Capítulo 14
"… una verdad escondida mil veces…"
-De algún modo un "te lo dije" parece pertinente –dijo una voz a su espalda con un tono irónico y burlón. No supo si le molestó. Por un lado estaba agradecida, pero el si tenía razón en esto quizá también hubiera tenido razón sobre la muerte de su padre. Eso sí le molestaba. O en realidad le dolía. Se giró en el momento exacto en que Glorfindel lanzaba una sonora carcajada, pero le clavó una mirada asesina en el momento exacto en que lo hizo callar.
-Tenías razón –admitió, dejando salir el aire.
-Lo siento, sólo estaba jugando. Olvidé que estás un poco sensible –le dedicó una mirada dulce y eso aplacó los ánimos de la media elfa- ¿Cómo está él?
-Apenas mejor. Ha despertado al menos. Creo que tú también te sentirías un poco mal si tu amado se debatiera entre la vida y la muerte y no puedas hacer nada –remató, con evidente desagrado. Elen y Glorfindel caminaron juntos un trecho hasta que ambos se sentaron bajo las ramas de un roble, en un mirador que dejaba ver el valle.
-Lo que ocurre es que yo no sé nada del amor –esbozó una media sonrisa triste, y eso la intrigó. Era extraño.
-¿Por qué? ¿Luego de tantos años no has encontrado la indicada? –inquirió, quizá con una cierta insensatez de meterse en ese terreno respecto a la vida privada de su superior. Pero no le importó, tenía confianza con ella.
-Durante parte de mi vida, pensé que el sexo era amor –la joven subió una ceja.
-No es tan malo –sentenció-. Al menos era ingenuidad, peor hubiera sido saber que el sexo y el amor son cosas diferentes y aun así elegir el sexo –lanzó una risita.
-Durante la otra parte de mi vida efectivamente fue así –volvió a reír recordando sus andanzas traviesas y desalmadas.
-¿Por qué? –inquirió con curiosidad. El amor había sido para ella lo mejor de la vida, no podía meterse en la cabeza que alguien pudiendo tenerlo, lo despreciara. Ella lo había perseguido hasta los confines de la tierra, y el capitán no lo deseaba. Eso era aun más extraño.
-Porque para mí era una debilidad. Una esposa, un hijo o un hermano… si tuviera que elegir entre mi pueblo y ellos, no podría ser tan fuerte. La soledad te salva –afirmó.
-Me contaron que igual moriste, así que ¿de qué te valió toda una vida de soledad? –Glorfindel asintió con pesar-. Imagino que cargar a tu hijo por primera vez debe ser lo más precioso de la creación –sonrió, imaginándose como sería, viendo los ojos de Aldaril.
-Tuve una oportunidad, pero no la tomé; y ahora ya es tarde para mí. Prefiero jamás enamorar a nadie –suspiró-. ¿Sabes? Tu padre me dijo una vez que él amaba a su esposa y a sus hijos, que me tenía lástima porque yo no era capaz de amar a nadie.
-Vaya, debió estar muy enfadado para decir algo como eso –el capitán asintió.
-Pues sí. Pero largo tiempo pensé en sus palabras, y tenía razón. No había sido capaz de amar entonces.
-¿Y ahora? –inquirió.
-Creo que sí. Pero me asusta, tengo la mala costumbre de que todo lo que toco se rompe –admitió en un enigmático enunciado que la dejó pensando que querría decir con aquello. Pero enseguida le respondió.
-Si tienes una nueva oportunidad sería mejor que no la arruines esta vez –le dedicó una sonrisa irónica, igual a la suya. Ese gesto, se preguntaba cómo diablos ella no se había dado cuenta. O quizá no era tan evidente y se estaba persiguiendo demasiado. En todo caso, agradeció profundamente que ella estuviera de acuerdo con darle esa oportunidad. Pasó su brazo por alrededor de sus hombros y habló en un susurro.
-Gracias, mi pequeñita –aunque ella subió una ceja, intrigada en por qué su superior la estaba tratando de ese modo. Pero era un gesto tan simple, tan paternal incluso; que le hizo desear que fuera su padre y no su capitán quien tuviera este tipo de charla con ella. Tembló recordando a su ada, y en silencio le agradeció, pensando que esperanzadamente él lo oiría. Por unos minutos se quedaron callados, hasta oír unos pasos que se acercaban presurosos. Elen cerró los ojos un momento, mientras descansaba y disfrutaba del calor del sol sobre su piel.
Un suspiro ahogado de sorpresa la sacó de su ensoñación. Abrió los ojos y se levantó de un salto para ver la expresión de horrorizada sorpresa de su madre. Los ojos castaños muy abiertos, el labio temblando; se acercó un poco y la abrazó. Dianna dejó salir el aire y la apretó fuerte. La había extrañado, en verdad. No lo había notado hasta entonces, pero de todos modos más de una vez había arrojado sus pensamientos hacia ella. Se preguntó para sus adentros qué diría el rey elfo de ver esta escena, que seguramente estaba clavándole la mirada azul con mucha atención. Sintió miedo, no era posible, el capitán. No, no iba a permitirlo.
-Es bueno verte sana y salva, iell nin –sonrió Dianna, y su hija sonrió con ella.
-Lo mismo digo, naneth. Dime algo, ¿qué ocurre? –enseguida negó con la cabeza, pero Elen no se lo creyó. El elfo avanzó hacia ambas y le tendió la mano a la recién llegada.
-Es bueno volver a verte –sonrió, y aunque era sincero a ella le pareció el colmo del mal gusto. Enseguida torció las cejas y le tendió la mano de mala gana. Ese contacto pareció despertarla de un extraño letargo. Había sido tan silenciosa, tan tranquila y hasta pasiva; que verlo otra vez despertaba a la leona hambrienta que tenía dentro.
-Deberías estar muerto –contestó con naturalidad, pero Elen la interrumpió.
-No seas grosera, no puedes ir diciéndole esas cosas a la gente –el capitán lanzó una risita, y la joven elfa sintió que de algo se estaba perdiendo.
-Está bien, pequeñita –contestó él-. Entiendo que es una sorpresa –giró la cabeza y se dirigió hacia Dianna-. Si Manwë puede darme otra oportunidad, cualquiera puede.
-Temo que no cuento con las mismas herramientas que un Vala a la hora de juzgar –lanzó con soberbia y una actitud pasivo agresiva que Elen nunca había visto. Le gustaba y le disgustaba a la vez; le agradaba saberla activa y dispuesta a pelear por algo, pero por qué, era un misterio. Por otro lado, no era buena idea que ofendiera a su superior, ya que estaba haciendo una carrera brillante.
-¿Alguien sería tan amable de explicarme que está ocurriendo aquí? –lanzó contagiándose de esa agresividad, y ambos negaron con la cabeza. Vaya, subestimada otra vez, para no perder la costumbre.
-Vete de aquí mi niña, temo que tenemos ciertos asuntos privados que arreglar –lo dijo con toda la educación de la que fue capaz; pero su tono la convenció.
Dianna estaba muy decidida, era para ella la primera vez en muchos años que sentía algo como aquello. De mala gana, Elen se giró sobre sus tobillos y se fue de aquel mirador. Sin embargo, se quedó cerca, agudizando su oído. Dianna hablaría con ella más tarde, pero ahora debía ocuparse de algo más. Le clavó la mirada con toda la fuerza de la que era capaz, pero el capitán no se dejó intimidar.
-¿Qué haces aquí? –inquirió.
-Aquí vivo –se encogió de hombros como si fuera obvio-. ¿Y tú?
-Visita. Pero quizá debería vivir aquí también para tenerte vigilado, ¿no te parece? –entrecerró sus párpados y rechinó los dientes. Sintió sus músculos tensarse, y aunque estaba desarmada se vio capaz de hasta atacarlo con garras y dientes.
-Sería bueno. Puedes quedarte conmigo, si quieres –sin siquiera pensarlo le aventó un golpe con la palma abierta que sonó seco en su mejilla y estremeció a Elen. ¿Cómo se atrevía a decirle algo como aquello? ¿Era una broma cruel? ¿Quería jugar a la familia feliz? Eso sería de tan mal gusto que hasta la daba asco pensarlo.
-Haz lo que quieras con quien quieras, pero juro que si vuelves a ponerle una mano encima a mi hija será la última vez que tengas manos, ¿lo has entendido? –Glorfindel asintió.
-No es lo que crees. Entiendo lo que sientes, y lo lamento. Lamento haberte hecho daño, hija mía –Dianna gruñó cuando lo oyó llamarla así-. Respecto a Elen, sólo quiero cuidarla. Ella puede decirte que la he salvado más de una vez –suspiró-. Si me lo permites, también puedo cuidar de ti –sus ojos se pusieron algo más vidriosos, y ella se preguntó qué significaba aquello.
Elen debió taparse la boca para evitar gritar. La cabeza le quemaba. ¿Cuál era la naturaleza de la relación entre ellos dos? ¿Hija mía? ¿Había oído bien? ¿Era la verdad o sólo una forma de decir? ¿Y por qué su madre desconfiaba en tal modo del capitán? ¿Tendría algo que ver con eso de elegir el sexo? No lo creía capaz de hacerle daño a su madre ni a nadie, o al menos eso pensaba hasta cinco minutos atrás. De pronto las horribles afirmaciones sobre su padre encajaban con el hecho de que su madre parecía odiarlo. Entonces, ¿realmente habían sido amigos? Algo había ocurrido entre ellos tres en algún momento antes de que ella naciera, ¿pero qué? Decidió que ya había sido suficiente. Corrió lejos, y lo único que quería era acurrucarse con Aldaril toda una temporada, donde nadie le hiciera daño.
-Yo nunca voy a creer eso. Nunca voy a confiar en ti –afirmó Dianna con frialdad.
-Entiendo –bajó la mirada.
-No, no lo entiendes. Asesinaste a mi madre. Intentaste asesinarme a mí, más de una vez. De hecho tengo una bonita cicatriz en la espalda que me lo recuerda. Sin embargo, pretendes que te dé mi bendición para acercarte a mi hija –subió una ceja, con ironía-. Ni lo sueñes. Jamás. No puedes aparecer luego de setecientos años y pretender arreglar todo con una disculpa, no soy idiota.
-Lo sé. ¿Me creerías si te digo que he aprendido a amarte, al igual que a Elen? –Dianna negó enérgicamente con la cabeza-. Tú eres lo único que quedará de mí en esta tierra. Aunque no lo quieras, mi sangre también corre por tus venas. Eso significa algo para mí. Busco redención, nada más. Perdóname.
-Nunca –sentenció-. No tengo nada más que hablar contigo –subió el tono, marcando cada palabra y clavándole la mirada-. Aléjate de ella –sin darle oportunidad de decir nada, se fue de allí; dejando solo al derrotado capitán.
Elen corrió a los establos, el único lugar donde supuso que no encontraría a nadie conocido. No comprendía. ¿Qué diablos tenía que ver el capitán con su madre? ¿Era en verdad su padre o qué? Si así era, eso lo convertía en su abuelo. Bien, eso podría explicar por qué la diferencia entre ella y el resto de los soldados, por qué se había empeñado en enseñarle. Pero, ¿no hubiera sido sensato decirle la verdad? ¿Qué ocultaba? Gritó de frustración y eso asustó repentinamente a los animales. Golpeó las paredes con los puños, una y otra vez, hasta que sus nudillos sangraron y aun más. Se sintió ahogada, como si no hubiera ni una gota de aire, y lloró. Pudo ver a Rochallor y a Galdor observando con los ojos tristes, como compadeciéndose de ella. Tomó aire, se limpió las lágrimas lo mejor que pudo, y salió.
Avanzó entre las galerías con disimulo, sin la menor intención de cruzarse con nadie y con su mejor expresión de que todo estaba bien. Abrió despacio la puerta de la habitación de Aldaril y se metió muy callada cerrando la puerta tras de sí. Él saludó con la mano pero enseguida se mostró preocupado. Allí adentro podía dejarlo salir, allí era otro cantar. Se acostó a su lado, mirando el techo e intentando contener las lágrimas. El joven la observó fijamente, preguntándose qué ocurriría. Acarició su cabello despacio y ya no pudo contenerse. Las lágrimas salieron de golpe, apretó sus párpados y sus puños, y se dejó llevar por el dolor. El elfo no comprendía qué le estaría ocurriendo, y hubiera dado todo por poder preguntárselo, o por poder dedicarle palabras alentadoras, decirle que la amaba y que siempre la cuidaría, que mataría a quien sea que la haga sufrir de este modo.
Pero no podía contar con su voz, por lo que dejó que lo expresara su corazón y su cuerpo quebrado. La abrazó con fuerza y dolió en los huesos, en la piel quemada, pero necesitaba de aquello. La envolvió entre sus brazos y la cobijó en su pecho, hundiendo su nariz entre su cabello e improvisando besos con lo poco que podía, que era en verdad, nada. Sanar era su trabajo aunque ahora fuera más un paciente que otra cosa, y a veces las heridas no son del cuerpo. Pero ese contacto para ella, sentirlo tan cerca, le hacía bien. Todas las pocas personas que había amado en la vida la habían subestimado o traicionado en algún punto. La decepción, la mentira, la traición; no había nadie que fuera totalmente confiable. Nunca se había sentido tan sola como aquel día. En toda esa oscuridad, lo único que le quedaba era Aldaril. Con paciencia y dulzura recorrió su piel con caricias, pero en silencio, con todo el amor que era solo para ella. Pasaron horas hasta que logró que dejara de llorar.
-Mi madre está aquí –susurró, y él asintió con atención-. Odia a Glorfindel –ese nombre le despertó algo, el recuerdo de sus sueños, y alertó todos sus sentidos. Si había sido su culpa, si la había lastimado así aprovechando su deplorable estado; ni bien pudiera ponerse de pie iría a buscarlo-. No sé qué le hizo él a ella, yo nunca la había visto así. Lo oí llamarla "hija mía" –se le quebró la voz, no supo que diablos quería decir aquello. El elfo repasó en su cabeza las palabras de Fingolfin. Las piezas parecían encajar. Tomó aire, tenía que contarle todo aquello. Señaló un viejo pergamino que estaba arrugado en su mesa de luz, y ella se lo alcanzó. Lo usaba para pedir cosas simples a los enfermeros, pero ahora tenía algo más importante para escribir.
"Tu padre me habló en un sueño. Me ha dado su bendición, pero más importante, me ha dicho que te cuide de Glorfindel. Ha dicho que no confía en él, que ha lastimado a tu madre de tal modo que si lo supiera me daría asco mirarlo. No sé qué es lo que hizo. Me pidió que no te deje sola con él, que te lleve lejos suyo. Eso mismo pensaba hacer ni bien pudiera. No pude cuidarte desde aquí. Lo siento. Dime algo, ¿qué te ha hecho?" Le tendió el papel y la observó leerlo con atención mientras su rostro se torcía en una mueca de dolor y sus ojos se llenaban de lágrimas. Aldaril volvió a tomar el pergamino de entre sus manos y agregó una oración más: "Ha dicho que no todos los padres quieren lo mejor para sus hijos". Tragó saliva y se lo entregó.
-Así que bien, mi capitán es el padre de mi madre –dedujo en un susurro-, pero él la ha lastimado tanto que ahora lo odia, ¿es correcto? –el joven se encogió de hombros, no podía saberlo; pero todos los indicios parecían desembocar en aquello-. Él me ha dicho que había tenido la oportunidad de tener una familia, que no era capaz de amar a nadie, que buscaba redención –recordó-, quizá quería tratarme mejor a mí que a mi madre –el joven volvió a escribir.
"Quizá quería terminar el trabajo, es decir, ¿qué ha cambiado en él?" Elen negó con la cabeza. "¿Qué es lo que ha hecho?"
-Eso mismo me pregunto yo –balbuceó, con la voz quebrada-. Debe ser algo que yo odiaría también, como para ocultarme quien era. Algo que provocó que mi padre dejara de ser su amigo –escondió su rostro entre sus manos y tembló. Pero enseguida la ira se encendió en su pecho, y miró fijamente a los ojos verdes de su amado. Levantó la voz y eso le dolió más que cualquier herida.
-¿Cuánto hace que sabes esto?
"Unos días" escribió con la mano temblorosa. Ella subió una ceja.
-Todo este dolor podría haberse evitado si me lo hubieras dicho antes. Debiste hacerlo –envolvió sus rodillas con sus brazos y escondió su rostro. Él la abrazó. Podía sentir todo ese dolor, maldita sea, ¿por qué no podían ser felices? Ahora lo entendía mejor que nunca, debía llevársela muy lejos de todo aquello, donde nada volviera a lastimarla. Elen suspiró y dulcificó su mirada frente a al suya. Lo besó con suavidad y adoración, y él dejó salir el aire intentando relajarse apenas.
-Perdóname, mi amor. No medí mis palabras –reconoció la elfa, mientras él cerraba los ojos y acariciaba su espalda suavemente. Sí, eso se sentía bien. No había sido nada. Se atemorizó, le dolería pelear con ella, lo que más quería era hacerla feliz. Paciencia, lo haría pronto-. No es tu culpa. Eres la única persona que jamás me ha mentido –suspiró, era duro reconocer algo como aquello, por lo que volvió a besarlo.
"No te preocupes, meleth nin" escribió calmadamente. "Entiendo como te sientes. Puedes preguntarle a Thranduil como reaccioné cuando me enteré que Oropher te había echado del bosque", esbozó una sonrisa con sólo las comisuras de sus labios. "Siento que haya podido acercarse a ti, pero ya no lo hará. Siempre te cuidaré" Elen sonrió, agradeciendo profundamente. "Te amo" trazó, y la miró fijamente con dulzura. Lo besó porque era lo que más necesitaba en el mundo, no podría enfrentarse sola a todo aquello.
-También te amo. Gracias –susurró. Enseguida se acurrucó a su lado y simplemente disfrutó de sus suaves caricias hasta que el sanador hiciera menguar el dolor de su alma. Sus dedos finos y fuertes eran un bálsamo en forma de contacto, sanar era su trabajo y era aquella su naturaleza, recién entonces lo comprendió. Era muy afortunada, ya nunca más quería dejarlo ir. No podía esperar para beber de su boca y sentir su sabor, seguramente sería lo más delicioso del mundo. En silencio, también agradeció a su padre, aunque sintió algo de pudor al pensar que podría estar observando ese momento de intimidad. Los colores le subieron a las mejillas, igual que le ocurría a él, y sonrió con gratitud.
Buenas! Volví, qué opinan de este cap? Dianna está de vuelta, y más decidida que nunca, a ver si la extrañaban como era antes.. yo también! Elen empieza a conocer a Glorfindel, pero todavía no se imagina las cosas que hizo. Por cierto, ya está plantada la semilla de la discordia en la nueva pareja, así que los veremos pelear un poco más.
*Escenas del capítulo siguiente* Sabremos algo más de Thranduil y Elenshael que están un poco olvidados; volveremos a ver a Fingolfin, y sabremos algo más de Gani y Dís. Pero, Thranduil y Gani no van a llevarse nada bien ¿esto funciona para intrigarlos? *de pronto alguien me empuja, y al igual que su padre deduce bastante rápido cómo se usa un teclado*
Hola sí, chicos, quería hablar con ustedes directamente. Me dijiste ninfómana, justo tu, no sabes las cosas que contaba mi hermano Turgon! Deja de hablar mal de mí, o me veré obligada a contar todo aquello. Será divertidísimo *risa malvada* ¿Sabes que ocurre? Se malacostumbraron a la maniática de mi madre que quería tener todos los asuntos de su vida perfectamente solucionados antes de incluso atinar a abrir un poco la boca durante un beso! pero ufff... mejor primero disparas y luego preguntas, si esperas mucho para disparar, se te adelantan los orcos, ¿me explico con esta metáfora? A ver cómo te sientes tu después de un par de cientos de años de soñar con llenar un espacio que parece cada vez más vacío. Si fuera ninfómana, podría haber estado con Gani, con Glorfindel, con Lindir, o con cualquiera... y sin embargo esperé, y sigo esperando, como una persona civilizada. Me sacan de quicio, no aguanto más esta espera, y no tengo ningún problema en decirlo. Además, el joven Aldaril parece querer también. Así que déjennos vivir en paz, a ver si alguien en esta familia logra algo antes de 30 capítulos. Mis más sinceros saludos *se va sin saludar*
Ok bueno, las opiniones de los personajes no me representan. Mejor me voy antes que me maten. Adios amigos!
