Hola a todos, después de este pequeño lapso de 2 semanas...he vuelto;D
Gracias por pasarse por aquí, leer, tener paciencia, y por los reviews. Acepto reviews, reviews anónimos, mensajes privados, críticas (constructivas), reclamaciones...xD Es temprano, no estoy en mi mejor momento.
Ohp, casi lo olvido. Disclaimer: El mentalista no me pertenece, pero igual espero que disfruten el capítulo de mi humilde fic. ;D
Capítulo 14: Oportunidades
Una vez creí que iba a morir, que íbamos a morir, Patrick y yo. Estuve realmente convencida durante casi una hora. Y aún así, no era capaz de hablar con él y decirle cosas que de otro modo nunca tendríamos la oportunidad de escuchar ni de decir. Podía haberlo hecho antes de que fuera demasiado tarde, y quizás casi llegué a hacerlo. Quizás lo pensé durante una milésima de segundo. Pero había algo que me lo impedía. Miedo, supongo. No, era más fácil de entender. ¿Para qué meterte en camisa de once varas hablando de sentimientos y complicar las cosas cuando apenas tienes tiempo? Era más una cuestión práctica.
Fue culpa suya, por cierto. Él había estado jugando con elementos peligrosos en un laboratorio, y no un laboratorio de química de colegio sino un verdadero laboratorio donde trabajaban con cepas de virus de esos que mataban a gente en pocas horas con los que aquellos científicos intentaban hacer vacunas o prepararse para una guerra biológica o algo así.
Todo empezó con una extraña llamada. Tan extraña que consiguió dejar al consultor petrificado durante unos segundos. No todos los días alguien contactaba con nosotros para decirnos "me han matado". Eso fue exactamente lo que dijo Alicia Seberg cuando telefoneó al CBI preguntando expresamente por el sr. Patrick Jane, considerado el mejor detective de la zona. A su vez el CBI contactó rápidamente con la oficina del Fiscal General del Estado y ellos nos consiguieron el transporte más veloz hasta el Instituto de Biosistemas Zytek, un helicóptero. Algo que a Jane entusiasmó. No dejaba de fascinarme la capacidad que tenía de maravillarse con las pequeñas cosas nuevas que la vida le ofrecía de vez en cuando.
A lo largo de todos mis años de carrera había vivido experiencias raras, escalofriantes…todo tipo de situaciones que te puedas cruzar en este trabajo. Había visto policías corruptos, gente que mata a sus propios hijos, gente que mata sin motivo alguno, pura maldad…Pero nada tan perturbador como estar frente a una persona que va a morir pocas horas más tarde y lo sabe, lo acepta, y lo peor es que es una muerte inminente y nadie puede hacer nada para salvarla. Sólo podíamos estar allí, esperar y hacer todo lo posible por esclarecer su muerte.
En cuanto el helicóptero de la policía nos dejó en tierra firme el equipo de seguridad privada de la compañía nos recibió. Y tenían un buen equipo y una buena tecnología. Celosos de su seguridad, y recelosos de cualquiera que entrara allí, ya fuera científico, invitado o nosotros para investigar un supuesto homicidio.
Dean Harken era el enviado del Centro de Control de Enfermedades de California, la gran agencia que controlaba a los institutos que realizaban estudios con agentes infecciosos y vigilaba concienzudamente sus instalaciones, su seguridad, vigilaba los proyectos y experimentos de las compañías como Zytek, y al parecer las visitaba periódicamente. Por casualidad, o quizás no tenía nada que ver con ella, Control de Enfermedades estaba en el centro aquella mañana. Cuando llegamos ya estaban allí y rápidamente se dispuso a decirnos que no se trataba de ninguna investigación criminal, como siempre poniéndonos trabas.
Teresa, Patrick, encantado de conocerles – dijo el burócrata mientras caminábamos hacia el edificio – Soy Dean Harken, del Centro de Control de Enfermedades de California.
Encantada de conocerlo – dije educadamente.
Sí, es probable que estemos ante un Código Rojo por brote de virus. Según el protocolo de emergencias del Estado, que como imaginará, estamos siguiendo, este centro está ahora bajo nuestro control. Si algo sale mal miles de personas podrían morir.
Nos han informado… - intenté comenzar a hablar pero él me lo impidió.
Estoy casi seguro de que esta situación se debe a un error de la doctora Seberg – continuó – Aunque ella lo niega rotundamente. Es demasiado orgullosa para aceptar que se ha equivocado y se pone bajo la postura de víctima.
Se le veía el plumero. Ahora era el momento donde nos dejaba en el banquillo, que es donde estuvimos casi todo el caso. Ni siquiera se nos permitía interrogar debidamente a los sospechosos. Éramos los sustitutos.
Esto no es un homicidio, vuestra presencia no es imprescindible.
Bueno, puede ser pero… - interrumpida nuevamente.
Sin embargo, voy a permitirles la entrada a la institución. Podéis buscar pruebas y todo lo que queráis, pero no olvidéis que yo estoy al mando. Nuestra investigación tiene prioridad.
Por supuesto – contesté tratando que no se me notara los verdaderos sentimientos que su superioridad me producían.
Estaba convencido de que la culpa del incidente la tenía la propia víctima y se propuso desde el comienzo dejarnos bien claro que nuestro papel allí era inútil. Se trataba de la típica situación de intereses políticos donde querían dar un rápido carpetazo al asunto sin buscar culpables, verdaderos culpables, para evitar más publicidad de la necesaria respecto al tema. No se podían permitir estar metidos en embrollos de este tipo. Y el tal Harken era el típico alto cargo de oficina gubernamental, trajeado, de los que quieren eficacia y soluciones rápidas, repuestas a la mayor brevedad y sin involucrarse más de lo necesario, sin crearse problemas políticos. Y me daba cuenta de que se trataba de eso. Se trataba más de acabar rápido y no involucrar demasiado al Instituto ni a la CDCA y ahorrarse la guillotina de los medios, la mala publicidad y los escándalos, que de encontrar a los verdaderos responsables. Al final todo se reducía a política. Lo que debías o no hacer, lo que podías o no hacer, no enfadar a los jefes, no buscarse problemas con las familias influyentes de California porque en menos de lo que pedías disculpas tu placa podía estar confiscada y tus cosas metidas en una caja de cartón fuera de tu despacho. Por eso siempre odié la política, las relaciones públicas y toda esa clase de burocracia que nos impedía hacer nuestro trabajo.
Después de que el administrador del Instituto, Scott Price, nos fuera presentado y ofreciera su total colaboración en la investigación, por fin pudimos acceder al edificio para dejar tanta diplomacia y educación e ir directamente a lo que nos había llevado hasta allí.
Este es el doctor Edmund, director de investigación – dijo Harken a la vez que un hombre de unos cuarenta, con bata blanca se acercaba a nosotros – Él os ayudará y os llevará a la zona del incidente.
Gracias por haber acudido tan deprisa – dijo el doctor cuando por fin nos quedamos a solas camino al laboratorio.
¿Qué hacen aquí exactamente? – quise saber.
Armas biológicas, – respondió – con cosas como el ántrax, la toxina botulínica o simple veneno de cobra se pueden crear armas. Es un área apasionante y está en auge ahora mismo.
O sea que investigan formas de matar a la gente en masa – interrumpió Jane.
Al contrario, investigamos formas de crear antídotos que luchen contra las bacterias responsables de esas muertes. Es aquí – nos informó al tiempo que se detenía ante un avanzado sistema de lector de retina que nos permitiría acceder al laboratorio.
Entre luces y destellos en la pequeña pantalla, una robótica voz masculina nos dio paso al blanco y aséptico lugar de trabajo de los doctores.
No me había parado a pensar cómo estaría la doctora Seberg, físicamente, quiero decir, podía imaginar cómo estaría anímicamente. Aún no sabía qué la estaba matando. Pero aparentemente estaba bien. No tenía sangre brotando de sus orificios, los ojos no le habían dado la vuelta… Podía haber parecido un simple resfriado o una gripe común. Palidez, ojos rojos, un poco de debilidad… Por lo demás perfecta. Una guapa mujer pelirroja de ojos claros, en mitad de la treintena. Se encontraba tras un cristal de seguridad, encerrada en una pequeña recámara dentro de la habitación en la que nos hallábamos.
Cariño… - exclamó con alegría y una sonrisa dirigida al doctor Edmund cuando nos vio aparecer. Atando cabos me atreví a pensar que era su marido. Una rápida conclusión a la que también llegó Jane - ¿Éste es el señor Jane?
Sí – respondió el doctor - ¿Cómo te encuentras?
Igual – dijo desde el otro lado.
Sin embargo el ritmo cardíaco está mejorando – añadió positivamente la otra persona en la sala, un hombre de menor edad.
Alicia Seberg sabía perfectamente lo que estaba por llegar y no se detuvo en sollozos ni palabras de ánimo, reconfortantes pero inútiles. Estoica, valiente, fuerte, explicó que esa mejoría en su ritmo cardíaco era la respuesta de su cuerpo ante el virus, que se resistía segregando altas dosis de adrenalina. Pero no significaba que estuviera mejorando. Contra aquello no había mejoría.
Buenos días señor Jane.
Bueno días.
Agente Lisbon, Brigada Criminal – me presenté enseñando la placa - ¿Podría decirnos qué ha ocurrido?
Estaba demostrando muchísima entereza. Allí, enclaustrada, hablando con normalidad dispuesta a contarnos qué había pasado y así evitar quizás miles de muertes.
Casi me costaba mirarla a los ojos. Era difícil estar hablando con una persona que parece estar bien, a la que aparentemente no estaba matando un virus que había inhalado unas horas antes, y sin embargo saber a ciencia cierta que va a morir y no poder hacer nada. Estar hablando con ella, verla y ver cómo la vida se va escapando de sus ojos. Estaba ahí, a un metro de nosotros y no podíamos hacer nada para evitarlo. Era frustrante e injusto, sobre todo para ella.
Alguien entró aquí y abrió este frasco. Contiene Kryptohansa en estado gaseoso.
Miré al doctor Edmund en busca de respuestas. Me respondió sin decir nada. Su mirada, la expresión de su cara, eran suficientes.
Se trata de un súper virus alterado – continuó la doctora – Si saliera de esta sala mataría a todas las personas y animales en un radio de quinientos metros. Ataca los glóbulos rojos e impide el paso de oxígeno.
El doctor Edmund asentía a su explicación. Y yo no podía creer lo que estaba escuchando.
Provoca parada respiratoria o infarto de miocardio dependiendo la forma física en que se encuentre la persona afectada. La muerte se produce entre dos y seis horas después del contacto.
¿Podrías morir ahora mismo? – preguntó Jane.
Sí.
Harken dice que tú eres la responsable. Un lamentable incidente que ahora te cuesta reconocer.
Harken es funcionario. Lo único que le interesa es dar carpetazo al asunto – "justo lo que yo decía" – Para abrir uno de estos frascos hay que seguir un protocolo que consta de cuatro pasos. Hay que seguirlos al pie de la letra. Y está prohibido abrirlos fuera del depósito. Son normas básicas de seguridad y yo las sigo a rajatabla. Les aseguro que yo no he tenido nada que ver y esto no ha sido un accidente. Alguien quería que yo muriese. Todos saben que yo me encargo del primer turno.
Jane asintió. Al parecer la parte técnica de la situación había dejado de interesarle y su cabeza comenzó con nuevas elucubraciones.
Cuando hemos llegado te ha llamado cariño y ambos lleváis anillo. ¿Sois matrimonio?
Sí – Jane asintió lentamente.
A mi compañera le sorprende que tenga usted tanta calma y sangre fría teniendo en cuenta que su esposa se muere.
¿Y de qué le serviría que yo perdiera los nervios?
Buena respuesta – exclamó Jane, al parecer convencido – A ver, mm…el asesino ha tenido que estar expuesto al virus ¿verdad?
La doctora asintió.
Entonces… ¿no se habría infectado él también? Andará muerto… o a punto de estarlo... ¿no?
No – dijo Alicia Seberg mientras se movía por la sala y nos mostraba en sus manos un pequeño frasco transparente – Tenemos un antídoto. Es un compuesto de proteínas. Si se toma antes de la exposición evita el contagio. Supongo que el asesino tuvo la precaución de inyectarse una dosis antes.
¿Puedes…? – pregunté con cautela.
No. Sólo funciona si se toma antes de la exposición al virus. Ahora es demasiado tarde.
¿Y por qué no te lo inyectaste antes, por si acaso?
Los efectos de usarlo de manera habitual pueden bastante graves.
¿Quién más tiene acceso al virus?
Los únicos que tenemos acceso a esta cámara somos Cliff y yo, y nuestros compañeros de laboratorio Walks, Nash y Tripp. Y el sistema de identificación biométrica es de última generación, nadie ha podido entrar sin autorización.
Entonces tu marido o uno de tus colegas es el asesino – dijo el consultor sin reservas. Los tres le miramos. Ellos confundidos, yo enfadada. No era el momento para uno de sus numeritos. Pero pareció no captarlo porque continuó – Perdón, será el asesino.
Jane – le dije en voz baja. No era el momento.
No si lo p… - su voz se fue apagando y la estúpida frase que iba a soltar quedó sin terminar.
El marido bajó la cabeza con aflicción a la vez que Jane le daba una mirada e intentaba huir de la mirada de Alicia, quizás avergonzado por su falta de tacto.
Era la respuesta de Jane, la misma respuesta de siempre, para casos en que no podía manejar sus sentimientos. Sarcasmo. En lugar de mantener la boca cerrada, soltaba sin pudor cualquier tipo de frase cortante, sincera pero hiriente.
No pasa nada. Ese es el desenlace… - dijo la doctora con un hilo de voz –…es inevitable.
Me aclaré la garganta.
Era su forma de lidiar con ese tipo de situaciones para que no le afectaran. Mostrarse frío y fingir que no le importaba era la manera de no involucrarse demasiado, de vencer sus propios sentimientos, intentar que sólo fuera trabajo cuando estaba claro que le afectaba. Lo entiendo. Yo era la primera que intentaba no mezclar mis sentimientos en los casos y actuar de la manera más neutral posible. Pero Jane se equivocaba siendo tan duro. Había una diferencia entre no involucrarse y llegar a ser grosero.
Un momento después dejamos solo al matrimonio. Teníamos que hablar con lo demás investigadores. Harken los tenía haciendo un informe y no precisamente para esclarecer el asesinato.
Está es buena ¿eh? – dijo Jane mientras caminábamos.
¿Buena? – rezongué.
Sí, ya sabes. Interesante, nueva…
Sí, si eres insensible y macabro – le dije.
¿Macabro? - preguntó – Mira, si la gente se mata y nosotros tenemos que estar los 365 días del año investigando y atrapándolos al menos que sean originales.
Era curioso que dijera 365 cuando el no trabajaba ni la mitad de ese tiempo.
Van Pelt, necesito que me busquéis los antecedentes de Cliff Edmund, Lillith Nash, Griffin Latimer Walks y Florian Tripp.
Hablaba por teléfono con los chicos sin prestarle mucha atención a Jane que seguía murmurando mientras subíamos las escaleras sobre lo aburridos que eran algunos de los casos que habíamos tenido últimamente. Disparos, envenenamiento en la comida, crimen pasional, más disparos. Decía que aquello era algo novedoso.
¿Algo en especial, jefa? – preguntó Rigsby.
Uno de ellos ha liberado un virus letal que puede acabar con la mitad de los habitantes de California en menos de seis horas así que supongo que buscamos a un súper villano despiadado.
Vale – respondió Cho.
Mmm, era una broma – Vale, sentido del humor no era mi gran compañero.
Lo habíamos pillado.
Adiós.
La primera entrevista con los tres compañeros dio sus resultados. Jane hizo su táctica de darse paseitos por la sala delante de ellos hasta que se pusieron nerviosos. Luego, empezó a hablar un poco con ellos y ya está. Teníamos un pequeño pero valioso dato para seguir. Así que volvimos al laboratorio.
Viéndolos era imposible creer que lo que nos acababan de decir, que la señora Seberg tenía un amante, fuera cierto.
Estaban a ambos lados del cristal con las manos apoyadas en él, juntas, haciendo que sus dedos encajaran. Se miraban de una manera que hacía tiempo que no veía a nadie mirarse. Una manera de la que nadie me había mirado jamás.
¿Por qué no nos has dicho que mantenías una aventura con el doctor Kasim? – el aludido se levantó.
Porque no es relevante – dijo la doctora.
Tenemos un matrimonio abierto y sincero.
Es cierto – intervino el amante.
¿De verdad no te molesta? – le pregunté a Cliff Edmund.
No – respondió – La fidelidad no es más que un impuesto de la sociedad, una convención cultural.
Como ir vestido… - dijo Jane.
Sí, algo así – dijo con naturalidad.
No me lo creo – solté con el habitual fruncimiento de entrecejo que me producía semejante sorpresa y confusión. No podía entender que un matrimonio que parecía feliz y estaba actualmente unido tuviera escarceos amorosos y a nadie pareciera importarle. Era, cuanto menos, raro. Aunque verlos juntos disipaba mucho las dudas – Tiene que molestarte un poco.
No – reiteró el doctor y se acercó de nuevo a su mujer, volvió a colocar la mano en el cristal, ambos sonrientes, y la miró con tanto amor que por confundida que yo estuviese y extraña que nos pareciera esa situación no cabía ni la menor duda de que se querían – Nos queremos mucho. Si ella es feliz yo soy feliz. Además yo también he tenido mis aventuras.
¿Y tienes alguna en este momento? – pregunté.
No. El trabajo me ha tenido muy ocupado últimamente.
¿Y a usted no le pareció raro? – le pregunté al doctor Kasim.
Sí, al principio, pero…oye… - respondió encogiéndose de hombros. Rápidamente miré a Patrick, más confundida por momentos.
Pero oye… - le imitó haciendo movimientos de cabeza con una sonrisa - ¡Qué elocuente!
La situación era bastante rara. Patrick Jane cuyo segundo nombre era "extraño" y yo que creía haberlo visto todo, éramos los únicos sorprendidos en aquella habitación.
No nos dio tiempo a decir mucho más cuando unos agudos pitidos intermitentes se escucharon desde el ordenador de Alicia.
Oh, gracias a Dios. Es Isabel – sin demorar un segundo se sentó al escritorio y aceptó la video llamada.
En la pantalla apareció una joven de pelo y ojos oscuros, llorosos y desesperados. No sabía que tuvieran una hija.
Mamá. Mamá, acabo de leer el mensaje de papá – le hice una seña con la cabeza a Jane para salir de allí - ¿Es verdad?
Sí, cariño, es cierto.
No, no puede ser cierto…- saliendo de la sala aún podíamos oír los sollozos de la chica pidiéndole a su padre que consiguiera una solución.
Patrick, no sé por qué razón, se quedó un poco rezagado mirando la estampa familiar. Seguramente por la chica. Estaba destrozada, como es lógico, y casi no había llegado a tiempo para despedirse. Luego, caminamos en silencio hasta un pasillo desierto. Al igual que el resto las paredes eran inmaculadas y carecían de cualquier tipo de decoración. Era un pasillo sin salida y estábamos cerca de Edmund y Seberg.
Yo me apoyé en una pared a mirarme los zapatos. No quería seguir viendo como esa pobre mujer sin esperanzas aprovechaba hasta el último aliento para despedirse de su familia. Era doloroso vivirlo incluso desde fuera, así que podía imaginar cómo se sentiría esa jovencita cuya madre estaba muriendo ante sus propios ojos, y un marido de ojos llorosos y enrojecidos pegado al cristal para estar lo más cerca de ella hasta el final, diciéndole cuánto la quería.
Era duro.
Patrick se apoyó en la pared, de cara a mí. Me estaba mirando. Algo que me ponía de los nervios. Las cosas no iban bien esos días. Pero no era sobre nosotros en ese preciso instante.
Ha muerto – dijo desviando por segundos la mirada hacia el suelo. Asentí lentamente.
Está bien. Démosles unos minutos ¿eh? – asintió y continuó el silencio que más tarde yo rompí - ¿Estás bien?
Iba a preguntarte lo mismo.
Yo he preguntado primero – puse una sonrisa inocente.
Bueno, ya sabes… - se encogió de hombros. En realidad no lo sabía. Es decir, no por sus propios labios. Sabía y entendía exactamente cómo se sentía. Sentía dolor y nostalgia, y compasión por esa familia. Se acordaba de su hija, pero sobre todo, sobre todo, de su mujer, igual que yo había pensado por un segundo en mi madre, y en cómo podía haber sido tener la oportunidad de despedirme de ella antes de que ese imbécil borracho decidiera meterse en una carretera con su súper coche y matarla. También en mi padre, que al igual que Edmund estaba destrozado y, al contrario que él, no supo aguantarlo.
Lo sé – no aparté la mirada del suelo – Pobre mujer…
Es más duro para los que se quedan, créeme – dijo en voz baja a mi lado, giró la cabeza hacia un lado y volvió a mirarme.
Lo sé, créeme – yo también giré la cabeza de manera que nuestras caras quedaron a centímetros. Lo más cerca que habíamos estado en los últimos días.
Apreté los labios y dejé que formaran una especie de sonrisa, una pequeña mueca. El silencio era significativo, pero seguía sin tratarse nosotros. Era de Alicia Seberg de quien se trataba.
¿Crees que fue un error de Seberg? – me preguntó al cabo de un rato.
No entiendo nada sobre virus, ni descontaminación ni protocolos de seguridad – dije – pero me basta con la declaración de Alicia Seberg. Si dice que el frasco estaba abierto cuando entró yo la creo. Una persona tan íntegra que acepta la muerte de esa manera tan …
Noble…
Sí, una persona así no malgastaría el tiempo llamando a la policía y montando un circo. Aceptaría su error y tomaría el tiempo para despedirse. Sabe lo que puede suponer que alguien ande por ahí con acceso a estos virus. Sólo quiere evitar que se puedan usar otra vez.
Mm hum – dijo pensativo.
¿Qué piensas?
Nada, creo que tienes razón. Buenos argumentos...Lisbon.
Por mucho que siguiera haciendo este trabajo en la Brigada y que a veces, como era el caso, lograra sorprenderme e inquietarme ante una situación, no dejaba de traer recuerdos a mi mente y de lanzarme dolorosas puñaladas que mi armadura intentaba interceptar. A veces, aunque el caso no tuviera nada que ver, como era aquel, me sentía identificada, con la chica, por ejemplo. Sentía empatía por ella y deseaba poder hacer cualquier cosa por salvar a su madre. Pero un moderno y letal virus era demasiado para los pocos poderes de esta agente. No podíamos hacer nada. Bueno, en realidad sí. Podíamos capturar al asesino. Aunque esto no era un planteamiento, sino un hecho. Iba a capturar a ese asesino.
Minutos después tome una larga e intensa bocanada de aire y me despegué de la pared.
¿Vamos? – pregunté mirándole. No era una simple pregunta. Quería saber si estaba listo.
Sí.
Cuando volvimos la niña había desaparecido de la pantalla del ordenador, el cuerpo de la doctora Alicia Seberg estaba tendido en el suelo y su marido continuaba a su lado abatido, sin parar de mirarla.
Nos quedamos allí en el más absoluto de los silencios esperando al siguiente paso en la investigación y lo que Harken, que apareció poco después para dar sus condolencias, tuviera que decir al respecto.
Ahora iniciaremos el proceso de descontaminación – anunció.
¿De qué se trata?
Un baño de micro radiación a baja intensidad preparada especialmente para estos casos. Rociará la sala matando el virus sin dañar el cuerpo de Alicia – respondió el marido.
¿Cuándo podremos continuar con la investigación? Analizar el lugar del crimen…
Un momento – interrumpió Harken – Hasta que no se sepa si ha habido crimen no hay lugar del crimen. ¿Qué os hace pensar…?
Alicia Seberg – contesté seriamente.
No tenía motivos para mentir – añadió Jane.
Se me ocurren algunos. Mentir para ocultar el hecho de que cometió un error – continuó Harken – Lo he visto muchas veces. Siempre lo niegan.
No estoy de acuerdo – repliqué un poco molesta – Esto es un homicidio y lamento que le cause molestias pero es mi trabajo.
Vale, agente Lisbon. Es tu trabajo, pero esto aún es una situación de alerta y yo estoy al mando. Si queréis investigar será a mi manera.
De acuerdo – asentí furiosa.
Sólo diez minutos en la sala de reuniones con Harken interrogando al primero de los sospechosos, Florian Tripp, y ya sabía dos cosas: la primera era que estaba tremendamente aburrida, al menos los interrogatorios de Jane seguían una línea interesante, aunque poco ortodoxa; y la segunda era que aquello no nos llevaría a ninguna parte. Las preguntas que estaba haciendo eran inútiles para una investigación criminal. No estaba haciendo un interrogatorio. Estaba rellenando un cuestionario absurdo. Hacía preguntas del tipo "¿ha participado en actividades terroristas?, ¿alguna vez le han condenado por un delito penal?". ¿Qué sería lo próximo? ¿Preguntarle si prefería fragancia de Pino u Océano para el coche? Parecía una de esas encuestas.
Oiga, esto es ridículo – dijo el entrevistado.
No sabes cuánto – soltó Jane por lo bajo. Nos mantuvimos al fondo de la sala pero eso no evitó por mucho tiempo que Jane comenzara a dar la lata.
Continuó con las interrupciones hasta que Harken se levantó de la mesa y comenzó a rodearla para alcanzar a Jane que rápidamente hizo lo mismo para alejarse.
¿Qué es lo que pretende, tener problemas con nuestra agencia?
No señor Harken – ahí estaba yo tragándome toda mi rabia, disculpándome a regañadientes – Le pido disculpas en nombre de…
No – dijo Jane al otro lado – Retiro esa disculpa. No hay disculpa. Vamos, Lisbon…Mantente seria ¿o vas a dejar que este tipo te…?
Le lancé una mirada de furia infernal mezclada con "Demonios, Jane, ¿qué cojones haces?"
Sabes que puedo sacar cualquier cosa de esta gente en menos de diez minutos. Unas palabras con ellos y sabré todo lo que hay que saber.
Disculpadnos un segundo – me llevé a Jane afuera haciendo uso de la poca autoridad que tenía frente a él.
Sí, sí tenemos que hablar – dijo con voz cansina.
Oye, no te pases eh. Guarda tu mal humor para más tarde – dije en voz baja una vez fuera – Es una orden, Jane.
Él suspiró.
Tranquila, Lisbon. Es por el caso.
A ver cómo te lo explico para te enteres… Esto es política Jane. Sí, es una mierda y a mí tampoco me cae bien ese tipo pero Control de Enfermedades tienen dinero y contactos. Así que tenemos que colaborar con ellos. Por Dios, no pongas las cosas más difíciles.
Es que me saca de quicio.
Bueno, eso no tiene importancia ahora. Tú me sacas de quicio a mí y me fastidio – le dije – ¿Te portarás bien? Dilo. Di "Lisbon, lo entiendo. Voy a ser educado".
Hm, ñah… - balbuceó.
Mira, Jane, haz una cosa. Vete por ahí. Sal a tomar el aire, cómprate algo y vuelve cuando estés preparado.
Hecho, pero dame dinero – suspiré cansada y saqué unos dólares del bolsillo a ver si el maldito crío que tenía delante de mí se marchaba de una vez a por chucherías y me dejaba tranquila un rato.
Pensé que a lo mejor tenía que gastar todo mi dinero en comprarle golosinas pero si eso servía para mantenerlo tranquilo y alejado…era capaz de darle mi tarjeta de crédito.
No volví a verle en muchísimo rato. Todo lo que duró la interminable y aburrida y largísima charla de Harken. Pero cuando supe que había estado por ahí rebuscando y hablando con gente en el laboratorio me compadecí del pobre hombre que había estado aguantándolo. Aunque al final, una vez más, gracias a las travesuras de Jane un nuevo dato salió a la luz. Un dato algo más revelador que lo que yo había estado haciendo los últimos cuarenta y cinco minutos.
Fue a buscarnos a Harken y a mí como loco. Resultó que al final el maravilloso y novedoso escáner de última tecnología no funcionaba tan bien.
Después de un intento de fuga y una carrera cogimos a Price, el supervisor de seguridad. Un pobre hombre asustado, cuyo sistema había fallado, y al que Harken estaba amenazando con Guantánamo. Su única intención era asustarlo. Le gustaba dar miedo. Cualquier detective recién salido de la academia habría sabido que el pobre Price no era ningún asesino y mucho menos un terrorista.
En el curso de la conversación de Harken una vez más salió a relucir la genuina inocencia de Jane.
¿Quién va a querer robar un virus?
La Kryptohansa B es indispensable para cualquier laboratorio, por tanto es muy valiosa pero también escasa. En el mercado negro su valor podría ser de trescientos mil dólares… - explicó Harken – por gramo.
¡Caray¡
Conclusión: cualquiera podía haber entrado en la sala.
Él no ha sido y tú lo sabes, Harken.
Es el principal sospechoso.
No tiene sentido. El asesinato de Alicia Seberg sólo ha destapado su error ¿Por qué iba a matarla? Sería estúpido.
Pruebe que me equivoco.
La clave está en que podía haber sido cualquiera. Podías haber sido incluso tú – provocó Jane.
Oh, eso me recuerda que debo hacer una llamada – dijo Harken mirándonos amenazantes – Al FBI, para retirarles del caso.
Y yo iba a decirle que eso no va a ser posible – le dije muy firme y más amenazante que él – Nosotros estamos aquí por orden directa del Fiscal General. Nadie va a movernos de aquí hasta que el asesinato de Alicia Seberg esté resuelto. Si quiere hable con el fiscal usted mismo.
Quizás lo haga – dijo – Pero ahora tengo una cámara que abrir.
Ya – dijo Jane – Abrir una cámara llena de virus. Es de locos.
La descontaminación había terminado, los demás frascos estaban a buen recaudo y el cuerpo de la doctora iba a ser trasladado al laboratorio forense del CBI para hacer el informe de la autopsia.
Patrick y yo sólo pudimos aguantarnos la mirada tres segundos antes de mirar al suelo mientras el doctor se despedía de su esposa.
Lo primero que pensé cuando aquel hombre de seguridad nos dijo "Código rojo" fue "estamos perdidos". No sabía qué era exactamente un código rojo en aquel lugar pero tenía claro que no podía ser bueno, ni siquiera algo leve. Era la perdición. Confirmado cuando entramos en la sala del café y una nota que rezaba "Lo siento" acompañaba a un bote abierto de Kryptohansa.
Cualquiera en un radio de quinientos metros morirá en las próximas horas – explicó Edmund una vez más.
No podía dejar de mirar aquel maldito frasco con la cara desencajada.
La caja estaba segura – dijo Harken.
Pues alguien ha accedido a ella.
En el laboratorio, Jane el macabro hizo su truco. Tuvo que hacer un movimiento muy rápido para cambiar los tubos porque ninguno nos dimos cuenta. El caso es que lo consiguió. Claro, yo no lo sabía. Y le hice jurar por su hija muerta que no era uno de sus trucos. Lo reconozco, fue una bajeza. Pero estaba desesperada. Cuando abrimos la caja y vimos que faltaba un segundo bote no sabía qué pensar. Era confuso, repentino, desolador… Todos íbamos a morir.
Harken lo anunció con verdadero pesar. Había sido un golpe duro. Toda aquella gente…
Y después de morir las instalaciones serían bombardeadas para eliminar cualquier mínima señal de virus.
Logré escabullirme un rato para estar sola. Ya era noche cerrada cuando miré a través de los cristales. Me metí las manos en los bolsillos, me balanceé ligeramente sobre mis talones y luego me paseé un poco, para más tarde quedarme inmóvil de nuevo, solamente mirando la calle.
Hice un ligero, inútil y estúpido balance de mi vida que sólo me llevó a más confusión tristeza y soledad interior. Soltera, solitaria, encerrada en mí misma, sin hablar con la única familia que me quedaba en el mundo, con el resto muerta, casi sin amigos, centrada en el trabajo, prometedora carrera…
"¡Qué desastre!" murmuré para mí. Pero entendí que arrepentirme de haber hecho o de no haber hecho no serviría de nada.
Dos minutos después de reflexión interior me di cuenta que tenía que acabar. Si tenía que morir no iba a ser lamentándome. Alicia Seberg tenía un marido maravilloso y una preciosa hija y no se detuvo en lamentos. Aprovechó el último momento que tenía para estar con ellos de la manera que fuera posible. Siempre había admirado a esa clase de gente. Optimista, luchadora, valiente…la gente que intentaba siempre luchar contra la adversidad y superarla, la gente que no se rendía ni se hundía. Y yo me consideraba un poco una de aquellas personas. Así que recuperé mis fuerzas y decidí hacer lo que las personas hacen en casos como ese. Fuera lo que fuera…
¡Te encontré! – exclamó Jane. Sonreí y pensé "en el momento justo, Patrick".
Me giré para mirarle. Estaba sonriendo.
Sí, pensé que podía tomar mi último café tranquila – sonreí de medio lado, miré al suelo y luego a él.
Y era cierto. Había tomado un café. El último, creí.
¿Jugamos?
Vamos a morir dentro de… – miré mi reloj de muñeca para darle más efecto – unas dos o tres horas… ¿y tú me pides que juguemos a algo?
Sí, algo que podamos hacer relajados, juntos, para entretenernos un rato. Nos sentaremos en este banco a esperar que la muerte nos lleve…
No va a ser agradable. Ya sabes…vernos morir el uno al otro…
Hizo un gesto con la mano quitándole importancia al asunto y me obligó a sentarme. Uno al lado del otro, cara a cara.
Bien, tú ganas ¿Qué quieres hacer?
¿Verdad o atrevimiento? – sugirió sonriendo. Lo fulminé con la mirada.
Ni lo sueñes. ¿Qué más?
¿Tres verdades y una mentira? – bufé.
Patrick, ¿qué eres, una adolescente en tu primera fiesta de pijamas?
Está bien, está bien… ¿si te hago simplemente preguntas las contestarás?
Puede.
¿Playa o montaña?
¿Es que quieres torturarme antes de morir y que el recuerdo que me lleve a la tumba seas tú incordiando? – sonrió esperando una respuesta. Meneé la cabeza a los lados – Prefiero la montaña pero me gusta el mar. Pero sólo para mirarlo no para bañarme… ¿Y tú?
Oh, la playa sin duda. Encuentro algo tremendamente relajante en el sonido de las olas y pasear descalzo por la arena. Pero no me disgusta la montaña. ¿Color favorito? – rodé los ojos y contesté sin ganas.
Azul, supongo.
Mmm…Interesante.
¿El qué?
Acabo de descubrir algo más acerca de ti.
No me digas…
Sí, el azul es un color que da paz y tranquilidad, un color fresco. Te gusta la lluvia, la montaña, el frío, la brisa marina, eres reservada y aventurera y aunque amas tu vida y tu trabajo una parte de ti desearía salir corriendo, dejarlo todo atrás y recorrer mundo, ser libre. ¿Me equivoco?
La verdad es que ahora mismo sí que me gustaría salir corriendo – volví a agitar la cabeza. Por suerte se calló - ¿Y qué hay de ti?
Yo…Bah, no hay nada interesante en mí.
Yo he contestado.
¿Qué quieres saber?
Algo humillante – rió.
Vale. La primera vez que una chica me dio calabazas – solté una carcajada. Ni siquiera sabía si estaba siendo sincero. Hizo un gesto con la cabeza esperando respuesta.
El primer día en la Unidad de Bosco – pregunté lo primero que me pasó por la mente para que no me hiciera ahondar en el primer caso que casi cago con Sam - ¿Un recuerdo feliz?
Jugar con mi hija a tomar el té – sonrió con melancolía, y yo me sentí mal y torpe por levantar recuerdos. Aunque al final eran cosas que él sentía, me gustaba saberlas y como íbamos a morir qué más daba que compartiéramos algunas historias – Su especialidad era el té inglés.
Sonreí.
Yo solía salir los domingos con mis padres. A tomar helado y esas cosas… - ni siquiera sé por qué estaba diciendo aquello. Supongo que el pensamiento de estar a punto de morir me hacía decir cosas que normalmente no diría pero que quitaban un peso dentro de mí.
Pasamos unos segundos sin decir nada. Sabía que en algún momento, más teniendo en cuenta el trabajo que tenía, moriría y no me daba miedo pero tampoco estaba preparada. Pero era la primera vez que pensaba en ello seriamente.
¿Me echarás de menos? – preguntó Jane tomándome por sorpresa. Podía notar que estaba de broma.
Pues no.
¿Por qué?
Dado que tú estarás muerto y yo estaré muerta…nadie echará de menos a nadie. Bueno, ya he contestado a tus preguntas y hasta las he devuelto ¿puedo irme ya?
¿A dónde piensas ir?
Me reí.
Creo que deberíamos llamar a los chicos y decírselo.
Sí, supongo – miré hacia abajo un poco triste.
Cogí el teléfono móvil y marqué el número de Cho.
Sí, jefa estamos de camino.
Cho, escucha – dije en tono serio. Intentaba ponerme solemne pero lo cierto es que estaba un poco triste y un pequeño nudo en la boca del estómago me impedía hablar – Hemos sido infectados con el virus así que no nos queda mucho tiempo. Moriremos en pocas horas.
Entiendo – dijo con su habitual tono totalmente carente de toda emoción, al menos en apariencia.
Quiero daros las gracias a ti y a los chicos. Ha sido un honor trabajar con vosotros.
Realmente me estaba dejando llevar por mis sentimientos. Y había una cosa que llevaba tiempo dando vueltas en mi cabeza y al final tuve que hacerlo.
Necesito que hagas una cosa más por mí – le dije – Llama a mi hermano Tommy. Encontrarás su número en mi agenda. Dile…que le perdono por todo, que le quiero y que mi última voluntad es que hable con sus hermanos y arregle las cosas.
Entendido. Lo haré.
Gracias – y sin darme cuenta colgué. No sabía que Jane querría hablar con ellos.
Yo…
Oh, perdona, Patrick.
Dame – estiró la mano, puse el teléfono en ella. Antes de que la apartara la sostuvo un momento dando un leve apretón.
Me senté en el banco de nuevo. Solté la respiración que llevaba unos segundos aguantando.
¿Sabes? Pensaba que llorarías y que te enfadarías y dirías algunas palabrotas. Pero no – volvió a mirarme después de un rato mirando a la nada – Has sido breve, fuerte… Muy bien. ¿No…tienes que llamar a nadie más?
Negué con la cabeza con el ceño fruncido.
Cho se encargará - asintió.
Podrías llamar a Mashburn…
Sí, muy gracioso – le hice una mueca - Tal vez lo haga. ¿Y tú?
Estaba dándole vueltas al teléfono móvil en su mano, mirándolo.
¿A Walter Mashburn? Nah…Sería una mala idea – negó con la cabeza al tiempo que hablaba.
No. Digo que si no quieres llamar a nadie más a parte de los chicos.
No, creo que no… Hablaré con los chicos. Y lo cierto es que si me estuviera muriendo la única persona a la que llamaría serías tú…
¿Y qué me dirías? - sonreía bobaliconamente.
Te diría que… - pero mi mente cayó en algo que era más que un error de sintaxis.
Espera un momento – le interrumpí - ¿Qué has dicho?
No me has dejado terminar – dijo sonriendo.
Sonriendo burlonamente porque sabía lo que había hecho y que yo acababa de descubrirlo. Y ahora tocaba su momento favorito: sacar a relucir su maravilloso plan y cómo su ingeniosa cabecita dio con el malvado asesino.
No, no…Has dicho si… "Si me estuviera muriendo…"
Sí, en realidad no te estás muriendo. Yo cambié el frasco por uno vacío al que le había puesto una etiqueta, escribí la nota después de haber convencido a Lillith Nash de que huyera y Voilá…Eso es todo. Así descubriré al asesino – dijo tan tranquilo, como si no hubiera hecho nada.
Jane, eres un hijo de …
Lo miré con furia, me levanté de un saltó y no pude evitar soltar algunos improperios. Estaba tan ocupada enfadándome con Jane que ni siquiera reparé en el principal y maravilloso detalle de que no íbamos a morir. Nadie iba a morir. ¿O quizás sí?
Patrick se levantó también y retrocedió de espaldas a medida que yo me avanzaba hacia él amenazadoramente.
Oye, Lisbon espera un momento ¿vale? – dijo con las manos en alto- Déjame que… Cho… Ignora todo lo que ha dicho Lisbon – dijo rápidamente haciendo una llamada – Es todo mentira. Y culpa mía, por cierto. No os mováis de donde os he dicho, el asesino está a punto de llegar.
Eres un canalla… ¿Te has vuelto definitivamente loco? ¿Cómo has sido capaz de semejante…?
Míralo por el lado bueno.
¿Es que tiene lado bueno?
Claro, mira esta gente. Sólo trabaja y trabaja…todo el día, todo el año. Ahora se tomarán la vida con más calma, con más tranquilidad. Les he dado otra oportunidad para disfrutar de su monótona existencia.
Oh, claro. Eso tiene sentido… - solté con sarcasmo – Ahora eres el héroe. ¿Qué crees, que has salvado un autobús escolar o algo así? Estabas jugando con productos peligrosos.
Lo he hecho por buenas razones Lis. Una ya te la he dicho y la otra es que tenemos al asesino de Alicia Seberg y no es Lillith Nash. El verdadero asesino se inyectó una dosis de antídoto y ahora mismo estará a punto de largarse de aquí antes de que las fuerzas armadas destruyan todo esto con él o ella dentro.
¿Y no podáis decírmelo? ¿Tenías que reírte de mí?
¡Vamos! – Intentó acercarse a mí – ¿No te sientes mejor ahora, sabiendo que te quedan muchos años por vivir?
NO – solté un gruñido – Te odio.
No es cierto. Me adoras. Puedo notarlo…
Jane… te voy a dar un puñetazo…lo digo en serio.
…casi no podías resistirte a b…
De pronto no pude más con el cúmulo de sentimientos que me invadían en aquel momento y se lo di. Le di un puñetazo en la nariz con todas mis fuerzas. Ni siquiera lo pensé. Sólo dejé que mi mano se moviera libre. Al momento apareció Harken. En efecto, alguien se había escapado.
Jane tenía razón, pero eso no haría que el enfado se pasara más rápido o que me arrepintiera del golpe que le había dado.
Walks, el encargado del inventario, había estado extrayendo pequeñas cantidades del virus. Trescientos mil por gramo en el mercado negro. Como Jane había pensado, el desencadenante había sido la llegada del CDCA, que haría una inspección y al ver que faltaba parte de unos de los frascos sabrían quién había sido. Así que mató a la pobre Alicia Seberg y dejó que creyéramos que había sido ella, que había cometido un error.
El último paso antes de volver al CBI fue decírselo a Harken, a quien no le sentó muy bien el engaño. De hecho, estaba indignado. Jane le devolvió el verdadero frasco que contenía el virus y salió corriendo tras de mí. Yo sabía que esto supondría una queja más, pero en ese momento no me interesaba.
¿Cómo es pensar que vas a morir? – preguntó Rigsby con curiosidad cuando estuvimos en el coche, camino al cuartel general, a donde la seguridad del centro Zytek estaría al mismo tiempo llevando al detenido. Se habían ofrecido y habían hecho un buen trabajo.
Lo peor de todo fue tener que pasar mis últimas horas con Jane.
Rigsby soltó una risita desde el asiento de atrás. Más tarde, en cuanto llegamos al CBI cogí mis cosas. Cho me dijo que él interrogaría a Walks y se encargaría de todo. Yo quería irme enseguida y él lo entendió. El día había sido un infierno. Primero Alicia Seberg, luego el engaño y todos los sentimientos añadidos, la presión y los recuerdos. Me sentía como si hubiera corrido kilómetros detrás de un sospechoso después de meterme en un edificio en llamas a sacar gente y después de haber luchado cuerpo a cuerpo contra un luchador de Sumo. Estaba exhausta.
Pulsé el botón del ascensor para largarme cuanto antes, no fuera que a alguien le diera por morir y tuviera que quedarme.
¡Vaya día, eh! – dijo Jane contento apareciendo a mi lado como si nada.
Me gustaría haber entendido el cerebro de Patrick Jane. Su funcionamiento y esas cosas, cómo podía aparecer tan tranquilo después de haberme hecho semejante maldad. Lo miré con ojos entornados y furiosos.
Uff, cuánta tensión –dijo alzando las cejas.
Las puertas del ascensor se abrieron…
Cualquiera estaría contento de saber que no va a morir… - entramos.
…y volvieron a cerrarse.
Resoplé cansada.
¿Sabes cuál ha sido la única cosa buena de todo este caso?
Soy todo oídos.
Darte el puñetazo.
Lo tenías reservado ¿eh?
Sí, para una ocasión como ésta – suspiré, sonreí y le di al botón del ascensor para bajar – Es el resultado de dos años de tensión constante y rabia acumulada. Así que yo que tú…
Mensaje recibido – las puertas se abrieron en la planta baja – De todas formas, me alegro de haberte ayudado a liberar algo de esa rabia.
Cuando salimos del ascensor recibí agradecida la ola de aire fresco. Tanto tiempo en aquel recinto… Respiré todo el aire que pude y lo expulsé lentamente mientras caminaba junto a Patrick por el aparcamiento.
¿Sabes lo que me apetece? –pregunté metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.
¿Dormir tres días seguidos, unas vacaciones, subida de sueldo…no será otro puñetazo?
Mm…no, tranquilo – miré al cielo un instante y luego a él y me sentía despierta y risueña como una niña, y supongo que mi cara debía de ser la de una niña en aquel momento – Me apetece pasear…
¿ahora? Es tarde…
Sí – asentí lenta y sonriente – hace una bonita noche, hay luna, la brisa es agradable…
¿Puedo acompañarte?
Vale, pero sólo si vas en silencio.
¿Y los coches?
Podemos dejarlos aquí, comer algo por el camino, yo invito al helado y cuando estés cansado continuar en taxi.
Acepto. El helado que sea de chocolate y nueces, por favor, y ¿por qué crees que me cansaré antes que tú?
Oh, porque… - al salir hice una seña con la cabeza a Bill, el guardia de seguridad, que nos deseó buenas noches – bueno, está claro ¿no? Tú…duermes todo el día y no haces nada de ejercicio, y yo…
Sí, eres una entrenada agente y, la verdad, no sé cómo lo haces…eso de levantarte y hacer abdominales e ir al gimnasio – arqueó las cejas – no puede ser sano…
Lo miré de reojo y sonreí.
Es mucho más sano comer y comer y dormir enormes siestas en un sofá de cuero marrón en medio de un lugar lleno de gente con…
Sabes que me relaja el bullicio, duermo mejor…
¿Pizza o perrito caliente? – pregunté.
Perrito. Hay un buen puesto unas calles más adelante – señaló al frente.
Moriré antes de llegar, Patrick – no había tenido tiempo para pararme a pensar en ello pero estaba realmente hambrienta - No hemos comido nada en todo el día.
De pronto sacó una chocolatina del bolsillo de su chaqueta y me la ofreció. Me alegré tanto de ver aquella deliciosa barrita cubierta de chocolate y rellena de lo que fuera, envuelta en papel de colores que le hubiera plantado un beso allí mismo.
La compartimos mientras caminábamos el uno junto al otro por la calle, hablando y riendo, hasta que llegamos al puesto de perritos calientes cuyo dueño al parecer había hecho muy buenas migas con Jane. Parecía que no había término medio con él. O le amabas o le odiabas. Yo aún no había elegido mi bando. Pero disfruté de una agradable velada con él aquella noche. Fue como una primera cita normal, pero sin cita y sin lo de normal. Al fin y al cabo, se trataba de Jane. Nada era nunca del todo normal con él.
A lo mejor Jane tenía razón después de todo y aquel engaño de hacerme pensar que iba a morir me hizo relajarme un poco y disfrutar más de la vida.
