UNAS fornidas manos lo sacaron del agua, que parecía tener un sabor salado y amargo. No paraba de vomitar y sentía escalofríos por todo el cuerpo. Los estremecimientos le hubieran hecho caer de nuevo al agua si no hubiera sido por unas manos fuertes que le sostuvieron. Una pausada voz le ordenó que se tumbara, y él intentó decirles que era doctor y que necesitaba…, que necesitaba…
Aquel pensamiento le recorrió la mente, y se mezcló con la visualización de una enorme muralla de granito y con la imagen de una gran pérdida. Luego, todo se apagó en su mente, y quedó allí postrado, sumido en la más profunda oscuridad.
Edward sabía, a juzgar por el balanceo de la cama, que se hallaba en un barco. Volvió la cabeza débilmente. A su lado había una valiosa arca de mar, hecha de madera de paulonia que, con toda seguridad, flotaría si el barco se hundiera.
Sintió que más allá de la cama se producía un cierto revuelo. Se volvió, y vio a un hombre sentado que sostenía en las manos una tetera, de la que inmediatamente le ofreció un poco de su contenido.
—Descansa —le dijo con una sonrisa amable—. Lo peor ya ha pasado.
Edward se recostó sobre el suave almohadón y cerró los ojos. El té, algo amargo, lo reanimó y el vaivén y la oscilación del barco lo sumieron en un sueño apacible y reconfortante.
Al día siguiente, por la mañana, ya estaba de pie. Las heridas y contusiones que le había causado la enorme ola del río aún le dolían, pero él ya estaba acostumbrado a soportar el dolor. Todas sus pertenencias habían desaparecido.
Dio las gracias a su salvador. Eric era comerciante de té y volvía a Osaka, a su hogar, de un viaje de negocios que había realizado a Edo. Había puesto allí a un gestor de su confianza para que representara su empresa en aquel lugar.
Con el tiempo, a aquel administrador podrían irle bien las cosas e independizarse de él, aunque siempre mantendría la lealtad a su patrón.
Por alguna razón que Edward no acababa de comprender, Eric le había tomado cariño, después de rescatarlo de entre las aguas. Edward era una persona con una amplia cultura, como ha de tener todo médico, pero, además, era poseedor del contenido de otras ramas del conocimiento. Tenía, por otra parte, los músculos propios de un guerrero, y albergaba en él, escondido bajo su rostro, una ira y una desesperación que Eric no se podía ni imaginar, Edward deseaba comunicarle a Eric todos sus anhelos, pero lo quería hacer de una manera gradual, poco a poco. Dándose cuenta de ello, Eric evitó hacerle todo tipo de preguntas que resultaran demasiado incisivas. Tras la guerra de Osaka, eran muchos los hombres que deseaban ocultar su pasado. Incluso Eric, En especial Eric.
Entraron navegando por el puerto del río Yodo, cerca ya de Osaka, tres días después de que Edward hubiera sido rescatado del agua. Algo alejadas del río, hacia la derecha, se alzaban las ruinas del castillo de Osaka, una sombra de lo que antaño fuera un castillo de gran magnificencia y esplendor.
Edward y Eric estaban apoyados en la barandilla del barco. El doctor llevaba puesta una sencilla ropa de algodón, que Eric había extraído del baúl. Sin embargo, echaba a faltar sus pertenencias y, en especial, el sable.
—¿Qué harás ahora? —le preguntó Eric, que era un hombre de edad más avanzada que Edward.
—Volveré a ejercer de doctor y, en todo caso, no dejaré de buscar a mis amigos. Eric sonrió.
—Yo retomaré las riendas de mi negocio, como comerciante de té. Es un oficio interesante. Paso más tiempo al aire libre, degustando té, que en mi casa. Pero incluso el aroma del té me hace recordar la planta. ¿Eres devoto del culto al té?
—Solía preparar té…, pero de eso hace mucho tiempo. No me puedo considerar un devoto.
—Quisiera dedicarme más a fondo a ello —dijo el más viejo, emitiendo un suspiro nostálgico—. Pero el exceso de trabajo me lo impide.
—Tu empresa debe de ser muy importante —comentó Edward volviéndose a mirarlo.
Eric se echó a reír ante aquella observación.
—No, no es tan grande. Empecé hace sólo unos años. Antes de eso tenía otro negocio relacionado con el metal, Pero procedo de una familia que siente verdadera veneración por el té ya que es oriunda de Uji, y yo mismo conozco muy bien todo lo relacionado con esta planta. Mis dos hijos trabajan bien pero son demasiado jóvenes para conocer a fondo el negocio. En cualquier caso, son gente de ciudad y carecen del buen gusto y el discernimiento que tiene la gente del campo, como tú.
Edward comprendió en seguida lo que Eric le estaba proponiendo veladamente, mientras él se dedicaba a contemplar la bulliciosa ciudad de Osaka, Debía dirigirse hacia su casa, pero las dudas que abrigaba aún no habían encontrado respuesta adecuada. Y, aparte de eso, estaba el asunto de sus amigos. Había intentado no pensar en la suerte que habrían podido correr pero, quizás aquí, en Osaka, adonde ahora se dirigían, podría saber algo de ellos.
Hizo una reverencia a Eric.
—Me sentiría muy agradecido si me llevaras contigo, aunque sólo fuera un poco más, para poder ayudarte. Sin embargo, debo buscar a mis amigos. Supongo que lo comprendes —le dijo, con muy buenas maneras.
Eric inclinó la cabeza con una expresión comprensiva y le sonrió.
—Tengo algunos contactos por todo Tokaido y quizás podamos encontrar allí alguna pista.
Edward trabajó para Eric durante todo un mes, cuando recibió por fin noticias de sus amigos. Un día, Eric lo interrumpió mientras se dedicaba a examinar una serie de cajas de madera que estaban alineadas, una junto a otra, y que se utilizaban para transportar té a granel.
—Ha llegado a mis oídos alguna información que me han transmitido unos comerciantes que conozco, de Yoshida. Vieron por allí a dos mujeres, una iba vestida de monja y la otra era una peregrina, cuyas descripciones coinciden con las que me diste. No me dijeron más, pero imagino que tus amigos están bien.
Edward le mostró una sonrisa de agradecimiento y se levantó para estirar los brazos. Bajo la piel oscura resaltaban unos fornidos músculos. Era un hombre acostumbrado a llevar los hombros muy erguidos, no a inclinarlos ante los demás.
La relación que se había entablado entre aquellos dos hombres resultaba muy peculiar. Edward era mucho más que un simple doctor, podía leer y escribir chino clásico, algo de lo que Eric no era capaz y, por ello, Edward le ayudaba en la correspondencia con los mercaderes chinos de la ciudad. Sin embargo, no era precisamente un confidente del comerciante.
—Me gustaría que esta noche me acompañaras a una fiesta, —le dijo el mercader—. Tengo un asunto que tratar con unos comerciantes de té de origen chino y deseo comprarles para la próxima primavera una gran cantidad de té de hoja de dragón, de Chekiang. Precisamente esta noche nos disponemos a ultimar los detalles de la operación.
Edward se inclinó, mostrando asentimiento y se enfrascó de nuevo a su tarea. Se rio con ironía para sus adentros, puesto que la formación clásica que había recibido, y contra la que él tanto se había revelado, te resultaba por fin de alguna utilidad.
Aquella misma noche viajaron en unos palanquines hacia el barrio chino. La comida resultó exótica, los comerciantes chinos educados, remotos y vestidos de extraña manera. También había algunas mujeres.
Edward creía que todos los extranjeros eran similares y esperaba encontrar en ellos algo de Bella; aunque le había costado admitirlo, sabía que el color de la piel de la muchacha era realmente inusual.
Aquellos hombres vestían unos extraños atuendos y zapatillas de fieltro. Llevaban unos suaves gorros, lisos por dentro, de una moda —recordó Edward —que había sido muy común hacía un siglo. Las mujeres eran gráciles y delicadas, con el pelo recogido en unos bucles junto a las orejas. Tenían unos pies diminutos, los más pequeños que Edward hubiera visto en su vida. Les asomaban por debajo de los dobladillos con los que acababan sus largos vestidos.
Edward se esforzó por comprobar si la imagen de aquellos pies tan pequeños no sería más que una ilusión. Eric observó su mirada y le susurró en voz baja: —A nosotros nos llaman bárbaros pero, al menos, no mutilamos a nuestras mujeres por puro placer. Estas mujeres tienen así los pies desde que nacieron.
Edward se extrañó ante las peculiares costumbres de aquellos extranjeros. Por extraño que pareciera, aquellos pies minúsculos provocaban en las mujeres un balanceo delicado que resultaba enormemente atractivo.
La fiesta era cada vez más alegre y ruidosa, se explicaban anécdotas y sucesos divertidos, sobre todo en chino, por lo que Edward y Eric se quedaban sin entender muchas cosas.
Había unas muchachas que danzaban como los ángeles y dos de ellas fijaron su mirada en Edward. Una era una criatura alta, esbelta, con una piel delicada y unos ojos grandes. La otra era músico, y tocaba un laúd biva, al tiempo que cantaba con una voz melodiosa. Tenía una mueca en los labios, como si ella misma desaprobara lo que estaba haciendo.
—¿Por qué traerán consigo a sus propias mujeres? En Japón hay mujeres de sobra—le susurró a Eric.
Su amigo movió la cabeza.
—Ellos prefieren a sus mujeres. Después de todo, el físico de los cuerpos es similar en todas ellas. Pero son las diferencias culturales las que cuentan.
Edward, cuyo pulso se había acelerado ante los movimientos acompasados de aquella esbelta bailarina, recordó a Bella y no tuvo más remedio que admitir que su amigo tenía razón. También recordó que hacía ya más de un mes que no había disfrutado de ninguna mujer.
Uno de los comerciantes chinos captó su mirada. Era una nulidad de hombre, aunque había desempeñado la parte más activa en las negociaciones previas.
—Veo que te sientes atraído por nuestras florecitas. Están fuera de su hogar, con el ánimo un poco alicaído pero, aun así, conservan todo su encanto. Siento no tener nada mejor que ofrecerte. He observado que ponías tu mirada en la bailarina y en la mujer músico que la acompaña, más bajita y rellenita —le dijo con una sonrisa maliciosa.
—Me preguntaba sobre el tamaño de sus pies —respondió Edward, haciendo un acopio de sinceridad.
—Ah —respondió el otro en un japonés con fuerte acento—. Debo decir que los pies de tus compatriotas me parecen muy poco atractivos. Bueno, por fin podrás comparar ambos tipos de pie y luego, si quieres, ya discutiremos sobre sus diferencias y virtudes.
Ordenó a la bailarina que se acercara a él y, tras intercambiar unos breves susurros, la muchacha se inclinó ante Edward y se lo llevó de la habitación. Otros hombres también fueron desfilando por la puerta.
Lo dirigió hacia una pequeña estancia donde había una plataforma que les llegaba a la altura de la cintura y que daba a un pequeño jardín. Sobre aquella tarima había un único y ancho jergón, con el servicio de té al alcance de la mano.
La muchacha se volvió a inclinar ame él, que ya le metía la mano por dentro del vestido. Encontró una barrera que separaba su mano de aquellos pechos turgentes e, impaciente, le abrió el vestido. Un corsé bordado de color rojo le cubría desde los pechos hasta los muslos. Le sacó el vestido por los hombros y lo dejó caer al suelo. Luego dio un paso atrás mientras ella, con una actitud calmosa, contemplaba divertida su impetuosidad.
Tenía unas piernas blancas, de un color marfileño, y en los pies llevaba puestos unos calcetines también blancos y unas pequeñitas zapatillas de color rojo. Aquel morado corsé cubría el cuerpo y los pechos de la muchacha ante la vista de Edward. Tenía un cuello largo, pálido y blanquecino.
La joven se inclinó hacia adelante y le lamió amorosamente los sensuales labios, hundió ligeramente la punta de la lengua por entre ellos y la volvió a sacar.
Edward, impaciente, le palpó los lazos del corsé y le sacó las tetas de él. La muchacha opuso una momentánea resistencia, pero no pudo evitar que sus sabrosos y grandes pechos quedaran libres de su prisión.
Edward gemía, hambriento, mientras exprimía con los dedos aquella carne fresca y le acariciaba los pezones. Elia lo apartó con suavidad y se levantó el corsé para mostrarle su espléndida gruta, se lo sacó y lo dejó sobre una silla.
Edward se sentó, sin dejar de relamerse los labios, y de un salto se subió sobre los diminutos pies de la mujer, que movió las nalgas, grandes y exquisitas, con un movimiento ondulatorio digno de contemplar y apreciar.
Luego se inclinó para coger un pequeño taburete y Edward le pudo ver las alargadas piernas en toda su longitud, así como la prolongada raja de gruesos labios, y los apretados músculos que escondían el pequeño orificio de su culo. Ahora no tenía tanta prisa, se complacía en demorar su deseo y sabía que todo lo que veían sus ojos era sólo para él.
Ella levantó el taburete y lo llevó al otro extremo de la habitación. Los pechos, llenos y ampulosos, se balanceaban por el meneo de las caderas. Colocó el taburete delante de la silla de Edward y situó la pierna izquierda sobre él. Tenía un coño alargado y estrecho. Los labios internos sobresalían un poco de los externos y su pelambrera era muy fina, de vello negro.
Durante unos instantes le permitió que se recreara con la vista. Luego deslizó la mano y comenzó a acariciarse el bajo vientre. Parecía un ofidio serpenteando sobre la rama de un árbol, y sus movimientos sinuosos dejaron fascinado al médico. La yema del dedo corazón alcanzó la parte superior de la raja y se detuvo allí por un instante.
Edward respiró hondo, en espera del siguiente acto de aquel espectáculo. La mujer china deslizó el dedo a lo largo de la hendidura y lo dejó descansar sobre un muslo. El dedo brillaba a causa de la humedad que había encontrado en la cavidad del amor. Los labios se habían separado un poco para dejarlo entrar pero escondían tras ellos los rosados interiores de su sexo. Volvió a subir la mano, siguiendo el mismo camino, pero a la inversa. Esta vez unió el dedo anular y la hendidura se abrió lo suficiente como para mostrar una brillante y rosácea carne fresca, humedecida por las lágrimas del amor.
Detuvo esta vez las yemas de los dedos sobre el pequeño, casi invisible botón del clítoris. Parpadeó lenta y lánguidamente y volvió a bajar los dedos, uniendo el dedo índice a los demás. Los posó juntos sobre el centro de la larga rajita y los detuvo allí. Las puntas de los dedos quedaron escondidas por entre las dobleces de un sexo con forma de flor.
Separó con delicadeza los dedos índice y anular y retiró el dedo corazón, mostrando la totalidad de aquella gruta ante la mirada de Edward: la blanca piel externa, la negra pelambrera, la cavidad interior de suave color rosáceo. Aquella visión extasió a Edward, que sentía, entre las piernas, la dureza de su miembro, ardiente como un volcán en erupción.
La mujer china lo miraba con los ojos entornados. Levantó el pie, pequeño y dorado, que mantenía aún sobre el taburete, apoyándose sólo con la pierna derecha, y lo colocó delicadamente sobre el bulto del médico, por encima de la ropa. Lo presionó con suavidad mientras Edward se frotaba contra él. Luego se inclinó hacia adelante, dejando el coño a sólo unos centímetros de los ojos del médico, que se abstuvo de tocarlo, al tiempo que alzaba la mirada y la posaba sobre el rostro de la joven, quien hizo un tiesto de aprobación ante el dominio que aquel hombre demostraba tener sobre sí mismo.
Jugueteaba ahora suavemente con el pie sobre el miembro de Edward. De su cara no se desprendía ningún signo de emoción y el doctor no se dio cuenta de que se sentía desilusionada porque no le acariciaba el pie, sino que se limitaba a oprimirlo contra sus partes.
En ese momento, él se hallaba en un estado tal de excitación que ya era irreversible. Con la mano que tenía libre, la mujer le acarició por encima de la ropa. Le quitó los pantalones y le aflojó los nudos de los calzones. De manera involuntaria Edward, al alzar las manos, le acarició suavemente la superficie interior de los pechos, que colgaban sobre la cara del médico como una tentadora fruta dotada de una punta rosada.
Su pene erecto saltó por encima de la ropa como una lanza, quedando al descubierto. Ella se dio la vuelta, todavía apoyada sobre un solo pie, y colocó el otro sobre el suelo, mostrándole el trasero. Tenía la mano izquierda apoyada sobre el taburete, mientras la derecha sostenía abierta su parte más íntima, mostrándole al médico un sabroso trasero, con un pequeño y prieto ojete del culo, escondido y atrayente.
Por debajo de éste se desplegaba la jugosa rajita, bañada en la dulce miel que Edward tanto deseaba degustar. Se impulsó hada atrás, hasta que los abiertos labios acariciaron la punta del glande.
Luego dijo algo en chino y la muchacha que tocaba el laúd, completamente desnuda, entró en la habitación. Sus labios eran más abultados y prominentes, y Edward observó que era una joven más baja y regordeta que contrastaba con la delicada bailarina. La chica del laúd se aproximó a la pareja y se apoyó en los hombros de la bailarina, que se estaba introduciendo el miembro de Edward en su interior.
El viaje interno por aquella gruta parecía no tener fin en el tiempo. Edward intentaba reprimir la violencia de las arremetidas. La punta de su verga erecta separaba los labios de aquel estrecho conducto y se deslizaba por el interior de la fogosa gruta. La superficie de su mástil parecía asida por una mano cálida, suave y acolchada.
Por fin se unieron ambas pelambreras. La bailarina apoyaba todo el peso del cuerpo sobre las rodillas y una de las manos. Con la otra acariciaba con suavidad el escroto de Edward y sus propios labios. Volvió la cabeza atrás y lo miró, le sonrió y alcanzó el clímax, relajando todos los músculos del cuerpo excepto los del sexo, que ceñía con fuerza. La otra muchacha contemplaba a Edward, llena de ansiedad.
De manera instintiva Edward tomó conciencia de lo que se esperaba de él y, levantándose del asiento, la embistió con una feroz arremetida. No necesitó muchos movimientos antes de correrse. En realidad, sólo tuvo que penetrarla tres veces, mientras la muchacha más bajita contenía la violencia de las arremetidas sosteniendo a la otra por los hombros.
Después de aquella explosión de furia, su esperma, contenido en los testículos, salió como un manantial por el pequeño orificio del glande. Los chorros de semen salían de manera intermitente, mientras sus temblorosas piernas apenas podían sostener el peso de su cuerpo. Le clavaba las uñas en los muslos y el trasero y finalmente dejó caer todo el peso del cuerpo sobre la espalda de la muchacha al tiempo que los últimos espasmos iban cesando.
Intentó levantarse pesadamente en el débil estado en que se encontraba, mientras las dos mujeres chinas, inmóviles, contemplaban su recuperación. Se tiró hacia atrás, con la verga todavía erecta y, con un movimiento de los hombros, dejó caer su atuendo y sus holgados calzones al suelo. Las muchachas lo miraban con aprobación. La que tocaba el laúd se arrodilló ante él y deslizó los labios alrededor de la punta goteante de la verga, adelantando la cabeza hasta que toda la longitud del tallo desapareció dentro de su boca y garganta. Con suavidad, para no herir aquel miembro tan sensible, le succionó el mástil y luego retiró la boca tragándose el licor que aún desprendía.
—Yo, Almendro en Flor —dijo en su rudimentario japonés—. Ella, Niña Sauce.
Tú ahora no tan lleno. Nosotras hacerlo bien.
Le quitó el rojo corsé a Sauce y se deshizo de sus propias ropas. Ahora las dos estaban desnudas de los tobillos hasta el cabello pero no se habían quitado las prendas que les recubrían los pies ni los ornamentos que llevaban en el pelo.
Mirándolas con indolencia. Edward se preguntó si aquellas peinetas tendrían afiladas puntas de acero, que las bailarinas locales llevaban como medida de protección.
Las dos muchachas permanecieron de pie la una junto a la otra durante unos momentos. Almendro en Flor, en contraste con Niña Sauce, era más baja y rellenita. Tenía unos pechos grandes y aplanados, con pezones más oscuros. Su pelambrera era más abundante y las caderas más ampulosas que las de la otra. Los abultados labios de su boca hacían juego con los de la vagina, eran carnosos y prominentes, y a Edward le recordaron los de Bella, a excepción de su clítoris, que era mucho más pequeño y estaba escondido por entre aquellos labios.
Sauce se tumbó sobre el jergón y separó las piernas, levantando después las rodillas hasta la altura de los pechos. Almendro se estiró sobre aquel atrayente cuerpo y frotó sus pechos primero suavemente y luego con más brío contra los de Sauce. Los pezones de ambas muchachas bailaban y se acariciaban entre sí. Sauce alzó un poco la cabeza y Almendro la besó con un profundo y apasionado beso. Luego, con suavidad, se dejó caer sobre su amiga, uniendo ambos labios vaginales. Las dos pelambreras se unieron en un beso acalorado mientras Edward se reclinaba sobre el taburete para poder disfrutar mejor con aquella escena.
Como dos peces dorados besándose en el agua, sus dos grutas se unieron en un abrazo simétrico. Los labios internos de Sauce, que eran más alargados, quedaron oprimidos por el peso de su amiga. Se revolcaron en un movimiento hábil y resbaladizo provocado por la agitación de sus caderas.
Edward estiró la mano hacia adelante y la introdujo por entre aquellos labios. Sus dedos quedaron rodeados por todos lados por la suave y resbaladiza carne de las mujeres. Sauce le sonrió aprobadoramente ante aquella aproximación sabia y delicada. Edward retiró los dedos y acercó la cara para oler aquel musgo. Los sexos de las muchachas tenían olores diferentes, lo sabía, pero la diferencia de aquellos perfumes era tan sutil que él no sabía cuál era la fragancia que correspondía a cada chochito.
Retiró la cabeza y contempló las contorsiones de las dos figuras de alabastro. Almendro se volvió y con la mano, que había tenido apoyada sobre un hombro de Sauce, asió su miembro erecto y lo atrajo dulcemente hacia ella. Colocó el grueso glande del mástil entre los cuatro labios de los coños unidos.
Él se preguntó cuál sería el siguiente movimiento y vio como aquellos cuerpos unidos seguían meneándose uno encima del otro. Los labios escurridizos transmitieron pequeños temblores a su endurecida verga.
—Ahora —dispuso Almendro en Flor.
El las embistió con fuerza y su verga se escurrió por entre los resbaladizos labios de las muchachas. Fue una sensación que no había experimentado nunca anteriormente. Los labios eran suaves, aunque no tanto como el orificio de un coño. La áspera pelambrera le arañaba toda la longitud de su palpitante miembro, frotándole la piel, restregándose con la espuma que surgía por entre los pliegues de las mujeres.
Sauce y Almendro en Flor siguieron presionándose sus partes, aprisionando entre ellas aquella ansiosa verga. Con las manos recorrió libremente los dos cuerpos, percibiendo la diferencia entre los musculosos músculos de Sauce y los más suaves y redondeados de Almendro en Flor.
Les arañó los costados, primero con dulzura, luego con frenesí, al tiempo que oía los suaves murmullos de las muchachas, aunque no sabía ni le preocupaba si eran palabras cariñosas que se decían entre ellas o si, por el contrario, se las dedicaban a él. Los tonos agudos y graves de la lengua en la que hablaban se acompasaron al ritmo de los tres cuerpos y alentaron el vigor de los movimientos.
Más pronto de lo que él esperaba, su mástil empezó a palpitar en lo que era un principio de orgasmo. Le pareció que se estaba hinchando, como si fuera a estallar. Almendro en Flor no dejaba de agarrarlo por la base de su miembro viril y sentía como seguía endureciéndosele el mástil, como se le tensaban los músculos del cuerpo, y con el dedo pulgar le presionó la raíz de la verga, produciéndole un exquisito dolor que le hizo gemir con intensidad. Cedió a la urgencia que sentía de descargar sus licores entre aquellos dos cuerpos y, enfadado, estuvo a punto de golpear el gran trasero que tenía delante. La china lo miró a la cara.
—Caballero, no acabar y gastar tan pronto. Ahora parar.
Edward retrocedió, expectante, y las dos mujeres se separaron. Entonces. Sauce se levantó y se abrazó a él, cogiéndole la mano y conduciéndola hacia su empapada raja; luego atrajo a Almendro en Flor hacia sí y repitió con ella el mismo movimiento. Se dio la vuelta e hizo sentar a Edward en el borde de la cama mientras apoyaba la cabeza en su hombro para que pudiera vera Almendro.
La regordeta virtuosa del laúd se inclinó hacia adelante y cogió el pequeño taburete, que colocó ante sí. Se puso de espaldas a Edward, apoyó los brazos sobre el taburete, y condujo el miembro viril del médico hacia su hendidura, con un movimiento rápido.
Edward comprobó que el interior de aquella cavidad era más suave que el de Sauce. Sus ampulosas nalgas no se le clavaban en los muslos como lo habían hecho las de la muchacha más delgada. Sauce levantó la pierna y la puso sobre la espalda de su compañera como si estuviera montando a caballo, sin dejar de abrazar a Edward y arañarle suavemente la espalda y el cuello, mientras lo besaba con pasión.
Apoyada sobre el taburete, Almendro en Flor levantaba y bajaba su rollizo trasero, mientras Sauce le besaba el cuello y le mordisqueaba los hombros. Le metió la lengua en la boca y él respondió, chupándosela con los labios. Edward sentía en la verga el frenético masaje que le aplicaba Almendro en Flor, que se meneaba cada vez que sentía la áspera pelambrera que le cubría la raíz de su tallo, rozarle el delicado trasero.
Edward tema las manos libres. Los pechos de Sauce le cayeron tentadoramente sobre las manos y él los estrujó viciosamente, como solía hacer con los de Bella. La china se agitó a modo de protesta mientras los besos que le daba perdían la intensidad y delicadeza que le había prodigado previamente, Edward dejó de presionarlos y los acarició, para luego oprimirlos con suavidad y la muchacha volvió a aplicarse en sus besos y caricias.
El médico deslizó una mano por los finos músculos de la espalda de Sauce y recorrió con ella toda su columna vertebral, hasta su base. Le separó los globos del trasero y le acarició el apretado ojete del culo. Volvió su atención hacia Almendro en Flor, cuyo sexo cabalgaba sobre él, dándole tanto placer. Deseaba embestirla, pero el abrazo que le prodigaba Sauce no lo permitía.
Colocó la mano por la parte inferior de las nalgas de aquel abultado trasero.
Almendro en Flor se volvió a mirarlo por encima del hombro.
—Arañar la estrella de mar —le dijo.
Agobiado por la presión de los labios de Sauce, le preguntó con un gemido: —¿Qué?
—¡Arañar la estrella de mar! —repitió Almendro, cogiéndole la mano y llevándose uno de sus dedos a los apretados músculos de su ano.
Edward lo entendió en seguida y le acercó el índice al acogedor ojete del culo, haciéndola suspirar de placer. El constreñido anillo se abrió reacio y Edward insertó el dedo hasta lo más hondo de aquel apretado orificio. Metió la otra mano por el trasero de Sauce y le toqueteó la entrada posterior.
Ella le mordía cariñosa y jugueteaba con su oreja. Edward embistió a Almendro en Flor, que gemía de placer. Introdujo y extrajo con fuerza los dedos en los agujeros de las dos mujeres, que no dejaban de suspirar y emitir gemidos de lujuria.
El ritmo de los movimientos se fue incrementando y Almendro se meneaba acompasadamente sobre él. De repente, se puso tensa y sintió un estremecimiento en el trasero que le recorrió todo el cuerpo. No paraba de gemir de manera incoherente y su gruta inundó la verga de Edward al alcanzar el clímax.
Sauce, al sentir el orgasmo de su amiga, se desplazó hacia atrás buscando un mayor contacto con el dedo. Edward desplegó la mano y con los demás dedos jugueteó por toda la raja del jugoso sexo, haciendo que se solazara y tensara los músculos del cuerpo.
Ella le metía la lengua en la oreja como si fuera una perforadora y, cuando alcanzó el clímax, le mordió, provocándole una sensación dolorosa.
Edward creyó que iba a explotar y siguió arremetiéndola con todas sus fuerzas mientras la mano de Sauce serpenteaba por la raíz de su lujurioso pene y lo exprimía con fuerza. El médico sintió un zumbido en los oídos y convulsiones por el cuerpo debidas al repentino esfuerzo. Creía que aún podía aguantar más y se preguntaba por cuánto tiempo.
Las mujeres no dudaban de su habilidad y acabaron por separarse. Edward tomó asiento y Sauce se acurrucó ante él, con la pierna izquierda entre sus muslos, separándolos. En un prodigio de flexibilidad presionó el vientre y los pechos contra su costado. Colocó las mejillas sobre su muslo derecho y comenzó a lamerle toda la longitud del sedoso tallo, con movimientos delicados que devolvieron la vida a su verga.
Edward le miraba su negro cabello, al tiempo que a Sauce se le movían los bucles del pelo que le caía sobre las orejas, debido a los movimientos de la cabeza.
Luego, Almendro en Flor cruzó en silencio la habitación y desapareció por detrás de un biombo. Edward contempló absorto la delicadeza con que se desplazaba, mientras Sauce ponía toda su atención en la pelambrera de su saco y temblaba ante las sensaciones que experimentaba. Era como comerse un pez martillo venenoso, un placer exquisito aunque no exento de cierto peligro.
Almendro reapareció con una bandeja sobre la que había una flauta y le dio a probar a Edward frutas dulces y nueces de un sabor extraño, jengibre, dátiles, manzanas y un vino muy fuerte de color amarillo. El médico le llenó una copa y ella lo bebió con gusto. Luego le ofreció una copa a Sauce, que cesó en las atenciones que le prodigaba a la verga y se dedicó a beber a sorbitos el vino, mientras Almendro se tragaba en su delicada boca el glande de su miembro. Aún tenía en la boca algo de aquel licor, lo que provocó en Edward una ardiente sensación mientras le chupaba el miembro.
Sauce se apartó un poco del médico, que se tumbó en el suelo. Las mujeres chinas colocaron unos cojines sobre el lecho y una de ellas se sentó, de cara a Edward, apoyando la espalda, erguida, contra el almohadón. Alzó a un tiempo y sin esfuerzo alguno ambas piernas, terminadas en unos pequeños piececitos cubiertos por unos calcetines de color rojo, mostrando una vista encantadora.
Por entre las extendidas piernas asomaba una rajita alargada y estrecha, un conducto largo y carnoso apenas recubierto por los negros pelillos de la pelambrera.
Almendro le tiró de su erguido miembro viril, guiándolo hacia la ansiosa gruta de Sauce, que estaba tan apretada como la de una virgen. Su glande apenas podía abrirse paso por entre las piernas de la bailarina, que ella mantenía alzadas sin esfuerzo aparente, al tiempo que le sonreía.
Edward la cogió por las caderas y, con una embestida feroz, le insertó el miembro hasta lo más hondo que pudo, aunque la penetración no fue completa puesto que Almendro en Flor te agarró el miembro con la mano, que apretó a su alrededor.
La rellenita muchacha lo sacó lentamente hasta que apenas rozaba con la punta la cavidad del amor de Sauce y luego se lo restregó por toda la pelambrera. Ocasionalmente se detenía a la entrada de aquella apretada rajita y ante el apenas visible clítoris, y Sauce gimoteaba, llena de excitación.
Almendro en Flor colocó el miembro en la antesala de la cueva y lo insertó en el viscoso conducto. Después, se lo volvió a sacar, mientras el rostro de Sauce se contorsionaba de placer y le temblaban los turgentes pechos, sin relajar la tensión de las piernas, que seguía apretando con fuerza.
Almendro en Flor lo volvió a sacar de dentro, repitiendo el movimiento anterior, y las pausas entre cada penetración fueron haciéndose cada vez más breves. Sauce mantenía ahora los ojos cerrados y tenía la cara bañada en sudor, temblando frenética y desconsoladamente.
Por fin, mientras arremetía contra la renovada resistencia que oponía Sauce, Almendro en Flor retiró la mano y, sin otra resistencia que la que oponía Sauce con los muslos, apretados y tensos, Edward le insertó toda la longitud del miembro a la muchacha que estaba reclinada sobre el cojín, al tiempo que Almendro se abrazaba a él y su pringosa gruta iba dejando un hilo de jugos sobre sus muslos.
Edward sintió el interior de la gruta de Sauce al agitarse dentro de ella. La mujer emitió un grito en un tono muy agudo al tiempo que se corría, agitando las piernas al aire como una salvaje y entrelazándolas alrededor del cuello de Edward, hasta que por fin las dejó caer al sentir un espasmo tras otro recorriéndole todo el cuerpo. Gemía ahora con una voz más grave y abría los ojos, con una mirada perdida en el vacío.
Edward se esforzó por unirse a su clímax, meneándose con fuerza en su interior. Almendro se apretaba contra él buscando un mayor contacto, provocando que casi se saliera del cuerpo de la bailarina. Almendro le exprimió el pene con una mano mientras le hundía la otra en un punto determinado de la raíz del miembro, apaciguando sus urgencias.
Pero esta vez sentía un apetito feroz y se hubiera dado la vuelta para golpear a aquella china gordita, aunque pudo reprimir a tiempo sus impulsos. Ella se inclinó apresuradamente sobre el miembro viril y acarició con los labios el hinchado instrumento. Lo sacó del interior de Sauce, que ahora tenía las piernas estiradas, con los pies sobre los hombros de Almendro en Flor. Esta lamía la inundada gruta de su amiga y desplazaba los jugos hacia el pequeño agujerito situado más abajo.
Alzó de nuevo la cabeza y colocó el húmedo prepucio de Edward ante la entrada posterior de la bailarina. Sin dejar de sostener la verga le rodeó el cuerpo con los brazos y sus rollizos pechos se apretaron contra su espalda al tiempo que la pelambrera de su entrepierna le cepillaba el trasero. Le dejó el miembro viril y coloró las palmas de las manos sobre los globos del trasero de su amiga. El pequeño y marrón agujerito en forma de estrella de mar se mostraba dispuesto para el asalto. La bailarina miró a Edward suplicante.
El médico insertó suavemente el voluminoso glande en el ávido orificio, y los aceites que le había aplicado Almendro facilitaron su entrada, provocando en Sauce contorsiones de dolor que se fundían con sus lujuriosos sentimientos de deseo ante aquella penetración.
La punta del glande se deslizó por entre los ceñidos músculos, haciéndola gemir. Se hundió en ella de forma gradual para darle tiempo a que se acomodara. La rigidez de aquel miembro le resultó casi dolorosa, y Edward sabía que esta vez nadie podría detenerlo.
La china se estremeció y emitió un agudo suspiro cuando los pelillos del hombre le cosquillearon las nalgas. Él se retiró un poco y comenzó a menearse con movimientos breves, que hacían suspirar de satisfacción a la mujer. Edward no dejaba de juguetear con el chochito expuesto, hundiendo los dedos en la rajita y deslizando el pulgar a lo largo de los labios vaginales, al tiempo que le acariciaba el pequeño y nacarado clítoris.
Sus arremetidas adquirían cada vez mayor violencia y hacían que la mujer se contorsionara de placer mientras él jugueteaba con sus turgentes pechos, aplastados por el peso de sus piernas, y te metía un dedo en la boca, que ella mordisqueaba amorosamente. Cuando condujo nuevamente la mano hacia su apretado sexo descubrió que los dedos de Almendro ya estaban jugueteando con los labios de aquella flor.
Sauce se aproximaba al clímax; se mordía los labios y sus ojos volvían a adquirir una mirada vidriosa. Esta vez no hubo nadie que detuviera a Edward, que habría sido capaz de matar a quien te impidiera el vertido de su esperma. Se meneó frenéticamente dentro de la muchacha, que gimoteaba implorante mientras la virtuosa del laúd le relamía y besaba la espalda.
La china se corrió al instante. Esta vez no se dejó llevar por los sentidos y puso en acción unos músculos que no había utilizado hasta entonces. Contrajo el ano con fuerza, estrujando aquel instrumento que tanto placer le daba. Edward sintió como si le hubieran cortado el pene y explotó emitiendo un torrente intermitente de chorros de licor, que le hizo sentir al mismo tiempo un dolor y un placer que nunca antes había experimentado.
Su verga, que parecía haberse segregado del resto de su agonizante cuerpo, disparó su entrecortada carga en el interior al mismo tiempo que él se desmoronaba sobre aquel cuerpo divino.
Se quedó tumbado sobre la cama, exhausto, y las dos muchachas le limpiaron delicadamente la verga y el escroto con unas toallas cálidas y perfumadas. Una vez se hubo recuperado, le acariciaron con una inocencia celestial el musculoso cuerpo. Con sus experimentados dedos le dieron un masaje en sus agotados músculos, evitando tocarle el miembro viril.
Luego saborearon una comida ligera a base de fideos y anguilas asadas. Las mujeres chinas acercaron el taburete junto a la cama y Almendro en Flor se sentó en él con las piernas separadas, reclinándose sobre los cojines mientras tocaba con la flauta melodías tradicionales.
Sauce descorrió las cortinas de papel que cubrían la ventana, dejando ver un pequeño jardín de crisantemos dorados, cuyas flores recordaron a Edward los amigos que había perdido, suspirando ante aquel recuerdo. Almendro, al darse cuenta del cambio que se había producido en su estado de ánimo, interpretó unas melodías populares más tristes. Edward estudió aquel rollizo sexo con gran aprecio, acariciándole las piernas de vez en cuando.
Sauce estaba de pie detrás de él y le daba un masaje en los hombros. Ahora le oprimía los turgentes pechos contra la espalda y los erectos pezones se clavaron en su piel como si fueran unos dedos pequeños e incisivos. Deslizó la mano sobre su vientre y jugueteó con el vello de su pelambrera.
La verga de Edward comenzó a responder de nuevo, desplegándose sobre el muslo al tiempo que Sauce hundía los dedos en la abierta rajita de Almendro en Flor y untaba a Edward con aquellas secreciones. Volvía a tener el miembro completamente empalmado.
La bailarina le apremió para que penetrara a su amiga, sujetándolo y conduciéndole el miembro hacia la anhelante gruta de Almendro. Esta vez no necesitó que ninguna mano le controlara el instrumento. Le hizo el amor suavemente, conteniéndose para no correrse.
Mientras tanto, Almendro en Flor seguía tocando la flauta con una melodía más rápida y agitada a medida que se aproximaba al clímax. La manera como tocaba el instrumento la hizo sumirse en un delirio de pasión mientras alcanzaba el orgasmo y su cuerpo se estremecía a medida que la música se iba muriendo en un largo suspiro tembloroso.
Sauce había estado besando y toqueteando el trasero de Edward, con las manos ocupadas en sostener y acariciarle el saco, y hundiendo ocasionalmente los dedos en la empapada gruta de su compañera, que seguía tocando. Tan pronto como Almendro se hubo corrido, palmoteo con fuerza sus manos contra las nalgas de Edward, haciéndole perder los estribos.
La penetró con una embestida potente. Almendro en Flor lanzó un grito y la flauta se le cayó de los labios. Edward se separó un poco de ella y le clavó las uñas en el mullido trasero mientras Almendro en Flor entrelazaba tas piernas por detrás de la espalda del médico, asiéndolo con fuerza e hincándole las afiladas uñas en el costado. Él metió la verga con toda su furia en aquella raja empapada, a punto ya de expulsar sus licores. Presionó con fuerza las caderas contra la rendida superficie de sus rollizos muslos mientras Sauce le golpeaba las nalgas para estimularlo aún más.
Edward se corrió a voz en grito, retorciendo el cuerpo de un lado para otro, como un pez que ha mordido el anzuelo. Almendro, que no dejaba de gemir, se corrió al mismo tiempo que él, con el rostro crispado y los labios descompuestos.
Edward estaba ahora tumbado sobre el suave y aterciopelado cuerpo de la mujer china. Sauce dijo algo en chino y las dos mujeres empujaron a Edward sobre la cama, dejándolo postrado de espaldas. Sauce se esparrancó sobre su cara, situando el coño encima de su boca, ante lo que el médico sacó una lengua endurecida y anhelante, provocando un estremecimiento en la jovencita.
La miel le resbalaba por los muslos e, inclinándose hacia adelante, se tragó aquella verga, fláccida y humedecida, que desapareció por completo en aquel ávido orificio. Se le endureció un poco y ella retiró la cabeza hasta que le rodeó con los labios el rosado prepucio. Almendro en Flor besó a Sauce por toda la cara, deteniéndose en los ojos y luego succionó aquella vara que se iba empalmando.
Chasqueaba la lengua sobre la superficie venosa como si con ella estuviera repiqueteando un tambor, en una melodía de percusión.
La recuperación de Edward fue casi instantánea. Inmediatamente, empezó a chupetear la sabrosa gruta de la bailarina, que gemía de alegría.
—Ella querer más fuerte, más fuerte —dijo Almendro, que volvió inmediatamente a lo que tenía entre manos.
Edward le hincó ahora la lengua en el ávido sexo, que le gratificó con un torrente de jugos. Palpaba con creciente deseo todo el cuerpo de la mujer cuando Almendro en Flor se estiró junto a él, para recibir, ella también, las caricias de las manos ardientes en su humedecida cavidad, impregnada de sabrosos líquidos.
La erección de Edward volvió a ser completa y Almendro se colocó sobre él y se introdujo la verga, empalándose en ella. Seguidamente se agitó con gran vigor, levantando y bajando el cuerpo, que se tragaba toda la longitud del mástil. Edward la embestía cada vez que la mujer dejaba caer todo el peso de su cuerpo sobre él.
Mientras tanto, Sauce no dejaba de restregar el sexo sobre la boca del médico, con tal pasión que éste creyó que se iba a quedar sin aliento. De repente, Almendro se desmoronó sobre aquella endurecida vara, contrayendo las caderas al llegar al orgasmo, mientras él se impulsaba con furia hacia arriba.
Las dos mujeres intercambiaron sus posiciones y Edward relamía ahora la untuosa fuente de Almendro en Flor, cuyos pelillos le cosquilleaban en la boca y la barbilla; le pellizcó la piel, tersa y sedosa. Sauce la empujó hasta que su amiga quedó arqueada hacia atrás con los pechos anchos y aplanados e inclinó la cabeza para besar simultáneamente los labios de Edward y la gruta de Almendro en Flor.
Las actividades de su lengua en el clítoris de Almendro y la penetración de la misma en la boca de Edward hizo que su cuerpo sufriera convulsiones, que acompasó a los movimientos de su amiga. El médico introdujo el dedo de una mano hasta lo más hondo de su inquieto ano, mientras que con la otra pellizcaba a Almendro en Flor en los pezones.
Los tres se corrieron al mismo tiempo y Edward, casi asfixiado, apartó de un empujón a la mujer rolliza que tenía sobre la cara. Finalmente, Sauce se salió de aquella verga exhausta.
Lo último que vio Edward antes de caer dormido fue el rostro apacible de Sauce, que le acariciaba con toda suavidad el ya fláccido miembro.
