El resto del día las actividades fueron retomadas con normalidad, pero cuando el sol inició su descenso, también comenzaron los preparativos de una fogata para todos, a la que nos unimos.

Los faunos danzaban alrededor del fuego siguiendo el compás de la música que tocaban algunos enanos, las dríadas los acompañaban y también Susan y Lucy reían en medio de ellos. El señor Castor se dedicaba a comer con entusiasmo junto a su esposa quien a juzgar por sus ademanes lo estaba regañando, aunque estos acabaron cuando el Castor la llevó a bailar. Incluso Edmund se veía a gusto, más cómodo entre las criaturas al ver que lo aceptaban, conversando animadamente con un leopardo.

Los narnianos eran tan vivaces que casi era contagioso, casi, puesto que yo aún me encontraba pensando en Peter, que, a pesar de haberse reunido con nosotros, no me había dirigido ni una palabra, era doloroso verlo ignorarme con tanto ahínco. Entonces me fui poco antes de que acabara la cena, luego de no haber comido más que unas uvas y queso ;que aunque eran sabrosos; me costó mucho tragar.

Vagué entre las tiendas sin querer llegar pronto a la mía, mientras el sol se escondía poco a poco. A pesar de la aceptación de Lucy, Susan y Edmund, no me abandonaba el hueco en mi pecho y sentía frío, la persona más importante para mí se negaba a escucharme.

Llegué al borde del bosque y me senté junto a un árbol, recargada contra su tronco y abrazándome a mí misma en un intento de mantener el calor, aunque sabía que no funcionaría puesto que el clima no era el origen de mi estado.

Vi que la luz de la fogata se apagó y consideré que era el momento adecuado para volver.

No dejaba de pensar en Peter, me aterraba la sola idea de perder a mi mejor amigo y todo porque no tuve la confianza para decirle. Curiosamente mis pensamientos me guiaron por un camino distinto al planeado inicialmente y terminé frente a la tienda perteneciente a la persona que había tomado control de mi mente, estaba a punto de irme a la mía cuando recordé cual había sido mi resolución, estaba yendo en contra de mi palabra y si quería resolver las cosas tenía que hacer algo al respecto, así que, olvidando la vergüenza y el miedo, tomé la tela que cubría la entrada, la hice a un lado y me adentré, sin importarme siquiera que también fuera la tienda de Edmund.

Ahí me encontré con un Ed acostado en una hamaca, profundamente dormido y del lado opuesto vi a Peter, sentado en otra y con mirada atónita. Con paso lento avancé hasta quedar frente a él, mis piernas temblaban; claro que lo harían; era una locura pensar que solo iba a plantarme frente a él y volveríamos a ser amigos. Aquello era distinto a cualquiera de nuestros anteriores desacuerdos o discusiones, siempre eran eso, pero confiábamos en el otro, en esta ocasión el conflicto se debía precisamente a una falta de confianza, una falta mía y no estaba segura de poder enmendarlo.

- Peter... - lo llamé y él desvió la vista. Tomé aire y lo volví a intentar - Peter, por favor, ¿podrías escucharme? - supliqué controlando mi voz.

- ¿Escuchar qué? Si mal no recuerdo, antes no tenías interés alguno en decirme absolutamente nada - respondió con amargura aún sin voltearme a ver y sentí una espinita clavarse en mi pecho.

- Por favor, lo lamento mucho, sé que no te dije nada, pero necesito explicarte – mi voz apenas y salió, pero al menos logré que ésta no temblara.

- ¿Por qué no lo hablaste conmigo? Me pediste que confiara en ti y lo hice, pero, ¿tú no pudiste confiar en mí? - alzó la mirada, entonces deseé que no lo hubiera hecho, puesto que sus ojos me hicieron mucho más daño del que sus palabras habían conseguido, su mandíbula estaba tensa y esperaba una respuesta.

- Por...porque...yo, que porque - divagué tratando de organizar mis pensamientos - porque tenía miedo - suspiré - temía que se decepcionaran de mí.

- Pero, ¿cómo se te ocurrió eso? – ahora, más que ofendido parecía herido.

- La cosa es esa – me senté a un lado suyo, rogando a todo lo que podía, que él no se levantara y se fuera. Afortunadamente no lo hizo – tenía miedo de que esperaran demasiado, yo no soy como ustedes, me esfuerzo, pero no estoy destinada a algo grande, lo sé. Me aterraba que tuvieran esperanzas en mi capacidad para ayudarles y que al final, cuando fallara se dieran cuenta de no soy más que una pobre inútil - terminé de hablar, mi voz saliendo estrangulada y muy apenas pude explicar. Una mano se posó en mi hombro robando mi atención.

- ¿Una inútil? No pienses tan poco de ti, Lena, nos has ayudado, mucho más de lo que te imaginas - su voz era suave y me veía con cautela - tú fuiste la primera en creerle a Lucy, sin pruebas y aún después de la postura que tomé contra ti. Ayudaste a Ed cuando lo molestaban, lo se, escuché a unos sujetos hablar sobre alguien de cabello rojo que le plantó cara a una idiota que molestaba a alguien menor, no me tomó mucho tiempo hacer la suma. Susan dormía mejor las noches que le prestabas tus manuscritos - sentí sus dedos deslizarse por mi cabello - y contigo yo podía hablar de todo lo que pasaba en casa y escuchabas, siempre notas cuando estoy mal y sabes que decir – me forzó a encararlo y mi corazón se aceleró cuando mis ojos encontraron los suyos a poca distancia de los míos – eres determinada y cuando te mueves motivas a otros a hacer lo mismo.

Su brazo en mi hombro reforzó su agarre atrapándome en un abrazo de lado, descansé mi cara en su hombro y mis manos conectaron con su torso, manteniéndome ahí mientras él solo me dejó estar, pequeñas lagrimas rodaban por mis mejillas hasta mojar la tela que cubría su hombro. Era una tonta, ellos no me dejarían, son tan nobles, los cuatro, y Aslan lo sabía, por eso me había aconsejado contarles, les importaba igual que ellos a mí y no esperaban nada.

Sentí algo de frío de mi lado izquierdo, casi no le di importancia y de no haber sido por otras dos cosas probablemente habría continuado durmiendo aferrada a la calidez durante un poco más de tiempo, pero como dije, las cosas no fueron así. Primero algo suave pero que seguramente no era mi cabello ni se sentía como el simple viento, rozó mi brazo y algo a mi lado se removió con violencia. De golpe me enderecé, me encontré en un lugar que, si bien se parecía, definitivamente no era mi tienda a juzgar por el hecho de que además de aquella en la que me encontraba, solo había otra cama, escuché metal y vi a Peter con su espada en mano apuntando hacia la entrada, donde había un ser que yo fallé en notar.

Una figura femenina, constituida completamente por pétalos entre rosados y lilas, se encontraba frente a nosotros, lo que sería su rostro mostraba una mueca de aflicción, me dirigió una mirada condescendiente logrando hacer arder mis mejillas al recordar mi situación, pero en un segundo su atención volvió a centrarse en los chicos.

- No teman príncipes, miladi, sus hermanas me envían con una triste noticia – nos volteamos a ver por un instante antes de volver a atender a la mujer – Aslan ha muerto, sacrificado en la mesa de piedra por la Bruja Blanca – mi respiración se cortó. Había dicho Aslan, pero eso era imposible, ella le tenía miedo, eso se podía ver a leguas, además, aún si ella no le temiera, un ataque al campamento se habría escuchado, más el hecho de que él era fuerte, se trataba de el verdadero Rey de reyes, era absurdo pensar que la bruja pudiera matarlo.

- ¿Cómo? - preguntó Peter, probablemente tan en negación como yo.

- Fue su decisión - Edmund llegó a mi mente y finalmente todo cuadró, volteé a verlo y lo encontré bajando la mirada, se había dado cuenta y se culpaba.

- Mis príncipes, no hay tiempo, la bruja se acerca y planea atacar con sus tropas hoy, deben apresurarse - afirmó en tono grave.

- ¿Podrías avisar a Oreius? - pidió Peter y ella salió a cumplir con su pedido.

No pasó mucho antes de que los tres estuviéramos de pie y fuéramos a la tienda de Aslan, donde Oreius nos encontró junto a la mesa con el mapa donde estaban marcadas las posiciones del ejército. Peter entró y los tres esperamos a que saliera para confirmarlo.

El sol apenas se terminaba de alzar y en el campamento ya se escuchaba en movimiento, probablemente alguien había escuchado algo y la noticia había corrido por todo el campamento como pólvora y de vez en cuando se escuchaban tímidos sollozos que se mezclaban entre el ajetreado sonido del metal siendo transportado de lado a lado. Poco después, cuando Peter aun no salía, se nos unió Glenwood, a quien el general envió a dar la orden de preparar todo cuanto antes para la batalla próxima.

Peter salió con la cabeza gacha, pasos pesados y hombros caídos, un estado que se comparaba al que tenía el día que vimos a nuestros padres partir.

- Es cierto, murió - confirmó la terrible noticia terminando de llegar a la mesa, donde recargó sus manos. Nos dolía, pero dadas las circunstancias, no era momento para llorarlo, claro, él lo merecía, pero estaba segura de que no estaría de acuerdo en que nosotros nos lamentáramos cuando el destino de su gente estaba en juego, no era lo más adecuado, pero si lo que correspondía. Ya luego de la batalla y acabado el peligro sería nuestro momento para estar de luto.

- Tendrás que ser el líder - aseguró Ed mirándolo con seriedad y ganando la atención de su hermano cuyos ojos eran un torbellino de pena y dudas – Peter, hay todo un ejército, que está listo para seguirte - declaró el pelinegro con seguridad, esperando lo que decidiría su hermano.

- No puedo hacerlo – sus ojos estaban cristalizados y su pecho subía y bajaba con velocidad. Con nerviosismo, extendí mi mano hasta acariciar la suya, apenas un roce de mis yemas con su dorso.

- Aslan confiaba en ti - respondió Edmund, su voz ganando firmeza - y yo también - agregó dando una ojeada al mayor. Eso fue suficiente para que Peter volteara a verlo, esta vez más seguro.

- El ejército de la bruja se acerca, señor, ¿que ordena? - preguntó Oreius con expresión estoica, listo para ejecutar cualquier orden que el rubio diera. Éste volvió a centrar su atención en el mapa frente a él, sus ojos viajando por los puntos señalados con banderas rojas con la figura del león dorado.

- Si me lo permites, creo que podemos coordinar el orden de ataque para retrasar el avance y disminuir sus números - hablé soltando su mano, luego de estar viendo el mapa por un rato.

- ¿Te importaría explicar? - pidió Peter volteándome a ver.

- Me refiero a repartir las tropas según divisiones y estilos de combate, por ejemplo, que aquellos especializados en largo alcance sean los primeros en atacar para debilitar las fuerzas enemigas y que la caballería dé el golpe final, si la fuerza opositora se debilita, el esfuerzo por nuestra parte será menor y por consiguiente el desgaste de las tropas también lo será - elaboré creyendo firmemente en mi idea y esperando que ellos entendieran el razonamiento detrás de éste.

- No es mala idea - concedió Oreius y me sentí feliz de poder contribuir, aunque fuese con solo una idea.

- Se me ocurre... ¿qué hacen en casa? - preguntó Ed alzando la vista y encontrándose con Pete y conmigo, mi mejor amigo lo vio arqueando una ceja – quiero decir, ¿por qué nos enviaron lejos? - volvió a preguntar, sus ojos viajando de Peter hacia mí y viceversa.

- Los bombardeos - respondió Peter entendiendo a lo que quería llegar el más joven.

- Los grifos podrían cargar grandes rocas, volar con ellas sobre el ejército de la bruja y dejarlas caer encima de ellos - explicó Edmund al ver que yo seguía sin comprender como era que eso entraba en la situación que teníamos en manos.

- Por supuesto, y al ser una táctica de nuestro mundo tendremos la ventaja del elemento sorpresa - reflexioné al ver el punto al que buscaban llegar.

- Exacto, podría ganarnos campo y disminuir sus números - acotó Peter con una sonrisa de satisfacción, mirando a Edmund que sonreía orgulloso de su plan.

- Después de eso, hay otra cosa que puede funcionar - tomé aire - he pensado mucho sobre lo que puedo hacer - interrumpí, viendo mi brazalete – podría avanzar antes y atacar, golpearlos con lo que tengo, para debilitarlos - suspiré alzando la mirada para encontrarme con ellos.

- ¿Estás loca? - me preguntó Peter con los ojos como platos.

- No, lo he pensado mucho desde que Bran y yo lo descubrimos, desde atrás, es un riesgo para aquellos que se encuentren frente a mí, aún no estoy segura de poder manejarlo a la perfección y no quiero arriesgar a nadie - expliqué, había llegado a eso luego del entrenamiento con Bran el día anterior.

- No puedes pensar que te dejaremos ir sola al frente - rebatió él con seriedad.

- Ellos tienen magia, no crean que no la usaran - refuté yo, segura de que la bruja también participaría en la batalla y no desperdiciaría la oportunidad de utilizar sus poderes en nuestra contra, quería aplastarnos y para ello haría uso de todo su arsenal sin excepciones.

- Aun así, es demasiado peligroso - sentenció Edmund mirándome casi tan serio como su hermano – debe haber otra forma.

- Si no soy yo será alguien más, por lo menos yo cuento con magia, y si puede ser de ayuda, quiero hacerlo - razoné.

- No lo permitiré - fue la rotunda respuesta de Peter, sin embargo, yo no estaba dispuesta a ceder.

- Aprecio lo que tratan de hacer, pero Papá Noel me dio esto por algo y creo que también Aslan lo sabía - me había costado mucho llegar a ese punto en el que sabía que me correspondía hacer, cual era mi lugar ahí - además, solo voy a detenerlos un poco, ojalá y también pueda disminuir sus fuerzas, luego, junto con ustedes planeo luchar a espada, digo, para eso he entrenado tanto junto a ustedes - había tomado una decisión, mi camino era ayudar tanto como pudiera a mis amigos, además de que me había encariñado con estas criaturas que amablemente me habían recibido y si lo que se necesitaba para hacerlo, era arriesgar mi vida, con gusto lo haría.

Terminaron por aceptar, aunque no muy convencidos, claro que después de que prometería ser juiciosa y no tomar riesgos innecesarios.

Se acordó el orden de formación y las señales que se darían para llevar a cabo lo planeado, Ed fue mandado a quedarse junto a los arqueros y grifos por lo alto, siendo él quien había tenido la idea, aunque sabía que el mantenerlo alejado del frente era el principal motivo para esa posición en la mente de Peter; siempre el hermano mayor.

Oreius corrió la voz y fue a preparar a las tropas para la movilización y que conocieran el plan en su totalidad mientras Peter, Edmund y yo nos fuimos a nuestras respectivas tiendas a vestirnos adecuadamente para la batalla que se avecinaba a pasos agigantados.

Un peto de metal era lo que protegía el frente y los costados de mi tronco, adornado en la parte media superior por un delicado grabado de la cara de un león y no pude evitar sonreír con tristeza al verlo. No le fallaríamos, eso era un hecho, honraríamos su memoria. El me dijo que buscara mi camino y lo había encontrado, no me retractaría, si él había confiado en mi, yo le debía por lo menos intentar cumplirlo hasta mi último aliento.

Además del peto, una gola de malla cubría desde el inicio de mi cuello hasta llegar poco más abajo de donde el peto se le sobreponía. Las hombreras eran de metal simulando la formación de escamas y unas mangas de malla conectadas a la gola me llegaban hasta los codos, permitiendo el uso de mi brazalete sin problemas, mientras que mi antebrazo derecho tenía un brazal de piel, ligero, que no estorbaba en la movilidad de mi brazo y en mi muñeca izquierda una larga tira de pergamino estaba enrollada, lista para que yo pudiera escribir y arrancarla; espero que rápidamente; para ejecutar lo que hasta el momento había probado en un ambiente que distaba demasiado del calor de la guerra.

Mis piernas estaban cubiertas por un pantalón de tela gruesa con aplicaciones de piel, para protegerme, pero sin aumentar el peso de mi armadura; lo cual podría significar una desventaja durante la lucha de no ser por esa solución cortesía de Glen; y mis botas eran lo que enfundaba mis pies. Mi espada; como era de esperarse; estaba firmemente sujeta a mi cintura. Y mi cabello estaba atado en una coleta alta como precaución para que éste no bloqueara mi campo visual.

Estaba tan lista como jamás llegaría a estarlo, salí de la carpa, me reuní con Cypress para pedir su ayuda para mi misión y con suerte, el resto de la batalla. Grata fue mi sorpresa cuando apenas terminé de plantearle la descabellada idea, él aceptó de inmediato, sin un solo rastro de duda en su voz, en realidad, sonaba más seguro sobre eso que yo misma.

Una vez listo ese asunto, no quedó más que unirnos a los demás para abandonar nuestro campamento en función de marchar al campo de batalla a la mitad de la distancia entre los campamentos de los dos ejércitos.