Capítulo 14. Pecadoras

(Tres meses después)

-¿La recordabas así?

Habían vuelto a la primera aldea que pisaran tiempo atrás tras ser comprada por Richard. Estaban cerca de casa, más cerca de lo que habían estado en los últimos meses, pero ella apenas podía pensar en su familia. Era como si sus hermanos y Padre se hubieran convertido sólo en recuerdos o fantasmas. Sin embargo, aquel lugar traía dolorosos recuerdos, era allí donde el cirujano había tomado la decisión de dejarla en un convento.

-La recordaba más fría –respondió, con poco entusiasmo. Él supo enseguida a que se refería. Dirigiendo las riendas de Altanero con una mano, trató de acariciarla con la otra, pero ella se apartó.

-Kate –murmuró, pero ella negó, afectada. Luego se apeó con un ágil movimiento de pies. –Vamos, hay que decorarlo –dijo, señalando al caballo. Él decidió no insistir aunque tomó una decisión. No estarían allí mucho tiempo, el suficiente para abastecerse y vender unos frascos. Nada más.

Kate empezó a sacar las cintas de colores, tratando de no tropezar con el perro que correteaba a sus pies. Perro se había ganado un papel en el espectáculo, jugando con pelotitas y haciendo las delicias de los más pequeños, soportando con paciencia sus tirones en las orejas y el rabo. Incluso había aguantado que uno le tirara una piedra, aunque Richard no había tardado en espantar al crío, que había corrido a esconderse tras las faldas de su madre.

-Iré a lavarme a la alberca, quiero quitar el polvo de las ropas.

Ella asintió, sin hacerle mucho caso. Él no pudo evitar sentirse decepcionado, había esperado que la joven se ofreciera a acompañarlo, pero desde que había sabido su siguiente destino había rehusado el contacto físico. Negando con la cabeza caminó hacia allí, seguido del perro. Arqueó las cejas.

-La invitación no era para ti -. Pero el animal soltó un par de ladridos, moviendo el rabo, con fuerza -. Está bien, será un baño de hombres.

El baño fue efectivamente un baño de hombre porque Kate ni se acercó a él. Cuando volvió, sólo con las calzas encontró que ella también se había puesto su otro vestido.

-¿Has ido a lavarte?

-Hay otra alberca por allí.

-Kate, sabes que no volveré a dejarte, ¿verdad?

Kate no respondió. El cirujano, exasperado la tomó del rostro y la obligó a mirarlo:

-No volveré a dejarte ir. Estaré contigo, siempre.

Aquello fue suficiente para que la joven pegara sus labios a los suyos, con los ojos levemente humedecidos. Richard gimió en su boca, necesitando más. Habían sido demasiado días sin tocarla. Caminó torpemente hacia delante, haciéndola entrar en el carruaje donde se tendió junto a ella.

Ella jadeó cuando el cirujano metió la mano bajo la falda del vestido, acariciándola, subiendo por su pierna hasta llegar a sus pliegues. La penetró con un dedo, mientras la besaba, imitando con su lengua los movimientos que hacía más abajo. Pero Kate no podía esperar más, a ella también la habían afectado aquellos días… y sobre todo aquellas palabras.

Sorprendiéndole, se subió arriba, desabrochando como podía sus calzas, subiéndose el vestido hasta la cadera. Él trató de incorporarse, pero Kate lo frenó con una mano en su pecho desnudo. Acarició rítmicamente su pene, de arriba abajo, tal como le había enseñado. Richard apretó los dientes, queriendo contenerse. –Yo también sé hacer que pierdas la calma –dijo ella, satisfecha por el efecto que tenía en él.

-Por favor –rogó -. Necesito tomarte.

Movida por su ruego o porque ella lo deseaba tanto como él dirigió el miembro hasta su entrada y bajó, despacio. Soltó un quejido y paró, dándole tiempo a su cuerpo para acostumbrase a la sensación. Nunca se acostumbraría a aquello, siempre sería tan intenso como la primera vez. Bajó lentamente, hasta tenerlo completamente en su interior. Lo oyó blasfemar y lejos de ruborizarse, sonrió, subiendo rápidamente para volver a bajar.

-Ohh…

-Juntos –murmuró él, moviendo sus caderas con ellas, yendo a su encuentro. En apenas minutos ambos estuvieron sudorosos y jadeando, gimiendo, moviéndose cada vez más deprisa. Richard metió una mano bajo el vestido y rozó un pezón con la mano, antes de pellizcarlo, calmando el leve dolor con besos en su cuello. Kate gritó, notando aquel placer absoluto que empezaba en sexo y viajaba por su cuerpo. Él sabía que estaba cerca y abandonó su pecho, buscando a ciegas bajo su vestid hasta encontrar su clítoris. Lo acarició con pericia y Kate se rompió, llevándolo con él.

-Señor –blasfemó, haciéndolo reír.

-Hermosa –susurró, antes de besarla, esta vez con dulzura. Kate apoyó la cabeza en su hombro, permitiéndose un momento para disfrutar de aquella ternura que raras veces él mostraba. –Tenemos cosas que hacer –lamentó. Él la abrazó con fuerza.

-Todo puede esperar… menos esto. –Y volvió a besarla.

Ya era de noche cuando tuvieron todo preparado y decidieron dejarlo para el día siguiente. Richard se mostraba especialmente cariñoso con la joven, dedicándole mimos y caricias prácticamente cada vez que la tenía cerca. Ella se dejaba hacer, encantada. Estaban planeando el espectáculo del día siguiente, juntos, cuando una voz los interrumpió.

-Eh, tú, ¿eres el barbero?

Un hombre desaliñado, que olía a vino y a queso rancio se acercó a ellos. Richard asintió; el hombre le parecía familiar. -¿Qué quieres de mí?

-Una ramera está a punto de parir, ven conmigo.

-¿Una ramera? –repitió, sorprendido -. ¿Acaso ya no toman hierbas?

-No funcionó el remedio. Sácale a esa cosa antes de que se la saque yo con el cuchillo de la carne. Puedo quedarme con la tuya para que no se quede sola.

Richard fue a responder, enojado, pero Kate negó, levantándose –Vamos, alguien te necesita.

El cirujano fulminó al otro con la mirada pero asintió, siguiéndolo. Ahora recordaba al hombre con más claridad, era un desgraciado que se ocupaba de comprar a niñas inocentes para su taberna. Él mismo había comprado los servicios a algunas de aquellas criaturas para evitarles la tortura de ser violadas, o al menos postergarla, pues sabía que no podía protegerlas para siempre. Pensaba en ello mientras caminaba despacio hacia el local, recordando a una de aquellas jóvenes que años después había agradecido su protección de la única manera que sabía, dándole placer. Y tras aquello la había visitado muchas otras veces, la última vez con lamentables resultados. La misma noche que había decidido que dejaría a Katherine en el convento. Entró en la taberna, que estaba tal como recordaba, sucia, ruidosa y oscura y subió por las escaleras que llevaban a los cuartos donde las mujeres trabajaban. El dueño señaló un jergón donde una mujer completamente desnuda y empapada de sudor gritaba, con las piernas abiertas. Richard maldijo al reconocer su cabello pelirrojo:

-¿Meredith?

-Richard –gimió, sorprendida de verlo allí -. ¿Vienes a ayud… -No pudo terminar la frase cuando una nueva contracción la recorrió entera y la hizo gritar.

-¿Cuándo empezaron los dolores? –preguntó, arrodillándose entre sus piernas, examinándola.

-Hará un par de días –respondió una mujer que estaba junto a la parturienta, con un vaso de vino en las manos. Se lo acercó a los labios y añadió: -Siguió trabajando pero los dolores eran cada vez peores y la separamos de los demás.

-¿Es el primero? –continuó, palpando su vientre -. ¿Por qué no habéis llamado a una partera?

-Ninguna mujer de bien entraría en esta casa –respondió fríamente -. Y sí, es el primero, aunque ya la habían preñado antes.

-Os daré diez monedas cuando le saquéis al crío. Quince si os lo lleváis –dijo el dueño, desde la puerta, antes de cerrar. Kate gruñó algo y se arrodilló junto al cirujano.

-¿Puedo ayudar?

-Hace frío –respondió -. Busca en el arcón una manta o algo para taparla. Meredith algo no está bien, apenas noto al bebé.

-No importa –respondió la madre, llorosa -. Ya lo has oído, el niño no tiene ningún futuro. Mejor así.

-No hables así, mujer, ¿y si el crío resulta ser espabilado y arando unas tierras te saca de aquí?

-Sácalo ya –rogó ella, ignorándolo -. Me destroza las entrañas. Si está muerto cuando antes mejor.

Kate trajo una manta sucia y tapó a Meredith con ella, quien la miró, sonriendo.

-Tienes cara de buena mujer –dijo, mirándola -. Lo harás feliz, ya era hora que dejase de ir a pecadoras.

-Todas las mujeres somos pecadoras, que aquí todas tenemos coño –replicó la otra prostituta -. Por algo tú pares así, con ese dolor.

-Parimos así porque nuestro cuerpo aguanta el dolor. No como el de los hombres –se rio, débil -. ¿Verdad, Richard?

-Verdad, ahora por favor quédate quieta y haz caso de lo que te diga.

Richard indicó a la mujer que debía pujar y a las otras dos que sostuvieran sus manos y apretaran su vientre. Él tiraría de la criatura. Así los hicieron, mas el bebé no podía salir y Meredith se encontraba cada vez más débil. El cirujano se miró las manos, manchadas de sangre e intercambió una mirada con Kate, negando lentamente. La prostituta limpió con la palma de su mano el sudor de la frente de la pobre desdichada y miró a los otros, furiosa.

-¿Por qué no seguís? ¡Sacad al bebé!

-No puedo hacerlo sin… desgarrar a la madre.

-Haz… hazlo –gimió Meredith -. Noto que queda… poco… por favor…

-Lo siento, Meredith –susurró y antes de que ella dijera nada cogió un cuchillo y la cortó, agrandando la abertura para que saliera el bebé. Meredith hubiera gritado si hubiera podido, pero sólo pudo soltar un débil gemido. El cirujano tiró de la criatura que salió del vientre de su madre sucio y muy quieto. –Es una niña –anunció, antes de cortar el cordón con el mismo cuchillo que acababa de usar.

-¿Está viva? –Kate la miró, ansiosa. Richard no respondió. No había traído muchos bebés al mundo, eso era cosa de parteras, no de cirujanos. La pequeña no se movía. Metió un dedo en su boca, sacando la mucosidad y miró por la sucia habitación, desesperado. Por la ventana se colaba el frío e ignorando las palabras de las mujeres sacó al bebé por la ventana y lo expuso al frío de la noche. La compañera de Meredith, furiosa lo golpeó en la espalda.

-Maldito seas, ¿qué haces con la pobre criatura?

-Obligarla a despertar –replicó y antes de que pudiera decirle nada más un grito rompió el silencio de la noche. La niña se sacudió llorosa, martirizando los tímpanos de los adultos. Richard se apresuró a meterla en la habitación y quitándose la camisa la envolvió. –Parece que ha funcionado –sonrió. Se la acercó a la madre, quien negó, señalando como pudo a la joven campesina. Kate tomó a la pequeña. Una hermosa niña pelirroja y con unos ojos azules como el cielo. Richard no dijo nada, pero podía notar como la vida se escapaba rápidamente del cuerpo de Meredith.

-Es bellísima. ¿No quieres cogerla? –preguntó Kate.

-No… -gimió -. No soy digna… de tomar… algo tan bello. Mis manos… de pecadora… la mancharían…

Richard soltó una retahíla de blasfemias que no asustó a las otras, ya acostumbradas. El cirujano, enfurecido maldijo a los hombres que habían tomado a aquella joven como un trapo sucio, se maldijo a sí mismo por haber formado parte de ello e incluso maldijo a la pequeña que había desgarrado a su madre. Y luego se arrepintió de cargar con aquella culpa al único ser inocente de aquel lugar. Tomando aire, acarició suavmente la mejilla de la mujer, quien le sonrió, débil.

-Gra… gracias. Has vuelto a… salvarme…

-Meredith…

Pero Meredith ya sólo tenía fuerzas para hacer una cosa más. Temblando, se dirigió a Kate:

-Alexis…

-¿Así la llamarás?

-Queda… quédatela –le susurró, sin apenas fuerzas para mirar al bebé pelirrojo que berreaba en los brazos de Kate. Un momento después, Meredith, la ramera, expiraba. La pequeña Alexis lloró aún más fuerte, quizás sabiendo que su madre estaba condenada desde mucho antes de que ella llegara al mundo. Como muchas otras pecadoras inocentes.


En el próximo capítulo:

-¿Estás bien? –Richard, asustado, se acercó a ella, quien asintió, frotándose la frente, agotada. El cirujano miró al bebé que dormía apoyado junto al perro, que le daba calor y protección. –Llevas tres días sin apenas dormir, cuidándola. Vas a enfermar si sigues así.

-¿Y qué sugieres?

-Quizás deberíamos… llevarla a un hospicio.