Capítulo 14.
—¡Qué barbaridad!
La exclamación de la muchacha le despertó de su ensoñación y miró por encima de su hombro para ver qué era lo que le asombraba tanto.
Bizqueó al encontrarse cara a cara con el dibujo de una pareja de amantes en una pose bastante perturbadora. Antes de que ella pudiera evitarlo, pasó el brazo por encima del hombro y le arrebató el libro.
Candy, que se creía solá, dejó escapar un grito de alarma y se volvió. Al verle allí, sin embargo, su mal humor y sus temores se esfumaron, hasta olvidó que quería hablar con él por haberla marginado.
—¡¿Puede saberse qué demonios haces con esto?! No es una lectura decente.
A ella se le atascaron las palabras. Terry acababa de pillarla con las manos en la masa y no encontraba el modo de explicarse al verle tan alterado y casi ofendido por haber estado mirando ese intrigante y bochornoso libro.
"¡Será bribón! El ejemplar es suyo y se hace el puritano".
—Me has asustado y ese libro estaba en una de las estanterías. Se me dijo que podía usar la biblioteca y, que yo recuerde nadie me ha dado una lista de los que no deba tocar.
—Pues este libro está en uno de ellos
—¿Porque?
—Porque no es adecuado.
—¿Para ti o para mí? Porque digo yo que sí lo compraste sería por algo, no sólo por la exquisita encuadernación..
—Venía con un lote que adquirí en Francia hace unos años.
—¿Es el de dónde has aprendido a hacer el amor a una mujer? Un par de posturas me han resultado familiares, Otra sin embargo... aún no.
Terry se quedó en blanco. Candy lo miraba muy seria, pero tenía un brillo malicioso en sus ojos. Se había colocado de rodillas en el sofá y apoyaba a los codos en el respaldo. Parecía una alumna deseosa de aprender. La tela de los ceñidos pantalones oprimiendo de su repentina erección empezó a ser un suplicio. Candy esperaba una respuesta ¿pero que podía contestar a una pregunta tan directa y llena de insinuaciones?. Carraspeo para evitar echarse a reír, fue hacía las estanterías, retiró un un par de ejemplares de la primera y oculto el libro detrás de los otros. —Una dama no habla de ciertas cosas.
—Estoy harta de que esa frase la usen los hombres con frecuencia. Una dama no habla de esto. Una dama no habla de lo otro... Hay mujeres que no quieren aprender pero a mí siempre me gustó sacar buena nota en el internado.
—Candy...
La vio levantarse e ir hacia él pasándose la punta de la lengua por los labios. Al sentir las manos femeninas en su pecho cerró los ojos.
—Te he echado de menos estos días. Terry ¿dónde has estado?
El gesto de Terry se volvió grave
—Recabando información, sobre el sujeto que entró en la casa y te atacó; el hombre de la cara marcada.
—¡Ah! —se quedó repentinamente desconcertada y se separó de él.
— ¿Que has podido averiguar?
—Poca cosa. Ese desgraciado era un sicario y sicarios hay muchos, pero lo encontraré. Se acercó, rodeo su talle con un brazo, la pegó a él y la besó con deleite, hasta que notó que a ella le fallaban las rodillas.
—Terry...
—Así que a mí aventajada pupila le gusta aprender un par de posturas más.
Candy se echó a reír juguetona y feliz metió su dedo índice entre los labios masculinos y Terry lo succionó provocándole un escalofrío de placer.
—Todas.
—Candy lo que estamos haciendo Podría tener consecuencias.
—No soy boba sé a lo que te refieres, también Sé que existen maneras de que no las haya, y por eso utilizas esas "cosas" cuando vienes a mi cama —dijo refiriéndose a los condones.
—Ya.
Ella lo dejaba perplejo. A un hombre como él. Con su andadura. A idiota que se le había pasado utilizar protección la primera vez en la biblioteca, A él que tampoco había usado nada cuando se unieron después de su pesadilla. A esas alturas Candy podría estar embarazada, y el pensamiento hizo que fluyera por su cuerpo una sensación de miedo y a la vez de felicidad.
¿Que estoy haciendo? ¿Desde cuando esta mujer ha pasado a ser algo tan importante en mi vida?. ¿Como he podido olvidar qué es mi pupila? —, se pregunto. La cabeza le daba vueltas. Le abrumaba que ella lo mirará de aquella forma, como si fuera todo su mundo. Porque se encontraba indefenso ante aquel sentimiento de Posesión y cariño. Qué poco a poco había ido arraigado hacía ella. Lo desconcertaba. En lugar de sonreírme y bromear conmigo, debería descerrajarme un tiro. Tenía que haber cuidado de tu honor. Pero te he seducido. Debía haberte buscado un esposo, pero te he malogrado para otro hombre. ¿Y si estás en cinta con sentiré que mi hijo se ha creado por otro?—se flageló.
Candy hacía que se le nublara la razón, no tenía fuerzas para resistir, le era incapaz de mirarla y no desearla.
¡¡Dios!! ¡¡Estoy perdido!! admitió.
¿Qué pasa Terry? —pregunto al verle tan callado.
Pasa que mi enamorado de ti, pasa que no te imagino junto a otro hombre, que no admito que pueda perderte, qué te quiero en mi vida, y que si hay un niño en camino deseo cuidarlo y cuidarte, pasa amor, que me has vencido con tus sonrisas, tus ojos, tus cabezoneria, y tu cariño.
Tomó el rostro de ella entre sus manos y la besó con Frenesí. Y besándola se dio cuenta de que sí, de que a pesar de haber estado años decidiéndose que no creía en el amor, y que no se dejaría atrapar por una mujer, estaba completo y felizmente atrapado. De una forma u otra conseguiría que ella lo aceptará. Si estaba en estado, tendría en su mano un argumento poderoso para hacerla su esposa, porque eso era lo que quería más que nada, que Candy fuera suya para siempre. Deseaba volver a hacerle el amor, y perderse en ella. Pero no debería en ese instante. Se prometió no volverla a tocar hasta que lo aceptará como marido y luciera un anillo en el dedo. La besó con más ardor, hasta escucharla gemir en su boca y luego se separó de ella.
—Tengo que salir —le dijo yendo hacia la puerta—. Hablaremos de lo que has visto en ese libro en otro momento.
—¡¡Terry!! — protestó ella viéndole escabullirse—. ¿Terry? ¡Serás cobarde!.
El pequeño reloj que sostenía la cola de un delfín de bronce dio las once; dejaba correr los minutos con una lentitud pasmosa que le estaba poniendo los nervios de punta. Claro que estaba perturbada, no dejaba de darle vueltas a su descarado modo de comportarse frente a Terry, y no hacía más que imaginar lo que pensaría de ella. Aunque, en realidad la culpa era de él y sólo de él por tener el condenado libro y anular su sentido común cuando la miraba. Media hora después seguía sin poder dormirse y el cargante tic tac del reloj a cabo por alterarla. Se levantó de la cama. Tomo la bata, se calzó las zapatillas y salió del cuarto; necesitaba tomar algo caliente o se pasaría la noche en vela. Freno en seco al ver que salia una luz del despacho de Terry. No era inusual que él se quedará hasta altas horas revisando los documentos que enviaba a su administrador, pero sí escucharle blasfemar en voz alta. estaba apunto de aplicar los nudillos a la madera cuando la puerta se abrió de par en par; ahogó un grito y retrocedió, aunque no pude evitar que la imponente figura del Duque la acorralar al salir.
—¿Candy? —la sujeto por los hombros evitando que se fuera al suelo.
—¿Qué demonios haces en medio de la oscuridad?
—Iba a la cocina, no puedo dormir. ¿Qué sucede?
—Nada en absoluto.
—Te he oído maldecir.
—Vuelve a la cama, ahora no tengo tiempo para explicaciones.
Pasó a su lado como un vendaval y ella no reaccionó hasta oír cerrarse la puerta de la calle. ¿A dónde iba aquellas horas de la noche y con ese mal humor?. Nunca explicaba nada siempre esperaba que todo el mundo aceptará su palabra, Como si fueran ley. Si hubiera un premio nacional para hombres irritantes, Terry llevaría el trofeo. Lo mandó mentalmente al cuerno y entró al despacho, él ni se había molestado en Apagar las velas y era peligroso de dejarlas prendidas. Le llamó la atención un papel arrugado sobre la mesa. Aquella cuartilla podría ser el motivo de su impetuosa salida. Así que no sintió culpa alguna por echarle un vistazo pero se le fue el color de la cara a leer el contenido.
"Sé dónde se esconde el tipo al que busca. Si le interesa, traiga cien mil libras esta noche a la taberna escocés. Yo lo reconoceré".
Sabía dónde estaba aquel garito. Paso frente en una de las nada tranquilizadoras salidas con Mila y se acordaba porque tenía el mismo nombre que una de las tabernas del Culross; en esa pequeña ciudad pasó unos de sus mejores veranos, cuando era pequeña, entre sus callejuelas del siglo XVI, donde la extracción de carbón y de sal. convirtieron la aldea varada en el tiempo de una población próspera.
¿Al tipo? ¿A que sujeto se refería la nota y quien se la había enviado? ¿Podría tratarse del hombre de la cara marcada?—tenía que ser eso no cabe otra posibilidad porque Terry dijo que seguían buscando a ladrón y, al parecer, alguien acaba de encontrarlo. Respiro hondo no toqué una corriente de tranquilidad la embargaba al saber que lo habían localizado… Pero sólo fue un segundo luego el miedo la dejó bloqueada al pensar que te Terry iba a meterse de cabeza en aquellas infectadas calles.
"No seas tonta, sabe lo que hace. Conoce el barrio, ni siquiera le dan la dirección de la taberna, de modo que sabe dónde está". Ese pensamiento, de todos modos, no la tranquilizo. Si a él le pasaba algo por buscar al hombre que la había atacado, no se lo perdonaría nunca.
Le dolía la cabeza del costado derecho.
Sentado en el suelo húmedo de aquel almacén que apestaba a pescado, repleto de barriles, fardos y aparejos marinos, con las manos atadas en la espalda, se preguntaba por enésima vez desde que despertará, que buscaban los que le encerraron allí. Lo único que tenía claro es haber caído en una trampa como un estúpido. No era la primera vez que acudía al escocés; se trataba de un tugurio situado en la calle relativamente ancha, cerca de los muelles, que tenía una puerta trasera lo que convertía en el sitio idóneo en caso de tener que salir con cierta premura.
Penetraba la luz de la luna por la Mugrienta claraboya del techo, único tragaluz de la nave puesto que las ventanas estaban clausuradas de madera. Al notar el frío, cayó en cuenta de que no tenía susu capa y supuso que sus asaltantes se la habían quedado. Maldiciendo su mala suerte se recostó contra la columna ahogando un gemido de dolor y recapacitó acerca de lo sucedido, por si encontraba una explicación a su captura.
Tras dejar el carruaje a un buen recaudo al cuidado de Jeff y Jack dos jóvenes ladronzuelos conocidos, se había encaminado hacia la taberna llevaba un arma y las libras que le pidieron, por lo que anduvo poniendo ojos en cada rincón y cada esquina. Divisaba ya la puerta de la cantina, cuando vio en un rincón a un sujeto que parecía estar herido. Acercarse para proporcionarle Socorro le supuso encontrarse con el cañón de una pistola apuntando la en la cara y acto seguido dos hombres cayeron sobre él golpeándole y haciéndose con su pistola.
De poco le sirvió conseguir arrebatar el arma al primero de sus rivales y sacudir le con ganas rompiéndole el tabique nasal de un derechazo; los otros dos arremetieron contra él al mismo tiempo. Las consecuencias de la corta pelea era un martilleo incesante en la cabeza y una herida de arma blanca en el costado que empapaba sus ropas y le estaba debilitando a marchas forzadas. Le irritaba haberse dejado engañar, pero si se fallaba había que correr con las consecuencias.
De todos modos, sus atacantes no buscaban robarle; de ser así no conservaría ni los calzones y en ese momento estaría tirado en cualquier callejón, probablemente con el cuello cortado. Así que era otro el motivo del secuestro.
Antes nunca se hubiera descuidado, pero la impaciencia por ponerle las manos encima el individuo que llevaba días buscando, le hizo actuar como un irresponsable y lo estaba pagando caro.
El chirrido de la puerta al abrirse le puso en alerta. Levantando sobre su cabeza un candil, entró un sujeto bajo de hombros anchos y voluminoso vientre que vestía ropas desgastadas... salvo la capa, que no era otra que la suya debido a la diferencia de estatura le estaba demasiado larga.
—¿Dónde estoy?
Él otro se limito a dejar el candil en el suelo y ponerle en los labios la botella, que llevaba en la otra mano.
Terry bebió con mesura; era vino de malísima calidad, pero le ayudó a recuperarse un poco y a calmar la sed. Luego en un estúpido acto de rebeldía, levantó la pierna para atacarlo; no le alcanzó, pero si a la botella que se estrelló contra el suelo. A modo de respuesta el Bandido lanzó una patada en el costado que le hizo gritar y casi desmayarse.
—¿Qué queréis? —preguntó sin apenas resuello—. ¿Dinero? Tampoco aquella vez obtuvo respuesta, sólo una mueca sarcástica por parte del fulano antes de volver a dejarle a solas. El ruido de la puerta al cerrarse aumentó la rabia de Terry, qué tironeo con todas sus fuerzas de la cuerda que lo maniataba, aunque lo único que consiguió fue despellejarse las muñecas y sumar un dolor más a los que ya le atormentaban.
Candy dio otra vuelta más en la cama convertida en esas horas un revoltijo de sábanas mantas .
Le era imposible conciliar el sueño. Se incorporó para alcanzar el vaso de leche que tenía sobre la mesita, bebió un poco, aunque ya estaba fría se arropó de nuevo los ojos se le fueron al brillo centellante de la luna que se filtraba por las ventanas imantas le era imposible conciliar el sueño se incorporó para alcanzar el vaso de leche que tenía sobre la mesita bebió un poco aunque ya estaba fría, y se arropó de nuevo. Los ojos se le fueron al brillo centellante de la luna que se filtraba por las ventanas e incidía sobre la alfombra.
Estaba quedándose por fin dormida cuando una mano áspera le cubrió la boca y una rodilla se clavó a su estómago inmovilizandola.
Presa del pánico, se retorció como una loca y quiso alcanzar los ojos de su agresor con las uñas, pero al sentir el filo de un cuchillo en su garganta Se quedó paralizada.
—No me gustaría tener que cortarte el cuello, preciosa, de modo que quedate quietecita sin hacer ruido. Candy no puso más resistencia y se obligó a pensar con celeridad ¿por donde había entrado a que el malhechor? desde la anterior intromisión Bernardo se encargaba de revisar una a una, puertas y ventanas forzadas a estás con dobles cerrojos instalarándos al día siguiente.
—Voy a retirar la mano -aviso él—. Pero si se te ocurre gritar será lo último que hagas ¿has comprendido?
Ella asintió con la cabeza. Nada más verse libre le insulto con la palabra de y insulto lo único que consiguió fue ganándose una bofetada que lanzó su cabeza hacia el otro lado. Ahogo un grito y trató de distinguir el rostro de sujeto en la premura del cuarto.
—Escucha con atención, señorita listilla; tenemos a Duque de Maine. —Candy abrió los ojos como platos y un escalofrío le recorrió la espalda —
—Tienes Hasta mañana a las doce de la noche para entregar la Esmeralda a cambio de su vida. Un hombre estará esperándote en los muelles; junto a una nave llamada Dolphin.
—¿Cómo puedo estar segura de que tienes al Duque y que sigue vivo?
—No puedes.
Candy pensó con toda la rapidez que el pánico le permitía.
—Puede que alguien sospeché si voy mañana al banco y retiro la Joya.
—Ese no es nuestro problema, busca el modo de que no lo hagan porque si te siguen. GrandChester morirá, si no te presentas con esa esmeralda mañana por la noche. Terry morirá, si pides ayuda el Duque morirá. Te queda claro.
—Se repite usted demasiado.
—Tienes más agallas que muchos hombres, como me dijeron—
río el tipejo—. Recuerda mañana a las doce de la noche. Que tengas dulces sueños.
Un instante después se cerraba la puerta que no había oído a abrirse antes y se encontraba sola.
Al ver el miedo en los ojos de la señora Woods, Candy supo que no había tomado la decisión correcta. Lo mejor hubiera sido pedir ayuda a Mila, pero conociendo a su amiga se había empeñado en burlar su arresto domicilario en el que se encontraba gracias a su tutor. Arrastrarla sería incrementar su castigo o algo peor. No, no quería meterla en aquello y que tuviera más problemas, por eso decidió que su dama de compañía, en la que confiaba que mantuviera la boca cerrada, era la más apropiada para ayudarla. Sin embargo ahora lo lamentaba porque la señora Woods, no disimulaba que estaba aterrada y no cesaba de retorcerse las manos.
Le había pedido que le consiguiera un Featón de alquilerpara aquella noche, pero tras su resistencia a hacerlo sin entender que pretendía huvo que contarle la desagradable visita a su cuarto.
—Olvídelo, por favor. Solo le ruego que mantenga en secreto cuánto le he contado porque la vida del Duque pende de un hilo.
La señora Woods no hacía más que mover la cabeza a un lado y a otro, como si no terminará de entender. Luego sus ojos, agrandados artificialmente tras los cristales de sus gafas, quedaron fijos en la muchacha.
—No puedo callar sobre lo que me ha contado. —dijo al cabo de un minuto.
—Por favor.
—Tiene usted que hablar con la policía o con su excelencia; Ella sabrá que hacer.
—No es posible. Las órdenes que me dieron fueron muy concisas y si alguien se entera lo mataran.
—¡Pero no puede ir sola a donde quiera que le hayan dicho, por todos los santos! Se alteró la mujer—. Y mucho menos pedirme que haga como si nada pasase.
—Por favor, necesito que me guarde el secreto.
La señora Woods quedó callada durante un momento y después suspiro dándose por vencida.
—De manera que necesitaremos un medio de transporte.
—¿Perdón?
— No estará imaginando que voy a dejarla ir sola a meterse en la boca de lobo, ¿verdad?
— No quiero que...
—Baje la voz por el amor de Dios —rogó mirando hacia la muchacha dl servicio que trajinaba en el pasillo sacando brillo en los suelos-. Acaba de decirme que la vida de mi loro está en peligro, que debe entregar algo a cambio de su liberación, y que necesita un vehículo para esta noche. ¿Pretende que le consiga ese carruaje y me quedé aquí tan tranquila esperando a ver si los dos regresan o he de leer su deceso en el periódico?
Candy miró a la mujer que había llegado a ser su amiga, con una mezcla de adoración y espanto. Para hacer una dama de apariencia sosegada, después de su primer impacto de asombro y miedo estaba actuando con un valor admirable; otra hubiera montado el escándalo y se hubiese desmayado por la impresión.
— Debo ir sola, usted sólo consígame el faetón.
—¿Sabe conducir uno?
—Me las apañaré. —Dudó, podría cabalgar como el mejor de Los Jinetes, pero nunca antes había conducido caballos enganchados en un carruaje, yo sé cómo hacerlo.
—Si no voy sola matarán a Terry. —No pudo reprimir un sollozo.
— Lo ama ¿no es cierto?
—Con todo mi corazón.
La sonrisa de la señora Woods le resto años a su severo rostro. Tomó las manos de Candy entre las suyas y le dio unas palmaditas de Consuelo
—No se preocupe, todo saldra bien si tenemos cuidado.
—No puedo permitir que se arriesgue
—insistió la joven.
— No puede impedirlo, sé lo que es estar enamorada y lo que es perder al ser amado. No consentiré que usted pase por lo que yo pase. Si puedo hacer algo para evitarlo. Perdone si soy indiscreta pero... ¿qué es lo que quieren a cambio de liberar al Duque?
—La esmeralda.
Aquella mañana, la señora Woods y ella se dedicaron a pasear por la ciudad y antes de ir al banco visitaron un par de librerías en una de las cuales adquirieron un ejemplar forrado en piel de Coriolano, una de las tragedias escritas por Shakespeare, lo mismo hubiera podido comprar cualquier otro. Se trataba de hacer tiempo para no volverse loca, para no imaginar a Terry en poder de unos fascinerosos que podrían estar maltratándolo, pensar que podía volver a ver a Terry le provocaba una congoja que la ahogaba. Lo amaba. Haría lo que fuera necesario para volver a ver sus ojos y escuchar su voz.
Uno de los tres ocupantes del coche dejó escapar una sonora carcajada al escuchar el comentario del más joven. Hecho mano ya picaporte de la puerta, dispuesto a bajar, cuando un movimiento en el calle llamó su atención. Entrecerró los ojos para ver mejor lo que sucedía bajo la tenue luz de la farola de gas.
—¿Que pasa?—preguntó uno de sus compañeros.
—Shhhhh.
—¿Qué demonios estás mirando? Nos está esperando. Y ya llegamos tarde.
—Fijaos en eso —señaló con el mentón —¿A vosotros que os parece que están haciendo?
—¿Son ladrones?
—Ladronas en todo caso.
—¿Salen o entran?
—Diría yo que salen.
—Deberíamos detenerlas.
—Detener a la pupila de tu tío, a ti te falta un tornillo chico esa muchacha es capaz de decerrajarnos un tiró si lo intentamos.
—¿Como sabes que es...? ¡Oh, oh!
--Sin duda lo es confirmo él otro cuando la luz indicó la cabeza de una de las intrusas-, ese color de cabello es inconfundible, juraría que su compinche no es otra que su dama de compañía.
—¿Por qué puñetas están saltando por la ventana?
—Para que nadie se entere de que salen de casa estas horas—. Ironizó Rowland amigo de Abel.
—¡Espero que no quieran ir de nuevo a Whitechapel!
—¡¡Joder!! — blasfemo, Abel—. A estas horas de la noche. Están locas si lo intentan. ¿Qué hacemos?
—Seguirlas desde luego.
—Tenemos una cita con Terry.
—Al diablo con la cita esto es mucho más divertido.
Continuará...
