Enfrentamiento directamente indirecto

No había visto a mi padre desde que escapara de casa, a los diecinueve, unos meses antes de cumplir veinte y obtener la beca que me había llevado a donde estaba en aquel momento.

Mejor dicho, a donde debería haber estado: la universidad.

Yuuri se removió, quizá sintiendo la tensión en mi cuerpo.

—¿Hm? —mi padre enarcó una oscura ceja, mirando por sobre mi hombro al japonés—, ¿quién es ese, Vitya?

Apreté la mandíbula.

—Un amigo —gruñí, safándome de su agarre y empujándolo a un lado, todo con una sola mano. Me miró, asombrado—, y ya nos íbamos.

Dio un paso hacia mí una vez más, pero me encargué de dejarle muy en claro que no era más el chiquillo asustado al que podría manipular con falsas palabras de ánimo, dirigiéndole una mirada fría.

—Viktor —pronunció—, vine hasta aquí... ¿Tienes una idea de... de lo mucho que me has hecho falta?

Arrastraba las palabras, como era de esperarse, pero entendí lo que dijo a la perfección. Y bufé, despectivo.

—Me doy cuenta —aseguré, repasando su vestimenta con detenimiento—, eres un desastre.

Su rostro enrojeció, de cólera y vergüenza, podía asegurarlo.

—Es tan fácil para ti ahora, ¿eh? —siseó —, ¡te resulta tan sencillo despreciar al hombre que te crió!

—¡Me resulta muy sencillo despreciar al hombre que casi me arruinó! —elevé la voz, luchando contra la ira que burbujeaba en mi interior—, ¡al hombre por el que estuve a punto de perderlo todo!

—¡Hablas como tu madre! —disparó y el proyectil me golpeó directo, haciéndome agachar la cabeza—, eso es... ¡justo como la malagradecida de...!

—¡No digas su nombre! —grité—, ¡no tú! —lo miré, no sé si con todo el peso del odio que sentía, pero sin duda con gran carga del mismo—, ¡ella se fue porque merecía algo mejor!

—¡Y te abandonó porque de nada le habrías servido!

Gruñí, avanzando con toda intención de golpearlo.

Pero Yuuri me retuvo.

—¡Suéltame! —no lo miraba, en todo en lo que podía concentrarme era en el hombre frente a mí, desafiante—, ¡déjame ir, Yuuri!

No me respondió.

En su lugar, se acercó más y me abrazó por la espalda.

Tuve que empinarme...

¿Lo recuerdas?

N-No... Pero, siempre... siempre debo hacerlo. Eres más alto que yo.

Cuando me rodeaste con tus brazos...

¿Así?

Justo así...

Cuando Yuuri me abrazó, me relajé, no al instante, eso habría sido imposible, pero la tensión se esfumó con rapidez.

Mi padre frunció el ceño con exageración.

—Un amigo —farfulló—, un amante, mejor dicho.

La llama volvió a prender, pero no fui yo quien estalló.

¿Inglés?

En un inicio.

¿Qué fue...?

Déjame seguir.

Mh-hm...

—¡Váyase de aquí! —exclamó Yuuri, su rostro por sobre mi hombro, apenas debía ser visible para mi padre—, ¡deje a Viktor en paz!

Resoplando, Dmitry Nikiforov se cruzó de brazos.

—¿Acaso habla ruso?

—¡Entiendo lo básico! —respondió Yuuri, para mi infinita sorpresa—, ¡entendí que usted es un mal padre y, por lo tanto, no tiene derecho de estar aquí!

Yuuri temblaba y fui mi turno de intentar calmarlo.

—Lleva a tu juguete a tu habitación y diviértete con él, Vitya —gruñí hacia Dmitry—, mañana hablaremos.

—¡Viktor no tiene nada de qué hablar con usted! —Yuuri miró con profundo enojo hacia el mayor—, no hablarán de nada. Usted se irá ahora mismo y no lo molestará más —y solo comprendí la tercera parte de lo que dijo después.

—¿Quién te crees que eres para hablarme de ese modo, mocoso? —Dmitry usó ingles, pesado, que Yuuri entendió aún así—, no eres más que un...

—¡SOY SU NOVIO! —lo miré lleno de asombro—, ¡Y su compañero de habitación! —intentó soltarse de mi agarre y no se lo permití.

Jamás vi venir el beso.

Me paralizó y, para cuando reaccioné, Yuuri ya estaba frente a Dmitry.

La diferencia de tamaños era más que notoria, pero contrario a sentirse amedrentado, aquello pareció solo acrecentar la decisión de Yuuri.

—¡Conozco a Viktor desde hace años y sé cómo es! —declaró—, no puedo... ¡no pude haber tenido mayor suerte, ¿sabe!?

Dmitry miró en mi dirección y me acerqué, porque nada tenía Yuuri que hacer...

—¡Quédate quieto, Nikiforov!

Entonces te llamé por tu apellido.

Después de años de no hacerlo.

Realmente estaba enfadado.

¿Tú crees?

Absolutamente.

Me congelé y Dmitry gruñó.

—Estás muy equivocado si piensas que solo porque duermen juntos...

¡ESO NO TIENE NADA QUE VER! —ni Dmitry ni yo entendimos sus palabras, pero estuvieron cargadas de tal sentimiento negativo que, por primera vez, vi al hombre que me había criado cerrar la boca—, ¡DESDE MUCHO ANTES DE QUE AQUELLO OCURRIERA, VIKTOR ME DEMOSTRÓ, Y A TODOS LOS DEMÁS, LO TALENTOSO QUE ERA Y SIGUE SIENDO!

Me ericé al oír mi nombre, porque eso fue todo lo que comprendí.

Estoy seguro de que al menos no fueron insultos.

Te habría amado más si sí lo hubiesen sido.

Viktor...

Dmitry se esforzó por calamar los ánimos de Yuuri, notando tarde que, a menos que recurriera a la violencia física (cosa que jamás había hecho, al menos no conmigo), ya había perdido.

No obstante, mientras más trataba de serenar a Yuuri, más y más furioso y rápido hablaba el mismo.

Apenas me percaté que había un no precisamente pequeño grupo de curiosos a nuestro alrededor.

Pelea de borrachos, ¿me equivoco?

Masacre, más bien...

Santas zapatillas y tutús...

Por mucho que llegué a disfrutar el ver a mi novio aplastando a base de argumentos en japonés a mi padre, no podía dejar que continuara siendo comidilla popular.

Me acerqué a paso rápido, tiré de él y lo besé, tal cual él había hecho.

Lo besé tantas veces como fueron necesarias para que dejara de forcejear, y de todos modos miró con rencor hacia Dmitry.

—Mañana —gruñí en francés—, en este mismo bar, a las siete —lo miré a los ojos, serio—, en punto.

Dmitry asintió, solemne.

Me llevé a Yuuri de allí, en brazos.

Y no sé qué última cosa habría espetado hacia mi padre, pero por la exclamación de asombro que escuché y estoy seguro fue de Yuuko, apostaba a que fue un insulto. Y de los feos.

Oh no...

Oh sí, bebé.

No volveré a beber en la vida...

La gran sonrisa en mi rostro no debió haberse visto opacada por nada, porque los borrachos no mienten y Yuuri había gritado ser mi novio, por lo que podía estar seguro de que no me dejaría a la mañana siguiente pero... una vez más, los borrachos no mentían, y mi padre había recalcado una de las verdades más dolorosas con las que había tenido que lidiar jamás:

Mi madre me había abandonado porque, de haberme llevado con ella, no habría conseguido a un buen partido que la quisiera a su lado.

Me había abandonado porque era un estorbo.

—¿Viktor? —bajé la mirada hacia Yuuri, que me miraba atento—, ¿estás llorando?

Negué con la cabeza.

Eso era imposible.

Yo no lloraba.

Nunca.

Pero Yuuri estiró un brazo hacia mi rostro y tocó mi mejilla, cerca de mi ojo derecho.

Llegamos a nuestra habitación y encendí la luz.

La transparencia del líquido quedó a la vista junto con el brillo de la luz que el foco proyectaba en la misma.

Una lágrima.

Estaba llorando.