¡Hola! Tenía pensado subir el capítulo este domingo, pero no me he podido aguantar las ganas de subirlo xD. ¡Pregunta! Suponiendo que cuando termine el fic me de por continuarlo en el quinto año de Hogwarts, ¿os gustaría leerlo?
Como siempre espero que os guste el capítulo y para cualquier cosa podéis dejarme un comentario.
CAPÍTULO 14: LA PRIMICIA DE RITA SKEETER
Itachi hizo el camino hacia la cabaña de Hagrid junto a sus compañeros de Casa. Seguían odiándolo por traicionarlos a cambio de la sangre sucia, el traidor a la sangre y Potter-cara-rajada, pero habían aprendido a dejarlo tranquilo al darse cuenta de que le importaba muy poco lo que hicieran o dijeran.
Cuando llegaron guardaron silencio más rápido de lo normal, extrañados y contentos a partes iguales de que no fuera el guardabosques el que estaba esperándolos sentado en las escaleras del porche. En su lugar se encontraba una anciana de pelo gris muy corto y barbilla prominente.
—Daos prisa —les gritó al verlos acercarse a través de la nieve—, vamos, ya hace cinco minutos que sonó la campana.
—¿Quién es usted? —le preguntó Harry, a unos metros por delante de ellos—. ¿Dónde está Hagrid?
—Soy la profesora Grubbly-Plank —dijo con entusiasmo—, la sustituta temporal de vuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
—¿Dónde está Hagrid? —repitió Harry.
—Está indispuesto —respondió lacónicamente la mujer. Inmediatamente después Draco se echó a reír.
—Por aquí, por favor —les dijo ésta, y se encaminó a grandes pasos hacia el potrero en que tiritaban los enormes caballos de Beauxbatons.
—¿Qué le pasa a Hagrid? —preguntó Harry, apresurándose para poder alcanzar a la profesora Grubbly-Plank.
—No te importa —respondió ella, como si pensara que él trataba de molestar.
—Sí me importa —replicó Harry acalorado—. ¿Qué le pasa?
Pero la profesora no le hizo caso. Condujo a los alumnos hacia un árbol que se alzaba en el lindero del bosque. Atado a él había un unicornio grande y muy bello. La mayoría de las chicas soltaron exclamaciones y empezaron a susurrar entre ellas.
El unicornio era de un blanco tan brillante que a su lado la nieve parecía gris. Piafaba nervioso con sus cascos dorados, alzando la cabeza rematada en un largo cuerno.
—¡Los chicos que se echen atrás!—exclamó con voz potente la profesora Grubbly-Plank, apartándolos con un brazo que le pegó a Harry en el pecho—. Los unicornios prefieren el toque femenino. Que las chicas pasen delante y se acerquen con cuidado. Vamos, despacio...
Ella y las chicas se acercaron poco a poco al unicornio, dejando a los chicos junto a la valla del potrero, observando.
En cuanto la profesora se alejó lo suficiente para no oírlos, Harry se dirigió a Ron.
—¿Qué crees que le pasa? ¿No habrá sido un escreg...?
—No, nadie lo ha atacado, Potter, si es lo que piensas —intervino Malfoy con voz suave—. No: lo que pasa es que le da vergüenza que vean su fea carota.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry.
Malfoy metió la mano en un bolsillo de la túnica y sacó una página de periódico.
—Aquí tienes —dijo—. No sabes cómo lamento tener que enseñártelo, Potter.
Sonreía de satisfacción mientras Harry cogía la página, la desplegaba y la leía. Ron, Seamus, Dean y Neville miraban por encima de su hombro. Itachi se quedó a menos de un metro, no le hacía falta leerlo. Draco lo había leído muy feliz esa misma mañana, subido a una silla en la sala común de Slytherin. Con cada día que pasaba los chicos de Gryffindor le caían un poco mejor y tenía más ganas de darle un buen golpe a Draco. Cuando Harry terminó de leer alzó los ojos del periódico y miró a Ron.
—¿Cómo se ha enterado? —susurró éste.
Pero no era eso lo que preocupaba a Harry.
—¿Qué quieres decir con eso de «todos odiamos a Hagrid»? —le espetó a Malfoy—. ¿Qué son todas estas mentiras acerca de que a ése —y señaló a Crabbe— le dio un terrible mordisco un gusarajo? ¡Ni siquiera tienen dientes!
Crabbe se reía por lo bajo, muy satisfecho de sí mismo. Se volvió a poner serio cuando vio la mirada de Itachi. Todavía sentía que de vez en cuando le dolía el brazo por todos y cada uno de los sitios que el japonés se lo había fracturado.
—Bien, creo que esto debería poner fin a la carrera docente de ese zoquete —declaró Malfoy con ojos brillantes, que no se había dado cuenta de Crabbe estaba retrocediendo—. Un semigigante... ¡Y pensar que yo suponía que se había tragado una botella de crece huesos cuando era joven! A los padres esto no les va a hacer ninguna gracia: ahora todos tendrán miedo de que se coma a sus hijos.
Ron gritó algo e hizo amago de ir a lanzarse sobre Malfoy. Itachi lo retuvo a tiempo.
—¡Mald...!
—¿Estáis atendiendo, por ahí? —la voz de la profesora Grubbly-Plank llegó hasta ellos; las chicas se arracimaban en torno al unicornio, acariciándolo.
Itachi notó que a Harry le temblaban las manos mientras sujetaba el periódico y se volvía hacia el unicornio.
Suspiró mientras soltaba el hombro del pelirrojo. ¿Algún día sería capaz de aprender lo que era el autocontrol?
Cuando entraron al Gran Comedor Ron seguía frotándose el hombro. Itachi era más bajo y mucho más delgado que él, ¿de dónde sacaba toda esa fuerza?
Itachi se despidió de ellos para sentarse en la mesa de Slytherin. Vio que Goyle estaba en la otra punta recogiendo un plato de algo y aprovechó para sentarse entre Crabbe y Draco. Ninguno de los dos parecía demasiado alegre de tenerlo allí, justo al contrario del principio de curso. Dejó la mochila junto a la capa a su espalda. Entre la multitud de gente, las chimeneas y las velas del techo aquel era el único lugar del colegio en que podía hacer calor en esas fechas.
Se arremangó, dejando ver los dos centímetros inferiores del tatuaje que llevaba en el brazo izquierdo y empezó a llenarse el plato.
Cuando Goyle volvió se sentó junto a Crabbe, causando que tuvieran que apretarse un poco más en el banco.
Se notaba a distancia que Crabbe no estaba muy contento.
—¿Qué es eso? —preguntó Draco de mal humor, golpeándole con el mango del tenedor en la fina línea negra que comenzaba unos centímetros sobre el codo.
—¿Cómo se ha enterado Rita Skeeter de que el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas es un semigigante? —dijo Itachi de vuelta, envolviendo el tenedor en unos cuantos espaguetis.
—Se lo hemos dicho nosotros, ¿qué es eso? —insistió, volviendo a golpearle el brazo con el tenedor, esta vez con el otro extremo.
—¿Y lo habéis hecho porque...?
—Porque Hagrid no nos gusta como profesor y los padres tienen derecho a saber quién cuida de sus hijos —contestó Pansy, sentada enfrente de Goyle—. ¿Por qué no contestas a Draco de una vez?
—Es un tatuaje —respondió tranquilamente—. No creo que sea tan difícil de adivinar, mucho menos para unos sangre limpia como vosotros.
Draco se puso rojo y volvió a su comida. Algún día Itachi le pagaría todas esas humillaciones que les hacía.
Pasaron los días con Hagrid desaparecido y Draco seguía riéndose y regodeándose de gusto cada vez que Harry andaba cerca, especialmente cuando había algún profesor cerca, para que este no pudiera tomar represalias. Goyle y el resto de sus amigos le reían las bromas mientras que Crabbe se mantenía callado cada vez más seguido.
El sábado Itachi acompañó a los tres amigos y atravesaron el campo frío y húmedo en dirección a la verja. Al pasar junto al lago vieron el barco de Durmstrang anclado en el centro. En la borda se encontraba Krum en bañador, quien estiró los brazos y se tiró de púa al agua.
Harry miró las ondas que había creado a unos metros del barco, sorprendido y con la boca abierta.
—¡Está loco! ¡Es enero, debe de estar helado!
Mejor que no les contara que él llevaba haciendo lo mismo desde que llegó, pero no precisamente desde el barco.
—Hace mucho más frío en el lugar del que viene —comentó Hermione—. Supongo que para él está tibia.
—Sí, pero además está el calamar gigante —señaló Ron. No parecía preocupado, más bien esperanzado.
Hermione notó el tono de su voz, y le puso mala cara.
—Es realmente majo, ¿sabéis? —dijo ella—. No es lo que uno podría pensar de alguien de Durmstrang. Me ha dicho que esto le gusta mucho más.
Itachi conversaba tranquilamente con Hermione mientras paseaban por la calle principal de Hogsmade. Ron y Harry andaban junto a ellos, atentos por si veían a Hagrid por algún lado.
Hermione se quejaba de Harry, quién todavía no había encontrado la respuesta al enigma del huevo. Itachi pensó en decirle que él sí sabía de que trataba la tercera prueba y que Krum también y por eso se dedicaba a darse chapuzones en pleno enero, con el agua a varios grados bajo cero. Luego recordó que ya lo había hecho con la primera y que sería demasiado sospechoso repetirlo, sobre todo ahora que no podía poner a Draco y su padre como excusa a su exceso de información.
Harry propuso visitar Las Tres Escobas después de asegurarse de que Hagrid no estaba en ninguna tienda. Itachi le refrescó la memoria: tenían el paso al local prohibido. En ese justo momento empezó a arrepentirse de no haberse quedado en Hogwarts escuchando los horribles gemidos de ese trasto dorado.
Se pararon frente a la puerta, discutiendo a donde ir a continuación. Un rato más tarde Rita Skeeter pasó por su lado acompañada de su fotógrafo. Hablaba emocionada sobre Ludo Bagman y los duendes que iban siguiéndole. Antes de que pudieran entrar en Las Tres Escobas Harry se les acercó y les cortó en seco.
—¿Qué, tratando de arruinar la vida de alguien más? —preguntó Harry en voz muy alta, causando que varios transeúntes se detuvieran a escuchar.
Rita se giró y al ver quien hablaba abrió mucho los ojos, escudados tras las gafas con incrustaciones.
—¡Harry!—dijo sonriendo—. ¡Qué divino! ¿Por qué no entras y te sientas con nos...?
—No me acercaría a usted ni con una escoba de diez metros —contestó Harry, furioso—. ¿Por qué le ha hecho eso a Hagrid? ¿Y qué más da que sea un semigigante? ¡Él no tiene nada de malo!
Un corrillo de gente se había formado alrededor de ellos y los clientes de Las Tres Escobas se asomaron por la puerta y las ventanas a cotillear.
La sonrisa de Rita Skeeter vaciló muy ligeramente, pero casi de inmediato tiró de los músculos de la cara para volver a fijarla en su lugar. Abrió el bolso de piel de cocodrilo, sacó la pluma a vuelapluma y le preguntó:
—¿Me concederías una entrevista para hablarme del Hagrid que tú conoces?, ¿el hombre que hay detrás de los músculos?, ¿sobre vuestra inaudita amistad y las razones que hay para ella? ¿Crees que puede ser para ti algo así como un sustituto del padre?
Hermione apartó a Itachi, que estaba delante de ella y se colocó frente a la periodista.
—¡Es usted una mujer horrible!—le dijo con los dientes apretados y los brazos en jarras—. No le importa nada con tal de conseguir su historia, ¿verdad? Cualquiera valdrá, ¿eh? Hasta Ludo Bagman...
—¿Por qué no das media vuelta y vuelves a esconderte detrás de tu nuevo novio? —contestó fríamente Rita Skeeter, arrojándole a Hermione una dura mirada—. Yo sé cosas sobre Ludo Bagman que te pondrían los pelos de punta... y casi les iría bien —añadió, observando el pelo de Hermione.
—Vámonos —dijo Hermione, con la cara roja por la ira y agarrando por el brazo a Ron y a Itachi.
Itachi se desprendió de la mano de Hermione y miró atrás. El grupo de gente se estaba dispersando y la pluma de Rita se deslizaba sobre un trozo de pergamino.
—Ahora la tomará contigo, Hermione —dijo Ron con voz baja y preocupada mientras subían la calle, deshaciendo el camino por el que habían llegado.
—¡Que lo intente!—replicó Hermione con voz chillona. Temblaba de rabia—. ¡Ya verá!¿Conque soy una estúpida? Pagará por esto. Primero Harry, después Itachi y ahora Hagrid...
—No hay que hacer enfadar a Rita Skeeter —añadió Ron nervioso—. Te lo digo en serio, Hermione. Te buscará algo para ponerte en evidencia...
—¡Mis padres no leen El Profeta, así que no me va a meter miedo! —contestó Hermione—. ¡Y Hagrid no va a seguir escondiendo la cabeza!¡Nunca tendría que haber permitido que lo alterara esa imitación de ser humano!¡Vamos!
Hermione echó a correr y no paró hasta que llegó a la puerta de la cabaña de Hagrid, con Harry y Ron resoplando por esfuerzo. A Itachi le encantó la carrera, hacía mucho que no corría por la nieve, en Konoha no solía nevar de esa forma.
Las cortinas seguían corridas, y al acercarse oyeron los ladridos de Fang.
Los dos mejores amigos de la chica se inclinaron hacia delante, apoyando las manos sobre los muslos y respirando copiosamente mientras esta llamaba a la puerta gritando cada vez alto. Se detuvo de inmediato al encontrarse de frente con el director del colegio.
—Buenas tardes —saludó el director en tono agradable, sonriéndoles.
—Que... que... queríamos ver a Hagrid —dijo Hermione con timidez.
—Sí, lo suponía—repuso Dumbledore con ojos risueños—. ¿Por qué no entráis?
—Ah... eh... bien —aceptó Hermione, avergonzada.
Desde el primer segundo en que Itachi puso un pie en la cabaña, Fang se agazapó y comenzó a gruñirle, con las orejas pegadas a la cabeza.
Hagrid estaba sentado a la mesa y parecía hallarse en un estado deplorable.
—Hola, Hagrid —saludó Harry.
Hagrid levantó la vista.
—... la —respondió, con la voz muy tomada.
—Creo que nos hará falta más té —dijo Dumbledore, cerrando la puerta tras ellos.
Sacó la varita e hizo una floritura con ella, y en medio del aire apareció, dando vueltas, una bandeja con el servicio de té y un plato de bizcochos. Dumbledore la hizo posarse sobre la mesa, y todos se sentaron. Hubo una breve pausa, y luego el director dijo:
—¿Has oído por casualidad lo que gritaba la señorita Granger, Hagrid? Parece ser que estos cuatro chicos aún quieren ser amigos tuyos, a juzgar por la forma en que intentaban echar la puerta abajo.
—¡Por supuesto que sí!—exclamó Harry mirando a Hagrid—. Te tiene que importar un bledo lo que esa vaca... Perdón, profesor —añadió apresuradamente, mirando a Dumbledore.
—Me he vuelto sordo por un momento y no tengo la menor idea de qué es lo que has dicho —dijo Dumbledore, jugando con los pulgares y mirando al techo.
—Eh... bien —dijo Harry mansamente—. Sólo quería decir... ¿Cómo pudiste pensar, Hagrid, que a nosotros podía importarnos lo que esa... mujer escribió de ti?
Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos color azabache de Hagrid y cayeron lentamente sobre la barba enmarañada.
—Aquí tienes la prueba de lo que te he estado diciendo, Hagrid —dijo Dumbledore, sin dejar de mirar al techo—. Ya te he mostrado las innumerables cartas de padres que te recuerdan de cuando estudiaron aquí, diciéndome en términos muy claros que, si yo te despidiera, ellos tomarían cartas en el asunto.
—No todos —repuso Hagrid con voz ronca—. No todos los padres quieren que me quede.
—Realmente, Hagrid, si lo que buscas es la aprobación de todo el mundo, me temo que te quedarás en esta cabaña durante mucho tiempo —replicó Dumbledore, mirando severamente por encima de los cristales de sus gafas de media luna—. Mi propio hermano, Aberforth, fue perseguido por practicar encantamientos inapropiados en una cabra. Salió todo en los periódicos, pero ¿crees que Aberforth se escondió? ¡No lo hizo!¡Siguió con lo suyo, como de costumbre, con la cabeza bien alta! La verdad es que no estoy seguro de que sepa leer, así que tal vez no fuera cuestión de valentía...
—Vuelve a las clases, Hagrid —pidió Hermione en voz baja—. Vuelve, por favor: te echamos de menos.
Después de un rato de suplicas por parte de Hermione, Hagrid aceptó volver a las clases y Dumbledore se despidió. Itachi estaba demasiado ocupado vigilando al enorme perro como para prestas atención a la conversación y las lágrimas del guardabosques.
¿Por qué en ese sitio todos los animales parecían odiarle? En Konoha su familia había tenido tres gatos, uno de sus compañeros de equipos en ANBU fue un Inuzuka y además estaban Hugin y Mugin. Siempre se había llevado muy bien con los animales y allí estaba aquel perro, tenso de rabia y enseñándole los dientes.
—¿Muerde? —preguntó distraídamente, interrumpiendo sin querer el emotivo discurso de Hagrid sobre lo bueno que era Dumbledore.
—¿Quién? —dijo Hagrid, confundido.
Itachi señaló al perro, que seguía gruñendo.
—¿Fang? ¡Si es como un cachorrillo, no haría daño a una mosca! —respondió, agachándose para acariciarle.
Sin embargo, antes de pudiera llegar a tocarle, el perro se enderezó y lanzó hacia delante, tirando a Itachi de la silla. El shinobi apoyó el pie contra la barriga de Fang, alejándole todo lo que podía y le cerró la mandíbula con la mano derecha antes de que pudiera arrancarle un trozo de oreja.
Hagrid se apresuró a quitarle al animal de encima, agarrándolo por el collar.
—¿Estás bien? —gritó, haciéndose escuchar sobre los ladridos del perro.
Itachi se puso lentamente de pie, rechazando la mano que le tendía Ron.
—Sí, sí, no me ha hecho nada.
—Creo que sería mejor que os vayáis, nos vemos en clase —dijo Hagrid, sujetando a Fang con cara preocupada. ¿Debería contarle lo sucedido a Dumbledore?
