San Valentin o día Vein como le llaman los japoneses, es ―aunque lleve años viviendo en Japón― una costumbre extraña para Hizuri Kuon.

Y es que para cualquier occidental, recibir regalos de las mujeres a tu alrededor porque es la costumbre, es algo raro, más teniendo en cuenta que es una celebración creada bajo la tradición cristiana.

Es cierto que al vivir en Japón como Tsuruga Ren, aceptó someterse a sus normas y costumbres, pero Kuon ha comenzado a resistirse ante dicha norma cultural. Y es que, para un hombre americano enamorado, San Valentín significa demostrar amor a tu pareja.

Por eso, ese cuarto San Valentin como novios, Kuon, sorprende a una atónita Kyōko, quien nuevamente preparó para él ese postre de jalea de vino, sin sospechar que su novio ―¡cuánto le costaba aún asimilar que ese hombre la amaba!― la recibiría con una cena romántica.

La mesa arreglada para dos, una botella de vino tinto ensamblado de cabernet Sauvignon y Syrah, mantelería a juego, velas y un suave aroma a rosas, las que decoraban el apartamento en lugares estratégicos, pétalos de rosas rojas en el piso y un sinfín de detalles que hicieron a su corazón saltarse un latido.

Por un segundo temió por su vida, pero vio por el rabillo del ojo, restos del empaque y un logo de restaurant de primera asomar por un atiborrado tacho de basura que no alcanzaba a cerrar correctamente.

Al menos sabía que esa noche no moriría de indigestión, pensó, conteniendo una risita.

Se acercó al hombre que la esperaba un tanto ¿nervioso?, ¡dioses!, ella sabía que no era su primera novia, que no podía estar nervioso por tenerla allí ¿o sí? Extrañada le preguntó a qué se debía todo esto, cuando le dio un beso por saludo.

―Es San Valentín―respondió él, encogiéndose de hombros.

― Sí, lo es, pero no se supone que sea así.― replicó.

― ¿Quién lo dice? En América, se celebra así. Incluso se regala algo a "la chica".

― ¡Oh! Entiendo― dijo. Ahí la razón de la puesta en escena. Y es que a veces olvidaba que el hombre que tenía frente a ella, aunque pareciera japonés, no lo era. Recordó haber visto algo similar en más de una película romántica americana, sin embargo, para ella no tenía mucho sentido, porque en el día Blanco, se da gratitud a lo recibido el día Vein. A lo que agregó ―Pero, tenemos un problema, yo soy japonesa y te traje un presente de día Vein.

―No importa― le dijo, llevándola a la mesa.

Él se comportó como un caballero, cenaron y charlaron animadamente. Cuando Kyōko le entregó su regalo, él la miró dulcemente, regalándole esa sonrisa ―ahora lo veía― que sólo es para ella.

De algún lugar debajo de la mesa, Kuon sacó como por arte de magia, una pequeña cajita de terciopelo. Al abrirla, la miró a los ojos, formulando una pregunta tan cliché como la escena misma, con él ante ella con una rodilla en suelo.

Los ojos de Kyōko, se abrieron ante la sorpresa, anegándose con lágrimas de felicidad.

Y por fin, ella entendió de verdad, porqué los occidentales celebraban San Valentín de esa forma.