El joven se quedó con la boca abierta y sus pupilas se abrieron de par en par para admirar aquel peculiar y asombroso asentamiento. Sus habitantes hacían vida en los senderos naturales que serpenteaban el valle entre las rocas escarpadas, intercambiando víveres con los comerciantes que poblaban los caminos con sus rudimentarios tenderetes temporales hechos de palos y cubiertos por lonas llenas de agujeros por los que se colaba el sol del que supuestamente tenían que proteger las mercancías. Y justo a sus espaldas yacía lo que daba nombre al lugar y sobre lo que se cimentaría una ciudad legendaria:
Esculpida en la arenisca y extendiéndose por todo el lateral de las paredes del valle, había construidas viviendas, pequeños templos y almacenes que Shu imaginaba llenos de enormes ánforas de barro a rebosar de vino y cerveza…Petra. Cuando era niño, Shu había escuchado historias sobre aquel lugar de boca de los comerciantes que pasaban por su aldea, la mayoría absurdas y adornadas para entetener a los jóvenes a las que iban dirigidas: casi todas hablaban de un pequeño poblado construido entre cavernas y habitado por demonios que aullaban por las noches para ahuyentar a los bandidos del este.
En este caso la realidad superaba ampliamente a la ficción, regalando a Shu la vista de una ciudad emergente única en todo el mundo. Absorto en el escenario que se presentaba ante él, no se dio ni cuenta de cómo el más mayor de los chicos le rasgó un trozo de tela de la túnica para cubrirle la gema. Finalmente volvió en sí mismo cuando la sangre que se escurría hace rato de sus heridas le empezó a gotear sobre los pies. Con la vista ligeramente nublada se dirigió a los dos chicos:
-Chavales, necesito que me llevéis a algún sitio donde pueda descansar…-
El mayor asintió y señaló a una casa pasando el mercadillo, sobre una ladera roja que coronaba la pequeña ciudad, a apenas 200 metros al norte desde donde habían entrado.
- Solo tenemos que llegar hasta nuestro hogar, mi padre le dará alimento y cobijo cuando se entere de su hazaña-
Shu lo pensó durante un instante y entonces asintió agradecido. Mirando a su derecha se fijó de la venda que cubría su gema y esbozó una sonrisa, los chicos sabían lo que hacían.
De camino a la casa, los habitantes los miraron sorprendidos, pues nadie había llegado al pueblo desde que la ruta comercial quedara bloqueada por aquellos espíritus de arena, cuchicheaban entre ellos sobre quien sería aquel extranjero de ojos azules y si de verdad había llegado al través de la senda "maldita".
Una muchacha de cabello largo y ojos de color chocolate que rondaría la edad de los chicos, salió de entre la multitud y se acercó al más mayor de los jóvenes seguida de un curioso acompañante, un pequeño babuino.
- ¡Atsu! , ¿quién es?-
El joven la miró de reojo y siguió caminando sin contestarle. Entonces, enfurruñada, la muchacha se dirigió al más pequeño.
-¡Ata!, ¿quién es este señor y que le pasa a tu hermano conmigo?-
Muy emocionado de que la chica se dirigiera a él este soltó de sopetón a Shu, que dio un traspiés y casi se cae de boca. El chico le respondió acelerado, ignorando por completo la pregunta sobre su hermano.
- Es un guerrero impresionante! Khyssa, tendrías que haberlo visto luchando contra las bestias de arena!, ¡Movía la espada tan rápido que era difícil seguirla! -
A la muchacha se le iluminaron los ojos y fue a decir algo, pero entonces el mono debió notar la energía de su dueña, porque se puso a chillar nervioso y para desgracia de Shu, se subió sobre su cabeza de un salto. Sorprendido, el joven se cayó de culo y el mono salió disparado hacia Atsu, que lo agarró por la nuca en pleno vuelo y se lo devolvió a Khyssa mientras su hermano ayudaba a Shu a levantarse. El mayor recriminó el comportamiento del animal a su dueña y este se escondió tras la niña como si le estuvieran echando la bronca a él.
- ¡Controla a ese estúpido mono!, va atacando a cualquiera cuando se pone nervioso-
Khyssa se puso roja y bajando la mirada respondió con la voz temblorosa.
-Ahk'melioh no es estúpido! , solo estaba saludando-
Atsu fue a responder enfurecido, pero entonces, para su sopresa y la de la propia muchacha, Shu se acercó con una sonrisa divertida y se agachó con dificultad para ofrecerles unos dátiles de su bolsillo a Ahk'melioh.
-No le regañes, es solo un monito curioso ¿verdad? –
La mascota de Khyssa asomó la cabeza y tras ver la fruta se lanzó a por ella y la devoró ahí mismo frente a Shu, mientras Atsu y khy atestiguaban sin palabras la escena fruto de la curiosa reacción de aquel extraño. Tras acariciarle la cabeza y despedirse del pequeño acompañante peludo de la joven, se levantó y acompañado de Ata, Shu siguió caminando hacia la casa como si no hubiera pasado nada.
No hace falta ser especialmente avispado para entender que ver llegar a un desconocido ensangrentado a las puertas de tu casa seguido de centenares de aldeanos como mínimo sorprendía al más imperturbable…Un hombre viejo de ojos color miel y barbas grises que yacía sentado en el patio frontal de la casa se levantó acelerado del taburete de mimbre sobre el que parecía hacer cuentas, derramando el bote de tinta sobre el papiro y la roca arenisca. Con los ojos desorbitados se acercó a los chicos seguido por varios guardias, igualmente sorprendidos.
- ¡Hijos!, ¡¿Qué ha pasado?!, ¡¿quién es este hombre?!-.
Shu fue a moverse un paso hacia aquel hombre, pero los guardias se adelantaron y le hicieron parar en seco poniendo sus khopesh sobre la garganta del joven. Los niños fueron a decir algo, pero Shu los detuvo y con una sonrisa levantó las manos y respondió sereno con un tono de voz apagado debido a la pérdida de sangre:
- Mi buen señor, le debo mi vida a sus hijos y me gustaría poder devolverles el favor, pero si sigo sangrando voy a tener problemas para devolver nada-
Este lo miró confundido de arriba abajo, ignorando por completo las historias que los dos chicos relataban a gritos agarrados a sus faldas, y tras ordenar instintivamente que le quitaran el arma, les ordenó a sus guardias que se lo llevaran adentro. Lejos de resistirse, Shu asintió con una sonrisa ante las nerviosas órdenes de los soldados y entró por voluntad propia sin decir una sola palabra. Mientras el padre de los niños observaba de reojo como el desconocido caminaba escoltado hacia el interior de su hogar, echó a voces a la multitud que rondaba curiosa en torno a la escena.
Atsu y Ata gritaban enganchados a su padre sobre que aquel desconocido era "el héroe que había venido a salvarlos", hasta que finalmente, cansado de los gritos, aquel hombre los apartó y les ordenó que se largaran a su habitación mientras el solucionaba el asunto. Shu les saludó con la mano para intentar tranquilizarlos mientras estos subían las escaleras y entonces volvió a dirigir su mirada al padre de estos.
Aquel hombre de ojos cansados y barbas grises lo miró por unos instantes antes de ordenar a una mujer de piel oscura como la noche que yacía de pie tras el que lo vendara.
-No me gustaría que me mancharas el suelo extranjero, la sangre es difícil de limpiar-
Shu dejó escapar una leve risa entre dientes y admiró a aquella mujer de rasgos felinos mientras le curaba las heridas, era probablemente Nubia. De repente le detuvo la mano y le dijo algo en un idioma que sorprendió a la mujer. Esta miró al hombre viejo y esgrimiendo una sonrisa le respondió y resumió su cura. El anciano gruñó y se dirigió a Shu muy serio:
-Crees que no os entiendo estúpido insolente?, no soy un esclavista… ìkìríí es como una hija para mí-
Shu agitó las manos en señal de disculpa.
-No pretendía ofenderle, simplemente me gusta saber con qué tipo de personas trato señor…-
Este se frotó el arrugado rostro para despejarse:
-Nkosi, me llamo Nkosi… y tú debes ser Runihura, ¿me equivoco? -
Shu pareció sorprenderse por primera vez desde que entrara y entonces la sonrisa desapareció de su rostro y respondió más serio.
-Prefiero Shu si no le importa-
Nkosi cogió la espada de topacio de Shu y admiró la hermosa aleación de su hoja y su filo extrañamente virgen. Con la mirada perdida en el arma se dirigió a Shu de nuevo:
-Las últimas noticias que corrían sobre ti es que la caravana que acompañabas por la ruta Sinaí nunca llegó a su destino, se te daba por muerto-
Su joven "invitado" desvió la mirada y respondió imperturbable.
- Es evidente que no lo estoy, ¿me pregunto quién tiene tanto tiempo para esparcir esos estúpidos rumores? –
Nkosi soltó una carcajada y entonces pareció finalmente relajarse un poco, lo que alivió igualmente a Shu, que empezaba a temer tener que escapar de allí por la fuerza.
-Shu, mis hijos dicen que te has enfrentado a los espíritus de arena y que eres alguien bendecido por los dioses que ha venido a salvarlos… ay, la dulce inocencia infantil-
Este dejó escapar una leve risa divertida y entonces se destapó la venda que cubría su resplandeciente gema azul, lo que hizo que tanto Nkosi como ìkìríí lo miraran sorprendidos. Apurado, el anciano ordenó a Shu que lo volviera a tapar y entonces se recostó sobre su taburete echándose las manos a la cabeza.
- ¿Porque estás aquí joven?-
Shu se cubrió la gema de nuevo y respondió mirando al suelo:
- Si le digo la verdad no lo sé con certeza, pero lo que sí sé es que debo entrar en ese templo protegido por las bestias-
El viejo cruzó una mirada de preocupación con ìkìríí y tras unos segundos en silencio se volvió a dirigir Shu.
- Cuanto quieres por librarnos del monstruo…-
Shu se rascó la perilla, pensativo y entonces negó con la cabeza:
- No quiero dinero, solo descansar, comer algo caliente, saber cómo empezó esto… y cuando acabe todo quiero un objeto del interior del templo-
A Nkosi se le humedecieron levemente los ojos y agarrándole de las manos asintió agradecido.
- ¡Lo que sea si de verdad puedes librarnos del yugo de esa cosa! –
Shu le devolvió una sonrisa silenciosa y disfrutó del momento, hacía tiempo que no veía en alguien una chispa de esperanza… aquello era…reconfortante.
¡El próximo pronto!
