Como cada vez que Harry viajaba con trasladador perdió el equilibrio al llegar y cayó al suelo vergonzosamente. Se levantó con rapidez viendo a su alrededor para saber dónde se encontraba. Era una sala no muy grande, sin ventanas y solo iluminada por algunas antorchas, sin ningún mueble y condenadamente sucia. Solo pudo localizar una puerta como única salida.
Con cuidado de que Lestrange no le viera, buscó su varita, pero ¡no estaba! Se giró para ver a aquel maldito mortifago lucir una malvada sonrisa.
— ¿Es esto lo que estás buscando? — canturreó divertido.
Harry no tuvo que acercarse para reconocer que era su varita la que estaba en manos de aquel hombre y suspiró derrotado ¿Cuándo se la había quitado? Se recriminó interiormente, debía estar más alerta y no bajar la guardia. Solo llevaba unos minutos en el antro de su enemigo y ya estaba desarmado.
— Bien jovencito, el Señor Oscuro no podrá recibirte hasta mañana. Con la diferencia horaria hemos retrocedido nueve horas. Son las nueve de la noche aquí en Inglaterra y estarás a mi cargo hasta que nos llame.
Harry no quiso decir nada y espero a que el mortifago continuara.
— Ya que para tu cuerpo ahora es de mañana y no debes tener sueño aprovecharé para enseñarte lo que significa la palabra obediencia, algo que no creo que esté en tu vocabulario. El Señor Oscuro parece que quiere participar en tu educación y yo me aseguraré que te quede bien grabado en tu pequeño cerebro lo que significa esa palabra.
Harry tragó saliva, aquello no pintaba nada bien. Estaba de pie, plantado en medio de aquella lúgubre sala y el más joven de los Lestrange empezó a caminar a su alrededor, suponía que para intimidarlo. Era un hombre fuerte y rudo y el malvado brillo de sus ojos no le presagiaba nada bueno.
— Obedecerás a todas mis órdenes sin demoras ni quejas — siguió hablando. — No tienes permitido salir de este lugar, comerás y dormirás en esta sala, cuando yo diga y a la hora que yo elija. Cualquier desobediencia o intento de escape será severamente castigado. ¿Queda todo muy claro?
— Clarísimo.
Pero aquella respuesta no gustó al mayor y un hechizo impactó traicioneramente en la espalda de Harry, una dolorosa corriente eléctrica que recorrió su cuerpo, escapándosele un leve gemido de dolor.
— Empezaremos con algo simple, quiero un "Sí señor" cuando me des una respuesta. — Comentó con una malvada sonrisa.
Harry no dijo nada y de nuevo sintió aquel dolor recorriendo su espalda, repartiéndose por todas sus terminaciones nerviosas.
— No empezamos muy bien ¿no crees? Tu testarudez no va a traerte nada bueno.
Harry le miró desafiante y de nuevo el hechizo le impactó, ahora en el pecho y con mucha más intensidad. Sintió como si estuviera siendo electrocutado y cayó de rodillas, colocando una de sus manos en el suelo para estabilizarse.
— De acuerdo — suspiró dramáticamente —. Ya veo que quieres que empecemos con mal pie. Vas a quedarte así, de rodillas, hasta que me des una disculpa por tu falta de respeto. Las manos en tu regazo, la espalda recta, una posición que has practicado mucho últimamente, por lo que no te va a ser difícil. — le dijo refiriéndose a la postura que adoptaban los japoneses para sentarse.
Harry vio como dibujaba un círculo a su alrededor con la varita.
— Por cada intento de cambiar de posición, por muy mínimo que sea, vas a recibir una descarga eléctrica.
Harry respiró profundamente no pensaba disculparse ante aquel sádico, que solo quería entretenerse a su costa. Se posicionó lo más cómodo que pudo, colocando las manos sobre su regazo. El mortifago movió su varita y notó como se activaba un campo de fuerza a su alrededor.
Empezaron a pasar los minutos e intentó abstraerse de su cuerpo entrando en meditación. Lestrange hizo aparecer un cómodo sillón y se puso a leer.
Hacía más de tres horas que se encontraba en la misma posición, la meditación ya no le era efectiva y notaba el dolor lacerante en cada uno de sus músculos. El frio se había ido calando bajo su piel y temblaba involuntariamente.
El golpe del libro, que leía Lestrange, cerrándose de golpe le hizo sobresaltar y, con el movimiento, rozó la barrera electrocutándose dolorosamente.
— Seré magnánimo por esta vez. — habló el hombre, levantándose del sillón, con una media sonrisa en su boca —. Un "lo siento señor" y voy a dejarte levantar.
Harry le miró, sería tan fácil decir aquellas palabras y poderse mover, pero no quería rebajarse ante aquel mortifago y sus labios siguieron sellados.
Lestrange sonrió — Ya veo. — Hizo aparecer una pequeña mesa frente al chico y está se llenó de deliciosa comida —, pero yo tengo hambre, no he cenado y no voy a privarme por tu cabezonería. Recuerda que no puedes mover las manos de tu regazo.
El hombre se sentó sobre un cojín y empezó a comer frente al chico, haciéndole salivar ante aquellos manjares. Por mucho que cerrara los ojos los olores le seguían llegando y su estómago gruñó sonoramente, sacando una carcajada al único comensal de aquella mesa.
— ¿Tienes hambre jovencito? Esta carne está deliciosa, Ummm. Se deshace en la boca. Sabes, si te disculparas compartiría estas exquisiteces contigo.
Esta vez su voluntad casi decayó, en Japón había comido mucho arroz, verduras, pescado, pero no hubo ningún estofado como el que estaba saboreando aquel hombre. La boca se le hacía agua y cerró fuertemente los ojos, no iba a disculparse, sería darse por vencido en aquella lucha de voluntades.
— Tú mismo — habló de nuevo al ver que el joven todavía no iba a ceder.
Para los postres hizo que los elfos le trajeran un poco de todo. Comió despacio, dándole tiempo al chico para que viera y oliera cada uno de aquellos deliciosos platos. Vio como los verdes ojos se fijaban repetidamente en el trozo de tarta de melaza y lo apartó, dejándolo sobre la mesa.
Terminó de comer oyendo los graciosos ruidos que hacía el estómago del menor y sonrió. Las órdenes de su señor eran que debía amansar a la fiera, pero sin maltratar aquel joven cuerpo, no debía tener ni una sola herida. Le dejó muy claro, a base de crucios, que necesitaba al jovencito cansado y con los reflejos torpes.
Pasaron dos horas más antes de que viera como el cuerpo del menor oscilaba. Acabó convulsionando al quedar atravesado en el campo eléctrico y lo desactivo para que volviera a enderezarse. Con mucha dificultad, el muchacho volvió a la posición que le había obligado a mantener durante ya cinco horas.
— Sabes, esta tarta puede ser tuya si te disculpas.
Harry ya no se acordaba porque debía disculparse, sabía que era una lucha de voluntades, la razón no era importante. Sus ojos no podían separarse de la tarta que se encontraba sobre la mesa, se veía tan deliciosa.
Notó como aquel hombre se acercaba a su oído y murmuró — Solo un "lo siento señor" y esa tarta será tuya.
Pero por mucha hambre que pudiera sentir no vaciló y siguió inmóvil, sin dar su brazo a torcer.
Lestrange amplio su sonrisa, los planes marchaban perfectamente. Sabía que atacando el orgullo del chico iba a caer en su trampa. Su señor lo quería cansado y cansado lo tendría.
— Yo voy a dormir, pero tú no puedes. No te has disculpado y no tienes ningún derecho hasta que eso suceda.
— Necesito ir al baño — Su voz fue un murmullo, pero Lestrange le oyó.
— Discúlpate y podrás salir de ese círculo —. Apareció una argolla en el suelo y una pequeña cadena ató uno de los tobillos del chico a ella. Todas las precauciones eran pocas con aquel testarudo. También apareció un cubo suspendido sobre la cabeza del muchacho. — Si te duermes te caerá el agua helada encima y si te mueves te vas a electrocutar. Que pases buena noche.
Y se retiró al fondo de la sala donde hizo aparecer una cama y se durmió cómodamente.
Cuatro cubos de agua y multitud de calambrazos eran el resultado de la peor de las noches que Harry había pasado.
Eran las seis de la mañana cuando Lestrange despertó. Se quedó viendo el deplorable aspecto del chico: sucio, de haberse hecho sus necesidades encima; con los ojos turbios, hundidos por el cansancio; su ceño fruncido por el dolor; mojado y con los labios azules del frio, temblando incontrolablemente. Tendría que traer alguna poción para que no le cayese enfermo, pero sin duda era el estado en el que su señor le necesitaba.
— Buenos días Harry ¿Has pasado buena noche? — En la mesa apareció un desayuno con salchichas, huevos, tortitas, zumo de naranja, té y café y una nueva porción de tarta de melaza.
A Lestrange le gustaba el café por las mañanas y saboreó la caliente bebida, mientras veía como el chico salivaba nuevamente con la comida.
— ¿Crees que puedes pedirme ahora la disculpa por haberme faltado al respeto?
Harry le miró sin ver y cerró los ojos, un nuevo cubo de agua cayó sobre él a los pocos segundos. El hombre suspiró y, con un movimiento de varita, desapareció el cubo.
Harry evaluó rápidamente los pros y los contras de disculparse y dejarse vencer en aquella estúpida batalla de voluntades. Encontró inútil seguir resistiendo, reservaría energías para batallas más importantes.
— De acuerdo — murmuró cansado.
Lestrange sonrió, parecía que no iba a tener que insistir más.
— Estoy cansado, tengo hambre y esto empieza a ser algo inútil. Lo siento ¿De acuerdo? Lo siento, sea lo que sea lo que sienta.
— Te olvidas de algo importante en esta disculpa Harry.
— Lo siento señor — masculló. No quería seguir infinitamente de rodillas y dio su brazo a torcer.
— Eso está bien Harry — Quitó el circulo y le acarició el mojado pelo, como si de un perrito se tratara.
Apareció una bañera con agua caliente y jabón, ropa limpia y llenó la mesa de comida.
— Báñate, cámbiate de ropa y come, en el orden que quieras, yo voy a hacer lo mismo. Cuando vuelva quiero que hayas empezado a leer el libro que está sobre el sillón. Si te duermes voy a pensar en algo peor que tenerte atado toda la noche al suelo de rodillas y, créeme, tengo mucha imaginación. Yo decidiré cuando tienes derecho a dormir.
En cuanto Lestrange salió de aquella sala, Harry, se apresuró a sacarse la ropa sucia que llevaba encima y, cogiendo el trozo de tarta de melaza, entró en la bañera. Aquello era un sueño, el agua caliente relajaba todos sus músculos y aquella tarta sabia deliciosamente bien. Se lavó concienzudamente y, con magia sin varita, fue acercándose diferentes platos de comida y bebida sin salir de la bañera. Con su estómago satisfecho y la relajante sensación del agua caliente se quedó dormido.
Cuando Lestrange volvió a entrar en aquella sala se encontró con el muchacho completamente dormido dentro del agua y sonrió maliciosamente. Sabía que después de tantas horas sin dormir caería completamente dormido tras un baño caliente. Ahora ya tenía la excusa para seguir castigándole y cansándole como deseaba su señor.
Le despertó con un cubo de agua helada, que hizo caer sobre su cabeza.
— Vaya, parece que el bello durmiente sale de su sueño. — se mofó el mortifago al ver el brinco que había dado el chico.
Harry hundió la cabeza en el agua de la bañera, que todavía se conservaba caliente, para sacarse el frio del agua que le había despertado.
— Dime jovencito, ¿Cuáles fueron mis palabras antes de dejarte a los placeres de la comida y el baño caliente?
Harry no contestó, evitando mirarle, recordaba perfectamente aquellas palabras y sabía que su castigo por dormirse iba a ser muy imaginativo.
— ¿El agua ha ablandado tu cerebro? ¿Ya no sabes hablar?, umm… o es que recuerdas que mi única premisa era que no podías dormir y ¿con que me encuentro? Que no has seguido mis directrices y estabas plácidamente dormido. ¡SALTE INMEDIATAMENTE DEL AGUA! — grito de golpe.
Harry salió de la bañera sin siquiera pensárselo y recogió la toalla que tenía preparada al lado de la bañera para cubrirse.
Lestrange le secó con su varita y le tiró a la cara unos pantalones de deporte y una camiseta, pero nada de calzado.
— Vístete y empieza a correr, quiero que des vueltas a esta sala. Vas a dar una vuelta por cada minuto que hayas dormido. Como parece que has estado durmiendo por casi una hora son sesenta vueltas. Empieza ya. — Con la varita hizo aparecer un contador para que no le engañara con las vueltas y vio como el chico empezaba a correr.
Tras varias vueltas, Lestrange, se aburrió de verle dando vuelta sin quejarse y empezó a complicar el castigo con una sonrisa maliciosa.
A Harry no le asustaron las sesenta vueltas, la sala no era muy grande y en sus entrenamientos con Rafiq había hecho cosas mucho peores. Al principio todo fue bien, pero, cuando el marcador anotaba su vuelta número veinte, empezó a encontrarse con pequeñas piedras o pequeños clavos que herían la planta de sus pies desnudos.
El susto se lo llevó al ver que el suelo se convertía en lava y tuvo que dar un salto para no quemarse.
— Buenos reflejos — Oyó al mortifagó. — Sigue corriendo, no te pares.
Aquello se convirtió en una carrera de obstáculos, enormes paredes que aparecían ante él y debía escalar, agujeros sin fondo que debía saltar, zonas rocosas en las que sus pies no salían indemnes, ríos de agua helada o agua hirviendo en que tenía que crear un puente para atravesarlos, perros rabiosos que le perseguían y a los que debía lanzar hechizos sin parar de correr para que no le mordieran. Como había dicho, la imaginación del mortifago no tenía límites.
Agotado llegó a su vuelta número sesenta y la sala volvió a la normalidad.
— Nada mal — reconoció el mortifago viendo al desfallecido muchacho sentado en el suelo, intentando recobrar el aliento. Con un hechizo le limpió y le acercó una crema para que curara sus sanguinolentos pies. — Tienes cinco minutos para curarte, el señor oscuro ya nos ha llamado y debemos ir.
Harry no tardó en aplicar la crema que, gracias a Merlín, curó de inmediato todas las pequeñas heridas y quemaduras que tenía en sus pies. Se vistió en tiempo récord con la ropa interior y la túnica que le había dado el mortifago.
Salieron de la sala y el hombre le acompañó por laberinticos pasillos hasta llegar frente a una puerta pintada de negro, su marco estaba recubierto de runas talladas en la madera. A Harry no le dio tiempo de descifrar de que runas se trataban que la puerta se abrió y le hicieron entrar bruscamente.
— Puedes retirarte — Oyó como le decían a Rabastan Lestrange. — Vigila que nadie nos moleste.
Harry miró inquieto a su alrededor, la iluminación era escasa y tardó unos segundos para que sus ojos se habituaran. Estaba en un recinto sin ventanas, con paredes también pintadas completamente de negro, un par de antorchas iluminaban la estancia dándole un aspecto macabro e intimidante y, en el centro, la escalofriante figura de Lord Voldemort que le observaba con fingida paciencia. En cuanto se cerró la puerta, Harry, sintió una fuerte opresión en todo su cuerpo, sintiéndose débil y dificultándole la respiración.
— ¿Que está sucediendo? — murmuró, apoyando su mano contra una de las paredes para estabilizarse. Sus dedos encontraron y resiguieron el dibujo de varias runas grabadas en la pared, fijándose que toda la habitación estaba cubierta de ellas.
Voldemort aprovechó aquel desconcierto del chico para cogerle rudamente del brazo y arrastrarle hacia un altar de piedra. No le costó subirle y atarle a las argollas que salían de la piedra. Aquella habitación restringía un poco la magia y Lestrange le había asegurado que el chico estaba lo suficientemente cansado para que no pudiera recobrarse rápidamente. Para evitar que a él le sucediera lo mismo llevaba ya más de dos horas allí encerrado para aclimatarse a aquella desagradable sensación y luchando contra el poder de las runas para controlar su magia.
— ¿Qué…qué haces? — tartamudeó, sin fuerza para defenderse. Se encontraba tumbado, con su espalda contra una superficie de piedra e imposibilitado de movimiento. — Suéltame.
Harry forcejeó intentando liberarse, pero su magia no le respondía y se sentía demasiado débil.
— Estate quieto, no vas a poder soltarte y solo conseguirás dañarte si sigues forzando.
— ¿Vas a matarme?
Solo fue un susurró, verbalizando el temor que sentía, pero en aquel silencio Voldemort le oyó.
— No, no quiero matarte. Ahora eres mío y no está en mis planes prescindir de tu compañía.
Sus miradas conectaron, desafiándose. Uno por no querer que viera el miedo en sus ojos, el otro, por no querer que viera su ansiedad.
— Entonces ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué quieres?
— Quiero silencio — cortó las miles de preguntas que sabía corrían por la cabeza del mocoso —. Debo concentrarme para comprobar la veracidad de una información — y amordazó al muchacho para que no pudiera distraerle.
Voldemort empezó un cantico y fueron apareciendo runas en el altar, rodeando a Harry. El cantico se intensificó y las runas brillaron hasta que una luz envolvió completamente el joven cuerpo. La cicatriz empezó a dolerle y aquel dolor se fue intensificando hasta que empezó a sangrar y un lastimero quejido salió de su boca, perdiendo finalmente el conocimiento.
Poco a poca la luz se fue extinguiendo.
— Completamente mío — Susurró Voldemort viendo al muchacho inconsciente.
Había podido confirmar que Harry Potter era su horcrux, el squib no le había engañado. Aquella fatídica noche, en que quiso matarle cuando solo era un bebé, le convirtió accidentalmente en su séptimo horcrux.
Sabía que el viejo come caramelos había destruido cinco de ellos, había sentido como la parte del alma que conservaba se contraía horrorizada al sentir la perdida, pero le quedaba Nagini y ahora aquel jovencito que, sin saberlo, se había convertido en su mejor salvaguarda.
Debía evitar que nadie supiera de aquel séptimo horcrux y mucho menos el implicado. Volvió a mirar al muchacho que todavía no recuperaba el conocimiento ¿Qué iban a hacer los luminosos magos si se enteraban que su preciado héroe ahora protegía su inmortalidad? ¿Matarle? ¿Serían capaces de trasgredir todos sus ideales para matar a su presunto salvador por un bien mayor? No quería tentarles y antes de que pudieran encontrarle encerraría al muchacho bajo llave o quizás… podría borrarle la memoria y convertirle en su hijo. Si sería divertido ver como su precioso héroe no les reconocía y defendía al enemigo de la luz, llamándole padre.
El único que sabía era aquel squib con raros poderes. Con su don había visto el aura del muchacho y también pudo ver el aura del horcrux que albergaba, pero ya se había encargado de silenciar su boca con un juramento inquebrantable sobre la vida de su querido hijo. Si hablaba su hijo moriría entre horribles y dolorosos tormentos.
Una gran carcajada llenó aquella lúgubre estancia.
Cuando Harry despertó notó que estaba sobre una superficie blanda y cómoda, abrió los ojos y se encontró con una varita muy cerca de su frente, asustado, saltó de la cama para alejarse de aquel engendro y su varita.
— ¿Qué estabas haciendo? — gritó frotándose enérgicamente la cicatriz, que le estaba dando picazón. Miró rápidamente a su alrededor para situarse y vio que se encontraba en una lujosa habitación.
— He venido a buscarte para cenar, llevas todo el día durmiendo — habló Voldemort, ignorando la pregunta —. Adecéntate, será tu presentación a mi círculo interno.
— No quiero mezclarme con tu gente, preferiría quedarme aquí.
— No he pedido tu opinión, solo arréglate. — contestó tajante —. No quiero que te ataquen por ser ignorantes de tu estadía con nosotros.
— No te creas, para mí sería un placer que me atacaran, entonces me vería obligado a defenderme y quizás…— dijo con una pícara sonrisa — te quedarías sin tus más preciados mortifagos… que buenas ganas les tengo — acabó murmurando.
— Entonces, mi joven áspid, les dejaré muy claro que no deben atacarte para que no puedas morderles e inocular tu terrible veneno. — Una especie de sonrisa apareció en aquella horrible cara, divertido por el comportamiento del chico. — Pero vista tu animadversión por mi gente quiero una promesa de tu parte de que no escaparas y no atacaras a nadie.
— ¿No te fías de mí? — preguntó en tono juguetón.
— No me fio ni de ti ni de nadie. Tú promesa Harry antes de que me enfade, te encierre en la más oscura mazmorra y me olvide de tu existencia.
— Pero yo debo fiarme de ti ¿Por qué no tú de mí?
Una muy mala mirada y el movimiento de su brazo para levantar la varita y maldecirle hicieron que Harry añadiera rápidamente.
— De acuerdo, de acuerdo, pero quiero saber cuándo dejaras que me marche
— Cuando crea conveniente.
— Si quieres una promesa necesito saber cuántos días.
Voldemort entrecerró los ojos, con su mano sujetando con fuerza la varita.
— Que rápido te enojas — se quejó Harry al ver como empezaba a levantar la varita con no muy buenas intenciones para con él —. Entiende que no puedo prometerte que nunca escaparé de ti, eres mi enemigo.
— De momento la semana en qué quedamos, luego ya veremos. — Dijo tras un tenso silencio.
— Y transcurrida esa semana, me dejarás marchar con mi tutor sin la restricción de la distancia que nos impusiste.
El mago oscuro le miró intensamente, pero Harry no se amedrentó y siguió esperando la respuesta.
— De acuerdo, pero no pidas nada más porque has llegado a tú limite. Ahora tú promesa.
— ¿Qué debo prometer exactamente?
— Que no intentarás escapar, que obedecerás y puntualiza que no atacarás a nadie.
Harry frunció el ceño por la manía que les había entrado a todos en que debía obedecer.
— Prometo por mi magia que no intentaré escapar durante esta semana, que obedeceré a las órdenes que entren dentro de lo razonable y no atenten contra mi salud o la salud de un inocente y no atacaré a nadie que no me ataque primero.
La risa de Voldemort aligeró la atmosfera. — De acuerdo, me conformaré con tu sucedáneo de compromiso. Ahora adecéntate para cenar.
Harry vio que su bolsa estaba sobre una silla y comprobó que toda la ropa estaba limpia y bien doblada. Habib era muy previsor y había puesto en ella todo tipo de ropa para todo tipo de ocasiones, cogió una elegante túnica que le había regalado su Maestro y se fue al baño.
Tras una rápida ducha y ya bien arreglado salió del baño y siguió a Voldemort por varios pasillos hasta llegar a un espacioso comedor. En el ya había varias personas esperando y todas se inclinaron ante su Señor. Harry vio las miradas puestas en él y se irguió demostrándoles que no les tenía miedo, aunque por dentro bullía de rabia al ver a toda esa gente y en especial a Bellatrix.
Voldemort se sentó a la cabecera de la enorme mesa y señaló a Harry la silla a su derecha. El resto de comensales se fue sentando según un orden que parecía que todos conocían. A su otro lado, Harry, tenía a Rabastan Lestrange, que le sonrió enigmáticamente; en frente, a la izquierda de Voldemort, se acomodaba Lucius Malfoy junto a su esposa; su hermana Bellatrix se sentaba a continuación junto a su marido, el otro Lestrange. Del resto solo conocía algunas caras, pero no sabía sus nombres.
— Creo que todos conocéis a mi invitado especial, Harry Potter. Estará unos días acompañándonos y espero que le tratéis con respeto.
— Pero Milord ¿Qué hace bebe Potter aquí? — preguntó Bellatrix con una voz desagradablemente melosa.
— Bella, no tengo porque darte explicaciones. — habló en tono de advertencia —. Solo no le busques las cosquillas mientras sea mi invitado.
El odio y la rabia que sentía Harry hacia aquella mujer era tanto que su magia empezó a concentrar a su alrededor, preparada para atacar. Voldemort le miró fijamente antes de volver a hablar a su mortifaga.
— Bella no quiero problemas con mi invitado, él ha hecho la promesa de no atacar a nadie que no le ataque primero, no le des pie para que pueda lanzarte toda la magia que está concentrando en este momento a su alrededor y esto va por todos. — Su mirada recorrió toda la mesa, viendo intensamente a sus mortifagos uno a uno.
Cuando su mirada llegó a su joven invitado, vio como observaba con rabia a su mortifaga más sanguinaria. Tenía los puños apretados y la mandíbula tensa, la magia vibrando peligrosamente a su alrededor.
— Harry recuerdas tu promesa de no atacar a nadie que no te ataque ¿verdad?
— La recuerdo — gruñó —, pero también recuerdo a mi padrino asesinado por esa loca.
— Oh, bebe Potter está triste porqué perdió a su padrino — no pudo resistir agregar Bellatrix imitando la voz llorosa, lo que empeoró el mal humor de Harry.
— Atácame loca, atácame para que pueda darte tu merecido — la incitó Harry enfurecido, levantándose de la mesa.
— Silencio — elevó la voz Voldemort, mirando seriamente a los dos. — No quiero enterarme que ninguno de los dos ha levantado la varita contra el otro.
— Yo no tengo varita — gruñó Harry y se volvió a sentar, cruzándose de brazos enfurruñado —. Eso díselo a ella, pero que quede claro que un solo hechizo sobre mi persona y nadie podrá evitar que le de lo que se merece.
Toda la mesa quedó en silencio observando a aquel joven que, desarmado y solo entre enemigos, era capaz de amenazar a una de las preferidas delante de Su Señor, notando la poderosa magia que refulgía a su alrededor.
— Vuelve a contradecirme y quedarás afónico de tanto gritar de dolor bajo mi varita. — siseó Voldemort peligrosamente viendo al muchacho con los ojos entrecerrados.
Harry siguió con los brazos cruzados, mirándole de frente y sin bajar la vista, pero se contuvo y permaneció callado.
Poco a poco el ambiente se fue distendiendo y empezaron a comer. Las conversaciones eran amenas y parecían gente normal, pero Harry se sentía incómodo por compartir aquella mesa y poco pudo comer. Sabía que toda aquella gente eran despiadados asesinos y, aunque le obligaran a mantener un bajo perfil durante aquella semana, no podía olvidarlo y no iba a bajar la guardia.
No tardó en recibir una mirada de advertencia de su vecino de mesa, Rabastan Lestrange, que le señaló el plato para que comiera, pero poco caso le hizo y siguió revolviendo la comida sin llevarse nada a la boca.
Tras la cena todos se reunieron en un salón para tomar una copa, hablando de sus cosas de mortifagos. Harry aprovechó para salir a una pequeña terraza y aislarse de toda aquella gente, disfrutando del silencio de la noche.
Perdido en sus pensamientos no oyó llegar a Voldemort, sobresaltándose al escuchar su voz.
— ¿Qué haces aquí tan solitario?
— No me apetece oír como os vanagloriáis de haber matado a tal familia o como habéis quemado tal propiedad, me repugna. Todavía no sé qué quieres de mí, que esperas haciéndome asistir a esta reunión, yo no comparto vuestras ideas ni las voy a compartir nunca y lo sabes.
— Mañana hablaremos, este no es el momento ni el lugar. Si quieres puedes retirarte a dormir, Rabastan te acompañará a la habitación para que no te pierdas.
— Bien, entonces despídeme de toda tu agradable corte.
El mortifago acompañó a Harry y, tras un sermón sobre los buenos modales en la mesa y varias advertencias, le dejó encerrado con un hechizo de magia negra que él no conocía.
Eran las siete cuando Harry despertó, acostumbrado a levantarse pronto. Hizo varios ejercicios para no perder la forma y se duchó, vistiéndose con unos cómodos jeans y una camiseta. No sabía que tenían preparado para él aquel día y, tras comprobar que la puerta no podía abrirse, se sentó leyendo el libro que le había regalado el director de la escuela japonesa.
No tardó en oír el ruido de la puerta abriéndose y escondió el libro, no quería que se lo quitasen. Rabastan entró con su especial alegría y un copioso desayuno.
— ¡Pero mira quien está ya levantado! Buenos días bella princesa.
Harry masculló un par de palabras bastante malsonantes y no tardó en sentir la desagradable sensación de una descarga eléctrica, hechizo que tanto gustaba a ese Lestrange.
— Creo que ya dejamos claro que debes respeto a tus mayores. Aún estoy esperando mi "Buenos días señor"
— Y puedes seguir esperando — volvió a mascullar entre dientes.
Un nuevo hechizo impactó en el pecho del joven, dejándole casi sin respiración, pero ni un gruñido salió de su boca.
— Harry, Harry, Harry — suspiró el hombre viendo impasible como el muchacho intentaba recuperar el aire perdido —. Esta cabezonería tuya va a traerte muchos problemas. Tienes suerte que el señor oscuro no vuelva a dejarte entre mis manos. Siéntate y come, Él vendrá a buscarte.
Notando como su estómago gruñía, después de tantas horas sin alimentarse, no quiso contradecir al hombre y se sentó a comer. No sabía que le esperaba con Voldemort y debía recuperar fuerzas.
Nadie vino a buscarlo en toda la mañana y continuó leyendo el libro de la escuela japonesa. Con su magia sin varita pudo practicar varios de los hechizos de defensa que salían en aquel interesante libro, especialmente un escudo que se podía mantener activo sin que te drenara la energía, pudiendo seguir con tu duelo ofensivo sin problemas.
El ruido de un elfo apareciendo en la habitación le sobresaltó. Tras las infinitas disculpas de aquel pequeño ser, por haberle asustado, dejó una bandeja con su comida y se retiró sin saberle decir cuando vendrían a buscarle.
Aquella tarde, por fin, Voldemort abrió la puerta.
— Ya era hora — se quejó — Un poco más y muero de aburrimiento aquí encerrado.
— Vamos — le ordenó sin hacer caso al descaro del muchacho.
— ¿Dónde vamos? Por cierto ¿Qué hiciste conmigo en aquella sala oscura?
Una mala mirada intentó hacerle callar, pero él era Harry Potter y aquella mirada no le intimidaba y siguió preguntando, quería respuestas. No tardaron en entrar en una amplia sala y Harry seguía preguntando con insistencia que es lo que había pasado aquella mañana.
— Merlín dame paciencia — masculló con la mano en su varita a punto de lanzar un crucio a aquel incordio. — ¿pero es que no te vas a callar?
— Ummm — dijo colocando su mano en la barbilla haciendo que pensaba — No — dijo rotundo —. Quiero respuestas.
El crucio salió de la varita de Voldemort sin avisar, intenso, cruel, descargando todo el mal humor que había acumulado por aquellas insistentes preguntas.
— No habrá respuestas mocoso. — Sentenció, entregándole su varita — Ahora ponte en guardia, vamos a ver lo que vales.
Harry reconoció enseguida su preciada varita y sintió su calidez.
— En este duelo el único límite es la muerte.
Y con una maquiavélica sonrisa empezó a lanzarle hechizos y maldiciones al muchacho, que con su entrenamiento y agilidad esquivó o desvió con astucia.
El duelo fue agotador para Harry, aquel engendro era incombustible y lanzaba maldición tras maldición sin siquiera pestañear. Intentaba atacar, pero la mayor parte del tiempo solo podía defenderse.
Harry sangraba de varias heridas en su cuerpo, pero seguía luchando. Se daba cuenta de que aquel mago era mucho más poderoso que él y, con los conocimientos que tenía ahora, nunca podría vencerle. No quería que viera sus poderes elementales e intentó no usarlos en aquel duelo. Sabía que aquello era un test para saber hasta dónde podía llegar.
Se protegió de un último rayo de color negro con el nuevo escudo que había aprendido del libro de la escuela japonesa, pero cayó al suelo por la fuerza del impacto, momento que aprovechó Voldemort para desarmarle.
— Nada mal mi joven áspid.
El mago se acercó al muchacho y tendió su mano para ayudarle a levantarse. Harry miró aquella mano tendida algo indeciso, pero al final levantó la suya para aceptar la ayuda. En cuanto tocó aquella esquelética mano se sintió trasladado, cayendo al suelo en cuanto llegaron a destino.
Se levantó rápidamente y miró a su alrededor. Estaban en un laboratorio de pociones, varios calderos preparados y miles de ingredientes ornaban la multitud de estanterías.
— Realiza las pociones que creas necesarias para curarte. Tienes dos horas para ello. Si no lo consigues vas a quedarte en las condiciones en que estás.
Harry se puso manos a la obra sin vacilar, utilizó tres calderos a la vez, ya que con tan poco tiempo no podía realizar las pociones consecutivamente. Agradecía infinitamente a su maestro por las lecciones y la paciencia que había tenido para inculcarle el arte de las pociones. Perdía mucha sangre en una de las heridas y debía ir rápido para terminar la crema cicatrizante, estaba demasiado agotado para solucionarlo con su magia.
Buscó los ingredientes y en un caldero preparó todo para la crema desinfectante y cicatrizante, en otro preparó para realizar una poción de regeneración sanguínea y en el tercero un energizante.
Con calma siguió todos los pasos para las tres pociones, no podía equivocarse. Sabía que Voldemort seguía todos sus movimientos con curiosidad y había otra persona junto a él, escondida entre las sombras y podría jurar que era Snape.
Cerró el fuego del primer caldero y la dejó reposar, ocupándose de introducir el último ingrediente en el tercer caldero y después de remover también apagar el fuego y ocuparse del segundo al que todavía le faltaba un par de ingredientes. Envasó la primera y la tercera pocion y removió por última vez la segunda, apagando el fuego.
Envasó la segunda y, con un hechizo sin varita para enfriar las pociones, se aplicó la crema cicatrizante en las heridas y se tomó las pociones de regeneración de sangre y la energizante, sintiéndose inmediatamente mucho mejor.
Unos aplausos llamaron su atención.
— No me habías dicho que el niño era tan bueno en pociones Severus — siseó Voldemort.
— Nunca fue bueno en mis clases Mi Lord. — Habló el maestro de pociones saliendo de entre las sombras. — Me pregunto dónde ha aprendido a realizarlas.
El hombre tomó una de las botellitas de la mano de su ex alumno y la miró con detenimiento — Si no hubiera visto yo mismo que fue usted el que las realizó nunca lo hubiera creído Potter.
— Tuve un mejor maestro que el que tuve anteriormente, que solo se preocupaba por insultarme y castigarme sin intenciones de enseñarnos nada en realidad.
— Potter no le permito…
— No me permite que — le cortó — ¿decir la verdad? Entonces lo siento, porque no puedo decir que aprendí algo en sus clases.
— Deja al muchacho Severus, ha hecho un buen trabajo y se merece el reconocimiento ¿no crees?
— Sí Mi Lord. — contestó Snape renuente.
Voldemort sacó al chico del laboratorio de pociones antes de que hubiera una guerra entre ellos, su áspid tenía una lengua muy venenosa. Era ya tarde y le llevó a su habitación.
— Supongo que prefieres comer solo, que en el comedor con mis mortifagos.
— Sí lo preferiría.
— Como premio por tus excepcionales pociones, hoy, te lo voy a permitir. Descansa, mañana tendrás un día muy ocupado.
Voldemort se retiró, encerrándole nuevamente. No tardó un elfo en traerle una deliciosa cena, que comió con ganas. Una buena ducha para relajar sus músculos y se durmió inmediatamente.
