Capítulo 13

Lo he intentado. Lo he intentado de verdad. He hecho todo lo que se me ha ocurrido para demostrar al departamento que no soy una bruja.

He colgado un cartel pidiendo ideas para organizar una excursión con todo el personal y nadie ha apuntado nada. He puesto flores en los alféizares de las ventanas y no ha habido el menor comentario. Hoy he traído una cesta enorme de madalenas de chocolate, vainilla y arándanos, y la he dejado encima de la fotocopiadora con un cartel que decía: «De parte de Bella. ¡Sírvete tú mismo!»

Me he dado una vuelta hace unos minutos por la oficina y no han tocado una sola madalena. Pero no importa, aún es pronto. Dejaré pasar otros diez minutos. A ver.

Paso una página del expediente que estoy leyendo y abro un documento en pantalla. Estoy revisando expedientes y archivos informáticos al mismo tiempo, para tratar de cotejarlo todo. De improviso, me sale un gigantesco bostezo y apoyo la cabeza en el escritorio. Estoy cansada. Reventada. He venido cada día a las siete de la mañana para adelantar un poco con esta montaña de papeles, y tengo los ojos enrojecidos de tanto leer.

Poco me ha faltado hoy para no volver. Esta mañana, al día siguiente de que Mike y yo tuviéramos relaciones (por así decirlo), me desperté toda pálida, con una jaqueca espantosa y ningunas ganas de venir a la oficina. Nunca más. Fui a la cocina dando tumbos, me preparé una taza de té con tres cucharadas de azúcar, me senté y anoté en una hoja, haciendo muecas de dolor a cada movimiento:

OPCIONES

1. Lo dejo correr.

2. No lo dejo correr.

Me quedé una eternidad mirando el papel. Al final, taché la primera opción.

El problema de dejarlo es que nunca sabría si hubiera sido capaz de hacer este trabajo. Y ya estoy harta de no saber cosas sobre mí. O sea que aquí estoy, en mi despacho, repasando un análisis de variación de costes de las moquetas de fibra durante el 2005. Por si fuera importante.

No. Venga ya, no puede ser importante. Cierro el expediente, me levanto y estiro las piernas; luego me acerco a la puerta de puntillas. Abro una pequeña rendija y echo una miradita a la oficina principal. Vislumbro la cesta a través del cristal: sigue intacta.

Me siento de puta pena. ¿Qué pasa? ¿Por qué nadie se anima a tomar una? A lo mejor debería dejar más claro que las madalenas son para todos. Salgo del despacho a la oficina principal.

—¡Hola a todos! —digo jovialmente—. Sólo quería decirles que esas madalenas son para ustedes. Las he traído esta mañana de la panadería. Recién hechas. O sea que… ¡adelante! ¡Sírvanse ustedes mismos!

Nadie responde. Ni siquiera se dan por enterados de mi presencia. ¿Es que me he vuelto invisible?

—Bueno. —Me obligo a sonreír—. ¡Disfrutenlas!

Giro sobre los talones y me retiro.

Yo ya he cumplido. Si quieren madalenas, bien; y si no también. Punto. Me importa un bledo. Vuelvo a sentarme ante mi escritorio, abro un informe financiero y empiezo a recorrer con el dedo las columnas importantes. Al cabo de un momento me reclino y me froto los ojos. Estas cifras no hacen más que confirmar lo que ya sabía: los resultados del departamento son pésimos.

Las ventas subieron un poco el año pasado, pero todavía son demasiado bajas. Vamos a tener verdaderos problemas si no le damos la vuelta a la situación. Se lo dije a Byron el otro día y él no pareció inmutarse siquiera. ¿Cómo es que le trae todo sin cuidado? Anoto en un posit: «Comentar ventas con Byron», y dejo a un lado el bolígrafo.

¿Por qué no quieren mis madalenas?

Me sentía muy animada cuando las compré esta mañana. Me imaginaba que se iluminarían todas las caras al verlas y que dirían: «¡Qué buena idea, Bella! ¡Gracias!» Ahora, en cambio, me siento alicaída. Deben de odiarme a muerte. Vamos, tienes que aborrecer a alguien de verdad para rechazarle una madalena. Y mira que éstas son de primera. Gruesas, recién hechas. Las de arándanos hasta tienen limón glaseado.

Una vocecita juiciosa me dice que lo deje correr, que me olvide del asunto. Sólo es una cesta de madalenas, por Dios.

Pero no puedo. No voy a quedarme aquí sentada. Me levanto de un salto y me dirijo otra vez a la oficina. Ahí está la cesta, todavía intacta. Todos están tecleando o hablando por teléfono, sin hacerme caso a mí ni a la madalenas.

—¡Bueno! —Procuro sonar relajada—. ¿Nadie quiere una madalena? ¡Son de las buenas!

—¿Madalenas? —pregunta Rosalie, arqueando una ceja—. No las veo por ningún lado. —Mira alrededor, como si estuviera perpleja—. ¿Alguien ha visto esas madalenas?

Todos se encogen de hombros, como si también estuvieran desconcertados.

—¿Quieres decir madalenas inglesas? —Alice arruga el entrecejo—. ¿O francesas?

—En Starbucks tienen. Puedo mandar a buscar unas cuantas si quieres —dice Jessica, conteniendo a duras penas la risa.

Ja, ja. Muy divertido.

—¡Vale! —digo, ocultando mi disgusto—. Si prefieren comportarse como críos, perfecto. Olvidenlo. Sólo pretendía ser amable.

Salgo airada y soltando bufidos. Oigo risitas a mis espaldas, pero me hago la sorda. He de mantener la dignidad, no perder la compostura. No debo reaccionar ni encabritarme…

¡Por Dios! No puedo resistirlo. El berrinche y la furia ascienden en mi interior como un volcán. ¿Cómo pueden ser tan mezquinos?

Irrumpo otra vez en la oficina, toda sofocada.

—No tan perfecto, pensándolo bien —jadeo—. Escuchad, me he tomado la molestia de traerles estas madalenas porque me ha parecido simpático darles una sorpresa. Y ahora fingen que ni siquiera las ven…

—Perdona, Bella. —Rosalie parece contrita y sorprendida—. No sé de qué estás hablando, la verdad.

Alice ahoga una carcajada y algo en mi interior se quiebra.

—¡Hablo de esto! —Agarro una de chocolate y la agito ante sus narices, haciéndola retroceder—. ¡Es una madalena! ¡Una maldita madalena! ¡Muy bien! ¡Si no se la van a comer, me la comeré yo! —Arranco un trozo enorme con los dientes, empiezo a masticar con furia y enseguida le doy otro mordisco. Caen migas enormes por el suelo, pero me da igual—. Es más, ¡voy a comérmelas todas! ¿Por qué no? —Tomo una de arándanos y me la zampo también en la boca—. ¡Mmm, ñam!

—¿Bella?

Me doy la vuelta y se me encogen las entrañas. Simon Johnson y Byron están en la puerta, con los ojos como platos.

Byron parece a punto de reventar de regocijo. Simon me mira como miraría a un gorila desquiciado que se dedicara a esparcir su comida por todo el zoo.

—¡Simon! —farfullo horrorizada y escupiendo migas en todas direcciones—. Umm, ¿qué tal? ¿Cómo estás?

—Quería hablar contigo un momento. Si no estás muy ocupada —añade arqueando las cejas.

—¡Claro! —Me aliso el pelo mientras trato desesperadamente de tragarme el pastoso bocado—. Vamos a mi despacho.

Al cruzar la puerta de cristal, me veo reflejada y casi me da un patatús. Tengo los ojos rojos del cansancio y todo el pelo alborotado. Debería habérmelo recogido. En fin, ya no hay nada que hacer.

—Bueno, Bella —dice Simon mientras cierro la puerta y dejo en el escritorio las madalenas medio mordidas—. Acabo de tener una larga conversación con Byron sobre junio de dos mil siete. Estoy seguro de que él te habrá puesto al día.

—Desde luego. —Asiento como si supiera a qué se refiere, aunque a mí «junio de 2007» no me suena de nada. ¿Pasa algo en junio?

—Voy a convocar una reunión el lunes para tomar la decisión definitiva. Prefiero no añadir nada más por ahora. La discreción es crucial, obviamente… —Se interrumpe y arruga la frente—. Sé que tú tenías ciertas dudas. Todos las tenemos. Pero realmente no hay alternativa.

¿De qué estará hablando? ¿De qué?

—Bueno, Simon. Estoy convencida de que podremos resolverlo —digo con falso aplomo, rezando para que no me pida que me explique con más detalle.

—Así me gusta, Bella. Sabía que acabarías dándonos la razón —replica, más animado—. Otra cosa. Luego me voy a reunir con James Garrison, el tipo nuevo de Southey's. ¿Qué opinas de él?

Gracias a Dios. Por fin algo que me suena.

—Ah, sí —respondo con energía—. Por desgracia, Simon, deduzco que Southey's no está dando la talla. Tendremos que buscarnos otro distribuidor.

—Lamento disentir, Bella —me corta Byron—. Southey's acaba de ofrecernos una mejora en el porcentaje y los servicios logísticos. —Se vuelve hacia Simon—. Ayer me pasé el día con ellos, en compañía de Keith, de Soft Furnishings. James Garrison ha cambiado la empresa de arriba abajo. Me dejó impresionado.

Hijo de perra.

—¿Tú no estás de acuerdo, Bella? —me pregunta Simon, sorprendido—. ¿Te has reunido con Garrison?

—Umm… no, aún no. —Trago saliva—. Estoy… segura de que tienes razón, Byron.

Me ha jorobado del todo. A propósito.

Se hace una pausa espantosa. Noto que Simon me mira perplejo y decepcionado.

—Muy bien —dice por fin—. He de irme. Me alegro de verte, Bella.

—Hasta luego, Simon. —Lo acompaño hasta la puerta, tratando de aparentar la seguridad y desenvoltura de un alto cargo—. Espero ponerme completamente al día muy pronto. Quizá podamos programar ese almuerzo en algún momento…

—Oye, Bella —dice Byron de repente, señalándome el trasero—. Tienes algo en la falda.

Busco a tientas por detrás y me encuentro un post-it pegado. Nada más mirarlo, tengo la sensación de que el suelo ha empezado a moverse bajo mis pies. Alguien ha escrito con rotulador rosa:

Simon Johnson me va.

No me atrevo a mirar a Simon. La cabeza me va a estallar. Byron suelta una carcajada.

—Hay otro —añade, haciendo un gesto con la cabeza. Atolondradamente, me arranco un segundo post-it.

¡Simon, házmelo!

—¡Una travesura infantil! —Estrujo las dos notas con saña—. Las chicas tienen ganas… de divertirse.

Simon no parece nada divertido.

—Ya —dice tras una pausa—. Bueno, nos vemos, Bella.

Se da media vuelta y se aleja por el pasillo con Byron. Oigo que éste le dice al cabo de un momento:

—¿Te das cuenta, Simon? Está totalmente…

Me quedo mirándolos, temblorosa y consternada. Ya está. Mi carrera arruinada antes de hacer siquiera el intento. Entro en mi despacho, aturdida, y me desplomo en la silla. No puedo con este trabajo. Estoy hecha polvo. Byron me ha hecho la cama. Nadie quiere mis madalenas.

Este último pensamiento me provoca una tremenda punzada de angustia y, de repente, ya no puedo contenerme: una lágrima me resbala por la mejilla. Hundo la cara entre los brazos y estallo en sollozos. Creía que iba a ser todo fantástico. Pensaba que ser la jefa sería divertido y emocionante. No me había dado cuenta… No había pensado…

Una voz interrumpe mis pensamientos:

—Hola.

Levanto la cabeza y veo a Rosalie en el umbral.

—Ah, hola. —Me enjugo los ojos torpemente—. Perdona. Yo sólo…

—¿Estás bien? —me pregunta, incómoda.

—Sí, perfectamente. —Hurgo en el cajón, saco un pañuelo de papel y me sueno la nariz—. ¿Necesitas algo?

—Perdona por las notas. —Se muerde el labio—. No creíamos que fuese a aparecer Simon. Era sólo una broma.

—No pasa nada. —Me tiembla la voz—. No podían saberlo.

—¿Qué ha dicho?

—No pareció impresionado. —Doy un suspiro—. Aunque tampoco parece estarlo conmigo, así que… ¡qué más da! —Arranco un trocito de la madalena de chocolate, me lo meto en la boca y de inmediato me siento mejor. Una décima de segundo.

Rosalie me mira fijamente.

—Creía que ya no comías carbohidratos.

—Ya, seguro. Como si yo pudiera vivir sin chocolate. —Le doy un buen mordisco a la madalena—. Las mujeres necesitamos el chocolate. Está comprobado.

Se hace un silencio y, cuando levanto la vista, veo que Rosalie sigue mirándome desconcertada.

—Qué raro —dice—. Suenas como la antigua Bella.

—Soy la antigua Bella. —Me da de repente una pereza terrible tener que explicarlo todo otra vez—. Rosalie… imagínate que mañana te levantas y te encuentras de sopetón en el año dos mil diez. Y que has de incorporarte a una nueva vida y convertirte en otra persona. Bueno, pues eso es lo que me pasa. —Arranco otro trozo de madalena, lo examino un instante y lo dejo a un lado—. Y el caso es que no reconozco a esa nueva persona. Ni siquiera sé por qué es como es. Y resulta… muy duro.

Hay un largo silencio. Miro fijamente el escritorio, con la respiración agitada, mientras voy desmenuzando la madalena en trocitos. No me atrevo a levantar la vista, no vaya a ser que Rosalie diga algo sarcástico o se ría de mí y yo acabe deshaciéndome en lágrimas otra vez.

—Perdona, Bella —dice en voz baja, tan baja que apenas la oigo—. No me… no nos habíamos dado cuenta. Quiero decir, tienes el mismo aspecto.

—Ya. —Sonrío con tristeza—. Parezco una Barbie morena. —Me levanto un mechón de pelo y lo dejo caer—. Cuando me vi en el hospital en un espejo, casi me da un ataque. No me reconocía.

—Escucha —prosigue, mordiéndose el labio y retorciéndose las pulseras—. Perdona. Por las madalenas, por los post-it y… por todo lo demás. ¿Por qué no vienes con nosotras a almorzar? —Se acerca a mi escritorio con un entusiasmo repentino—. Empecemos de nuevo.

—Estaría bien. —Le dirijo una sonrisa agradecida—. Pero hoy no puedo. He quedado con ChuchoJake.

—¿Con ChuchoJake? —repite tan anonadada que se me escapa una sonrisa—. ¿Para qué? No estarás pensando…

—¡No! ¡Claro que no! Sólo quiero averiguar qué ha pasado con mi vida en estos últimos tres años. Recomponer todas las piezas. —Vacilo un instante, dándome cuenta de que ella seguramente conoce las respuestas a muchas preguntas—. ¿Tú sabes por qué rompimos Chucho y yo?

—Ni idea. —Se encoge de hombros—. Nunca nos lo contaste. Nos dejaste de lado. Incluso a mí. Era como si lo único que te importara fuera tu carrera. Y al final, dejamos de intentarlo.

Creo detectar que aún se siente herida.

—Perdona, Rosalie —digo con torpeza—. No pretendía dejarte de lado. O por lo menos, no creo haberlo hecho. —¡Esto sí que es surrealista! ¡Disculparme por algo que no recuerdo! Como el hombre-lobo o algo así.

—No te preocupes. No fuiste tú. O sea, fuiste tú… pero no eras tú. —Se queda callada. También ella parece confusa.

—Será mejor que me vaya —anuncio, mirando el reloj—. A lo mejor Chucho tiene algunas respuestas.

—Bella —dice Rosalie con aire contrito—, se te ha olvidado uno. —Me señala la falda.

Busco a tientas y me arranco otro post-it.

«Simon Johnson: lo haré.»

—Ni loca lo haría —digo, estrujándolo.

—¿No? —Rosalie sonríe, maliciosa—. Yo sí.

—¡No me digas! —Se me escapa una risita.

—Está bastante bueno.

—¡Es viejísimo! Seguramente ni siquiera es capaz…

Nos miramos a los ojos y estallamos de repente en carcajadas, como en los viejos tiempos. Dejo la chaqueta y me siento en el brazo del sofá, agarrándome la barriga y sin poder parar de reír. No me había reído así desde antes del accidente. Es como si me desahogara ahora de toda la tensión acumulada. La risa lo limpia todo.

—¡Dios mío, te he echado de menos! —me dice, todavía con la respiración entrecortada.

—Yo también. —Inspiro hondo mientras intento dominarme—. Rosalie, de veras. Perdona. Por la actitud que haya adoptado… por las cosas que haya hecho…

—No seas tonta. —Me corta de una manera amable pero firme y me tiende la chaqueta—. Anda, ve a tu cita.

.

.

.

Pues mira por dónde, a ChuchoJake las cosas le han ido bien. Pero que muy bien. Ahora trabaja en la central de Auto Repair Workshop y tiene un cargo directivo en el área comercial. Lo veo salir del ascensor, muy elegante, con un traje de raya diplomática, el pelo mucho más largo (antes lo llevaba casi al cero) y gafas sin montura. Me levanto de un salto y exclamo:

—¡ChuchoJake! ¡Pero mira qué pinta tienes!

Él hace una mueca y recorre el vestíbulo con la vista.

—Ya nadie me llama ChuchoJake —dice en voz baja—. Ahora soy Jacob, ¿vale?

—Claro. Perdona… eh… Jacob. ¿Butch tampoco? —le pregunto sin poder resistirlo. Él me lanza una mirada asesina.

Su barriga ha desaparecido también, advierto mientras se inclina sobre el mostrador para hablar con el recepcionista. Ahora sí debe de hacer ejercicio como es debido, no como antes, cuando toda su actividad consistía en levantar pesas cinco veces, abrir una lata de cerveza y poner el fútbol en la tele.

Pensándolo bien, no me cabe en la cabeza cómo lo soportaba: calzoncillos cutres tirados por todo el apartamento; chistes brutales sobre las mujeres; la absurda paranoia de que me moría por atraparlo, por cargarlo con tres hijos y todas las tareas pesadas del hogar…

O sea. Habría estado de suerte.

—Tienes buen aspecto, Bella —dice al volverse del mostrador, examinándome de arriba abajo—. Ha pasado mucho tiempo. Te vi por la tele, claro. En Ambición. En otra época me habría gustado participar en un programa de ese tipo. —Me mira con lástima—. Pero ese nivel ya lo he superado. Ahora estoy subiendo de manera meteórica. ¿Vamos?

Lo lamento, pero no puedo tomarme en serio a Chucho Jake en su papel de Jacob, el ejecutivo meteórico. Salimos a la calle para dirigirnos hacia lo que describe como un «buen restaurante de la zona». Durante todo el camino no para de hablar por el móvil sobre «ofertas» y «millones» mientras me recorre con la vista.

—Wow —digo, cuando se guarda por fin el teléfono—. Ahora sí eres un jefazo.

—Tengo un Ford Focus. —Se arremanga como quien no quiere la cosa para que vea sus gemelos—. American Express de la empresa. Derecho a usar el chalet de esquí de la dirección.

—¡Fantástico!

Ya hemos llegado al restaurante, un pequeño local italiano. Nos sentamos. Me echo hacia delante, con la barbilla apoyada en las manos. Chucho parece nervioso; juguetea con el menú de plástico y no para de revisar su móvil.

—Jacob —empiezo—, no sé si recibirías el mensaje en que te explicaba por qué quería verte.

—Mi secretaria me dijo que querías hablar de los viejos tiempos —dice con cautela.

—Sí. La cuestión es que tuve un accidente de coche. Y estoy intentando recomponer todas las piezas mi vida, averiguar qué ocurrió con nosotros, tal vez charlar de nuestra ruptura.

Suspira.

—Cariño, ¿te parece buena idea desenterrar otra vez todo eso? Ya dijimos lo que teníamos que decir en su momento…

—¿Desenterrar qué?

—Ya sabes… —Mira en derredor y consigue llamar la atención de un camarero—. ¿Puede atendernos? ¿Un poco de vino? Una botella de tinto de la casa, por favor.

—¡Es que no lo sé! No tengo ni idea de qué ocurrió. —Me inclino aún más hacia él—. Sufro amnesia. ¿No te lo explicó tu secretaria? No me acuerdo de nada.

Chucho se vuelve muy despacio y me mira fijamente, como temiéndose una tomadura de pelo.

—¿Tienes amnesia?

—¡Sí! He estado en el hospital y toda la pesca.

—¡Joder! —Menea la cabeza mientras llega el camarero y luego se entretiene con toda esa comedia de probar y hacer servir el vino—. ¿O sea que no recuerdas nada?

—Nada en absoluto de los tres últimos años. Y lo que quiero saber es por qué cortamos. ¿Ocurrió alguna cosa… nos alejamos poco a poco… o qué?

No responde enseguida. Me observa por encima de su copa.

—¿Hay algo de lo que sí te acuerdes? —pregunta al cabo.

—Mis últimos recuerdos son de la noche antes del funeral de mi padre. Estaba en una disco, muy cabreada porque tú no te habías presentado y, con la lluvia, me caí por unas escaleras… Ya no recuerdo más.

—Sí, sí —asiente, pensativo—. Recuerdo esa noche. Bueno, en realidad… por eso cortamos.

—¿Por qué? —digo perpleja.

—Porque no me presenté a la cita. Me diste la patada. Finito. —Bebe otro sorbo de vino.

—¿De veras? —Estoy patidifusa—. ¿Te di la patada?

—A la mañana siguiente. Estabas harta, se acabó. Habíamos terminado.

Arrugo el entrecejo, procurando imaginarme la escena.

—Entonces, ¿tuvimos una gran pelea?

—No tanto —prosigue tras un instante de reflexión—. Más bien fue una conversación madura. Coincidimos los dos en que lo mejor era dejarlo. Tú me dijiste que quizá estabas cometiendo el error de tu vida, pero que no podías controlar tu carácter celoso y posesivo.

—¿De veras? —digo con suspicacia.

—Sí. Me ofrecí a acompañarte al funeral de tu padre, para darte mi apoyo, pero dijiste que no, que no querías verme ni un minuto más. —Da otro trago de vino—. Pero no te guardé rencor. Te dije: «Bella, a mí siempre me vas a importar. Y tus deseos son órdenes para mí.» Te di una rosa y un último beso. Y me alejé. Fue precioso.

Dejo mi copa y lo observo con atención. Me mira tan abiertamente y con tanta inocencia como cuando engañaba a los clientes para que asegurasen su coche con una póliza totalmente chunga.

—¿O sea que eso fue lo que pasó exactamente? —le insisto.

—Punto por punto. —Coge la carta—. ¿Te apetece pan de ajo?

¿Son imaginaciones mías o está mucho más contento desde que se ha enterado de mi amnesia?

—Chucho Jake, ¿de verdad fue eso lo que pasó? —Le dirijo mi mirada más severa y penetrante.

—Claro —contesta ofendido—. Y deja de llamarme así.

—Perdona. —Suspiro y empiezo a desenvolver un palito de pan. Quizá me ha dicho la verdad. O una versión Chucho Jake de la verdad. Quizá sí le di la patada. Estaba cabreada con él, eso es indudable.

—¿Y no pasó nada más en esa época? —Parto el palito y empiezo a mordisquearlo—. ¿No recuerdas nada? Por ejemplo, ¿por qué me obsesioné tanto con mi carrera? ¿Por qué dejé de lado a mis amigas? ¿Qué pasaba por mi cabeza?

—A mí que me registren —dice, repasando las ofertas de la carta—. ¿Te apetece que compartamos una lasaña?

—Es todo muy confuso. —Me froto la frente—. Me siento como si hubiera caído en mitad de un mapa con una de esas flechas enormes que dicen «Usted está aquí», cuando lo que yo quiero saber es cómo he llegado aquí.

Chucho levanta la vista de la carta.

—Lo que tú necesitas es un GPS —dice, como si fuera el Dalai Lama haciendo una declaración en lo alto de una montaña.

—¡Exacto! Me siento perdida. Si pudiera rastrear el camino, guiarme hacia atrás…

Él asiente sabiamente.

—Puedo hacerte una oferta.

—¿Cómo? —digo, sin comprender.

—Que puedo conseguirte un GPS de oferta. —Se da un golpecito en la nariz—. Estamos abriéndonos a nuevos productos en Auto Repair.

Por un momento creo que voy a explotar.

—¡No necesito un GPS literalmente! —casi le grito—. ¡Es una metáfora! ¡Me-tá-fo-ra!

—Vale, vale. Claro, por supuesto. —Chucho asiente, frunciendo el entrecejo, como si asimilara mis palabras—. Es un sistema incorporado, ¿no?

No puedo creerlo… ¿Yo salí con este tipo?

—Sí, eso es —le digo—. Lo ha fabricado Honda. Vamos a pedir el pan de ajo.

.

.

.

Llego a casa decidida a preguntarle a Mike qué sabe de mi ruptura con Chucho Jake. Seguro que hemos hablado de nuestras relaciones anteriores. Pero cuando entro en el loft, percibo que no es el mejor momento. Mike se mueve de un lado para otro mientras habla por teléfono con aire estresado.

—Corre, Bella—me dice tapando el auricular—. O llegaremos tarde.

—¿Para qué?

—¿Para qué? ¡Para la inauguración!

Mierda. Esta noche es la fiesta de inauguración del Blue 42. Lo sabía, pero se me había ido de la cabeza.

—Claro. Enseguida estaré.

—¿No tendrías que llevar el pelo recogido? —me dice con una mirada crítica—. Tienes un aspecto poco profesional.

—Eh… claro, sí.

Hecha un manojo de nervios, me pongo a toda prisa un traje chaqueta negro de seda y mis zapatos de tacón más altos, y me hago el moño de siempre. Me pongo también unos diamantes y me vuelvo para mirarme.

Puag. ¡Qué pinta más sosa! Parezco una agente de seguros. ¿Es que ya no uso broches? ¿O flores de seda, o pañuelos, o agujas brillantes para el pelo? ¿Algo divertido? Hurgo en mis cajones pero no encuentro nada, salvo una cinta para el pelo beige. Estupendo. Vaya nota más estilosa…

—¿Lista? —pregunta Mike, entrando deprisa—. Estás perfecta. Vamos.

¡Uf! Nunca lo había visto tan tenso e hiperactivo. Se pasa todo el camino pegado al teléfono y cuando lo deja por fin, empieza a tamborilear con los dedos sobre el aparato mientras mira por la ventanilla.

—Seguro que saldrá perfecto —le digo para animarlo.

—Debería —responde sin mirarme—. Ésta es nuestra campaña más importante. Mucha gente de alto standing, un montón de prensa. Es ahora cuando vamos a convertir el Blue cuarenta y dos en la comidilla de toda la ciudad.

Mientras cruzamos las puertas de entrada, no puedo evitar soltar un gritito. Hay antorchas flanqueando el camino hasta la puerta principal, y rayos láser barriendo el cielo nocturno. Hay una alfombra roja para los invitados e incluso un par de fotógrafos esperando. Parece el estreno de una película.

—Mike, esto es increíble. —Impulsivamente, le aprieto una mano—. Va a ser un exitazo.

—Eso espero. —Por primera vez, se vuelve hacia mí y me dirige una sonrisa tensa. El chófer abre la puerta y me sujeto el bolso—. Ah, Bella. —Rebusca en un bolsillo—. Antes de que se me olvide. Quería darte esto —dice tendiéndome un papel.

—¿Qué es? —Sonrío mientras lo desdoblo. Pero la sonrisa se me evapora en el acto: es una factura. Arriba figuraba el nombre de Mike; él lo ha tachado y ha escrito encima: «Para Bella Newton.» Leo sin dar crédito:

Chelsea Bridge, objetos de regalo.

Leopardo de vidrio soplado.

Cantidad: 1

A pagar: 3.200 libras.

—Pedí que lo reemplazaran —explica Mike—. Puedes pagarlo cuando quieras. Con un cheque o una transferencia a mi cuenta…

¿Me está pasando una factura?

—¿Quieres que pague el leopardo? —Suelto una risita, para ver si me está tomando el pelo—. ¿Con mi dinero?

—Bueno, lo rompiste tú. —Parece sorprendido—. ¿Hay algún problema?

—¡No! Está… bien. —Trago saliva—. Te daré un cheque. En cuanto lleguemos a casa.

—No hay prisa —añade sonriendo, y señala al chófer, que aguarda con la puerta abierta—. Será mejor que subamos.

Está bien, me digo. A él le parece correcto pasarme una factura. Evidentemente, así funciona nuestro matrimonio.

Pero no debería funcionar así.

No. Déjalo. Está bien, es encantador.

Meto el papel en el bolso y le dedico al chófer una sonrisa lo más radiante posible. Cuando llegamos, bajamos del coche y sigo a mi marido por la alfombra roja.


N.A: Hoy no ha salido Edward, pero Bella ha hecho un avance con Rosalie, eso es algo ¿no?