Ranma ½ no me pertenece.
.
.
.
Advertencia: El ego es el peor amigo que un autor puede tener. Lo sufrió Asimov el día en que desde el podio de los premio Hugo trató a todo el mundo de antisemita por no darle el premio a él… y se lo dieron esa misma noche (trágame tierra); lo tuvo Dante creyéndose el alma gemela de Virgilio; le cascó la vida a Cervantes que no ganó un peso con el Quijote en vida; a Isabel Allende la tiene prostituyéndose con cada cosa nueva que escribe que parece una oda a la perversión de la tercera edad; y tiene a Stephen King entrando al club de los que escupen autobiografías para decir «oh, qué bien escribo yo, imítenme si quieren ser algo en la vida».
Por supuesto que en el fandom tenemos nuestras propias muestras. Digo, si pasa arriba, también pasa abajo. Tenemos uñas en las manos, también las tenemos en los pies. Y el que no se baña siempre va a estar hediondo… Bien, eso no va al caso, pero ¡detesto a la gente que ignora la existencia del jabón! Si ya odio a la gente y me causa urticaria estar en medio de una muchedumbre, si están pasados a rodilla (así decía mi abuela, olor a rodilla, o sea, entre pata y lo otro más arriba) es una experiencia que quisiera alguien piadoso borrara de mi memoria. Ejem, decía, en el fandom hay muchos que se nota publican para llamar la atención, no por amor a su obra o cariño a los personajes, se sacan giros absurdos solo para seguir lo que les pide la gente y no lo que imaginaban en primer lugar, o inventan más encuestas que rifa de escuela preguntándole a los lectores qué hacer, cuando en realidad no tienen idea de cómo seguir la historia.
¿Hablé de la moda actual de poner anuncios en lugar de historias en esta página? Fuera de que está prohibidísimo, y de que cansan ya los autores Kardashians, que se la pasan ventilando sus dramas y triángulos amorosos entre betas y autores, que desnudan sus vidas privadas y, no niego, a veces son mejores que sus historias, solo para ganar respuestas piadosas que les den más número a algo que no tiene valor real, digo, ¿se hacen algún bien?
¿Aman a sus personajes?
¿Tienen algo que contar?
¿Se preocupan de mejorar?
¿Les sirven los comentarios de los lectores para generar más dinámica en sus obras?
Insisto, el ego es el peor pagador que existe en este mundo. Gracias por soportar otro berrinche de anciano y espero disfruten su historia.
Esta vez concluimos que no hay conclusión. Gracias.
.
.
.
.
Fantasy Fiction Estudios presenta:
.
.
.
S & S Detectives
.
.
Por el futuro de una nación
Parte 1
.
.
.
Las Fuerzas de Autodefensa de Japón, llamadas oficialmente también por sus siglas en inglés JSDF —Japan Self Defence Force—, estaban organizadas en cuatro divisiones administrativas. La segunda división abarcaba gran parte de la isla principal de Japón, incluyendo a la metrópolis de Tokio. La sede administrativa o cuartel general de la segunda división se encontraba hacia el norte de la capital, nada menos que en el distrito residencial de Nerima.
El aire era dulce la madrugada del día que comenzaba con grandes expectativas. El extenso patio de tierra rojiza y aplanada, en la parte de atrás de la sede administrativa de la JSDF en Nerima, todavía estaba en penumbras. Más de un centenar de jóvenes soldados estaban alineados en cuatro columnas de tres filas, de diez soldados cada una, vestidos todos con impecables uniformes de combate mimetizados con manchones de colores entre verde oscuro y caqui, y cascos verde oscuro. Llevaban el equipamiento completo compuesto por gruesos y duros cinturones de combate, de grueso género tono verdoso con agujeros metálicos como anillos, ajustados sobre los uniformes a la altura de la cintura, y arneses unidos al cinturón y cruzando sobre el torso de los que colgaban cargadores y un corvo o cuchilla militar. Todos ellos llevaban fusiles de guerra y una bayoneta más simbólica colgada también del cinturón.
Los gritos de los superiores resonaban sobre las filas, corrigiendo la posición de las líneas y la postura de los jóvenes uniformados. Luego el comandante del cuartel dio una poderosa orden, y todos los pelotones se movieron al unísono, sacando la bayoneta del cinturón, con gestos rápidos, fuertes y coordinados como si todos fueran un solo hombre, ensamblaron las bayonetas sobre los cañones de sus fusiles provocando un coro metálico. Luego alzaron las armas con una mano y la tomaron con la otra dando sendos golpes de las palmas sobre el metal, luego con un al acomodarla para cargarla sobre sus hombros, irguiéndose marcialmente.
El comandante del fuerte estaba disconforme; aunque no importando la fuerza que emanaran los gestos de los jóvenes soldados, o lo perfecta que fuera la coordinación de sus movimientos, siempre lo encontraría mal, terrible, pésimo, patético o impresentable. Así que como era de esperar, terminó reprendiendo a sus soldados por un buen rato mientras los otros oficiales se encargaban de caminar entre las filas amonestado y corrigiendo a cada uno, velando por el más mínimo detalle desde sus uniformes hasta la dirección de sus miradas, esperando que todos estuvieran perfectos durante ese día.
Otros reclutas, que no desfilarían ese día ante las autoridades, se encargaban de limpiar los jardines, pintar las cercas y las astas de las banderas, limpiar las ventanas y pulir los vehículos militares que estaban en el patio y más allá en los cobertizos al final de las instalaciones.
.
.
En los amplios y lujosos salones interiores del edificio, los asesores políticos del gobierno se encargaban de organizar el evento y dirigir a un centenar de mozos que distribuían las mesas y sillas, colocaban los manteles y ordenaban cada cubierto para que estuviera en la posición correcta. También se encargaban de los arreglos florales que debían ser más que perfectos. Los cocineros, desde la madrugaba, ya estaban preparando una enorme cantidad de manjares, y las mesas de la cocina estaban llenas de vistosos platillos de entradas. El equipo técnico se encargaba de configurar los equipos de audio, micrófonos y las luces en el palco principal donde se darían los aburridos discursos de rigor.
Todos preparándose porque en ese día se celebraría un aniversario más de Las Fuerzas de Autodefensa de Japón.
Personalidades de todas las esferas del gobierno se darían cita en la comida organizada en las instalaciones. Los políticos se darían la mano con algunas palmaditas en la espalda, sonreirían a la prensa saliendo en fotografías junto con los generales de las distintas ramas de defensa, y almorzarían manjares hasta regodearse gracias a la gentileza de los contribuyentes. Y la atracción principal del evento sería un pequeño desfile militar y, por supuesto, la visita del primer ministro de Japón junto a un particular invitado: el embajador de China en Japón. Aquello había sido toda una sorpresa y también un logro de la diplomacia emprendida por la facción más pacifista del parlamento, dada la larga historia de odio, sangre y muerte escrita por ambas naciones desde la era Meiji.
La facción pacifista estaba empeñada en un plan comunicacional que contribuiría a fortalecer la imagen actual de Japón como una nación pacifista, y de la JSDF como guardianes de la nación y colaboradores de la paz mundial, incentivando su participación en las operaciones conjuntas con los cascos azules de la ONU en Medio Oriente y África. Todo esto para contrarrestar las nuevas voces militaristas dentro del congreso, cada vez más fuertes, y que hacía años buscaban abolir el artículo pacifista de la constitución, heredado de la ocupación norteamericana tras la Segunda Guerra Mundial. El artículo pacifista impedía a Japón tener un ejército propio con capacidades ofensivas y de invasión, pues desde su fundación la JSDF se enorgullecía de únicamente contar con arsenal y preparación para la defensa territorial de Japón, jamás para incentivar la guerra, menos para invadir ni ocupar territorios en las otras naciones.
.
.
Tras pasar lista a los soldados, el comandante del fuerte pasaba una última revista a los trabajos en las instalaciones. Vestía sus atuendos de gala compuestos por elegantes pantalones y chaqueta azul oscura con detalles dorados, que cerraba con algo de dificultad por su abultada figura, y una impecable gorra. En su pecho se lucían sus muchas condecoraciones y las brillantes jinetas en los hombros que indicaban su rango de general. Cargaba además un sable que colgaba del cinturón, y que sostenía recto junto a la pierna, con la mano sobre la funda negra antes de la empuñadura, manteniendo la postura marcial.
Se cruzó con uno de sus oficiales más prometedores y al que tenía en estima. Aquel oficial vestía, al igual que los soldados, un impecable traje de combate de tonos verdes mimetizado, con las jinetas sobre los hombros de género verde y marcas negras que revelaban su rango de Coronel.
El coronel marchaba al frente de un grupo de reclutas, a los que impartía instrucciones para que movilizaran los vehículos militares y los estacionaran en dos hileras en mitad del extenso patio de prácticas. Los reclutas llevaron corriendo sus órdenes a los conductores. Al momento los camiones y jeeps comenzaron a estacionarse en el patio, la mayoría se habían hecho traer de los cuarteles aledaños, para tras el desfile, dar una pequeña demostración de campo a las importantes visitas en ese día.
—Coronel Saigo, ¿todo en orden? —preguntó el general deteniéndose a su lado.
Takamori Saigo se irguió marcialmente, chocando los talones de las botas con fuerza y alzando la mano en un perfecto saludo que lo hacía ver mucho más elegante y poderoso que aquel regordete general, a pesar de ser su superior. La barba alrededor del mentón la tenía recortada con cuidado y el cabello inusualmente largo para un militar, lo llevaba tomado en una coleta más ajustada y pulcra.
—Todo en orden, general. Los preparativos estarán una hora antes de lo previsto.
—Bien, me gusta la perfección y lo sabe, pero usted nunca me ha decepcionado. Espero grandes cosas de usted, coronel. Prosiga con su tarea.
—Como ordene, mi general —Takamori se despidió otra vez a la usanza militar.
El general se marchó y Saigo hizo una ligera sonrisa llena de arrogancia a sus espaldas. Miró al grupo de reclutas e hizo un gesto con la cabeza. Los hombres respondieron de igual manera. Terminaron de estacionar el último de los camiones en una hilera de diez que a un lado del gigantesco patio lo dividían en esa parte por la mitad.
Los reclutas, moviéndose con una seguridad y experiencia que no se correspondía con soldados de tan poco rango, entraron rápidamente a la parte trasera de algunos de los camiones, levantando las puntas del grueso género que cubría la sección de carga y que también hacía de puerta. Dentro de los camiones había cajas de madera, las que abrieron rápidamente, revelando en su interior fusiles de guerra y cajas repletas de largos cargadores preparados ya con munición de guerra auténtica.
Los fusiles eran un modelo único en el mundo, fácilmente identificable a simple vista: los «Qing Buqiang Zidong», o abreviado «QBZ'95»; traducido literalmente del chino como «fusil de asalto ligero». Un arma de manufactura y uso exclusivo del Ejército de Liberación Chino, que era como se llamaba a las fuerzas armadas de la República Popular China. Aquel fusil poseía además una notoria característica que lo distinguía del resto de los fusiles de asalto de otros ejércitos, pues utilizaba un calibre de munición superior de 5,8 milímetros, a diferencia de sus contrapartidas donde la más cercana utilizaba un calibre de tan solo 5,6 milímetros.
Tales características únicas harían que las QBZ'95 dejaran un inconfundible rastro de su presencia en ese lugar, con cada disparo que fueran a hacer.
Saigo imitando a los reclutas se acercó a uno de los camiones por detrás e ingresó rápidamente por debajo de la tela. En el interior ese grupo estaba casi preparado, incluso habiéndose cambiado también sus uniformes de combate. Uno de los hombres le alcanzó un arma a su jefe. Saigo introdujo el largo y curvo cargador, que de diseño muy original se ubicaba bajo el inicio de la culata detrás del gatillo y del mango, con un movimiento suave y preciso. Deslizó la palanca del fusil y se escuchó el sonido de la bala siendo cargada en el interior del cañón. Sonrió apenas levantando la comisura del labio.
—«Primer Ministro de Japón asesinado en un atentado con armas del ejército Chino…» —Saigo narró como si estuviera leyendo por adelantado los titulares del periódico del día siguiente. Luego palpó el revólver en la funda atada a su muslo—. «Embajador de China asesinado a sangre fría con un revólver de la JSDF, se teme que fue un acto de represalia por el ataque».
Casi podía sentir el placer que la ejecución del esperado plan le estaba provocando. La muerte del Primer Ministro y del embajador provocaría una serie de acusaciones cruzadas. Cuando la situación escale bastará otro accidental disparo de uno de los lados para comenzar el conflicto... y con la batalla renacerá el guerrero dormido, la poderosa nación de Japón.
Durante el evento los soldados allí presentes solo contarían con balas de salva, a excepción de los guardias de la puerta de las instalaciones y los guardaespaldas del primer ministro. La verdadera seguridad estaría a cargo únicamente de la policía… De su policía.
.
.
En el exterior, entre barreras y cordones policiales, y patrullas, los oficiales comenzaban a tomar posiciones, siendo dirigidos por personalmente por el inspector Muto. El hombre, en elegante traje marrón con un abrigo al tono, lucía en su solapa un pequeño prendedor con la forma semejante, pero diferente en los detalles, al escudo de Kioto. Muto conversaba con una joven y hermosa periodista, dándose aires de importancia como encargado de la seguridad de tan importante evento, en el momento que uno de los oficiales lo interrumpió informándole que tenía una llamada. Muto regresó a su patrulla de mala gana y cogió la radio del vehículo.
—Aquí Muto, ¿qué quiere…? ¡Ah, señor Saigo! —el tono fuerte de Muto cambió al instante, volviéndose sumiso y servicial—. No, no tema en absoluto, todo está en orden. La comitiva comenzará a llegar en una hora. Sí, todo está como usted lo pidió, solo nosotros estamos a cargo de la seguridad. Llegado el momento de actuar la comunicación con el exterior se encontrará completamente interrumpida, filtrada por nuestros equipos de seguridad. La prensa no podrá ingresar hasta que ya esté montado el espectáculo. No tema, señor Saigo, yo me encargaré de todo, confíe en mí.
El inspector desconectó la radio y dio un par de órdenes para que las barreras se movieran y contuvieran a la prensa en la vereda del otro lado de la calle, la que había sido con anterioridad cerrada al tráfico. Los camarógrafos y reporteros bebían café, entre furgones, antenas y un enmarañado de cables que se enrollaban por el suelo, conversando para hacer algo de tiempo durante la aburrida espera. Otros ya comenzaban a realizar notas informativas frente a las cámaras, de la que sería otra rutinaria y aburrida reunión de políticos, sin nada de acción.
.
.
Diez minutos antes, con la puntualidad acostumbrada en esas tierras, uno a uno la caravana de vehículos oscuros fue ingresando en la calle principal frente a la sede de la JSDF en Nerima. La policía checaba los antecedentes de cada conductor y recién entonces se les permitía el ingreso al último tramo de la calle ante la mirada de la prensa para ingresar a las instalaciones. Cruzando la primera barrera el trámite se repetía en el interior, ahora por los soldados de la policía militar que resguardaban la puerta de las dependencias. Las cámaras de la prensa captaban la situación desde el exterior.
A muy pocos periodistas se les había permitido cubrir desde el interior el evento, en el patio de entrada al edificio esperaban con sus equipos comenzando a tomar con sus cámaras las primeras imágenes de las personalidades que eran guiadas hacia el interior, tras los saludos y reverencias de rigor.
La policía se paseaba en el patio delantero del edificio y por detrás. Frente a los amplios predios rodeados de bosques, los soldados hacían lo mismo. Otros reclutas corrían moviendo cajas y realizando los últimos preparativos. Se respiraba una extraña ansiedad entre algunos oficiales de policía, la mayoría de ellos, los que guardaban el edificio en el interior, intercambiaban gestos y miradas con algunos reclutas que corrían por el jardín, como si se conocieran de mucho antes.
Takamori Saigo se deslizó detrás de una pared y tomó la radio que un recluta le alcanzó obediente.
—Itō, ¿cómo va todo? —preguntó por radio.
Escuchó la voz de Toranosuke Itō responderle afirmativamente del otro lado de la señal.
Todo en orden, jefe. El primer ministro tendrá una recepción digna del emperador.
—Entiendo. Recuérdalo, nadie debe sobrevivir.
Iba a cortar cuando Toranosuke continuó de manera muy poco respetuosa.
Takamori, jefe, sabes lo mucho que está en juego. Espero que ésta vez no te ablandes…
Saigo cortó bruscamente guardando el aparato en su propio cinturón.
.
.
Un periodista le dio un codazo a su compañero para que prestara atención a lo que estaba mirando hacia su derecha. Las cámaras giraron rápidamente hacia el inicio de la calle, los flashes cayeron como relámpagos en una tormenta. Otro periodista que daba una nota en vivo giró la cabeza y se quedó en silencio, entonces la cámara lo imitó también buscando la causa de su distracción.
Al inicio de la calle en el primer puesto de guardia, un automóvil pasaba el chequeo de rigor, pero no era como los otros. El flamante Ferrari rojo modelo F355 Spider, de carrocería resplandeciente y forrado interior hecho a mano en cuero natural, parecía completamente nuevo hasta los neumáticos, como si se hubiera vestido de gala para la ocasión. El techo antes de tela firme convertible ahora era sólido, que lo hacían ahora parecer al de un F355 Challenger, una versión modificada para competición del clásico Spider.
Los policías que guardaban el paso lo dejaron continuar, pero mostraban la misma cara de sorpresa y admiración que los periodistas. Todas las cámaras siguieron al deportivo, como si estuvieran atento a cada lento giro de las ruedas nuevas de aros resplandecientes. El Ferrari rugía suavemente al aminorar la velocidad frente a la entrada, antes de doblar, como una leona acechando a su presa, de movimientos suaves, siempre agazapada, guardando un peligroso poder en su interior dispuesto a estallar al momento de pisar el acelerador. Dobló sin variar la velocidad con maestría, subiendo la ligera inclinación de la entrada a la sede, como si flotara al no mostrar el más mínimo esfuerzo. Todos querían descubrir quién venía en el deportivo, rompiendo la uniformidad del acostumbrado protocolo.
El Ferrari recorrió el corto tramo del patio delantero de la sede, giró en la zona pavimentada delante de un jardín de flores, justo ante la entrada del edificio principal donde esperaban los mozos y la guardia de honor. Los mozos que se inclinaron en una formal reverencia, repitiendo lo que sucedió con cada anterior invitado. Los soldados de la entrada se cuadraron con marcialidad esperando el momento para dar el saludo de rigor. La puerta del copiloto del Ferrari fue abierta por un asistente, que retrocedió haciendo una reverencia más pronunciada, muy nervioso, tomado por sorpresa.
Entonces del interior salió con gran seguridad el primer ministro de Japón, el señor Toshiki Kaifu. Era un hombre maduro de cabello negro bien arreglado y corto, sonrisa muy afable, aunque ligeramente nervioso.
La segunda sorpresa vino cuando el primer ministro en lugar de avanzar, alzó la mano haciendo un gesto para que el mozo retrocediera. Entonces personalmente el señor Kaifu giró alrededor del Ferrari llegando a la puerta del conductor, la abrió y con gran caballerosidad extendió su mano para ayudar a bajar a su acompañante.
El asesor encargado del evento se sorprendió, nadie le había informado de eso. El mozo lo miró intentando buscar indicaciones para saber qué hacer, pues se suponía que la esposa del señor Kaifu no vendría a la ceremonia por su delicado estado de salud, por lo que tendrían que preparar un lugar en cuestión de segundos.
La conductora del Ferrari, que no era la esposa del primer ministro, se deslizó girando recatadamente en el asiento, con las piernas juntas y cubiertas por un esplendoroso género. Apoyó los pequeños pies en el suelo fuera del vehículo y se enderezó agradeciendo la ayuda del señor Kaifu. La prensa en la entrada del edificio quiso retratar a la mujer lloviéndole las luces de los flashes, y algunos periodistas guardaron silencio, otros silbaron tímidamente y uno le dijo algo a su compañero, que este le respondió con complicidad dándole palmaditas en la espalda, mientras ambos se deshacían en miradas de admiración. Y todos compartieron una única pregunta: ¿quién era esa hermosa mujer?
Nodoka Saotome sonrió intentando mantenerse firme, a pesar de los nervios que le revolvían el estómago. Se sentía incómoda al ser el centro de tanto revuelo, y nunca había participado de un evento con personalidades tan importantes del mundo político. Deslumbraba a los presentes con un maravilloso kimono que acompañó con una pequeña cartera de fiesta que llevaba en la mano. Su maquillaje casi no era evidente, pero resaltaba el tono de sus labios y la profundidad inquietante de su mirada, que combinaba a la perfección con los tonos de la seda de su kimono. El cabello lo había recogido de manera distinta, más tradicional, en un moño adornado con una peineta de madera de la que colgaban algunos adornos florales y perlas.
—¡Oh, por kami, qué horror! —exclamó Nodoka, con voz clara, y se avergonzó como una tímida adolescente, como lo haría una maestra geiko en un calculado gesto que aumentó su encanto ante las cámaras—, quisiera que esto no le provoque muchos inconvenientes, señor Kaifu. No pretendía incomodarlo de esta manera con mi presencia.
—¿Incomodarme? —preguntó Toshiki Kaifu mientras extendía su brazo a Nodoka—. Los únicos problemas que tendré serán con los envidiosos del partido opositor, al verme al lado de tan hermosa mujer.
—Ay, ay, señor Kaifu, que luego tendrá muchos problemas con su esposa por mi culpa —Nodoka respondió con una tímida sonrisa.
Se colgó del brazo del primer ministro, llevándose la otra mano a la mejilla. Ante la fogosa mirada y orgullosa sonrisa de un rejuvenecido primer ministro, Nodoka giró el rostro con sus mejillas teñidas de carmín, realizando cada gesto con la mezcla de coquetería y recato de una dulce jovencita. Momento en que ella aprovechó en dar con la mirada un rápido rodeo por el jardín, ubicando las puertas de acceso y contando el total de los encargados de la seguridad.
El primer ministro la guió en persona hacia el interior, siempre de manera aprensiva, y se encargó de pasarle las llaves del Ferrari al mozo que todavía no salía de su sorpresa.
.
.
Continuará
.
.
Nota de autor:
Eh… Ah… Uh…
¿Dije que este sería el último capítulo?
Pues no he mentido, ¡abajo las espadas! Lo que sucede es que este capítulo, como ya habrán adivinado al leerlo hasta aquí, es muy largo y denso, así que gracias al consejo de mi bella y genial esposa Randuril, he decido cortarlo en pequeñas partes que, ¡no teman!, serán publicadas diariamente. Sí, cada día un fragmento de este último capítulo para no sobrecargarlos de información, y a la vez tengan tiempo de gozar de este y de las actualizaciones de El año de la felicidad. Además, los que nos conocen saben que con mi esposa somos muy unidos, también en nuestros proyectos, que pensamos y escribimos uno al lado del otro, todos los días, y también nos editamos mutuamente. Por ello será más divertido también para mí en lo personal, poder publicar por unos días junto a ella, traspasando en la experiencia de la publicación diaria la diversión que ya tenemos creando juntos. ¿Me perdonan este pequeño capricho romántico de autor?
Gracias a todos por leer mis humildes historias, tan aburridas, densas y complejas, me reconozco así, soy un poco ñoño de todos los contenidos que estudio para escribir. Si vieran cómo me hago un lío investigando un tema por horas o días, solo para algo que no pasa de un párrafo. Pero en fin, no me quejo, es lo divertido de esto, que uno siempre puede aprender un poco más al investigar, salen nuevas ideas e incluso historias que no se pensaban, aunque no tengan nada que ver con lo que uno está escribiendo en el momento.
También han demorado mis otras actualizaciones porque, si bien ya dije escribo diariamente, mucho tiempo me lleva la edición de una novela original y el planteamiento de la segunda, que ya comencé a apuntar en fragmentos. Ambas pretendo publicarlas digitalmente en lo posible dentro de poco. Por ello, tantas cosas, más la vida real, a veces no compatibilizan muy bien.
Lamento y me disculpo por ser un caótico animal que no para de meterse en todo a la vez, o de distraerse mirando una hoja moverse con la brisa.
Si consigo publicar a pesar de mi severa crisis para enfocarme en un solo tema, es gracias a Randuril, ya lo saben, para que le den el merecido mérito por sus enormes esfuerzos para intentar encausar mi desorden mental, aún teniendo tanto que hacer con su propio proyecto de publicaciones diarias.
Saludos y nos vemos mañana… ¿No es emocionante?... ¡Mañana!
Fufufufufu…
.
Noham Theonaus
.
