Inuyasha © Rumiko Takahashi


14 El especial interés

Cuando se tiene un vínculo genuino con alguien, cuando de verdad se le desea la felicidad a alguien, sólo entonces la dicha del otro será suficiente para la dicha de los dos. Así estaba Kagome con Sango, tan feliz por ella por simple extensión. Y con las sonrisas y la luz de los ojos de su amiga le era más que suficiente, sentía que el logro era de ella y que los frutos de ese gozo los cosecharía ella.

Por eso no vio la siguiente tormenta acercarse.

Era un poco entrada la noche cuando alguien tocó a su puerta. Sango preguntó otra vez si no deberían haber escuchado el timbre primero y Kagome volvió a quejarse del portero, que dejaba pasar a cualquiera.

—Kagome Higurashi me supongo —dijo la mujer, fría y distante.

—Señora Ishiguro —atinó a hablar.

—¿Me dejará pasar? —no era una pregunta, no realmente, y Kagome, sin otra opción, le permitió la entrada.

—Usted debe ser Sango Yagami —la escuchó decir, igualmente altiva, sin dedicarle tanta atención como hizo con al resto de la casa.

—Ella es Irasue Ishiguro —Sango le dedicó una mirada esperando un poco más de información y Kagome agregó en voz baja y aprovechando que su invitada se había alejado un poco—. La madre de Sesshomaru Taisho.

La expresión en los ojos de su amiga fue inimitable.

—¿Puedo ofrecerle algo de beber, señora?

—Desde luego que no —repuso con firmeza, volviéndose—. Sólo he venido a intercambiar unas palabras. Confío en que me concederá unos minutos.

—Yo… —Sango comenzó a caminar— me voy a mi habitación. Un gusto, señora.

Irasue Ishiguro ni siquiera le ofreció una mirada, su atención estaba inequívocamente sobre Kagome Higurashi. La susodicha sabía que era una muestra en un microscopio. Pensó que, aunque Koga había ofrecido la advertencia, jamás hubiese esperado que la mujer en persona se tomase el trabajo de averiguar su domicilio, ir hasta su casa y a esa hora.

—Entenderá a qué se debe mi presencia, no me cabe duda.

Kagome manifestó genuina sorpresa en sus ojos.

—Se equivoca, señora, no se me ocurre una sola razón.

—Señorita Higurashi —repuso con manifiesta irritación—, sepa usted que conmigo no se juega. Hace unos días llegó a mí una noticia muy alarmante. Que a raíz de su inescrupulosa visita a la casa de mi hijo, obligándolo a ofrecer su hospitalidad al invitarla a usted y a su madre, pretendía oficializar una relación con él. No me pareció un absurdo considerando que su amiga está muy ventajosamente en pareja con el señor Murakami, un vínculo cercano a mi familia, pero supe al instante que se trataba de una escandalosa falsedad y decidí al instante venir hasta aquí para escucharla contradecir estas desagradables habladurías.

—Si estaba tan convencida de que no es verdad —replicó con sequedad— me pregunto por qué se ha tomado la molestia de venir hasta aquí, señora.

—¿Acaso se burla de mí?

Kagome dejó de preocuparse por ocultar sus emociones y se mostró tan ofendida como se sentía.

—Su presencia aquí será una confirmación, si es que esas desagradables habladurías efectivamente existiesen.

—¿Acaso fingirá ignorancia?

—No sé de dónde ha sacado tamaña aseveración —replicó.

—¿Puede asegurarme que carecen de fundamento? —presionó, dando un paso hacia ella.

—No pretendo ser tan franca. Usted puede hacer cuantas preguntas desee, yo puedo optar por no responder a ninguna de ellas.

—No aceptaré esa respuesta. ¿Ha usted hecho una propuesta formal a mi hijo, la ha ofrecido él?

—Acaba de decir que sería imposible.

—¡No debe serlo! —exclamó— Mi hijo tiene obligaciones familiares, compromisos asumidos. ¿Sería usted tan egoísta de interponerse?

Kagome decidió que aquella era una pregunta retórica y cruzándose de brazos, se preparó para más.

—No estoy acostumbrada a este trato, a actitudes como la suya, tan desvergonzada. Es mi derecho conocer las preocupaciones de mi hijo.

—Sí, pero no las mías, señora. Le diré más: su actitud no hará que desee ser más explícita.

—Permítame ser yo más explícita entonces —y tomando aire, prosiguió:— ¿Acaso cree que podría mantenerme al margen de esta repulsiva situación, que permanecería indolente ante el peligro de sus intenciones? Su insolencia y osadía de pretender la unión con mi familia está muy por encima de sus posibilidades, señorita Higurashi, sus circunstancias no tienen semejanza alguna con las de mi hijo.

Kagome estaba lívida de indignación.

—Si su hijo efectivamente quisiera unir su vida a la mía, independientemente de todas esas cosas que usted tan minuciosamente enumeró, ¿por qué no habría de aceptarlo?

—Porque su sensatez, su inteligencia y su honor no le permitirían aceptarlo. La unión que yo deseo para mi hijo traerá amplios beneficios para ambas familias, es el deseo de ambas familias, familias poderosas, señorita Higurashi. ¿Sería tan caprichosa de proceder en contra del anhelo de tantos involucrados?

—Deberá disculparme, pero, ¿qué importancia tendría todo eso para mí? Si mi deseo fuese unirme a su hijo, y él a mí, ¿acaso cree que personas absolutamente ajenas a mí me detendrían de concretarlo?

—Niña obstinada y testaruda. Me avergüenzo de su actitud —Irasue Ishiguro parecía estar a un paso de perder definitivamente los estribos y Kagome todavía no había recabado el coraje necesario para echarla de su casa. Entonces habló otra vez:—. ¿Le ha hecho alguna propuesta a mi hijo?

—No —respondió con gran acritud.

—¿Él a usted?

—No.

—¿Me promete que no hará ni aceptará propuesta alguna?

—Señora —espetó—, jamás le haré esa ni ninguna otra promesa. Ya no tiene nada más para decir —y caminando rápidamente hacia la entrada, hablaba:—, me ha insultado en todas las maneras posibles. Le voy a pedir que se retire —y abriendo la puerta la miró una última vez—. Ahora.

—¡Jamás he sido tratada con tanta descortesía! —y dando amplias zancas, la señora Ishiguro se marchó y Kagome se permitió dar un portazo en su nuca.

Su cuerpo demoró unos segundos en procesar lo acontecido y las lágrimas esperaron la presencia de Sango para dar rienda suelta al estrés generado, a las emociones sufridas y lloró durante largo rato. Su amiga, delicada, no hizo preguntas, sólo ofreció su consuelo y compañía, y permaneció con ella hasta que se quedó dormida.


Decidió que su semana empezaría prometedora. Cuando Sango salía para su trabajo, ella tomó el camino opuesto y caminó hasta su librería de costumbre y tomó la noble resolución de hacer una nueva compra y buscar la tan anhelada distracción de los sucesos del día anterior. Hizo su elección y al salir se encontró ahí mismo en la entrada del comercio con Inuyasha Taisho.

—Hola, Kagome —saludó, cordial y sonriente.

Ella, habitualmente cortés, devolvió el gesto.

—¿Puedo invitarte otro café?

A los minutos estaban sentados en el mismo lugar donde supieron hacerlo la primera vez y Kagome se preguntó por qué había accedido a esa situación. Después de leer lo que Sesshomaru Taisho tenía para decir de su medio hermano le parecía que nada tenía para hacer allí, en su compañía.

Él no parecía advertir su actitud distante, o lo fingió muy bien, e inició una jovial conversación llena de preguntas sobre su vida desde que se había ido de Tokio. Tuvo la osadía de comentar sobre la fiesta de cumpleaños de Rin Taisho y hasta de hacer comentarios sobre el carácter caprichoso y orgulloso de la joven, muy análogo al de su hermano mayor.

—Tuve la posibilidad de conocerla —replicó ella, analizando sus reacciones—, me pareció muy amable y madura.

—Tal vez haya cambiado algo en este último tiempo —accedió sonriente y antes de permitirle a su interlocutora cambiar el tema, prosiguió:—. ¿Cómo se conocieron?

—En su casa.

—¿La casa de Karuizawa?

—La misma. Sesshomaru también estaba ahí, nos invitó a mi madre y a mí a cenar.

—¿De verdad? —Kagome leyó la primera emoción genuina en él: desagradable sorpresa.

—Sí, fue muy amable con nosotras. Ambos fueron excelentes anfitriones.

—Qué bueno saberlo.

Kagome sabía que mentía y advirtió la incomodidad manar de él a partir de su opinión sobre esos dos personajes. Pocos minutos transcurrieron hasta que Inuyasha manifestó tener asuntos que atender y con ensayada educación la despidió; ella sonrió, feliz por deshacerse de él y por el triunfo. Estaba convencida de que no la buscaría otra vez. No quería verse inmiscuida en sus asuntos por nada del mundo.