —le dijo Mirajane.

—Una pregunta —dijo Laxus pensativo—, ¿De quién heredó la habilidad de dibujar?

—Pues de Erza, pero Natalie la superó, ¿por qué?

Jellal empezó a reírse hasta sacar un par de lágrimas. Después cuando ya pudo controlarse miro hacia el techo y suspiró.

—Su voz la heredó de mi —dijo sonriente—, y hasta la timidez por demostrarla frente al público. Solo canto cuando estoy solo en mi departamento. Mis padres son los únicos que me han escuchado cantar, Erza jamás supo ese talento mío.

—Deberías de llamarte Arrogante Fernández —le dijo Laxus, celoso—. ¿Hay algo que no sepas hacer?

—Tratar bien a las mujeres, soy malo con todas las disciplinas que tengan que ver con números, conducir un auto y tengo una pésima puntería a más de veinte metros. Te contaría más debilidades pero es suficiente —dijo sin pizca de descaro.

—Celoso —agregó Mirajane— y distraído. No me culpes porque ese defecto me lo dijo Erza, pero creo que es virtud porque eres así porque todo el tiempo piensas en soluciones para todos tus problemas, ¿o no?

Jellal jamás imagino que Mirajane fuera capaz de hablar así de él. Definitivamente fueron palabras que describían virtudes que ni siquiera se había dado cuenta. Y así fue que las risas y las bromas empezaron, como si solo fueran tres viejos amigos recordando el pasado. Jellal y Laxus le contaban a Mirajane de la hija de un burgués que era tan fea pero sin embargo por ser de la alta sociedad, se le veía obligada a vestir a la moda, solo que ella se le veía ridícula. Jellal la imitaba, tanto en forma de hablar y caminar, Laxus le corregía y le recordaba las típicas frases o movimientos que siempre hacía cuando la avergonzaban.

—No creí que fueran tan graciosos, para mí los militares son arrogantes y fríos, son unos crueles burlándose de esa pobre mujer —les dijo Mirajane con una sonrisa radiante.

—Nosotros también tenemos sentido del humor —le dijo Laxus.

Y de pronto se abrió la puerta. Las sonrisas de los tres decayeron, era Simón.

—¿Qué haces en mi casa, bastardo?

Sin piedad, usó el hacha que tenía en sus manos para atacar a Jellal, este desenvainó su espada para defenderse. Laxus fue más rápido que ellos y saltó hacia Simón para patearlo y tirarlo al suelo, después usó la espada para detener el ataque de Jellal.

—No quiero peleas enfrente de esta mujer, ¿quedó claro?

—¡Qué forma peculiar de saludar a la gente! —dijo Jellal retirando su espada y la guardó de nuevo en su vaina—. En mi país se saluda con un apretón de mano, pero si uno es íntimo amigo como lo somos nosotros—dijo en sarcasmo—, se puede dar un abrazo.

—¿Dónde está mi hija?

—¿Te refieres a Natalie? —dijo en tono jovial, pues no quería ser violento frente a Mirajane después de ofrecerle un buen trato y porque tenía las de ganar—. Pues mi hija, te repito, mi hija que tuve con Erza está en el patio trasero. No te preocupes gran amigo, pues ya sé la verdad y ella es consiente.

Simón lo miró con desprecio y después fijó su vista hacia Mirajane quien estaba decepcionada de él por haber actuado así.

—¿Por qué permitiste que entrara a esta casa? ¿No que lo odiabas?

—Yo nunca dije eso —respondió indignada—. Será mejor que te calmes sino voy a dejar que estos dos te golpeen. Y ellos no son unos simples aldeanos.

—Y tenemos armas —le dijo Jellal intentando hacerse el gracioso, lo que logró fue enfurecerlo más.

Simón prometió no lastimarlo. Laxus lo dejó pararse y salió de la casa sin antes dar el típico azotó de puerta. Los dos hombres se disculparon con Mirajane, sobre todo Jellal. Para quitar la tensión, le comentaron que tenían planeado hacer una fiesta.

—¿Qué quieren celebrar? No entiendo.

—Acuérdate que no saben nada —le dijo Laxus en el oído, Jellal negó con la cabeza.

—Sabes Mira —le dijo con una sonrisa sincera—. Ganamos la guerra que tanto soñaba organizar. Ya no tengan miedo porque invadan su país porque ya no lo harán.

—¿En serio? —dijo impresionada, empezó a derramar lágrimas—. ¿De verdad…? ¡De verdad lo lograron!

Mirajane empezó a llorar de felicidad, no solo porque habían ganado lo que por tantos años se había luchado, sino porque de eso dependía el futuro. Lloró porque muchos de sus miedos eran por la tensión que se tenía por si un día amanecían en un lugar donde ya no les pertenecía o una bomba en plena luna acabe con ellos. Lloro y lloró. Jellal se condolió por ella, se levantó, caminó hacia ella y la abrazó. Laxus se quedó quieto, sin decir nada y sus labios formaron una fría línea delgada.

—¿Seguro que no sabes tratar bien a las mujeres? —le preguntó con voz ronca.

—Sólo trato bien a las que amo y aprecio.

Llegó el día de la fiesta. El pueblo estaba alborotado porque querían que fuera la mejor fiesta jamás organizada. Los militares se encargaron de construir un pequeño escenario de madera para las personas que querían bailar. Muchos de ellos ya conocían la danza que practicaban, por eso se esmeraron en hacer un buen lugar para que las mujeres pudieran bailar sin falta de espacio. Jellal no se podía quedar atrás y se encargaba de repartir la mercancía que había sobrado, consideraba que era mucho lo que les habían obsequiado y no estaba de más donarla a quienes en verdad la necesitaban. Jet le preguntó porque muchos de sus colegas estaban ansiosos de ver bailar a las aldeanas.

—Por la danza de la luna —le respondió Gray en lugar de hacerlo él—, eso fue lo que me dijo Juvia.

«Con que es una de las primas de mi hija la que te gusta —pensó con una sonrisa de burla, Gray no se dio cuenta de eso».

—¿De qué trata esa Danza? —ahora preguntó Sting.

—Es un viejo ritual para traer grandes cosechas. Depende de las fases de la luna pueden obtener el fruto que se desea. Igual eso sirve para la cacería, pesca y fertilidad. Pero solo son creencias, de todos modos vale la pena ver porque dicen que es un baile muy hermoso, además que lo bailan las mujeres solteras para atraer al hombre al que se les predestinó.

—Suena interesante —dijo Droy ilusionado—. Me gustaría que una de las bellas doncellas de esta aldea se fijara en mi —dijo viendo a una joven menuda que ayudaba a Lucy en los adornos.

Jellal sonrió porque ahora sus colegas podrían hablar de mujeres con total libertad, sin el miedo que una regla tan absurda los lleve a la muerte. Después, alguien tomó su hombro, giró sobre sus talones y era su viejo compañero, Alzack que venía acompañado de la hermosa Vizca. Se abrazaron y después saludó de beso a la burguesa. Platicaron acerca del estado del país y al final agregaron una noticia inesperada: tenían planes de casarse.

—Felicidades, enhorabuena —les dijo después de recuperarse de la noticia, estaba anonadado.

Alzack para parecer un buen hombre, ayudó a Jellal y Vizca también quiso ayudar en los adornos. Ella comentó que a veces un toque conservador y elegante serviría para una clase de fiesta como esta. Fue hacia donde estaban las jóvenes que se encargaban de adornar y en poco tiempo les sugirió unos tipos de adornos, los hizo y las chicas se quedaron impresionadas. Desde lo lejos, escuchaba preguntas como "¿Danza de la luna?" "¿Qué sirve para la buena suerte, cosechas y fertilidad?".

—Tu prometida se está divirtiendo —le dijo a Alzack.

—Es muy risueña, por eso la traje a estos lugares cálidos. No es de esas mujeres amargadas que se la pasan quejándose de todo.

Eso le recordó a las quejas de Ultear que siempre se quejaba de todo, hasta cuando respiraba. El calor de coraje corrió sus venas.

—Quiero que me enseñen los pasos de esa danza, me gustaría bailarla —escuchó decir de Vizca

—Pero usted se casa pronto, y la danza se baila para las solteras —le dijo Natalie.

—Quiero bailar para demostrarle a todo mundo con que mujer se va a casar Alzack, quiero que lo envidien y que él solo tenga ojos para mí en el escenario, ¿creen que soy egoísta?

Las chicas miraban con admiración a Vizca. Jellal sonrió pero después recordó que Natalie también era una joven soltera, ¿se atrevería a bailar? Dejó lo que estaba haciendo y con pasos severos fue hacia su hija. Pidió que la acompañara a un lugar más discreto para preguntarle, cuando lo hizo ella rió y él se puso rojo.

—¿Si voy a bailar? No lo había considerado. La tradición dice que a partir de los dieciséis años se tiene que empezar a bailar.

La cara de Jellal lo decía todo, furia y desaprobación.

—¿Con el permiso de quién?

Su voz había sido agresiva para que Natalie se asustara, empalideció y después lloró, la había herido.

—Cariño, perdóname. Es que me da pavor… celos… incomodidad de saber que vas a bailar y que alguien a quien no merezcas se pare y después te pida matrimonio, ¡claro que sí sé que también se baila para atraer hombres! Y lo que menos quiero es que termines con alguien que no merezcas.

—¡Papá por favor! Solo bailare por diversión, no para andar seduciendo a los hombres, que poca confianza me tienes —Natalie se estaba poniendo más histérica—. Pero no lo haré por ti.

Jellal se había sentido mal porque hizo llorar a su hija por algo que quería, la obligó a no hacerlo y además que él había malinterpretado la intención. Le secó las lágrimas, le dio un beso en la frente y le dijo que bailara si ella le nacía hacerlo, después de todo era una nativa de esa aldea.

—¿De verdad? ¿De veras? ¿No me estás mintiendo? —preguntó de golpe.

Ella lo abrazó y le dio un beso húmedo en la mejilla, se fue corriendo para seguir ayudando. Se dio cuenta que la histeria solo era parte de su actuación para que la dejara hacer algo indecoroso.

—¡Eres igual de manipuladora que mi madre! —Dijo irritado—. ¡Mujeres tenían que ser!

La noche llegó y por fortuna les dio tiempo de tener listo todo, desde la comida hasta el lugar donde bailarían las doncellas de la aldea. También habían invitado a otra aldea vecina, más pequeña que Magnolia. Las calles del lugar estaban iluminadas por velas del lugar y por unos candelabros que habían llegado desde el país del Norte. El escenario estaba adornado por coronas de flores que las aldeanas habían hecho. Unos adornos de naturaleza muerta que Vizca les había enseñado. Tiras de diferentes tonalidades de tela de seda colgaban como adornos. También recolectaron variedad de frutas para colocar de manera ordenada alrededor del escenario, esto con el afán para que la luna absorbiera la esencia de ellas y así pudiera regalarles fertilidad a sus tierras para obtener lo que le pedían con su ceremonia. Vio que ya estaban saliendo las personas de su casa para unirse al ambiente. Los hombres llevaban un chaleco de cuero, pantalones blancos y zapatos de piel color café. Gray le dijo que ese era el traje que usaban los hombres para esta ceremonia, después vio a una mujer que llevaba una bata café, ese era el vestuario de una mujer que estaba casada, enseguida se dio cuenta porque iba de la mano de su esposo.

Después de un rato, salió una jovencita, quizás un par de años mayor que Natalie. Llevaba puesto un vestido revelador. En la parte superior solo tenía cubierto sus pechos y todo su abdomen y espalda estaban descubiertos. La falda era amplia y formada por tiras de tela de diferentes tamaños. Jellal palideció si su hija se iba a vestir así. Tuvo suerte que Mirajane se apareció detrás de él.

—Tu hija no ira igual de vulgar como tú —le dijo con una sonrisa burlona —me encargue que no enseñara tanto, con lo celoso que eres vas a arruinar la danza.

—Que haga lo que quiera, ¿sabes cómo me convenció para que la dejara bailar? Chantaje, Mira, ¡chantaje! Y eso no se lo voy a perdonar —dijo desahogándose de la humillación que le hizo pasar.

Mirajane no evitó reírse. Cuando recuperó el juicio la miró de pies a cabeza, llevaba un vestido azul que combinaba con sus ojos, muy provocativo pues era ceñido a sus curvas. Sabía la tortura que le provocaría a Laxus, no era un chiquillo para no darse cuenta que de vez en cuando la miraba con deseo. Escuchó unos pasos acercarse.

—Usted general, no pierde la elegancia ni aun en el infierno —era Lyon.

Y es que dijo eso porque llevaba encima una camisa blanca manga larga de algodón, solo que las mangas las llevaba dobladas, dándole libertad y al mismo lo hacía verse atractivo. Unos pantalones azul cobalto, cinturón y las clásicas botas negras de la milicia, sin olvidar que jamás podía abandonar su espada. El cabello le había crecido en los meses que estuvo dormido y eso también era un punto extra para que varias mujeres maduras fijaran sus ojos, fueran solteras o casadas.

—Parece que te acabas de levantar de la cama, con eso que llevas puesto —le dijo por la camisa que llevaba, que parecía como las piyamas que se usan en su país, de cuello tipo V y manga tres cuartos, hecha de tela de lino.

—Las ropas de algodón volaron —le dijo con desdén—. Tú vienes vestido como si quisieras ponerle una madrastra a Natalie. Si miras a tu alrededor tanto solteras como casadas te miran con unas ganas de hacerte un hijo.

Mirajane optó por alejarse por la mirada que le propició Jellal, fue demasiado fuerte la broma que lo hizo enojar. Fue por una copa de vino para deshacerse el mal sabor de boca. Una de las jovencitas se acercó a Jellal.

—¿Es cierto que usted es el padre de sangre de Natalie?

Le respondió y la muchachita salió corriendo. Después la vio murmurar con otras jóvenes. Lo miraban todas y después se reunían para seguir murmurando.

«Tú vienes vestido como si quisieras ponerle una madrastra a Natalie, si miras a tu alrededor tanto solteras como casadas te miran con unas ganas de hacerte un hijo —recordó».

Y casi se atragantó al recordar eso. Se dio un golpe mental para dejar de pensar en estupideces.

«Yo jamás permitiría que Natalie tenga una madrastra. Solo amo a una mujer y ella es Erza, aun muerta seguiré viéndola como si estuviera viva —pensó con determinación».

Para eso ya llevaba tres copas. Recordó que aquella vez en la ceremonia de aniversario del Puerto Grihe había tenido esa ansiedad. Se calmó para no seguir tomando y fue con Gray para platicar un poco.

—¿No has visto a mi hija?

—A ninguna de las chicas —le contestó.

Tuvieron que esperar media hora hasta que la primera en salir fue Lucy. Admitió que no se veía tan mal puesto su vestido no era vulgar como el de la chica que había visto antes. Después salieron las demás y fue como vio a Natalie, estaba a lado de Vizca. No podía creer lo hermosa, sencilla, jovial y elegante que se veía, todo al mismo tiempo. El vestido era blanco como todas las jóvenes que bailarían, solo que el de su hija era de corte imperial, de mangas largas y anchas, que le daban el toque elegante. La parte inferior del vestido estaba recogido como los vestidos del país del norte, solo que en su pierna derecha estaba al descubierto. Llevaba el cabello recogido y adornado por unos accesorios de plata, supuso que Vizca se los había prestado.

—¿Cómo te quedo el ojo? —le dijo cuándo la tuvo frente a él.

—Me dejaste anonadado —solo le dijo.

—¿Verdad que es precioso? Era un vestido que me había traído Vizca, tuvo suerte que era color crema y blanco. Lo que hizo fue rediseñarlo, le quitó las telas crema y mucha tela sobrante para hacer esta bella obra de arte —le dijo y se dio la vuelta para que la miraran—. El de ella era su futuro vestido de novia, solo que no le importó romperlo porque comprara otro.

—Lo supuse, el corte es de allá. Los diseños de traje de aquí son muy sencillos pero no quiere decir que feos. Yo los describiría que dan libertad, mientras que los de mi país elegancia.

Natalie se despidió, ya era la hora que actuaran. Todas las chicas se reunieron en el escenario que le construyeron exclusivamente para que ellas bailaran. Todas se tomaron de las manos e hicieron un círculo, después llegó la vieja adivina, llevaba una cubeta donde se quemaban unas plantas, esto con el fin de llenar de humo en donde bailarían. Rezaron unos cantos en un viejo idioma y después se alejó para dejarles el resto a las chicas. Se soltaron de las manos al mismo tiempo y con los ojos cerrados empezaron a bailar.

Cuando los abrieron se encontraron con el asombro de los fuereños. Los movimientos eran exquisitos, denotaban la sensualidad en su máximo esplendor y al mismo tiempo la alegría que le ponían para sentirse agradecida con la madre tierra que les regalaba el alimento del día a día. Jellal no podía creer que su pequeña tuviera esa energía para bailar, sus movimientos eran ligeros, como si fuera un ave en el vuelo. Sintió que estuviera acariciando a la vida, entregando cada parte de su voluntad a ella, sus sueños y todo lo que atesora. Lloro de alegría porque estaba orgulloso de ella, también le agradecía a Erza por darle el milagro de ser padre. Si este baile también significaba en la fertilidad femenina para concebir todos los hijos que la naturaleza permite, desearía que su hija formara una gran familia, como la que él deseó una vez tener.

—Eres más chillón de lo que pensaba —le dijo Mirajane a su espalda, después se detuvo a lado suyo—. Erza no tuvo la oportunidad de bailar la danza de la Luna porque se embarazó antes de los dieciséis años.

—Gracias por recordármelo —le contestó molesto—. ¿Tú porque no bailas?

La cara de Mirajane se ensombreció.

—Hay solo un requisito para estar ahí —le dijo mordiéndose el labio—, y ya debes de sospechar cual.

—¿Estás casada? —dijo atónito.

—Hombre imbécil —dijo yéndose del lugar.

Y Jellal captó demasiado tarde lo que quiso decir. Se llevó la mano a la cara por haberla ofendido. Un rato más tarde se fueron reuniendo poco a poco cada uno de sus hombres que estuvieron con él en todo este tiempo: Gray, su perro más fiel. Lyon, el hijo del mejor amigo de su padre, Alzack, uno de sus mejores francotiradores; Sting y Rogue, sus mejores discípulos; Natsu, su mejor cocinero de su división; Jet y Droy, los inseparables que eran los más rápidos en obedecer sus órdenes y por último los dos subordinados de Laxus que también se habían convertido en parte de su grupo, Bixlow y Freed. Les agradeció por haberlo apoyado por todo este tiempo, por no dejar a su suerte a su hija y los felicitó por haber hecho un gran trabajo con el afán de defender sus derechos. Brindó por el futuro de los dos países y deseó a la luna llena que se lograran cada uno de los sueños de los aldeanos de Magnolia.

El baile acabó y su hija fue a saludarlo, le dio un par de besos en sus dos mejillas y fue a tomar algo de agua pues el baile la dejó agotada y sudorosa. Siguieron platicando entre ellos sino que volteó a ver dónde su hija estaba, a lado de la mesa donde estaban las aguas frescas y hacia ella se dirigía el chico con que la describió la vez que se escapó de la base. Caminó directo para detenerlo pero Gray lo detuvo.

—Son cosas que Natalie tiene que arreglar, no la presiones —le dijo con voz madura.

Se fueron a esconder detrás de un pilar para escuchar lo que hablarían. Jack se acercó a ella, acarició su mejilla y después tomó uno de sus mechones para besarlo. Natalie le era indiferente y seguía tomando agua.

—Te ves preciosa —le dijo y volvió a acariciar su mejilla.

—Gracias —le dijo en tono orgulloso.

Jack seguía intercambiando palabras dulces y lo único que recibía era palabras indiferentes. Jack llegó a enojarse y la acorraló a la mesa.

—Dime cariño, ¿Qué te pasa? Ya no está el militar ese que te tenía prisionera. Ahora solo estamos tú y yo… y por fin podremos estar juntos. Quiero que seas mi esposa.

—¿Para qué lave tus asquerosos calzoncillos? No gracias. Estos casi cinco meses estuve viviendo en el norte y vi muchas maravillas, y esas maravillas también me enseñaron que esta aldea me queda corta… a ti y a mí, porque me logré enterar que al señor Jack le encanta andar cortejando a otras jovencitas, les dices lo mismo… ¡que te quieres casar con ellas!, ¡incluso se lo dijiste a Wendy! A mi pequeña prima… ¡Eres un cerdo, te odio!

Lo empujó al grado de tirarlo al suelo. Jack destilaba ira, sino que Natalie aun no acababa y siguió.

—Mi padre me dijo que los hombres que hablan bonito son los traicioneros y tenía razón, mucha, mucha. Yo valgo mucho, el norte me lo enseñó, este pequeño lugar me queda corto para mis sueños, iré allá y tal vez descubra que hay un hombre que daría lo que fuera por mí, que me vea solo a mí y no como ratas como tú que solo se aprovechan de la inocencia de una mujer para andarlas besando… ¡te odio Jack! Vete de mí vista sino quieres que mi papá te golpee porque las ganas le sobraron la otra vez y esta vez ya no estaré para defenderte. ¡Papá, ya puedes salir de donde estás!

Jellal salió del pilar, empezó a aplaudir. No necesitó mostrar su ira para asustar a Jack, salió corriendo con solo verlo. Natalie fue a abrazarlo cuando su padre le extendió los brazos.

—Estoy orgullosa de ti mi pequeña, eres más madura de lo que creía. Ya no necesito cuidarte de los hombres.

—No es cierto, sigo siendo débil. Los hijos siempre necesitaran de los padres —le dijo y se soltó de él—. Quiero un hombre como tú, papi, uno que me quiera tanto como tú quieres a mi madre.

Jellal estaba feliz que reconociera que era un buen hombre. Cometió grandes errores y estaba consiente de no volver a cometerlos, esta vez para darle el ejemplo a su hija. Volvió hacia sus colegas para seguir platicando. Para ese entonces, uno de los soldados fue a hablar a Lyon, se alejó y después regresó con una sonrisa ladina.

—Laxus, necesito hacerte una preguntas —le dijo serio y todos tomaron su atención, pero también se prepararon por si necesitaban hablar a solas—. ¿Cómo era tu abuelo paterno?

—¿A qué viene esa pregunta? —estaba molesto. Jellal se dio cuenta que se había molestado porque había muerto en un extraño accidente de carretera.

—Porque depende de lo que me contestes, podemos arreglar unas cosas pendientes allá arriba —dijo refiriéndose a su país—. ¿Lo querías?

—Claro que sí, era mi abuelo —dijo irritado—. Vuelvo a preguntar, ¿Por qué tanto interés en mi abuelo?

—Porque tu abuelo fue almirante, eso es todo —dijo decepcionado, ¿seguro que solo vas a decir eso? Que insensible eres, Laxus. Me has indignado—. Y yo creí que realmente le tenías respeto y me dirías una y mil maravillas de él, me estaba interesando saber tu punto de vista. Tendré que pedir información a otras personas porque él no quiere cooperar.

—Lyon, creo que te estás pasando —dijo Jellal—. Solo que debe de ser doloroso recordar a su abuelo.

Vio como Laxus apretó los puños, se mordió el labio en señal de impotencia y se fue sin decir nada. Dos minutos después, Lyon les explicó que Macarov estaba vivo y que estaba organizando la forma del reencuentro. Pidió su ayuda y entonces Jellal sonrió con malicia.

—Creo que conozco a la persona que podrá ayudarnos—dijo refiriéndose a Mirajane.

Alzack y Jellal fueron con la de ojos azules para convencerla que platicara con él y se desahogara por la incomodidad que le causó Lyon. La mujer por cortesía aceptó ayudar, pero al final le preguntó que por qué la escogieron a ella.

—Porque eres la mujer indicada. O la que conozco que sea comprensiva, ¿o crees que tengo otras intenciones? —dijo haciéndose el inocente, pues él ya sospechaba que había algo raro entre ellos dos—. ¿Ayudas?

Mirajane suspiró y fue. Jellal y Alzack fueron a seguirlos para escuchar lo que se dirían. El capitán estaba sentado en un tronco en la lejanía de la fiesta, por lo que no había nada que iluminara el lugar salvo a la luna. Eso fue ventaja para que no los vieran.

La chica de cabello blanco se paró frente al capitán, quien tenía la mirada en el suelo, indignado aun del comentario del teniente. Cuando vio los pies blancos de la mujer frente a sus ojos, alzó la mirada y la encontró, apenas iluminada por la luna. Jellal tenía idea de lo que estaba pensando en ese momento, que se veía hermosa.

—Tus hombres estaban comentando que sacarán a bailar a las chicas del pueblo, así que me gustaría que vieras el alboroto que se está armando, ¿vienes conmigo? —le extendió la mano pero jamás esperó respuesta, ella se sintió mal porque no estaba ayudando en lo que se ofreció—. ¿Pasa algo, capitán?

—Recordé a mis abuelos, eso es todo —dijo a secas—. Espero que encuentres a un buen hombre que te enseñe a bailar minué.

Mirajane fue por otro tronco para sentarse frente a él, sabía que si se lo proponía, podía sacar conversaciones que duraría toda la noche. Cuando encontró uno, lo llevó, lo sacudió y después se sentó en él.

—Ya estoy cómoda, espero que me digas que es lo que te tiene alterado, ¿confías en mí?

—Espero y te diviertas bailando.

—¿No puedes ser sincero contigo mismo una vez en tu vida? —dijo indignada—. Entiendo tu dolor de perder a tus abuelos. Yo soy huérfana desde pequeña, vivía en un pueblo que está cerca de la frontera de tu país, pero hubo una pandemia y toda mi familia murió, bueno, todos menos mis hermanos y yo. Aun no conoces a mi hermana porque no está aquí, pero me prometió llegar a esta fiesta, aun confió que llegue. Y mi hermano Elfman que ya se casó, por eso ya no vive en casa —dijo mientras empezaba a quebrarse la voz—. No sabes lo difícil que fue para mí criar a mis dos pequeños hermanos. Cuando llegué a Magnolia y conocí a Cana y Erza, supe lo afortunada que era porque ellas ya no tenían a nadie, ni a hermanos ni nada. Erza tuvo suerte que tenía a Simón, al que quiere como hermano. Pero Cana, ella lloraba todas las noches al igual que mis hermanos añorando a sus padres. Lo comprendo, ¿tú has llorado alguna vez por ellos?

Laxus no dijo nada, pero Jellal supo que lloraba en silencio porque las lágrimas ya no le quedaban. Alzack murmuró lástima por el capitán y que Mirajane era una buena mujer, que ella sería capaz de sacar el dolor que Laxus no podía por la máscara que trae por su oficio.

—Todo el tiempo —le confesó—. No quiero amargarte la noche, eres demasiado interesante y hermosa para que estés en la oscuridad. Tú eres de las mujeres que deben de exhibirse, de presumir tu belleza y talentos al mundo. Anda hazlo, déjame aquí.

—No hasta que lo hagas, si quieres llorar, lloraré contigo, aun me quedan lágrimas que no he derramado.

—¿Sabes qué? Eres persistente pero te diré algo. Algún día te llevaré a mi país, te adornare con oro y hermosos vestidos, más hermosos de los que te enseñó Vizca y te luciré ante todos. Demostrarás tu belleza y todas las burguesas feas como la que Jellal y yo te contamos te envidiaran, y muchos hombres me envidiaran a mí por estar a tu lado —dijo con una mirada sincera, estaba desviando el tema y con profesionalismo—. Y te enseñare a bailar minué porque ya sé porque no pudiste bailar la Danza de la Luna.

—No quiero hablar de eso.

—Pues a mí si —dijo arrogante—. A mí me gusta hablar del presente y futuro. El pasado es para recordar el dolor y mi abuela me dijo que no debería de llorar por ella, pues ella se entristecería si lo hacía. Solo la recuerdo, quiero llorar, no te lo negaré. Pero sé que si le regalo una sonrisa al cielo es para ella, ¿no es suficiente? Me siento solo, te lo confieso, pero ella me enseño a ser así y tiene mucha razón. Me enseñó tantas cosas que me han servido tanto, ¿no crees que no deberías de llorar por tus padres? Si lo haces ellos no podrán descansar en la eternidad.

Jellal no podía creer lo maduro que era Laxus, sonrió porque se habían preocupado de más. A Mirajane se le agitaba el corazón, no creyó escuchar esa clase de palabras en ese hombre, tan fuertes y llenas de calor.

—Gracias —le tomó las manos—, la que terminé consolada fui yo.

—Entonces me debes una y ya sé como me lo tienes que pagar —dijo con una sonrisa sensual, eso hizo que su corazón diera otro salto—. Quiero que vayas conmigo al Norte, estés conmigo y así todos me tendrán envidia por encontrar a una mujer hermosa.

—¿Seguro que solo quieres llevarme para exhibirme como una muñequita adornada con oro y telas? —dijo un poco ofendida.

Laxus rió, pues Mirajane sacó su arrogancia. No logró entenderla pero sabía de lo que estaba hablando.

—¿Hablas de lo que estaba por ocurrir la noche de hace meses? Si quieres que suceda eso, para eso tendría que pedir tu mano, ¿estarás dispuesta a casarte conmigo?

Jellal se quedó boquiabierto. Alzack casi se cae y sale del escondite de donde estaban, esperaban de todo menos una pedida de matrimonio. Mirajane era la más inestable, se quedó sin habla, fría y empezó a temblar por lo nerviosa que la puso.

—Yo… yo… No puedo… yo ya estoy manchada, lo siento Laxus no puedo.

Mirajane tuvo la intención de pararse pero Laxus fue más rápido y la tomó de la mano para que no se fuera. Ambos estaban parados frente a frente. Agradeció que la luna pudiera iluminar sus ojos azules que radiaban dolor. Le acarició la mejilla y después secó la lágrima que escurría en ella.

—Sé todo de ti. Sé por qué no estuviste bailando. Le pregunté sobre ti a la señora que ustedes llaman adivina. Me dijo que tú ya estabas unida a un hombre pero ese hombre te dejó porque se aburrió de ti. No lo entiendo, sé que ese hombre es un patán. Yo no soy de este lugar así que no me obligues a cumplir las reglas de aquí, quiero tenerte como mi esposa y quiero la respuesta tuya, independiente de las reglas. Sólo quiero que pongas tus sentimientos a flote y me digas que me aceptas si te agrado o no quieres nada conmigo porque no soy lo suficiente. ¿Quieres casarte conmigo?

—¿Y si yo no soy lo suficiente? —dijo con lágrimas en los ojos—. Yo no le fui suficiente a él y por eso se fue… no quiero volver a sufrir otro rechazo… no puedo. Pero tampoco puedo dejarte ir… tú me gustas, mucho. Esa vez que estuvimos juntos tenía tres sentimientos en juego: mis sentimientos hacia ti, los de mi pasado y el de averiguar si eras un hombre en que fiar… pero ganó los que sentía por ti y estoy agradecida que te hayas detenido… sino… me hubiera arrepentido de lo que fuera a pasar…

—¿Entonces? Por lo menos déjame conocerte y después sabremos qué ocurrirá, ¿está bien?

—Es lo mejor, acepto esa condición.

Antes que regresaran a la fiesta, Jellal y Alzack regresaron antes que ellos. Cuando los demás los vieron, se quedaron confusos por la expresión de asombro que cargaban por la declaración mutua entre Laxus y Mirajane. Alzack le preguntó si era cierto que ellos dos se frecuentaban mucho cuando había llegado a Fiore hace meses.

—No soy su niñero, pero sí sé que estuvo muchos días en esta aldea, quizás ahí fue donde la conoció —le respondió—. Me sorprendió todo esto, lo juro.

Cuando fue con Lyon y Gray, estos dos se encontraban peleando por una jovencita.

—Que yo la invité primero. Precisamente cuando la conocí, le dije que le enseñaría a bailar y ella aceptó, así que desde antes yo la había invitado, ¿te queda claro, Gray?

—Pero te digo que yo la conocí antes, así que ya sabe más de mí.

—¿Cuál es su color favorito? ¿Su comida favorita? ¿Cuál es su mayor miedo? —Le echaba en cara Lyon—. Apuesto que yo se más de ella con tan poco tiempo de conocerla. Pero si, es que tú eres tan despistado que te centras tanto en tu trabajo y no guardas un tiempo para ir a conocer gente, menudo esposo serás cuando consigas mujer. Lo siento muy querida Juvia, pero yo bailaré contigo.

Lyon jaló a Juvia y se la llevó. Gray estaba furioso por ser el perdedor. Jellal se rio d él y le dijo que si seguía siendo un idiota, se la ganaría el teniente. Después miró a su alrededor y habían disputas parecidas: Jet y Droy estaban peleando por convencer a una niña menuda y de cabellera azul; su cocinero, Natsu y Sting estaban acosando a una de las primas de su hija, Lucy.

—Yo la vi primero. Además los dos somos rubios y combinamos mejor.

—¿Qué tiene que ver que los dos sean rubios…? ¡Yo la vi primero! —recriminaba Natsu, pero entonces una chica de cabellera plata y ojos azules corría al centro. Jellal le encontró un asombroso parecido a Mirajane, posiblemente era Lissana.

—Quédatela, mejor convenceré a esa chica —le dijo de mala gana y fue hacia donde había ido Lissana.

Poco después regresaron con ellos Laxus junto a Mirajane y después regresó Lyon para hacerle la misma pregunta y la misma reacción recibió.

—Si tiene algo que decirme mi nieto, que me lo diga en mi cara.

Laxus se quedó anonadado por lo que estaba viendo: detrás de él estaba Gajeel y su abuelo. Se quedó estático, empezó a sudar y después a temblar. Era fuerte pero esta ocasión el niño que había matado la milicia surgió y lloró. Fue hacia su pequeño abuelo, se hincó y lo abrazó con todas sus fuerzas. Le dijo lo mucho que lo extrañaba. Macarov también le contestó con lo mismo. Cuando Laxus estuvo más tranquilo, todos los presentes junto a ellos se fueron a sentar a una de las mesas más aisladas de la fiesta para platicar. Fue entonces que Macarov y Gajeel le contaron por qué él se hizo pasar por muerto. Laxus no podía creer que su abuelo fuera de los muchos que no estuvieron de acuerdo en la invasión de Fiore y que si propio hijo, Iván, tuviera el alma negra para mandarlo a matar. Para cerrar con broche de oro la conversación, apareció uno de los integrantes de la nobleza, Robert. Jellal lo reconoció porque fue el que bailó con su hija en la ceremonia de Grihe.

—Mis disculpas por llegar en estas condiciones —dijo.

Se sorprendió que fuera vestido de manera humilde, su vestuario era idéntico al que él llevaba: camisa de algodón manga larga de color arena, pantalones y zapatos cafés. En su cinturón llevaba una pistola para defensa personal.

—Robert Ferdan —dijo Macarov—. ¿Qué hace uno de la nobleza aquí?

—Mis disculpas por venir sin avisar —dijo con un vocabulario tan fino, digno de la corona de su país—. Me da orgullo decir que traicioné a mi propia familia, pues estaba en contra de muchas decisiones que estaban tomando, entre ellas la invasión de este país —Mirajane le invitó a sentarse pero le dijo que estaba mejor así de pie, eso le daba ventaja para expresarse mejor —. Cuando me enteré de la guerra, usé mis influencias para convencer a más burgueses para cambiar el sistema de gobierno, tuve mucho éxito. Muchos creen que fui yo el que agregó esa otra razón para estallar la guerra interna del país.

—Ahora que lo dices, escuché comentarios que era un noble el que andaba detrás de todo esto, pero jamás me dijeron quién era. Supongo que lo hicieron para protegerte —comentó Lyon—. ¿Eres tú? Si no es así, estas rodeado de muchos para volar tu cabeza.

—Yo mismo vine a este sitio para traerles una copia del acta de la consumación de la Guerra —sacó un papel enrollado y sujeto en un listón de oro y se lo dio a Jellal—. Ahí retomamos el nombre de Laxus Dreyar, Jellal Fernández y Lyon Bastia como las figuras principales de la revolución. Creamos un Congreso provisional y desean que ustedes levanten al ejército y lo lleven a su esplendor, como lo fue hace muchos años.

Dos hombres que acompañaban a Robert se acercaron, llevaban tres maletines color escarlata con adornos de oro. Los dejaron en frente del noble y este tomó el que tenía el nombre de Jellal.

—Jellal Fernández, general de brigada. Quien dio sus conocimientos, valor y coraje por el bien del País del Invierno, te concedo el nuevo título militar. Yo, Robert Ferdan, miembro del congreso provisional, te declaro con el nuevo rango de Jefe de las fuerzas armadas.

Abrió el portafolio y ahí estaba una espada y la gabardina de dicho cargo. También estaban unas medallas por sus grandes hazañas. Todos se quedaron perplejos, hasta Natalie que logró escuchar lo que había dicho Robert antes de llegar hacia ellos.

—Felicidades, padre —le dijo orgullosa.

—Qué bonito título —dijo Jellal con indiferencia—. No lo acepto.

—¡¿Qué?!—exclamaron todos al unísono.

—Pero estabas luchando para ser jefe, ¿no es eso cierto? —dijo Gray—. ¿Por qué lo rechaza ahora que lo tiene frente a usted?

—Porque ya no tiene sentido ese título, si todo lo que tengo ya lo tengo. Quiero pasar el resto de mis días disfrutando de mi hija, de dedicarle el tiempo que no tuvo cuando no sabíamos de nuestras existencias —dijo y fue a abrazar a Natalie—, y ser jefe es dedicación. Y ya estoy cansado del ejército. Lo siento Robert, te tendrás que conseguir a otro.

Robert empezó a reírse a carcajadas. La elegancia desapareció y ahora solo era un jovencito indignado por haber sido rechazado.

—Eso te hace ser más deseable, mi querido general —dijo y entonces la sonrió—. Acepto su sentir, pero ¿seguirá ocupando su puesto como general de brigada? Una mente como usted no puedo permitir que se retire del ejército.

—Sigo con mi rango —respondió decidido—. Muchas gracias por todo, de veras.

—Por lo menos concédeme el honor de darte estas medallas y la espada es tuya. La uses o no, quiero que la conserves como regalo por tu gran ayuda. Pero créeme, mereces mucho más que esto.

—No puedo negar esa belleza —dijo con los ojos brillosos —, la acepto.

Robert se la dio, quería colocarle las medallas pero Jellal no se lo permitió, que se las pondría cuando llevara puesto su traje de militar.

Llegó Cana y les dio alegría al ambiente, les pidió que se unieran a la fiesta pues parecía que estaban excluidos. Laxus invitó a Mirajane y Alzack se fue corriendo a buscar a su prometida, que desde hacía mucho tiempo no la veía.

—¿Me concede bailar una vez más, madame? —le propuso Robert a Natalie.

—Estando en un lugar descocido, y sigue con la elegancia —le dijo Lyon a Robert—. Para los de aquí, parece que estás haciendo el ridículo.

—Si hubiera sido otra chica, se lo hubiera pedido de forma normal, pero estamos hablando de la hija de uno de los héroes de la patria. Vale la pena hacer el ridículo.

Natalie se sonrojó por eso y aceptó. Jellal no dijo nada pues no recibió quejas de ella cuando bailó con él en aquella ocasión. Tenía el presentimiento que estaba en buenas manos. Después, Gray se fue a conseguir otra pareja, como era guapo y refinado, no le costó conseguirlo, pero se dio cuenta que la chica con la que quería bailar ya la tenía Lyon.

«Para que a la próxima te avives, ya no eres un niño —pensó Jellal al ver a su colega y gran amigo bailar con otra aldeana».

Él era el único que no le nacía bailar con alguien. Cana intentó sacarlo tres veces pero no lo logró. A la última se enojó tanto que casi le tira un vaso de vidrio en la cabeza. Suspiró con pesadez, cerró los ojos y después los abrió y creyó ver a la pelirroja de sus sueños.

—Erza… —dijo y después se dio cuenta que había sido una broma por parte de su subconsciente.

«Ella está muerta, no busques cosas que ya no están aquí —pensó».

Caminó hacia las mesas donde estaban los vinos. Se sirvió una copa y cuando giró para regresar a la mesa donde estaba, vio a una conocida acercarse a él

Ese largo y sedoso cabello negro, ese rostro maquillado que le hacía verse tan bien y esos labios pintados de rojo. Era esa mujer que ocupaba en sus pesadillas, la mujer que señalaron que sería su esposa el día que se convertiría en Jefe. El contoneo de caderas al caminar era tan sensual, pero para él era lo más descarado que podía hacer, como si se obligara a ser sensual para que él cayera ante sus encantos. Pero él era fuerte, sus fuertes sentimientos hacia Erza no permitía que ella perforara el hielo.

Cuando llegó a estar frente a frente, él dejó la copa en la mesa. Eso olía a discusión.

—Veo que no quieres bailar, ¿te gustaría bailar conmigo?

—Ni en tus mejores sueños —le dijo y caminó hacia el centro de la fiesta para que ya no le siguiera, pero paso lo contrario.

—Te ves guapo, apuesto que consigues a la mujer que quisieras si te lo propones —le dijo.

—No, gracias.

Como sabía que no lograría alejarse de ella, se dio la media vuelta y Ultear se paró en seco.

—¿Dime que quieres? ¿Arruinarme la alegría? Concedido, puedes marcharte.

Jellal estaba siendo lo más frio que el mismo se podía permitir. Odiaba tanto a esa mujer que sería capaz de humillarla frente al pueblo, pero como estaba ahí su propia hija y no deseaba lo mismo para ella, se estaba conteniendo.

—Solo quería platicar contigo pero veo que contigo no se puede —le dijo altanera.

—Que gusto me da que te des cuenta rápido —le dijo en tono de burla—. Jamás me agradaste, así que déjame en paz. Por primera vez en mi vida me siento feliz, ¿Por qué tuviste que venir a arruinarme todo?

Las personas que estaban alrededor empezaron a fijarse en la discusión, hasta los militares y algunos que estaban bailando dejaron de hacerlo. Todos estaban centrados en él. Eso no lo intimidó, ni a ella.

—Porque me divierte hacerte enojar —confesó—. ¿Por qué eres tan frió contigo? ¿Qué te he hecho? Si te ofendí algún día antes que me odiaras sin que me diera cuenta, dímelo y pediré perdón. Si no me iré de aquí pero sabes que estás perdiendo mucho. ¿Es mi cabello? Si es así, me lo corto. ¿Es mi cara? Pues golpéame hasta desfigurarla. ¿O soy yo misma? Pues ahora acabo con ella ahora mismo —dijo y entonces sacó un cuchillo de su vestido amarillo.

—No es nada de eso, solo vete —le dijo sin importarle lo que haría.

—Lo sabía, es mi cabello —le dijo optimista—. Ahora mismo lo arreglo.

Jellal se dio la media vuelta pues no quería ver como se lo cortaba. Pero algo lo impulsó a voltear a verla.

—Jellal, voltea por favor.

Era esa dulce voz, no podía ser. No, no, no, se repetía una y muchas más. ¿Era otra broma que le hacía su subconsciente? ¿O realmente Ultear sabía imitar tan bien a Erza que lo hizo solo para molestarle? No aguantó la humillación y con intenciones de correrla incluso con empujones, se dio la media vuelta y encontró lo que jamás pensó. Era ella.

Se estaba quitando las horquillas que le ayudaban a ocultar su cabello rojo y ponerse la peluca azabache. Se había quitado el maquillaje con un pañuelo que estaba en el suelo. Era ella, sin duda era su Erza, la mujer que tanto había añorado ver de nuevo, aquel ser que se convirtió en algo inalcanzable y después en su utopía cuando le hicieron creer que estaba muerta. Era ella, la mujer de sus sueños, la primera mujer que amó y que amará hasta el hecho de su muerte.

Su corazón daba saltos, escuchaba como latía. Sus manos estaban sudorosas y temblaban, todo su cuerpo temblaba porque creía que era otra broma, y esta si había sido la más ruin y cruel que podían haberle hecho.

Ella se terminó de quitar las horquillas de su cabello y después lo miro. Ambas miradas se reencontraron, como aquellas estrellas que parecían cerca y al mismo tiempo estaban tan lejos. Erza se fue acercando a él pero retrocedió dos pasos.

—¡Aléjate! Esto no puede ser real, ¡esto es un sueño! Tú no puedes ser Erza, es mi mente que me está traicionando.

—No es cierto, soy Erza —le dijo con voz dulce—. Soy de carne y hueso, mírame.

Jellal estaba creyendo que se estaba volviendo loco. Se tomó los cabellos y le dijo que se alejara. El dolor en su corazón era cada vez más fuerte, no podía soportar tanto, no podía ser verdad, ella estaba muerta. Natalie se lo dijo, también Mirajane y Simón, ¿por qué se atreverían a engañarlo?

—Soy Erza, me hice pasar por Ultear todo este tiempo para estar cerca de ti y averiguar que estaba pasando en tu país —le dijo acercándose más a él.

Jellal no soportó más y se dejó caer en sus rodillas. No pudo más y lloró. Volvió a ser el niño enfermizo que había dejado en el pasado, vulnerable a cualquier broma. Erza se acercó a él y lo abrazó. Empezó a contarle como había llegado tan lejos en nombre del amor que le profesaba. Jellal seguía creyendo que era un sueño

—Esto es un sueño. Porque cuando los tengo, en todos estas tú y cuando despierto me encuentro con la terrible realidad, tú no existes, estás muerta —le dijo entre lágrimas—. Tú no eres Erza… no puedes ser ella… duele…

—Esto no es un sueño, Jellal mírame, soy yo. Volví para estar contigo de nuevo. Por favor mírame.

Erza volvió a abrazarlo. Se dio cuenta que se volvería loco por el dolor. Entonces recordó esa vez de cuando le contó acerca de George. Ese día estaba tan vulnerable que actuaba como un niño asustado, tal como lo estaba haciendo ahora. Lo entendió pues ella más que nadie sabía que solo a ella amaba y una broma cruel en su nombre enloquecía de rabia a Jellal. Le dio un beso en la frente y le dijo muchas veces que era ella y que lo amaba.

—Dime que eres real… por favor… duele… duele.

Jellal le había empapado el hombro por sus lágrimas, volvió a mirarlo a los ojos y le juró que era real y que era ella. Después le volvió a besar la frente. Lo logró convencer y el de nuevo la abrazó. Descargó todo el dolor de tantos años sin verla, de añorarla. Después le pidió que se parara. Las personas que estaban a su alrededor estaban condolidas, pues nadie imaginó ver a un Jellal dolido por la locura.

—Te eché de menos, amor mío —le dijo él—, tienes que ser tú. Perdóname por dudarlo, perdóname, perdóname.

—Te perdono —le dijo con una sonrisa sincera—. Sabes, te ves muy guapo, ¿estabas pensando en sustituirme?

—Ni en este ni en otra vida te cambiaria —le dijo serio.

—Yo tampoco te cambiaria. Esperaría muchos años más para volverte a ver, esperaría hasta el fin del mundo solo para estar contigo —le dijo casi a punto de derramar lágrimas—. Cuanto te extrañé.

Jellal volteó hacia su derecha y ahí estaba Natalie, sonriente como nunca.

—Papá, te mentí —le dijo sonriente—. Si estaba viva.

Él le sonrió y Erza aprovechó su distracción para jalar su mentón y besarlo. Al principio del contacto Jellal se quedó anonadado, sin saber que reaccionar, pero después la tomó de la cintura y profundizó el beso. Los dos se entregaron sin medida sin importarles las personas a su alrededor. Y es que ese beso tardo tanto en esperar, sus labios estaban secos y volvieron a tener vida cuando tuvieron contacto una vez más. Las manos de Jellal acariciaron la espalda de Erza, sin medida. Ella acarició su cabello como lo hacía de antaño, solo que ahora ya no era tan torpe e inocente como hace tanto tiempo. Cuando se separaron le beso el cuello y le dijo lo tanto que la amaba.

—Gracias por darme una hija, gracias por esperarme. Te amo, te amo.

—Si quieren una habitación, con gusto les presto una —le dijo Cana sin consideración.

—Cállate que esta bueno el drama —contestó una de las señoras—. Y yo creí que los militares eran fríos y éste resultó ser más caliente que el sol de Fiore.

—¿De qué están hablando? —le preguntó Jellal, pues desde que reconoció que era su amada y no un sueño, se había olvidado de la gente que estaba alrededor suyo.

—Me besaste tan bien que no te importó estar en plena fiesta. ¿En serio perdiste toda vergüenza?

Jellal se puso rojo cuando regresó a la realidad y escuchó los murmurios de la gente.

—Dime que no hice todo esto enfrente de todos —le dijo mientras ocultaba su rostro en su bello cabello escarlata—. Dime que no me vieron, por favor, por favor.

—Lo vieron todo —le contesto igual avergonzada—. Guardemos eso para después, ¿no tenemos un minué que bailar?

—¿Me concede esta pieza, madame? —le dijo mientras se hincaba y le extendía su mano.

—Con gusto, mi general.

Y esa noche bailaron hasta el cansancio. Presumió a todos sus subordinados a la mujer hermosa que el destino le había puesto en su camino. Le agradeció a Dios, al cielo y a la luna que ahora estaba mirándolos desde arriba por haberles dado la oportunidad de amar a una mujer como Erza. Pasó por todo con el afán de tener su recompensa y la obtuvo. Se sintió dichoso por tener todo lo que había soñado, una esposa maravillosa y una hija del que estaba orgulloso. Todo había acabado, pensó que George podía descansar en paz.

«Para los amigos que se fueron, para los que conservo y están por venir. Por las tempestades que cruzaron y ahora salió el sol. Para la hija que me dieron y por los dolores que ya se extinguieron. Doy fin a este capítulo de mi historia. Porque sufrí y fui feliz. Luché pero no me di por vencido. Odié, pero perdoné. Ahora la vida me regala dicha, esa que tanto esperé por tantos años. Porque a veces debe de proponerse metas que deben de cumplirse, se pueden renunciar a unas y añadir unas nuevas. Yo me di dos alternativas desde el momento en que me crucé con Erza: proteger o morir en el intento. Ustedes ya saben la respuesta, pues la descubrieron a las anchas de estas páginas. Doy fin al telón de esta etapa y así iniciar otra. No es el adiós aún.»

[N/A] después de un año, terminé esta historia. Realmente tuve listo este capitulo en marzo, pero debido a todo lo que me sucedió… desde mis desdichas en la escuela, los reviews infantiles que me llegaban, hasta el extremo de borrar todos mis fics y resubirlos… por fin doy punto y final a este hermoso fic… que muchos dicen que haga segunda parte. Tal vez la haga, tal vez no, sólo sé que estoy feliz de haber terminado una historia de 13 capitulos… casi 300 hojas me tiré. Estoy satisfecha C:

Gracias a los favoritos y reviews sencillitos que me escribieron, espero que hayan captado la escencia que quise dejar. No fue una historia de amor adolescente típica de los fics, fue el reencuentro de padre e hija, dos personas que se necesitaban mutuamente sin saber que estaban tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.

Gracias y esperen el epilogo C: