Uf, dije que os daba una semana para decidir si queríais que siguiera o no con los OCs, pero no me ha respondido nadie. Sabed que acepto mensajes en cualquier momento, así que mientras no me digáis lo contrario, seguiré manejándolos como hasta ahora.
Os he de decir que he estado de exámenes y luego de vacaciones, y aunque he querido escribir, Juego de Tronos me absorbió y no pude hacer otra cosa T^T
Espero que os guste este capítulo.
Capítulo 12: Cuéntanos la historia...
Le cubría la boca una mano blanca y ruda, seca, de una gran firmeza y con cortes en la palma que podía notar sobre sus labios. Se quedó inmóvil un rato, más por el susto que había sufrido por las órdenes de la dueña de esa mano, cuya identidad supo al instante cuando de entre sus dientes surgieron las palabras:
–No te muevas.
Y no se le presentó la oportunidad –ni el valor– de hacer lo contrario a lo que Lal le ordenaba, pues tenía la boca del revolver con el que cargaba clavándosele en la espalda como si fuera él la presa.
Al otro lado de la cortina de árboles se vislumbraban algunos focos, de ahí las luces, que dibujaban sobre sus haces las siluetas en negro de dos hombres con chalecos antibalas armados de los pies a la cabeza, paseando a un lado a otro de la zona haciendo guardia. Con una extrema suavidad y un silencioso movimiento, como la profesional que era, Lal giró rápidamente a su alumno en la dirección contraria y retiró el arma de su espalda. Le dio un golpe con la rodilla en el gemelo derecho y él enseguida entendió que tenían que salir de allí lo antes posible. Pero la mujer, en calidad de profesional –aunque, al contrario que otras personas más egocéntricas, como bien ya sabemos, ella no era de esas que alardeaban de ello–, sus ojos detectaron entre las hojas de algún árbol una luz, un reflejo de la luna o de las lámparas que iluminaban el campamento, posiblemente enemigo. El destello duró un momento y la consecuencia que dejó tras desvanecerse fue un grito dirigido a Colonello, un grito alarmante sin miedo a ser descubierto.
–¡Corre!
Él obedeció el grito al instante, tampoco era un novato y sabía lo que se hacía, al contrario de lo que creía su instructora. La chica se tiró al suelo de lado disparando su arma a la vez que el francotirador que se ocultaba entre los árboles disparaba la suya. La bala le rozó el brazo y le dejó un hilo escarlata a través de la ropa, pero ella tuvo más éxito y le dio de lleno al blanco, haciendo que se escuchara cómo el cuerpo inerte del enemigo caía a través de las hojas y se estampaba en el suelo. Los guardias escucharon toda la revuelta y, como si fueran marionetas, rápidamente fueron relevados por otros dos hombres igual vestidos para perseguir a los intrusos.
Colonello se levantó del suelo lamentando el no ir armado y asumiendo al instante cada orden por parte de su acompañante. Ella lo agarró del brazo y estiró de él, tomando el papel de líder en la "carrera" y maldiciendo en voz baja al que ella denominaba "maldito recluta". Sabía que, si lo soltaba en algún momento, iría por otro camino o haría algo que él creyera conveniente pero que en realidad pondría en peligro a ambos.
Mientras dirigía aquel caótico baile esquivando como podía los árboles de la mejor manera posible para despistar a sus perseguidores, los cuales no dejaban de disparar en todas las direcciones desesperados, decidió que –por alguna razón– aquel era el momento más oportuno para recalcar su paupérrimo comportamiento.
–¡¿Cómo puedes ser tan idiota?! –Lal gritaba por encima del sonido de las balas rebotando en los troncos de los árboles y de las pisadas, incluso, de vez en cuando, dejaba de hablar para no interrumpir el sonido de su revólver amenazando a esos dos hombres con el que parecía deleitarse.
–¿A qué te refieres?
–¡¿Cómo se te ocurre salir solo de noche a "explorar"?! ¡Porque eso era lo que hacías, ¿verdad?!
–¡No te ent-
–¡Eres un crío!
Ambos tuvieron que agachar la cabeza para pasar por debajo de una rama, como si en ese preciso instante no pudieran hablar, y reanudaron su conversación: turno de Colonello.
–¡No soy ningún crío!
La conversación termino cuando Lal recibió otra bala que le acarició el cuello y respondió disparando hacia atrás sin mirar dejando que la sangre empapara su pelo. Soltó un pequeño quejido al sentir la herida profundizar en su piel y cada pequeña brisa se comportaba como la hoja de un estilete. Pareció darle a uno de ellos y aprovechó para incrementar la velocidad y hacer que el que quedaba terminara rindiéndose. De este modo consiguió girar unos cuantos árboles más y saltar por una pendiente hacia una parte del bosque mucho más oscura y en la que reinaba la hierba alta y los árboles de troncos finos; ya no volverían al campamento hasta el día siguiente. Pese a estar segura de que nadie los seguía ya, corrió y corrió alrededor de cuatro o cinco minutos más hasta que, por fin, dieron con una construcción de piedra cubierta de más hierba, perfectamente camuflada. Constaba de un simple muro liso y perfectamente pulido con una abertura rectangular en el lado derecho que hacía de puerta y dos más pequeñas cuadradas, altas, dos pequeñas ventanas sin cristales.
Se apoyó en el borde de la entrada con la mano contraria al brazo que le sangraba y se dejó caer de rodillas, jadeando tanto como por la persecución como por las heridas. Colonello, de pie, la miraba desde atrás, y aunque sabía que no debía hacerlo si ella no se lo pedía la cogió en brazos y la colocó en la esquina más alejada de aquel refugio que parecía haberse construido en los años de la Primera Guerra Mundial, a juzgar por su situación y el material empleado. La capitana no opuso resistencia a la ayuda, apenas podía hablar, y tampoco se preocupó de agradecérselo. Simplemente, con la boca entreabierta y el ceño fruncido, miró odiosa al chico, arrodillado allí a su lado. Él se retiró la bandana de la cabeza y dio pequeños golpecitos con esta sobre la herida del cuello ajeno. Lal lo apartó de un manotazo, pero volvió a tratarle el corte, y esta segunda vez ella no se negó.
Los ojos del menor estaban fijos en la sangre que emanaba constantemente de la herida que había dejado aquella bala, que a saber adónde había ido a parar. No se dio cuenta de lo peligrosamente cerca que estaba de ella hasta que, al levantar la mirada, pudo ver a unos pocos milímetros sus labios pálidos, respirando de forma entrecortada, y un leve color fresa en ambas mejillas. Se quedó un segundo callado prestando especial atención a los jadeos de Lal, cada vez más largos y cada vez menos, como si el tacto de la tela consiguiera relajarla.
–No estaba jugando.
Le bastaron unos segundos para recibir una bofetada, menos dolorosa que otras veces, pero más fría que nunca.
–Colonello, te odio.
Él cerró los ojos y soltó un bufido en forma de sonrisa. Dejó que sus rodillas descansaran sentándose con las piernas cruzadas en el mismo lugar manteniendo el dedo rodeado de la tela de la bandana sobre la herida del cuello de Lal –hemos de recalcar que, incluso sentado y encorvado, era más alto que ella– y guardó silencio durante unos segundos antes de decidirse a hablar con la vista fija en sus ojos, aunque apenas se veía nada; un tenue rayo de luz de la Luna entraba por una de las ventanas y dejaba una muy pobre iluminación en el suelo, también de piedra, salpicado por algunos manojos de hierba que habían crecido con el paso de los años. También se reflejaba en una de las mejillas de Lal y en sus dos pupilas, dando la impresión de que sus ojos flotaban en la oscuridad.
–¿Por qué me odias? –preguntó al fin con una voz dulcísima y seráfica.
–Eres un incordio.
–¿Y?
–¿Cómo que "¿y?"?
–Estoy seguro de que no me odias solo por eso.
No hubo más palabras que esas sobre el tema; sobraban. El suelo de piedra estaba frío y el viento gélido de la noche no ayudaba, por lo que no pudieron hacer sino acostumbrarse. Lal apoyó la cabeza en la pared que tenía al lado y se mantuvo en esa posición durante apenas un minuto, pero enseguida torció el cuello para apoyarse sobre el hombro de Colonello con la excusa de "la pared está demasiado dura" acompañada de un gruñido seco. El chico sintió una punzada de las más profundas que podía recibir en el corazón. Este llamaba su atención latiendo con fuerza, como si el tacto del cabello ajeno fuera la flama que encendiera el deseo de salir de esa jaula. Y latía, y latía, y era lo único que se escuchaba, y a Colonello le daba miedo que ella también lo escuchara, le daba miedo ser descubierto por alguna fiera salvaje que se ocultara entre los árboles que custodiaban el refugio, así que se llevó ambas manos al pecho para intentar callarlo, pero ¡rebelde sentimiento! No se callaba. Y latía cada vez con más fuerza. ¡Eh, mírame!, decía.
Aunque ella (cada movimiento que analizaba lo atribuía a una Lal llamada ella, sin posibilidad de poseer ningún otro nombre) solo movía la cabeza levemente y con movimientos muy cortos buscando la mejor comodidad, Colonello sentía in petto que se le clavaba en el hombro hasta el punto de querer penetrar su piel.
–¿Lal…? –apenas fue capaz de suspirar su nombre. Se hacía pequeño, cada segundo era más pequeño que el anterior; tenemos ante nosotros una situación similar a un delirio de esquizofrenia pero, esta vez, enfermo de amor.
Lo único que recibió como respuesta fue un puñetazo en el centro del pecho reclamando silencio, tanto a él como a su corazón, silencio que no consiguió por parte del segundo.
Lal no sentía el martilleo del corazón de su alumno, lo único que sentía era un dolor ardiente en el cuello y en el brazo, como si el aire le estuviera chupando toda la sangre de las heridas o como si aplicaran la pequeña pero intensa llama de un mechero en cada una de ellas. Pero no abría la boca para quejarse. Sus labios estaban casi tan pálidos como el resto de su piel, aunque todavía se percibía un tono levemente colorado. Se sentía como con fiebre, tenía calor pero también tenía mucho frío. Entonces no era capaz de reflexionar sobre la situación en la que se había puesto a sí misma apoyándose de esa forma en el hombro de Colonello, de hecho, no tuvo tiempo, pues en un instante se encontraba presa de las garras de Morfeo.
»Tenemos ante nosotros un niño de edad joven, muy joven. Está de pie sobre un fondo blanco, de pie, erguido, solo. Tiene unos mechones rubios, rubios claros, que le resbalan por el rostro como el oro fundido listo para moldear una pieza digna de un emperador. Está mirando a un punto blanco en el fondo blanco con sus azules y profundos ojos. Está pálido, muy pálido, y no lleva más que un pantalón verde varias tallas por encima de la suya formándole una cola en cada pie y una camiseta blanca, también extremadamente ancha que, aunque es de manga corta, casi le cubre los dedos. Imagínense el pequeño tamaño del que hablamos. De vez en cuando levanta uno de sus delgados brazos para apartarse algunos mechones rebeldes de su campo de visión, pareciera que incluso el pelo le quedara grande, y lo deja caer acariciando por el camino el puente de su pecosa nariz, la punta de esta, sus labios de fresa y su moldeada barbilla. Se oye un disparo. ¡Dios mío!, se oye un disparo muy cerca, pero el paisaje blanco era infinito, demasiado infinito como para decir de primer vistazo el foco del sonido. El niño se sobresalta, se deja mover de un salto hacia delante impulsado por el movimiento de su corazón, también asustado. De Dios sabe dónde cayó un rifle más grande que el propio niño y él enseguida supo cómo usarlo, como hubiera nacido con una habilidad excepcional y una puntería sobresaliente nunca reconocida por nadie. Está solo. Está solo y dispara al frente. La bala corre a lo largo de los metros de suelo blanco hasta que pareció alcanzar a un objetivo que ni el mismo niño había fijado. Le arranca al vacío un grito femenino, un grito desgarrador. El niño abre los ojos como platos y deja caer el arma al suelo, que deja tras de sí un sonido más grave de lo que cabría esperar, y es ahora cuando tanto nosotros como él nos damos cuenta de que tiene las manos ensangrentadas y temblando. Se las mira asustado y rompe a llorar. ¿Por qué llora el niño, por matar? ¿Matar a quién? No teme matar, teme a la muerte. Entonces la grotesca escena se desvanece en un humo ennegrecido poniéndole fin al primer acto.
Colonello se despertó sudoroso e inclinó la cabeza hacia delante. Se llevó la mano a la frente, mojada, caliente, muy caliente, y miró de reojo a la persona que tenía al lado, aquella responsable de que su pesadilla no desembocara en locura. Su sola presencia, con eso bastaba. La bandana que antes adornaba el pelo del chico descansaba bajo el cuello de Lal, endurecida por la sangre seca. Se volvió a llevar la mano a la frente para intentar calcular aproximadamente los grados que podría tener, si es que estaba enfermo, pero fue en vano. ¡Qué sorpresa! El perfecto Colonello había perdido el control. ¿Por qué? ¿Por Lal? No era la primera vez que se intentaba acercar a ella, pero sí la primera que lo conseguía.
Exhausto y acalorado (¿por la fiebre?), aunque aterrorizado por volver a ser consumido por ese sueño que hasta parecía real, cerró los ojos, aun sabiendo que le resultaría imposible dormir de nuevo.
Lal fue la primera en abrir los ojos bien entrada la mañana siguiente, cuando las plantas que hacían las veces de cortina que caían desde lo alto de las ventanas eran tan brillantes que parecían tener luz propia, cuando el cielo adquiría un degradado del naranja a su azul propio. Sentía la garganta contraída, como cuando uno se despierta con un resfriado. Con la mente entumecida primero alzó la vista, moviendo los ojos vagamente, y vio allí sentado con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados a Colonello. Le costó un poco asimilar el hecho de que se hubiera quedado dormida en su hombro, y tan pronto como levantó la cabeza bruscamente se llevó la mano a la herida del cuello. De la sangre de la noche anterior tan solo quedaba una carcasa oscura y todavía algo húmeda si se la tocaba con cierta fuerza. La bandana del chico estaba manchada de un color granate intenso y se cayó al romper el contacto entre ambos.
Entonces giró la cabeza y vio allí, como un fantasma, sentada contra la pared contraria y distraída con una pequeña planta que creía de entre las grietas, a Christine. Reprimió un grito seco que le habría arañado las paredes de la garganta si no estuviera entrenada para cerrar la boca cuando debe pero no pudo evitar que un evidente y breve susto azotara su corazón durante una milésima de segundo. Disimulándolo todo lo posible y efectuando el movimiento muy despacio, arrastró un dedo hasta la mano de Colonello y le hincó la uña. Le hizo un gesto con la mirada para que siguiera la línea invisible de sus ojos y, siendo no tan discreto, se puso en pie.
–¡Christine!
Christine lo mandó callar.
–Los pájaros aún duermen.
Instructora y alumno intercambiaron confusas miradas antes de optar por dejar hablar al chico, se le daban mejor las palabras.
–¿Qué haces aquí?
–Él me dijo que viniera.
Él, cómo no. Imagínense la expresión de Lal al ver como los otros dos jóvenes se entendían con tan solo un pronombre. Ella lo miraba aún sentada donde se había quedado dormida, de vez en cuando moviendo las pupilas hacia Christine mirándola con una innegable preocupación.
Ya no se dijeron nada más y, en efecto, los pájaros aún dormían. La capitana se levantó con la bandana manchada de sangre encerrada en el puño y dio órdenes claras, aunque sin ningún derecho a dárselas a Christine.
–Anoche tuvimos que salir corriendo por culpa de tus imprudentes caprichos, pero hoy caminaremos sin descanso y encontraremos –e hizo énfasis en esa palabra– al resto del grupo. Desde ahora hasta ese momento, seguiréis todas y cada una de mis órdenes. ¿Ha quedado claro?
La pelirroja se llevó la mano, tiesa y firme, a la frente, y respondió con un vacilante "sí". El chico observó cómo debía responder correctamente a sus superiores e imitó el gesto de mala manera, pero blandiendo una sonrisa infantil que fue imposible detestar.
Caminaron durante todo el día sin pronunciar palabra por entre las familias de árboles esmeralda que brillaban con luz propia. Pasaron por algunos caminos empedrados que tan pronto desaparecían y se volvían simplemente hierba alta como desembocaban en unos raíles de tren oxidados a los que habían abrazado las hiedras. Lal iba en cabeza, observando atenta cualquier indicio de vida que les permitiera volver al campamento; sus ojos decían que no pensaba en nada más que eso. Siempre que Christine se le ponía delante para no interrumpir alguno de sus jueguecitos la resoplaba y cerraba los ojos para no pensar en lo que quiera que le preocupaba acerca de aquella pequeña chica. De vez en cuando se volvía para asegurarse de que Colonello las seguía, ya no confiaba en nada de lo que pudiera hacer teniendo en cuenta la travesura cometida en la víspera. Pasaron junto a un río tan cristalino que, de no ser por las ondulaciones de la corriente del agua y del movimiento de las especies que lo habitaban, se veían claramente la gama de colores de los guijarros. El río estaba colina abajo. Christine y Colonello la bajaron corriendo, divirtiéndose como un par de críos; si no fuera porque la espalda de Colonello era ancha y sus brazos fuertes, parecería un niño, y Christine daba totalmente el pego. Se detuvieron a la orilla para no mojarse los pies y Lal, en un momento de compasión del que más tarde se arrepintió, les permitió media hora para descansar allí sentados.
Christine jugaba a ponerles voces a los peces que veía pasar e inventar historias entre ellos, historias que, cuanto más desarrollaba, más reales le parecían. El chico aprovechó para lavar la sangre de la bandana; se desató las botas y las dejó a un lado y se remangó los pantalones para poder meter los pies y refrescarse del sofoco de todo el día. Mientras la pelirroja entonaba una canción popular francesa que ninguno de los otros dos presentes conocían, absorta en sus propios cuentos, la capitana, sentada con las piernas cruzadas a una distancia prudente de ellos dos para poder relajarse sin que ninguno las molestara con sus "infantiladas", miraba a Colonello como si fuera un espectador totalmente ajeno. Recordó haberse quedado sorprendida la noche anterior al ver el resto de pecas que parecían cenizas después de la adolescencia, donde seguramente habrían desaparecido la mayoría. Se preguntaba si de pequeño tendría más, si tendría la cara llena de pecas. Se preguntaba cómo había sido de pequeño, qué le habría hecho ser como es. Ella sabía una parte, pero sentía que en realidad era una pequeña parte. Agitó la cabeza. ¿Por qué se preocupaba?
Cuando él terminó de lavar la prenda se la volvió a atar alrededor de la frente mientras se acercaba andando con las rodillas a ella. No estaba tan lejos como para levantarse e ir andando y estaba demasiado cansado como para hacerlo. Se sentó a su lado peinándose algunos mechones rebeldes con los dedos.
–No esperaba que nos dejara descansar.
–Yo tampoco –suspiró.
Ambos se mantuvieron en silencio durante unos minutos mirando a Christine como una pareja de recién casados que son felices con solo mirar a su hija pequeña. Pero Colonello rompió el silencio.
–Todavía no sé nada. No sé por qué estamos aquí, no sé cuál es el fin de esta misión, adónde vamos, qué tenemos que hacer, qué tengo que hacer yo. No me has contado nada.
Soportó la mirada asfixiada de Lal. Christine se cayó de golpe y también miró al cadete, tan preocupada como la otra mujer.
Y Colonello siguió hablando.
–Sé que no me responderías, pero sabes que estoy aquí, arriesgando mi vida…
–Nadie te ha pedido que vinieras.
–No he terminado. Estoy arriesgando mi vida, y aunque me insististe en que no lo hiciera, como mínimo podrías darme explicaciones.
Los pájaros ya no dormían, pero se habían cayado, como la canción de Christine, para escuchar los datos que tenía Lal Mirch para proporcionar al mundo.
–No es algo que no debiera contarte. Pero no es algo agradable de contar, así que no me interrumpas mientras hablo.
Lo siento, me ha pasado lo que me pasó con el capítulo anterior, era demasiado tarde para leerlo y editarlo, ergo si encontráis alguna falta o algo que no tenga coherencia, notificádmelo y lo mejor que puedo hacer es corregirlo y subir el siguiente a una hora más prudente la próxima vez.
Sigo aceptando sugerencias para la historia; de vez en cuando me baso en alguna idea de los animes, películas o series que veo, los mangas o libros que leo o la música que escucho. Y siempre que haya algo basado en alguno de estos factores lo pondré en la introducción por si os interesa.
Dicho esto, ¡gracias por leer!
