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El Amor es Guerra

En sus sueños febriles la llamaba, deseaba estrecharla en sus brazos, suplicarle perdón, llorar su nombre una y otra vez hasta que se fundieran con el ocaso a sus espaldas, perdiéndose en el calor de su piel y rogándole que se quedara y que fuera sólo de él para siempre.

-María… María…

Y ella se inclinaba sobre él, vestida con su mejor atributo de perfección, sólo sus cabellos oscuros cubrían sus senos, semejando a una Venus en el esplendor de su nacimiento, y aquéllas pupilas del color del vino brillaban, y sus labios de coral sonreían sólo para él mientras alargaba una mano y acariciaba noblemente su rostro.

-María… -gimió desde lo más hondo de su alma. –Oh, María…

La nación latina se aproximaba a su rostro, podía ver ahora las pecas del bronceado sobre su divina piel, y se aprestaba para tomarla y besarla, con toda su pasión, con toda su angustia, con todo su amor…

Pero la mano que apretaba su mejilla no era morena, sino blanca, suave y fría como la seda, vacía como el caparazón abandonado de un cangrejo. Y la voz que lo llamó no era grave, dulce y sonora, sino aguda, melancólica y distante.

-Ludwig… mi Ludwig…

Abrió los ojos. Un mar perfumado de cabellos castaños atrapados en dos trenzas caía sobre su faz, y dos ojos del color del jade lo espiaban con pesar.

Eva.

La argentina sonrió, pletórica de dicha al verlo despertar.

-Estás bien. –suspiró. –Estás bien, mi amor…

-Eva… -atinó a decir Ludwig, mientras la cálida y sensual imagen de su adorada México se disolvía en los vapores embebidos de deseo que traía a él la presencia de su esposa. -¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?

-Francis me lo contó todo. Bueno, en realidad llegó gritando a los cuatro vientos que tú y ese bastardo de Rusia habían peleado… Oh, Ludwig, temí tanto que…

-Eva… -murmuró. No tenía tiempo que perder. –Eva, te lo ruego…

-Shhh… -susurró ella, empujándolo de regreso a la cama con mano dulce. –Debes descansar, mi amor, cuando estés mejor podrás hacer lo que quieras.

-Pero es que…

-Yo cuidaré de ti, mi cielo. Ahora… duerme…

No podía dormir, no sin saber qué había sido de María. Quiso levantarse, pero la mano de Eva oprimía su pecho, impidiéndole cualquier movimiento. Dando un débil suspiro de frustración, se dejó caer de nueva cuenta en el lecho. Eva, mirándolo con un nudo en la garganta, sonrió apenas.

Horas terribles, ajenas, traidoras, horas inexorables en que fantasías irreales llegaban a la mente de Ludwig. Y todas, todas eran con la misma persona. María… María engalanada en un elegante vestido de fuerte color rosa, destacando el brillo magnífico de su piel; María paseando descalza y sacudiendo sus largos y oscuros cabellos; María cubriendo su pudor con una sábana blanca, mientras un rubor cómico cubría sus mejillas; y de nuevo, María caminando por la playa, completamente descubierta y sonriendo, sólo para él, para Ludwig. Qué más daba que Alfred la hubiera poseído antes, él jamás gozó ni gozaría de las delicias de una caricia de aquéllas manos, ni el ardor de aquéllos labios, ni del glorioso vaivén de aquéllas firmes y suaves caderas, ni de la dulzura infinita de aquéllos ojos. Sólo eso bastaba para que él, Ludwig, se sintiera purificado de sus crímenes y tocado por el cielo, sólo el amor eterno, secreto y jurado de su María le bastaban. No necesitaba un paraíso, sólo a ella… para siempre…

-María. –murmuró, abriendo los ojos.

Afuera, un vendaval. Adentro, la habitación iluminada tenuemente con unas velas… y Eva, mirándolo fijamente, sentada en la cama y cubriendo su frente de cariños. No llevaba nada, salvo una larga bata gruesa de color verde.

-Tuviste una pesadilla. –dijo. –Pero ahora estás a salvo…

Se inclinó para buscar los labios del alemán, pero él desvió la cara. Eva, desconcertada, se detuvo, mirándolo con cierto rencor.

-¿Qué te pasa?

Ludwig negó secamente con la cabeza, antes de mirarla de soslayo.

-No importa ya, Eva.

-Claro que me importa. Eres mi esposo y te amo.

-Eva… por tu propio bien, no te mientas más. Sólo conseguirás sufrir inútilmente. –Ludwig sonrió tristemente. -¿De verdad me amas, Eva?

-¡Claro que sí! –gritó ella, visiblemente escandalizada.

-¿Cómo sabes que no se trata de un capricho, o quizá de una confusión? ¿De verdad me amas? ¿No has pensado que tal vez lo único que siempre has querido de mí es apoyo y confianza?

-¿Porqué habría de querer eso nada más? ¡Me casé contigo! ¡Traicioné a mis hermanos para…!

Ludwig la interrumpió, alzando una mano y llevándola suavemente a sus labios.

-Ese es el punto. Te traicionaste a ti misma para estar a mi lado. Por más que ames a alguien, no puedes traicionar tu naturaleza, Eva, porque si lo haces entonces realmente no estás amando. Y… me temo que yo también hice lo mismo.

-¿Es decir que tú…?

-Lo siento mucho, Eva, pero me temo que así es…

La argentina se llevó una mano a la boca, desviando la mirada con el más hondo y triste desconcierto. Ludwig la miró con pesar, realmente no deseaba hacerle daño, pero mentirle así era aún peor que aquélla dura verdad. Pensó todo concluido, cuando de pronto Eva lo miró, mudando su rostro de ternura por uno más frío, más sensual, y sintió cómo se movía, subiéndose a horcajadas sobre él y sonriendo seductoramente.

-¿Qué haces? –le preguntó él.

-Ludwig… Tal vez tengas razón, sí, tal vez entre nosotros no pueda haber amor… pero deseo… sí, y mucho.

La argentina se llevó las manos al lazo de la bata, lo deshizo con precisión y se retiró la prenda, mostrando su lechosa y suave piel de princesa ante los ojos del alemán. Con dos suaves tirones, se deshizo de los listones que ataban su cabello en las dos gruesas trenzas, y sus rizos cayeron libres desde sus hombros a la altura de sus senos; sus ojos salvajemente buscaron los de Ludwig, y él sintió como la mano de Eva rozaba amorosamente su pecho, buscando pasión.

-Siempre te he resultado exquisita, ¿verdad, Ludwig? –susurró ella eróticamente.

-Eres una tentación, lo reconozco. –ya la mano de ella bajaba desde el esculpido abdomen de Ludwig en dirección a su pantalón, cuando él la detuvo. –Pero eso no bastará.

-Veo… -contestó Eva. –Que tu mente no está actuando bien. ¿En qué piensas?

-Pienso que ni la más deliciosa y próspera nación podría apartarme de la tierra que amo.

Eva soltó una carcajada despectiva, y sacudió la cabeza de manera adorable de un lado a otro.

-¿México? –preguntó sarcásticamente. –Debes querer perder la cabeza. Ella es patética, demasiado innoble y común para alguien. Además… ¿De verdad tienes el valor de meterte con ella? Al fin y al cabo, es la pequeña prostituta de Alfred, no existe nadie en este mundo que no sea él para recordarle su lugar, y él podría hacerla suya fácilmente cuantas veces quisiera si no fuera porque le tiene lástima, a ésa pobre y estúpida mocosa.

-No me importa. –gruñó Ludwig. –Aún si hubiera pasado por la cama de todas las naciones, yo aún la amaría. ¿Y sabes porqué, Eva? Porque lo que siento por ella no es mero deseo, sino verdadero cariño. Y el cariño no conoce historias ni nombres ni lugares. Deseo intensamente que algún día lo entiendas.

-Entiendo más de lo que crees, Alemania.

-Aún eres una niña…

-¿Y ella qué es? ¡También es una chiquilla! ¡Ni siquiera puede decir que es mujer aunque Alfred la haya…!

-El amor no se toma por la fuerza, porque entonces es capricho. Y su amor lo he tomado libremente de sus manos. Eso me basta.

Eva tembló, rabiosa, mientras bajaba del cuerpo de Ludwig, mordiéndose los labios y con la rabia impresa en sus bellos ojos verdes.

-Es una lástima… -susurró. –Porque… ¿cómo poder amar… lo que ya no existe?

-¿Qué? –saltó Ludwig. -¿De qué hablas? –al no obtener respuesta, sujetó a Eva por los hombros y la zarandeó con algo de brusquedad. -¡Contéstame ahora!

Eva le clavó las uñas en sus hombros, deteniendo los bruscos movimientos.

-Ella murió, Ludwig. Murió, sí…

-Mientes… ¡Mientes!

-No… no miento, Ludwig. –Eva señaló el cielo revuelto y frío, cuyo rugido de huracán tanto había desconcertado al alemán. La nación germana creyó morir al darse cuenta de aquello, y sin más se cubrió el rostro con ambas manos, sintiendo un hondo y horrible dolor que creyó no volver a sufrir jamás. Eva apoyó una mano suavemente en su hombro lacerado. –Lo lamento… pero la vida sigue, y aún estamos aquí… Llora si quieres, eso hace bien, pero después…. Deberás tomar una decisión.

El alemán se descubrió la cara, con los ojos brillando como llenos de diamantes.

-Sí… una decisión… -murmuró. Su cuerpo entero se estremeció. –Nunca más volveré a amar a nadie… Jamás.

Dando un salto, se puso de pie y comenzó a buscar por toda la habitación sus prendas de vestir. Eva lo siguió con la mirada, desconcertada.

-¿Qué harás? –preguntó. Ludwig no contestó, abrió un cajón y sacó una especie de cofrecillo de madera, marcado con un águila negra. La abrió y sacó un hermoso revólver. Eva se asustó. -¿Ludwig, qué…?

-Jamás estaré seguro de quién de nosotros la mató. Pero me aseguraré que no quede ningún culpable impune. –avanzó hacia la puerta. Eva exclamó:

-¿A dónde vas?

-A buscar a Iván. Si le dices a alguien donde estoy, no respondo por las vidas perdidas. –gruñó con frialdad.

-¿Y qué hay si Rusia te mata?

-Como dije… ningún culpable quedará impune.

La puerta se cerró tras él. Eva lanzó un sollozo desconsolado.

Lejos de ahí, en el corazón de Estados Unidos, Arthur y Francis discutían a media voz.

-¡Necesitamos un médico profesional, mon cheri!

-¿Y acaso tú eres profesional, idiota?

-No… pero sé algunas cosas sobre anatomía que podrían ser útiles…

-¡Nada de anatomía! ¿Te volviste loco?

-Sólo quiero ayudar, cheri. Ayudar es una pasión en el alma, un amour al prójimo que deseo experimentar…

-¡Sí, claro! ¡Experimentar el amor! ¡Ve y busca a un médico de verdad, idiota! O si no vas a ofrecer una mejor idea lárgate ahora mismo con tus Guayanas y deja a los hombres de verdad arreglar esto.

-¡Soy un hombre de verdad, mon ami! ¡Quien se atreva a decir lo contrario merece le décès!

-¡Idiota, idiota…!

Una cabeza pequeña de pelo rubio cenizo se asomó tras una puerta.

-Uh… Francis…

-¿Dime, cheri? –contestó el francés, mirando con dulzura al pequeño canadiense.

-Ella… ha despertado…

Arthur y Francis se precipitaron a la habitación, casi arrollando al pobre Mathew en el proceso. Se abalanzaron y vieron a Alfred, sonriendo con orgullo.

-¡Jajaja! María está muy bien.

-It's a miracle! –exclamó Arthur.

-¿Y cómo la salvaste, mon cheri? –preguntó Francis.

-¡Tarán! –saltó orgulloso el estadounidense, mostrando la cama. María, arrebujada en una tibia manta, se revolvía un poco entre sueños, con una venda cruzando su hombro y su pecho y (lo más bizarro) una hamburguesa colocada en su frente.

Arthur se llevó una mano a la cara con gesto de desgana, y Francis sonrió indulgente.

-C'es magnifique. Le petite Mexique está bien ahora.

-¡Y todo gracias a mí, el héroe! –exclamó Alfred muy orgulloso. Arthur lo miró con desagrado y, tomándolo de un brazo, lo hizo salir por las malas de la habitación. -¡Hey! ¡Espera! She's my neighbor! Wait…!

-Hmm… -murmuró María, abriendo lentamente los ojos. Había estado soñando una y otra vez la misma extraña escena, ella, de pie en una playa, mirando el atardecer sólo para darse cuenta que, a su lado, tumbado aburridamente en la arena, estaba Ludwig, sonriéndole con indulgencia. Entonces, cuando ella bajaba la mirada se daba cuenta, un poco avergonzada, que no llevaba ninguna ropa y que sólo sus cabellos alcanzaban a cubrir un poco de su pecho, pero le daba igual y avanzaba en dirección a su acompañante, deseando intensamente abrazarlo y besarlo… Al abrir los ojos, creyó encontrarse con la mirada dulce y firme de su amante… pero luego de enfocar bien la vista se dio cuenta que a pocos centímetros de su cara estaba Francis, sonriendo maniáticamente.

-Bon jour, mon cherie… -murmuró el francés, inclinándose para darle un beso. Ofuscada, María le dio un fuerte cabezazo que lo hizo alejarse, tambaleando y viendo estrellitas por doquier.

-¡Vete a la chingada!

-Oui… está perfectamente bien… -Francis se llevó una mano a la frente, dolorido. Arthur se acercó a la cama, mirando con curiosidad a María que se acababa de llevar una mano a la zona vendada.

-¿Qué… qué me pasó? –preguntó ella.

-Ah… ¿no lo recuerdas? –Arthur se sentó en el borde de la cama. –Ludwig e Iván pelearon y tú… bueno… quedaste en medio de los dos.

-Yo… ¡es cierto! –María se cubrió la boca con una mano, mirando desconcertada a su alrededor. -¿Y ellos? ¿Cómo están?

-No sabemos…

-¡Pudieron haberse matado!

-Claro que no, no son tan idiotas.

-Oh, pero el amour, cheri, es algo difícil. –Francis se acercó de nuevo. –L' amour… es como la guerra. Todos sufren y lloran antes de que concluya pero mientras dura… es una terrible batalla tras otra por la comprensión, por el afecto, por la felicidad…

María asintió secamente, por primera vez estaba de acuerdo con las palabras de Francis. Arthur le dirigió al francés una mirada envenenada, y luego se volvió a María con gesto paternal.

-Deberías descansar, my darling. No todos los días te pasa esta clase de cosas.

-Créelo o no, estoy acostumbrada. –la mexicana suspiró y volvió a hundirse entre las mantas. –Si pasa alguna novedad quiero que me avisen enseguida.

Arthur asintió. En cuanto María se acostó, arregló con sus manos las mantas para cobijarla y apretó los bordes de la almohada; la latina se rió.

-¿Ora qué traes, Arthur? ¿Desde cuándo tan amable?

-Ah… verás… -el inglés soltó una risita nerviosa, y luego, con gesto sombrío, desvió la mirada. –Lamento mucho todo lo que te pasó, María… sobre todo porque… quizá yo tuve la culpa… en parte.

-No digas babosadas, tú jamás…

-Sí… sí lo hice. –los ojos del europeo toparon con los de la americana. –Yo… sabía lo de tu relación con Ludwig… desde que comenzó la primera guerra.

-¿Qué? –saltó ella, desconcertada.

-Sí… y verás… yo sabía que Ludwig quería que te unieras a los del Eje, y… la primera vez intercepté la carta de invitación que te envió y se la entregué a Alfred… Y la segunda vez, yo… fui yo quien le hizo creer a ése idiota remedo de héroe que Ludwig estaba infiltrando a su gente por tu tierra…

-Arthur…

-Pensé que era lo mejor, ¿sí? No lo hice por lastimarte, de verdad… pero estábamos desesperados… Ludwig y su ejército avanzaban muy aprisa, necesitábamos ayuda y Alfred se negó… hasta que le hice pensar todas esas cosas, creyendo que se uniría a nosotros… Nunca esperé que se portara de ese modo contigo y tus hermanos, pero tampoco hice nada por evitarlo… porque…

-Arthur… ¡eres un pendejo! –saltó María.

-Lo sé… lo siento… ¡De veras lo siento, pero es que yo no quería…!

-¿No querías qué?

-¡No quería que Ludwig y tú tuvieran algo que ver!

-¿Porqué no? ¡A ti jamás te he interesado! ¡Desde que tengo memoria te desentiendes de mí! ¡Con una chingada… te pedí ayuda para independizarme de Antonio y me mandaste a la…!

-¡Ya lo sé! –exclamó él, temblando. Francis había enmudecido y se reducía a mirarlos boquiabierto. -¿Crees que no me arrepiento? ¡Pero fue por tu bien! ¡Mira, lograste salir por ti sola sin ayuda de nadie, mucho menos la mía! ¡Además… yo… yo quería convertirte en protectorado británico! ¿Lo habrías aceptado?

-¡Para nada, pero pudiste decírmelo desde el principio para no ilusionarme!

-De verdad lo siento, María… I'm very sorry… -susurró Arthur, rendido, agachando la cabeza.

En ése momento, la puerta se abrió. Francis lanzó un gritito de sorpresa, Arthur miró al recién llegado y los dos musitaron:

-Argentina…

María dirigió una mirada feroz a la mujer, pero para su sorpresa Eva, que tenía los hermosos cabellos tapados con una mantilla bordada y los ojos hinchados, susurró con una voz más dulce y humana:

-¿Puedo hablar a solas con México?

-Of course not.

-Cherie, lo siento, pero mademoiselle Marie necesita reposo…

-Esperen. –los cortó María. –Déjennos solas, por favor.

Los europeos miraron ya a María, ya a Eva, y desconcertados se echaron a caminar fuera de la habitación. Matthew, el único que no había abierto la boca en todo ese rato, susurró:

-¿También debo irme, María?

-Por favor, Mattie. –Eva miró a su espalda, no muy segura de a quien le estaba hablando la mexicana, pero cuando el canadiense se marchó, volvió sus ojos a la joven que reposaba en la cama, acercándose despacio hasta quedar frente a ella. María se cruzó de brazos. -¿Qué quieres? Si vienes a recordarme lo zorra que soy o lo muy feliz que eres con tu esposo, yo…

-No vengo a eso. –susurró Eva. –Quiero hablar contigo sin gritarnos ni… pelear.

-Estás borracha. Estás pero si bien borracha…

-No bromeo ni estoy ebria, María. Esto es importante, ¿me entiendes? Y solamente tú puedes darle una solución.

-Dime qué te pasa.

Eva suspiró, retorciéndose nerviosamente las manos; a María le daba gracia verla tan seria y apagada, porque hasta donde llegaba su memoria, la argentina nunca había tomado nada con tanta frialdad.

-Se trata de Ludwig, él… está muy mal. Creo que… está perdiendo la cabeza.

-No es novedad. –murmuró María con amargura. –Le pasa cada vez que entra en crisis.

-Pero esta vez es diferente… tú no lo viste… fui a visitarlo y estaba… totalmente perdido…

-¿Borracho?

-No lo creo… no lo sé. María, –Eva la miró con súplica –Tú lo conoces mejor que yo, dime ¿qué puedo hacer?

-Eva… no sé qué quieres que te diga, pero me temo que si es algo entre Ludwig y tú yo no puedo ayudarte. Así que será mejor que te vayas y regreses a su lado, al fin y al cabo, como dijiste, es tu esposo.

-¡No seas cruel! ¿Porqué tienes que ser siempre así conmigo? Acepto que tú y yo no nos llevamos muy bien que digamos, y que hemos tenido problemas desde…

-Desde casi siempre.

-Sí, sí… pero… ay María, ¿qué no lo ves? Yo no puedo… -la argentina desvió la mirada, tragando saliva pesadamente y hablando con voz temblorosa. –Yo no puedo ayudar a Ludwig aunque quisiera. No lo entiendo, no lo conozco… la verdad es que, a pesar de todo… yo no sé nada de él. Es tan extraño para mi, tan distante… ¿No lo has sentido nunca, María, ésa sensación de estar junto a alguien a quien no entiendes?

-Vivo con Estados Unidos golpeándome la cabeza y con Guatemala rasguñándome los pies y llamándome "mala hermana". Créeme, lo sé.

-¡Entonces debes entenderme ahora! ¡No sé qué hacer! Pensé… pensé que con mi amor lograría ayudarlo, pero me equivoqué…

María ladeó la cabeza. Estaba soñando o era una trampa, porque, ¿desde cuándo Argentina acepta sus errores? Eso podía dejárselo a alguien más civilizado, como Paulo o Manuel… vaya, hasta Valeria, pero Eva…

-María… yo siempre he estado sola. –continuó. –Nunca conocí a mi abuelo Mapuche… no recuerdo absolutamente nada de él porque Antonio se dedicó a romper su memoria. Cuando… cuando me independicé me sentí tan contenta… y cuando me di la vuelta me enteré que ya otros antes lo habían hecho y me sentí destrozada. Más cuando me dijeron que… que habíamos quedado a merced de otros tantos países más poderosos… Inglaterra, Francia, Estados Unidos… Decidí que debía ser mejor que los otros, más fuerte que los otros, más importante que los otros si no quería morir y padecer lo mismo que tú…

-Y equivocaste el rumbo. Les hiciste mucho daño a tus propios hermanos. –gruñó la mexicana.

-¿Cómo podría destacarme? Todo lo que yo aprendí a hacer resultaba que tú ya lo habías hecho… el comercio con Europa, la tecnología, la política… Siempre estuve ahí, escuchando cómo la "grandiosa" nación de México se había vuelto la mejor amiga de todos esos ricachones avaros y amargados, y de cómo su ejército sólo podía ser vapuleado por el ballenato ese de Alfred. –los labios de Eva temblaron. -¿Cómo te sentirías si te estuvieran comparando todo el tiempo?

-Eso no fue cosa mía, y tú lo sabes. ¿Así que por eso me odias? ¡Eres una mensa!

-Y cuando por fin vi la oportunidad de hacerme con un amigo… cuando por fin alguien me notó… Tenías que llegar tú y quitármelo. Pero claro… -bufó –Él te había visto primero. Lo sé.

-Eva… yo tampoco he sido del todo feliz. Guerra tras guerra me han socavado… Alfred, Francis, mi propio pueblo se ha desangrado por su libertad, por su vida, por sus ideales y sus creencias… He hecho cosas malas, sí, cosas horrorosas… Pero no puedes esperar otra cosa, a acciones desesperadas, medidas desesperadas. ¿Tú realmente sabes lo que es morir en cada batalla, Eva? ¿Sabes lo que se siente que te desgarren y se jueguen hasta tu espíritu los que tienen más poder?

-¡Arthur trató de quitarme mis islas!

-¡Y Alfred me arrebató la mitad de mi casa, y mi petróleo, y mi plata! Me han quitado demasiado ya, Eva… No podía permitir que me quitaran al único que fue bueno conmigo, el único que me trató como su igual y no como una subordinada.

Eva le dirigió una mirada dolida, y unas pequeñas lágrimas resbalaron de sus mejillas.

-Eres malvada, México. Eres cruel… Si tuvieras algo de piedad jamás habrías permitido que…

-No, Eva. Tú fuiste quien se entrometió en donde no debía.

-¡Él me prometió…!

-¡Sí, todos hacen promesas, todos, incluso nosotras! ¡Pero forzar a una nación de ése modo a hacer algo que no quiere es caer muy bajo! –al ver que Eva dejaba escapar un sollozo dolido, María sintió que su rabia se esfumaba. Con dificultad, se inclinó sobre el lecho para acercarse a ella y, con mano temblorosa, le hizo una caricia en la mejilla. –Todos hemos sufrido mucho, y tratamos con toda nuestra fuerza de conservar lo poco que nos queda. Me han robado sueños y esperanzas desde que era una niña, pero eso no significa que haya perdido la voluntad de vivir. Y tú… tú te derrumbas por una ilusión que nació muerta.

Eva negó suavemente con la cabeza.

-María… Yo lo amo, y tú lo sabes… pero él no me ama a mí.

María sintió una doble punzada de alegría y de lástima al ver el rostro desencajado y pálido de la argentina. Prefirió no hacer ningún comentario, y se alejó un poco.

-No me pidas que te ayude a recuperarlo, porque no puedo. –sentenció. –Ludwig es libre de decidir a quien ama y a quien no, y ninguna de nosotras está en posición de elegir por él.

-Ya lo sé… -gimió Eva. –Pero no es por eso que he venido a pedirte ayuda. Se trata de él… va a hacer algo terrible y solamente tú puedes detenerlo.

-¿Qué piensa hacer?

-María… -Eva tomó las manos de la mexicana entre las suyas, y la miró con súplica. –Va a matar a Iván.

-¡¿QUÉ?!

-¡Ludwig… piensa que estás muerta! ¡Y como dijo que no permitiría que eso quedara impune, irá a pelear a Rusia!

-¿Porqué no lo detuviste, estúpida?

-¡No sé cómo, María, jamás he peleado con él! ¡Si te soy sincera, me asusta cuando se enoja! ¡Pero tú… tú no le tienes miedo, tú eres lo suficientemente fuerte como para contenerlo y hacerlo entrar en razón! Te lo ruego, María, no por mí, sino por él… Ve y detenlo antes de que haga una locura.

María sacudió la cabeza con furia. Todo el agotamiento desapareció de su rostro, y una sombra de fría crueldad cruzó sus ojos; su yo bélico acababa de resurgir, tan hermoso y terrible como cuando se viera de pie, combatiendo al ejército de Alfred o de Francis. Con un gesto imperioso de la mano, se quitó las sábanas de encima, saltó fuera de la cama y echó a correr, con Eva mirándola desconcertada.

Arthur, Francis, Alfred y Mathew, que se habían quedado sentados en el salón, la vieron salir como un huracán y de inmediato corrieron hacia ella.

-Mary, sweetie! ¿A dónde vas?

-¡Mon cherie! ¡Espera!

-¿Te hizo enojar Eva otra vez?

-Debo ir a buscar unas cosas a mi casa. –dijo con su siniestra y grave voz de batalla. –Ludwig e Iván están en riesgo.

-¿Otra vez? –saltó Arthur. Alfred se atravesó con los brazos extendidos frente a la puerta.

-¡No! ¡No te dejaré salir de aquí! –la mexicana le dirigió una mirada tan tenebrosa que Alfred sonrió nerviosamente. –Jajaja… pero si me miras así, con mucho gusto te dejo pasar.

-Gracias. –ya avanzó otra vez a la puerta cuando Arthur y Francis la retuvieron.

-¡Espera, mon cherie! ¡No puedes ir con esos dos otra vez!

-No tengo remedio.

-María, no seas necia… quédate aquí, nosotros lo solucionamos.

-Ya les dije que no… Ahora déjenme pasar o aquí mismo me los descuento.

Sin mediar más palabras, María salió rápidamente de la casa de Alfred. Los cuatro se miraron desconcertados.

-¿Creen que necesite nuestra ayuda? –preguntó Arthur. –Porque tengo un mal presagio.

-¡El héroe irá a ayudarla! –saltó con gran alegría Alfred, pero antes de poder dar un solo paso, Francis se sujetó a su brazo.

-Ni lo intentes mon ami. Mademoiselle Marie se enojará si te ve acercártele. Dejemos que se arregle sola…

-Estás bromeando, ¿verdad, Francis? –dijo el inglés. –Ese par de idiotas ya casi la mataron, no dudo que lo hagan de nuevo.

-¿Pero qué podemos hacer? Ninguno de nosotros es lo suficientemente bueno como para pasar desapercibido.

Un sonidito como de lámpara que se enciende de pronto se escuchó en las cabezas de los tres, quienes, con sonrisa maliciosa, miraron a sus espaldas, donde Mathew se entretenía en darle miel a su osito. Al notar la mirada de los tres preguntó, desconcertado:

-¿Qué pasa?

-Mathew… -murmuró Arthur con su voz más dulce. -¿Qué sabes sobre espionaje?

-Maple… -gimió el canadiense.

Notas, notas… Bueno, lo del cable interceptado por Inglaterra es bastante cierto (de haber llegado quién sabe que hubiera pasado entre México y Alemania XD), y también el espionaje británico le hizo creer al gobierno de USA que había espías nazis en México (no estaba muy lejos de la verdad pero sí bastante exagerado). Ése Arthur metiendo las narices en los asuntos de México… aquí huele a celos, jajaja.

Comentarios :D

LupizBeilschmidt: Yo sola me moría de la risa escribiendo la escena de los asiáticos al ritmo de Seasonal Flowers (el tema de Japón en la serie XD). Por desgracia (coff coff) a mí nunca me han hecho caso los extranjeros… me han de ver muy enana (?) Jejeje… tranqui, concéntrate en tus exámenes, que no va a pasar nada malo… o quien sabe :D muajaja.

Flannya: Toritooooo! (por extraño que suene, me acordé de Antonio XD). Sí, México y su política neutralidad/refugio le valió el cariño de muchos, muchos, pero muchos refugiados de guerra, con Rusia y Alemania a la cabeza, aunque para ser bien franca (y sin ofender por si hay algún argentino leyendo) yo creo que la postura de Argentina en la WWII estuvo algo ridícula, porque eso de declararle la guerra al Eje cuando Alemania estaba a un paso de rendirse y luego ayudarlos a esconderse fue… raro. Muy raro. Por otro lado no seguí con la obsesión de Alfred por una excusa: USA tiene relaciones tirantes con su vecinita y un día puede decirle que ha aprobado una ley en su contra, y al otro decirle que la abolió y que sus paisanos son bienvenidos; de cualquier modo jamás se olvida de María, así que ahí tendremos a Alfred aún, pero ya no tan loco, espero.

Bloom Medianoche: Basado en hechos reales (?) Rusia y Alemania siempre han intentado de un modo u otro ser socios mayoritarios de México, pero entre que otros no los dejaron (España primero, USA después) y que México tampoco se deja tan fácil, ahí los verás desde más o menos 1945 peleándose por ella XD Nadie puede morir (bueno sería… digo, para ponerle drama de telenovela) así que… no sé, ya veré qué hacer con Evita.

Lady Carmilla Bathory: También basado en hechos reales, México es bastante indeciso en muchas resoluciones entre países, de ahí que siempre mantenga una postura neutral en las reuniones mundiales (si te fijas bien, a la hora de votar México siempre invoca su neutralidad, por más que USA la pokeé). Buen punto XD cualquiera le dice que sí, hasta yo le diríga que sçi *¬* ok no XD

Sigan comentando, porque se viene EL GRAN FINAL de su telenov… perdón, de su fanfic favorito (quizá exagero :P). Recuerden, por cada comentario se dona una caja llena de tomates para España y de paso, otra para Lovino. ¡Nos vemos!