¡YAHOI! Ya, sí, llevo mucho sin actualizar esta historia. Pero anduve centrada en otras cosas, algunas nada que ver con ff, así que espero sepais disculparme.
En compensación os he traído un capítulo muy revelador, a mi parecer. Así que disfrutadlo ¿vale?
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
Weakness
La noche era más o menos cálida, con el cielo estrellado iluminando la quietud del bosque, cuyo silencio tan solo era roto por el murmullo ocasional de algún arroyo o riachuelo. La luna brillaba en su fase cuarto menguante, plateada y sin nubes que mancharan su perfecta forma inclinada y curvada.
Kagome salió de la cabaña donde Miroku, Sango, Shippō y Kirara dormían, el botecito con los fragmentos de la Joya de las Cuatro Almas brillando sobre su pecho, encima de la ropa, sujeto a su pálido cuello mediante un cordón casero que ella misma había encontrado y pasado por el corchó que le hacía de tapón.
Jugueteó con el objeto de vidrio mientras caminaba hasta donde InuYasha se encontraba, sentado frente a las aguas termales que habían encontrado casi de casualidad mientras viajaban. Estaba anocheciendo y la cabaña abandonada que había enfrente de aquel pequeño paraíso les pareció perfecta para descansar y pasar la noche.
Se dejó caer al lado del medio demonio, sin decir una palabra, tan solo acompañándolo mientras sus ojos dorados, fijos en el cielo plagado de lucecitas blancas que eran las estrellas, no se movían de su posición. Tan solo una leve sacudida de sus peludas orejitas caninas fue lo que le dio a entender a Kagome que él había advertido su presencia, probablemente desde que había empezado a caminar fuera de la cabaña.
En lo que a ella respectaba era como si el hanyō tuviera un detector, un sexto sentido que lo alertaba de cualquier movimiento que ella hiciera, por pequeño o sutil que este fuera. Y aquello hacía a Kagome querer sonreír de felicidad al tiempo que las mariposas bailaban en su estómago, porque era una señal de que ella le importaba, de que, de alguna manera, InuYasha sí la quería, aunque ninguna lo hubiera expresado exactamente con palabras era como si existiera un entendimiento tácito entre ellos, sin necesidad de poner los sentimientos y las emociones en palabras que bien podría llevárselas el viento.
Las acciones eran mucho más elocuentes que esas palabras. Y en el caso de InuYasha, él sabía muy bien cómo hacer para que se sintiera protegido, querida, especial e importante. Era uno de sus pocos talentos, fuera de luchar y de exterminar demonios.
Se abrazó las rodillas con los brazos, pensativa, sentándose muy cerca de él, queriendo sentir su calor y su compañía lo más posible que él le permitiera.
―Hace frío. ―Kagome sonrió ante su tono de disgusto, contrariado.
―Estoy bien―dijo ella.
―Deberías dormir. Estás cansada. ―Había sido una afirmación rotunda, casi una orden, y las sonrisa en los labios femeninos se amplió.
―Ya te he dicho que estoy bien. Eres tú el que me preocupas… ―se atrevió a expresar sus pensamientos en voz alta, temiendo que él no se pusiera a la defensiva ni se apartara de ella, rogando para que eso no pasara.
Lo conocía y sabía que, cuando intentaba pisar terreno más íntimo y personal, InuYasha tendía a cambiar de tema o a salir corriendo, lo que mejor le conviniera en ese momento.
Convuto la respiración mientras veía sus hombros y sus brazos tensarse, probablemente sus manos convertidas en puños dentro de las anchas y largas mangas de su hakama. Pero pudo relajarse cuando lo vio respirar hondo, destensando los músculos lentamente en el proceso.
―Yo estoy bien. ―Kagome se mordisqueó el labio inferior durante unos segundos, la pregunta que realmente quería hacerle bailando en su mente y quemando en su lengua, clamando por salir de sus labios. Tuvo que respirar hondo y aclararse la garganta, tratando inútilmente las ganas de saciar su creciente curiosidad.
Al final no pudo soportarlo más y, haciendo acopio de un valor que estaba muy, pero que muy lejos de sentir en estos precisos momentos, tomó aire y soltó la pregunta, esperando que, por una vez, el medio demonio terco y parco en palabras bajara la guardia con ella y se sincerase. Porque era vital para ella que le contestara a lo que iba a preguntarle.
―¿Te arrepientes?―La pregunta así como el sonido de su voz quedó flotando entre ellos durante un par de minutos que a Kagome se le hicieron eternos. InuYasha no hizo amago de haberla escuchado, aunque la sacerdotisa del futuro sabía que eso era imposible, puesto que su sentido del oído superaba con mucho al de los seres humanos. Probablemente había oído su pregunta, pero tal vez estaba tratando de buscar la manera de evadirla. Y ese pensamiento la entristeció.
De reojo, InuYasha vio como el semblante de la chica se ensombrecía por momentos, con sus preciosos ojos marrones fijos en las aguas termales que había ante ellos.
La examinó detenidamente durante varios minutos, detallando desde los traviesos rizos de su cabello azabache hasta las puntas de sus pies, enfundados en unos tabi y en unas sandalias tradicionales, hechas de juncos trenzados entre sí.
Todavía se le hacía difícil verla así vestida, con los ropajes típicos de sacerdotisa, como si ella siempre hubiera pertenecido al Sengoku y no al futuro, de donde realmente venía. Se le hacía extraño, acostumbrado como estaba a que ella vistiera ese traje tan raro y tan poco práctico con el que solía vestir en su época.
Alguno podría pensar que era porque se parcia demasiado a Kikyō y eso le traía malos recuerdos, pero nada más lejos de la realidad. Le encantaba que Kagome llevara esas ropas, porque era como la confirmación definitiva de que ella realmente había decidido quedarse en el pasado, con ellos, con él. Pero al mismo tiempo la envolvía un halo de irrealidad, porque ninguno se habituaba todavía a que ella llevara ese traje tan típico en la era feudal pero tan poco habitual en el año del que provenía Kagome.
Clavó de nuevo la vista en el cielo, fijándose sobre todo en la luna, fiel compañera silenciosa que siempre lo había acompañado y escuchado, aun a pesar de estar lejos, en lo alto del cielo.
―¿De qué?―contestó al fin él, con otra pregunta. Kagome suspiró, apoyando la cabeza sobre sus rodillas y ladeándola en su dirección, sus ojos castaños brillando cuando lo miraron.
―De haber venido con nosotros… de estar aquí, conmigo… ―Lo último lo dijo en un murmullo casi inaudible, pero InuYasha la oyó perfectamente. Respiró hondo, soltando el aire lentamente y casi clavándose las garras en las palmas cuando apretó los puños, escondidos bajo la tela de su hakama.
Niña estúpida. ¿Acaso todavía tenía dudas sobre él… sobre ellos? Bueno, no es como si hubieran hablado o como si hubieran formalizado su relación, pero… ¿es que no estaba claro? ¿No había quedado patente lo que sentía, lo que quería?
Luego una pequeña sonrisa tiró de sus labios, haciendo que un travieso colmillos se asomara por la comisura de los mismos.
Esta era Kagome, se dijo. Y Kagome era insegura, tímida y siempre le daba tropecientas mil vueltas a las cosas, buscándole siempre los tres pies al gato.
―No. ―Soltó al fin, girando su cabeza para mirarla fijamente. Kagome elevó su rostro, sus orbes marrones como el chocolate ligeramente abiertos ante la seguridad que emanaba el tono de voz masculino―. No querría estar en ningún otro sitio. ―Unas pequeñas lágrimas se asomaron a los ojos femeninos y Kagome se apresuró a limpiárselas con sus manos, temblando ligeramente de emoción.
Sintió entonces una tela suave caer sobre su espalda, cubriendo sus hombros y parte de sus brazos. Sonriendo, se arrebujó en la misma y se dejó caer contra el cuerpo masculino.
―Gracias. ―InuYasha no dijo nada, limitándose exclusivamente a pasarle un brazo por los hombros y apretarla contra él, siempre vigilando que no hubiera nadie que los estuviera espiando. Se moriría si alguien los viera en una posición tan vergonzosa.
Pero habiéndose cerciorado de que nadie los miraba, se permitió abrazarla aún más contra su costado, pegándola a su cuerpo lo más posible y bajando la cabeza para hundir la nariz en su espesa melena azabache, sonriendo cuando su aroma natural lo envolvió. Un rizo le hizo cosquillas en la nariz y sonrió, aspirando hondamente de nuevo, llenándose del olor de Kagome, relajándolo y permitiéndose sentirla, durante unos segundos.
Kagome tampoco se movió, sorprendida, avergonzada, pero tremendamente feliz por ese contacto que decía a la vez tanto y tan poco. Sonriendo como una niña, se acurrucó contra él, arrugando la tela de su kosode entre sus manos y apoyando la cabeza sobre su pecho, aferrándose a ese medio demonio que tanta felicidad y desdicha le había traído.
Estaba segura de que esto era un pequeño comienzo para ellos.
Algo estaba creciendo, algo que ya había comenzado a gestarse tiempo, mucho tiempo atrás, pero que hasta ahora ambos se permitían dejarlo salir.
Porque esta vez los dos tenían la seguridad de que saldrían adelante.
Juntos.
En un castillo casi en ruinas, otro medio demonio cuyo corazón solo podía albergar odio y arrogancia, veía con desdén en un espejo que sostenía uno de sus siervos la tierna escena entre la pareja que conformaban medio demonio y humana.
Un gruñido de desprecio y contrariedad salió de sus labios.
―Vete. ―La niña de ojos y cabellos blancos obedeció, bajando el espejo y saliendo a pasos lentos y cortos de la sala en la que su amo se encontraba.
Una risa cavernosa rompió el silencio y el actual dueño del castillo bufó con irritación.
―Vieja estafadora. Me mentiste. ―La misma voz cavernosa se oyó, rompiendo el silencio de la noche y del silencioso castillo.
―No te mentí, solo te mostré una de las posibilidades que albergaba el futuro. Ya te dije que este es cambiante, no inamovible, depende de las volubles decisiones de los seres vivos, Naraku. ―El aludido se giró, clavando sus ojos rojos en la figura de una mujer de huesos nudosos y encorvada, cuyas arrugas la hacían parecer un pergamino grande varias veces plegado y posteriormente desdoblado.
―Pues muéstrame de nuevo, y esta vez asegúrate de que lo que sea favorable para mí se cumpla, bruja. ―La anciana mujer rio de nuevo, con ese sonido cavernoso que provocó una mueca de repugnancia en el medio demonio malvado.
―No depende de mí, sino de ti y de todos a los que está unido tu destino. Pero recuerda: hay sentimientos que son más poderosos que cualquier decisión. Incluso más poderosos que el odio y el rencor. ―Naraku rodó los ojos.
―Los seres humanos son fácilmente manipulables, me encargaré de que no sea así. ―La bruja se limitó a sonreír, elevando su mano donde una esfera de luz apareció, agrandándose hasta envolverlos y empezar a deslizarse imágenes ante su vista, imágenes que mostraban los posibles futuros de ahí en adelante.
La retorcida mujer sonrió mientras cada una de las posibilidades se deslizaba ante ellos, mirando para aquel medio demonio que se creía la mar de listo, creyendo que era él el que movía los hilos del destino, pero sabiendo que nada más lejos de la realidad.
El destino podía ser manipulado sí, aparcado e incluso retrasado, pero nunca cambiado.
Y eso era algo que, aún a pesar de los milenios transcurridos, los seres vivos, ya fueran humanos, demonios o medio demonios, no acababan de comprender.
Por eso las brujas habían sobrevivido tanto tiempo. Por los deseos egoístas de aquellos que se creían con el derecho y el poder de cambiar su porvenir, ya fuera este bueno o malo, lleno de alegrías o de tristezas.
Y a ella le divertía enormemente ver como sus rostros se retorcían de sufrimiento e incredulidad cuando el final que tanto habían intentado evitar finalmente los alcanzaba.
Fin Weakness
Ay, qué bien que me ha quedado este capítulo. Sé que está mal que yo lo diga, pero es de los que más me gustan hasta el momento. Estaba la mar de inspirada mientras lo escribía, mis manos volaban sobre el teclado casi sin esfuerzo mientras las palabras llegaban a mi mente. Sé que suena muy poético y muy ñoño, pero fue así, de verdad, os lo juro.
¿Me dejáis un review para que la inspiración siga alimentando mi imaginación? Porque, ya sabéis:
Un review equivale a una sonrisa.
¡Muchísimas gracias por sus comentarios a: Forever MK NH, Jessica taishon y Guest! ¡De verdad, muchísimas gracias!
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
